
Las desastrosas guerras de los siglos VI, VII y VIII, que exigieron, para reponer las pérdidas de los ejércitos, la cooperación de los terratenientes, reforzaron la posición de esta clase y llevaron también en Oriente a una especie de feudalismo. Faltaba aquí, es verdad, la mutua dependencia de los señores feudales y los vasallos, que es característica del sistema en Occidente, pero también el emperador pasó a depender más o menos de los terratenientes, en cuanto que ya no disponía de los medios necesarios para mantener un ejército de mercenarios (21). El sistema de la concesión de propiedades territoriales como indemnización por servicios militares no se desarrolló, empero, en el Imperio bizantino más que en pequeña escala. Los beneficiarios fueron aquí, a diferencia de lo que ocurrió en Occidente, no los magnates y los caballeros, sino los campesinos y los simples soldados. Los latifundistas procuraban, naturalmente, absorber las propiedades así surgidas de campesinos y soldados, lo mismo que habían hecho en Occidente con la libre propiedad territorial de los campesinos. Y también en Oriente los labradores se ponían bajo la protección de los grandes señores, a causa de las a menudo insoportables cargas tributarias, lo mismo que habían tenido que hacer en Occidente a causa de la inseguridad de la situación. Por su parte, los emperadores, al menos al principio, se esforzaban por impedir la acumulación de la propiedad, ante todo, desde luego, para no caer ellos mismos en manos de los grandes terratenientes. Su principal interés durante la larga y desesperada guerra contra los persas, ávaros, eslavos y árabes fue el mantenimiento del ejército; cualquier otra consideración era subordinada a este interés primordial. La prohibición del culto a las imágenes no fue sino una de sus medidas de guerra.
El movimiento
iconoclasta no iba propiamente dirigido contra el arte; perseguía no al arte en
general, sino a una manera determinada de arte; iba contra las representaciones
de contenido religioso. La prueba de ello la tenemos en el hecho de que, aun en
el momento de la más violenta persecución contra las imágenes, las pinturas
decorativas eran toleradas. La lucha contra las imágenes tenía, ante todo, un
fondo político; la tendencia antiartística en sí misma era una corriente
subterránea y relativamente de poca importancia en el conjunto de los motivos,
y quizá la menos significativa. En los lugares en que comenzó el movimiento,
esta tendencia tuvo una importancia mínima, si bien en la difusión de la idea
iconoclasta tuvo una influencia muy digna de consideración. Para el
bizantinismo ulterior, tan entusiasta de las imágenes, la aversión contra la
representación plástica de lo numinoso, así como el horror contra todo lo que
recordaba a la idolatría no tuvieron mayor importancia que la que tuvieron para
el cristianismo antiguo. Hasta que el cristianismo no fue reconocido por el
Estado,
Mayor importancia
que todos estos motivos tuvo en el movimiento iconoclasta la lucha contra la
idolatría, que era a lo que había venido a parar en Oriente el culto a las
imágenes. Pero tampoco era esto lo que le interesaba a León III. La pureza de la religión le importaba mucho
menos que los efectos civilizadores que esperaba conseguir con la prohibición
de las imágenes. Y todavía más importante que la causa de la “ilustración”
misma fue, sin duda, para él la atención hacia aquellos círculos distinguidos e
ilustrados que esperaba ganarse con la prohibición del culto a las
imágenes (24). En tales círculos habíase
desarrollado, bajo el influjo de los Paulicianos, una opinión “reformista”, y
en ellos se dejaban oír voces que rechazaban todo el sistema sacramental, el
ritual “pagano” y el clero institucionalizado. Pero lo que más pagano les
parecía era el culto idolátrico que se practicaba con las imágenes de los
santos; en esto, al menos, la dinastía campesina y puritana de los Isaurios se
sentía completamente de acuerdo con los círculos distinguidos (25). Otro factor
que favoreció extraordinariamente el movimiento iconoclasta fueron los éxitos
militares de los árabes, que carecían de imágenes en su religión. La opinión
mahometana halló partidarios, como los halla siempre la causa vencedora. La
carencia de imágenes de los árabes se puso de moda en Bizancio. Muchos
relacionaban los éxitos del enemigo con la falta de imágenes en su religión, y
pensaban que podrían simplemente robarles el secreto. Otros querían quizá
atraerse al adversario adoptando sus costumbres. Pero la mayoría pensaba sin
duda que abandonar el culto a las imágenes en ningún caso podía resultar
dañoso.
El motivo más
importante y al cabo definitivo de la revolución iconoclasta fue la lucha que
los emperadores y sus partidarios tuvieron que emprender contra el creciente
aumento de poder del monacato. En Oriente los monjes tenían en la vida
espiritual de las clases superiores una influencia que no era con mucho tan
grande como en Occidente. La cultura profana tenía en Bizancio su propia
tradición, que se enlazaba directamente con
En su intento de
fundar un fuerte estado militarista, León III se sentía estorbado, en primer
lugar, por
El movimiento
iconoclasta no fue en absoluto un movimiento puritano, platónico y tolstoiano,
dirigido contra el arte en cuanto tal. No produjo tampoco ningún estancamiento,
sino una nueva orientación del ejercicio del arte. El cambio parece haber
influido incluso de manera refrescante sobre una producción artística que ya se
había hecho muy formalista y se repetía monótonamente casi sin variaciones. Las
tareas ornamentales a que hubieron en delante de limitarse los pintores
provocaron una vuelta al estilo decorativo helenístico e hicieron posible, a
consecuencia de la liberación de las consideraciones eclesiásticas, una manera
mucho más viva de tratar los temas de la naturaleza que la que se había
admitido anteriormente (29). Cuando tales motivos se desarrollaron más tarde en
escenas de caza y jardín, la figura humana se representó de manera menos plana
y formal, más libre y movida. El segundo florecimiento del arte bizantino en
los siglos IX y X, florecimiento que continúa las conquistas naturalistas de
este período estilístico profano y las introduce en la pintura eclesiástica, ha
podido, por ello, ser designado justamente como una consecuencia del movimiento
iconoclasta (30). El arte bizantino se hundió pronto, sin embargo, en una
continua estereotipación de las formas. Esta vez, empero, el movimiento
conservador no provenía de
(Hauser; 1968:186-191)
(21)
L. Brentano: op. cit. pp. 41-42.
(22) Cf. E.J. Martín: A history of
Iconoclastic Controversy, 1930, pp. 18-21.
(23) Citado por Karl Schwarzlose: Der Bilderstreit, ein Kampf der griechischen Kirche un ihre Eigenart und ihre Freheit, 1890, página 7.
(24) G. Grupp: op. cit., I, 1921, p.
352.
(25) Carl Brinkmann: Wirtschafts-und
Sozialgesch., 1927, p. 24.
(26) O.M. Dalton: Byzantine Art and
Archaeology, 1911, p. 13; Carl Neumann: Byz. Kultur und
Renaissancekultur, en “Historische Zeitschrift”, 1903, p. 222.
(27) K. Schwarzlose: op. cit. p. 241.
(28)
Louis Bréhier:
(29) Cf. O.M. Dalton: op. cit., pp.
14-15; O. Wulff: Altchristl und byz. Kunst, 1918, II, p. 363.
(30) Ch. Diehl:






































