
Entrevista con Rodrigo Rey Rosa
Un poco de paranoia no le hace mal a nadie
por Martín Solares
El escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (1958) permaneció el último
año en Madras, India, escribiendo un libro sobre la vida en esa ciudad.
A su paso por París, MILENIO Semanal conversó con él, a fin de
incursionar en su obra y sus preocupaciones literarias. Ahora ha
llegado a México como jurado del Premio Alfaguara de Novela Joven. Su
obra, publicada en varias lenguas europeas, refleja un concepto
riguroso de escritura que muchos asocian con su maestro Paul Bowles,
con quien compartió muchos años en Tánger, Marruecos.
París.- Uno de los puntos de referencia en la literatura contemporánea
es, sin duda, la obra austera, enigmática y violenta de Rodrigo Rey
Rosa (Guatemala, 1958). Desde sus primeros libros, la crítica se ha
referido a él como "un escritor de una originalidad que nos impide
encontrarle precedentes o modelos, de una exigencia que le aleja de
cualquier posible lugar común, y de un rigor que nos impide juzgarlo
por niveles de calidad: todo lo que conocemos de él es igualmente
imprescindible y necesario", como escribió J. A. Masoliver Ródenas en
La Vanguardia.
El mismo Paul Bowles fue uno de los promotores más entusiastas de su
obra, e incluso tradujo al inglés los primeros libros del guatemalteco:
El cuchillo del mendigo, El agua quieta y Cárcel de árboles, que es su
primer relato largo y tiene un argumento devastador que critica los
excesos de los dictadores centroamericanos. Junto a El salvador de
buques, es una prosa emparentada con la mejor narrativa de ciencia
ficción latinoamericana, justo en la rama que fundó La invención de
Morel, de Bioy Casares. Este "sarcástico informe acerca de la
corrupción", según Paul Bowles, fue saludado como "la obra de un gran
escritor" por la crítica europea. Luego vinieron dos novelas policiacas
de clave realista: Lo que soñó Sebastián y Que me maten si..., que para
el crítico Gustavo Guerrero es uno de los puntos culminantes en la obra
del narrador: "Traza un retrato implacable de la Guatemala de los
acuerdos de paz".
Ningún lugar sagrado, una nueva colección de relatos sobre el Nueva
York de los parias y asesinos, incluye una novela corta, llena de
intensidad, sobre un latinoamericano con delirio de persecución, que en
opinión de Ignacio Echevarría, "confirma la maestría con que su prosa
combina sequedad y lirismo". En su novela más reciente, La orilla
africana, la ciudad de Tánger es el escenario que refleja la compleja
condición existencial de sus personajes. Una lechuza, un turista
colombiano que pierde su pasaporte y un infante marroquí enamorado de
una joven francesa son los protagonistas de esta novela, "envolvente y
sensual hasta rozar lo obsesivo", como la califica en el prólogo Pere
Gimferrer. De paso por París, el narrador guatemalteco examinó los
secretos de su estilo literario:
Lo han calificado como escritor "sanguinario", "sombrío"...
No lo soy particularmente, y me parece excesivo pensar que he elegido
mis temas por amarillismo o por llamar la atención. La literatura de
los escritores latinoamericanos de entre 30 y 40 años está llena de
violencia y paranoia, porque vivimos en países que son fuente de
inspiración inagotable. Y un poco de paranoia no hace mal en la
literatura. No se la deseo a nadie, pero aunque la gente se
escandalice, la violencia es un material que da para hablar y fabular,
al grado que ha marcado mucho a la literatura contemporánea. Vivimos en
un entorno turbulento. Desde adolescente siempre pensaba en función de
explosiones, asaltos, secuestros, porque el entorno provocaba ese tipo
de imaginación, pero creo que la mente humana es violenta. Ahora, los
latinoamericanos no tenemos el monopolio, ni quiero decir que todo en
nuestra vida sea violencia, pero nos ha tocado vivir una realidad muy
dura, al grado que me parece raro cuando el reflejo no se da. Me parece
curioso encontrar literaturas floridas. No sé cómo hacen, la verdad. En
la poesía lírica me lo explico, pero la falta de violencia en la
narrativa actual me parece sorprendente.
La mayoría de sus personajes se sienten amenazados o perseguidos. ¿Esa condición le permite trabajarlos mejor?
Cada uno se origina como puede. Puede ser por lo que leo, o por una
conversación, a veces por un sueño. Cuando uno desea escribir cualquier
pretexto es buen punto de partida; lo único que tienen en común mis
personajes son los rasgos autobiográficos que a veces uso para
apoyarlos, lo cual me parece una debilidad o un tic. Creo que lo
autobiográfico es buen pretexto para la narración, se da fácil y
facilita la invención de tramas, pero siempre es posible notar el
truco. En La orilla africana, el pretexto es un latinoamericano que
pierde su pasaporte, se ve envuelto en una serie de peripecias y no
puede salir de Marruecos. El impulso para escribir esta novela fueron
los cambios ocurridos en Tánger desde que murió Paul Bowles. Para mí
era territorio vedado, porque me parece que Bowles ha escrito todo lo
que se podía decir sobre el tema, pero desde su muerte la ciudad ha
cambiado tanto que ya no es como él la describió, y quise probar la
mano con el nuevo material.
¿Qué cambios ha sufrido Tánger, entre la obra de Bowles y La orilla africana?
Quizás el cambio más notable es que a raíz de la consolidación de la
Unión Europea se cerraron las puertas para los africanos. Tánger es la
puerta trasera de Europa. Quienes no pueden entrar por avión intentan
llegar por tierra y la última escala es Tánger. Por esto la población
de la ciudad se ha triplicado en la pasada década, porque la
inmigración que no consigue entrar a Europa se queda -los inmigrantes
que vienen de abajo del Sahara, de Mali y Senegal- y se ha formado un
ghetto negro, que no existía en la época de Bowles. Además, Tánger
estaba olvidada por la corona: Hassan II la odiaba. Los golpes de
Estado en su contra provenían de intelectuales del norte, entonces
tenía resentimiento contra la ciudad. Como él era piloto, llegó a
dirigir personalmente expediciones para bombardear a la gente del
norte. Con la muerte de Hassan II y el ascenso de Mohammed VI la
situación cambió, porque la madre de este último es de origen
tangerino, y eso le da una relación cariñosa con la ciudad. Hassan II
pasó unas dos veces por Tánger durante su reinado, en cambio, el nuevo
monarca pasa temporadas ahí y por ello la ciudad mejoró. No sé qué
hacen con los delincuentes, pero la ciudad es menos peligrosa. Antes
del ascenso de este rey había una gran violencia, pero nunca como la de
Guatemala. En Tánger, por ejemplo, nunca he visto a gente armada que no
pertenezca a la milicia, la policía apenas lleva unas pistolitas... se
ha vuelto una ciudad donde hay poca violencia de puñal o asaltos. Con
Hassan II hubo mucha criminalidad -por descontento, falta de trabajo,
desesperación-, y eso ha mejorado, parece haber más empleo.
En La orilla africana pinta una sociedad muy excluyente...
Claro. Marruecos no es fundamentalista, pero podría serlo. Siempre
existe la amenaza de que triunfe el fundamentalismo islámico, pues hay
una corriente populista muy fuerte. El rey actual ha neutralizado esta
posibilidad abriendo el país a la democracia: sabe que la democracia
puede ser una amenaza para la corona, pero también que los demócratas
son enemigos del fundamentalismo.
¿Por qué decidió vivir en Tánger?
Es el lugar ideal para trabajar. ¡Y tan cerca de Europa! Te da una
manera de ver Europa con cierta distancia, y eso me ha servido mucho.
Tánger me parece el aislamiento perfecto. Como los musulmanes excluyen
a los cristianos, no conozco a nadie fuera de un pequeño círculo de
amigos, lo cual me permite llevar una vida cordial pero sin
obligaciones. Vivir en una ciudad muy mediterránea, sin conocer a
nadie, sin teléfono o fax, me ayuda a pasar meses dedicado a escribir,
sin distracciones. Hay una paz casi monástica combinada con el ruido
del mundo. Con los marroquíes se puede vivir sin entrar en
dificultades. Ven a Latinoamérica como hermana, se identifican mucho
con ella por pertenecer al Tercer Mundo. Pero los musulmanes desprecian
a los cristianos. Se ríen de ciertos dogmas de la fe.
Cada vez escribe textos más extensos, al contrario de sus primeros libros. ¿Diría que está cambiando su estilo?
Si estuviera hablando conmigo mismo, diría que al principio mi
escritura era abstracta. Empecé a escribir lo que podríamos llamar
"poemas en prosa", narraciones de media página que se extendieron hasta
llegar a Cárcel de árboles, que es mi primer cuento largo... para mí
fue un gran salto escribir textos de más de 15 páginas. Antes de ése
había publicado dos colecciones de cuentos breves, El cuchillo del
mendigo y El agua quieta, con temas que podrían ocurrir en cualquier
ciudad latinoamericana, pero no estaban ligados al entorno ni al
paisaje inmediato. Se deduce que ocurren en Latinoamérica por los
objetos que aparecen, o por el paisaje, pero no se sabe nunca de dónde
son exactamente porque era un poco vago y no incluía nombres de
lugares. En cambio, mi texto más reciente, en el que aún trabajo,
transcurre en la Guatemala de hoy, e incluye perfiles y aspectos
reconocibles, en una suerte de afán "realista" por representar el
entorno, el habla, la vestimenta de la gente, al contrario de mis
primeras historias. Diría que casi por cansancio he buscado formas
diferentes de narrar, pero no creo que sea una evolución. Comencé
escribiendo cosas un poco vagas y he tendido a una mayor precisión.
Puede ser un regreso, no sé si sea una progresión, pero hay diferencia.
Se ha resaltado la brevedad y la intensidad de su obra, incluso sus
tres novelas tienden a la concisión. ¿Prefiere los géneros cortos?
Cuando escribo no pienso en géneros, trabajo sin saber el resultado.
Con los años uno aprende a ver adónde va. El mismo material decide si
debe ser cuento o novela. Pero llamar novelas a mis narraciones es
mucho decir, creo que son relatos más o menos largos. Algunos son más
extensos que un cuento y a la vez más breves que cualquier novela.
¿Qué autores han influido en su particular versión de la novela policíaca?
Mi gusto por el relato policial se originó en Borges. Él decía que los
baluartes del clasicismo en el siglo XX eran la ciencia ficción y los
cuentos policíacos, porque ambos exigían ceñirse a ciertas reglas, no
podían permitirse variaciones demasiado radicales; requieren líneas
definidas, claridad y una cierta economía. Otro autor que me ha
influido es Sciascia. Su análisis de la mafia y la corrupción italianas
es un buen instrumento para analizar la corrupción latinoamericana. Lo
he tomado como un ejemplo de cómo hacer literatura basada en la
corrupción política y la podredumbre social... Aunque nadie me ha
influido tanto como Borges. Quizá es una lástima, pero cuando creces te
vuelves menos infuenciable y lo que lees ya no te marca. Están Conrad,
Orwell, Flannery O'Connor, Chandler, Hammett, Thompson y, por supuesto,
Bowles, pero comparados con Borges, las suyas son influencias tardías.
Nunca tomé a otro autor como escuela y mapa para la literatura
universal.
Cárcel de árboles es con la La invención de Morel, uno de los relatos
de ciencia ficción más afortunados de Latinoamérica. Es una cruel
sátira sobre los excesos del poder en Guatemala y una reflexión sobre
la escritura. ¿Cómo surgió la idea?
Una vez, en Tánger, durante el Ramadán, como no tenía nada qué hacer,
leía un tratado francés de principios de siglo, muy perverso y curioso,
sobre la existencia de monstruos. Eso se combinó con mi lectura
reciente de Plan de evasión de Bioy Casares, y así surgió Cárcel de
árboles. Ese texto está disfrazado como el diario de una persona que
escribe para recordar, porque unos científicos lo han operado de manera
que su cerebro no pueda almacenar memoria. Está escrito como diario,
pero es un pretexto. Yo no escribo diarios. Los he llevado en momentos
más bien deprimentes de mi vida, para tocar fondo.
En sus primeros libros se concentraba en una Centroamérica
perfectamente reconocible, en cambio, en Ningún lugar sagrado el
escenario es el Nueva York marginal. ¿Cómo fue ese cambio de geografía?
Mucho de mi trabajo es como una resaca o una reacción contra el libro
anterior. Cuando me canso de escribir o de leer cosas en primera o
tercera personas, por ejemplo, cambio de enfoque. Escribo
esporádicamente, puedo pasar un año sin hacerlo y luego me concentro un
mes o tres, no más. Además, generalmente tengo un lector en mente
cuando escribo, que puede ser un amigo o un lector inteligente, es
decir, personas que creo conocer o admiro como lectores, por eso mis
cuentos están dedicados a ese lector. Así fue en el caso de Ningún
lugar sagrado. Es algo pasado de moda tener a un lector en mente, pero
a mí me sirve de inspiración.
¿Toma notas para escribir sus cuentos?
A la hora de escribir todo sirve, desde una nota de periódico hasta lo
que oyes en la calle. En Ningún lugar sagrado, por ejemplo, incluí un
cuento basado en un asesinato que ocurrió cerca de mi casa. El cuento
está lleno de referencias a la realidad porque incluso fui al lugar de
los hechos a investigar un poco, pero la historia la escribí sin
consultar las notas, pues éstas sólo me sirven para recordar, como un
apoyo a mi memoria, no como material de ficción. Si tomo notas, lo hago
por interés, pero no las uso al escribir.
¿Paul Bowles tenía una actitud similar ante la literatura? ¿Qué vicios criticaba al platicar con usted?
Sobre todo, Bowles criticaba la pretensión. Era muy abierto como
lector, tenía un gusto muy amplio, generoso, y se interesaba por la
literatura no típicamente norteamericana, pero en general le molestaba
todo tipo de imposturas. También era gran admirador de Borges, si no me
equivoco, Bowles fue el primero en traducirlo al inglés -tradujo "Las
ruinas circulares" para View.
¿Cómo comenzó su amistad con él?
Bowles había escrito un libro que me gustaba mucho y cuando fui a
Tánger nos hicimos amigos, así como así. Él había estado en México y en
Guatemala, era un hombre muy abierto, despierto, y tuvo mucha
curiosidad por saber qué estaba haciendo un guatemalteco en Tánger. Le
mostré lo que escribía en ese momento, unos poemas en prosa muy
violentos, y me propuso traducirlos para una editorial neoyorquina que
le pidió material. A los pocos días me dijo: "No tengo nada mío, pero
creo que les puede interesar tu trabajo, si me permites lo traduzco y
se los mando". Los envió, los publicaron y yo regresé a Nueva York, que
era donde vivía en esos años. Nos seguimos escribiendo y cuando volví a
Tánger lo visité, y así establecimos una relación de amistad y de
trabajo durante años, porque comencé a traducir cosas de él al español.
Traduje su última novela, Muy lejos de casa, y su ultima colección de
cuentos, Palabras ingratas; él, a su vez, me tradujo al inglés El
cuchillo del mendigo, El agua quieta y Cárcel de árboles. La última vez
que lo vi fue la noche antes de que muriera. En 1999 yo no radicaba en
Marruecos, pero siempre que podía iba a visitarlo y me quedaba en la
ciudad un mes o dos. Paul ya estaba muy débil y fatigado, pero mantenía
su sentido del humor. Estuvimos hablando de música.
¿Cuál es la mayor exigencia que Bowles le hace a los relatos suyos?
Que no me aburran, que tengan precisión y claridad, que un lector bien
dispuesto me entienda. No recuerdo quién dijo que las ideas viajan
mucho más fácilmente de la cabeza al papel que del papel a la cabeza.
Para mí la precisión es una exigencia que me impongo a la hora de
pulir, que es donde, para mí, comienza el verdadero trabajo. Las formas
cortas buscan la concentración de la poesía y para mantener eso tienen
un soporte estilístico más evidente que el de las novelas largas, donde
se permite cierta lasitud y hasta un descuido de la prosa. En el
cuento, la tensión está más concentrada porque una mala frase o mal
redondeada puede arruinar el sabor de la pieza, en cambio la novela es
más elástica en ese sentido. Creo que las cosas cortas se conciben de
golpe y ya traen su forma. Me parece que ya están hechas antes de que
uno las escriba. Pero claro, hay que hacerlas. La fabulación es algo
necesario, es una necesidad, como escribir poemas. Contar es importante
para conocerse y reconciliarse contigo mismo, o tomar partido a veces.
No sé por qué es necesario ni tampoco me importa, pero me parece un
hecho la necesidad de contar historias y leerlas u oírlas. Supongo que
es una manera de conocerse y adaptarse. Pero creo que la ficción se lee
para adentro, me parece que está hecha para leerse con la voz interior
más que de viva voz, a diferencia de la poesía.







































La comisaria del norte
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