
Arnold Hauser
Historia social del Arte
Las logias (opus, oeuvre, Bauhütte) eran, en los siglos XII y XIII, comunidades de artistas y artesanos empleados en la construcción de una gran iglesia, generalmente en una catedral, bajo la dirección artística y administrativa de personas comisionadas por la entidad que construía la obra, o que contaban con su aprobación. La función del maestro de obra (magister operis), al que incumbía la provisión de materiales y de la mano de obra, y del arquitecto (magister lapidum), que era responsable de la colaboración artística, de la distribución de las tareas y de la coordinación de las distintas actividades, estuvieron probablemente reunidas, con frecuencia, en una misma mano, pero lo normal era que tales menesteres se distribuyesen entre dos personas. El director artístico y el director administrativo de la construcción guardaban entre sí una relación parecida a la del director y el productor de una película, cuyo trabajo colectivo presenta, por otra parte, el único paralelo perfecto de la organización de las logias medievales. Pero existe entre ambos una diferencia esencial, y es que, por lo común, el director trabaja en cada película con personal distinto, mientras en la logia el cambio de personal no siempre coincidía con el cambio de encargo. Una parte de los operarios constituía el personal estable de la logia, que continuaba ligada al arquitecto después de la terminación de un trabajo, y otra parte cambiaba cada vez y se reclutaba en el curso del mismo.
Como
sabemos, ya entre los egipcios había una especie de equipos artísticos (216), y
sabemos también que los griegos y los romanos contrataban en grupo
corporaciones enteras para realizar las grandes empresas. Pero ninguna de estas
asociaciones tenía el carácter de estas logias cerradas en sí y con administración
propia. Un grupo profesional autónomo de esta clase hubiera sido incompatible
con el espíritu de
Los
constructores de la época románica tenían que limitarse predominantemente a la
prestación laboral de sus siervos y vasallos; pero cuando fue posible disponer
de dinero, el empleo en gran escala de mano de obra libre y foránea se hizo más
fácil y pudo así formarse gradualmente un mercado laboral interregional. La
extensión y el ritmo de la actividad constructora se rigen en lo sucesivo por
las disponibilidades de medios de pago, y la prolongación durante siglos de la
construcción de las catedrales góticas se explica, sobre todo, por las
periódicas carencias de dinero. Cuando se disponía de dinero, se construía
rápida e ininterrumpidamente; pero cuando faltaba éste, la actividad
constructora se tornaba lenta y, en
cesaban totalmente. De esta forma se desarrollaban, conforme a los
medios financieros de que disponían, dos modos distintos de organización del
trabajo: una actividad constructora con personal generalmente estable y una
producción intermitente e irregular de artistas y artesanos, con un número
mayor o menor, según las circunstancias (218).
Cuando,
con el resurgir de las ciudades y el desarrollo de la economía monetaria, el
elemento laico tomó la iniciativa en la industria de la construcción, careció
al principio de una forma de organización que pudiera sustituir la disciplina
de los talleres monásticos. Además, la construcción de una catedral gótica era
en sí una empresa más complicada y larga que la construcción de una iglesia
románica; implicaba un gran incremento del número de operarios ocupados, y su
ejecución exigía un período de tiempo más largo por razones intrínsecas y, como
se ha dicho ya, también frecuentemente extrínsecas. La solución fue la logia,
con sus disposiciones exactas sobre la admisión, retribución e instrucción de
la mano de obra, con su jerarquía del arquitecto, el maestro y los oficiales,
con la limitación del derecho a la propiedad artística individual y la
subordinación incondicional de lo particular a las exigencias del trabajo
artístico común. Lo que se trataba de conseguir era una división e integración
ordenadas del trabajo, una especialización máxima y una coordinación perfecta
de las actividades particulares. Pero este propósito no podía alcanzarse sin
una verdadera orientación común de todos los interesados. Solamente mediante la
subordinación voluntaria de las aspiraciones personales a los deseos del
arquitecto y el continuo e íntimo contacto entre el director artístico de la
obra y cada uno de sus colaboradores era posible lograr la deseada armonización
de las diferencias individuales sin destruir la calidad artística de las
aportaciones particulares. ¿Pero cómo fue posible tal división del trabajo en
un proceso espiritual tan complejo como la creación artística?
En
esta cuestión hay dos opiniones completamente opuestas y sólo semejantes por su
común carácter romántico. Una se inclina a ver justamente en la colectividad de
la producción artística el presupuesto de su éxito más rotundo; la otra cree,
por el contrario, que la atomización de las tareas y la limitación de la
libertad individual ponen al menos en peligro la realización de una auténtica
obra de arte. La actitud positiva se refiere principalmente al arte medieval;
la negativa, sobre todo, al cine. Ambos puntos de vista, se basan en la misma
concepción de la esencia de la creación artística: ambos consideran que la obra
de arte es producto de un acto creador unitario, indiferenciado, indivisible y
casi divino.
El
Romanticismo del siglo XIX personificaba el espíritu colectivo de las logias en
una especie de alma popular o de grupo; individualizaba, pues, algo
fundamentalmente no individual, y hacía que la obra –que era la creación común
de una colectividad- naciese de este alma de grupo concebida como unitaria e
individual. Los críticos cinematográficos, por el contrario, no tratan de
ocultar en modo alguno el carácter colectivo, esto es, la estructura compuesta
del trabajo cinematográfico, e incluso acentúan su carácter impersonal –o, como
suele decirse, “mecánico”-, pero ponen en entredicho el valor artístico del
producto precisamente por la impersonalidad y la atomización del proceso de
creación. Olvidan, sin embargo, que también el modo de trabajar del artista
individual e independiente está muy lejos de ser tan unitario y orgánico como
quiere la estética romántica. Todo proceso espiritual medianamente complejo –y
la creación artística es de los más complicados- se compone de toda una serie de
funciones más o menos independientes, conscientes e inconscientes, racionales e
irracionales, cuyos resultados tiene que examinar por igual la inteligencia
crítica del artista y someterlos a una redacción conclusiva, lo mismo que el
director de la logia examinaba las aportaciones particulares de sus operarios,
las corregía y las armonizaba. La idea de la unidad perfecta de las facultades
y funciones psíquicas es una función romántica tan insostenible como la
hipótesis de un alma popular o de grupo, independiente, fuera de las almas
individuales. Las almas individuales, si se quiere, representan sólo partes y
refracciones de un alma colectiva, pero este alma colectiva existe única y
exclusivamente en sus componentes y refracciones. Y, de igual manera, el alma
individual se exterioriza habitualmente sólo en sus funciones particulares; la
unidad de sus actitudes –fuera del estado de éxtasis, que no es adecuado para
el arte- debe ser ganada por medio de dura lucha, no es un regalo del momento
fugitivo.
La
logia, como asociación laboral, corresponde a una época en la que
La
concentración de los artistas en las ciudades y la competencia que se
desarrolló entre ellos hicieron necesarias, desde el principio, medidas
económicas colectivas que se podían aplicar infinitamente mejor en el marco de
la organización gremial, administración autónoma que se había dado ya hacía
siglos a las restantes industrias. Los gremios surgían en
La
diferencia fundamental entre las logias y los gremios consiste en que las
primeras son una organización laboral jerárquica de asalariados, mientras los
segundos, al menos originariamente, son una asociación igualitaria de
empresarios independientes. Las logias constituyen una colectividad unitaria en
la que ninguno, ni siquiera el arquitecto o el maestro de obra, es libre, pues
también él debe seguir un programa ideal trazado por la autoridad eclesiástica
y generalmente elaborada hasta en sus mínimos detalles. Por el contrario, en
los talleres individuales que componen los gremios, los maestros no sólo son
dueños de emplear su tiempo como quieran, sino que, además, disponen de
libertad en lo que se refiere a la elección de sus medios artísticos. Los
estatutos de los gremios, a pesar de toda su estrechez de miras, sólo contienen
habitualmente prescripciones técnicas y no se extienden a las cuestiones
puramente artísticas, a diferencia de las directrices a que debían atenerse los
artistas de las logias. Dentro de ciertos límites, en la mayoría de los casos
aceptados como obvios, las normas gremiales, aunque limiten la libertad de
movimientos del maestro, no le prescriben qué cosa debe hacer o no hacer. La
personalidad artística como tal no ha sido ciertamente reconocida todavía; el
taller del artista está todavía organizado como cualquier otra industria
artesana, y el artista no se siente humillado en lo más mínimo por el hecho de
pertenecer al mismo gremio que el guarnicionero; pero el maestro independiente,
abandonado a sí mismo y único responsable de toda su obra, de
Nada
expresa la tendencia de la evolución artística medieval más claramente que el
hecho de que el sitio de trabajo del artista se aleje gradualmente de la fábrica de la iglesia. En el período
románico todo el trabajo artístico se desarrollaba en el edificio mismo. La
decoración pictórica de las iglesias se compone exclusivamente de pinturas
murales, que, naturalmente, no pueden ejecutarse más que en el lugar mismo.
Pero también el adorno plástico del edificio nace sobre el andamio; el escultor
trabaja après la pose, esto es, labra y cincela la piedra después que el
cantero la ha encastrado en la pared. Con la aparición de las logias en el
siglo XII –como observa ya Viollet-le-Duc- sobreviene un cambio también en este
aspecto. La logia ofrece al escultor un lugar de trabajo más cómodo y mejor
equipado técnicamente que el andamio. Ahora el escultor confecciona, en la
mayoría de los casos, sus esculturas del principio al fin en un local especial,
por lo tanto, ya no en la iglesia, sino junto a ella. Al edificio
se aplican los fragmentos ya previamente preparados. El cambio no sobreviene,
sin embargo, tan bruscamente como supone Viollet-le-Duc (224); pero, de
cualquier manera, aquí se inicia la evolución que lleva a la independencia del
trabajo escultórico y prepara la separación de la escultura con respecto a la
arquitectura. La sustitución gradual de los frescos por las tablas expresa la
misma tendencia en el campo de la pintura. La última fase de la evolución está
constituida por la separación completa del lugar de trabajo y el edificio en
construcción. El escultor y el pintor abandonan la fábrica de la iglesia, se retiran
a sus propios talleres y en algunos ocasiones ni siquiera llegan a ver las
iglesias para las que tienen que ejecutar cuadros y tabernáculos.
Toda
una serie de características estilísticas del gótico tardío se encuentra en
relación directa con la separación del lugar de trabajo del sitio a que está
destinada la obra de arte. El carácter sorprendentemente más moderno del arte
de
La
circunstancia de que el tránsito de lo grande, pesado y grave a lo pequeño,
ligero o íntimo se observe no sólo en las figuras de madera de los retablos,
sino también en los monumentos de piedra de aquella época, no prueba en sí nada
acerca de la influencia del material sobre el estilo; incluso nada es más
natural que pase a la piedra el estilo de la escultura en madera en un período
en que este género se vuelve predominante. Pero, como quiera que sea, en
cualquier formato y en cualquier material las formas artísticas se inclinan
ahora a lo gentil, a lo gracioso y refinado; son los testimonios del primer
triunfo del virtuosismo moderno, de la técnica demasiado fácil, de los medios
en extremo manejables y que no ofrecen resistencia alguna. Pero este
virtuosismo no es, en cierto modo, más que un síntoma de la evolución que en el
gótico tardío, en la época de la economía monetaria totalmente desarrollada y
de la producción mercantil, conduce a la industrialización de la pintura y de
la escultura y hace surgir un gusto artístico para el que la pintura se
convierte en un adorno de la pared y la estatua en un objeto mobiliario.
Se
puede e incluso se debe establecer esta correspondencia entre la historia de
los estilos y la historia de la organización del trabajo. Pero sería ocioso
preguntarse cuál es el elemento primario y cuál el secundario. Basta con
señalar a este propósito que, a finales de
(Hauser; 1968:315-325)
(216) Richard Thurnwald: Staat u. Wirtschaft im alten Aegypten, en “Zeitschr. f. Sozialwiss.”, 1901, IV, p. 789.
(217) Carl Heideloff: Die Bauhütte des Mittelalters in Deutschland, 1844, p. 19.
(218) G. Knoop-G. P. Jones: The Medieval
Mason, 1933, pp. 44 s.
(219) Cf. Hans Huth: Künstler und Werkstatt der Spätgotk, 1923, p. 5.
(220) H. Von Lösch: Die Kölner Zunfturkunden,
1907, I, pp. 99 y siguientes.
(221) Otto von Gierke: Das deutsche
Genossenschaftsrecht, I, 1868, pp. 199 y 226.
(222) Werner Sombart: Der mod. Kapit.,
I, p. 85.
(223) Wilhelm Pinder: Die deutsche Plastik vom ausfehenden Mittelalter bis zum Ende der Renaissance, 1914, pp. 16 s.
(224) Wilhelm Vöge: Die Anfänge des
monumentalen Stiles, página 271.
(225) W. Pinder: op. cit., p. 19.






































