
Arnold Hauser
Historia social del arte.
La
movilidad espiritual del período gótico puede, en general, estudiarse mejor en
las obras de las artes plásticas que en las creaciones de la poesía. Esto es
así no sólo porque el ejercicio de aquéllas permanece ligado durante toda
Nada ilustra mejor el sentido de esta transformación que las palabras de Santo Tomás: “Dios se alegra de todas las cosas, porque todas y cada una están en armonía con Su Esencia.” Estas palabras contienen toda la justificación teológica del naturalismo artístico. Toda realidad, por mínima, por efímera que sea, tiene una relación inmediata con Dios; todo expresa lo divino a su manera, y todo tiene, por tanto, para el arte un valor y un sentido propios. Y aun cuando por el momento las cosas sólo merezcan atención en cuanto dan testimonio de Dios, y estén ordenadas en una rigurosa escala jerárquica según su grado de participación en lo divino, la idea de que ninguna categoría del ser, por baja que sea, es totalmente insignificante ni está completamente olvidada de Dios, y no es por tanto, indigna por completo de la atención del artista, señala el comienzo de una nueva época. También en el arte prevalece, sobre la idea de un Dios existente fuera del mundo, la imagen de una potencia divina operante dentro de las cosas mismas. El Dios que “imprime el movimiento desde fuera” corresponde a la mentalidad autocrática del antiguo feudalismo; el Dios presente y activo en todos los órdenes de la naturaleza corresponde a la actitud de un mundo más liberal, que no excluye completamente ya la posibilidad del ascenso en la escala social.
La jerarquía metafísica de las cosas refleja todavía ciertamente una sociedad articulada en castas; pero el liberalismo de la época expresa ya que incluso los últimos grados del ser son considerados como insustituibles en su naturaleza específica. Antes, las clases estaban separadas por un abismo insalvable; ahora están en contacto, y, de igual manera, también el mundo, como objeto del arte, constituye una realidad continua aunque cuidadosamente jerarquizada.
Es
cierto que tampoco ahora, en
El
dualismo del gótico se manifiesta del modo más sorprendente en el peculiar
sentimiento que de la naturaleza tienen el arte y el artista en este período.
La naturaleza no es ya el mundo material mudo e inanimado, tal como lo concebía
El naturalismo del gótico se expresa de forma mucho más coherente y clara en la representación del hombre que en los cuadros de paisajes. Allí encontramos por todas partes una concepción artística totalmente nueva, opuesta por completo a la abstracción y a la estereotipia románicas. Ahora el interés se dirige a lo individual y característico, y ello no sólo en las estatuas de los reyes en Reims y en los retratos de los fundadores en Naumburgo. La expresión fresca, viva y directamente expresiva de estos retratos los encontramos ya, en cierto modo, en las figuras del pórtico occidental de Chartres (204). Ya éstas están diseñadas de tal manera, que tenemos la certeza de que se trata de estudios hechos sobre modelos auténticos y vivos. El artista tuvo que conocer personalmente a aquel viejo sencillo, de aspecto campesino, con pómulos salientes, nariz corta y ancha, y los ojos un poco oblicuamente cortados. Pero lo extraño es que estas figuras, que todavía tienen la pesadez y la tosquedad de los primeros tiempos del feudalismo, y que no pueden mostrar aún la posterior movilidad cortesana caballeresca, estén ya tan sorprendentemente bien caracterizadas. La sensibilidad para lo individual es uno de los primeros síntomas de la nueva dinámica. Es asombroso cómo, de repente, la concepción artística que estaba acostumbrada a contemplar el género humano sólo en su totalidad y en su homogeneidad y a diferenciar a los hombres sólo en elegidos y condenados, pero que juzgaba las diferencias individuales como completamente desprovistas de interés, es sustituida por una voluntad artística que acentúa precisamente los rasgos individuales de las figuras y aspira a fijar lo que es en ellas único e irrepetible (205); es asombroso cómo surge súbitamente la sensibilidad para la vida común y cotidiana, cómo se aprende rápidamente a observar de nuevo, a mirar “bien” otra vez, cómo nuevamente se encuentra placer en lo casual y en lo trivial. Nada es tan significativo de la transformación estilística que aquí se realiza como el hecho de que, incluso en un idealista como Dante, la consideración de los pequeños detalles característicos se convierta en fuente de las más grandes bellezas poéticas.
¿Qué
ha ocurrido realmente? En esencia, lo siguiente: el arte espiritualista,
enteramente unilateral, de
El idealismo gótico era al mismo tiempo un naturalismo que trataba de representar correctamente también en el aspecto empírico, sus figuras espirituales ideales arraigadas en el mundo suprasensible, lo mismo que el idealismo filosófico de la época colocaba la idea no sobre las cosas particulares, sino en ellas, y afirmaba tanto las ideas como las cosas singulares. Traducido al lenguaje de la disputa de los “universales”, esto quiere decir que los conceptos universales eran concebidos como inmanentes a los datos empíricos, y que sólo en esta forma se reconocía su existencia objetiva. Este nominalismo moderado, como se le llama en la historia de la filosofía, se basaba todavía, pues, en una concepción del mundo totalmente idealista y sobrenatural; pero estaba tan distante del idealismo absoluto –es decir, del “realismo” de la disputa de los universales- como del posterior nominalismo extremo, que negaba la existencia objetiva de las ideas en cualquier forma y aceptaba como verdaderamente reales sólo los hechos empíricos individuales, concretos, únicos e irrepetibles. El paso decisivo estaba dado ya desde el momento en que se comenzó a tener en cuenta las cosas singulares en la búsqueda de la verdad. Hablar de “cosas singulares” y preocuparse de la sustancialidad de la existencia singular era hablar ya de individualismo y relativismo y admitir al menos la dependencia parcial de la verdad de principios mundanos y sujetos al fluir histórico.
El problema en torno al que gira la disputa de los universales es no sólo el problema central de la filosofía, no sólo el problema filosófico por excelencia, del que son simples variantes todas las cuestiones filosóficas fundamentales –las cuestiones del empirismo e idealismo, de relativismo y absolutismo, de individualismo y universalismo, de historicismo y ahistoricismo-, sino que es mucho más que un mero problema filosófico: es la quintaesencia de los problemas vitales que se dan con todo sistema cultural ante los cuales hay que tomar una posición tan pronto como se es consciente de su existencia espiritual. El nominalismo moderado, que no niega la realidad de las ideas, pero las considera inseparables de las cosas de la realidad empírica, es la fórmula fundamental de todo el dualismo gótico, tanto de los antagonismos de la estructura económica y social como de las íntimas contradicciones del idealismo y del naturalismo artísticos de la época. La función del nominalismo en este momento corresponde exactamente a la de la sofística en la historia del arte y la cultura antiguos. Nominalismo y Sofística pertenecen a las doctrinas filosóficas típicas de las épocas antitradicionalistas y liberales; uno y otra son filosofía de “ilustración”, cuya esencia consiste en concebir como valores relativos, es decir, completamente mutables y transitorios, las normas consideradas hasta el momento como universalmente válidas y atemporales, y en negar los valores “puros”, absolutos, independientes de premisas individuales.
El
desplazamiento de los fundamentos filosóficos de la concepción medieval del mundo
y el paso de la metafísica desde el realismo al nominalismo sólo se tornan
comprensibles si se los pone en relación con su fondo sociológico. Pues lo
mismo que el realismo corresponde a un orden social fundamentalmente
antidemocrático, a una jerarquía en la que sólo cuentan los vértices, a una
organización absolutista y supraindividual que obligaba a la vida a someterse a
los vínculos de
El dualismo que determina las relaciones del arte gótico con la naturaleza se manifiesta también en la solución de los problemas de composición de este arte. De un lado, el gótico supera la técnica de composición ornamental del arte románico, que estaba inspirada sobre todo en el principio de la coordinación, y la sustituye por una forma más cercana al arte clásico, guiada por el principio de la concentración; pero, por otro lado, disgrega la escena –que en el arte románico estaba al menos dominada por una unidad decorativa- en distintas composiciones parciales que, particularmente, están dispuestas, es verdad, según el criterio clásico de unidad y subordinación, pero que en su totalidad revelan una acumulación de motivos bastante indiscriminada. Mas, a pesar del esfuerzo por aligerar la densa composición románica y de representar escenas completas en el tiempo y en el espacio en vez del mero encadenamiento conceptual y ornamental de las formas singulares, en el gótico predomina todavía una técnica de composición por sumandos, opuesta totalmente a la unidad espacial y temporal de una obra de arte clásica.
El
principio de la representación “continua”, la tendencia a la morosidad
“cinematográfica” en cada una de las fases particulares del acontecimiento, y
la predisposición a sacrificar el “momento pregnante” a favor de la amplitud
épica, constituyen los elementos de una corriente que encontramos por vez
primera en el arte romano tardío, y de la que en realidad nunca se prescindió
completamente en
El dualismo que se expresa en las tendencias económicas, sociales, religiosas y filosóficas de la época, en las relaciones entre economía de consumo y economía comercial, feudalismo y burguesía, trascendencia e inmanencia, realismo y nominalismo, y determina tanto las relaciones del estilo gótico con la naturaleza como los criterios de composición, nos sale al encuentro al mismo tiempo en la polaridad de racionalismo e irracionalismo del arte gótico, principalmente de su arquitectura. El siglo XIX, que trató de explicar el carácter de esa arquitectura de acuerdo con el espíritu de su propia visión tecnológica, acentuó en ella sobre todo los rasgos racionalistas. Gottfried Semper la definía como una “mera traducción a piedra de la filosofía escolástica” (207), y Viollet-le-Duc veía en ella simplemente la aplicación y la ilustración de leyes matemáticas (208). Ambos la consideraban, en una palabra, como un arte en el que predominaba una necesidad abstracta, opuesta a la irracionalidad de los motivos estéticos; ambos la interpretaban, y así la interpretó también todo el siglo XIX, como un “arte de cálculo e ingeniería”, que toma su inspiración de lo práctico y lo útil y cuyas formas expresan simplemente la necesidad técnica y la posibilidad constructiva. Se quiso deducir los principios formales de la arquitectura gótica, sobre todo su verticalismo mareante, de la bóveda de crucería, esto es, de un descubrimiento técnico. Esta teoría tecnicista cuadraba maravillosamente a la estética racionalista del siglo, según la cual en una auténtica obra de arte no había nada que pudiera variarse. Y así, un edificio gótico, con su lógica cerrada y su funcionalismo austero, aparecía como el prototipo de una totalidad artística en la que no se podía quitar ni añadir nada sin destruirla completamente (209). Es incomprensible cómo esta doctrina ha podido aplicarse precisamente a la arquitectura gótica, pues la historia llena de peripecias de la construcción de sus monumentos constituye justamente la prueba mejor de que, en la forma definitiva de una obra de arte, la casualidad, o lo que parece casual en relación con el plan original, tiene una participación tan grande como la idea primitiva.
Según
Dehio, el hallazgo de la bóveda de crucería representa el momento
auténticamente creador en la génesis del gótico, y las formas artísticas
particulares no son más que la consecuencia de esta conquista técnica. Ernst
Gall fue el primero en invertir los términos y considerar la idea formal de la
estructura vertical como primaria, y la ejecución técnica de aquella idea como
elementos instrumental y secundario tanto en el aspecto histórico como en el
artístico (210). Después, otros han dicho incluso que la utilidad práctica de
la mayoría de las “conquistas técnicas” del gótico no debe ser estimada en
exceso, puesto que sobre todo la función constructiva de la bóveda de crucería
es ilusoria, y, originalmente, tanto la bóveda como el sistema de contrafuertes
tenían una finalidad fundamentalmente decorativa (211). En esta controversia
entre racionalistas e irracionalistas aparece, en el fondo, la misma
contradicción que enfrentaba ya a Semper y a Riegl sobre los fundamentos del
estilo en general (212). Unos quieren derivar la forma artística del
correspondiente problema práctico y de su solución técnica; otros, por el
contrario, subrayan que con frecuencia la idea artística se impone precisamente
en oposición a los medios técnicos dados, y que la solución técnica es, en
parte, el resultado de buscar una determinada forma artística. Ambas partes
cometen el mismo error con signo opuesto. Y si se ha designado con razón el
tecnicismo de Viollet-le-Duc como “mecánica romántica” (213), no es menos
lícito considerar el esteticismo de Riegl y Gall como una idea igualmente
romántica, no ya de la sujeción, sino de la libertad de la intención artística.
Intención artística y técnica no se dan, en ninguna fase de la génesis de una
obra de arte, separadas la una de la otra, sino que aparecen siempre en un
conjunto del que sólo teóricamente pueden separarse. La autonomización de uno
de los dos elementos como variable independiente significa la exaltación
injustificada e irracional de uno de los
principios sobre el otro, y es propio de una mentalidad “romántica”. La
sucesión psicológica de ambos principios en el acto de la creación carece de
interés para su auténtica relación recíproca, ya que depende de un número tan
elevado de factores imponderables, que debe ser considerada como “accidental”.
De hecho es tan posible que la bóveda de crucería “haya surgido por razones
puramente técnicas y después se haya descubierto su aprovechamiento artístico”
(214), como que el hallazgo técnico haya precedido una visión formal y que el
arquitecto en sus cálculos técnicos, haya sido guiado, incluso sin darse
cuenta, por esta visión. El problema es científicamente insoluble. Se puede,
sin embargo, establecer con precisión la conexión existente entre estos
principios y el respectivo fondo social de la cuestión artística, y explicar
por qué unos y otros concuerdan o se contradicen. En los períodos culturales
que, como, por ejemplo,
La iglesia románica es un espacio cerrado, estable, que descansa en sí misma, con un interior relativamente amplio, solemne, sereno, en el que la mirada del espectador puede descansar y permanecer en pasividad absoluta. La iglesia gótica, por el contrario, se encuentra en una fase de su génesis, se hace, por decirlo así, ante nuestros ojos, y representa un proceso, no un resultado. La transformación de todo el sistema material en un juego de fuerzas, la disolución de todo lo rígido y estático en una dialéctica de funciones y subordinaciones, esta corriente y afluencia, esta circulación y transformación de energías, despiertan la impresión de que ante nuestros ojos se desarrolla y se decide un conflicto dramático. El efecto dinámico es tan predominante que todo lo demás parece simple medio para este fin. Por esto mismo el efecto producido por un edificio de esta clase no sólo no desmerece por estar inacabado, sino que gana en fuerza y atractivo. La inclusión de las formas, que es propia de todo estilo dinámico _como se advierte también en el barroco-, no hace más que acentuar la impresión de movimiento infinito e ininterrumpido y la transitoriedad de toda detención en una meta. La predilección moderna por lo inacabado, lo esquemático y lo fragmentario tiene su origen aquí. Desde el gótico, todo gran arte, con la excepción de escasos y efímeros clasicismos, tiene algo de fragmentario en sí, posee una imperfección interna o externa, una detención voluntaria o involuntaria antes de pronunciar la última palabra. Al espectador o al lector le queda siempre algo por hacer. El artista moderno se estremece ante la última palabra, porque siente la inadecuación de todas ellas. Es este un sentimiento desconocido antes del gótico.
Pero un edificio gótico no es sólo un sistema dinámico en sí, sino que además moviliza al espectador y transforma el acto del disfrute del arte en un proceso que tiene una dirección determinada y un desarrollo gradual. Un edificio de este tipo no se deja abarcar en ningún aspecto de una sola ojeada, ni ofrece desde parte alguna una visión perfecta y satisfactoria que abarque la estructura del conjunto, sino que obliga al espectador a mudar continuamente de posición, y sólo en forma de un movimiento, de un acto, de una reconstrucción, le permite hacerse una idea de la obra total (215). El arte griego de los comienzos de la democracia se encontraba en condiciones sociales análogas a las del gótico, suscitaba en el espectador una actividad semejante. También entonces el espectador era arrancado de la tranquila contemplación de la obra de arte y obligado a participar internamente en el movimiento de los temas representados. La disolución de la forma cúbica cerrada y la emancipación de la escultura frente a la arquitectura son los primeros pasos del gótico en el camino hacia aquella rotación de las figuras por medio de la cual el arte clásico movilizaba al espectador. El paso decisivo es ahora, como entonces, la supresión de la frontalidad. Este principio se abandona ahora definitivamente; en lo sucesivo, sólo reaparece durante brevísimos períodos, y seguramente sólo dos veces en total: a principios del siglo XVI y a finales del siglo XVIII. La frontalidad, con el rigorismo que supone para el arte, es en lo sucesivo algo programático y arcaizante y nunca plenamente realizable. También en este aspecto significa el gótico el comienzo de una tradición nunca abolida hasta el momento presente y con la que ninguna otra posterior puede rivalizar en significación y contenido.
A
pesar de la semejanza entre la “ilustración” griega y la medieval y sus
consecuencias para el arte, el etilo gótico es el primero que consigue
sustituir la tradición antigua por algo completamente nuevo, totalmente opuesto
al clasicismo, pero no inferior a él en valor. Hasta el gótico no se supera
efectivamente la tradición clásica. El carácter trascendente del gótico era ya
propio, ciertamente, del arte románico; éste, incluso, en muchos aspectos, fue
mucho más espiritualizado que cualquier otro arte posterior, pero estaba
formalmente mucho más cerca de la tradición clásica que el gótico y era mucho
más sensualista y mundano. El gótico está dominado por un rasgo que buscamos
inútilmente en el arte románico y que constituye la auténtica novedad frente a
(Hauser; 1968:300-314)
(201) Max Scheler: Wesen und Formen der
Sympathie, 1923, páginas 99s.
(202) W. Ganzenmüller: op. cit., p. 225.
(203) Alfred Biese: Die Entwicklung des
Naturgefühls im Mittelalter und in der Neuzeit, 1888, p. 116.
(204) Wilhelm Vöge: Die Bahnbrecher des Naturstudiums um 1200, en “Zeitschr. f. bild. Kunst”, nueva serie, XXV, 1914, páginas 193 ss.
(205) Henri Focillon: Origines monumentales du portrait français, en Mélanges offerts à M. Nicolas Jorga, 1933, p. 271.
(206) Arnulf Perger: Einortsdrama und Bewegungsdrama , 1929.
(207) Gotifried Semper: Der Stil in den
technischen und tektonischen Künsten, I, 1860, p. 19.
(208) Viollet-le-Duc: Diccionnaire raisonné
de l’arch. franç. du Xie au XVIe siècle, I, 1865, p. 153.
(209) “Dans un bel edifice du commencement du
XIIe siècle, il n’y a pas unornement à enlever”, Viollet-le-Duc, op.cit.,
I, página 146.
(210) Ernst Gall: Niederrheinische und
normannische Architektur im Zeitalter der Frühgotik, 1915; Idem: Die
got. Baukunst in Frankreich u. Deutschl., 1925.
(211) Victor Sabouret: Les voûtes nervures: rôle simplement decorative des nervures, en Le Génie civil, 1928; Pol Abraham: Viollet-le-Duc et le raionalisme medieval, 9134, pp. 45 y 60; H. Focillon: L’Art occidental, 1938, pp. 144 y 146.
(212) Cf. Dagobert Frey: Gotik und
Renaissance, 1929, p. 67.
(213) Pol Abraham: op. cit., p. 102.
(214) Paul Frankl: Meinungen über Herkunft
und Wesen der Gotik, en la obra de Walter Timmling: Kunstgeschichte und
Kunstwissenschaft, 1923, p. 21.
(215) Ludwig Coellen: Der Stil der bildenden Kunst, 1921, página 305.






































