Umberto Eco
HACIA UNA NUEVA EDAD MEDIA
Recientemente, y
desde muchas partes, se ha empezado a hablar de nuestra época como de una nueva
Edad Media. El problema es si se trata
de una profecía o de una constatación.
Dicho de otro modo: ¿hemos entrado ya en
1. PROYECTO DE APOCALIPSIS
Un día, en Estados
Unidos, la coincidencia de un atasco de autopistas con una paralización del
tráfico ferroviario impide que el personal de relevo acceda a un gran
aeropuerto. Los controladores no
relevados, vencidos por el estrés, provocan la colisión entre dos
cuatrirreactores, que se precipitan sobre una línea eléctrica de alta tensión,
cuya carga, repartida entre otras líneas ya sobrecargadas, provoca un black out
como el que ya sufriera Nueva York hace algunos años. Salvo que esta vez es más radical y dura
varios días. Como nieva y las calles
están bloqueadas, los automóviles forman monstruosos atascos; en las oficinas,
se encienden fuegos para calentarse, estallan incendios y los bomberos no logran
llegar a los sitios para apagarlos. La
red telefónica queda bloqueada bajo el impacto de cincuenta millones de
personas aisladas que tratan de comunicarse.
Se inician marchas por la nieve, que ocasionan víctimas que se abandonan
en las calles.
Los viandantes,
privados de aprovisionamientos de toda clase, intentan apoderarse de refugios y
mercancías; entran en acción las decenas de millones de armas de fuego vendidas
en Norteamérica. Las fuerzas armadas
asumen el poder, pero son víctimas también de la parálisis general. La gente saquea los supermercados, en
loshogares se acaban las reservas de velas, aumenta el número de muertos a
causa del frío y el hambre, y en los hospitales los enfermos mueren por falta
de cuidados. Después de algunas semanas,
cuando penosamente se restablezca la normalidad, los millones de cadáveres
dispersos por las ciudades y el campo comenzarán a propagar epidemias y
provocarán fiagelos de dimensiones parecidas a los de la peste negra, que en el
siglo XIV destruyó dos tercios de la población europea. Surgirán entonces psicosis «de contagio» y se
afirmará un nuevo maccartismo mucho más cruento que el primero. La vida política, que habrá entrado en
crisis, se subdividirá en una serie de subsistemas autónomos e independientes
del poder central, con ejércitos mercenarios y administraciones autónomas de
justicia. Mientras la crisis continuará
indefinidamente, quienes lograrán superarla con más facilidad serán los
habitantes de las áreas subdesarrolladas, ya preparados para vivir en condiciones
elementales de vida y de competencia, y se producirán grandes migraciones, que
darán lugar a fusiones y mezclas raciales, importación y difusión de nuevas
ideologías. La propiedad, menguada la
fuerza de las leyes y destruidos los catastros, se apoyará en el solo derecho
de usurpación. Por otra parte, la rápida
decadencia habrá reducido las ciudades a una serie de ruinas alternadas con
casas habitables, y habitadas por quienes hayan logrado apoderarse de ellas,
mientras las pequeñas autoridades locales podrán mantener cierto poder construyendo
recintos y pequeñas fortificaciones. En
este momento, se estará ya en plena estructura feudal. Las alianzas entre poderes locales se
apoyarán en el compromiso y no en las leyes, las relaciones individuales se
basarán en la agresión, en la alianza por amistad o comunidad de intereses, y
renacerán las costumbres elementales de hospitalidad para el transeúnte. Ante esta perspectiva, nos dice Vacca, no
cabe otra cosa que pensar en planificar el equivalente de la comunidad
monástico que, en medio de tanta decadencia, se ejercite desde ahora en
mantener vivos y en transmitir los conocimientos técnicos y científicos útiles
para el advenimiento de un nuevo renacimiento.
Cómo organizar estos conocimientos, cómo impedir que se corrompan en el
proceso de transmisión o que alguna comunidad haga uso de ellos con fines de
poder particular, éstos y otros problemas constituyen los capítulos finales (en
gran parte discutibles) del Medio Evo
prossimo ventura. Pero, como
decíamos al comienzo, el problema es de índole diversa. Se trata ante todo de decidir si este
escenario que describe Vacca es apocalíptico o si es la enfatización de algo ya
existente. Y, en segundo lugar, de
liberar la noción de Edad Media del aura negativa con que la ha envuelto cierta
difusión cultural de inspiración renacentista.
Tratemos pues de analizar qué es lo que se entiende por Edad Media.
2. PROYECTO
ALTERNATIVO DE EDAD MEDIA
Para empezar,
observemos que este nombre define dos momentos históricos bien distintos: uno
que va desde la caída del Imperio Romano de Occidente hasta el año 1000, y es
una época de crisis, de decadencia, de violentos ajustes de cuentas entre
pueblos y de choque de culturas; el otro período se extiende desde el siglo XI
hasta aquella época que escolarmente se define como Humanismo, y no por azar
muchos historiadores extranjeros lo consideran ya una época de pleno
florecimiento y hablan así de tres renacimientos: uno carolingio, otro en los
siglos XI Y XII, y el tercero, que es el que se conoce como Renacimiento
propiamente dicho.
Admitiendo que se
corre el riesgo de sintetizar
Esta hipótesis, o
este modelo, tendrá las características propias de toda criatura de
laboratorio: será el resultado de una elección, de una filtración, y la
elección dependerá de un fin preciso. En
nuestro caso, el fin consiste en disponer una imagen sobre la cual podamos
medir tendencias y situaciones de nuestro tiempo. Será un juego de laboratorio, pero nadie ha
dicho nunca seriamente que los juegos sean inútiles. Jugando el niño aprende a estar en el mundo,
justamente porque simula aquello que después estará obligado a hacer de veras.
¿Qué necesitamos
para hacer una buena Edad Media? Ante
todo una gran Paz que se degrada, un gran poder estatal internacional que había
unificado el mundo bajo una lengua, costumbres, ideología, religión, arte y
tecnología y que, en un momento dado, a causa de la propia ingobernable
complejidad, se derrumba. Y se derrumba
por la presión que en sus fronteras ejercen los «bárbaros», que no son
necesariamente incultos, sino que son portadores de nuevas costumbres y de
nuevas visiones del mundo. Estos
bárbaros pueden invadir con violencia, porque quieren apropiarse de una riqueza
que les había sido negada; o bien pueden insinuarse en el cuerpo social y
cultural de
El Imperio Romano,
en los comienzos de su decadencia, no fue socavado por la ética cristiana; se
socavó sólo al acoger sincréticamente la cultura alejandrina y los cultos
orientales de Mitra y de Astarté, jugueteando con la magia, las nuevas éticas
sexuales y diversas esperanzas e imágenes de salvación. El imperio acogió nuevos componentes
raciales, eliminó, por la fuerza de las circunstancias, muchas rígidas
divisiones de clase, redujo la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos,
entre plebeyos y patricios, conservó la división de la riqueza, pero moderó -y
no podía hacer otra cosal as diferencias entre los roles sociales. También experimentó fenómenos de fapida
aculturación, colocó en el gobierno a hombres que pertenecían a razas que
doscientos años antes habrían sido consideradas inferiores, y desdogmatizó
muchas teologías. Durante el mismo
período, el gobierno adoró a los dioses clásicos, los soldados a Mitra y los
esclavos a Jesús. Por instinto se
perseguía la fe que, a la larga, parecía más letal para el sistema, pero, en
general, una gran tolerancia represiva permitía aceptarlo todo.
El colapso
(militar, civil, social y cultural) de
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bárbara, herencia
romana y estímulos cristiano-orientales, de viajes y de encuentros, con los
monjes irlandeses que atravesaban Europa difundiendo ideas, promoviendo
lecturas, inventando locuras de todo género... En resumen, fue en este período
cuando maduró el hombre occidental moderno, y es en este sentido que el modelo
de una Edad Media puede servirnos para entender lo que está sucediendo en
nuestros días: la quiebra de una gran Pax acarrea crisis e inseguridades,
choques de distintas civilizaciones, y lentamente se va configurando la imagen
de un hombre nuevo. Imagen que sólo más
tarde aparecerá clara, pero cuyos elementos fundamentales están ya bullendo
allí en un dramático caldero. Boecio,
que divulga a Pitágoras y relee a Aristóteles, no repite de memoria la lección
del pasado, sino que inventa un nuevo modo de hacer cultura y, fingiendo ser el
último de los romanos, constituye la primera oficina de estudios de las cortes
bárbaras.
3. CRISIS DE
Que hoy estamos
viviendo la crisis de
En las pequeñas
villas suburbiales, el ejecutivo medio de pelo cortado en cepillo personifica
todavía al romano de antigua virtud, pero su hijo ya va con pelos de indio,
poncho de mexicano, toca el sitar asiático, lee textos budistas o libelos
leninistas y (como sucedía en el Bajo imperio) a menudo logra poner de acuerdo
a Hesse, el zodíaco, la alquimia, el pensamiento de Mao, la marihuana y la
técnica de la guerrilla urbana; basta leer Do
¡t de Jerry Rubin o pensar en los programas de
Este romano de
pelo en cepillo, inserto en una gran corporación (gran sistema que se degrada),
vive ya de hecho la descentralización absoluta y la crisis del poder (o de los
poderes) central reducido a una ficción (como era el Imperio) y a un sistema de
principios cada vez más abstractos.
Véase el impresionante ensayo de Furio Colombo, Potere, grupo¡ e conflicto nella societá neo-feudale, 1 del que
emerge la contemporaneidad de una situación típicamente neomedieval. Sin necesidad de hacer sociología, todos
sabemos que en lo que a nosotros respecta las decisiones del gobierno son, con
frecuencia, formales en relación a las decisiones aparentemente periféricas de
los grandes centros económicos; los cuales no por azar empiezan a constituir su
Sifar privado, quizás utilizando las
fuerzas de los Sifar públicos, y sus
universidades, que tienen como finalidad única los resultados de eficacia
individual, en oposición a
«El golpe de mano
del poder tecnológico ha vaciado las instituciones y ha abandonado el centro de
la estructura social», observa Colombo, que añade que el poder «se organiza
abiertamente fuera del área central y media del cuerpo social, dirigiéndose
hacia una zona libre de tareas y responsabilidades generales, revelando abierta
y súbitamente el carácter accesorio de las instituciones».
Las apelaciones ya
no son en términos de jerarquía o de función codificada, sino de prestigio y
presión efectiva. Colombo cita el caso
de la rebelión en las cárceles de Nueva York en octubre de 1970, donde la
autoridad institucional, el alcalde Lindsay, sólo pudo actuar mediante llamadas
a la moderación, mientras las negociaciones se realizaban al principio entre
presos y guardianes y después entre periodistas y autoridades carcelarias, con
la mediación efectiva de la televisión.
Cf. A.A.V.V. Documenti su ii nuovo medioevo, Bompiani, 1973, donde aparece
también el presente ensayo.
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4.
En el juego de
estos intereses privados que se autoadministran y logran mantener compromisos y
equilibrios recíprocos, servidos por policía privada y mercenaria, con sus
propios centros fortificados de refugio y defensa, se asiste a lo que Colombo
llama una progresiva vietnamización de los territorios, batidos por nuevas
compaiíías de fortuna (¿qué otra cosa son los minutemen y los Black
Panthers?). Hagamos la prueba de
aterrizar en Nueva York en un avión de
No es preciso ir a
los Estados Unidos para advertir cómo se ha modificado el aspecto exterior de
la sala central de un banco de Milán o Turín, ni para comprobar qué complejo de
controles y trámites de policía interna hay que superar antes de poner pie en
un castillo más fortificado que los otros, como es el palacio de
y execrable» por
una bula de 1256 (cf. Gilette Ziegler, Le défi de
Un geógrafo
italiano, Giuseppe Sacco, desarrolló hace un año í el tema de la
medievalización de la ciudad. Una serie
de minorías que rechazan la integración se constituyen en clan, y cada clan
caracteriza un barrio, que se convierte en el centro propio, a menudo
inaccesible: estamos en la «comarca» medieval (Giuseppe Sacco es profesor en
Siena). A ese espíritu de clan se unen
por otra parte las clases pudientes que, siguiendo el mito de la naturaleza, se
retiran al exterior de las ciudades, en los barrios jardín con supermercados
autónomos, que dan origen a otros tipos de microsociedad.
Sacco retorna
también el tema de la vietnamización de los territorios, teatro de tensiones
permanentes a causa de la ruptura del consenso: entre las respuestas del poder
está la tendencia a descentralizar las grandes universidades (una especie de
defoliación estudiantil), para evitar peligrosas concentraciones de masas. En ese marco de guerra civil permanente
dominado por el choque de minorías opuestas y privadas de centro, la ciudad
lleva camino de convertirse cada vez más en eso que ya puede verse en algunas
poblaciones latinoamericanas, acostumbradas a la guerrilla, «donde la
fragmentación del cuerpo social está muy bien simbolizada en el hecho de que el
portero de las casas de apartamentos vaya habitualmente armado de metralleta. En estas mismas ciudades,Ios edificios
públicos parecen a veces fortalezas, como los palacios presidenciales, y están
rodeados por una especie de parapetos de tierra para protegerse de los ataques
con bazookas».
Por supuesto,
nuestro paralelo medieval debe articularse sin temor a las imágenes
simétricamente opuestas. Porque,
mientras la otra Edad Media estaba estrechamente ligada a la disminución de
población, abandono de la ciudad y penuria del campo, dificultad de comunicación,
deterioro de las vías y correos romanos y crisis del control central, hoy
parece que ocurra (respecto a la crisis de los poderes centrales) el fenómeno
opuesto: el exceso de población interactúa con el exceso de comunicaciones y
transportes y hace inhabitable la ciudad, no por destrucción y abandono, sino
por un paroxismo de actividad. La hiedra
que corroía las grandes construcciones ruinosas es sustituida ahora por la
contaminación atmosférica y por la acumulación de basuras que desfiguran y vuelven
irrespirables las áreas habitadas. La
ciudad se llena de inmigrantes y se vacía de sus antiguos habitantes, que sólo
acuden a ella para trabajar y correr después a los suburbios (cada vez más
fortificados después de la matanza de Bel Air).
Manhattan va camino de ser habitado sólo por negros. Turín por meridionales, mientras que en las
colinas y llanos circundantes surgen nobles construcciones, ligadas a etiquetas
de buena vecindad, desconfianza recíproca y grandes ocasiones ceremoniales de
encuentro.
5. EL DETERIORO
ECOLÓGICO
Por otra parte, la
gran ciudad, que hoy no es invadida por bárbaros beligerantes ni devastada por
incendios, sufre escasez de agua, crisis de energía eléctrica disponible y
parálisis del tráfico. Vacca recuerda la
existencia de grupos underground que, en un intento de socavar las bases de la
convivencia tecnológica, incitan a que se hagan saltar todas las líneas
eléctricas usando simultáneamente todos los electrodomésticos posibles y a
refrigerar la casa dejando abierta la nevera.
Vacca señala, doctamente, que dejando la nevera abierta la temperatura
no disminuye sino que aumenta: sin embargo, los filósofos paganos tenían
objeciones mucho más importantes que hacer a las teorías sexuales o económicas
de los primeros cristianos, y no obstante el problema no radicaba en comprobar
si dichas teorías eran eficientes, sino en reprimir el abstencionismo y el
rechazo a la colaboración cuando rebasaban ciertos límites. Los profesores de Castelnuovo fueron
incriminados porque no registrar las ausencias en las asambleas equivale a no
hacer sacrificios a los dioses. El poder
teme el relajamiento de los ceremoniales o la falta de obsecuencia formal en
las instituciones, en los que se ve la voluntad de sabotear el orden
tradicional y de introducir nuevas costumbres.
Por otra parte, la
sociedad de consumo a ultranza no produce objetos perfectos, sino maquinillas
fácilmente deteriorables (si se quiere un buen cuchillo, será mejor comprarlo
en África; en Estados Unidos después de la primera utilización se rompe) y la
civilización tecnológica se va convirtiendo en una sociedad de objetos usados e
inservibles; mientras que en el campo asistimos a deforestaciones, abandono de
cultivos, contaminación de las aguas, de la atmósfera y de las plantas,
desaparición de especies animales y fenómenos parecidos, por lo que la
necesidad, si no de judías, sí de una inyección de elementos genuinos, se hace
cada vez más apremiante.
6. EL NEONOMADISMO
El hecho de que en
la actualidad se viaje a
Se podría objetar
que la sociedad seminómada medieval era una sociedad de viajes inseguros;
partir significaba hacer testamento (recuérdese la partida del viejo Anne
Vercos en La anunciación a María, de
Paul Claudel); viajar significaba encontrar bandoleros, bandas de vagabundos y
fieras. Pero la idea del viaje moderno
como obra maestra de comodidad y seguridad hace ya tiempo que se malogró, y
atravesar los diversos controles electrónicos y las inspecciones antisecuestros
para subir a un jet restituye más o menos la antigua sensación de inseguridad,
que presumiblemente está destinada a aumentar.
7.
«Inseguridad» es
una palabra clave: hay que insertar este sentimiento en el marco de las
angustias milenarísticas o «quiliásticas»: el mundo llega a su fin, una
catástrofe final pondrá término al milenio.
Está demostrado ahora que los famosos terrores del año 1000 fue ron una
leyenda, pero también está demostrado que todo el siglo X estuvo recorrido por
el temor del fin del mundo, aunque hacia el declinar del milenio la psicosis
estuviera ya superada. En lo que
respecta a nuestros días, los temas recurrentes de la catástrofe atómica y de
la catástrofe ecológica bastan para indicar fuertes corrientes
apocalípticas. El correctivo utópico era
entonces la idea de la renovatio impera¡;
hoy consiste en esa maleable suficiencia de «revolución». Ambas ideas no carecen de sólidas perspectivas
reales, a pesar de los desfases finales con respecto al proyecto de partida (no
será el Imperio quien se renueve, sino que serán el renacer comunal y las
monarquías nacionales quienes disciplinen la inseguridad). Pero la inseguridad no es sólo «histórica»;
es también psicológica; forma parte de la relación hombre-paisaje,
hombre-sociedad. En
Un último toque al
cuadro de la inseguridad colectiva resulta el hecho de que como entonces, y
contrariamente a los usos establecidos por los estados liberales modernos, ya
no se declara la guerra (salvo al final del conflicto, véase el caso de India y
Pakistán) y no se sabe nunca si dos países se encuentran en estado de
beligerancia o no. En fin, basta ir a
Livorno, Verona o Malta para advertir que las tropas del Imperio permanecen de
guarnición en los diferentes territorios nacionales; se trata de ejércitos
multilingües con unos almirantes continuamente tentados a usar estas fuerzas
para guerrear (o hacer política) por cuenta propia.
8. LoS ERRANTES
Por estos anchos
territorios dominados por la «insecuritas» vagan bandas de marginados, místicos
o aventureros. Al lado de los
estudiantes que, en la crisis general de las universidades y gracias a becas
completamente incoherentes, se vuelven itinerantes y recu rren sólo a
profesores no sedentarios rechazando sus propios «instructores naturales»,
tenemos bandas de hippies -verdaderas órdenes mendicantes-, que viven de la
caridad pública en su búsqueda de una mística felicidad (entre droga y gracia
divina no hay demasiada diferencia, incluso varias religiones no cristianas
atisban entre los pliegues de la felicidad química). Las poblaciones locales no los aceptan y los
persiguen, y, cuando hayan sido expulsados de todos los albergues juveniles, el
hermano de las flores escribirá que allí se encuentra la perfecta alegría. Como en
Si estas
comparaciones parecen disparatadas, piénsese en la enorme diferencia que, bajo
la aparente cobertura religiosa, había entre monjes contemplativos y
holgazanes, que en la clausura conventual no hacían nada, franciscanos activos
y populistas, y dominicos doctrinarios e intransigentes, todos ellos
voluntariamente marginados, pero de manera diferente, del contexto social
corriente, despreciado por decadente, simbólico, fuente de neurosis y «alienación». Estas sociedades de innovadores, divididas
entre una furiosa actividad práctica al servicio de los desheredados y una
violenta discusión teológica, estaban desgarradas por recíprocas acusaciones de
herejía y continuas excomuniones y rechazos. Cada grupo producía sus propios disidentes y
sus propios heresiarcas. Los ataques que
se hacían mutuamente dominicos y franciscanos no son diferentes de los que se
hacen unos a otros trotskistas y estalinistas, ni es esto el signo,
arbitrariamente señalado, de un desorden sin objeto, sino que, por el
contrario, es el signo de una sociedad en la que nuevas fuerzas buscan nuevas
imágenes de vida colectiva y descubren que sólo pueden imponerlas a través de
la lulcha contra los «sistemas» establecidos, practicando una consciente y
rigurosa intolerancia teórica y práctica.
9.
La práctica del
recurso a la auctoritas es un aspecto de la cultura medieval que una óptica
laica, iluminista y liberal nos ha llevado, por un exceso de obligada polémica,
a juzgar mal y a deformar. El estudioso
medieval aparenta siempre no haber inventado nada y cita continuamente una
autoridad precedente. Serán los padres
de
En realidad, el
estudioso de temas medievales sabe reconocer diferencias fundamentales, del
mismo modo que el político de hoy se orienta fácilmente y distingue diferencias
y desviaciones entre intervención e intervención parlamentaria y sabe
clasificar inmediatamente a su interlocutor en tal o cual bando. Y no ignora tampoco que el hombre medieval
sabe muy bien que con la auctoritas se puede hacer lo que se quiera: «La
autoridad tiene una nariz de cera, que puede deformarse como se quiera», dice
Alain de Lille en el siglo XII. Pero ya
antes que él Bernard de Chartres había dicho: «Somos como enanos en hombros de
gigantes»; los gigantes simbolizan la autoridad indiscutible, mucho más lúcidos
y clarividentes que nosotros, pero nosotros, pequeños como somos, cuando nos
sostenemos sobre ellos, vemos más lejos.
Existía por tanto, por un lado, la conciencia de estar innovando y
avanzando, y por otro, la innovación debía apoyarse en un corpus cultural que
asegurase ciertas persuasiones indiscutibles y un lenguaje común. Lo que no era sólo dogmatismo (aunque a
menudo llegaba a serlo), sino que constituía el modo en que el hombre medieval
hacía frente al desorden y a la disipación cultural de la baja romanidad, al
crisol de ideas, religiones, promesas y lenguajes del mundo helenístico, donde
cada uno se encontraba solo con su tesoro de sabiduría. Ante todo había que reconstruir una temática,
una retórica y un léxico comunes, en los cuales poder reconocerse, pues de otro
modo no era posible comunicarse y no se podía tender un puente (que era lo que
importaba) entre los intelectuales y el pueblo, que era lo que hacía, de modo
personal y paternalista, el intelectual medieval, a diferencia del griego y el
romano.
La actitud de los
grupos políticos juveniles es hoy exactamente del mismo tipo, representa la
reacción contra la disipación de la originalidad romántico-idealista y contra
el pluralismo de las perspectivas liberales, consideradas como coberturas
ideológicas que, bajo la pátina de la diferencia de opiniones y de métodos,
ocultan la sólida unidad del dominio económico.
La investigación de textos sagrados (sean de Marx o de Mao, del Che o de
Rosa Luxemburgo) tiene ante todo la función de restablecer una base del
discurso común, un corpus de autoridad reconocible sobre el cual instaurar el
juego de las diferencias y de las propuestas que se contraponen. Todo ello realizado con una humildad
totalmente medieval y exactamente opuesta al espíritu moderno, burgués, surgido
del Renacimiento: ya no cuenta la personalidad de quien propone y la propuesta
no debe presentarse como descubrimiento individual, sino como fruto de una
decisión colectiva, siempre rigurosamente anónima. Así, una reunión asamblearia se desarrolla
como una quaestio disputata.- la cual
daba al extraño la impresión de un juego monótono y bizantino, cuando en ella
se debatían no sólo los grandes problemas del destino del hombre, sino también
las cuestiones concernientes a la propiedad, la distribución de la riqueza y
las relaciones con el Príncipe, o la naturaleza de los cuerpos terrestres en
movimiento y de los cuerpos celestes inmóviles.
10. LAS FORMAS DEL
PENSAMIENTO
Con un rápido
cambio de escenario (en lo que respecta al mundo actual), pero sin apartarnos
un ápice del paralelo con
El
político, apoyándose en la autoridad, argumenta sutilmente para fundar sobre
bases teóricas una praxis de formación; el científico, a través de
clasificaciones y diferenciaciones, trata de volver a dar forma a un universo cultural
que, como el universo grecorromano, ha estallado por exceso de originalidad y
por la confluencia conflictiva de aportes demasiado diversos: oriente y
occidente, magia, religión y derecho, poesía, medicina o física. Se trata de demostrar que existen unas
abscisas del pensamiento que permiten recuperar a modernos y primitivos bajo la
bandera de una misma lógica. Los excesos
formalistas y la tentación antihistórica son los mismos que encontramos en las
discusiones escolásticas, así como la tensión pragmática y modificadora de los
revolucionarios, que entonces se llamaban reformadores o heréticos a secas,
debe (como decía) apoyarse en furibundas diatribas teóricas y cada matiz
teórico implica una praxis diferente.
Incluso las discusiones entre san Bernardo, partidario de un arte sin
imágenes, terso y riguroso, y Suger, partidario de la catedral suntuosa y
pululante de mensajes figurativos, tienen correspondencias, a diferentes
niveles y en claves diferentes, con la oposición entre constructivismo soviético
y realismo socialista, entre abstractos y neobarrocos, entre teóricos
rigoristas de la comunicación conceptual y partidarios macluhanianos de la
comunidad global de la comunicación visual.
11. EL ARTE COMO
BRICOLAJE
Sin embargo,
cuando se pasa a los paralelos culturales y artísticos, el panorama se vuelve
mucho más complejo. Por una parte,
tenemos una correspondencia bastante perfecta entre dos épocas que,de modo
diferente, con iguales utopías educativas e igual enmascaramiento ideológico de
un proyecto paternalista de dirección de las conciencias, tratan de borrar la
diferencia entre cultura docta y cultura popular a través de la comunicación
visual. Ambas son épocas en que la élite
selecta razona sobre textos escritos con mentalidad alfabética, pero después
traduce en imágenes los datos esenciales del saber y las estructuras
sustentantes de la ideología dominante.
En
Junto a esta
sólida empresa de cultura popular se desarrolla el trabajo de composición y
collage que la cultura docta ejerce sobre los detritus de la cultura del
pasado. Tomemos una caja mágica de
Cornell o de Armand, un collage de Max Ernst o una máquina inútil de Munari o
de Tinguely, y nos encontraremos en un paisaje que nada tiene que ver con el
gusto estético medieval. En poesía son
centones y acertijos, los kenning irlandeses, los acrósticos, los entramados
verbales de múltiples citas, que recuerdan a Pound y a Sanguineti; los juegos
etimológicos creados por Virgilio de Bigorra e Isidoro de Sevilla, que hacen
tan Joyce (Joyce lo sabía), los ejercicios de composiciones temporales de los
tratados de poética, que parecen un programa para Godard, y, sobre todo, la
afición por la recopilacióny el inventario, que entonces se concretaba en los
tesoros de los príncipes o de las catedrales, en los que se reunía
indistintamente una espina de la corona de Jesús, un huevo encontrado dentro de
otro huevo, un cuerno de unicornio, el anillo de compromiso de san José y el
cráneo de san Juan a la edad de doce años (sic).'
1. Objetos
que contiene el tesoro de Carlos IV de Bohemia.- el cráneo de san Adalberto,
una espina de la
corona de Jesús, trozos de
última Cena, un
diente de santa Margarita, un trozo de hueso de san Vital, una costilla de
santa Sofía, el mentón de san Eóbano, costilla de ballena, colmillo de
elefante, vara de Moisés, vestidos de
Dominaba una total
indiferenciación entre objeto estético y objeto mecánico (un autómata en forma
de gallo, artísticamente cincelado, joya cinética si alguna vez la hubo, le fue
regalado a Carlomagno por Harun al-Rashid), y no existía diferencia entre
objeto de «creación» y objeto curioso, ni existía distinción entre lo artesanal
y lo artístico, entre «múltiple» y ejemplar único y, sobre todo, entre hallazgo
curioso (la lámpara liberty como el diente de ballena) y obra de arte. Todo ello dominado por un sentido chillón del
color y de la luz como elemento físico de goce, y no contaba si, allí, había
vasos de oro incrustados de topacios que reflejaban los rayos del sol
refractados por una vidriera de iglesia, y, aquí, la orgía multimedia de
cualquier Electric Circus, con proyecciones polaroid cambiantes y acuosas.
Decía Huizinga que,
para comprender el gusto estético medieval, hay que pensar en el tipo de
reacción que experimenta un burgués asombrado ante el objeto curioso y
precioso. Huizinga pensaba en términos
de sensibilidad estética posromántica; hoy encontraríamos que este tipo de
reacción es el mismo que experimenta un joven ante un póster que representa un
dinosaurio o una motocicleta, o ante una caja mágica transistorizada en la que
giran haces luminosos, a mitad de camino entre la miniatura tecnológica y la
promesa de ciencia ficción, con elementos de orfebrería bárbara.
Nuestro arte, como
el medieval, es un arte no sistemático, sino aditivo y compositivo, hoy como
entonces coexiste el experimento elitista refinado con la gran empresa de
divulgación popular (la relación miniatura-catedral es la misma que existe
entre el Museum of Modern Art y Hollywood), con intercambios y préstamos
recíprocos y continuos: el aparente bizantinismo, el gusto desaforado por la
colección, el catálogo, la reunión, el amontonamiento de cosas diferentes se
deben a la exigencia de descomponer y reevaluar los detritus de un mundo
precedente, quizás armonioso, pero ahora insólito; un mundo a vivir, diría
Sanguineti, como una Palus Putredinis que
hubiera sido cruzada y olvidada.
Mientras Fellini y Antonioni experimentan sus Infiernos y Pasolini sus
Decamerones (y el Orlando de Ronconi
no es exactamente una fiesta renacentista, sino un misterio medieval
representado en la plaza para el pueblo llano), hay quien intenta
desesperadamente salvar la cultura antigua, creyéndose investido de un mandato
intelectual, y se acumulan las enciclopedias, los digestos, los almacenes
electrónicos de la información con los que Vacca contaba para transmitir a la
posteridad un tesoro de saber que corre el riesto de disolverse en la
catástrofe.
12. Los MONASTERIOS
Nada más parecido
a un monasterio (perdido en el campo, rodeado de hordas bárbaras y extranjeras,
habitado por monjes que no tienen nada que ver con el mundo y que realizan sus
investigaciones particulares) que un campus universitario norteamericano. A veces el Príncipe llama a uno de esos
monjes y lo convierte en su consejero, enviándolo a Catay como embajador; y el
monje pasa con indiferencia del claustro al siglo, se convierte en hombre de
poder y trata de gobernar el mundo con la misma aséptica perfección con que
coleccionaba sus textos griegos. Llámese
Gerberto de Aurillac o McNamara, Bernardo de Chiaravalle o Kissinger, tanto
puede ser hombre de paz como de guerra (como Eisenhower, que ganó algunas batallas
y después se retiró al monasterio para convertirse en director de college, sin
perjuicio de volver al servicio del Imperio cuando la multitud apeló a él como
héroe carismático).
Pero es dudoso si
corresponderá a estos centros monásticos la tarea de registrar, conservar y
transmitir el legado de la cultura pasada, acaso mediante complicados aparatos
electrónicos (como sugiere Vacca) que la restituyan poco a poco, estimulando su
reconstrucción, sin jamás revelar a fondo todos los secretos. La otra Edad Media produjo, en sus finales,
un Renacimiento que se divertía haciendo arqueología, pero en realidad
13.
De esta nuestra
nueva Edad Media se ha dicho que será una época de «transición permanente»,
para la cual habrá que utilizar nuevos métodos de adaptación: el problema no
radicará tanto en cómo conservar científicamente el pasado, sino más bien en
elaborar hipótesis sobre la explotación del desorden, entrando en la lógica de
la conflictividad. Nacerá, como está
naciendo ya, una cultura de la readaptación continua, nutrida de utopía. Así es como el hombre medieval inventó la
universidad, con la misma despreocupación con que los clérigos errantes de hoy
la están destruyendo, y, ojalá, transformando.
Bajo su apariencia
inmovilista y dogmática, constituyó, paradójicamente, un momento de «revolución
cultural». Todo el proceso estuvo
caracterizado de manera natural por pestilencias y estragos, intolerancia y
muerte. Nadie dice que la nueva Edad
Media represente una perspectiva del todo alegre. Como decían los chinos para maldecir a
alguien: «Así vivas en una época interesante».
1972








































¡Qué cosas!
¡Qué cosas!