
Arnold Hauser
Historia Social del Arte
El Oriente griego no sufrió durante la invasión de
los bárbaros la ruina de su cultura, como le ocurrió al Occidente. La economía
urbana y monetaria, que en el Imperio de Occidente había desaparecido casi por
completo siguió floreciendo en el Oriente con mayor vitalidad que nunca. La
población de Constantinopla sobrepasó ya en el siglo V el millón de habitantes,
y lo que cuentan los contemporáneos de su riqueza y esplendor parece un cuento
de hadas. Para toda
Precisamente
la imitación de la libertad económica impuesta por estos monopolios hacia que,
a pesar de la estructura capitalista de la economía bizantina, la fuente
principal de la riqueza privada no fuese el comercio, sino la propiedad
territorial (9). Los grandes beneficios comerciales favorecían no a los
particulares, sino al Estado y a la casa imperial. Las limitaciones impuestas a
la economía privada consistían no sólo en que, desde Justiniano, el Estado se
reservaba la fabricación de ciertas sedas y el comercio de los más importantes
alimentos, sino también en la regulación de la industria, que entregaba la
producción y el comercio y en manos de la administración municipal y de los
gremios (10). Pero las exigencias del fisco no quedaban ni con mucho
satisfechas con el monopolio del Estado sobre las más provechosas industrias y
ramos del comercio, La administración de la hacienda privaba a las empresas
particulares de la mayor parte de sus ganancias, imponiéndoles tributos, tasas,
aduanas, pago de patentes, etcétera. El capital privado mueble nunca pudo
actuar en tales condiciones. A lo sumo la política económica autocrática de la
corona permitía a los propietarios territoriales actuar libremente en sus
posesiones de provincias, pero en la ciudad todo era vigilado y regulado de la
manera más estricta por el poder central (11). Gracias al cobro regular de los
impuestos y a las empresas estatales llevadas racionalmente, Bizancio poseía
siempre un presupuesto equilibrado y disponía de un fondo monetario que, a
diferencia de lo que ocurría en los Estados occidentales de
Esta
situación explica que las tendencias dinámicas, progresivas,
antitradicionalistas, que suelen estar ligadas al comercio y al tráfico, a la
economía urbana y monetaria, no pudieran triunfar en Bizancio. La vida urbana,
que en otros casos ejerce una influencia niveladora y emancipadora, se había
convertido aquí en la fuente de una cultura estrictamente disciplinada y
conservadora. Gracias a la política de Constantino, que favoreció a las
ciudades, Bizancio adquirió por anticipado una estructura social distinta de
las de las ciudades de
La
forma de gobierno del Imperio bizantino fue el cesaropapismo, es decir, la
concentración del poder temporal y espiritual en las manos de un autócrata. La
supremacía del emperador sobre
La
autocracia temporal-espiritual del emperador de Oriente, que muchas veces se
atrevía a hacer las más irrazonables exigencias a la lealtad de sus súbditos,
debía mostrarse en forma tal que excitara la fantasía de las gentes, debía
revestirse de formas imponentes y protegerse tras un ceremonial místico. La
corte helenístico-oriental era, con su inaccesible solemnidad y su rígida
etiqueta, que prohibía toda improvisación, el marco adecuado para lograr tales
efectos. En Bizancio, además, la corte era, más exclusivamente aún que en la
época helenística, el centro de toda la vida intelectual y social. Era, ante
todo, no sólo el mayor, sino puede decirse el único cliente de los trabajos
artísticos de más pretensiones, pues también los encargos más importantes para
La
clase de la gente noble e influyente coincidía siempre con la burocracia del
momento; se tenían privilegios sólo mientras se permanecía en el cargo. También
al tratar de Bizancio se debería, por consiguiente, hablar sólo de los grandes
del Imperio, pero no de nobleza. El Senado, representación política de la clase
elevada, se reclutaba al principio únicamente entre los funcionarios, y sólo
más tarde, cuando la propiedad territorial hubo alcanzado una posición
privilegiada, entraron en él los terratenientes (14). Más a pesar del favor de
que disfrutaron los terratenientes en comparación con los industriales y
comerciantes, no se puede hablar de una nobleza territorial, como no se puede
hablar de una nobleza hereditaria de ninguna clase (15). El lazo imprescindible
entre la riqueza y la influencia social era un cargo oficial. Los
terratenientes ricos –y sólo los terratenientes eran ricos de veras- debían
procurarse un título de funcionario por compra, si no de otra manera, para
poder figurar entre las personas influyentes. Por otro lado, los funcionarios
debían prepararse la retirada a una finca, para tener así una seguridad
económica. De este modo se realizó una fusión tan completa de las dos clases
dirigentes, que, por fin, todos los grandes terratenientes se volvieron
funcionarios y todos los funcionarios, grandes terratenientes (16).
Pero
el arte áulico bizantino nunca se habría convertido en el arte cristiano por
excelencia si
También
ahora, como lo fue antaño en el arte del Antiguo Oriente, el medio artístico
con que se busca alcanzar ese fin es, ante todo, la frontalidad. El mecanismo
psicológico que con él se pone en marcha es doble: por una parte, la actitud
rígida de la figura representada frontalmente obliga al espectador a adoptar
una actitud espiritual correspondiente con aquélla; por otra parte, el artista
pregona, mediante tal actitud de la figura, su propio respeto al espectador, al
cual se imagina siempre en la persona del emperador, su cliente y favorecedor.
Este respeto es el sentido íntimo de la frontalidad también -y como
consecuencia del funcionamiento simultáneo de ambos mecanismos. Cuando la
persona representada es el propio déspota, o sea, cuando, de modo paradójico,
la actitud respetuosa es tomada por aquella persona a la que tal respeto iba
dedicado. La psicología de esta auto-objetivación es la misma que se da cuando
el rey observa de la manera más estricta la etiqueta que gira alrededor de su
persona. Mediante la frontalidad, toda representación de una figura adquiere en
cierta medida el carácter de una imagen ceremonial.
El
formalismo del ritual eclesiástico y cortesano, la solemne gravedad de una vida
ordenada por reglas ascéticas y despóticas, el afán protocolario de la
jerarquía espiritual y temporal coinciden por completo en sus exigencias frente
al arte y hallan su expresión en las mismas formas estilísticas. En el arte
bizantino Cristo es representado como un rey;
Esta
ritualidad de la vida ha encontrado una expresión paradigmática, nunca vuelta a
igualar en el arte, en los mosaicos de dedicación de San Vital de Rávena.
Ningún movimiento clásico o clasicista, ningún arte idealista ni abstracto ha
conseguido desde entonces expresar de modo tan directo y puro la forma y el
ritmo. Toda complicación, toda disolución en medios tonos o en la penumbra ha
quedado eliminada; todo es simple, claro y distinto; todo está contenido dentro
de perfiles marcados e ininterrumpidos, en colores sin matices ni gradaciones.
La situación épica y anecdótica se ha convertido por completo en una escena de
ceremonia. Justiniano y Teodora, con su séquito, presentan ofrendas votivas,
tema extraño para ser motivo principal de la representación en el presbiterio
de una iglesia. Pero así como en este arte cesaropapista las escenas sacras
toman el carácter de ceremonias áulicas, así también las solemnidades de la
corte se adaptan por su parte pura y simplemente al marco del ritual
eclesiástico.
El
mismo espíritu mayestático, autoritario y solemne que predomina en los mosaicos
de los muros se expresa también en la arquitectura, especialmente en la
disposición interior de las iglesias. La iglesia cristiana se diferenció desde
el principio del templo pagano por ser ante todo casa de la comunidad, no casa
de divinidad. Con ello, el centro de gravedad de la disposición arquitectónica
se desplazó desde el exterior al interior del edificio. Pero sería infundado
ver ya en ello la expresión de un principio democrático y decir ya de antemano
que la iglesia era un tipo de arquitectura más popular que el templo pagano. El
desplazamiento de la atención del exterior al interior se realiza ya en la
arquitectura romana y de por sí nada dice acerca de la función social de la obra.
La planta basilical que la iglesia cristiana primitiva toma de la arquitectura
oficial romana, en la que el interior está dividido en secciones de distinta
importancia y valor, y el coro, reservado al clero, está separado del restante
espacio comunal, corresponde a una concepción más bien aristocrática que
democrática. Pero la arquitectura bizantina, que completa el sistema formal de
la antigua basílica cristiana con la cúpula, intensifica más aún el concepto
“antidemocrático” del espacio, al separar las distintas partes más
marcadamente. La cúpula, como corona de todo el espacio, realza, distingue y
acentúa la separación entre las diversas partes del interior.
La
miniatura muestra en conjunto las mismas características del estilo solemne,
pomposo y abstracto que los mosaicos, pero es más vivaz y espontánea en la
expresión y más libre y variada en los motivos que la decoración monumental de
los muros. Por lo demás, pueden distinguirse en ella dos orientaciones
distintas; la de las miniaturas grandes y lujosas, de página entera, que
continúan el estilo de los elegantes manuscritos helenísticos, y la de los
libros de menos pretensiones, destinados al uso de los monasterios, cuyas
ilustraciones se limitan muchas veces a puros dibujos marginales, y corresponden,
con su naturalismo oriental, al gusto más sencillo de los monjes (17). Los
medios relativamente modestos que exige la ilustración de libros hace posible
que se produzca también para círculos situados en alturas más modestas y más
liberales desde el punto de vista artístico que los clientes que encargaban los
costosos mosaicos. La técnica, más flexible y más sencilla, permite desde luego
un procedimiento más libre y más accesible a los experimentos individuales que
al complicado y pesado procedimiento del mosaico. Por ello, el estilo entero de
la miniatura puede ser más natural y espontáneo que el de las solemnes
decoraciones de iglesias (18). Esto explica también por qué durante el período
iconoclasta los scriptoria se convirtieron en el refugio del arte ortodoxo
y popular (19).
Se
simplificaría, sin embargo, peligrosamente la realidad verdadera si se
pretendiese negar todo rasgo de naturalismo al arte bizantino, y ello aun
limitándonos a los mosaicos. Al menos los retratos que forman parte de sus
rígidas composiciones son muchas veces de impresionante fidelidad; y quizá lo
más admirable en este arte sea la manera como reúne armónicamente estas
contraposiciones. Los retratos de la pareja imperial y del obispo Maximiano, en
los mosaicos de San Vital, producen un efecto tan convincente y son tan vivaces
y expresivos como los mejores retratos de emperadores de los finales de la
época romana. A pesar de todas las limitaciones estilísticas, en Bizancio no se
podía evidentemente renunciar a la caracterización fisonómica, como tampoco se
pudo en Roma. Se podían colocar las figuras frontalmente, ordenarlas una tras
otra conforme a principios abstractos, disponerlas rígidamente con una
ceremoniosa solemnidad; pero cuando se trataba del retrato de una personalidad
bien conocida, no se podían ignorar los rasgos característicos. Encontramos,
pues, ya aquí una “fase tardía” del arte cristiano primitivo (20), que se
orienta hacia una nueva diferenciación y la encuentra en la línea de la menor
resistencia, es decir, en el retrato fiel al modelo vivo.
(Hauser; 1968: 177 –185)
(8) Henri Pirenne: Le mouvement écon. et social, en Hist. du Moyen Age, editada por G. Glotz, VIII, 1933, p. 20.
(9)
Steven Runciman: Byzantine
Civilization, 1933, p. 204
(10)
Lujo Brentano: Die Byzanticnische Volkswirtschaft, en
“Schmollers Jahrbuch”, 1917, año 41, 2.º cuaderno, p. 29.
(11)
Georg Ostrogorsky: Die
wirtsch, ud soz. Entwicklungs-grundlagen des byzantinischen Reiches, en
“Vierteljahrsschr. F. Sozial- und Wirtschaftsgesch.”, 1929, XXII, p. 134.
(12)
Richard Laqueur: Das
Kaisertum ude die Gesellschaft des Reiches, en Probleme der Spätantike.
17. Deutscher Historikertag, 1930, p. 10.
(13)
J.B. Bury: History of the
Later Roman Empire, 1889, I, páginas 186-87.
(14)
Georg Grupp: Kulturgesch.
Des Mittelalters, III, 1924, p. 185.
(15)
Sólo a partir del siglo VI se puede observar una “debilitación del
poder del Estado motivada por las familias nobles”. H.
Sieveking: Mittlere Wirtschaftsgesch., 1921, p. 19.
(16)
G. Ostrogorsky: op. cit.
p. 136.
(17)
Charles Diehl:
(18)
Ch. Diehl: Manuel d’art
byzantin, 1925, I, p. 231.
(19)
N. Kondakoff: Hist. De l’ar
byzantin considéré principalement dans les miniatures, 1886, I, p. 34.
(20)
R. Koemstedt: op. cit., p.
28.







































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