
LA POSCOLONIALIDAD Y EL ARTILUGIO DE LA HISTORIA: QUIÉN HABLA EN NOMBRE DE LOS PASADOS “INDIOS”
Dipesh Chakrabarty
Universidad de Chicago
Hay que llevar el pensamiento hasta el límite.
Louis Althusser
I
Recientemente se ha dicho en alabanza del proyecto poscolonial de
Subaltern Studies que demuestra, “quizá por vez primera desde la
colonización”, que “los indios muestran consistentes signos de
reapropiación de la capacidad para representarse a sí mismos [dentro de
la disciplina de la historia]”.1 Como un historiador miembro del grupo
de Subaltern Studies, opino que la felicitación contenida en esta
observación es grata pero prematura. El propósito de este artículo es
examinar la problemática de la idea de los “indios” “representándose a
sí mismos en la historia”. Por el momento, dejemos de lado los
embrollados problemas de identidad inherentes a una empresa
transnacional como Subaltern Studies, donde los pasaportes y los
compromisos vuelven borrosas las distinciones de etnidad de una manera
que a algunos les parecerá típicamente posmoderna. Tengo una
proposición más perversa que aducir. Se trata de que en lo que toca al
discurso académico de la historia —es decir, la “historia” como un
discurso producido en el ámbito institucional de la universidad—,
“Europa” sigue siendo el sujeto soberano, teórico, de todas las
historias, incluyendo las que llamamos “indias”, “chinas”, “kenianas”,
etcétera. Hay una peculiar manera en que todas estas otras historias
tienden a volverse variaciones de una narración maestra que podría
llamarse “la historia de Europa”. En este sentido, la propia historia
“india” está en una posición de subalternidad; sólo se pueden articular
posiciones de sujeto subalternas en nombre de esta historia.
Mientras el resto de este artículo desarrollará esta proposición,
permítaseme dar algunos matices. “Europa” y la “India” son tratados
aquí como términos hiperreales en cuanto a que se refieren a ciertas
figuras de la imaginación, cuyos referentes geográficos permanecen más
o menos indeterminados.2 Desde luego, siendo figuras de lo imaginario
son susceptibles de ser debatidas, pero por el momento las trataré como
si fueran categorías dadas, materializadas, términos opuestos que
forman un binomio en una estructura de dominación y subordinación. Soy
consciente de que al tratarlos de esta manera me expongo a la acusación
de ser nativista, nacionalista, o lo que es peor, pecado de pecados,
nostálgico. Los académicos de tendencia liberal protestarían de
inmediato que cualquier idea de una “Europa” homogénea, indiscutible se
deshace al menor análisis. Es cierto, pero así como el fenómeno del
orientalismo no desaparece sencillamente porque algunos de nosotros
hayamos alcanzado ahora una conciencia crítica del mismo, de manera
similar cierta versión de “Europa”, materializada y celebrada en el
mundo fenoménico de las relaciones cotidianas de poder como el
escenario del nacimiento de lo moderno, continúa dominando el discurso
de la historia. El análisis no la hace desaparecer.
El que Europa funcione como un referente silencioso en el conocimiento
histórico mismo se vuelve obvio de una manera sumamente ordinaria. Por
lo menos hay dos síntomas cotidianos de la subalternidad de las
historias no occidentales, tercermundistas. Los historiadores del
Tercer Mundo sienten una necesidad de referirse a las obras de historia
europea; los historiadores de Europa no sienten la obligación de
corresponder. Se trate de un Edward Thompson, de un Le Roy Ladurie, un
George Duby, un Carlo Ginzburg, un Lawrence Stone, un Robert Darnton o
una Natalie Davies —para citar sólo algunos nombres al azar de nuestro
mundo contemporáneo—, los “grandes” y los modelos del oficio del
historiador siempre son, por lo menos, culturalmente “europeos”.
“Ellos” producen su obra en una relativa ignorancia de las historias no
occidentales y esto no parece afectar la calidad de su trabajo. Éste es
un gesto, sin embargo, al que “nosotros” no podemos corresponder. Ni
siquiera podemos permitirnos una igualdad o simetría de ignorancia a
este nivel sin correr el riesgo de parecer “anticuados” o “superados”.
El problema, podría añadirse entre paréntesis, no es exclusivo de los
historiadores. Una muestra desenfadada pero no obstante ostensible de
esta “desigualdad de ignorancia” en los estudios literarios, por
ejemplo, es el siguiente enunciado acerca de Salman Rushdie tomado de
un texto reciente sobre el posmodernismo: “Aunque Saleem Sinai [de
Hijos de la medianoche] narra en inglés […] sus intertextos tanto para
escribir historia como para escribir ficción resultan duplicados: por
un lado, provienen de leyendas, películas y literatura india; por el
otro, de Occidente —El tambor de hojalata, Tristram Shandy, Cien años
de soledad, etcétera”.3 Es interesante observar cómo este enunciado
saca a relucir sólo las referencias que provienen de “Occidente”. La
autora no tiene la obligación aquí de estar en posición de nombrar con
alguna autoridad y especificidad las alusiones “indias” que “duplican”
la intertextualidad de Rushdie. Esta ignorancia, compartida y tácita,
es parte de un pacto supuesto que hace “fácil” incluir a Rushdie en los
cursos sobre poscolonialismo de los departamentos de literatura inglesa.
Este problema de ignorancia asimétrica no es simplemente cuestión de
“servilismo cultural” (cultural cringe) (para decirlo con mi lado
australiano) de nuestra parte o de arrogancia cultural de parte del
historiador europeo. Estos problemas existen pero pueden ser atendidos
de manera relativamente fácil. Tampoco pretendo menoscabar en lo más
mínimo los logros de los historiadores que mencioné. Nuestras notas a
pie de página aportan copiosos testimonios de las percepciones que
hemos derivado de su conocimiento y creatividad. El dominio de “Europa”
como sujeto de todas las historias es una parte de una condición
teórica mucho más profunda a cuya sombra se produce el conocimiento
histórico en el Tercer Mundo. Esta condición se expresa de ordinario de
una manera paradójica. Esta paradoja es la que describiré como el
segundo síntoma cotidiano de nuestra subalternidad, y se refiere a la
naturaleza misma de los propios pronunciamientos de la ciencia social.
Desde hace ya varias generaciones, filósofos y pensadores que han dado
forma a la naturaleza de la ciencia social han producido teorías que
abarcan a toda la humanidad. Como bien sabemos, estas declaraciones han
sido producidas en una ignorancia relativa, y en ocasiones absoluta, de
la mayor parte de la humanidad —o sea, los que viven en culturas no
occidentales. En sí mismo esto no constituye una paradoja, pues los
filósofos europeos más conscientes de su propia reflexión siempre han
tratado de justificar teóricamente esta postura. La paradoja cotidiana
de la ciencia social del Tercer Mundo es que a nosotros estas teorías
nos parecen, a pesar de su ignorancia inherente de “nosotros”,
eminentemente útiles para entender nuestras sociedades. ¿Qué permitió a
los modernos sabios europeos desarrollar semejante clarividencia
respecto de sociedades que ignoraban empíricamente? ¿Por qué nosotros,
de nuevo, no podemos corresponder al gesto?
Hay una respuesta a esta pregunta en los escritos de filósofos que han
leído en la historia europea una entelequia de razón universal, si
consideramos tal filosofía como la conciencia de sí misma de la ciencia
social. Sólo “Europa”, según parece ser el argumento, es teóricamente
(es decir, a nivel de las categorías fundamentales que dan forma al
pensamiento histórico) conocible; todas las demás historias son
cuestión de investigación empírica que encarna un esqueleto teórico que
substancialmente es “Europa”. Hay una versión de este argumento en la
conferencia de Edmund Husserl dada en Viena en 1935, en la que proponía
que la diferencia fundamental entre las “filosofías orientales” (más
específicamente, la india y la china) y la “ciencia griego-europea” (o,
como añadía, “hablando en sentido universal: la filosofía”) era la
capacidad de ésta de producir “percepciones teóricas absolutas”, es
decir, “theoria” (ciencia universal), mientras que aquéllas conservaban
un carácter “práctico-universal”, y por ello “mítico-religioso”. Estas
filosofías “práctico-universales” se dirigían al mundo de una manera
“ingenua” y “directa”, mientras que el mundo se presentaba él mismo
ante la theoria como una “temática”, por lo que hacía posible una
praxis “cuyo fin es elevar a la humanidad mediante la razón científica
universal”.4
Una proposición epistemológica bastante similar anima el uso que hace
Marx de categorías como “burgués” y “preburgués” o “capital” y
“precapital”. El prefijo pre significa aquí una relación que es tanto
cronológica como teórica. El surgimiento de la sociedad burguesa o
capitalista, dice Marx en el Grundrisse y otros lugares, da lugar por
vez primera a una historia que puede ser comprendida mediante una
categoría filosófica y universal: el “capital”. La historia se vuelve,
por primera vez, teóricamente conocible. Todas las historias del pasado
a partir de ahí serán conocidas (teóricamente, desde luego) desde el
mirador privilegiado que es esta categoría, es decir, en términos de
sus diferencias con respecto a ella. Las cosas revelan su esencia
categórica sólo cuando alcanzan su pleno desarrollo, o como lo dijo
Marx en aquel famoso aforismo del Grundrisse: “La anatomía humana
contiene la clave de la anatomía del simio”.5 La categoría “capital”,
como he examinado en otro lugar, contiene dentro de ella el sujeto
legal del pensamiento de la Ilustración.6 No es de sorprender que Marx
dijera, en ese primer capítulo tan hegeliano del Capital, vol. 1, que
el secreto del “capital”, de la categoría, “no puede descifrarse hasta
que la noción de igualdad humana ha adquirido la estabilidad de un
prejuicio popular”.7 Y siguiendo con las palabras de Marx:
Incluso las categorías más abstractas, pese a su validez —precisamente por su carácter abstracto— para todas las épocas, no obstante son […] ellas mismas […] producto de relaciones históricas. La sociedad burguesa es la organización de la producción, históricamente hablando, más desarrollada y más compleja. Las categorías que expresan sus relaciones, la comprensión de su estructura, por ello, también permiten percepciones de la estructura y las relaciones de producción de todas las formaciones sociales desaparecidas, a partir de cuyas ruinas y elementos se construyó sola, cuyos restos aún parcialmente rebeldes están presentes dentro de ella, cuyos meros matices han desarrollado una importancia explícita dentro de ella, etcétera […] Los indicios de un desarrollo superior entre las especies animales subordinadas […] se pueden entender sólo después de que ya se conoce el mayor desarrollo que puede ser alcanzado. La economía burguesa proporciona así la clave para la economía antigua.8
Donde dice “capital” o “burguesa”, propongo, léase “Europa”
II
Ni Marx ni Husserl hablaban —por lo menos no en las palabras citadas
atrás— en un espíritu historicista. Entre paréntesis, debemos
acordarnos también aquí de que la visión de Marx de la emancipación
implicaba un viaje más allá del dominio del capital, de hecho más allá
de la noción de igualdad jurídica que es tan sagrada para el
liberalismo. La máxima “De a cada quién el pago según su habilidad, a
cada quién según su necesidad” va bastante en contra del principio de
“A trabajo igual, salario igual”, y ésta es la razón por la que Marx
sigue siendo —pese al Muro de Berlín (o pese a sus ruinas)— un crítico
relevante y fundamental tanto para el capitalismo como para el
liberalismo, y por ello central para cualquier proyecto poscolonial y
posmoderno de escritura de la historia. No obstante, las declaraciones
metodológicas o epistemológicas de Marx no siempre han logrado resistir
lecturas historicistas. Siempre ha habido suficiente ambigüedad en
estas declaraciones para hacer posible el surgimiento de narraciones
históricas “marxistas”. Estas narraciones giran alrededor del tema de
la “transición histórica”. La mayor parte de las historias del Tercer
Mundo se escriben dentro de problemáticas planteadas por esta narración
de la transición, cuyos temas dominantes (aunque a menudo implícitos)
son los del desarrollo, la modernización, el capitalismo.
Esta
tendencia se puede encontrar en nuestro propio trabajo en el proyecto
de Subaltern Studies. Mi libro acerca de la historia de la clase obrera
tuvo que lidiar con el problema.9 El libro Modern India de Sumit Sarkar
(uno de los colegas de Subaltern Studies), con justicia considerado uno
de los mejores libros de texto sobre historia de la India dirigidos
principalmente a las universidades indias, abre con los siguientes
enunciados:
Los sesenta años y pico que median entre la fundación del Congreso Nacional Indio en 1885 y la consumación de la independencia en agosto de 1947 vivieron quizá la transición más grandiosa en la larga historia del país. Una transición, empero, que de muchas maneras sigue onerosamente incompleta, y es a partir de esta ambigüedad central que parece más apropiado comenzar nuestro estudio.10
¿Qué clase de transición quedó “onerosamente incompleta”? Sarkar alude a la posibilidad de que hubo varias al nombrar tres:
Muchas de las aspiraciones despertadas a lo largo de la lucha nacional quedaron sin cumplirse —el sueño gandhiano del campesino que llega a ser quien debe ser en Ram-rajya [el reino del legendario e ideal dios-rey Rama], así como los ideales de la izquierda de lograr la revolución social. Y, como habría de revelar reiteradamente la historia de la India y del Pakistán (y Bangladesh) independientes, incluso los problemas de una completa transformación burguesa y de un afortunado desarrollo capitalista no se resolvieron completamente mediante la transición del poder en 1947. (p. 4.)
Ni el sueño del campesino de un reino mítico y justo, ni el ideal
de la izquierda de la revolución social[ista], ni una “completa
transformación burguesa” —dentro de estas tres carencias, estas
escenografías “onerosamente incompletas”, Sarkar ubica la historia de
la India moderna.
También con una referencia similar a “carencias”
—el “fracaso” de una historia para llegar a su cita con su destino
(digamos, ¿una vez más un ejemplo del “nativo perezoso”?)— inauguramoos
nuestro proyecto de Subaltern Studies:
Es el estudio de este fracaso histórico de la nación para llegar a ser lo que debe ser, un fracaso debido a la insuficiencia [las cursivas son mías] de la burguesía así como de la clase trabajadora para conducirla a una victoria decisiva sobre el colonialismo y a una revolución burguesa-democrática del tipo clásico del siglo XIX […] o [del tipo de la] “nueva democracia” —es el estudio de este fracaso lo que constituye la problemática central de la historiografía de la India colonial.11
La tendencia a leer la historia de la India en términos de una
carencia, una ausencia o como algo incompleto que se traduce en una
“insuficiencia” es obvia en estas citas. Sin embargo, como tropo, se
trata de una antigua tendencia, que se remonta a los albores del
régimen colonial en la India. Los británicos conquistaron y
representaron la diversidad de los pasados “indios” mediante una
narración homogeneizadora de una transición desde un periodo “medieval”
hacia la “modernidad”. Los términos han cambiado con el tiempo. Alguna
vez se llamó “despótico” a lo “medieval” y a lo “moderno” “el respeto a
la ley”. Una variante posterior sería “feudal-capitalista”.
Cuando
se formuló por primera vez en las historias coloniales de la India,
esta narración de la transición era una desempachada celebración de la
capacidad del imperialismo para la violencia y la conquista. Para dar
sólo un ejemplo entre tantos que se nos ofrecen, la History of
Hindostan de Alexander Dow, publicada por vez primera en tres volúmenes
entre 1770 y 1772, iba dedicada al rey con una candidez característica
del siglo XVIII, cuando no hacía falta un Michel Foucault para revelar
la conexión entre violencia y conocimiento: “El éxito de las fuerzas de
su Majestad”, decía Dow, “ha abierto las puertas del Oriente a las
investigaciones de los curiosos”.12 Subrayando esta conexión entre la
violencia y la modernidad, Dow añadía:
La nación británica se ha convertido en la conquistadora de Bengala y debería extender algo de su jurisprudencia fundamental para asegurar su conquista […] La espada es nuestra garantía. Es una conquista absoluta, y así la considera el mundo. (vol. 1, p. cxxxviii)
Esta “jurisprudencia fundamental” era el “respeto a la ley” que
contrastaba, en la narración de Dow, con el régimen anterior que era
“arbitrario” y “despótico”. En una glosa posterior, Dow explicaba que
el “despotismo” no se refería a un “gobierno guiado por el mero
capricho y volubilidad”, pues sabía suficiente historia como para saber
que esto no era cierto de la India. El despotismo era lo opuesto al
gobierno constitucional inglés; era un sistema en el que “el poder
legislativo, el judicial y el ejecutivo [estaban] investidos en el
príncipe”. Éste era el pasado de la falta de libertades. Con el
establecimiento del poder británico, el indio sería convertido en un
súbdito legal, regido por un gobierno sensible a la presión de la
propiedad privada (“el fundamento de la prosperidad pública”, decía
Dow) y a la opinión pública, y supervisado por un poder judicial en el
que “los impartidores de la justicia deberían ser independientes de
todo menos de la ley [pues] si no el oficial [el juez] se convierte en
un instrumento de opresión en manos del despotismo” (vol. 1, pp. xcv,
cl, cxl-cxli).
Durante los siglos XIX y XX, generaciones de
nacionalistas indios de la élite encontraron su posición de sujeto,
como nacionalistas, dentro de esta narración de la transición que, en
varias ocasiones y dependiendo de la ideología de cada uno, colgó el
tapiz de la “historia india” entre los dos postes de los conjuntos
homólogos de oposiciones: despótico-constitucional, medieval-moderno,
feudal-capitalista. Dentro de esta narración compartida por la
imaginación imperialista y la nacionalista, lo “indio” siempre fue una
figura de la carencia. Dicho de otro modo, siempre había lugar en este
relato para personajes que encarnaban, a nombre de los nativos, el tema
de la “insuficiencia” o del “fracaso”. La recomendación de Dow de un
“respeto a la ley” para Bengala-India se acompañaba de la paradójica
garantía (para los británicos) de que no había peligro de que semejante
respeto “inculcara” a los nativos “un espíritu de libertad”:
Hacer libres a los nativos de la fértil tierra de Bengala, rebasa el poder del pacto político […] Su religión, sus instituciones, sus costumbres, la disposición misma de su mentalidad, los hacen propios para la obediencia pasiva. Darles propiedades sólo los uniría con lazos más fuertes a nuestros intereses, y los haría nuestros súbditos; o, si la nación británica prefiere esta palabra —más nuestros esclavos. (vol. 1, pp. cxl-cxli)
No necesitamos recordar que esto sería la piedra fundamental de la ideología imperial durante muchos años —súbditos y no ciudadanos, pues los nativos nunca tuvieron capacidad para la ciudadanía— y con el tiempo se convertiría en una variedad de la propia teoría liberal.13 Desde luego, los nacionalistas disentían de esto. Tanto para Rammohun Roy como para Bankimchandra Chattopadhyay, dos de los más prominentes intelectuales nacionalistas de la India del siglo XIX, el régimen británico era un periodo necesario de tutela por el que los indios tenían que pasar para prepararse precisamente para lo que los británicos les negaban, pero que exaltaban como el fin de toda la historia: ciudadanía y la nación-Estado. Años después, en 1951, un indio “desconocido” que logró vender su “obscuridad”, escribía esta dedicatoria a la historia de su vida:
A la memoria del
Imperio Británico en la India
el cual nos otorgó la condición de súbditos
pero nos negó la ciudadanía;
al cual no obstante
todos nosotros presentamos el desafío
“Civis Britanicus Sum”
porque
todo lo que era bueno y vivía
dentro de nosotros
fue hecho, moldeado y animado
por el propio régimen británico.14
En las versiones nacionalistas de esta narración, como ha mostrado
Partha Chatterjee, eran los campesinos y los trabajadores, las clases
subalternas, a los que se hizo llevar la cruz de la “insuficiencia”,
pues, según esta versión, eran ellos los que necesitaban ser educados
para sacarlos de su ignorancia, provincianismo, o, dependiendo de su
preferencia, de una falsa conciencia.15 Incluso hoy la palabra de
origen angloindio “comunalismo” [communalism] se refiere a aquéllos que
presumiblemente no logran estar a la altura de los ideales “seculares”
de la ciudadanía.
Que el régimen británico haya establecido las
prácticas, instituciones y discursos del individualismo burgués en
tierra india es innegable. Las primeras expresiones —es decir, antes de
los comienzos del nacionalismo— de este deseo de ser un “súbdito legal”
dejan claro que para los indios de los años treinta y cuarenta del
siglo XIX, ser un “individuo moderno” era convertirse en “europeo”. The
Literary Gleaner, una revista de la Calcuta colonial, publicó el
siguiente poema en 1842, escrito en inglés por un escolar bengalí de
dieciocho años de edad. El poema se inspiraba aparentemente en la vista
de buques que partían de la costa de Bengala “hacia las gloriosas
costas de Inglaterra”:
A menudo suspiro como una triste ave
por dejar esta tierra, aunque sea la mía;
sus arroyos vestidos de hierba, —alegres flores y cielos sin nubes
aun si son más que bellos, poco encanto tienen para mí.
Pues he soñado con climas más brillantes y libres
donde habita la virtud y la libertad celestial
hace feliz incluso al más humilde; —donde la vista
no se ofende por ver al hombre inclinarse
al sórdido interés: —son climas donde prospera la ciencia,
y el genio recibe su justo galardón;
donde vive el hombre en toda su gloria más verdadera,
y el rostro de la naturaleza es exquisitamente dulce:
Para aquellos climas lanzo mi impaciente suspiro,
déjenme vivir ahí, ahí déjenme morir.16
Con sus ecos de Milton y de radicalismo inglés del siglo XVII, es
evidente que ésta es una muestra de pastiche colonial.17 Michael
Madhusudan Dutt, el joven autor bengalí de este poema, finalmente se
dio cuenta de la imposibilidad de ser “europeo” y regresó a la
literatura bengalí para convertirse en uno de nuestros mejores poetas.
Sin embargo, los nacionalistas indios posteriores abandonaron también
el abyecto deseo de ser ellos mismos “europeos”. La premisa del
pensamiento nacionalista era precisamente la supuesta universalidad del
proyecto de convertirse en individuos, el supuesto de que los “derechos
individuales” y la “igualdad” abstracta eran conceptos universales que
podían arraigar en cualquier parte del mundo, que uno podía ser “indio”
y “ciudadano” al mismo tiempo. No tardaremos en explorar algunas de las
contradicciones de este proyecto.
Muchos de los rituales públicos y
privados del individualismo moderno se empezaron a notar en la India
durante el siglo XIX. Uno ve esto, por ejemplo, en el súbito
florecimiento en esta época de los cuatro géneros básicos que ayudan a
expresar el ser moderno: la novela, la biografía, la autobiografía y la
historia.18 Junto a éstas llegó la industria moderna, la tecnología, la
medicina, un sistema legal cuasi burgués (aunque colonial) sostenido
por un Estado que el nacionalismo habría de ganar y hacer suyo. La
narración de la transición que he ido examinando avalaba estas
instituciones y a su vez estaba apuntalada por ellas. Pensar esta
narración era pensar estas instituciones en cuyo vértice descansaba el
Estado moderno,19 y pensar lo moderno o la nación-Estado era pensar una
historia cuyo sujeto teórico era Europa. Gandhi se dio cuenta de esto
desde 1909. Al referirse a las demandas de los nacionalistas indios de
más ferrocarriles, medicina moderna y derecho burgués, astutamente
afirmó en su libro Hind Swaraj que esto era “hacer inglesa a la India”
o, según sus palabras, tener “un régimen inglés sin los ingleses”.20
Esta “Europa”, como muestra el juvenil e ingenuo poema de Michael
Madhusudan Dutt, desde luego no era sino una obra de ficción que el
colonizador contó a los colonizados en el proceso mismo de fabricación
de la dominación colonial.21 El nacionalismo de Gandhi deja su crítica
de esta “Europa”, en muchos aspectos, en una posición comprometida, y
no es mi intención ver su texto como un fetiche. Pero su gesto me
parece útil para desarrollar la problemática de historias escritas
fuera de la metrópoli.
III
Abordaré ahora nuevamente los temas de “fracaso”, “carencia” e
“insuficiencia” que de manera tan ubicua caracterizan al sujeto
hablante de la historia “india”. Como en las prácticas de los
campesinos insurgentes de la India colonial, el primer paso de un
esfuerzo crítico debe surgir de un gesto de inversión.22 Empecemos por
donde la narración de la transición termina y leamos “plenitud” y
“creatividad” en los lugares en que esta narración nos ha hecho leer
“carencia” e “insuficiencia”.
Según la fábula de su constitución,
los indios de hoy son todos “ciudadanos”. La constitución adopta una
definición casi clásicamente liberal de ciudadanía. Si el Estado
moderno y el individuo moderno, el ciudadano, no son sino dos lados
inseparables del mismo fenómeno, como afirma William Connolly en
Political Theory and Modernity, resultaría que el fin de la historia
está a la vista para nosotros en la India.23 Sin embargo, este
individuo moderno, cuya vida política y pública se vive en la
ciudadanía, también se supone que tiene un yo “privado” interior que se
derrama sin cesar en diarios, cartas, autobiografías, novelas y, desde
luego, en lo que decimos a nuestros psicoanalistas. El individuo
burgués no nace hasta que uno descubre los placeres de la vida privada.
Pero ésta es una clase muy especial de “vida privada” —de hecho, se
trata de una “vida pública” diferida, pues esta vida privada burguesa,
como nos recuerda Jürgen Habermas, está “siempre orientada a un público
[Publikum]”.24
La vida pública india podrá imitar en el papel la ficción legal
burguesa de la ciudadanía —normalmente esta ficción se escenifica como
un farsa en la India— pero, ¿qué hay acerca de la vida privada burguesa
y su historia? Cualquiera que haya tratado de escribir historia social
“a la francesa” con material indio se daría cuenta de cuán
imposiblemente difícil es esta tarea.25 No es que la forma de la vida
privada burguesa no haya llegado con la dominación europea. Desde
mediados del siglo XIX, ha habido novelas, diarios, cartas y
autobiografías indias, pero rara vez plasman retratos de un sujeto
interminablemente interiorizado. Nuestras autobiografías son
notablemente “públicas” (portadoras de construcciones de la vida
pública que no son necesariamente modernas) cuando son escritas por
hombres, y cuentan la historia de la familia extendida cuando son
escritas por mujeres.26 En cualquier caso, las autobiografías de estilo
confesional brillan por su ausencia. El único párrafo (en 963 páginas)
que dedica Nirad Chaudhuri a describir la experiencia de su noche de
bodas en el segundo volumen de su aclamada y premiada autobiografía es
un ejemplo tan bueno como cualquier otro y vale la pena citarlo por
extenso. Debo explicar que se trataba de un matrimonio arreglado
(celebrado en Bengala en 1932), y Chaudhuri tenía ansias de que su
esposa no apreciara su recién adquirido pero prohibitivo pasatiempo de
comprar discos de música clásica occidental. Nuestra lectura de
Chaudhuri se ve entorpecida en parte por nuestra falta de conocimiento
de la intertextualidad de su prosa —por ejemplo, puede ser que haya una
influencia impregnada de un rechazo puritano a revelar “demasiado”. Aun
así, este fragmento sigue siendo un elocuente ejercicio de construcción
de una memoria, pues habla acerca de lo que Chaudhuri “recuerda” y
“olvida” de “su experiencia de la primera noche”. Vela la intimidad con
expresiones como “tampoco recuerdo” o “no sé cómo fue que” (por no
mencionar el muy freudiano “descargar mi conciencia”), y este velo
autoconstruido sin duda forma parte del yo que habla:
Me sentía terriblemente incómodo ante la perspectiva de conocer como esposa a una niña que era para mí una perfecta extraña, y cuando la trajeron […] y la dejaron de pie frente a mí, no tenía nada que decirle. Sólo vi una sonrisa muy tímida en su cara, y tímidamente se acercó y se sentó junto a mí en la orilla de la cama. No sé cómo fue que después de eso los dos acabamos sobre las almohadas, recostados uno al lado del otro. [Chaudhuri añade en una nota a pie de página: “Desde luego, totalmente vestidos. Nosotros los hindúes […] consideramos los extremos —totalmente vestidos y totalmente desnudos— gestos de modestia, y todo lo que cae entre ellos como burdamente impúdicos. Ningún hombre decente quiere que su esposa sea una allumeuse”.] Entonces intercambiamos las primeras palabras. Tomó levantándolo uno de mis brazos, lo palpó y dijo: “Qué flaco estás. Te voy a cuidar muy bien”. No le di las gracias, y tampoco recuerdo, aparte de haber oído las palabras, haber sentido que me tocaban. El horrible suspenso sobre la música europea había despertado de nuevo en mi cabeza, y decidí descargar mi conciencia de una vez y enfrentar el sacrificio, si era necesario, de manera directa y empezar el romance de cualquier manera que pudiera. Después de un rato le pregunté tímidamente: “¿Has oído música europea?” Negó con la cabeza mientras decía: “No”. No obstante, me arriesgué de nuevo y esta vez le pregunté: “¿Has oído mencionar a un hombre llamado Beethoven?”. Asintió con la cabeza queriendo decir “Sí”. Eso me tranquilizó, pero no me satisfizo por completo. Así que pregunté una vez más: “¿Puedes deletrearlo?”. Despacio, dijo: “B, E, E, T, H, O, V, E, N”. Sentí ánimos […] y nos quedamos dormidos.27
El deseo de ser “moderno” clama en cada oración de los dos
volúmenes de la autobiografía de Chaudhuri. Su nombre legendario es
ahora símbolo de la historia cultural del encuentro indo-británico. No
obstante, en las 1 500 y pico de páginas que escribió en inglés sobre
su vida, éste es el único pasaje en el que la narración de la
participación de Chaudhuri en la vida pública y en los círculos
literarios se interrumpe para dejar lugar a algo que se acerca a lo
íntimo. ¿Cómo hemos de leer este texto, esta historia de un varón indio
self-made que no tenía igual en su celo por la vida pública del
ciudadano, y quien sin embargo rara vez, si es que lo hace, reproduce
en la escritura la otra cara del ciudadano moderno, el ser privado
interior que sin cesar trata de llegar a un público? ¿Lo público sin lo
privado? ¿Acaso otro ejemplo más de lo “incompleto” de la
transformación burguesa de la India?
Estas preguntas son en sí
mismas provocadas por la narración de la transición que a su vez sitúa
al individuo moderno en el fin mismo de la historia. No quisiera dar a
la autobiografía de Chaudhuri una representatividad que posiblemente no
tiene. La escritura femenina, como ya dije, es diferente, y los
académicos apenas empiezan a explorar el mundo de la autobiografía en
la historia de la India. Pero mientras un resultado del imperialismo
europeo en la India fue introducir el Estado moderno y la idea de la
nación con su discurso concomitante de “ciudadanía”, la cual, mediante
la idea misma de los “derechos del ciudadano” (es decir, “el respeto a
la ley”), divide la figura del individuo moderno en las partes
“pública” y “privada” del yo (como el joven Marx alguna vez señaló en
su On the Jewish Question), estos temas han existido —en una relación
contestataria, de alianza y mestizaje— con otras narraciones del yo y
de la comunidad que no consideran el lazo entre el Estado y el
ciudadano como la cúspide de la construcción de lo social.28 Esta
afirmación, tal cual, no estará sujeta a discusión, pero lo que quiero
demostrar rebasa sus límites. Es que estas otras construcciones del yo
y la comunidad, si bien son documentables en sí mismas, nunca tendrán
el privilegio de suministrar las metanarraciones o teleologías
(suponiendo que no puede haber una narración sin por lo menos una
teleología implícita) de nuestras historias. Esto es así en parte
porque estas narraciones a menudo manifiestan por sí solas una
conciencia antihistórica; es decir, implican posiciones de sujeto y
configuraciones de la memoria que desafían y socavan al sujeto que
habla en nombre de la historia. La “historia” es precisamente el lugar
donde la lucha continúa para apropiarse, en nombre de lo moderno (mi
Europa hiperreal), de estas otras ubicaciones de la memoria.
Para ilustrar estas proposiciones, pasaré ahora a examinar un fragmento
de esta historia contestada en la cual la vida privada moderna y el
individuo moderno se mezclaron en la India colonial.29
IV
Lo que presento enseguida es el esbozo, por así decirlo, de un
capítulo de la historia de la vida doméstica burguesa en la Bengala
colonial. El material —principalmente textos escritos en bengalí entre
1850 y 1920 para enseñar a las mujeres ese tema tan victoriano: la
“ciencia doméstica”— está referido a la clase media hindú de Bengala,
la bhadralok o “gente decente”. El régimen británico instituyó en la
vida india la división idealística tricotómica sobre la cual descansan
las estructuras políticas modernas, o sea, el Estado, la sociedad civil
y la familia (burguesa). Por ello no fue una sorpresa el que ideas
relacionadas con la vida doméstica, la privacidad y el individualismo
burgueses llegaran a la India a través del régimen británico. Sin
embargo, lo que quiero destacar aquí mediante el ejemplo de la
bhadralok, son ciertas operaciones culturales por medio de las cuales
los “indios” desafiaron y modificaron estas ideas recibidas de tal
manera que pusieron en tela de juicio dos postulados fundamentales que
sostienen la idea de “modernidad” —la familia nuclear basada en el
matrimonio como sociedad y la construcción secular, histórica del
tiempo.
Como han demostrado Meredith Borthwick, Ghulam Murshid y
otros académicos, la idea europea dieciochesca de “civilización”
culminó, en la India de principios del siglo XIX, en una madura crítica
imperialista de la vida doméstica india-hindú, la cual se consideraba
entonces inferior a lo que se volverían los ideales de la vida
doméstica burguesa de mediados de la época victoriana.30 La cuestión de
la “condición de las mujeres” en la India decimonónica era parte de esa
crítica, así como las ideas de individuo “moderno”, “libertad”,
“igualdad” y “derechos”. En pasajes notables por su combinación de
igualitarismo y orientalismo, James Mill en su The History of British
India (1817) juntaba la temática de la familia y la nación con la
teleología de la “libertad”:
La condición de las mujeres es una de las circunstancias más notables en las costumbres de las naciones […] La historia de las naciones incultas representa uniformemente a las mujeres en un estado de abyecta esclavitud, del cual emergen lentamente a medida que avanza la civilización […] A medida que la sociedad se refina con el disfrute de sus logros […] la condición del sexo débil poco a poco mejora, hasta que se asocia en condiciones de igualdad con el hombre, y ocupa el lugar de coadjutor voluntario y útil. Un estado de dependencia más estricto y humillante que el que está estipulado para el sexo débil entre los hindúes difícilmente puede concebirse.31
Como es bien sabido, las clases medias de la India en general
sienten una responsabilidad en esta acusación. Desde principios del
siglo XIX en adelante, se desarrolló un movimiento en Bengala (y otras
regiones) para reformar las “condiciones de las mujeres” y para darles
una educación formal. Gran parte de este discurso sobre la educación de
las mujeres era emancipacionista en cuanto a que hablaba el lenguaje de
la “libertad”, “igualdad” y “despertar”, y recibía la fuerte influencia
de los ideales ruskinianos y de la idealización de la vida doméstica
burguesa.32 Si uno ve esta historia como parte de la historia del
individuo moderno en la India, surge una característica interesante. Es
que en esta literatura sobre la educación de las mujeres ciertos
términos, a fin de cuentas, se discutían más acaloradamente que otros.
Por ejemplo, había un grado de consenso sobre la conveniencia de la
“disciplina” e “higiene” doméstica como prácticas que reflejaban un
estado de modernidad, pero la palabra libertad, aunque otro término
importante de la retórica de lo moderno, apenas si funcionaba en el
indicador de tal consenso social. Era una palabra que se discutía
apasionadamente y nos equivocaríamos si supusiéramos que las pasiones
reflejaban una simple y abierta batalla entre los sexos. Dicha palabra
quedó asimilada a la necesidad nacionalista de construir fronteras
culturales que supuestamente separaban lo “europeo” de lo “indio”. La
disputa sobre esta palabra, así, fue central para las estrategias
discursivas mediante las cuales se creó una posición de sujeto que
permitía a lo “indio” hablar. Es esta posición de sujeto que quiero
examinar aquí con algún detalle.
Lo que la literatura bengalí sobre
la educación de las mujeres escenificaba era una batalla entre la
construcción nacionalista de una norma cultural de la familia
patriarcal, patrilocal, patrilineal y extendida y el ideal de una
familia patriarcal, burguesa y nuclear que estaba implícito en el
discurso europeo-imperialista-universalista sobre las “libertades” del
individualismo, la ciudadanía y la sociedad civil.33 Los temas de la
“disciplina” y el “orden” eran críticos a la hora de dar forma a las
fantasías nacionalistas de arte y poder. La “disciplina” se veía como
la clave del poder del Estado colonial (es decir, moderno), pero
requería de ciertos procedimientos para redefinir el yo. Los británicos
eran poderosos, se decía, porque eran disciplinados, ordenados, y
puntuales en todos y cada uno de los detalles de sus vidas, y esto era
posible debido a la educación de “sus” mujeres, las cuales aportaban al
hogar las virtudes de la disciplina. A partir de ahí, la familia
“india”, una construcción colonial, quedaba mal parada en los escritos
nacionalistas sobre la vida doméstica moderna. Para citar un texto
bengalí sobre la educación de las mujeres publicado en 1877:
El hogar de cualquier europeo civilizado es como la morada de los dioses. Cada objeto de la casa está limpio, puesto en su lugar y decorado; nada parece sucio o hiede […] Es como si [la diosa] del orden [srinkhala, “orden, disciplina”; srinkhal, “cadenas”] se hubiera manifestado para complacer la vista [de los hombres]. En el centro de la habitación habrá una mesa con mantel y con un ramo de flores encima, mientras que a su alrededor habrá [unas cuantas] sillas acomodadas con esmero [y] todo lo demás brillando de limpieza. Pero entre en una casa de nuestro país y sentirá como si su destino lo hubiera transportado allí para hacerlo pagar por todos los pecados de su vida. [Un montón de] estiércol que tortura los sentidos […] polvo flotando en el aire, cenizas acumuladas por ahí, moscas volando por todas partes […] un mocoso orinando en el suelo y llevándose la tierra húmeda a la boca […] Todo el lugar está dominado por un hedor que parece andar suelto por todas partes […] No hay orden por ningún lado, todos los objetos de la casa están tan sucios que sólo provocan asco.34
Esta división del yo del sujeto colonial, el movimiento doble de
reconocimiento por el cual conoce su “presente” como el sitio del
desorden y no obstante por el cual también se aparta de este espacio al
desear una disciplina que sólo puede existir en un futuro imaginado
pero “histórico”, es una repetición, en el contexto de la discusión de
la vida doméstica burguesa en la India colonial, de la narración de la
transición que ya hemos visto. En otras palabras, una construcción
histórica de la temporalidad (medieval-moderna, separadas por el tiempo
histórico) es precisamente el eje sobre el cual el sujeto colonial se
escinde a sí mismo. Dicho de otro modo, esta escisión es lo que es la
historia; la escritura de la historia ejecuta esta escisión sin cesar.
El deseo de orden y disciplina en la esfera doméstica puede verse así
como un correlato del deseo nacionalista, modernizador, de una
disciplina similar en la esfera pública, o sea, de un respeto a la ley
establecida por el Estado. Profundizar en este punto rebasa los límites
de este ensayo, pero la conexión entre la disciplina personal y la
disciplina en la vida pública habría de revelarse en lo que los
nacionalistas escribieron acerca de la higiene doméstica y la salud
pública. La conexión es reconociblemente modernista, y es lo que el
indio moderno compartía con el europeo moderno.35 Sin embargo, lo que
quiero señalar son las diferencias entre ambos. Y aquí es donde paso al
otro aspecto importante de lo europeo moderno, la retórica de la
“libertad” y la “igualdad”.
El argumento sobre la “libertad” —en los textos que vamos tratando— se
esgrimía alrededor de la cuestión de los ideales victorianos del
matrimonio como sociedad (companionate), es decir, alrededor de la
cuestión de si la esposa debía ser también una amiga del esposo o no.
Nada amenazaba más el ideal de la familia extendida bengalí-india (o la
exaltada posición de la suegra en esa estructura) que esta idea,
envuelta en nociones de vida privada burguesa, según las cuales la
esposa también debía ser una amiga, o para decirlo de otro modo, la
mujer debía ser ahora un individuo moderno. Debo mencionar aquí que el
individuo moderno, que afirma su individualidad por encima de los
reclamos de la familia conjunta o extendida, casi siempre aparece en la
literatura bengalí de fines del siglo XIX y principios del XX como una
figura acuciada por problemas, a menudo tema de burla y desprecio en la
misma narrativa y ensayística bengalí que en lo demás alababa las
virtudes de la disciplina y la racionalidad científica en la vida
personal y pública. Esta ironía tenía muchas expresiones. El personaje
literario bengalí más conocido que representa esta censura moral de la
individualidad moderna, es Nimchand Datta en la obra teatral Sadhabar
ekadashi (1866), de Dinabandhu Mitra. Nimchand, que ha recibido una
educación inglesa, cita a Shakespeare, Milton o Locke a la menor
oportunidad y usa su educación con arrogancia para ignorar sus deberes
hacia su familia extendida, encuentra su némesis en el alcohol y la
lujuria. Esta relación metonímica entre el amor a la educación
“moderna” o inglesa (la cual simbolizaba al individuo romántico en la
Bengala decimonónica) y el resbaloso camino del alcoholismo queda
sugerida en la obra mediante una conversación entre Nimchand y un
funcionario bengalí de la burocracia colonial, un magistrado delegado.
La altanera jactancia de Nimchand de su dominio del inglés no tarda en
derivar inevitablemente al tema de las copas (sinónimo, para la cultura
bengalí de clase media de la época, de decadencia absoluta):
Leo inglés, escribo inglés, echpechifico en inglés, pienso en inglés, sueño en inglés —fíjese que no son niñerías— ahora dígame, mi buen amigo, ¿qué le gustaría tomar? —Clarete para las damas, oporto para los caballeros y brandy para los héroes.36
Una conexión similar entre el individuo moderno, “libre”, y el
egoísmo se daba en la literatura sobre educación femenina. La
construcción era descaradamente nacionalista (y patriarcal). La
libertad se usaba para marcar una diferencia entre lo que era “indio” y
lo que era “europeo-inglés”. La mujer ultra libre se comportaba como
una memsahib (mujer europea), egoísta y desvergonzada. Como diría
Kundamala Devi, una mujer que escribía para la revista femenina
Bamabodhini patrika, en 1870: “¡Oh, queridas mías! Si han alcanzado el
verdadero conocimiento, entonces no den lugar en sus corazones al
comportamiento de la memsahib. Esto no es propio de un ama de casa
bengalí”.37 La idea de la “verdadera modestia” se utilizaba para armar
esta imagen de la “verdadera” mujer bengalí.38 En 1920, Indira Devi
dedicaría su Narir ukti [Una mujer habla] —curiosamente, se trata de
una defensa del modo de ser de la mujer bengalí moderna en contra de
las críticas de escritores (en su mayor parte varones)— a generaciones
de mujeres bengalíes ideales a las cuales describe así: “Impávidas ante
la naturaleza, de plácidas palabras, incansable en su espíritu de
servicio [a los demás], negligente hacia sus propios placeres,
[mientras que] se conmueve con facilidad por el sufrimiento de los
demás, y capaz de contentarse con muy poco”.39
Este modelo de la
mujer bengalí/india “moderna” —suficientemente educada para apreciar
las modernas reglas del cuerpo y del Estado pero suficientemente
“modesta” para ser sumisa y desprendida— estaba ligado a los debates
acerca de la “libertad”. La “libertad” en Occidente, según argüían
varios escritores, significaba jathechhachar, hacer lo que uno quería,
el derecho a la autocomplacencia. En la India, se decía, libertad
significaba estar libre del ego, la capacidad de servir y obedecer
voluntariamente. Nótese cómo los términos libertad y esclavitud, han
intercambiado sus colocaciones en la cita siguiente:
Poder subordinarse a los demás y al dharma [deber-orden moral-conducta correcta] […] para liberar al alma de la esclavitud de los sentidos, son las primeras tareas de la libertad humana […] Es por ello que en las familias indias los niños y las niñas se subordinan a los padres, la esposa al marido y a los suegros, el discípulo al gurú, el estudiante al maestro […] el rey al dharma […] el pueblo al rey, y la dignidad y prestigio [propios] a [los de] la comunidad [samaj].40
Hay un sesgo irónico en esta especie de teoría que debe destacarse.
Queda bastante claro que esta teoría de la “libertad en la obediencia”
no se extendía a los sirvientes domésticos, a los cuales a menudo se
mencionaba en esta literatura como ejemplos de los “verdaderamente”
atados; los nacionalistas pretendían demostrar que los observadores
(europeos) que comentaban la condición atada de las mujeres indias con
frecuencia no lograban apreciar esta distinción crucial (según argüían
algunos nacionalistas) entre el ama de casa y el servicio doméstico. Es
obvio que los sirvientes no estaban incluidos aún en la India de la
imaginación nacionalista.
Así rezaba el discurso bengalí acerca de
la vida doméstica moderna en una época colonial en la que el
surgimiento de una sociedad civil y un Estado cuasi moderno ya habían
introducido las modernas cuestiones de “lo público” y “lo privado” en
las vidas de la clase media bengalí. Las idées reçues burguesas sobre
la vida doméstica y las conexiones entre lo doméstico y lo nacional se
modificaron aquí de dos maneras significativas. Una estrategia, como he
querido demostrar, era contraponer la norma cultural de la familia
extendida patriarcal a los ideales burgueses patriarcales del
matrimonio como sociedad, oponerse al nuevo patriarcado con una versión
redefinida del anterior (o anteriores). Así se combatía la idea de la
privacidad moderna. La otra estrategia, igualmente significativa, era
movilizar, en nombre de la familia extendida, las formas y figuraciones
de la memoria colectiva que desafiaban, aunque de manera ambigua, la
separación aparentemente absoluta del tiempo “sagrado” y “secular” en
el cual se basaba y se basa la propia idea moderna (“europea”) de la
historia.41 La figura de la mujer “verdaderamente educada”,
“verdaderamente modesta” y “verdaderamente india” adquiere, en esta
discusión de la educación de las mujeres, una autoridad sagrada al
subordinar la cuestión de la vida doméstica a las ideas religiosas de
la cualidad auspiciosa de la mujer que unía lo celestial a lo mundano
en una conceptualización del tiempo que sólo podía ser antihistórica.
El ama de casa verdaderamente moderna, se decía, sería tan de buen
augurio que marcaría el eterno retorno del principio cósmico encarnado
en la diosa Lakshmi, la diosa del bienestar doméstico por cuya gracia
la familia extendida (y el clan, y por ende, al prolongar este sentir,
la nación, Bharatlakshmi) vivía y prosperaba. Así, leemos en un
panfleto de aquel entonces: “Las mujeres son las Lakshmis de la
comunidad. Si se empeñan en superarse en la esfera del dharma y el
conocimiento […] habrá una mejoría automática de [la calidad de] la
vida social”.42 Lakshmi, considerada como la esposa del dios hindú
Vishnu hacia el año 400 d. C., durante mucho tiempo ha sido adorada en
el hinduismo popular, en el panteísmo cotidiano de las familias
hindúes, como el modelo de la esposa hindú, unida en completa armonía a
su esposo (y su familia) mediante una sumisión, lealtad, devoción y
castidad voluntarias.43 Cuando la mujer no era consecuente con sus
ideales, se decía, la familia (extendida) y el linaje familiar eran
destruidos por el espíritu de Alakshmi (no-Lakshmi), el reverso obscuro
y malévolo del principio de Lakshmi. Mientras la educación de las
mujeres y la idea de la disciplina como tal rara vez suscitaban
oposiciones en este discurso sobre el individuo moderno en la Bengala
colonial, se ponía un límite en el punto en que la modernidad y la
exigencia de una vida privada burguesa amenazaban el poder y placeres
de la familia extendida.
No hay duda de que el sujeto hablante aquí es nacionalista y
patriarcal, el cual emplea las gastadas categorías orientalistas de
“Oriente” y “Occidente”.44 Sin embargo, lo que importa para nosotros
son las dos negaciones en las que descansa este momento particular de
subjetividad: la negación, o al menos contestación, de la vida privada
burguesa y, de igual importancia, la negación del tiempo histórico al
convertir a la familia en el sitio donde lo sagrado y lo secular se
fusionaban en una representación perpetua de un principio que era
celestial y divino.
El espacio cultural invocado por este impulso antihistórico de ninguna
manera era armonioso o estaba libre de conflictos, aunque el
pensamiento nacionalista se veía obligado a retratarlo así. Las normas
antihistóricas de la familia extendida patriarcal, por ejemplo, sólo
podían tener una existencia debatida, contestada tanto por las luchas
de las mujeres como por las de las clases subalternas. Pero estas
luchas no necesariamente siguen líneas que nos permitan construir
narraciones de emancipación al poner claramente de un lado a los
“patriarcales” y del otro a los “liberales”. La historia de la
individualidad “india” moderna queda atrapada en demasiadas
contradicciones como para prestarse a semejante tratamiento.
No dispongo aquí de espacio para desarrollar este punto, así que me
conformaré con un ejemplo. Está tomado de la autobiografía de Ramabai
Ranade, esposa del famoso reformista social del siglo XIX que llegó a
la presidencia de Bombay, M. G. Ranade. La lucha de Ramabai Ranade por
salvar su respeto a sí misma en parte era contra el “viejo” orden
patriarcal de la familia extendida y en favor del “nuevo” patriarcado
del matrimonio en sociedad, el cual su esposo de ánimos reformistas
veía como la forma de lazo conyugal más civilizada. En la búsqueda de
este ideal, Ramabai empezó a compartir el compromiso de su esposo con
la vida pública y a menudo habría de tomar parte (en la década de 1880)
en reuniones y deliberaciones públicas de hombres y mujeres
reformistas. Como dice ella misma: “Fue en estas reuniones que supe lo
que era una reunión y cómo debía conducirse una en ellas”.45 Sin
embargo, curiosamente una de las principales fuentes de oposición a los
esfuerzos de Ramabai eran (aparte de los hombres) las demás mujeres de
la familia. Desde luego, no hay duda de que ellas, la suegra y las
hermanas de su esposo, hablaban en nombre de la antigua familia
extendida patriarcal. Pero resulta muy instructivo escuchar sus voces
(según se traslucen en el texto de Ramabai), pues también hablaban en
nombre de su propio sentido de respeto a sí mismas y sus propias formas
de lucha contra los hombres:
De verdad no deberías ir a esas reuniones [dijeron a Ramabai] […] Incluso si los hombres quieren que hagas estas cosas, deberías ignorarlos. No tienes que decir no: pero a fin de cuentas, no necesitas hacerlo. Se darán por vencidos, por puro aburrimiento […] Ya estás haciendo más que las mujeres europeas, inclusive.
O esto:
Es ella misma [Ramabai] la que gusta de esta frivolidad de acudir a las reuniones. Dada [el señor Ranade] no parece tan entusiasmado. ¿No debería tener un sentido de la proporción de cuánto deben hacer las mujeres en realidad? Si los hombres te mandan hacer cien cosas, las mujeres deberían hacer diez a lo sumo. Después de todo, ¡los hombres no entienden las cosas prácticas! […] La buena mujer [en el pasado] nunca era tan frívola […] Es por ello que esta enorme familia […] podría vivir junta de manera decente […] ¡Pero ahora todo es tan diferente! Si Dada sugiere una cosa, esta mujer quiere hacer tres. ¿Cómo podemos vivir entonces con un sentido del respeto a nosotras mismas y cómo podemos aguantar todo esto? (84-85)
Estas voces, al combinar los temas contradictorios del nacionalismo, de la ideología del clan patriarcal, de las luchas de las mujeres contra los hombres y opuestos al mismo tiempo a la amistad entre maridos y esposas, nos recuerda las profundas ambivalencias que caracterizaron la trayectoria de la vida privada moderna y de la individualidad burguesa en la India colonial. No obstante, los historiadores, mediante maniobras que recuerdan el viejo ardid “dialéctico” sacado de la manga de la “negación de la negación”, se las arreglan para negar una posición de sujeto a esta voz de ambivalencia. La evidencia de lo que he llamado “la negación de la vida privada burguesa y del sujeto histórico” se reconoce pero se subordina en sus relatos al propósito, supuestamente más elevado, de hacer que la historia de la India se vea como un episodio más de la marcha universal y (desde su punto de vista, finalmente) victoriosa de la ciudadanía, de la nación-Estado, de los temas de la emancipación humana enunciados en el curso de la Ilustración europea y a partir de entonces. Es la figura del ciudadano que habla a través de estas historias. Y mientras así sea, mi Europa hiperreal seguirá regresando también a dominar las historias que contamos. “Lo moderno” entonces seguirá siendo entendido, como tan atinadamente dice Meaghan Morris al examinar su propio contexto australiano, “como una historia conocida, algo que ya ha sucedido en otra parte, y que se reproducirá, mecánicamente o de otra manera, con un contenido local”. Esto sólo nos deja con la tarea de reproducir lo que Morris llama “el proyecto de la inoriginalidad positiva”.46
V
Con todo, la “originalidad” —acepto que no es un buen término— de
los lenguajes mediante los cuales se han llevado a cabo las luchas en
el subcontinente indio, a menudo se ha dado en la esfera de lo
no-moderno. Uno no tiene que avalar la ideología del patriarcado
clánico, por ejemplo, para reconocer que la metáfora de la familia
extendida patriarcal y santificada fue uno de los elementos más
importantes en la política cultural del nacionalismo indio. En la lucha
contra el dominio británico, a menudo fue el uso de este lenguaje —en
canciones, poemas y otras formas de movilización nacionalista— lo que
permitió a los “indios” fabricar un sentido de comunidad y recuperar
para sí mismos una posición de sujeto desde la cual dirigirse a los
británicos. Ilustraré esto con un ejemplo tomado de la vida de Gandhi,
“padre de la nación”, para destacar la importancia política de esta
maniobra cultural de parte de lo “indio”.
Mi ejemplo se remonta al
año 1946. Había habido horrendos disturbios entre hindúes y musulmanes
en Calcuta por la inminente partición del país en la India y Pakistán.
Gandhi estaba en la ciudad, ayunando en protesta por el comportamiento
de su propio pueblo. Y he aquí cómo un intelectual indio recuerda la
experiencia:
Los hombres regresaban de sus oficinas por la tarde y hallaban la comida preparada por la familia [o sea las mujeres] lista para ellos; pero pronto se hacía evidente que las mujeres de la casa no habían comido en todo el día. [Aparentemente] no habían tenido hambre. Al insistírsele, la esposa o la madre confesaría que no podía entender cómo podían comer cuando Gandhi estaba muriendo por sus propios crímenes. Restaurantes y centros de diversión tenían poca clientela; algunos de ellos cerraron voluntariamente por orden de sus propietarios […] El valor del sentimiento había sido restablecido, el dolor comenzó a sentirse […] Gandhiji sabía cuándo empezar el proceso de redención.47
No hay por qué tomar literalmente esta descripción, pero la
naturaleza de la comunidad imaginada en estas líneas queda clara.
Funde, en palabras de Gayatri Spivak, “el sentimiento de comunidad que
pertenece a los eslabones y organizaciones políticos nacionales” con
“ese otro sentimiento de comunidad cuyo modelo estructural es la
familia [o clan extendidos]”.48 La historia colonial india está llena
de ejemplos en los que los indios se arrogaron la posición de sujeto
para ellos mismos precisamente al movilizar, dentro del contexto de las
instituciones “modernas” y a veces en nombre del proyecto modernizador
del nacionalismo, instrumentos de la memoria colectiva que eran tanto
antihistóricos como antimodernos.49 Esto no significa negar la
capacidad de los “indios” para actuar como sujetos armados con lo que
nosotros en las universidades reconoceríamos como “un sentido de la
historia” (lo que Peter Burke llama “el renacimiento del pasado”), sino
insistir al mismo tiempo en que también había tendencias contrarias,
que en las variadas luchas que tuvieron lugar en la India colonial,
construcciones antihistóricas del pasado a menudo proporcionaban formas
muy poderosas de memoria colectiva.50
Así, existe este doble
vínculo a través del cual el sujeto de la historia “india” se articula
a sí mismo. Por un lado, es al mismo tiempo el sujeto y el objeto de la
modernidad, ya que simboliza una supuesta unidad llamada “el pueblo
indio” que siempre está dividido en dos —una élite modernizadora y un
campesinado por modernizar. Como tal sujeto dividido, empero, habla
desde el interior de una metanarración que celebra la nación-Estado; y
de esta metanarración el sujeto teórico sólo puede ser una “Europa”
hiperreal, una “Europa” construida por los relatos que tanto el
imperialismo como el nacionalismo han contado a los colonizados. El
estilo de autorrepresentación que lo “indio” puede adoptar aquí es lo
que Homi Bhabha ha llamado con justeza estilo “mimético”.51 La historia
india, incluso en manos de los escritores socialistas o nacionalistas
más dedicados, sigue siendo una imitación de un cierto sujeto “moderno”
de la historia “Europea” y tiene visos de llegar a representar una
lamentable figura de carencia y fracaso. La narración de la transición
siempre seguirá siendo “onerosamente incompleta”.
Por otro lado, las maniobras se llevan a cabo dentro del espacio de lo
“mimético” —y por ello dentro del proyecto llamado historia “india”—
para representar la “diferencia” y la “originalidad” de lo “indio”, y
es en pos de esta causa que los discursos se apropian de los
instrumentos antihistóricos de la memoria y de las “historias”
antihistóricas de las clases subalternas. Así, las construcciones de
los campesinos-trabajadores de reinos “míticos” y de pasados y futuros
“míticos” encuentran un lugar en textos denominados historia “india”
precisamente a través de un procedimiento que subordina estas
narraciones a las reglas de la evidencia y al calendario secular,
lineal, que la escritura de la “historia” debe seguir. Por ello, el
sujeto antihistórico, antimoderno, no puede hablar como “teoría” dentro
de los procedimientos de conocimiento de la universidad, incluso cuando
estos procedimientos de conocimiento reconocen y “documentan” su
existencia. De manera muy parecida a la categoría de “subalterno” de
Spivak (o el campesino del antropólogo que sólo puede tener una
existencia citada en un enunciado más amplio que sólo pertenece al
antropólogo), por este sujeto y de este sujeto sólo puede hablar la
narración de la transición que siempre acabará por privilegiar lo
moderno (es decir, “Europa”).52
Mientras uno siga operando dentro del discurso de la “historia”
producido en la sede institucional de la universidad, no será posible
sencillamente apartarse de la profunda colusión entre la “historia” y
la(s) narración(es) de la ciudadanía, la vida pública y privada
burguesa y la nación-Estado. La “historia” como un sistema de
conocimiento está firmemente engastada en las prácticas institucionales
que invocan a la nación-Estado a cada paso —véase por ejemplo la
organización y la política de la enseñanza, selección, promoción y
publicación de los departamentos de historia, políticas que sobreviven
los ocasionales intentos, valerosos y heroicos, por parte de
historiadores individuales de liberar la “historia” de la metanarración
de la nación-Estado. Sólo hay que preguntarse, por ejemplo: ¿Por qué la
historia es una materia obligatoria de la educación de la persona
moderna en todos los países hoy en día, incluyendo aquellos que se la
pasaron cómodamente sin hacerlo así hasta fines del siglo XVIII? ¿Por
qué los niños de todo el mundo hoy en día deben lidiar con una
asignatura llamada “historia”, cuando sabemos que esta obligatoriedad
no es ni natural ni antigua?53 No hace falta mucha imaginación para ver
que la razón de esto yace en lo que el imperialismo europeo y los
nacionalismos tercermundistas han logrado juntos: la universalización
de la nación-Estado como la forma más conveniente de comunidad
política. Las naciones-Estado tienen la capacidad para hacer cumplir
sus juegos de verdad, y las universidades, no obstante su distancia
crítica, son parte de la batería de instituciones cómplices de este
proceso. La “economía” y la “historia” son las formas de conocimiento
que corresponden a las dos instituciones más importantes que el
surgimiento (y más tarde universalización) del orden burgués ha dado al
mundo —el modo capitalista de producción y la nación-Estado (donde la
“historia” habla a la figura del ciudadano).54 Un historiador crítico
no tiene más opción que negociar este conocimiento. Ella o él, por
ende, necesita entender al Estado en sus propios términos, es decir, en
términos de sus narraciones autojustificantes de la ciudadanía y la
modernidad. Como estos temas siempre nos harán regresar a las
proposiciones universalistas de la filosofía política “moderna”
(europea) —incluso la ciencia “práctica” de la economía que ahora
parece “natural” para nuestras construcciones de los sistemas mundiales
está (teóricamente) enraizada en las ideas de la ética de la Europa del
siglo XVIII55— un historiador tercermundista está condenado a conocer a
“Europa” como el hogar original de lo “moderno”, mientras que el
historiador “europeo” nocomparte un predicamento comparable respecto a
los pasados de la mayor parte de la humanidad. Así continúa la
subalternidad cotidiana de las historias no-occidentales con la cual
abrí estas líneas.
Con todo, la comprensión de que todos “nosotros” hacemos historia
“europea” con nuestros archivos, diferentes y a menudo no europeos, da
lugar a la posibilidad de una política y proyecto de alianza entre las
historias dominantes de la metrópoli y los pasados subalternos
periféricos. Llamemos a este proyecto la provincialización56 de
“Europa”, la “Europa” que el imperialismo moderno y el nacionalismo
(tercermundista), mediante su empresa y violencia conjuntas, han hecho
universal. Filosóficamente, este proyecto debe arrancar del fundamento
de una crítica y trascendencia radical del liberalismo (es decir, de
las construcciones burocráticas de la ciudadanía, el Estado moderno y
la vida privada burguesa que la filosofía política clásica ha
producido), fundamento que los últimos escritos de Marx comparten con
ciertos momentos tanto del pensamiento postestructuralista como de la
filosofía feminista. En particular, al amparo de la valerosa
declaración de Carole Pateman —en su libro The Sexual Contract— me
atrevería a afirmar que la concepción misma del individuo moderno
pertenece a las categorías patriarcales de pensamiento.57
VI
El proyecto de provincializar a “Europa” se refiere a una historia
que todavía no existe; por tanto, sólo puedo hablar de él a futuro. Sin
embargo, para evitar un entendimiento equivocado de lo que sigue debo
decir explícitamente lo que no es, mientras esbozo lo que podría ser.
Para empezar, no pide un rechazo simplista, indiscriminado de la
modernidad, valores liberales, universales, ciencia, razón, narraciones
omnímodas, explicaciones totales, etcétera. Fredric Jameson
recientemente nos ha recordado que la fácil equiparación hecha con
frecuencia entre “una concepción filosófica de la totalidad” y “una
práctica política del totalitarismo” es “funesta”.58 Lo que interviene
entre las dos cosas es la historia —luchas contradictorias, plurales y
heterogéneas cuyos resultados nunca son predecibles, ni siquiera en
retrospectiva, de acuerdo con esquemas que buscan naturalizar y
domesticar esta heterogeneidad. Estas luchas incluyen la coerción
(tanto en nombre como en contra de la modernidad) —violencia física,
institucional y simbólica, a menudo administrada con un idealismo
absorto— y es esta violencia la que tiene un papel decisivo en el
establecimiento del significado, en la creación de los regímenes de
verdad, al decidir, por así decirlo, cuáles “universales”, y de quién,
ganan. Como intelectuales que actuamos en la academia, no somos
neutrales en estas luchas y no podemos pretender situarnos fuera de los
procedimientos de conocimiento de nuestras instituciones.
El proyecto de provincializar a “Europa”, por ello, no puede ser un
proyecto de “relativismo cultural”. No se puede originar de la postura
según la cual la razón-ciencia-universales que ayudan a definir a
Europa como lo moderno sencillamente son de una naturaleza cultural
específica y por ende pertenecen sólo a las culturas europeas. No se
trata de mostrar que el racionalismo de la Ilustración siempre es
irracional en sí mismo, sino más bien es cuestión de documentar cómo
—mediante cuáles procesos históricos— su “razón”, la cual no siempre
fue evidente de suyo para todos, ha sido presentada de manera que se
vea “obvia” más allá de los terrenos en que se originó. Si una lengua,
como se ha dicho, no es sino un dialecto respaldado por un ejército, lo
mismo podría decirse de las narraciones de la “modernidad” que, casi de
manera universal actualmente, señalan una cierta “Europa” como el
hábitat primario de lo moderno.
Es demostrable que esta Europa, al igual que “Occidente”, es una
entidad imaginaria, pero la demostración como tal no disminuye su
atractivo o poder. El proyecto de provincializar a “Europa” tiene que
incluir ciertas medidas adicionales: 1) el reconocimiento de que la
atribución por parte de Europa del adjetivo moderno para ella misma es
una pieza de historia global de la cual es una parte integrante el
relato del imperialismo europeo, y 2) la comprensión de que esta
equiparación de una cierta versión de Europa con la “modernidad” no es
obra exclusiva de los europeos; los nacionalismos tercermundistas, como
ideologías modernizadoras par excellence, han sido socios a partes
iguales en este proceso. No pretendo pasar por alto los momentos
antiimperialistas en las trayectorias de estos nacionalismos; sólo
subrayo que el proyecto de provincializar a “Europa” no puede ser un
proyecto nacionalista, autoctonista o atavista. Al desenredar el
inevitable enredo de la historia —una forma disciplinada e
institucionalmente regulada de memoria colectiva— con las narraciones
globales de los “derechos”, la “ciudadanía”, la nación-Estado, las
esferas “pública” y “privada”, uno no puede sino exponer la
problemática de “la India” al mismo tiempo que desmantela a “Europa”.
La idea es escribir en la historia de la modernidad las ambivalencias,
contradicciones, uso de la fuerza y las tragedias e ironías que la
acompañan. Es innegable que la retórica y las reivindicaciones de la
igualdad (burguesa), de derechos de los ciudadanos, de la
auto-determinación mediante una nación-Estado soberana, en muchas
circunstancias han dado poder a grupos sociales marginados en sus
luchas —este reconocimiento es indispensable para el proyecto de
Subaltern Studies. Sin embargo, a lo que de hecho se le resta
importancia en las historias que implícita o explícitamente celebran el
advenimiento del Estado moderno y la idea de la ciudadanía, es la
represión y la violencia que son herramientas tan importantes en la
victoria de lo moderno como el poder de convencimiento de sus
estrategias retóricas. No hay lugar donde esta ironía —los fundamentos
antidemocráticos de la “democracia”— sea más visible que en la historia
de la medicina moderna, higiene pública y la higiene personal, cuyos
discursos han sido centrales en la ubicación del cuerpo de lo moderno
en la intersección de lo público y lo privado (tal como queda definido
por el Estado y sujeto a las negociaciones con éste). Sin embargo, el
triunfo de este discurso siempre ha dependido de la movilización, en su
nombre, de medios efectivos de coerción física. Digo “siempre” porque
esta coerción es tanto originaria-fundacional (o sea, histórica) como
pandémica y cotidiana. De la violencia fundacional David Arnold da un
buen ejemplo en un ensayo reciente sobre la historia de la cárcel en la
India. La coerción de la prisión colonial, como muestra Arnold, era
parte integrante de algu-nas de las primeras y pioneras investigaciones
sobre las estadísticas médicas, dietéticas y demográficas de la India,
pues la prisión fue donde los cuerpos indios estaban a disposición de
los investigadores que promovían la modernización.59 De la coacción que
continúa en nombre de la nación y la modernidad, tomo un ejemplo
reciente de la campaña india de erradicación de la viruela en los años
setenta. Dos médicos estadounidenses (uno de ellos presumiblemente de
origen “indio”) que participaron en el proceso describen de esta manera
sus operaciones en una aldea de la tribu Ho en el estado indio de Bihar:
A mitad de la serena noche india, un intruso irrumpió a través de la puerta de bambú de la humilde choza de adobe. Era un vacunador del gobierno con órdenes de combatir la resistencia a la vacuna contra la viruela. Lakshmi Singh se despertó gritando y como pudo corrió a esconderse. Su esposo saltó de la cama, tomó un hacha, y sacó al intruso hacia el frente de la casa. Afuera había un escuadrón de médicos y po-licías que de inmediato sometió a Mohan Singh. Tan pronto como lo tenían tendido en el piso, otro vacunador inyectó la vacuna contra la viruela en su brazo. Mohan Singh, un enjuto y nervudo dirigente de la tribu Ho de cuarenta años de edad, retorció su brazo para apartarlo de la aguja, haciendo que el piquete sangrara. La cuadrilla del gobierno lo sujetó hasta que lograron inyectarle suficiente vacuna […] Mientras dos policías lo regañaban, el resto de la cuadrilla sometió al resto de la familia y vacunó a cada miembro, uno por uno. Lakshmi Singh mordió con fuerza la mano de uno de los médicos, pero no sirvió de nada.60
No hay forma de ignorar el idealismo que acompaña esta violencia.
El subtítulo del artículo en cuestión inconscientemente reproduce los
instintos tanto militares como de beneficencia de la empresa. Dice:
“Cómo un ejército de samaritanos expulsó la viruela de la tierra”.
Las historias que tratan de desplazar a una Europa hiperreal del centro
hacia el cual toda la imaginación histórica gravita actualmente,
tendrán que buscar sin descanso esta conexión entre la violencia y el
idealismo que yace en el corazón del proceso por el cual las
narraciones de la ciudadanía y la modernidad llegan a encontrar un
hogarnatural en la “historia”. Tengo aquí un desacuerdo fundamental con
la postura asumida por Richard Rorty en un debate con Jürgen Habermas.
Rorty critica a Habermas por la convicción de éste “de que el relato de
la filosofía moderna es una parte importante del relato de los intentos
de las sociedades democráticas por tranquilizar sus conciencias”.61 La
declaración de Rorty es consecuente con la práctica de muchos
europeístas que hablan de las historias de estas “sociedades
democráticas” como si éstas fueran historias autónomas, completas en sí
mismas, como si la autoconstrucción de Occidente fuera algo que ocurrió
sólo dentro de las fronteras geográficas que se puso a sí mismo. Por
decir lo menos, Rorty ignora el papel que el “teatro colonial” (tanto
externo como interno) —en el que el tema de la “libertad” tal y como
queda definido por la filosofía política moderna, se invocaba
constantemente en auxilio de las ideas de “civilización”, “progreso” y
más tarde “desarrollo”— ha tenido en el proceso de generar esta
“tranquilidad”. La tarea, como la veo, será combatir estas ideas que
legitiman al Estado moderno y su séquito de instituciones, para que
regresen a la filosofía política —de la misma manera en que monedas
sospechosas regresan a sus dueños en un bazar indio— sus categorías,
cuyo curso legal mundial ya no puede darse por sentado.62
Y, por último, —como “Europa”, después de todo, no puede
provincializarse dentro de la sede institucional de la universidad,
cuyos protocolos de conocimiento siempre nos llevarán de regreso al
terreno donde todos los contornos siguen los de mi Europa hiperreal— el
proyecto de provincializar a Europa debe realizar dentro de sí su
propia imposibilidad. Por ello contempla una historia que encarna esta
política de la desesperanza. Ya habrá quedado claro en este punto que
no pido una relativismo cultural o historias atavistas, nativistas.
Tampoco se trata de un programa para un simple rechazo de la
modernidad, lo cual sería, en muchas situaciones, un suicidio político.
Pido una historia que deliberadamente haga visible, dentro de la
estructura misma de sus formas narrativas, sus propias estrategias y
prácticas de represión, el papel que tiene en colusión con las
narraciones de ciudadanías al asimilarse a los proyectos del Estado
moderno por encima de todas las demás posibilidades de la solidaridad
humana. La política de la desesperanza requerirá de una historia tal,
que esclarezca a sus lectores las razones de por qué semejante
predicamento es necesariamente ineludible. Se trata de una historia que
tratará lo imposible: mirar hacia su propia muerte al rastrear aquello
que se resiste y escapa al mejor esfuerzo humano de traducción a través
de sistemas culturales u otro tipo de sistemas semióticos, para que el
mundo pueda una vez más ser imaginado como profundamente heterogéneo.
Esto, como tengo dicho, es imposible dentro de los protocolos de
conocimiento de la historia académica, pues la globalidad del mundo
académico no es independiente de la globalidad que la categoría europea
de lo moderno ha creado. Intentar provincializar esta “Europa” es ver
lo moderno como inevitablemente contestado, es escribir encima de las
narraciones dadas y privilegiadas de la ciudadanía otras narraciones de
las conexiones humanas que se alimentan de pasados y futuros soñados
donde las colectividades no se definen por los rituales de la
ciudadanía ni por la pesadilla de la “tradición” que es creada por la
“modernidad”. Desde luego, no hay sedes (infra)estructurales en las que
tales sueños puedan habitar. No obstante, estos sueños se repetirán
mientras los temas de la ciudadanía y de la nación-Estado sigan
dominando nuestras narraciones de la transición histórica, pues estos
sueños son lo que lo moderno reprime para poder ser.
NOTAS
1 Ranajit Guha y Gayatri Chakravorty Spivak, editores, Selected
Sublatern Studies, Nueva York, 1988; Ronald Inden, “Orientalist
Constructions of India”, Modern Asian Studies 20, número 3 (1986): 445.
2 Debo a Jean Baudrillard el término hiperreal (véase su libro Simulations, Nueva York, 1983), aunque mi uso difiere del suyo.
3 Linda Hutcheon, The Politics of Postmodernism, Londres, 1989, p. 65.
4 Edmund Husserl, The Crisis of European Sciences and Transcendental
Philosophy, traducción de David Carr, Evanston, Ill., 1970, pp. 281-85.
Véase también Wilhelm Halbfass, India and Europe: An Essay in
Understanding, Nueva York, 1988, pp. 167-168.
5 Véase este argumento en Karl Marx, Grundrisse: Foundations of the
Critique of Political Economy, trad. de Martin Nicholas, Harmondsworth,
1973, pp. 469-512; y en Marx, Capital: A Critique of Political Economy,
3 vols., Moscú, 1971, vol. 3, pp. 593-613.
6 Véase Dipesh Chakrabarty, Rethinking Working-Class History: Bengal, 1890-1940, Princeton, 1989, capítulo 7.
7 Marx, Capital, vol. 1, p. 60.
8 Marx, Grundrisse, p. 105.
9 Véase Chakrabarty, Rethinking Working-Class History, capítulo 7, en particular.
10 Sumit Sarkar, Modern India, 1885-1947, Delhi, 1985, p. 1.
11 Guha y Spivak, Selected Subaltern Studies, p. 43. Las palabras
citadas son de Guha. Pero creo que representan un sentido de
responsabilidad historiográfica que es compartido por todos los
miembros del grupo de Subaltern Studies.
12 Alexander Dow, History of Hindostan, 3 vols., Londres, 1812-1816, dedicatoria, vol. 1.
13 Véase L. T. Hobhouse, Liberalism, Nueva York, 1964, pp. 26-27.
14 Nirad C. Chaudhuri, The Autobiography of an Unknown Indian, Nueva York, 1989, dedicatoria.
15 Partha Chatterjee, Nationalist Thought and the Colonial World: A Derivative Discourse?, Londres, 1986.
16 Mudhusudan rachanabali [en bengalí], Calcuta, 1965, p. 449. Véase
también Jogindranath Basu, Michael Madhusudan Datter jibancharit [en
bengalí], Calcuta, 1978, p. 86.
17 Mi comprensión de este poema se ha enriquecido de las conversaciones con Marjorie Levinson y David Bennett.
18 No estoy afirmando que todos estos géneros emergen necesariamente
con el individualismo burgués. Véase Natalie Zemon Davis, “Fame and
Secrecy: Leon Modena’s Life as an Early Modern Autobiography”, History
and Theory 27 (1988): 103-118; y Davis, “Boundaries and Sense of Self
in Sixteenth-Century France”, en Thomas C. Heller et al., eds.,
Reconstructing Individualism: Autonomy, Individuality, and the Self in
Western Thought, Stanford, Calif., 1986, pp. 53-63. Véase asimismo
Philippe Lejeune, On Autobiography, trad. de Katherine Leary,
Minneapolis, 1989, pp. 163-184.
19 Véase el capítulo sobre Nehru en Chatterjee, Nationalist Thought.
20 M. K. Gandhi, Hind Swaraj (1909), en Collected Works of Mahatma Gandhi, vol. 10, Ahmedabad, 1963, p. 15.
21 Véase el estudio de Gauri Visvanathan, Masks of Conquest: Literary
Studies and British Rule in India, Londres, 1989, pp. 128-141, passim.
22 Ranajit Guha, Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial India, Nueva Delhi, 1983, capítulo 2.
23 William E. Connolly, Political Theory and Modernity, Oxford, 1989.
Véase también David Bennett, “Postmodernism and Vision: Ways of Seeing
(at) the End of History” (de próxima aparición).
24 Jürgen Habermas, The Structural Transformation of the Public Sphere:
An Inquiry into a Category of Bourgeois Society, Cambridge, Mass.,
1989, p. 49.
25 Véase Sumit Sarkar, “Social History: Predicament and Possibilities”,
en Iqbal Khan, ed., Fresh Perspective on India and Pakistan. Essays on
Economics, Politics, and Culture, Oxford, 1985, pp. 256-274.
26 Por razones de espacio, dejaré esta afirmación sin fundamentar aquí,
aunque espero tener la oportunidad de examinarla detenidamente en otro
lugar. Debería matizar esta declaración mencionando que se refiere
principalmente a las autobiografías publicadas entre 1850 y 1910. Una
vez que las mujeres se integran a la esfera pública en el siglo XX, la
elaboración de su yo adquiere dimensiones diferentes.
27 Nirad C. Chaudhuri, Thy Hand, Great Anarch!: India, 1921-1952, Londres, 1987, pp. 350-351.
28 Véase Karl Marx, On the Jewish Question, en Early Writings, Harmondsworth, Ingl., 1975, pp. 215-222.
29 Véase un tratamiento más detallado de lo que sigue en mi “Colonial
Rule and the Domestic Order”, que aparecerá en David Arnold y David
Hardiman, eds., Subaltern Studies, vol. 8.
30 Meredith Borthwick, The Changing Role of Women in Bengal, 1849-1905,
Princeton, N. J., 1984; Ghulam Murshid, Reluctant Debutante: Response
of Bengali Women to Modernisation, 1849-1905, Rajshahi, 1983. Acerca de
la historia de la palabra civilización, véase Lucien Febvre,
“Civilization: Evolution of a Word and a Group of Ideas”, en Peter
Burke, ed., A New Kind of History: From the Writings of Febvre,
traducción de K. Folca, Londres, 1973, pp. 219-257. Debo esta
referencia a Peter Sahlins.
31 James Mill, The History of British India, vol. 1, editado por H. H. Wilson, Londres, 1840, pp. 309-310.
32 Borthwick, Changing Role.
33 El texto clásico en el que este supuesto se ha trabajado hasta
convertirlo en una filosofía es desde luego la Philosophy of Right de
Hegel, traducción de T. M. Knox, Oxford, 1967, pp. 110-122. Véase
asimismo Joanna Hodge, “Women and the Hegelian State”, en Ellen Kennedy
y Susan Mendus, editores, Women in Western Philosophy, Brighton, Ingl.,
1987, pp. 127-158; Simon During, “Rouseau’s Heirs: Primitivism,
Romance, and Other Relations Between the Modern and the Nonmodern” (de
próxima aparición); Joan B. Landes, Women and the Public Sphere in the
Age of the French Revolution, Ithaca, N. Y., 1988; Mary Ryan, Women in
Public: Between Banners and Ballots, 1825-1880, Baltimore, 1990.
34 Anónimo, Streesiksha, vol. 1, Calcuta, 1877, pp. 28-29.
35 Desarrollo este argumento más detenidamente en Dipesh Chakrabarty,
“Open Space/Public Place: Garbage, Modernity, and India”, South Asia
(de próxima aparición).
36 Dinabandhu racanabali, editado por Kshetra Gupta, Calcuta, 1981, p. 138.
37 Borthwick, Changing Role, p. 105.
38 Examino esto con más profundidad en Chakrabarty, “Colonial Rule”.
39 Indira Devi, Narir ukti, Calcuta, 1920, dedicatoria.
40 Deenanath Bandyopadhyaya, Nanabishayak prabandha, Calcuta, 1887, pp.
30-31. Véase una genealogía de los términos esclavitud y libertad según
se usaban en el discurso colonial en la India británica en Gyan
Prakash, Bonded Histories: Genealogies of Labor Servitude in Colonial
India, Cambridge, 1990.
41 Peter Burke, The Renaissance Sense of the Past, Londres, 1970.
42 Bikshuk [Chandrasekhar Sen], Ki holo!, Calcuta, 1876, p. 77.
43 David Kinsley, Hindu Goddesses: Visions of the Divine Feminine in
the Hindu Religious Tradition, Berkeley, 1988, pp. 19-31; Manomohan
Basu, Hindu acar byabahar, Calcuta, 1873, p. 60; H. D. Bhattacharya,
“Minor Religious Sects”, en R. C. Majumdar, editor, The History and
Culture of the Indian People: The Age of Imperial Unity, vol. 2,
Bombay, 1951, pp. 469-471; Upendranath Dhal, Goddess Lakshmi: Origin
and Development, Delhi, 1978. La expresión panteísmo cotidiano me fue
sugerida por Gayatri Chakravorty Spivak (comunicación personal).
44 Véase el capítulo dedicado a Bankim en Chatterjee, Nationalist Thought.
45 Ranade: His Wife’s Reminiscences, traducción de Kusumavati Deshpande, Delhi, 1963, p. 77.
46 Meaghan Morris, “Metamorphoses at Sydney Tower”, New Formations 11 (verano de 1990), p. 10.
47 Amiya Chakravarty, citado por Bhikhu Parekh, Gandhi’s Political Discourse, Londres, 1989, p. 163.
48 Gayatri Chakravorty Spivak, “Can the Subaltern Speak?”, en Cary
Nelson y Lawrence Grossberg, eds., Marxism and the Interpretation of
Culture, Urbana, Ill., 1988, p. 277.
49 Véase Subaltern Studies, vols. 1-7, Delhi, 1982-1992; y Ashis Nandy,
The Intimate Enemy: Loss and Recovery of Self Under Colonialism, Delhi,
1983.
50 Subaltern Studies, vols. 1-7, y Guha, Elementary Aspects.
51 Homi Bhabha, “Of Mimicry and Man: The Ambivalence of Colonial
Discourse”, en Annette Michelson et al., eds., October: The First
Decade, 1976-1986 Cambridge, Mass., 1987, pp. 317-326; y también
Bhabha, editor, Nation and Narration, Londres, 1990.
52 Spivak, “Can the Subaltern Speak?” Véase asimismo la entrevista de
Spivak publicada en Socialist Review 20, número 3 (julio-septiembre de
1990), pp. 81-98.
53 Acerca de la estrecha conexión entre las ideologías imperialistas y
la enseñanza de la historia en la India colonial, véase Ranajit Guha,
An Indian Historiography of India: A Nineteenth-Century Agenda and Its
Implications, Calcuta, 1988.
54 Sin que hayan de quedar implicados en todo este argumento, podría
mencionar que hay paralelos aquí entre mi declaración y lo que Gyan
Prakash y Nicholas Dirks han dicho en otro lugar. Véase Gyan Prakash,
“Writing Post-Orientalist Histories of the Third World: Perspectives
from Indian Historiography”, Comparative Studies in Society and History
32, número 2 (abril de 1990), pp. 383-408; Nicholas B. Dirks, “History
as a Sign of the Modern”, Public Culture 2, número 2 (primavera de
1990), pp. 25-33.
55 Véase Amartya Kumar Sen, Of Ethics and Economics, Oxford, 1987. En A
History of Japanese Economic Thought, Tessa Morris-Suzuki hace una
interesante lectura a este respecto. Agradezco a Gavan McCormack el
haber dirigido mi atención a este libro.
56 En el original provincializing. Provincialize es un verbo que puede
significar “poner bajo control o influencia de la provincia” o “volver
porvincial o provinciano” [N. del T.].
57 Carole Pateman, The Sexual Contract, Stanford, Calif., 1988, p. 184.
58 Fredric Jameson, “Cognitive Mapping”, en Nelson y Grossberg, Marxism and the Interpretation of Culture, p. 354.
59 David Arnold, “The Colonial Prison: Power, Knowledge, and Penology
in Nineteenth-Century India”, en Arnold y Hardiman, Subaltern Studies,
vol. 8. He examinado algunos de estos aspectos en un artículo en
bengalí: Dipesh Chakrabarty, “Sarir, samaj, o rashtra: Oupanibeshik
bharate mahamari o janasangskriti”, Anustup, 1988.
60 Lawrence Brilliant con Girija Brilliant, “Death for a Killer
Disease”, Quest, mayo-junio de 1978, p. 3. Debo esta referencia a Paul
Greenough.
61 Richard Rorty, “Habermas and Lyotard on Postmodernity”, en Richard
J. Bernstein, editor, Habermas and Modernity, Cambridge, Mass., 1986,
p. 169.
62 Véase una lectura interesante y revisionista de Hegel en este
sentido en el debate entre Charles Taylor y Partha Chatterjee en Public
Culture 3, número 1 (1990). Mi libro Rethinking Working-Class History
intenta abrir brecha en esta dirección.






































