
Arnold Hauser
Historia social del arte
Después
de la época de Carlomagno la corte no es ya el centro cultural del Imperio. La
ciencia, el arte y la literatura proceden ahora de los monasterios; en sus
bibliotecas, escritorios y talleres se realiza ahora la parte más importante
del trabajo intelectual. A la laboriosidad y riqueza de los monasterios debe el
arte del Occidente cristiano su primer florecimiento. La multiplicación de los
centros culturales, debida al desarrollo de los monasterios, provoca, ante
todo, una mayor diferenciación de las tendencias artísticas. Pero no se debe
pensar que estos monasterios estuviesen completamente aislados unos de otros;
su común dependencia de Roma, el influjo general de los monjes irlandeses y
anglosajones, y más tarde, las Congregaciones reformadas hacen que los
monasterios mantengan entre sí una relación, aunque ésta no sea muy íntima
(83). Ya Bédier aludió a sus puntos de contacto con el mundo laico, a su
función en relación con las peregrinaciones y a su papel como centro de reunión
de peregrinos, comerciantes y juglares. Mas a pesar de mantener estas
relaciones con el exterior, los monasterios siguen siendo unidades
esencialmente autárquicas, concentradas en sí mismas, que se aferran a sus
tradiciones más duradera y tercamente que antes la corte, la cual cambiaba
según las modas, o que después la sociedad burguesa.
La
regla de San Benito prescribía tanto el trabajo manual como el intelectual, e
incluso hacía mayor hincapié en las ocupaciones manuales. El monasterio, lo
mismo que las cortes señoriales, se esforzaba por desarrollar una economía lo
más autárquica posible y producir en sus propios terrenos todo lo necesario. La
actividad de los monjes se extendía tanto al cultivo del campo y de la huerta
como a los oficios artesanos. Ya desde el principio, sin embargo, los trabajos
corporales más duros fueron realizados por los campesinos libres y siervos de
los monasterios y, más tarde, además de por los campesinos, por los hermanos
legos. Pero los oficios artesanos, especialmente en los primeros tiempos, posiblemente
fueron ejercidos principalmente por los monjes; y fue precisamente por la
organización del artesanado por lo que el monacato ejerció la más profunda
influencia en la evolución artística y cultural de
Los monjes fueron los primeros que enseñaron al Occidente a trabajar metódicamente. Hasta la reorganización de la economía urbana, los talleres, que, como herederos de la antigua industria romana, eran todavía bastante numerosos en las ciudades (86), trabajaban dentro de unos límites muy modestos y aportaron poco al desarrollo de las técnicas industriales. También había, ciertamente, en los palacios reales y en las más importantes cortes feudales artesanos especializados, que tenían que trabajar de manera obligatoria y sin cobrar, pero pertenecían a la casa del rey o a la servidumbre. Su trabajo permanecía fiel a las tradiciones del trabajo doméstico, no guiándose por consideraciones prácticas. La independización del artesano del servicio doméstico no se realiza hasta que no aparecen los monasterios. En ellos es donde por primera vez se aprende a ahorrar tiempo, a medir el paso de las horas y a anunciarlo por el toque de campana (87). El principio de la división del trabajo se convierte en fundamento de la producción y se practica no solo dentro de cada monasterio, sino en cierta medida también en la mutua relación de los diversos monasterios.
Fuera
de los monasterios, la actividad artística sólo se ejercitaba en los dominios
del rey y en las grandes cortes señoriales, pero, aún aquí, sólo en las formas
más sencillas. Precisamente en las artes industriales fue donde más se
distinguieron los monasterios. La copia y el miniado de manuscritos fueron uno
de sus más antiguos títulos de gloria (88). La creación de bibliotecas y scriptoria
que Casiodoro había introducido en Vivarium, fue imitada por la mayoría de los
monasterios benedictinos. Los copistas y miniaturistas de Tours, Fleury,
Corbie, Tréveris, Colonia, Ratisbona, Reichenau, San Albano, Winchester eran
famosos ya en
No
sólo en la agricultura, que exigía demasiado de las fuerzas físicas del
trabajador y en la que, al ir aumentando su riqueza, ellos actuaban cada vez
más como propietarios y administradores que como operarios, sino también en los
restantes ramos de la producción los monjes hacían sólo una parte del trabajo
manual y se dedicaban preferentemente a la organización. Incluso en la copia de
manuscritos intervinieron en una medida mucho menor, como ya hemos indicado, de
lo que suele suponer. A juzgar por el aumento de las bibliotecas, en general no
se empleaba más que la quincuagésima parte del tiempo de trabajo de todos los
monjes de un monasterio en la trascripción
de manuscritos (90). En los oficios que exigen un esfuerzo corporal,
sobre todo en la construcción, el número de hermanos legos y trabajadores
extraños empleados debió de ser mayor, y más reducido, en cambio, en las artes
menores industriales. Pero al crecer la
demanda por parte de iglesias y cortes de tales productos de arte industrial,
hay que suponer que también los monasterios estaban dispuestos a contratar
trabajadores y artistas hábiles en este terreno. Fuera de los monjes y de los
operarios libres o siervos ocupados en las cortes feudales, había desde el
comienzo operarios y artistas que constituían un mercado de trabajo libre,
aunque fuera aún limitado. Era gente errante, que hallaba ocupación ya en los
monasterios, ya en las sedes episcopales y en las cortes señoriales. Su
utilización regular por los monjes está comprobada. Por ejemplo, está
atestiguado que la abadía de Saint Gall y el convento de San Emerano de
Ratisbona llamaron a muchos de estos artífices errantes para que construyesen
relicarios. En las grandes obras de construcción de iglesias era conveniente
llamar a arquitectos, lo mismo que canteros, carpinteros y metalistas, de cerca
y de lejos, especialmente de Bizancio y de Italia (91).
El
empleo de elementos ajenos debe en todo caso haber tropezado algunas veces con
dificultades, si tiene fundamento verdadero la noticia sobre los
“procedimientos secretos” celosamente guardados en los monasterios. Hubiese o
no tales misterios, los talleres monacales no eran sólo centros de producción
de mercancías, sino muchas veces también sede de experimentos tecnológicos. A
fines del siglo XI el monje benedictino Teófilo podía describir en sus notas (Schedula
diversarum artium) toda una serie de inventos hechos en los monasterios,
como la producción de vidrio, las pinturas al fuego en las vidrieras, la mezcla
de colores al óleo, etc. (92). Por lo demás, también los artistas y artesanos
errantes procedían en gran parte de los talleres monacales, que al mismo tiempo
eran las “escuelas de arte” de la época y se dedicaban muy especialmente a la
preparación de las nuevas promociones (93). En muchos monasterios, como, por
ejemplo, en Fulda y en Hildesheim, se montaron verdaderos talleres de arte
industrial, que servían principalmente a intereses didácticos y aseguraban
nuevas promociones de artistas, tanto para los monasterios y las catedrales
como para las cortes seculares (94). Especial altura en la educación artística
alcanzó el monasterio de Solignac, cuyo fundador, San Eligio, era el más famoso
orfebre del siglo VII. Otro príncipe eclesiástico que, según se cuenta, prestó
grandes servicios al arte, incluso como educador, fue el obispo Bernardo, el
magnífico protector de la arquitectura y la fundición del bronce de la catedral
de Hildesheim. De otros artistas eclesiásticos de posición menos elevada
conocemos muchas veces tan sólo sus nombres, pero nada sabemos de su personal
influencia en el arte de
Muy
importante es la contribución del monacato al desarrollo de la arquitectura
eclesiástica. Hasta el florecimiento de las ciudades y la aparición de las
logias la arquitectura se encuentra en manos casi exclusivamente eclesiásticas,
si bien los artistas y operarios que trabajaban en la construcción de iglesias
sólo en parte deben ser imaginados como monjes. Los directores de las mayores y
más importantes empresas de construcción eran, desde luego, clérigos; pero
parece que ellos eran más bien los directores que los maestros de obra (96).
Por lo demás, la actividad constructiva de cada monasterio no era lo
suficientemente continua como para que los monjes ligados a un monasterio
determinado hubieran podido elegir la arquitectura como profesión. Esto podían
hacerlo sólo los laicos, que no estaban ligados a ningún sitio y podían moverse
libremente. Es cierto que también aquí hay que señalar excepciones. Del monje
Hilduardo, por ejemplo, se sabe que fue el maestro de obras de la iglesia
abacial de Saint-Père, en Chartres. Sabemos también que San Bernardo de
Claraval puso a disposición de otros monasterios a un hermano de su Orden, el
arquitecto Achard, y que Isemberto, arquitecto de la catedral de Saintes,
construyó puentes no sólo en Saintes mismo, sino en
La
sobrestimación del papel del monacato en la historia del arte procede de la
época romántica, y forma parte de aquella leyenda medievalista cuya pervivencia
nos estorba hoy tantas veces para aproximarnos sin prejuicios a la realidad
histórica. El origen de los grandes templos de
Otro
de los elementos de la leyenda romántica de
Pero
cualquiera que fuese el papel desempeñado por los eclesiásticos en la
construcción de sus iglesias, y aunque el trabajo artístico se dividiera
siempre entre monjes y laicos, tuvo que existir, desde luego, un límite en la
división de las funciones. Sobre los planos pueden haber decidido de manera
corporativa los cabildos catedralicios y las comisiones abaciales; las tareas
artísticas pueden haber sido realizadas en su conjunto por los miembros de una
colectividad que trabajaba comunalmente; pero cada uno de los pasos en el
proceso de creación sólo podía ser dado ciertamente por unos pocos artistas que
trabajaban con conciencia de su finalidad. Algo tan complicado como la
construcción de una iglesia medieval no pudo surgir como una canción popular,
que procede en último término de un único individuo, aunque sea desconocido, pero
que, a diferencia de otra arquitectónica, surge sin plan y va aumentando, como
un cristal, por adiciones externas. No sólo es romántica e imposible de
comprobar científicamente la concepción de que una obra de arte es la creación
comunal de varias personas, sino que la obra de cada artista individual se
compone de las aportaciones de varias facultades espirituales que en parte
funcionan independientes unas de otras, y cuya unificación a menudo es tan sólo
a posteriori y exterior. Es ingenua y romántica la idea de que una obra de
arte, hasta en sus últimos pormenores, es la creación indiferenciable de un
grupo y que no necesita de un plan unificatorio y consciente, aunque éste esté
sujeto a modificaciones.
(Hauser; 1968:223-232)
(83) Ch. H. Haskins: The Renaissance of the
12th. Century, 1927, p. 33.
(84) Alois Schulte: Der Adel und die
deutsche Kirche im Mittelalter, 1910.
(85) Ernst Troeltsch: Die Soziallehren der christl. Kirchen und Gruppen, 1912, p. 118; G. Grupp: op. cit., I, p. 109.
(86) A. Dopsch: Die wirtschaftl. u. soz. Grundl., II, p. 427.
(87) Lewis Mimford: Technics and Civilization, 1934, p. 13; Cf. Werner Sombart: Der mod. Kapit., II, 1, 1924, 6ª ed., p. 127; Henr. Sieveking: Wirtschaftsgeschich., II, 1921, p. 98.
(88)Cf. para lo que
sigue J.W. Thompson: The Medieval Library, 1939, pp. 594-99, 612.
(89) P. Boissonade: Le
Travail dans l’Europe chrét. au moyen âge, 1921, p. 129.
(90) G.G. Coulton: Medieval
Panorama, 1938, p. 267.
(91) Jos. Kulischer: Allg. Wirtschaftsgesch., I, 1928, p. 75.
(92) Ibid., pp. 70-71.
(93) Viollet-le-Duc: Dictionnaire raisonné, I, 1865, p. 128.
(94) K. Th. V. Inama-Sternegg: Deutsche Wirtschaftsgesch., I, 1909, 2ª. Ed., p. 571.
(95) Julius V. Schlosser: Quellenbuch zur Kunstgesch. Des abendländ. Mittelalters, 1896, p. XIX.
(96) Wilhelm Vöge: Die Anfänge des monumentalen Stiles im Mittelalter, 1894, p. 289.
(97) Recueil de texts relatifs à l’histoire de l’architecture et à la condition des architectes en France au moyen âge. XII-XIIIe siècles, publicado por V. Mortet-P. Deschamps, 1929, p. XXX.
(98) F. de Mély: Les
Primitifs et leurs signatures, 1913.
(99) Idem: Nos
vieilles cathedrals et leurs maîtres d’oeuvre, en “Revue Archéologique”,
1920, XI, p. 291; XII, p. 95.
(100) Martín S. Briggs: The Architect in History, 1927, p. 55.






































