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El paso castellano

Enviado por Corresponsal cinosargo el 17/10/2008 a las 18:01
Corresponsal cinosargo

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El paso castellano
Marcel Prévost

El viejo y pequeño castillo de Vornay, en los tiempos en que Margarita y Pedro se hablaron por primera vez, no tenía ya más moradores que a la misma Margarita y a su padre, a quien en la comarca unos llamaban el vizconde y otros el baroncillo. Vizconde Vornay era su título: los segundones de esta antigua familia del Berry poseían el castillo «desde tiempo inmemorial», como rezaba en las actas notariales; pero ¿por qué le llamaban baroncillo? Las personas que estaban bien informadas descubrían en esto una alusión a cierto vizconde de Vornay, abuelo del actual, que en tiempos de la Revolución había emigrado a Londres, y que había vuelto a sus lares después de haberse casado con una inglesa riquísima. Luego, la fortuna de los Vornay había ido disminuyendo lentamente, como suele ocurrir con las fortunas cuya base son las tierras, cuando no las vivifica inteligente actividad. Añádase a esto que, de padres a hijos, los Vornay eran jugadores: cuando uno de ellos iba a Bourges, aligeraba su bolsillo de cincuenta luises, y si llegaba hasta París, en la capital dejaba diez mil libras. Y he ahí como, allá por el año de 1840, época en la cual Margarita y Pedro intercambiaron por primera vez algunas palabras, el vizconde de Vornay, padre de la muchacha, conservaba, por todo patrimonio, el viejo y pequeño castillo, unas cincuenta hectáreas de tierra entre bosque y praderas, y el extraño título de baroncillo.

La servidumbre del baroncillo la componía un matrimonio, Antonio y Catalina, cocinera ella, ayuda de cámara y cochero él, los cuales, desde hacía algunos años, habían perdido la costumbre de cobrar su salario.

Cuidaban con esmero del castillo, cuyo mobiliario, renovado cuando se había casado el baroncillo, excitaba su orgullo. Entonces se habían relegado al desván las sillas con medallones, las butacas de esculpida madera, los armoniosos y carcomidos canapés, los tremós antiguos y todos los objetos que contaban la historia de los últimos cien años. Todo había sido reemplazado por muebles nuevos de purísimo estilo Luis Felipe, y en el castillo se encontraban grandes espejos con marcos dorados, sólidos divanes de caoba tapizados con terciopelo rojo, y macizos sillones recubiertos con reps.

Antonio estaba especialmente encargado de la jauría y de las cuadras. La jauría conservada a costa de mil sacrificios por parte del señor de Vornay, que era un cazador meritísimo, siempre había contado, cuando menos, con diez cabezas. En cuanto a las cuadras, bien montadas en vida de la señora de Vornay, habían decaído mucho después de su muerte, por falta de dinero. Y pronto no quedó más que un caballo padre, de brillante historia, llamado Puf, que el baroncillo montaba al ir de caza, y una yegua pequeñita y mansa, a la cual llamaban Carcamala. Esta yegua, Margarita la utilizaba todos los domingos para ir a misa. La hija del baroncillo montaba la yegua, la cual, trotando tranquilamente, la llevaba hasta la iglesia. Nadie la acompañaba, pues el vizconde era un poco libertino y descreído. Pero no importaba que la joven fuese sola, pues en la comarca no corría el menor riesgo. Mientras duraban los oficios religiosos, Carcamala quedaba en libertad, y en compañía de otros modestos cuadrúpedos que, como ella, habían llevado a sus dueños a misa, roía las hierbas que crecían en el pórtico.

Un domingo del mes de enero de ese mismo año de 1840, Carcamala volvió de la iglesia tosiendo de manera que no dejaba de causar inquietud. Antonio la cuidó lo mejor que pudo; Margarita y el señor de Vornay le ayudaron, y hasta enviaron a buscar al veterinario. Todo fue inútil. La noche del miércoles fue la última de la pobre yegua. Esta pérdida fue causa de que los lindos ojos de Margarita se llenasen de lágrimas. Y la lloró durante muchos años, pues como vivía casi siempre sola, el pasado se le antojaba siempre reciente.

-Con todo -pensaba,- si Carcamala no hubiese muerto, quizá nunca hubiese hablado con Pedro.

Por su parte, Pedro tampoco había de olvidar nunca cierto sábado por la noche en que Antonio lo fue a buscar diciéndole que el señor vizconde deseaba hablarle.

Entonces Pedro acababa de cumplir los dieciséis años. Era un muchacho delgado, enfermizo; su pálida cara estaba cubierta de pecas, y su pelo era tan rubio que casi parecía blanco. Nadie lo hubiera tomado por lo que era, por el hijo de un jardinero, el hijo del tío Nicolás, que en Vornay mismo poseía, muy cerca del castillo, unas sesenta áreas de tierra en las que cultivaba hortalizas. Pero a Pedro no lo habían criado para que cultivase la tierra, y sus padres, que se decía que eran ricos, le hacían estudiar con el señor cura para que fuese sacerdote.

Cuando introdujeron a Pedro en el comedor del castillo, lugar en donde ordinariamente recibían el baroncillo y su hija, no se acordó de mirar, como se había prometido hacerlo, el mobiliario de que tanto se hablaba: el aparador de roble comprado en París, los sillones de piel de cerdo y los cortinajes de terciopelo. Lo único que vio fue a un viejo delgado, vestido con traje de terciopelo negro, que estaba sentado junto al hogar y tenía a sus pies a una perra que apoyaba su enorme hocico en los fuertes zapatos del cazador; no vio más que al vizconde, y en el fondo, en la penumbra, a una jovencita de veinte años, vestida de negro también, que inclinaba la cabecita sobre una tira de hule verde recubierta de batista, una cabecita que adornaban bucles castaños peinados a la inglesa.

-Señor, aquí está el chico -había dicho Antonio al hacer entrar a Pedro.

El señor de Vornay se quitó la pipa de la boca, escupió en la lumbre, rechazó a la perra, que hizo oír un sordo gruñido, y volvió hacia Pedro su cara chupada, con ojos de halcón y facciones duras.

-¿Eres tú, muchacho?

Y después de un momento de pausa, añadió:

-Tú vas a misa todos los domingos, ¿verdad?

-Sí, señor conde.

-Es muy natural, puesto que quieres ser cura... mejor sería que trabajases como tus padres, pero puesto que ellos lo quieren así, allá se las compongan... En fin, oye: Antonio me ha dicho que todos los domingos vas a misa montado en una jaca...

-Sí, señor; la jaca que mi madre lleva al mercado.

-Pues bien...

La voz del baroncillo enronqueció; escupió de nuevo, y mirando luego a Pedro de modo casi amenazador, repuso:

-Pues bien; ya sabes que la yegua de la señorita murió el miércoles... le compraré otra, claro está, en la próxima feria..., y en cuanto encuentre un animal que me convenga...; pero mañana es domingo, y la señorita no tiene a nadie que la lleve a la iglesia... ¿Quieres llevarla tú, a ancas, como se dice?... Ni tú ni ella pesáis mucho... y, además, una vez es una vez... ¡Qué!... ¿No contestas? Di sí o no...

Pedro, colorado hasta la raíz del pelo, balbució:

-Yo, señor conde, con muchísimo gusto...

Entonces el baroncillo se dirigió a su hija y le dijo:

-Pues ya lo sabes, Margarita. Este muchacho te llevará mañana, y así no perderás la misa... Pero oye, ¿tu jaca es mansa? -añadió volviéndose hacia Pedro.

-Señor conde -respondió el muchacho, que poco a poco recobraba su aplomo,- es un animal excelente, al que se puede gobernar con un hilo de lana.

Y con entonación no exenta de orgullo, agregó:

-Marca admirablemente el paso castellano.

Esta noticia no causó ninguna impresión al baroncillo, pero en cambio, la señorita Margarita volvió hacia Pedro su linda cara y le dijo:

-Gracias, Pedro.

Preciso es creer que el año aquel las ferias del Berry estuviesen desprovistas de jacas, o que el vizconde estuviese muy ocupado cazando, pues los domingos sucedieron a los domingos sin que se reemplazase a Carcamala.

Margarita se abstenía de reclamar, pues sabía que, salvo para la jauría, el vizconde no era amigo de hacer gastos. Por lo demás, ¡salía tan raras veces!... Mientras no perdiese la misa, se daba por satisfecha saliendo a pasear a pie.

El primer domingo que siguió a la muerte de Carcamala, a eso de las nueve y cuarto, Pedro, caballero sobre Joyera, se detuvo ante la puerta del castillo. Joyera era la jaca; Pedro echó pie a tierra, y desde la ventana, una voz juvenil le gritó:

-Enseguida bajo, Pedro.

Y momentos después Margarita aparecía en lo alto de la escalinata.

-¡Buenos días, señorita!

-Buenos días, Pedro. ¿Nos vamos?

-Cuando la señorita guste.

-Pues en marcha. Monte primero.

De un salto Pedro se plantó a horcajadas sobre Joyera, y tendió luego la mano a Margarita, la cual, apoyándose en el estribo, se sentó en la grupa. Y echaron a andar.

El camino que conducía a la iglesia desaparecía inmediatamente entre el bosque de encinas que rodeaba al castillo. Al salir de él se entraba en una vasta llanura cubierta de violáceos brezos, y se daba la vuelta a un grupo de casas que llamaban el Priorado. Luego, por un puente rústico, se cruzaba el arroyo llamado Airelle, y enseguida se llegaba a la carretera, por la cual en cinco minutos se llegaba al burgo y a la iglesia.

En la carretera se encontraba a la gente que iba a misa; a pie unos, en coche o montados otros. Con frecuencia, en el mismo caballo o en la misma mula se veía a un hombre y a una mujer, y por lo mismo a nadie extrañó que la señorita de Vornay se hiciese llevar a ancas por Pedro, a quien, por otra parte, todos consideraban ya como a un sacerdote. En esa región, esencialmente tradicional, las costumbres siguen siendo, y así seguirán todavía por espacio de muchos años, benévolas y sencillas.

Y los domingos sucedieron a los domingos, renovando, para Pedro y Margarita de Vornay, el acostumbrado paseo, que únicamente se diferenciaba según el aspecto que las estaciones daban al paisaje. Y hubo lluviosos domingos de otoño, y al tiempo que los encinares enrojecían, el cielo semejaba un cristal esmerilado. El paraguas de Margarita goteaba en el cuello de Pedro sin que éste se quejase. Hubo domingos de hielo, después de una semana de nieve, en los cuales el campo parecía ser de terciopelo blanco con adornos de transparente cristal. Con frecuencia, en los domingos de verano, el sol picaba de firme, y Margarita, quitándose el chal, se lo daba a Pedro para que éste se lo llevase... Y hubo domingos de primavera en los cuales, embriagados por el perfume de juventud que la tierra exhalaba, al llegar al pie de la escalinata del viejo y pequeño castillo, se decían sin mirarse:

-Hasta el domingo, Pedro.

-Hasta el domingo, señorita.

Y unos a otros, los domingos se fueron sucediendo... Y pasaron meses, y pasaron años... Entre el continuo flujo de las cosas, cierto destino oscuro parecía querer que sólo este paseo dominical siguiese siendo lo que siempre había sido.

El señor de Vornay murió. Los padres de Pedro también murieron. Varios párrocos desfilaron por la parroquia. Una crecida se llevó el puente del Airelle y construyeron otro de piedra. Se revocó la fachada de la iglesia. Campos de arbustos se convirtieron en tallares, y bosques enteros fueron talados para que descubriesen, desde el camino, horizontes nuevos. En el Priorado se quemó una casa... pero todos los domingos Pedro, Margarita y Joyera se reunían a la puerta del castillo. Margarita, la pobre huérfana, no se casó. Pedro, cuya salud fue considerada demasiado delicada para que entrase en el seminario, no fue sacerdote. Y su vida fue casta como la de un abate, y vivió con los bienes que le dejaron sus padres.

A los domingos de verano sucedieron los domingos de invierno, y el tiempo pasó... La hermosa y fina flor de la juventud se marchitó en el rostro de la señorita de Vornay. Pedro empezó a encorvarse ligeramente, y mil arrugas precoces surcaron su frente y señalaron patas de gallo al lado de sus ojos. Ninguno de los dos se preocupaba por envejecer, y de domingo a domingo se veían siempre con la misma alegría, montaban juntos a Joyera, la cual seguía marcando el paso castellano, aun cuando de año en año perdía la soltura y la elegancia.

Allá lejos, por el lado de París, ocurrieron grandes cosas, de las cuales el contragolpe llegó muy debilitado hasta el fondo de aquel lugar campesino y casi salvaje. Del mismo modo que se lee la historia de otras épocas, Margarita y Pedro se enteraron de que la república sucedía al rey, luego que el emperador sucedía a la república, y que de nuevo la república venía a suceder al emperador.

Pedro llegó a ser un viejecito cuya edad resultaba difícil de precisar, pero un viejecito al fin. Y en los bucles peinados a la inglesa de la señorita de Vornay, aparecieron muchas hebras de plata.

Un domingo de abril, en el momento en que Pedro, con relativa agilidad, ayudaba a la solterona viejecita a que echase pie a tierra, ésta le dijo:

-Pedro, ¿quiere hacer el favor de atar la jaca y entrar un instante? Necesitaría hablarle...

Pedro, sin disimular su asombro, obedeció. Era la primera vez, desde la noche en que el vizconde lo había llamado, que volvía a entrar en el comedor del castillo. Y con el corazón oprimido, como en la época de su juventud, siguió a la señorita de Vornay. Ésta se sentó en una butaca; Pedro, inmóvil, permaneció de pie ante ella.

-Pedro -dijo Margarita- ayer, el nuevo párroco me habló de un modo muy extraño. Según parece, la gente del burgo encuentra mal que todos los domingos lleguemos juntos a la iglesia, montados en la misma jaca. Amigo mío, las costumbres, sin que nosotros nos hayamos dado cuenta de ello, han cambiado mucho. Sólo nosotros y alguna que otra pareja de labradores viejos cabalgamos de ese modo...

-De manera que... -balbució Pedro horrorizado, creyendo que iba a perder el único goce de su vida.

-A mí todo eso no me importa, y la malevolencia me tiene sin cuidado; pero he querido decirle lo que el cura me dijo, que eso de ir a ancas con un hombre que no sea el marido, da lugar a que la gente murmure... Eso es.

Y bajando los ojos calló. Parecía que estaba nerviosa.

¿Pedro no comprendió, no quiso comprender, o verdaderamente no tenía nada que comprender? Lo cierto es que, después de haber permanecido en silencio un rato, replicó:

-Yo haré lo que la señorita quiera, pero a mí tampoco me importa lo que la gente pueda decir.

La señorita de Vornay clavó un instante sus ojos en los de Pedro, se encogió de hombros, sacudió con el pie uno de los morillos de la chimena, y dijo:

-Perfectamente... Creo que tiene usted razón y que ya hemos llegado a una edad que nos permite hacer lo que se nos antoje.

Y le volvió a mirar con fijeza. Su nerviosismo había desaparecido, pero sus ojos se humedecieron. Y con voz que la emoción hacía temblar, dijo como de costumbre:

-¡Hasta el domingo, Pedro!

Y Pedro, a pesar de que las lágrimas habían formado un nudo en la garganta, respondió con bastante firmeza:

-¡Hasta el domingo, señorita...!




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Noviembre del 2009: Blanca Varela

 

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