
Arnold Hauser.
Historia Social del Arte
El
arte románico fue un arte monástico, pero al mismo tiempo también un arte
aristocrático, Quizá sea en él donde se refleja de manera más evidente la
solidaridad espiritual entre en clero y la nobleza. Lo mismo que ocurría en la
antigua Roma con las dignidades sacerdotales, también en la Iglesia de la Edad Media los puestos
más importantes estaban reservados a los miembros de la aristocracia (101). Los
abades y los obispos no estaban, sin embargo, tan íntimamente unidos a la
nobleza feudal por razón de su origen noble cuanto por sus intereses económicos
y políticos, pues debían sus propiedades y su poder al mismo orden social en
que se basaban también los privilegios de la nobleza secular. Entre ambas
aristocracias existía una alianza que, aunque no siempre era expresa se
mantenía continuamente. Las Ordenes monásticas, cuyos abades disponían de
inmensas riquezas y legiones de súbditos y de cuyas filas procedían los más
poderosos Papas, los más influyentes consejeros y los más peligrosos rivales de
emperadores y reyes, estaban tan por encima y eran tan ajenas a las masas como
los señores temporales. Hasta el movimiento reformador ascético de Cluny no
aparece un cambio en su actitud señorial; pero de una inclinación hacia ideas
democráticas sólo puede hablarse realmente a partir del movimiento de las
Ordenes mendicantes. Los monasterios, situados en medio de sus extensas
propiedades, en las faldas de las montañas que dominaban desde arriba el país,
con sus muros escarpados, macizos, construidos como baluartes, eran moradas
señoriales tan inabordables como los burgos y castillos de los príncipes y
barones. Es, por consiguiente, bien comprensible que también el arte que se
creaba en estos monasterios correspondiera a la mentalidad de la nobleza
temporal.
La
nobleza proveniente de la aristocracia franca de guerreros y funcionarios,
nobleza que a partir del siglo IX se hace cada vez más feudal, está situada en
esta época en la cumbre de la sociedad y se convierte en la poseedora efectiva
del poder estatal. La antigua nobleza que estaba al servicio del rey se
convierte en una nobleza hereditaria, poderosa, arrogante y rebelde, en la que
el recuerdo de sus orígenes como empleados está borrado e incluso desvanecido
hace largo tiempo, y cuyos privilegios parecen remontarse a tiempos
inmemoriales. Con el transcurso del tiempo la relación entre los reyes y esta
nobleza se invirtió por completo. Primitivamente la Corona era hereditaria y el
señor podía escoger a su gusto sus consejeros y funcionarios; ahora, por el
contrario, son hereditarios los privilegios de la nobleza, y los reyes son los
elegidos (102). Los Estados románico-germánicos de la Alta Edad Media
tropezaron con dificultades que ya se habían hecho perceptibles en los finales
del mundo antiguo y a las que ya entonces se había intentado dar solución
mediante instituciones que, como el colonato, la imposición de tributos en
especie y la responsabilidad de los terratenientes para las contribuciones del
Estado, estaban ya en la misma línea que el feudalismo.
La
falta de medios monetarios suficientes para mantener el necesario aparato
administrativo y un ejército adecuado, el peligro de las invasiones y la
dificultad de defender contra ellas los extensos territorios eran cosas que
existían ya en los finales de la época romana. Pero en la Edad Media se
presentaron nuevas dificultades, derivadas de la falta de funcionarios
preparados, del acrecido y prolongado peligro de ataques hostiles y de la
necesidad de introducir, ante todo contra los árabes, la nueva arma de la caballería
acorazada. Esta última reforma, a causa del costoso armamento y del período
relativamente largo que requería la instrucción de las nuevas fuerzas, estaba
ligada con cargas insoportables para el Estado. El feudalismo es la institución
con la cual intentó el siglo IX resolver estas dificultades, principalmente la
de la creación de un ejército a caballo y dotado de armadura pesada. El
servicio militar, a falta de otros medios, fue comprado mediante la concesión
de propiedades territoriales, inmunidades y privilegios señoriales,
especialmente de derechos fiscales y judiciales. Estos privilegios
constituyeron el fundamento del nuevo sistema. El “beneficio”, esto es, la
donación ocasional de propiedades pertenecientes a los dominios reales como
pago por servicios prestados o la concesión del usufructo de tales propiedades
como compensación por servicios regulares administrativos y militares existía
ya en la época merovingia. Lo nuevo es el carácter feudal de las concesiones y
el vasallaje de los favorecidos; en otras palabras, la relación contractual y
la alianza de lealtad, el sistema de los mutuos servicios y obligaciones, el
principio de la recíproca fidelidad y de la lealtad personal, que ahora viene a
sustituir a la antigua subordinación. El “feudo”, que al comienzo era sólo un
usufructo concedido por tiempo limitado, se convierte en hereditario en el curso del siglo IX.
La
creación de la caballería feudal, con la enfeudación hereditaria de tierras
como base de la relación de servicio, constituye una de las más revolucionarias
innovaciones militares en la historia del Occidente. Esta medida transforma un
órgano del poder central en una fuerza casi ilimitada dentro del Estado. La
monarquía absoluta medieval llega con ello a su fin. A partir de este momento
el rey no tiene más poder que el que le corresponde por sus propiedades
privadas, ni más autoridad de la que tendría también en el caso de que poseyera
sus territorios como mero feudo. La época inmediatamente siguiente no conoce un
Estado como nosotros lo concebimos. No existen en ella administración uniforme,
ni la solidaridad ciudadana, ni sumisión general formalmente legal de los
súbditos (103). El Estado feudal es una sociedad en pirámide con un punto
abstracto en la cúspide. El rey hace guerras, pero no gobierno; gobiernan los
grandes terratenientes, y no como funcionarios o mercenarios, favoritos o
arribistas, beneficiarios o prebendados, sino como señores territoriales
independientes, que no basan sus privilegios en un poder administrativo procedente
del soberano como fuente del Derecho, sino únicamente en su poder efectivo,
directo y personal. Encontramos aquí una casta dominante que reclama para sí
todas las prerrogativas del gobierno, todo el aparato administrativo, todos los
puestos importantes en el ejército, todos los cargos superiores en la jerarquía
eclesiástica, y con ello adquiere en el Estado un influjo como probablemente
jamás había poseído ninguna clase social. La propia aristocracia griega, en su
época de mayor florecimiento, aseguraba a sus miembros menos libertad personal
que la que tenía que conceder a los señores feudales la debilitada monarquía de
la Alta Edad
Media. Los siglos en que dominó esta aristocracia han sido, con razón,
designados como la época aristocrática por excelencia de la Historia de Europa (104).
En ninguna otra fase del desarrollo de Occidente dependieron las formas de la
cultura tan exclusivamente de la visión del mundo, de los ideales sociales y de
la orientación económica de una sola clase social relativamente reducida.
En
la Alta Edad
Media, cuando no existían el dinero ni el tráfico, y la propiedad territorial
era la única fuente de renta y la única forma de riqueza, el sistema del
feudalismo fue la mejor solución de las exigencias impuestas por la administración
y la defensa del país. La ruralización de la cultura, que ya se había iniciado
en los finales del mundo antiguo, se consuma ahora. La economía se vuelve
completamente agraria; la vida, totalmente rústica. Las ciudades han perdido su
importancia y su atracción; la absoluta mayoría de la población está encerrada
en poblados pequeños, dispersos, aislados unos de otros. La sociedad urbana, el
comercio y el tráfico se han extinguido; la vida ha adoptado formas más
sencillas, menos complicadas, más limitadas al aspecto regional. La unidad
económica y social sobre cuya base se organiza todo ahora es la corte feudal;
se ha perdido la memoria de moverse en círculos más amplios, de pensar con
categorías más generales. Como faltan el dinero y los medios de tráfico, y no
hay, por lo general, ni ciudades ni mercados, la gente se encuentra forzada a
independizarse del mundo exterior y a renunciar tanto a la adquisición de
productos ajenos como a la venta de los propios. Así se desarrolla una
situación en la que ya no existe ningún estímulo para producir bienes que
excedan a las propias necesidades. Como se sabe, Karl Bücher ha designado este
sistema como “economía doméstica cerrada”, y lo ha caracterizado como una
autarquía en la que no existen en absoluto el dinero y el cambio (105). Tal
tajante formulación no corresponde, desde luego, del todo a la realidad. Se ha
demostrado que es insostenible con respecto a la Edad Media la idea de
una economía doméstica pura y completamente autárquica (106); y, sin duda, es
una corrección acertada la propuesta de hablar aquí mejor de una “economía sin
mercados” que de una “economía natural sin cambios” (107). Pero Bücher no ha
hecho más que exagerar los rasgos de la economía doméstica medieval; estos
rasgos no son propiamente una invención arbitraria suya, pues nadie negará que
en la época del feudalismo existía una inclinación a la autarquía. Lo ordinario
en esta época es consumir los bienes dentro de la misma economía en la que se
han producido, aunque haya tantas excepciones y el tráfico de mercancías nunca
haya cesado del todo. La distinción entre la producción para las propias
necesidades de la Alta Edad
Media y la producción de mercancías ulterior es, como ya fue señalado por Marx,
perfectamente clara, y la categoría de “economía doméstica cerrada” aparece
incluso inevitable para caracterizar la economía feudal si se la concibe como
tipo ideal y no como realidad concreta.
La
característica más peculiar de la economía de la Alta Edad Media y a la
vez el rasgo de esta economía que influye, más profundamente en la cultura
espiritual de la época, consiste, sin duda, en que en ella falta todo estímulo
para la superproducción, y, en consecuencia, se mantiene sujeta a los métodos
tradicionales y al ritmo acostumbrado en la producción, sin preocuparse de
inventos técnicos ni de innovaciones en la organización. Es, como se ha
observado (108), una pura “economía de gasto” que sólo produce lo que consume,
y que, como tal, carece de todo principio de ahorro y de lucro, de todo sentido
para el cálculo y la especulación, de toda idea para el uso planificado y
racional de las fuerzas disponibles. Al tradicionalismo e irracionalismo de
esta economía corresponden el estatismo inmóvil de las formas sociales, la
rigidez de las barreras que separan entre sí las distintas clases. Los
estamentos en que está organizada la sociedad no tienen sólo validez en cuanto
que poseen un sentido intrínseco, sino en cuanto ordenados por Dios. Puede
decirse, pues, que no hay ninguna posibilidad de ascender de una clase a otra;
todo intento de traspasar las fronteras existentes entre ellas equivale a la
rebelión contra un mandamiento divino. En una sociedad tan inflexible, tan
inmóvil, la idea de la competencia intelectual, la ambición de desarrollar la
propia personalidad y hacerla valer frente a los otros pueden surgir tan
escasamente como el principio de la competencia comercial en una sociedad sin
mercados, sin recompensas al mayor rendimiento y sin perspectivas de ganancia.
Al estático espíritu económico y a la petrificada estructura social corresponde
también en la ciencia, el arte y la literatura de la época el dominio de un
espíritu conservador, estrecho, inmóvil y apegado a los valores reconocidos. El
mismo principio de inmovilidad que ata a la economía y la sociedad a sus
tradiciones, retrasa también el desarrollo de las formas de pensamiento
científico y de experiencias artísticas y da a la historia del arte románico
aquel carácter tranquilo y casi pesante que durante cerca de dos siglos impide
todo cambio profundo en el estilo. Y así
como en la economía faltan por completo el espíritu del racionalismo, la
comprensión para los métodos exactos de producción y la aptitud para el cálculo
y la especulación, y lo mismo que en la vida práctica no existe sentido alguno del
número exacto, la fecha precisa y la evaluación de las cantidades en general,
de igual manera a esta época le faltan en absoluto las categorías de
pensamiento basadas en el concepto de mercancía, de dinero y de ganancia. A la
economía precapitalista y pre-racionalista corresponde una concepción
espiritual pre-individualista, que es tanto más fácil de explicar porque el
individualismo lleva consigo el principio de la competencia.
La
idea del progreso es completamente desconocida en la Alta Edad Media. Tampoco
tiene esta época ningún sentido para el valor de lo nuevo. Busca, más bien,
conservar fielmente lo antiguo y lo tradicional; y no sólo le es ajeno el
pensamiento del progreso propio de la ciencia moderna (109), sino que en la
misma interpretación de las verdades conocidas y garantizadas por las
autoridades busca mucho menos la originalidad de la explicación que la
confirmación y comprobación de las verdades mismas. Volver a descubrir lo ya
conocido, reformar lo ya formado, interpretar la verdad de nuevo, parece
entonces algo carente de finalidad y de sentido. Los valores supremos están
fuera de duda y se encuentran encerrados en forma eternamente válidas. Sería
puro orgullo querer cambiar sin más tales formas. La posesión de estos valores,
no la fecundidad del espíritu, es el objeto de la vida. Es ésta una época
tranquila, segura de sí misma, robusta en su fe, que no duda de la validez de
su concepción de la verdad ni de sus leyes morales, que no conoce ningún
conflicto del espíritu ni ningún problema de conciencia, que no siente deseos
de novedad ni se cansa de lo viejo. En todo caso no favorece tales ideas y
sentimientos.
La Iglesia de la Alta Edad Media, que en
todas las cuestiones espirituales tenía los plenos poderes de la clase
dominante y obraba como su mandataria, sofocada ya en su germen toda duda
acerca del valor incondicionado de los mandamientos y de las doctrinas que se
seguían de la idea de la ordenación divinal de este mundo y garantizaban el
dominio del orden establecido. La cultura, en la cual todo ámbito de la vida
estaba en relación inmediata con la fe y con las verdades eternas, hacía
prácticamente depender toda la vida intelectual de la sociedad, toda su ciencia
y su arte, todo su pensamiento y su voluntad, de la autoridad de la Iglesia. La concepción
metafísico-religiosa, en la que todo lo terrenal estaba relacionado con el más
allá, todo lo humano estaba referido a lo divino, y en la que cada cosa tenía
que expresar su sentido trasmundano y una intención divina, fue utilizada por la Iglesia, ante todo, para
dar validez plena a la teocracia jerárquica, basada en el orden sacramental.
Del primado de la fe sobre la ciencia derivaba la Iglesia su derecho a
establecer de manera autoritaria e inapelable las orientaciones y límites de la
cultura. Sólo con esta “cultura autoritaria y coercitiva” (110), sólo bajo la
presión de sanciones tales como las que podía imponer la Iglesia, dueña de todos
los instrumentos de salvación, se pudo desarrollar y mantener una visión del
mundo tan homogénea y cerrada como la de la Alta Edad Media. Los
estrechos límites que el feudalismo, con la ayuda de la Iglesia, ponía al
pensamiento y a la voluntad de la época, explican el absolutismo del sistema
metafísico, que en el campo de la filosofía procedía de manera implacable
contra todo lo peculiar e individual, lo mismo que el orden social existente
luchaba contra toda libertad en su propio campo, y hacía valer en el cosmos
espiritual los mismos principios de autoridad y jerarquía que se expresaban en
las formas sociales imperantes en la época.
El
programa cultural absolutista de la
Iglesia no llegó a ser una realidad plena hasta después del
fin del siglo X, cuando el movimiento cluniacense dio vida a un nuevo
espiritualismo y a una nueva intransigencia intelectual. El clero, persiguiendo
sus fines totalitarios, crea un estado de ánimo apocalíptico, de huida del
mundo y anhelo de muerte, mantiene los espíritus en permanente excitación
religiosa, predica el fin del mundo y el juicio final, organiza peregrinaciones
y cruzadas, y excomulga a emperadores y reyes. Con este espíritu autoritario y
militante consolida la Iglesia
el edificio de la cultura medieval, que sólo entonces, hacia el fin del
milenio, se manifiesta en su unidad y singularidad (111). Entonces se construyen
también las primeras grandes iglesias románicas, las primeras creaciones
importantes del arte medieval en el sentido estricto de la palabra. El siglo XI
es una época brillantísima en la arquitectura sagrada como es también una época
de florecimiento de la filosofía escolástica, y, en Francia, de la poesía
heroica de inspiración eclesiástica. Todo este movimiento intelectual, ante
todo el florecimiento de la arquitectura, sería inconcebible sin el enorme
aumento de los bienes eclesiásticos que entonces tuvo lugar. La época de las
reformas monásticas es, al mismo tiempo una época de grandes donaciones y
fundaciones a favor de los monasterios (112). Pero no sólo las riquezas de las
Ordenes, sino también las de los obispados aumentan, sobre todo en Alemania,
donde los reyes buscan ganarse a los príncipes eclesiásticos como aliados
contra los vasallos rebeldes. Gracias a estas donaciones se construyen
entonces, junto a las grandes iglesias monásticas, las primeras grandes
catedrales. Como se sabe, los reyes no tienen en esta época corte fija y se
albergan con su séquito ora en casa de un obispo ora en una abadía real (113).
A falta de una capital y corte, los reyes no construyen edificios directamente,
sino que satisfacen su pasión arquitectónica favoreciendo las iniciativas
episcopales. Por eso en Alemania las grandes iglesias episcopales de esta época
son consideradas y llamadas con razón “catedrales imperiales”.
Como
corresponde a la influencia de sus constructores, estas iglesias románicas son
edificios imponentes y poderosos, expresión de un poder ilimitado y de unos
medios inagotables. Se les ha llamado “fortalezas de Dios”, y realmente son
grandes, firmes y macizas, como los castillos y fortalezas de la época; y son,
además demasiado grandes para los fines mismos. Pero no fueron construidas para
los fieles, sino para la gloria de Dios, y sirven, lo mismo que las
construcciones sagradas del antiguo Oriente, y en su misma medida, que desde
entonces no ha vuelto a alcanzar ninguna otra arquitectura, para simbolizar la
suprema autoridad. La iglesia de Santa Sofía tenía, ciertamente, dimensiones
enormes, pero su grandeza estaba fundada, en cierta medida, en razones
prácticas, pues era la iglesia principal de una metrópoli cosmopolita. Las
iglesias románicas se encuentran, por el contrario, en el mejor de los casos,
en pequeñas ciudades tranquilas, pues en el Occidente ya no existían grandes
ciudades.
Sería
natural poner en relación no sólo las proporciones, sino también las formas
pesadas, anchas y poderosas de la arquitectura románica, con el poder político
de sus constructores, y considerar esta arquitectura como la expresión de un
rígido señorío clasista y de un cerrado espíritu de casta. Pero esto no
explicaría nada y lo único que haría sería confundirlo todo. Si se quiere
comprender el carácter voluminoso y opresor, serio y grave, del arte románico,
se debe explicar por su “arcaísmo”, por su vuelta a las formas simples,
estilizadas y geométricas. Este fenómeno está relacionado con circunstancias
mucho más concretamente tangibles que la general tendencia autoritaria de la
época. El arte del período románico es más simple y homogéneo, menos ecléctico
y diferenciado que el de la época bizantina o carolingia, por una parte, porque
ya no es un arte cortesano, y, por otra, porque desde la época de Carlomagno y
a consecuencia, sobre todo, de la presión de los árabes sobre el Mediterráneo y
de la interrupción del comercio entre Oriente y Occidente, las ciudades de
Occidente sufrieron un nuevo retroceso. En otras palabras: ahora la producción
artística no está sometida ni al gusto refinado y variable de la corte ni a la
agitación intelectual de la ciudad: es, en muchos aspectos, más bárbara y
primitiva que la producción artística de la época inmediatamente precedente, pero,
por otra parte, arrastra consigo muchos menos elementos sin elaborar o sin
asimilar que el arte bizantino y, sobre todo, el arte carolingio. El arte de la
época romántica no habla ya en el lenguaje de una época de cultura receptiva,
sino el de una renovación religiosa.
De
nuevo encontramos aquí un arte religioso en el que lo espiritual y lo temporal
puede decirse que no están separados y frente al cual los contemporáneos no
siempre tenían conciencia de la diferencia existente entre la finalidad eclesiástica
y la finalidad mundana. Desde luego, sentían el abismo que se abre entre estas
dos esferas mucho menos que nosotros, aunque es verdad que no se puede hablar
siquiera de que en esta época relativamente tardía se diera una completa
síntesis de arte, vida y religión, cual la soñaba el Romanticismo. Pues si bien
la Edad Media
cristiana era mucho más profunda e ingenuamente religiosa que la Antigüedad clásica, la
vinculación entre la vida religiosa y la social era aún más estrecha entre los
griegos y los romanos que entre los pueblos cristianos de la Edad Media. El mundo
antiguo estaba por lo menos más cerca de la prehistoria, en cuanto que, para el
Estado, estirpe y familia no eran sólo grupos sociales, sino que, al mismo
tiempo, constituían asociaciones de culto y realidades religiosas. Los
cristianos de la Edad Media,
por el contrario, separaban y distinguían ya las formas sociales naturales de
las relaciones religiosas sobrenaturales (114). La unificación a posteriori
de ambos órdenes en la idea de la civitas Dei nunca fue tan íntima que
los grupos políticos y los vínculos de la sangre adquiriesen un carácter
religioso en la conciencia popular.
La
naturaleza sacra del arte románico no provino, pues, de la circunstancia de que la vida de la época estuviera
condicionada por la religión en todas sus manifestaciones, pues no lo estaba,
sino de la situación de que se había desarrollado después de la disolución de
la sociedad cortesana, las administraciones munici8pales y el poder político
centralizado, y en la cual la
Iglesia se convirtió, puede decirse, en el único cliente de
obras de arte. Hay que añadir a esto que, a consecuencia de la completa
clericalización de la cultura, el arte era considerado no ya como objeto de
placer estético, sino “como culto ampliado, como ofrenda, como sacrificio”
(115). En este aspecto la
Edad Media está mucho más cerca del primitivismo que la Antigüedad clásica.
Pero con esto no está dicho que el lenguaje artístico de la época románica
fuera más comprensible para las grandes masas que el de la Antigüedad o el de la Alta Edad Media. El arte
de la época carolingia dependía del gusto de los círculos cultos de la corte y,
en cuanto tal, era extraño al pueblo. De igual manera, ahora el arte es
propiedad espiritual de una minoría del clero que, aunque más amplia que la
sociedad de literatos áulicos de Carlomagno, no abarcaba ni siquiera a todo el
clero. Siendo el arte de la
Edad Media un instrumento de propaganda de la Iglesia, su misión sólo
podía consistir en inspirar a las masas un espíritu solemne y religioso, pero
bastante indefinido. El sentido simbólico, a menudo difícil de entender, y la
forma artística refinada de las representaciones religiosas no eran seguramente
comprendidos ni estimados por los simples creyentes. Aunque las formas del
estilo románico sean más concisas y sugerentes que las del primitivo arte
cristiano, tampoco eran, en modo alguno, más populares ni más sencillas que
éstas. La simplificación de las formas no significa ninguna concesión al gusto
ni a la capacidad de comprensión de las masas, sino solamente una adaptación a
la concepción artística de una aristocracia que estaba más orgullosa de su
autoridad que de su cultura.
El
cambio rítmico de los estilos alcanza otra vez en el arte románico –después del
geometrismo de los inicios de la
Antigüedad y del naturalismo de sus finales, después de la
abstracción de la época cristiana primitiva, y del eclecticismo de la
carolingia- una fase de antinaturalismo y de formalismo. La cultura feudal, que
es esencialmente antindividualista , prefiere también en el arte lo general y
lo homogéneo, y se inclina a dar del mundo una representación en la que todo
–las fisonomías como los paños, las grandes manos gesticulantes como los
árboles pequeños con ramas como de palmera, así como las colinas de hojalata-
está reducido a tipos. Lo mismo este formalismo estereotipado que la
monumentalidad del arte románico se muestran del modo más sorprendente en la
exaltación de la forma cúbica y en la adaptación de la plástica a la arquitectura.
Las esculturas de las iglesias románicas son miembros del edificio; pilares y
columnas, partes de la construcción del muro o del pórtico. El marco
arquitectónico es un elemento constitutivo de las representaciones de figuras.
No sólo los animales y el follaje, sino la misma figura humana cumple una
función ornamental en el conjunto artístico de la iglesia; se pliega y se
tuerce, se estira y reduce, según el espacio que tiene que ocupar. El papel
subordinado de cada detalle está tan acentuado que los límites entre el arte
libre y aplicado, entre escultura y artesanía, son siempre fluctuantes (116).
También aquí es natural pensar en la correlación existente entre estos rasgos y
las formas autoritarias de la política. Sería también la explicación más sencilla
relacionar el espíritu autoritario de la época con la coherencia funcional de
los elementos de una construcción románica y su subordinación a la unidad
arquitectónica, e igualmente atribuir éstas al principio de la unidad,
principio que domina las formas sociales contemporáneas y se manifiesta en
estructuras colectivas como la
Iglesia universal y el monacato, el feudalismo y la economía
doméstica cerrada. Pero tal explicación está sujeta siempre a un equívoco. Las
esculturas de una iglesia románica “dependen” de la arquitectura en un sentido
completamente distinto de aquél en que los labradores y vasallos dependen de
los señores feudales.
El
rigorismo formal y la abstracción de la realidad son, sin duda, los rasgos
estilísticos más importantes, pero en modo alguno los únicos del arte románico.
Lo mismo que en la filosofía de la época actúa, junto a la dirección
escolástica, una dirección mística, y así como en el monacato el espíritu
militante se una con la inclinación a la vida contemplativa, y en el movimiento
de reforma monástica se manifiesta junto al estricto dogmatismo una
religiosidad violenta, indomable y extática, también en el arte se abre paso,
junto al formalismo y el abstraccionismo estereotipado, una tendencia emocional
y expresionista. Esta concepción artística, más libre, sólo se hace perceptible
en la segunda mitad del período románico, esto es, al mismo tiempo que se
vivifica la economía y se renueva la vida ciudadana en el siglo XI (117). Pero,
por modestos que sean en sí estos comienzos, constituyen el primer signo de un
cambio que abre el camino al individualismo y al liberalismo de la mentalidad
moderna. Por el momento no hubo exteriormente muchas transformaciones; la
tendencia fundamental del arte sigue siendo antinaturalista y hierática. Con
todo, si en algún momento hay que señalar un primer paso hacia la disolución de
los vínculos medievales, es ahora, en este siglo XI de sorprendente fecundidad,
con sus nuevas ciudades y mercados, sus nuevas Ordenes y escuelas, las primeras
cruzadas y los primeros Estados normandos, con los comienzos de la escultura
monumental cristiana y las formas primeras de la arquitectura gótica. No puede
ser casual el que esta nueva vida coincida con la época en la que la autarquía
económica de la Alta Edad
Media, después de una estabilidad plurisecular, comienza a ceder el paso a una
economía mercantil.
En
el arte el cambio se realiza muy lentamente. La escultura constituye
ciertamente un arte nuevo, olvidado desde la decadencia de la Antigüedad clásica, pero
su lenguaje formal permanece ligado en lo esencial a las convenciones de la
primitiva pintura románica; y, por lo que hace al estilo protogótico de las
iglesias normandas del siglo XI, es considerado, con razón, como una forma del
románico. La disolución vertical del muto y el expresionismo de las figuras
revelan, desde luego, la orientación hacia una concepción más dinámica. Las
exageraciones con que se pretende alcanzar el efecto –la alteración de las
proporciones naturales, el aumento desproporcionado de las partes expresivas
del rostro y del cuerpo, sobre todo de los ojos y las manos, el desbordamiento
de los gestos, la ostentosa profundidad de las inclinaciones, de los brazos
elevados en alto y las piernas cruzadas como en un paso de danza- no constituyen
ya sólo aquel fenómeno que, como se ha supuesto, existe en todo arte primitivo
y que consiste, sencillamente, en que “las partes del cuerpo cuyo movimiento
manifiesta más claramente la voluntad y la emoción están representadas con
mayor fuerza y tamaño” (118). Más bien nos encontramos aquí con un manifiesto
expresionismo dinámico (119). La violencia con que el arte se lanza a este
estilo expresivo procede del espiritualismo y del activismo del movimiento
cluniacense. La dinámica del “barroco románico tardío” está relacionada con
Cluny y con el movimiento monástico reformador, lo mismo que el patetismo del
siglo XVIII se relaciona con los jesuitas y la Contrarreforma. La
plástica como la pintura, las esculturas de Autun y Vézelay, Moissac y
Souillac, como las figuras de los evangelistas del Evangeliario de Amiens
y del de Otón III, expresan el mismo espíritu de ascética reforma, la misma
atmósfera apocalíptica de Juicio Final. Los profetas y los apóstoles, esbeltos,
frágiles, devorados por la llama de su fe, que en los tímpanos de las iglesias
rodean a Cristo, los elegidos y bienaventurados, los ángeles y los santos del
Juicio Final y las Ascensiones, son otros santos ascetas espiritualizados, que
los creadores de este arte, los piadosos monjes de los monasterios, se
proponían como modelos de perfección.
Ya
las representaciones escenográficas del arte románico tardío son muchas veces
producto de una fantasía desbordada y visionaria. Pero en las composiciones
ornamentales, por ejemplo, en el pilar zoomorfo de la abadía de Souillac, esta
fantasía se remonta a los absurdos del delirio. Hombres, animales, quimeras y
monstruos se entremezclan en una única corriente de vida pululante y forman un
caótico enjambre de cuerpos animales y humanos que, en muchos aspectos,
recuerda las líneas enredadas de las miniaturas irlandesas y muestra que la
tradición de este viejo arte no se ha apagado todavía, apero a la vez, que
desde los tiempos de su florecimiento todo ha cambiado, y sobre todo, que el
rígido geometrismo de la
Alta Edad Media ha sido disuelto por el dinamismo del siglo
XI.
Sólo
ahora aparece fijo y completamente realizado lo que nosotros entendemos por
arte cristiano y medieval. Sólo ahora se completa el sentido trascendente de
las pinturas y esculturas. Fenómenos como el excesivo alargamiento o los
convulsivos gestos de las figuras ya no pueden ser explicados racionalmente, a
diferencia de las proporciones antinaturales del arte cristiano primitivo, que
se derivaban con una cierta lógica de la jerarquía espiritual de las figuras.
En la antigüedad cristiana, la aparición de un mundo trascendental llevó a la
deformación de la verdad natural, pero el valor de las leyes naturales
permaneció vivo en el fondo. Ahora, por el contrario, estas leyes son
completamente abolidas y con ellas cesa también el predominio de la concepción
clásica de la belleza. En el arte cristiano primitivo las desviaciones de la
realidad natural se mueven siempre dentro de los límites de lo biológicamente
posible y de lo formalmente correcto. Ahora tales desviaciones resultan
completamente inconciliables con los criterios clásicos de realidad y belleza,
y finalmente, “desaparece todo intrínseco valor plástico de las figuras” (120).
En las representaciones, la referencia a lo trascendental es ahora tan
predominante que las formas aisladas no poseen ya absolutamente ningún valor
inmanente; son sólo símbolo y signo. Ya no expresan el mundo trascendental sólo
con medios negativos, es decir, no se refieren a la realidad sobrenatural
dejando meramente hiatos en la realidad natural y negando el orden de ésta,
sino que describen lo irracional y supramundano de una manera completamente
positiva y directa. Si se comparan las figuras incorpóreas y extáticamente
convulsionadas de este arte con las robustas y equilibradas figuras de héroes
de la Antigüedad
clásica, como se ha comparado el San Pedro de Moissac, con el Doríforo (121),
resulta con toda claridad la peculiaridad de la concepción artística medieval.
Frente al clasicismo, que se limita exclusivamente a lo corporalmente bello, a
lo sensible y viviente y a lo formalmente regular, y que evita toda alusión a
lo psíquico y espiritual, el etilo románico aparece como un arte que se
interesa única y exclusivamente por la expresión anímica. Las leyes de este
estilo no se rigen por la lógica de la experiencia sensible, sino por la visión
interior. Este rasgo visionario encierra de la manera más concentrada la
explicación del espectral alargamiento, de la actitud forzada, de la movilidad
como de marioneta de sus figuras.
La
afición del arte románico a la ilustración crece continuamente, y al final es
tan grande como su interés por la decoración. La inquietud espiritual se
manifiesta en la continua ampliación del repertorio figurativo, que llega a
extenderse al contenido entero de la Biblia. Los nuevos temas, esto es, los temas del
Juicio Final y la Pasión,
son tan significativos de la peculiaridad de la época como del estilo con que
son tratados. El tema capital de la escultura románica tardía es el Juicio Final.
Este es el tema que se elige con particular preferencia para los tímpanos de
los pórticos. Producto de la psicosis milenarista del fin del mundo, es a la
vez la más poderosa expresión de la autoridad de la Iglesia. En él se
celebra el juicio de la
Humanidad, y ésta, según que la Iglesia acuse o interceda,
es condenada o absuelta. El arte no podía imaginar un medio más eficaz para
intimidar a los espíritus que este cuadro del infinito pavor y de
bienaventuranza eterna. La popularidad del otro gran tema del arte románico, la Pasión, significa una
vuelta hacia el emocionalismo, aunque el modo de tratarlo siga moviéndose
todavía casi siempre dentro de los límites del viejo estilo, no-sentimental y
solemnemente ceremonioso. Los cuadros románicos de la Pasión están a mitad de
camino entre la anterior repugnancia a representar la divinidad sufriente y
humillada y la posterior insistencia morbosa en las heridas del Salvador. Para
los antiguos cristianos, educados todavía en el espíritu de la Antigüedad clásica, la
representación del Salvador que moría en la cruz de los criminales era siempre
algo penoso. El arte carolingio aceptó, es verdad, la imagen oriental del
Crucificado, pero se resistió a representar a Cristo martirizado y humillado;
para el espíritu de los señores de aquella época, la sublimidad divina y el
sufrimiento corporal eran incompatibles. También en las Pasiones románticas el
Crucificado no suele estar pendiente de la cruz, sino que se mantiene en pie en
ella y, por regla general, es representado con los ojos abiertos, no raramente
con corona, y aun muchas veces vestido (122). La sociedad aristocrática de
aquella época tenía que vencer su repugnancia ante la representación del
desnudo, repugnancia que tenía motivos sociales y no sólo religiosos, antes de
que pudiera acostumbrarse a la contemplación de Cristo desnudo. El arte
medieval evita también, más tarde, mostrar cuerpos desnudos cuando el tema no
lo exige expresamente (123). Al Cristo-Rey-Héroe, que aún en la misma cruz
aparece como vencedor de todo lo terreno y perecedero, corresponde lógicamente
una imagen de la Virgen
que muestra, en lugar de la
Madre de Dios representada en su amor y en su dolor, según
estamos acostumbrados a verla desde la época gótica, una Reina celestial
elevada sobre todo lo humano.
El
placer con que el arte románico tardío puede abismarse en la ilustración de una
materia épica se manifiesta de la manera más directa en la Tapicería de Bayeaux, obra que, a
pesar de estar destinada a una iglesia, manifiesta una concepción artística
distinta de la del arte eclesiástico. Con un estilo admirablemente fluido, con
muy variados episodios y con un amor sorprendente por el pormenor realista,
narra la historia de la conquista de Inglaterra por los normandos. Se
manifiesta en ella una difusa manera de narrar los acontecimientos, que
anticipa la composición cíclica del arte
gótico, marcadamente contrapuesto a los principios de unidad de la concepción
artística románica. Tenemos evidentemente aquí no una obra del arte monacal,
sino el producto de un taller más o menos
independiente de la
Iglesia. La tradición que adscribe los bordados a la reina
Matilde se apoya, sin duda, en una leyenda, pues la obra ha sido realizada
evidentemente por artistas experimentados y prácticos en el oficio; pero la
leyenda alude, al menos, al origen profano del trabajo. En ningún otro
monumento del arte románico podemos obtener una idea tan amplia de los medios
de que pudo disponer el arte profano de la época. Ello hace lamentar doblemente
la pérdida de obras semejantes, en cuya conservación se puso evidentemente
menos cuidado que en las del arte eclesiástico. No sabemos qué extensión
alcanzó la producción artística profana. Desde luego no debió nunca de
aproximarse a la eclesiástica; pero era, por lo menos en la época románica
tardía, a la que pertenece la
Tapicería de Bayeaux, más importante de lo que podría
suponerse a juzgar por los pocos
monumentos conservados.
El
retrato, que, por decirlo así, se mueve de manera indecisa entre el arte
sagrado y el profano, muestra excelentemente cuán difícil es, basándose en los
restos que poseemos, hablar del arte profano de esta época. Entonces no se
tenía ninguna comprensión para el retrato individualizado, que acentúa los
rasgos personales del modelo. El retrato románico no es más que un parte de la
representación ceremonial o del monumento. Lo hallamos o bien en la páginas
dedicatorias de los manuscritos de la
Biblia o en los monumentos sepulcrales de las iglesias. La
pintura dedicatoria, que además de la persona que encargó u ordenó copiar el
manuscrito representa también al copista y al pintor (124), abre, no obstante
su solemnidad, el camino a un género muy personal, aunque por el momento
tratado de forma estereotipada: el autorretrato. La íntima contraposición existente
entre los dos estilos aparece todavía más marcada en los retratos escultóricos
de las sepulturas. En el primitivo arte sepulcral cristiano la persona del
difunto o no aparece en absoluto o se muestra en forma muy discreta. En cambio,
en los sepulcros de la época románica se convierte en el tema principal de la
representación (125). La sociedad feudal, que piensa con categorías de casta,
se resiste todavía a acentuar los rasgos individuales de la personalidad, pero
favorece ya la idea del monumento personal.
(Hauser; 1968:233-252)
(101) A. Schulte: op. cit., p. 221.
(102) Heinrich V. Eicken: Gesch. u. System
der mittelalterlichen Weltanschauung. 1887, p. 224.
(103) E. Troeltsch: Soziallehren, p.
242.
(104) Joannes Bühler: Die Kultur del
Mittelalters, 1931, p. 95.
(105) Karl Bücher: Die Entstehung der
Volkswirtschaft, I, 1919, páginas 92 ss.
(106) Georg V. Below: Probleme der
Wirtschaftsgesch., 1920, páginas 178-179, 194 y ss.; A. Dopsch: Wirtsch,
und soz. Grundl., II, pp. 405-406.
(107) H. Pirenne: Le mouvement écon., p.
13.
(108) Werner Sombart: Der mod. Kapit.,
I, 1916, 2ª ed., p. 31.
(109) J. Bühler: op. cit., pp. 261-62.
(110) E. Troeltsch: op. cit., p. 223.
(111) Cf. Oswald Spengler: Der Untergang des
Abendlandes, I, 1918, p. 262.
(112) H. Pirenne: A history of Europe,
p. 171.
(113) G. Dehio: op. cit., p. 73.
(114) E Troeltsch: op. cit., p. 215.
(115)
G. Dehio: op. cit., p. 73.
(116)
Ibid., p. 144.
(117)
A Fliche: La
Civilisation occidentale aux Xe. et XVe. Siècles,
en Histoire du Moyen Age, editada por G. Glotz, II, 1930. pp. 597-609.
(118)
Anton Springer: Die Psalterillustrationen im frühen Mittelalter,
“Memorias de la Real Soc.
Sajona de Cien.”, VIII, 1883, página 195.
(119) H. Beenken: Romanische Skulptur in
Deutschland, 1924, página 17.
(120) G.V. Luecken: Burgundische Skulpturen
des 11. und 12. Jahrh.,
en “Jahrb. der Kunstw.”, 1923, p. 108.
(121) G. Kaschnitz-Weinberg: Spätrömische
Porträts, en Die Antike, II, 1926, p. 37.
(122)
G. Dehio: op. cit., pp. 193-94.
(123) Julius Baum: Die Mal. und Plastik des
Mittelalters in Deutschl. Frankr. u. Britannien, 1930, p. 76.
SOY DE CADIIOI
SOY DE CADIIOI