
Arnold Hauser
Historia Social del Arte
La unidad de la Edad Media como período histórico es artificial. En realidad la Edad Media se divide en tres períodos culturales completamente independientes: el del feudalismo de economía natural, de la Alta Edad Media; el de la caballería cortesana, de la Plena Edad Media, y el de la burguesía ciudadana de la Baja Edad media. Los cortes entre estas épocas son, en todo caso, más profundos que los que existen al comienzo y al fin de la Edad entera. El feudalismo, la caballería y la burguesía no sólo están separados entre sí más tajantemente que lo están la Antigüedad y la Edad Media, o la Edad Media y el Renacimiento, sino que, además, los cambios que separan unos de otros -el nacimiento de la nobleza caballeresca y la transformación de la economía natural feudal en la economía monetaria ciudadana; el despertar de la sensibilidad lírica y el desarrollo del naturalismo gótico; la emancipación de la burguesía y los comienzos del capitalismo moderno- tienen para la formación del sentimiento moderno de la vida una importancia mayor que las mismas conquistas espirituales del Renacimiento.
La mayor parte de los rasgos
con que se suele caracterizar el arte de la Edad Media –en primer lugar el afán
de simplificación y estilización, la renuncia a la profundidad espacial y a la
perspectiva, el tratamiento caprichoso de las proporciones y gestos del cuerpo-
son característicos sólo de la Alta Edad Media y pierden su importancia al
comienzo del período ciudadano y de economía monetaria. El único rasgo
característico fundamental que sigue dominando en el arte y la cultura de la
Edad Media después de este momento es la fundamentación metafísica de la imagen
del mundo. En la transición de la Alta a la Plena Edad Media el arte pierde,
ciertamente su estricta vinculación a otros elementos, pero conserva su
carácter profundamente religioso y espiritual y, además, es la expresión de una
sociedad completamente cristiana en sus sentimientos y hierática en su
organización. Su continuidad es mantenida por el predominio espiritual del clero,
que, a pesar de todas las herejías y sectas, no tiene competencia, y por el
prestigio no esencialmente resquebrajado del instrumento de salvación por él
impuesto: la Iglesia.
La imagen trascendental del
mundo de la Edad Media no está ya a priori establecida con el
cristianismo; el arte del cristianismo primitivo no tiene todavía nada de la
transparencia metafísica que es esencial al estilo románico y al gótico. La
espiritualidad de este arte, en la que se quería reconocer ya la quintaesencia
de la visión artística medieval (1), es, en realidad, todavía el mismo
espiritualismo general e indefinido de que estaba lleno el paganismo de la
Antigüedad tardía. El arte cristiano primitivo no contiene todavía en sí un
sistema supramundano cerrado que pudiera sustituir al orden natural de las
cosas; en este arte se manifiesta a lo sumo un mayor interés y una mayor
sensibilidad para los movimientos del alma humana. Las formas tanto del arte
antiguo tardío como del arte cristiano primitivo son significativas sólo en
sentido psicológico, no metafísico; son expresionistas, no revelatorias. Los
grandes ojos levantados al cielo que aparecen en el retrato romano tardío
expresan una vida anímicamente poderosa, espiritualmente tensa, llena de
afectos. Pero esta vida anímica no tiene un trasfondo metafísico y por sí misma
nada tiene que ver con el cristianismo; es producto de unas circunstancias que
el cristianismo no ha sido el primero en crear. La tensión que encontró su
solución en la doctrina cristiana apareció en el mundo ya en la época
helenística. El cristianismo dio muy pronto respuesta a las preguntas que se
hacía el mundo angustiado; pero para dar forma artística a esta respuesta
hubieron de trabajar muchas generaciones. Esta forma artística no estaba ya
dada de una vez junto con la doctrina.
El arte cristiano primitivo
de los primeros siglos es sólo una forma más evolucionada y, hasta puede
decirse, una derivación del arte romano tardío. La semejanza de ambas
direcciones artísticas es tan grande que el cambio estilístico decisivo tuvo
que realizarse entre la época clásica y la postclásica, no entre la pagana y la
cristiana. Las obras de la última época imperial, ante todo de la época
constantiniana, anticipan ya las características estilísticas esenciales del
arte cristiano primitivo: muestran la misma inclinación hacia la
espiritualización y la abstracción; la misma preferencia por la forma plana,
incorpórea, indefinida; el mismo impulso hacia la frontalidad, la solemnidad y
la jerarquía; la misma indiferencia por la vida orgánica, vegetativa y
viviente; la misma voluntad artística anticlásica, orientada hacia lo
espiritual en lugar de hacia lo sensible, que encontramos realizada en las
pinturas de las catacumbas, los mosaicos de las iglesias romanas y los
manuscritos miniados de la época cristiana primitiva. El proceso de desarrollo
que va desde la detallada representación de situaciones del fin del clasicismo
a la concisión noticiosa de la Antigüedad tardía y al esquematismo simbólico y
emblemático del antiguo arte cristiano comienza ya en los primeros tiempos del
Imperio. Desde ese momento podemos seguir, casi paso a paso, cómo la idea se
vuelve cada vez más importante que la forma y cómo las formas se transforman
poco a poco en una especie de ideogramas.
El camino que aleja al arte
cristiano de la pintura realista de la Antigüedad clásica toma dos direcciones.
La una persigue un simbolismo que no pretende tanto representar cuanto conjurar
y hacer presente espiritualmente al ser santo que se trata de representar, transformando
cada detalle de la escena en una cifra de soteriología. El valor ideal que este
simbolismo confiere a los elementos de la obra de arte explica la mayoría de
las peculiaridades, en sí incomprensibles, del arte cristiano primitivo; ante
todo, la distorsión de las proporciones naturales y la acomodación de las
mismas a la importancia espiritual de los objetos representados; la llamada
“perspectiva invertida” (2), que representa a la figura principal que está más
alejada del espectador de un tamaño mayor que las figuras accesorias del primer
plano; la solemne vista frontal de las figuras importantes, el modo esquemático
de tratar los pormenores de las cosas, etc. La otra dirección conduce a un
estilo épico-ilustrativo, orientado hacia la representación a lo vivo de
escenas, acciones y sucesos anecdóticos. Cuando no son cuadros devotos, los
relieves, las pinturas y los mosaicos de la primitiva época cristiana pretenden
ser relatos: historia bíblica en imágenes o hagiografía pintada. Lo que el
artista pretende ante todo, es la claridad de la información, la distinción de
las relaciones correspondientes a la acción. En una miniatura del Evangeliario
de Rossano, que representa la escena en que Judas devuelve las monedas que
ha recibido, una de las columnas anteriores del baldaquino bajo el que está
sentado el sumo sacerdote está en parte oculta por éste, a pesar de que se
supone que está sentado detrás de la columna. Para el pintor era evidentemente
más importante mostrar claramente el gesto de repulsa de las manos de la figura
que detalles que no tienen ninguna relación con la acción de la misma (3).
Encontramos aquí un arte
simple y popular, al menos en sus comienzos, que en muchos aspectos nos
recuerda los relatos en imágenes que nos son ya conocidos desde la Columna de
Trajano. Este estilo primitivamente popular fue adoptado también cada vez más
por el arte oficial romano, de manera que finalmente el arte cristiano
primitivo, que correspondía ante todo al gusto de las clases inferiores, se
diferenció del arte de la minoría selecta, tanto en orientación como en
calidad. En particular, las pinturas de las catacumbas deben de haber sido en
su mayor parte obra de simples artesanos, aficionados o pintores de brocha
gorda, cuya adecuación para tales tareas provenía evidentemente más de sus
sentimientos que de sus dotes. Pero la degeneración del gusto y de la técnica
se hizo perceptible también en el arte de los antiguos grupos sociales que
dirigían la cultura. Nos encontramos aquí ante un corte en la evolución histórica
semejante al que hemos vivido nosotros en el paso del impresionismo al
expresionismo. Comparado con el arte de los primeros tiempos del Imperio, el
arte de la época constantiniana produce un efecto tan tosco como el que produce
un cuadro de Rouault junto a una obra de Manet.
En ambos casos el cambio de
estilo procede de la modificación en el modo de pensar de una sociedad urbana,
cosmopolita, cuya antigua solidaridad había sido rota por el capitalismo, de
una sociedad que, atormentada por el temor a la ruina, ponía su esperanza en la
ayuda del más allá, y que en sus sentimientos apocalípticos se interesaba más
por los nuevos contenidos anímicos que por los antiguos primores de la forma.
Este carácter se refleja con igual intensidad en el arte pagano y en el arte
cristiano de los últimos tiempos de Roma. La diferencia estaba únicamente en
que las obras de artes destinadas a los romanos distinguidos y pudientes eran
todavía obra de verdaderos artistas, los cuales, desde luego, no tenían ningún
deseo de trabajar para las pobres comunidades cristianas. Y esto ni aún en el
caso de que estuvieran próximos personalmente a las ideas cristianas y se
hubieran conformado con recibir por su trabajo una indemnización pequeña o aun
nula. Lo que los cristianos deseaban de ellos era, en efecto, que no
continuaran confeccionando las imágenes de las divinidades paganas; pero esto
era algo que un artista, cuanto más estimación y éxito tuviera, más
difícilmente podía comprender.
Los investigadores que
pretenden ver ya la imagen metafísica del mundo característica de la Edad Media
en el arte cristiano primitivo suelen explicar todo lo que en este arte es
defectuoso en comparación con el arte clásico como renuncia consciente y
caprichosa, y partiendo de la teoría de la “intención artística” (Kunstwollen)
, de Riegl, interpretan todo defecto de los medios imitativos de expresión como
una victoria espiritual y un progreso. Cada vez que un estilo artístico no
parece estar en condiciones de resolver una tarea determinada, tales críticos
preguntan, ante todo, si este estilo se había esforzado siquiera por resolver
dicha tarea. Este planteamiento de la cuestión corresponde, sin duda, a las
fecundas ideas de la teoría de la intención artística; pero esta teoría no
tiene más valor que el de una hipótesis de trabajo, a la que no hay que
adherirse sin más. En todo caso, es equivocado dar a la teoría una
interpretación que elimina por anticipado toda tensión entre el querer y el
poder (4). La presencia de tal tensión está fuera de toda duda precisamente en
el arte cristiano primitivo. En la mayoría de los casos lo que en ese arte es
ensalzado como deliberada simplificación y magistral concentración, sublimación
querida e idealización de la realidad,
no es más que incapacidad y pobreza, renuncia involuntaria a la copia de la
forma natural y grosero primitivismo del dibujo.
El arte cristiano primitivo
no supera su carácter informe y tosco hasta los tiempos posteriores al Edicto
de Tolerancia, en que se convierte en el arte oficial del Estado y de la Corte,
de los círculos elegantes y cultos. Entonces llega a adquirir incluso, en obras
como el mosaico del ábside de Santa Pudenciana, algo de aquella (...), de la
que, en su aversión contra el sensualismo de los antiguos, nada había querido
saber durante tanto tiempo. La idea de que sólo el alma es hermosa, pero el
cuerpo, como todo lo material, es feo y despreciable, queda relegada a un
segundo término, al menos durante algún tiempo, después del público
reconocimiento del cristianismo. La Iglesia, que se ha vuelto poderosa y rica,
hace presentar a Jesús y a sus discípulos con magnificencia y dignidad, casi
como romanos elegantes, como lugartenientes imperiales e influyentes senadores.
En relación con la Antigüedad, este arte representa una novedad en mucha menor
medida que lo había representado el arte de los tres primeros siglos
cristianos. Este arte se puede considerar más bien como el primero de aquellos
“renacimientos” que en la Edad Media se van sucediendo casi sin interrupción y
que a partir de entonces se convierten en un tema que va repitiéndose en la
historia del arte europeo.
Durante los primeros siglos
de la era cristiana la vida en el Imperio Romano continuó casi inalterada; se
movía dentro de las mismas líneas económicas y sociales que antes, dependía de
las mismas tradiciones e instituciones. Las formas de propiedad y la
organización del trabajo, las fuentes de la educación y los métodos de la enseñanza apenas si
cambiaron; por ello sería sorprendente que la concepción del arte hubiera cambiado
de repente. Las formas de la cultura antigua habían perdido a lo sumo, como
consecuencia de la nueva orientación cristiana de la vida, su primitiva
coherencia, pero seguían siendo los únicos vehículos de expresión de que podía
uno servirse si quería hacerse entender. El propio arte cristiano no tenía a su
disposición otras formas que éstas; y de ellas se sirvió, como hay que servirse
del léxico de una lengua, no porque se quiera conservar éste, sino “simplemente
porque está ahí” (5). Como suele ocurrir con las formas e instituciones
establecidas firmemente, los antiguos medios expresivos se mantuvieron intactos
por más tiempo que el espíritu a que debieron su origen. Los contenidos
anímicos hacía ya mucho tiempo que eran cristiano, pero seguían siendo
expresados en las formas de la filosofía, poesía y arte antiguos. Con ello se
introdujo por anticipado en la cultura cristiana una escisión que no habían
conocido ni el Antiguo Oriente ni el mundo grecorromano. En estas culturas se
crearon y desarrollaron las formas al mismo tiempo que los contenidos; la
visión cristiana del mundo se compuso, por el contrario, de una actitud
espiritual nueva, aún diferenciada, y de las formas con que pensaba y sentía
una cultura refinada, más que madura intelectual y estéticamente.
Por de pronto, el nuevo
ideal de vida cristiana cambia no las formas externas, sino la función social
del arte. Para la Antigüedad clásica la obra de arte tenía ante todo un sentido
estético; para el cristianismo, este sentido era extraestético. La autonomía de
las formas fue lo primero que se perdió de la herencia espiritual de la
Antigüedad. Para el pensamiento de la Edad Media no existen, en relación con la
religión, ni un arte existente por sí mismo, despreocupado de la fe, ni una
ciencia autónoma. El mismo arte, por lo
menos en lo que se refiere a su efecto de difusión, es incluso el más valioso
instrumento de la obra educativa de la Iglesia. Pictura est quaedam
litteratura illitterato, dice ya Estrabón; y pictura et ornamenta in
ecclesia sunt laicorum lectiones et scripturae, dice todavía Durando. Según
la concepción de la Alta Edad Media, el arte sería completamente superfluo si
todos fueran capaces de leer y seguir los caminos del pensamiento abstracto. Al
principio el arte es sólo una concesión que se hace a las multitudes ignaras,
en las que se puede influir fácilmente mediante la impresión sensible. Durante
mucho tiempo el arte no fue aún considerado como “pura complacencia de los
ojos”, como dice San Nilo. La finalidad de educación moral es el rasgo más
típico de la concepción cristiana del arte. También ciertamente, entre los
griegos y romanos era la obra de arte muchas veces instrumento de propaganda,
pero nunca puro medio didáctico. En este aspecto los caminos eran distintos ya
desde el principio.
Las propias formas
artísticas no comienzan a cambiar sustancialmente hasta el siglo V,
coincidiendo con la descomposición del Imperio Romano de Occidente. El
expresionismo de la etapa final de Roma sólo ahora se convierte en un “estilo
de expresión trascendental” (6); sólo ahora se hace completa la emancipación
del arte frente a la realidad. Pero esta emancipación se lleva a cabo de una
manera tan decidida, que la renuncia a la representación imitativa de la
realidad recuerda a menudo el geometrismo de los comienzos del arte griego. La
composición del cuadro se subordina a un orden decorativo; pero este orden no
es ya puramente la expresión de una armonía ornamental, sino la manifestación
de un plano más elevado, de una armonía del cosmos. El artista no se contenta
ya con la pura ornamentalidad, con la simétrica ordenación de series de
figuras, con la ordenación regular de los grupos, con la determinación rítmica
de los gestos, con la composición decorativa de los colores. Todos estos
principios de ordenación del cuadro son sólo las premisas del nuevo sistema
formal, tal como lo encontramos finalmente en los mosaicos de la nave de Santa
María la Mayor, de Roma. Hallamos aquí escenas que se desarrollan en un
ambiente sin aire y sin luz, en un espacio sin profundidad, sin perspectiva y
sin atmósfera, con figuras planas y sin modelar, carentes de peso y de sombra.
Ya ni siquiera se busca producir la ilusión de un trozo de espacio unitario y
coherente. Las figuras se hacen cada vez más aisladas y guardan unas con otras
una relación puramente ideal, no tendente a la acción; se vuelven cada vez más
inmóviles y sin vida, y, al mismo tiempo, producen un efecto cada vez más
solemne, espiritualizado, alejado de la vida y de lo terrenal.
La mayoría de los medios
artísticos empleados para lograr este efecto –ante todo la reducción de la
profundidad espacial, el dibujo plano y la frontalidad de las figuras, el
principio de economía y simplicidad en el dibujo- existían ya en el arte romano
tardío y en el cristiano primitivo; pero es ahora cuando por vez primera se
coaligan, convirtiéndose en los elementos de un “estilo” propio. Antes
aparecían únicamente aislados, buscaban una justificación basada en la
situación (7) y se enfrentaban continuamente, de una forma abierta y torpe, con
las tradiciones y recuerdos naturalistas. Ahora, en cambio ha triunfado
plenamente la tendencia que huye del mundo; todo se ha convertido en forma
rígida, desvitalizada, fría, pero a la vez, en vida llena de intensidad,
esencialísima; es decir, muerte del antiguo hombre carnal y vida del nuevo
hombre espiritual. Todo refleja el espíritu del texto paulino: “Vivo, pero no
yo, vive Cristo en mí” (Gálatas, 2, 20). La Antigüedad y su goce de los
sentidos han pasado; la antigua magnificencia se desvanece; el Estado romano
está en ruinas. La Iglesia festeja su triunfo, no ya con el espíritu de la
nobleza de Roma, sino bajo el signo de una potestad que declara no pertenecer a
este mundo. Y sólo cuando ha llegado a ser plenamente soberana, se crea la
Iglesia un estilo artístico que puede decirse que nada tiene en común con la
Antigüedad clásica.
(Hauser; 1968:167-176)
(1)
Max Dvórak: Katakombenmalereien.
Die anfänge der christlichen Kunts, en Kuntsgesch. Als Geistesgesch.,
1924.
(2)
Oskar Wulff: Die umgekehrte
Perspektive und die Niedersicht, en Kunstwiss. Beiträge A. Schmarsow
gewidmet, 1907. Idem: Die Kunts des Kindes, 1927.
(3)
Wilhelm Neuss: Die Kunts
der alten Christen, 1926,pp. 117-18. Reproducción en H. Pierce-R. Tyler: L’Art byzantin, II, 1934, lamina 143.
(4) Df. E.V. Garger: Über Wertungsschwierigkeiten bei mittelalterlicher
Kunts. Kritische Berichte zur kunstgesch. Lit., 1932-1933, página 104.
(5)
M. Dvorák: Idealismus und
Naturalismus in der gotischen Skulptur und Malerei, 1918, p. 32,
precisamente refiriéndose al arte carolingeo tardío.
(6) Rudolf Koemstedt: Vormittelalterliche Malerei, 1929, passim.
Cf. para lo que
sigue pp. 14-18 y 20-23.
(7) Ibid., p. 40.





































