Arnold Hauser
Historia social del arte.
Pero
la estructura de la sociedad medieval muestra ya también en lo alto peligrosas
grietas. La espina dorsal de la vieja y poderosa clase feudal que desafiaba a
los príncipes se ha roto. El tránsito de la economía natural a la economía
monetaria hace que la alta nobleza, más o menos independiente, se convierta
también en clientela del rey. Como resultado de la disolución de la servidumbre
de la gleba y de la transformación de las posesiones feudales en tierra
arrendadas o cultivadas por jornaleros libres, los propietarios particulares
pueden haberse empobrecido o enriquecido, pero no disponen ya de la gente con
la que antes podían guerrear contra el rey. La nobleza feudal desaparece y es
sustituida por la nobleza cortesana, cuyos privilegios provienen de su posición
al servicio del rey. El séquito de los príncipes se componía, antes también, de
nobles naturalmente, pero éstos eran independientes de la corte o podían
independizarse en cualquier momento. En cambio, ahora toda la existencia de la
nueva nobleza cortesana depende del favor y la gracia del rey. Los nobles se
convierten en funcionarios cortesanos, y los funcionarios cortesanos se
ennoblecen. La antigua nobleza de espada se mezcla con la nobleza de diploma, y
en esta nueva nobleza, híbrida, medio cortesana y medio burocrática, que forman
en lo sucesivo, ya no son siempre los miembros de la antigua nobleza los que
desempeñan los papeles más importantes. Los reyes escogen sus consejeros
jurídicos y sus economistas, sus secretarios y sus banqueros preferentemente en
los estratos de la burguesía; el valor profesional es el que decide la
elección. También aquí se imponen los principios de la economía monetaria, es
decir, el criterio de la capacidad de competencia, la indiferencia por los
medios conducentes a un fin y la transformación de las relaciones personales en
referencias objetivas. El nuevo Estado, que tiende al absolutismo, ya no se
funda en la fidelidad del vasallo y en su lealtad, sino en la dependencia
material de una burocracia asalariada y en un ejército mercenario permanente.
Pero esta metamorfosis sólo se hace posible cuando los principios de la
economía monetaria ciudadana se extienden a toda la administración estatal, y
cuando resulta posible procurarse los medios necesarios para mantener un
sistema tan costoso.
La
estructura de la nobleza se transforma al mismo tiempo que la del Estado, pero
se mantiene vinculada a su propio pasado. En cambio la caballería decae
constantemente como única clase guerrera y portadora de la cultura laica. El
proceso es muy largo y los ideales caballerescos no pierden de la noche a la
mañana su brillo seductor, al menos a los ojos de la burguesía. Pero, en el
fondo, todo prepara la derrota de Don Quijote. Se ha atribuido la decadencia de
la caballería a las nuevas técnicas guerreras de
La
caballería huyó ante los arqueros ingleses, ante los lansquenetes suizos y ante
el ejército popular polaco-lituano, esto es, ante cualquier clase de armamento
distinto del suyo y ante toda fuerza militar que no aceptase de antemano las
reglas de combate caballerescas. Pero las nuevas técnicas guerreras no fueron
la verdadera razón de la decadencia de la caballería. Estas técnicas no eran
más que un síntoma, y en ellas no se expresaba otra cosa que el racionalismo
del nuevo mundo burgués, al que la caballería no se avenía en absoluto. Las
armas de fuego, el anonimato de la infantería, la rígida disciplina del
ejército de masas; todo esto significaba la mecanización y racionalización de
la guerra y la inactualidad de la actitud individual y heroica de la
caballería. Las batallas de Crécy, Poitiers, Azincourt, Nicópolis, Varna y
Sempach, no se perdieron por razones técnicas, sino porque los caballeros no
formaban un verdadero ejército, sino unidades sueltas e indisciplinadas de
aventureros que colocaban la gloria personal por encima de la victoria
colectiva (226) La conocida tesis de la democratización del servicio militar a
consecuencia de la invención de las armas de fuero y la institución, por esta
razón, de las tropas de infantería mercenaria, que hizo que la caballería
perdiese su objeto, sólo puede admitirse con grandes limitaciones.
Las
armas de la caballería, como se ha objetado con razón frente a este doctrina
(227), no se volvieron inútiles por el uso del mosquete y el arcabuz, sin
contar con que la infantería luchaba por lo común con picas y ballestas y no
con armas de fuego.
Mucho
más íntimamente que con la nobleza feudal, la burguesía se mezcla con las
“grandes familias” ciudadanas. Los “nuevos ricos” son paulatinamente
considerados por el antiguo patriciado como sus iguales y, finalmente, son
plenamente asimilados por el matrimonio. No todo rico ciudadano es sin más un
patricio, pero nunca le ha sido más fácil al plebeyo pasar a las filas de la
aristocracia con la simple ayuda de su riqueza. La antigua nobleza ciudadana y
los nuevos capitalistas se dividen el gobierno de la ciudad y constituyen la
nueva clase dirigente, cuyo rasgo característico fundamental es su capacidad
para pertenecer al concejo. De esta clase forman parte también aquellas familias
cuyos miembros no tienen un puesto en el concejo, pero que, por su situación
económica, son considerados en plano de igualdad por los consejeros y pueden
ingresar en sus familias a través del matrimonio. Esta clase de hombres
notables que directa o indirectamente desempeñan los cargos ciudadanos
constituye en lo sucesivo una casta rígidamente cerrada; sus costumbres tienen
un carácter totalmente aristocrático y su hegemonía se funda en un monopolio de
los cargos y las dignidades casi tan exclusivo como había sido antaño el de la
nobleza feudal. Pero el verdadero fin y sentido del predominio de esta clase es
asegurar el monopolio económico para sus miembros. Sobre todo en cuestión de
grandes negocios de exportación los miembros de esta clase dominan ya el mercado,
puesto que son poseedores de las reservas de materias; pasan de industriales a
comerciantes y distribuidores, y hacen trabajar a otros para sí, limitándose a
proveer de la materia prima y a pagar un salario fijo por el trabajo.
La
antigua igualdad de los artesanos organizados en los gremios cede el paso a una
diferenciación graduada por el poder político y los medios financieros (228).
Primeramente, los pequeños maestros son expulsados de los gremios superiores;
después aquellos se cierran contra el aflujo proveniente de abajo e impiden a
los compañeros más pobres llegar al grado de maestros. Los pequeños artesanos
pierden poco a poco toda su influencia en el gobierno de la ciudad,
principalmente en la distribución de las cargas y los privilegios económicos,
y, finalmente, se resignan al destino de una pequeña burguesía desheredada. Los
oficiales descienden al nivel de asalariados permanentes, y, expulsados de los
gremios, se reúnen en nuevas agrupaciones. De este modo se va formando desde el
siglo XIV una peculiar clase obrera excluida de toda posibilidad de medro
social, que forma el sustrato de la nueva forma de producción, muy semejante ya
a nuestra moderna industria (229).
El
problema de si ya en
En
La
concepción artística de una clase tan compleja y escindida por tan íntimos
contrastes como ésta no podía, naturalmente, ser uniforme. No se debe, por
ejemplo, pensar que fuese completamente popular, pues, por distintos que fueran
los fines artísticos y los criterios axiológicos de la burguesía de los del
clero y la nobleza, no eran totalmente ingenuos y populares, esto es,
comprensibles sin premisas culturales. El gusto de un comerciante burgués podía
ser más “vulgar”, más realista y más material que el de un constructor de la
época de plenitud del gótico, pero no era por ello más simple ni menos extraño
a la concepción del pueblo bajo. Las formas de una pintura o una escultura
gótica tardía, inspiradas en el gusto burgués, eran frecuentemente más
refinadas y caprichosas que las formas correspondientes de una obra de arte de
la plenitud del gótico.
El
carácter popular del gusto se manifiesta mejor en la literatura, que también
ahora, como casi siempre que se trata de un “patrimonio cultural decaído”,
llega a estratos sociales más profundos, que en las artes plásticas, cuyos
productos son accesibles sólo a los ricos. Pero también el carácter popular de
aquella consiste en que la mayoría de los géneros manifiestan un espíritu menos
prevenido, dispuesto a desprenderse con mayor facilidad de los prejuicios
morales y estéticos de la caballería. No encontramos en ninguno de estos
géneros auténtica poesía popular; en ninguno logra triunfar la concepción
artística espontánea del pueblo, independiente de la tradición literaria de las
clases superiores. Las fábulas de animales de
Solamente
en un género literario, el drama, encontramos algo que puede constituir una
poesía popular gótica tardía. Pero tampoco el drama es, naturalmente, una
creación original del “pueblo”. Sin embargo, tenemos en él, al menos, la
continuación de una auténtica tradición popular, transmitida por el mimo desde
la más remota antigüedad y recogida en el drama sacro y profano de
El
espíritu del diletantismo, que no pudo imponerse en las artes plásticas hasta
tiempos modernos, se impone en la poesía medieval siempre que los elementos
portadores de la cultura cambian de clase. También los trovadores fueron al
principio simples aficionados, y sólo gradualmente se transformaron en poetas
profesionales. Después de hundirse la cultura cortesana, una gran parte de
estos poetas, cuya existencia se apoyaba en un empleo más o menos regular en
las cortes, se queda sin trabajo y desaparece paulatinamente. La burguesía no
es por el momento bastante rica ni tiene exigencias literarias suficientes para
acogerlos y mantenerlos a todos. El lugar de los juglares vuelve a ser ocupado
en parte por aficionados, los cuales siguen atendiendo sus ocupaciones
burguesas y dedican a la poesía y al drama sólo sus horas de ocio. Ellos llevan
a la poesía el espíritu de su artesanía, e incluso acentúan y exageran el
elemento técnico de la creación poética, como si con esto quisieran compensar
su afición, que no se ajusta a su sólida existencia artesana. Se agrupan, como
los actores del drama religioso, en asociaciones de tipo gremial, sometiéndose
a una multitud de reglas, preceptos y prohibiciones que recuerdan en muchos
aspectos los estatutos de los gremios. Este espíritu artesano no sólo se
manifiesta en la poesía de los poetas profesionales, que, con el mismo espíritu
de artesanía se llaman “maestros” y “maestros cantores” y se consideran muy por
encima de los humildes juglares. Estos “maestros cantores” inventan
dificultades artificiales, sobre todo de la técnica del verso, para eclipsar
con su virtuosismo y su doctrina a la masa inculta de los juglares. Esta poesía
académica, que tanto en el aspecto formal como en el del contenido se aferra a
la ya anticuada poesía caballeresca cortesana, es no sólo la forma artística
más lejana del gusto naturalista del gótico tardío y, por lo tanto, la forma
artística menos popular, sino también el género literario menos fecundo de la
época.
El
naturalismo del gótico, en su período de plenitud, corresponde, en cierta
medida, al naturalismo de la época clásica griega. La pintura de la realidad se
mueve, tanto en uno como en la otra, dentro de los límites de severas formas de
composición, y se abstiene de dar entrada a detalles particulares que podrían
hacer peligrar la unidad de la composición. El naturalismo del gótico tardío,
en cambio, rompe esta unidad formal, como la había roto el arte del siglo IV a.
de C. y el de la época helenística, y se entrega a la imitación de la realidad,
despreciando de un modo casi brutal a veces la estructura formal. La
singularidad del arte de
En
la literatura burguesa de
Seguramente
también en la literatura medieval precedente se encuentran ya rasgos de
caracteres exactamente observados –
El
hombre de la época burguesa de
Este
aspecto del “margen de la vida”, que suprime la división neta entre escenario y
auditorio, es la expresión especial, se podría decir “cinematográfica”, del
sentido dinámico de la vida, propio de la época. El espectador está también
dentro de la escena; la platea es al mismo tiempo escenario. Escenario y
público, realidad estética y empírica se tocan directamente y forman un único
mundo continuo; el principio de frontalidad está abolido totalmente y el
propósito de la representación artística es la ilusión total. El espectador no
permanece ya ajeno a la obra de arte, no se encuentra frente a ella, como
habitante de otro mundo, sino que está incurso en la esfera misma de la
representación, y sólo esta identificación del ambiente de la escena
representado con el de aquel en que se encuentra el espectador produce la
perfecta ilusión del espacio. Ahora que el marco de un cuadro se interpreta como
el marco de una ventana a través del cual se abre la mirada sobre el mundo, y
que este marco sugiere al espectador que el espacio existente del lado de acá y
del lado de allá de la “ventana” es uniforme y continuo, gana por primera vez
el espacio pictórico profundidad y realidad. Hay, pues, que atribuir a la nueva
visión “cinematográfica”, determinada por el dinámico sentido de la vida, el
que
La
cultura cortesana caballeresca no ha cesado entre tanto de existir y de operar,
y no sólo indirectamente, a través de las formas de la cultura burguesa –que en
muchos aspectos tiene sus raíces en la caballería-, sino también por medio de
sus formas propias, que en determinados centros, y sobre todo en la corte de
Borgoña, experimentan un segundo florecimiento exuberante. Aquí se puede y se
debe hablar todavía de una cultura cortesana de la nobleza, opuesta a la
cultura de la burguesía. También la poesía se mueve todavía dentro de las
formas de la vida caballeresca, y el arte está siempre al servicio de los fines
representativos de la sociedad cortesana. Incluso la pintura de Van Eyck, por
ejemplo, que nos parece tan burguesa, se desarrolla en la vida de la corte y
está destinada a los círculos cortesanos y a la burguesía ilustre asociada con
ellos (234).
Pero
lo curioso –y esto revela del modo más claro el triunfo del espíritu burgués
sobre el caballeresco- es que incluso en el arte cortesano, y hasta en su forma
más lujosa, la miniatura, predomina el naturalismo de la burguesía. Los Libros
de Horas miniados de los duques de Borgoña y del duque de Berry representan no
sólo el comienzo del “cuadro de costumbres”, esto es, del género pictórico
burgués por excelencia, sino que son en cierto modo el origen de toda la
pintura burguesa, desde el retrato hasta el paisaje (235). Mas no sólo se
extingue el espíritu, sino que desaparecen también, paulatinamente, las formas
externas del antiguo arte eclesiástico y cortesano. Los frescos monumentales
son sustituidos por los cuadros, y la miniatura aristocrática, por las artes
gráficas. Y no es sólo la forma más barata, más “democrática”, la que triunfa,
sino también la más íntima, la más afín al sentimiento burgués. La pintura se
independiza de la arquitectura por medio de la tabla, convirtiéndose así en
objeto de adorno de la vivienda burguesa.
Pero
también la tabla es todavía arte para hombres adinerados y muy exigentes. El
arte de la gente modesta, de los pequeños burgueses, aunque no todavía de los
campesinos y los proletarios, es la estampa. Los grabados en madera y en cobre
son los primeros productos populares y relativamente baratos de arte. La
técnica de la reproducción mecánica hace posible en este campo lo que en la
literatura se había conseguido por medio de los grandes auditorios y de la
repetición de las representaciones. El grabado es el paralelo popular de la
miniatura aristocrática; lo que significaban para príncipes y magnates los
códigos minados, son para la gente burguesa los grabados sueltos o en
colecciones, vendidos en las ferias o en las puertas de las iglesias. La
tendencia popularizante del arte es ahora tan fuerte que el grabado en madera,
más ordinario y más barato, triunfa no sólo sobre la miniatura, sino también
sobre el grabado en cobre más delicado y más costoso (236). Apenas puede calcularse
hasta qué punto la difusión de este arte gráfico influyó sobre la evolución del
nuevo arte. Sólo hay una cosa cierta: el hecho de que la obra de arte pierda
poco a poco aquel carácter mágico, aquel “aura” que poseía todavía en
Un
fenómeno concomitante de la técnica y la explotación de la estampa es también
la progresiva despersonalización de las relaciones entre el artista y su
público. El grabado reproducido mecánicamente, que circula en muchos ejemplares
y es difundido casi exclusivamente por medio de intermediarios, tiene, con
respecto a la obra de arte original, un manifiesto carácter de mercancía. Y si
el trabajo de los talleres, en los que los discípulos se dedicaban a la labor
de copia, tiende ya a la “producción de mercancía”, la estampa, con sus
múltiples ejemplares de una misma imagen, es un ejemplo perfecto de la
producción masiva, y ello mucho más en un campo en el que antes se trabajaba
sólo por encargo previo.
En
el siglo XV surgen estudios en los que se copian también manuscritos en serie y
se ilustran rápidamente a pluma, exponiéndose luego los ejemplares para la
venta, como en una librería. También los pintores y los escultores comienzan a
trabajar en forma masiva y se impone así también en el arte el principio de la
producción impersonal de mercancías. Para
(Hauser; 1968:326:341)
(226) F.J.C. Hearnshow: Chivalry and its Place in History, en Chivalry, ed. por Edagr Prestage, 1928, p. 26.
(227)
Marx Lenz en su reseña de
(228) W. Sombart: op. cit., p. 80.
(229) Karlo Kautsky: Die Vorläufer des neurn
Sozialismus, I, 1895, pp. 47 y 50.
(230) Bédier-Hazard: op. cit., p. 29.
(231) W. Scherer: op. cit., 254.
(232) W. Pinder: op. cit., p. 144.
(233) H. Schrade: Künstler und Welt im
deutschen Spätmittelalter, en “Deutsche Vierteljahrsschr. f. Litwiss. u.
Geistesgesch.”, 1931, IX, pp. 16-40.
(234) J. Huizinga: Herbst des Mittelalters,
1928, p. 389.
(235) H. Karlinger: Die Kunst der Gotik,
1926, 2ª ed., p. 124.
(236) G. Dehio: op. cit., II, p. 274.
(237)
Walter Benjamin: L’oeuvre d’art à l’époque de sa reproduction mécanisée,
en “Zeitschr. f. Sozialforsch.”, 1936, V, 1, páginas 40-66.






































