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Poemas de Vicente Aleixandre

Enviado por Daniel Rojas Pachas el 22/10/2008 a las 22:04
Daniel Rojas Pachas

 

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Vicente Aleixandre

La destrucción o el amor

 

 

 

LA SELVA Y EL MAR

 

Allá por las remotas

luces o aceros aún no usados,

tigres del tamaño del odio,

leones como un corazón hirsuto,

sangre como la tristeza aplacada,

se baten con la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable.

Largas cadenas que surten de los lutos,

de lo que nunca existe,

atan el aire como una vena, como un grito, como un reloj que se para

cuando se estrangula algún cuello descuidado.

 

Oh la blancura súbita,

las orejas violáceas de unos ojos marchitos,

cuando las fieras muestran sus espadas o dientes

como latidos de un corazón que casi todo lo ignora,

menos el amor,

al descubierto en los cuellos allá donde la arteria golpea,

donde no se sabe si es el amor o el odio

lo que reluce en los blancos colmillos.

 

Acariciar la fosca melena

mientras se siente la poderosa garra en la tierra,

mientras las raíces de los árboles, temblorosas,

sienten las uñas profundas

como un amor que así invade.

 

Mirar esos ojos que sólo de noche fulgen,

donde todavía un cervatillo ya devorado

luce su diminuta imagen de oro nocturno,

un adiós que centellea de póstuma ternura.

 

El tigre, el león cazador, el elefante que en sus colmillos lleva algún suave collar,

la cobra que se parece al amor más ardiente,

el águila que acaricia a la roca como los sesos duros,

el pequeño escorpión que con sus pinzas sólo aspira a oprimir un instante la vida,

la menguada presencia de un cuerpo de hombre que jamás podrá ser confundido

[con una selva,

ese piso feliz por el que viborillas perspicaces hacen su nido en la axila del musgo;

mientras la pulcra coccinela

se evade de una hoja de magnolia sedosa...

Todo suena cuando el rumor del bosque siempre virgen

se levanta como dos alas de oro,

élitros, bronce o caracol rotundo,

frente a un mar que jamás confundirá sus espumas con las ramillas tiernas.

 

La espera sosegada,

esa esperanza siempre verde,

pájaro, paraíso, fasto de plumas no tocadas,

inventa los ramajes más altos,

donde los colmillos de música,

donde las garras poderosas, el amor que se clava,

la sangre ardiente que brota de la herida,

no alcanzará, por más que el surtidor se prolongue,

por más que los pechos entreabiertos en tierra

proyecten su dolor o su avidez a los cielos azules.

 

Pájaro de la dicha,

azul pájaro o pluma,

sobre un sordo rumor de fieras solitarias,

del amor o castigo contra los troncos estériles,

frente al mar remotísimo que como la luz se retira.

 

 

NO BUSQUES, NO

 

Yo te he querido como nunca.

Eras azul como noche que acaba,

eras la impenetrable caparazón del galápago

que se oculta bajo la roca de la amorosa llegada de la luz.

 

Eras la sombra torpe

que cuaja entre los dedos cuando en tierra dormimos solitarios.

 

De nada serviría besar tu oscura encrucijada de sangre alterna,

donde de pronto el pulso navegaba

y de pronto faltaba como un mar que desprecia a la arena.

 

La sequedad viviente de unos ojos marchitos,

de los que yo veía a través de las lágrimas,

era una caricia para herir las pupilas,

sin que siquiera el párpado se cerrase en defensa.

 

Cuán amorosa forma

la del suelo las noches del verano

cuando echado en la tierra se acaricia este mundo que rueda,

la sequedad obscura,

la sordera profunda,

la cerrazón a todo,

que transcurre como lo más ajeno a un sollozo.

 

Tú, pobre hombre que duermes

sin notar esa luna trunca

que gemebunda apenas si te roza;

tú, que viajas postrero

con la corteza seca que rueda entre tus brazos,

no beses el silencio sin falla por donde nunca

a la sangre se espía,

por donde será inútil la busca del calor

que por los labios se bebe

y hace fulgir el cuerpo como con una luz azul si la noche es de plomo.

 

No, no busques esa gota pequeñita,

ese mundo reducido o sangre mínima,

esa lágrima que ha latido

y en la que apoyar la mejilla descansa.

 

 

DESPUÉS DE LA MUERTE

 

La realidad que vive

en el fondo de un beso dormido,

donde las mariposas no se atreven a volar

por no mover el aire tan quieto como el amor.

 

Esa feliz transparencia

donde respirar no es sentir un cristal en la boca,

no es respirar un bloque que no participa,

no es mover el pecho en el vacío

mientras la cara cárdena se dobla como la flor.

 

No.

La realidad vivida

bate unas alas inmensas,

pero lejos -no impidiendo el blando vaivén de las flores en que me muevo,

ni el transcurso de los gentiles pájaros

que un momento se detienen en mi hombro por si acaso...

 

El mar entero, lejos, único,

encerrado en un cuarto,

asoma unas largas lenguas por una ventana donde el cristal lo impide,

donde las espumas furiosas amontonan sus rostros

pegados contra el vidrio sin que nada se oiga.

 

El mar o una serpiente,

el mar o ese ladrón que roba los pechos,

el mar donde mi cuerpo

estuvo en vida a merced de las ondas.

 

La realidad que vivo,

la dichosa transparencia en que nunca al aire lo llamaré unas manos,

en que nunca a los montes llamaré besos

ni a las aguas del río doncella que se me escapa.

La realidad donde el bosque no puede confundirse

con ese tremendo pelo con que la ira se encrespa,

ni el rayo clamoroso es la voz que me llama

cuando -oculto mi rostro entre las manos- una roca a la vista del águila puede

[ser una roca.

 

La realidad que vivo,

dichosa transparencia feliz en la que el sonido de una túnica,

de un ángel o de ese eólico sollozo de la carne,

llega como lluvia lavada,

como esa planta siempre verde,

como tierra que, no calcinada, fresca y olorosa,

puede sustentar unos pies que no agravan.

 

Todo pasa.

La realidad transcurre

como un pájaro alegre.

Me lleva entre sus alas

como pluma ligera.

Me arrebata a la sombra, a la luz, al divino contagio.

Me hace pluma ilusoria

que cuando pasa ignora el mar que al fin ha podido:

esas aguas espesas que como labios negros ya borran lo distinto.

 

 

NOCHE SINFÓNICA

 

La música pone unos tristes guantes,

un velo por el rostro casi transparente,

o a veces, cuando la melodía es cálida,

se enreda en la cintura penosamente como una forma de hierro.

 

Acaso busca la forma de poner el corazón en la lengua,

de dar al sueño cierto sabor azul,

de modelar una mano que exactamente abarque el talle

y si es preciso nos seccione como tenues lombrices.

 

Las cabezas caerían sobre el césped vibrante,

donde la lengua se detiene en un dulce sabor a violines,

donde el cedro aromático canta

como perpetuos cabellos.

 

Los pechos por tierra tienen forma de arpa,

pero cuán mudamente ocultan su beso,

ese arpegio de agua que hacen unos labios

cuando se acercan a la corriente mientras cantan las liras.

 

Ese transcurrir íntimo,

la brevísima escala de las manos al rodar:

qué gravedad la suya cuando, partidas ya las muñecas,

dejan perderse su sangre como una nota tibia.

 

Entonces por los cuellos dulces melodías aún circulan,

hay un clamor de violas y estrellas

y una luna sin punta, roto el arco,

envía mudamente sus luces sin madera.

 

Qué tristeza un cuerpo deshecho de noche, qué silencio,

qué remoto gemir de inoíbles tañidos,

qué fuga de flautas blancas como el hueso

cuando la luna redonda se aleja sin oído.

 

 

UNIDAD EN ELLA

 

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,

rostro amado donde contemplo el mundo,

donde graciosos pájaros se copian fugitivos,

volando a la región donde nada se olvida.

 

Tu forma externa, diamante o rubí duro,

brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,

cráter que me convoca con su música íntima,

con esa indescifrable llamada de tus dientes.

 

Muero porque me arrojo, porque quiero morir,

porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera

no es mío, sino el caliente aliento

que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.

 

Deja, deja que mire, teñido del amor,

enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,

deja que mire el hondo clamor de tus entrañas

donde muero y renuncio a vivir para siempre.

 

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,

quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente

que regando encerrada bellos miembros extremos

siente así los hermosos límites de la vida.

 

Este beso en tus labios como una lenta espina,

como un mar que voló hecho un espejo,

como el brillo de un ala,

es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,

un crepitar de la luz vengadora,

luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,

pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

 

 

EL MAR LIGERO

 

El mar castiga el clamor de las botas en seco

que pasan sin miedo de pisar a los rostros,

a aquellos que besándose sobre la arena lisa

toman formas de conchas de dos en dos cerradas.

 

El mar bate sólo como un espejo,

como una ilusión de aire,

ese cristal vertical donde la sequedad del desierto

finge un agua o un rumor de espadas persiguiéndose.

 

El mar, encerrado en un dado,

desencadena su furia o gota prisionera,

corazón cuyos bordes inundarían al mundo

y sólo pueden contraerse con su sonrisa o límite.

 

El mar palpita como el vilano,

como esa facilidad de volar a los cielos,

aérea ligereza de lo que a nada sustenta,

de lo que sólo es suspiro de un pecho juvenil.

 

El mar o pluma enamorada,

o pluma libertada,

o descuido gracioso,

el mar o pie fugaz

que cancela el abismo huyendo con un cuerpo ligero.

 

El mar o palmas frescas,

las que con gusto se ceden en manos de las vírgenes,

las que reposan en los pechos olvidadas del hondo,

deliciosa superficie que un viento blando riza.

 

El mar acaso o ya el cabello,

el adorno,

el airón último,

la flor que cabecea en una cinta azulada,

de la que, si se desprende, volará como polen.

 

 

SIN LUZ

 

El pez espada, cuyo cansancio se atribuye ante todo a la imposibilidad de horadar a

[la sombra,

de sentir en su carne la frialdad del fondo de los mares donde el negror no ama,

donde faltan aquellas frescas algas amarillas

que el sol dora en las primeras aguas.

 

La tristeza gemebunda de ese inmóvil pez espada cuyo ojo no gira,

cuya fijeza quieta lastima su pupila,

cuya lágrima resbala entre las aguas mismas

sin que en ellas se note su amarillo tristísimo.

 

El fondo de ese mar donde el inmóvil pez respira con sus branquias un barro,

ese agua como un aire,

ese polvillo fino

que se alborota mintiendo la fantasía de un sueño,

que se aplaca monótono cubriendo el lecho quieto

donde gravita el monte altísimo, cuyas crestas se agitan

como penacho -sí- de un sueño oscuro.

 

Arriba las espumas, cabelleras difusas,

ignoran los profundos pies de fango,

esa imposibilidad de desarraigarse del abismo,

de alzarse con unas alas verdes sobre lo seco abisal

y escaparse ligero sin miedo al sol ardiente.

 

Las blancas cabelleras, las juveniles dichas,

pugnan hirvientes, pobladas por los peces

-por la creciente vida que ahora empieza-,

por elevar su voz al aire joven,

donde un sol fulgurante

hace plata el amor y oro los abrazos,

las pieles conjugadas,

ese unirse los pechos como las fortalezas que se aplacan fundiéndose.

 

Pero el fondo palpita como un solo pez abandonado.

De nada sirve que una frente gozosa

se incruste en el azul como un sol que se da,

como amor que visita a humanas criaturas.

 

De nada sirve que un mar inmenso entero

sienta sus peces entre espumas como si fueran pájaros.

El calor que le roba el quieto fondo opaco,

la base inconmovible de la milenaria columna

que aplasta un ala de ruiseñor ahogado,

un pico que cantaba la evasión del amor,

gozoso entre unas plumas templadas a un sol nuevo.

 

Ese profundo obscuro donde no existe el llanto,

donde un ojo no gira en su cuévano seco,

pez espada que no puede horadar a la sombra,

donde aplacado el limo no imita un sueño agotado.

 

 

 

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