CESAR AIRA
Parecidos y diferencias entre Colombia y la
Argentina
En Bogotá abundan los mendigos. En Buenos Aires también. En Bogotá
hay muchos que además son locos, o lo parecen, por su discurso
incoherente, sus repeticiones, además del atuendo y el gesto. En Buenos
Aires también hay bastantes de ésos.
Otra cosa es cuando el pedido tiene un matiz, más o menos notorio, de
amenaza. Y siempre lo tiene, tanto en Bogotá como en Buenos Aires —lo
tiene hasta cuando el pedido es sumiso y cortés; quizás entonces es
cuando más se siente la amenaza. De hecho, la amenaza es la premisa de
todo el asunto. Los indigentes deberían robarnos y matarnos, si tuvieran la
dignidad y el arrojo necesarios.
Esta mañana, en una esquina de La Candelaria, una mendiga me abordó
ofreciéndome en venta algo que tenía entre las dos manos, un animal. Me
detuve a mirar creyendo que era un perrito, pero era un pájaro, un pájaro
chico, como un gorrión, en mal estado, con las plumas despeinadas. Tenía
el color de los gorriones pero con el pico demasiado largo.
—Mire qué bonito.
Negué con un balbuceo y algo de asco. Ella insistió:
—Déme una moneda y se lo doy.
Entonces, ya repuesto de la sorpresa, respondí en forma más articulada:
—No, muchas gracias; no tendría dónde meterlo.
Entre paréntesis, después se me ocurrió que podría haberlo adquirido para
soltarlo. En el momento, tuve como un relámpago de pensamientos
agolpados con imágenes del hotel, el aeropuerto, el avión, conmigo
ocultando el pájaro, etc., como una pesadilla instantánea).
Seguí mi camino, pero la mujer se puso a mi lado:
—Le agradezco que por lo menos me haya respondido con amabilidad.
Otros se dan vuelta sin decir nada, o dicen " ¡Fuera, loca!" Yo también soy
un ser humano, sólo que he tenido la desgracia de vivir toda la vida en la
calle.
Era una mujer joven, bastante linda, y no demasiado mal vestida, aunque
era evidente que era habitante de la calle y que estaba un poco
desequilibrada. La dentadura, bastante bien, aunque le faltaban algunas
piezas.
—Y además, siguió, sufrí dos operaciones, fíjese. —Empezó a buscar la
cintura del pantalón. A esa altura, yo había echado mano al bolsillito del
jean donde llevo las monedas, pero ese bolsillo es tan estrecho que tengo
que meter un solo dedo, empujar las monedas a un costado y sacarlas a
presión, lo que me lleva bastante tiempo. Ella ya se había bajado el
pantalón y me estaba mostrando una larga cicatriz negra en línea recta
que iba desde el ombligo hasta el sexo —de este último tuve un
involuntario atisbo.
Puse cara de "qué feo, qué desagradable", pero ella no se lo tomó a mal,
seguramente porque lo interpretó en el sentido que yo había querido darle:
qué feo que le pasen esas cosas a la gente.
Qué rara es la mente; lo que me puse a pensar en ese momento era el
colmo de la frivolidad, a saber cómo podía ser que le hubieran hecho dos
operaciones, y sólo tuviera una cicatriz. O bien habían sido las dos en el
mismo lugar, o bien una fue abajo o arriba de la otra, y simplemente hubo
que extender el corte. En fin, la enfermedad es un argumento bastante
corriente en esta clase de transacciones. Unos minutos antes, al entrar a la
catedral, un mendigo con la mano extendida me dijo: "No pido dinero.
Tengo hambre. Estuve en terapia". Y me lo repitió textualmente cuando
salí.
Mientras tanto, le había dado todas las monedas que tenía a la mujer, que
para tomarlas volvió a subirse el pantalón. No me fijé qué había hecho con
el pájaro, que al principio sostenía en el hueco entre las dos manos;
probablemente lo seguía teniendo en la izquierda. Me agradeció diciendo:
—Que Dios te bendiga, a ti y a todos tus canas.
Esta última palabra, no sé si la oí bien. "Canas" en el lunfardo de Buenos
Aires son los policías, pero no podía referirse a eso; y en sentido literal son
las canas del cabello, de las que tengo abundancia, pero en ese sentido la
palabra es femenina. Decidí que se refería a mis hijos. Aunque quizás no
fuera así porque repitió, amplificando:
—Que Dios te bendiga y te proteja a ti y a toda tu familia... y a todos tus
canas.
Seguíamos caminando, por la vereda estrecha, entre una muchedumbre
de estudiantes. Yo, con ese reflejo pequeñoburgués típico de mí y de
todos los que son como yo, quería despedirme y seguir solo.
—Muchas gracias, le agradezco sinceramente el deseo.
—¡Pero tú no eres de aquí! —exclamó ella al oírme, con un estallido de
alegría.
—No, no soy de aquí.
—Yo conocía a un hombre que no era de aquí, era inglés, vivía justamente
aquí a la vuelta. Yo lo quería muchísimo. Todos los días le llevaba ñores,
no rosas, flores como ésas —y señaló las flores que llevaba en la mano un
joven corpulento que en ese preciso instante nos cruzaba en dirección
contraria, y que nos echó una mirada inquisitiva—. Yo lo quería mucho
porque él fue mi profesor.
"¿De qué?" habría querido preguntarle, pero no lo hice por más razones de
las que podría enumerar. Ella seguía:
—Se las llevaba no por la plata, sino por cariño.
—¿Ah sí?
Esto último lo dije de un modo que es muy peculiar en mí. Tengo el don de
hacerle creer a mi interlocutor que me interesa sobremanera lo que me
está diciendo, aunque no me interese en lo más mínimo. Es un don del
que me siento orgulloso, sobre todo porque surte efecto aun cuando lo que
me estén diciendo sí me interese.
—¿Y de dónde eres tú? ¿También eres inglés?
—No. Soy argentino.
—¡Argentino! —exclamó con otra explosión de alegría. Yo había venido
mirándola y había descubierto que era una mujer de verdad hermosa, de
no más de treinta años.
—Yo tengo un amigo argentino, que es escritor...
Mi curiosidad se despertó de un salto portentoso. De pronto tuve la
seguridad de que yo a ese escritor lo conocía, si no personalmente, de
nombre. Tenía que preguntarle. Si la dejaba hablar sola, iba a decir todo
menos el nombre. Eso es algo que pasa por igual entre locos y cuerdos:
nunca dicen lo que realmente nos interesa.
Cuando iba a hacerlo, y ya tenía la pregunta en los labios, sucedió algo.
Habíamos llegado a la otra esquina, y en el suelo, justo frente a nosotros,
había el charco de sangre más grande que yo haya visto en mi vida. Más
que un charco era un montón de sangre coagulada, brillante y roja. La loca
me advirtió de su presencia, gracias a lo cual no lo pisé. Dijo:
—Aquí mataron a uno.
Tomamos uno por cada lado del charco, yo por la izquierda, ella por la
derecha, abriéndonos paso entre la gente. Oí que ella le decía a alguien
que miraba:
—Aquí mataron a ese viejo anoche.
Al tomar por la izquierda, bajé a la calle y la crucé. Ella en cambio había
doblado, sin cruzar, y ya se alejaba, con el perro. Porque me había
olvidado de decir que la acompañaba un perro negro, ni chico ni grande,
de mirada muy expresiva como suelen tener los perros de la calle, y todo
el tiempo había ido medio cuerpo adelantado a nosotros y volviendo la
cabeza, como si siguiera la conversación.
Ahora fui yo el que me volví a mirarla, y ella también, y me saludó agitando
una mano, con una gran sonrisa.
—¡Que Dios te bendiga, a ti y a todos tus canas...!
30 de abril de 2002





































