
DE LO SUMERGIDO
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Las sumidades arquitectónicas o
los extremos de los mástiles o las puntas de las ramas de árboles que cuelgan
exhaustos tienen la posibilidad de irse a pique y deslumbrar y sorprender a los
incautos que nunca se habían imaginado un mundo al revés. El real espejismo los
puede aguardar en el canal que recorren día a día o en el desagüe donde se
zambullen los sueños de los ahogados, junto a sus perros, en verano.
Una vez que las imágenes se
instalan profundamente bajo las aguas, ya nada ni nadie las hará desaparecer.
Quien las ve queda obnubilado, sin saber después precisar con exactitud la
ubicación de lo real y lo falso. ¿Y si otros seres nos miran desde sus
inmersiones y nos demuestran que el mundo verdadero está allí, en remojo
permanente con sus ilusiones?
La realidad comienza a ser
residual y se desplaza con el agua de las lluvias o con la corriente que,
azarosa, bucea en pos de iconos para sacarlos a flote y exponerlos a la
brevedad de los días y sus pretendidos sucedáneos. Cual una campana de compleja
aleación y sonido la realidad suma elementos dispares y luego se sume en su
boca de acequia a la espera del badajo que porta el loco de la escafandra de
algas y escamas.
He aquí el sumario de lo sumergible, la incontrovertible visión de lo que no se descubre con periscopio alguno. A lo somorgujo naufragan las certidumbres, los elaborados convencimientos. Todo está supeditado al hundimiento: temprano lo advirtieron los sumerios. Las sensaciones ya comienzan a macerarse: abramos las esclusas para que se limpien los barcos y se remezan las torres que creen haber ganado la sima de los cienos.






































