
Me vais a matar
Bernard Malamud
Marcus era sastre, desde mucho antes de la guerra. Un hombre exuberante, de gran melena ya gris, cejas finas y frágiles y manos benevolentes, que, relativamente tarde en la vida, consiguió establecerse por su cuenta. Como, por así decir, al prosperar él prosperó su mala salud, tuvo que emplear un sastre asistente que trabajaba en la trastienda y componía los trajes pero no podía, cuando se acumulaba el trabajo, ocuparse del planchado, de modo que hubo necesidad de emplear un planchador; con todo lo cual aunque la tienda marchaba bien no marchaba del todo bien.
Hubiera podido marchar mejor, pero el planchador, Josip Bruzak, un polaco corpulento que flotaba en cerveza y sudor y trabajaba en camiseta y zapatillas de fieltro, con los pantalones cayéndosele hacia sus muslos de buey y arrugándosele en los tobillos, dio en detestar violentamente a Emilio Vizo, el sastre (o tal fuera al revés, Marcus no estaba seguro), un siciliano delgado y seco y con un pecho de palamo, que sentía por el polaco una acerada malicia o correspondía a la del otro. De resultas de sus peleas, el negocio se perjudicaba.
La razón de que se pelearan como lo hacían, hinchados y estremecidos como gallos de cólera, y además usando un lenguaje que metía miedo, gritando palabrotas tan groseras que ofendían a los clientes y a veces mareaban al desazonado Marcus hasta casi desmayarle, era un enigma para el sastre, que conocía las penalidades de ambos y sabía que al fin y al cabo eran dos hombres muy parecidos. Bruzak, que vivía en una ruinosa pensión junto al East River, no paraba de tragar cerveza mientras trabajaba, y guardaba una docena de botellas en un cubo de metal herrumbroso lleno de hielo. Cuando Marcus, al principio, protestó, Josip, siempre respetuoso con el sastre, apartó el cubo y desapareció por la puerta trasera en dirección a la taberna vecina, y allí tomó sus vasos frecuentes, malgastando tanto tiempo que Marcus calculó que le resultaba más a cuenta aconsejarle que volviera al sistema del cubo. Cada día, a la hora del almuerzo, Josip sacaba del cajón un afilado cuchillito y cortaba trozos de un duro salchichón con ajo, y los comía con una espumeante miga de pan blanco, ayudándose con cerveza y terminando con café que se hacía en el hornillo de la plancha. A veces cocinaba un líquido mejunje de coles que apestaba por toda la tienda, pero en conjunto no le interesaban ni el salchichón ni las coles, y pasaba días en que se le veía cansado e inquieto hasta que (cosa que ocurría más o menos cada tres semanas) el cartero le traía una carta venida del otro lado. Cuando llegaban las cartas, a veces las rompía al abrirlas con sus dedos torpes; olvidaba el trabajo y, sentado en un taburete, sacaba del mismo cajón unas gafas rajadas, y se las ajustaba a las orejas mediante unos cordeles atados para reemplazar las rotas varillas. Luego leía las hojas de papel que apretaba en el puño: una torcida letra polaca en desvaída tinta parda, cuyas palabras pronunciaba una a una en voz alta para que Marcus, que entendía la lengua pero prefería no oír, oyera. Antes de que el planchador extrajera dos frases enteras de la carta, la cara se le deshacía y se echaba a llorar, y lágrimas aceitosas le untaban las mejillas y la barbilla, de modo que parecía que le hubieran rociado con insecticida. Al final entraba en una atronadora tormenta de sollozos, algo que era terrible ver y que le dejaba inútil para horas y echaba a perder la mañana.
Marcus se había muchas veces propuesto decirle que leyera las cartas en casa, pero las noticias que llegaban en ellas le partían el corazón, y no lograba decidirse a reñir a Josip, que por otra parte era un planchador magistral. En cuanto atacaba un montón de trajes, el vapor de la plancha silbaba regularmente, sin escapes, y cada pieza salía perfecta, sin felpas ni excesivo alisado, con mangas y perneras y vueltas nítidas como cuchillos. En cuanto a las cartas traían siempre lo mismo, las desoladoras vicisitudes de su mujer tuberculosa y de su desgraciado hijo de catorce años, un muchacho que Josip nunca había visto salvo en fotografías, que vivía literalmente en el barro con los cerdos, y que estaba también enfermo, de modo que incluso si el padre ahorraba dinero para el pasaje a América, y el chico lograba un visado, no pasaría nunca la revisión médica de los inmigrantes. Más de una vez, Marcus dio al planchador un traje para que lo mandara a su hijo, y ocasionalmente algún dinero, pero dudaba de que aquello llegara al joven. Tenía la inquietante sospecha de que Josip, en aquellos catorce años, habría podido traer al chico si lo hubiera querido, y también a su mujer antes de que se pusiera tuberculosa, pero que misteriosamente prefería llorarles donde estaban.
Emilio, el sastre, era otro perro solitario. Cada día comía su almuerzo de cuarenta centavos en la taberna en seguida, a leer el Corriere. Su rareza consistía en que siempre murmuraba para sí mismo. Nadie entendía lo que decía, pero era algo sibilante e insistente, y, estuviera donde estuviera, siempre se oía su silbido que imploraba o que gemía suavemente, aunque nunca lloraba. Murmuraba mientras cosía un botón, o acortaba una manga, o usaba la plancha. Murmurando por la mañana al colgar el abrigo en la percha, murmuraba todavía al ponerse el sombrero negro, al introducir sus canijos hombros en el abrigo y al dejar la tienda por la soledad de la noche. Sólo una vez dio un indicio de cuál era el tema de sus murmullos; cuando Marcus, al notar una mañana que estaba pálido, le llevó una taza de café, el sastre agradecido le confió que su mujer, habiendo vuelto la semana anterior, le había dejado otra vez, y levantó una huesuda mano con los dedos extendidos para expresar que ella le había abandonado cinco veces. Marcus le habló con simpatía, y desde entonces, siempre que oía al sastre murmurando en la trastienda, se imaginaba a la mujer volviendo de quién sabe dónde, diciendo y jurando que aquella vez se quedaba para siempre, pero la misma noche, cuando estaban en la cama y él murmuraba en la oscuridad hablando de ella, la mujer debía de decirse que nunca podría aguantarlo, y por la mañana se marchaba. Y también a Marcus le irritaba el incesante murmullo del sastre; tenía que salir de la tienda para oír silencio, pero guardaba a Emilio porque era un buen sastre, un demonio con una aguja, que sabía coser una manga perfecta en menos tiempo del que necesita un obrero ordinario para tomar medidas, un sastre como se encuentran pocos.
Durante más de un año, a pesar de que ambos hacían extraños ruidos en la trastienda, ni el planchador ni el sastre parecían darse por enterados de la presencia del otro; hasta que un día, como si una invisible pared les hubiera separado y se derrumbara, se arrojaron uno contra otro. Marcus, al parecer, vio surgir el primer chorro de su veneno cuando, dejando a un cliente en la tienda y entrando a buscar tiza, sorprendió un espectáculo que le heló. Allí estaban los dos, bajo el sol de la tarde que inundaba la trastienda y de momento cegó a Marcus, dándole tiempo para pensar que no era posible que viera lo que estaba viendo: aquellos dos, en rincones opuestos, mirándose sin hacer el menor movimiento, con una viva y casi peluda mirada de odio intenso. El polaco hacía una mueca y apretaba en su mano temblorosa un pesado madero de planchador, mientras el lívido sastre, pegándose a la pared como un gato acorralado, levantaba con rígidos dedos unas tijeras de cortador.
—¿Qué ocurre?—gritó Marcus cuando recobró la voz.
Pero no quisieron romper su silencio de piedra y se quedaron como estaban, mirándose a través de la estancia, el sastre moviendo los labios calladamente y el planchador jadeando como un perro en calor, los dos sumidos en una locura que Marcus no hubiera nunca imaginado.
—Dios mío—gritó, mientras un sudor frío le empapaba el cuerpo—. Contadme qué ha pasado.
Pero como ninguno de los dos dijo nada, chilló, luchando con una obstrucción en la garganta que dio a su voz un tono absurdo:
—¡A trabajar!
Apenas confiaba que obedecieran, pero lo hicieron, Bruzak volviendo como un saco a su plancha y el italiano volviendo rígido a su máquina. A Marcus le conmovió su docilidad y, como si hablara a unos niños, les dijo con lágrimas en los ojos:
—Chicos, no lo olvidéis, no tenéis que pelearos.
Luego, Marcus pasó un rato, inmóvil, de pie en la penumbra de la tienda mirando a nada por el cristal de la puerta, y sintiéndose perdido al pensar que a su espalda los tenía a los dos, en un horrendo mundo de hierba gris y de verde luz solar, de gemidos y de olor a sangre. Le habían mareado. Se dejó caer en una butaca, rezando por que no entrara ningún cliente hasta que se hubiera recobrado de su náusea Con un suspiro, cerró los ojos. y sintió como si su cráneo vibrara con nuevo terror al verles a ambos persiguiéndose y dando vueltas en el círculo de su imaginación. Uno corría con pasión en pos del otro, del pesado fugitivo que le había robado una caja de botones rotos. Bordeando las arenas encendidas y humeantes, subieron por un acantilado de aristas cortantes, se unieron en una lucha de muchas manos, y vacilaron en el borde hasta que uno resbaló en el barro y arrastró consigo al otro. Extendiendo cuatro manos, asieron nada en los dedos rígidos, mientras Marcus, el observador, chillaba sin sonido al verles desvanecerse.
Siguió sentado, con la cabeza dándole vueltas, hasta que aquellas imágenes le dejaron. Una vez recobrado, la memoria convertía aquello en una especie de sueño. Negó que hubiera ocurrido ningún incidente fuera de lo normal; pero, sabiendo que había ocurrido, lo consideraba una trivialidad. En la fábrica donde trabajó al llegar a América, ¿no había visto él muchas veces peleas parecidas, entre los obreros? Cosas banales que en seguida se olvidaban, por muy violentas que fueran momentáneamente.
Sin embargo, ya el día siguiente, y luego cada día sin saltarse uno, los dos encerrados en el taller salían de su odio silente y estallaban en atronadoras peleas que perjudicaban el negocio: con voces feas, se insultaban, embarazando tanto a Marcus que una vez, cuando tomaba las medidas a un cliente, en vez de ponerse la cinta al hombro se la arrolló al cuello. Cliente y sastre se miraron nerviosos, y Marcus tomó las medidas a toda prisa, El cliente, uno a quien gustaba entretenerse en comentarios sobre su traje nuevo, salió precipitadamente tras pagar por adelantado, para escapar del zumbido de palabras repugnantes que se decían en la trastienda pero se oían claramente en la tienda, sin que nadie pudiera aislarse.
No sólo se maldecían recíprocamente, y cada cual invocaba la destrucción para el otro, sino que en sus respectivas lenguas decían otras cosas terribles. Marcus entendió a Josip cuando decía que iba a arrancar los genitales de cierta persona y a frotar con sal el destrozo; supuso que Emilio chillaba cosas parecidas, y se sintió entristecido y a la vez indignado.
Entró muchas veces en el taller a sermonearles, y escuchaban todas sus palabras con interés y tolerancia, porque el sastre, además de ser una persona buena (cosa que se leía en sus ojos), era elocuente, lo cual daba gusto a ambos. Pero, dijera lo que dijera, no servía de nada, ya que al cabo de un minuto, en cuanto se alejaba, empezaban de nuevo. Amargado, Marcus se retiraba a la tienda y pesaba su sufrimiento debajo del reloj de pared de esfera amarilla, que marcaba amarillos minutos hasta la hora de cerrar (era asombroso que lograran trabajar, y trabajaran prodigiosamente) y de irse a casa.
El deseo de Marcus era de echarles a patadas, pero no creía posible encontrar otros dos trabajadores tan hábiles y, en lo esencial, eficaces, sin tener que pagarles una fortuna en oro puro. Por lo cual, empapado en ideas de edificación y conversión, un mediodía agarró a Emilio cuando salía a almorzar, le llevó a un rincón y murmuró:
—Oye, Emilio, tú eres el más inteligente, dime, ¿por qué peleáis? ¿Por qué le odias y por qué te odia, y por qué os decís esas palabras?
Aunque le gustaba el murmullo y se deshacía de gusto entre las manos de Marcus, el italiano, sin dejar de apreciar aquellas pequeñas atenciones, bajó la mirada, se cubrió de un rubor oscuro, y no quiso contestar o no fue capaz de hacerlo.
Marcus pasó toda la tarde debajo del reloj, tapándose los oídos con los dedos. Y cuando el planchador salía al atardecer, le agarró y le dijo:
—Por favor, Josip, cuéntame qué te ha hecho. Josip, ¿por qué te peleas? Acuérdate de tu mujer que está enferma, de tu chico.
Pero Josip, que también sentía afecto por Marcus (aunque polaco, no era antisemita), no hizo más que aguantarse los pantalones que se le caían y le estorbaban, arrastró a Marcus a una tremebunda polca. Luego lo soltó riendo y se alejó bailando su cerveza.
Cuando a la mañana siguiente soltaron de nuevo su infernal torrente de obscenidades y un cliente se marchó sin hacer su encargo, el sastre entró enfurecido en el taller. Los dos obreros, ambos cansados y de color verde-gris hasta las agallas, dejaron de insultarse y escucharon a Marcus que imploraba, reprochaba y lloraba. Le escucharon sobre todo cuando Marcus dejó de gritar porque le daba vergüenza, y en voz baja y digna les dio consejos y sermoncillos. Era un hombre alto, y la enfermedad le había puesto muy delgado. La poca carne que le quedaba había disminuido todavía más en aquellos meses de angustia, y el pelo era ya del todo blanco, de modo que, erecto ante ellos, razonándoles y exhortándoles, parecía un viejo ermitaño o incluso un santo, y los obreros mostraron respeto y vivo interés mientras él hablaba.
Homilético, Marcus les contó de su padre, muerto muchos años atrás, y de su infancia en una sórdida aldea de chozas, de sus hermanos: eran diez raquíticos niños, nueve chicos y una niña casi enana. Qué prodigiosamente pobres eran: a veces Marcus comió cortezas e incluso hierba, hinchándose la barriga, y a menudo los hermanos, incluida la niña, se mordían unos a otros los brazos y el cuello para desahogar la rabia del hambre.
—Y mi pobre padre, que tenía una barba larga hasta aquí—se agachó señalando con la mano hasta las rodillas, e inmediatamente brotaron lágrimas en los ojos de Josip—, mi padre dijo: «Niños, somos pobre gente y seremos extranjeros dondequiera que vayamos, y por lo menos tenemos que vivir en paz, porque si no...»
No pudo terminar porque el planchador, derrumbado en el taburete en que leía las cartas, balanceándose ligeramente, se puso a gemir y luego a aullar, y el sastre, que hacía extraños chasquidos con la garganta, tuvo que volverse de espaldas.
—Prometed—suplicó Marcus—que no volveréis a pelearos.
Josip prometió llorando, y Emilio, con ojos húmedos, asintió gravemente.
Aquello sí que era camaradería, sintió Marcus exultante, y se alejó bendiciendo las dos cabezas, pero cuando ni siquiera estaba fuera ya el aire a sus espaldas se puso grasiento de odio.
Veinticuatro horas después los emparedó. Un carpintero elevó un grueso tabique, dividiendo en dos mitades el taller del planchador y del sastre, y al fin reinó entre ellos una atónita calma. Estuvieron absolutamente callados durante una semana entera. De tener fuerzas, Marcus hubiera saltado de alegría. Claro que se fijó en que de vez en cuando el planchador dejaba de planchar y se acercaba desconcertado a la nueva puerta a espiar si el sastre seguía al otro lado, y el sastre hacía lo mismo, pero no pasaban de allí. A partir de entonces Emilio Vizo dejó de murmurar y Josip Bruzak no tocó la cerveza; y cuando llegaban las desvaídas cartas del otro lado, se las llevaba a casa y las leía a la luz de la ventana de su oscuro cuarto, y si se hacía de noche, aunque había electricidad, prefería leerlas a la luz de una vela.
Un lunes por la mañana, el planchador abrió el cajón donde guardaba el salchichón de ajo, y lo encontró brutalmente partido en dos pedazos. Blandiendo el afilado cuchillo, se precipitó contra el sastre que, en aquel mismo momento, habiendo descubierto que alguien le había aplastado el sombrero negro, atacaba al otro con una plancha ardiente. El sastre abrió en el brazo del polaco una maloliente herida roja, mientras Josip le clavaba el cuchillo en el costado, y el cuchillo quedó clavado un minuto.
Gimiendo, aullando, entró Marcus, y a pesar de las heridas los despidió y les mandó que se marcharan. En cuanto él volvió a la tienda, se arrojaron uno en brazos del otro y se dedicaron a estrangularse.
Marcus se precipitó hacia ellos, gritando:
—¡No, no, por favor, por favor!
Agitaba los descarnados brazos, asqueado, enervado (y entre aquel estrépito no oía más que el atronador reloj), y su corazón, como una frágil jarra, se cayó del estante y botó y rebotó escaleras abajo, rompiéndose al fin y dispersando los tiestos por todas partes.
Aunque los ojos del viejo judío estaban vidriosos cuando se encogió, los dos asesinos leyeron en ellos, con toda claridad, las preguntas: «¿Qué os dije? ¿Lo veis?»
Idiotas primero
El repetido tictac del reloj de lata se paró. Mendel, amodorrado en la oscuridad, se despertó asustado. Le volvió el dolor al escuchar. Se estiró en sus frías y amargadas ropas y tardó varios minutos en sentarse al borde de la cama.
—Isaac —suspiró por fin.
En la cocina, Isaac, con la asombrada boca abierta, sostenía seis maníes en la palma de la mano. Los colocó uno por uno en la mesa.
—Uno... dos... nueve.
Recogió uno por uno los maníes y apareció en el marco de la puerta. Mendel, con el sombrero inclinado y un largo sobretodo, seguía sentado en la cama. Isaac observó, con sus pequeños ojitos, el espeso cabello que se agrisaba a los costados de la cabeza.
—Schlaf—murmuró nasalmente.
—No—respondió Mendel. Obstinadamente se puso de pie—. Ven, Isaac.
Dio cuerda al viejo reloj, pues verlo detenido le hacía sentirse mal.
Isaac quería llevárselo al oído
—No, es tarde—. Cuidadosamente dejó el reloj aparte. En la gaveta encontró la pequeña bolsa de papel con los arrugados billetes de uno y de cinco, y la metió en el bolsillo de su sobretodo. Ayudó a Isaac a ponerse el saco.
Isaac miraba una ventana oscura, luego la otra. Mendel miró las dos ventanas negras.
Bajaron lentamente las escaleras casi a oscuras, Mendel delante, Isaac observando las sombras que se movían en la pared. A la sombra más grande le ofreció un maní.
—Hambrre.
En el vestíbulo el viejo miró a través del fino vidrio. La noche de noviembre era fría y destemplada. Abrió cautelosamente la puerta y sacó afuera la cabeza. Aunque no vio nada, cerró rápidamente la puerta.
Ginzburg, el que vino a verme ayer—murmuró al oído de Isaac.
Isaac absorbió aire.
—¿Sabes quién digo?
Isaac se peinó la barbilla con los dedos.
—Ese mismo, el de la barba negra. No le hables ni vayas con él si te lo pide.
Isaac gimió.
—A la gente joven no la molesta tanto—dijo Mendel después de pensarlo dos veces.
Era la hora de la cena y la calle estaba vacía, pero las vidrieras iluminaban tenuemente el camino hasta la esquina. Isaac, con un grito de alegría, señaló las tres bolas doradas. Mendel sonrió pero estaba exhausto cuando llegaron a la casa de empeños.
El prestamista, un hombre de barba roja y anteojos de borde negro, comía pescado en la trastienda. Estiró la cabeza, los vio y volvió a instalarse para seguir tomando su té.
A los cinco minutos salió, secándose los informes labios con un pañuelo blanco.
Mendel, que respiraba pesadamente, le entregó el gastado reloj de oro. E1 prestamista se alzó los anteojos sobre la frente y se ajustó el ocular. Dio vuelta al reloj una vez.
—Ocho dólares.
El moribundo humedeció sus agrietados labios.
—Necesito treinta y cinco.
—Vaya a ver a Rostchild, entonces.
—Me costó sesenta.
—En 1905—. El prestamista devolvió el reloj. Había cesado el tictac. Lentamente Mendel le dio cuerda. Se oyó un profundo tictac.
—Isaac tiene que ir a donde mi tío, que vive en California.
—Es un país libre—dijo el prestamista.
Isaac, que admiraba un banjo, rió tontamente.
—¿Qué le pasa a ése?—preguntó el prestamista.
—Bueno, que sean ocho dólares—murmuró Mendel—pero, ¿de dónde saco el resto esta noche?
—¿Cuánto por mi saco y mi sombrero? —preguntó.
—No compro—. El prestamista se metió detrás del mostrador y escribió una boleta. Guardó el reloj en un cajón, pero Mendel lo oía marchar.
En la calle, metió los ocho dólares en la bolsa de papel, después buscó en los bolsillos una tira de papel. La encontró y se esforzó en leer la dirección escrita, a la luz del farol callejero.
Mientras trabajosamente iban rumbo al subterráneo, Mendel señaló el salpicado cielo.
—Isaac, mira cuántas estrellas hay esta noche.
—Huevos—dijo Isaac.
—Primero iremos a lo de Mr. Fishbein, después comeremos.
Se bajaron del tren en la parte alta de Manhattan y tuvieron que caminar varias cuadras antes de dar con la casa de Fishbein.
—Un verdadero palacio—murmuró Mendel, previendo un rato de tibieza.
Isaac miraba incómodo la pesada puerta de la casa.
Mendel llamó. El sirviente, un hombre de largas patillas, acudió a la puerta y dijo que Mr. y Mrs. Fishbein estaban cenando y no podían recibir a nadie.
—Que él coma en paz, pero nosotros esperaremos hasta que termine.
—Vuelvan mañana. Mañana por la mañana Mr. Fishbein los recibirá. A esta hora de la noche no hace negocios ni caridad.
—No me interesa la caridad...
—Vuelva mañana.
—Dígale que es asunto de vida o muerte...
—¿De vida o muerte de quién?
—Bueno, si no la de él, la mía.
—No se haga el ingenioso.
—Míreme a la cara—dijo Mendel—, y dígame si puedo esperar hasta mañana.
El sirviente lo miró fijamente, después a Isaac y de mala gana los dejó pasar.
El foyer era una enorme habitación de techo muy alto con muchos cuadros al óleo en las paredes, voluminosos cortinajes de seda y una espesa alfombra floreada en el piso y en las escaleras de mármol.
Mr. Fishbein, hombre barrigón y calvo, con pelos en la nariz y pequeños pies de charol, bajó ligero las escaleras, con una gran servilleta prendida al saco de su smoking. Se detuvo en el quinto escalón y examinó a sus visitantes.
—¿Quién viene la noche de un viernes a casa de un hombre que tiene invitados, a arruinarle la cena?
—Discúlpeme que le moleste, Mr. Fishbein—dijo Mendel—. Si no venía ahora, no hubiera podido venir mañana.
—Sin más preliminares, explique su asunto. Tengo hambre.
—Hambrre—gimió Isaac.
Fishbein se calzó el pince-nez.
—¿Qué es lo que tiene? —Este es mi hijo Isaac. Ha sido así toda su vida. Isaac maulló. —Lo voy a enviar a California. —Mr. Fishbein no contribuye para viajes personales de placer.
—Soy un hombre enfermo y él debe tomar el tren esta noche para ir a casa de mi tío Leo.
—Nunca doy para la caridad no organizada—dijo Fishbein—, pero si tienen hambre los invitaré a bajar a mi cocina. Esta noche tenemos pollo relleno.
—Todo lo que pido son treinta y cinco dólares para el boleto de tren hasta California donde vive mi tío. Ya tengo el resto del dinero.
—¿Quién es su tío? ¿Qué edad tiene?
—Ochenta y un años, una larga vida.
Fishbein estalló en una carcajada:
—Ochenta y un años y usted le manda este retrasado.
Mendel, sacudiendo los dos brazos, gritó:
—¡Por favor, sin calificativos!
Fishbein concedió gentilmente.
—Donde la puerta está abierta, a esa casa entramos —dijo el hombre enfermo—. Si es tan amable de darme treinta y cinco dólares, Dios lo bendecirá. ¿Qué son treinta y cinco dólares para Mr. Fishbein? Nada. Para mí, para mi hijo, lo son todo.
Fishbein se elevó a su mayor altura.
—Contribuciones privadas, no hago. Sólo a las instituciones. Es mi regla de conducta.
Mendel se arrodilló crujiendo en la alfombra.
—Por favor, Mr. Fishbein, si no treinta y cinco ¡déme veinte, al menos!
—¡Levinson! —llamó Fishbein, enojado.
El sirviente de las largas patillas apareció en lo alto de la escalera.
—Muéstrele a esta gente dónde está la puerta... a menos que quieran compartir la comida antes de abandonar la casa.
—Lo que tengo no se cura con pollo dijo Mendel.
—Por acá, por favor —dijo Levinson, descendiendo.
Isaac ayudó a su padre a ponerse de pie.
—Envíelo a una institución —aconsejó Fishbein por sobre la balaustrada de mármol. Subió rápidamente la escalinata y ellos se encontraron en seguida afuera, abofeteados por el viento.
La caminata hasta el subterráneo fue enojosa. El viento soplaba lastimeramente. Mendel, sin aliento, miraba de reojo las sombras. Isaac, apretando los maníes en su puño helado, iba pegado al lado de su padre. Entraron en un pequeño parque para descansar unos minutos en un banco de piedra, bajo un árbol de dos ramas sin hojas. La gruesa rama derecha crecía hacia arriba, la fina rama izquierda caía. Una luna muy pálida apareció lentamente. También vieron a un extraño, cuando se aproximaban al banco.
—Buenas noches —dijo roncamente.
Mendel, exangüe, agitó sus desvastados brazos. Isaac aulló asquerosamente. Después tañió una campana; no eran más que las diez. Mendel exhaló un agudo grito de angustia cuando el extraño barbudo desapareció entre los arbustos. Un policía llegó corriendo, pero aunque sacudió los arbustos, buscando con su garrote, no halló nada. Mendel e Isaac salieron presurosamente del parque. Cuando Mendel se volvió a mirar, el árbol muerto tenía la rama fina levantada y la gruesa hacia abajo. Gimió.
Treparon a un trolebús y se bajaron en la casa de un antiguo amigo, pero había muerto hacía unos años. En la misma cuadra entraron en una cafetería y pidieron dos huevos fritos para Isaac. Las mesas estaban llenas, excepto donde un hombre de pesada contextura comía sopa con casha. Le echaron una mirada y salieron con gran apuro, aunque Isaac lloraba.
Mendel tenía otra dirección en un trocito de papel, pero la casa quedaba muy lejos, en Queens, así que se detuvieron en un umbral, tiritando.
¿Qué puedo hacer, pensaba locamente, en sólo una hora?
Recordó los muebles de la casa. Eran basura, pero podían traer unos pocos dólares.
—Ven, Isaac.
Fueron otra vez al prestamista, para hablar con él, pero el negocio estaba oscuro y una reja de hierro —los anillos y los relojes de oro brillaban detrás—cerraba completamente el local.
Se acurrucaron detrás de un poste de teléfonos, helados los dos. Isaac lloriqueaba.
—Mira la luna grande, Isaac. Todo el cielo está blanco.
Señalaba, pero Isaac no quería mirar.
Mendel soñó por un instante con el cielo encendido, grandes haces de luz en todas direcciones. Bajo el cielo, en California, estaba sentado el tío Leo, tomando té con limón. Mendel sintió calor, pero se despertó frío.
A1 otro lado de la calle había una vieja sinagoga de ladrillos.
Golpeó con los puños en la enorme puerta, pero nadie apareció. Esperó hasta recobrar el aliento y desesperadamente volvió a golpear. Por fin hubo pisadas dentro y la puerta de la sinagoga crujió al abrirse sobre sus pesados goznes de bronce.
Un sacristán vestido de oscuro, que sostenía una vela chorreante, los contempló.
—¿Quién golpea con tanto ruido, a estas horas de la noche, la puerta de la sinagoga?
Mendel le contó sus infortunios al sacristán.
—Por favor, quisiera hablar con el rabino.
—El rabino es un hombre anciano. Ahora duerme. Su esposa no dejará que lo vea. Váyase a su casa y vuelva mañana.
—Al mañana ya le he dicho adiós. Soy un moribundo.
Aunque el sacristán parecía dudar, señaló una vieja casa de madera, puerta por medio.
—Allí vive.
Y desapareció dentro de la sinagoga con la vela encendida arrojando sombras a su alrededor.
Mendel, con Isaac colgado de su manga, subió los escalones de madera y tocó el timbre. Al cabo de cinco minutos una mujer voluminosa, de cara grande y pelo gris, salió al porche con una rotosa bata echada encima del camisón. Explicó enfáticamente que el rabino dormía y que no se le podía despertar.
Pero mientras estaba insistiendo sobre esto, el propio rabino apareció vacilantemente en la puerta. Escuchó durante un minuto y dijo:
—Al que quiera verme, déjalo entrar.
Entraron en un cuarto desordenado. El rabino era un viejo flaco de espaldas encorvadas y unos pelos blancos por barba. Llevaba un camisón de franela y un casquete negro; tenía los pies descalzos.
—Por favor—murmuró su esposa—, ponte zapatos o mañana seguro tendrás una pulmonía. Tenía un vientre enorme y era varios años más joven que su marido. Miró fijamente a Isaac y luego se apartó.
Mendel relató apologéticamente su peregrinación.
—Todo lo que necesito ahora son treinta y cinco dólares.
—¿Treinta y cinco?—dijo la mujer del rabino—. ¿Y por qué no treinta y cinco mil? ¿Quién tiene tanto dinero? Mi esposo es un rabino pobre. Los doctores se llevan hasta el último centavo.
—Mi querido amigo—dijo el rabino—, si los tuviera te los daría.
—Ya tengo setenta—prosiguió Mendel apesadumbrado—. Sólo necesito treinta y cinco más.
—Dios te dará—dijo el rabino.
—En la tumba —replicó Mendel—. Los necesito esta noche. Vamos, Isaac.
—¡Espera! —lo llamó el rabino.
Entró presurosamente en la otra habitación y salió con un abrigo forrado en piel que entregó a Mendel
—¡Yascha! —gritó la mujer—. ¡Tu abrigo nuevo, no!
—Tengo el viejo. ¿Quién necesita dos sacos para un solo cuerpo?
—Yascha, te estoy gritando...
—¿Quién puede andar entre los pobres, dime, con un abrigo nuevo?
—Yascha —gritó nuevamente ella—, ¿qué puede hacer este hombre con tu abrigo? Necesita el dinero esta noche. Los prestamistas duermen.
—Déjalo que los despierte.
—No—. Tironeó del saco que agarraba Mendel.
Él se prendió de una manga, luchando con ella por el saco. A ésta la conozco, pensó Mendel. «Shylocks murmuró. Los ojos de la mujer brillaron.
El rabino gruñía y se bamboleaba aturdido. La mujer daba gritos al ver que Mendel le arrancaba el abrigo.
—¡Corre! —gritó el rabino.
—¡Corre, Isaac!
Salieron corriendo de la casa y bajaron la escalera.
—¡Detente, ladrón! —gritaba la esposa del rabino.
El rabino se llevó las manos a las sienes y cayó al suelo.
—¡Socorro! —gimió la mujer—. Ataque cardíaco. ¡Socorro!
Pero Mendel e Isaac corrían por las calles con el nuevo abrigo forrado de piel del rabino. Tras ellos, silenciosamente, corría Ginzburg.
Era muy tarde cuando Mendel compró el boleto de tren en la única ventanilla abierta.
No había tiempo para detenerse a comer un sandwích, así que Isaac se comió sus maníes y se apresuraron para llegar al tren en la enorme estación desierta.
—Entonces por la mañana —Mendel boqueaba mientras corrían—, viene un hombre que vende café y sandwiches. Come, pero consigue la vuelta. Cuando llegue a California el tren, te estará esperando en la estación el tío Leo. Si tú no lo reconoces, él te reconocerá a ti. Dile que le mando muchos saludos.
Pero cuando llegaron al portón, la plataforma estaba cerrada, la luz apagada.
Mendel, gruñendo, golpeó el portón con los puños
—Demasiado tarde—dijo el recolector de pasajes, un hombre corpulento, de uniforme y barba, con las fosas nasales llenas de pelos y olor a pescado.
Señaló el reloj de la estación.
—Son más de las doce, ya.
—Pero veo que el tren está todavía allí dijo Mendel, saltando de desesperación.
—Ya sale, dentro de un minuto.
—Un minuto basta. Abra el portón, por favor
—Demasiado tarde, ya se lo dije.
Mendel se golpeó el huesudo pecho con las dos manos:
—¡Con todo el corazón le pido ese favorcito!
—Favores ya ha tenido bastantes. Para usted el tren ya se ha ido. A medianoche ya debería estar muerto. Se lo dije ayer. Es todo lo que puedo hacer por usted.
—¡Ginzburg!—. Mendel se encogió hacia atrás.
—¿Y quién si no?—La voz era metálica, los ojos le brillaban, tenía una expresión divertida.
—Para mí—rogó el viejo—no pido nada. Pero, ¿qué le pasará a mi muchacho?
Ginzburg se encogió levemente de hombros:
—Lo que tiene que pasar, pasa. No es mi responsabilidad. Tengo bastante en qué pensar como para preocuparme de alguien con un solo cilindro.
—¿Cuál es entonces su responsabilidad?
—Crear condiciones. Hacer que suceda lo que sucede. No estoy en el negocio antropomórfico.
—¿Y en qué negocio está, dónde está su compasión?
—No lo hago por gusto. La ley es la ley.
—¿Qué ley es esa?
—La ley universal cósmica, maldito sea, la que yo mismo debo seguir.
—¿Qué clase de ley es ésa?—gritó Mendel—. Por amor de Dios ¿no comprende lo que he pasado en mi vida con este pobre chico? Mírelo. Durante treinta y nueve años, desde el día en que nació, esperé que creciera, pero no. ¿Comprende lo que eso significa para el corazón de un padre? ¿Por qué no lo deja ir con su tío? Había ido levantando la voz y ahora gritaba.
Isaac maulló ruidosamente.
—Es mejor que se calme, o va a herir los sentimientos de alguien—dijo Ginzburg, con un guiño en dirección a Isaac.
—En toda mi vida —gritó Mendel, temblándole el cuerpo—¿qué es lo que tuve? Fui pobre. Sufrí por mi salud. Cuando trabajé, trabajé demasiado. Cuando
no trabajaba, era peor. Mi mujer murió muy joven. Pero nunca le pedí nada a nadie. Ahora pido un pequeño favor. Sea bueno, Mr. Ginzburg.
El recolector de boletos se limpiaba los dientes con el cabito de un fósforo.
—Usted no es el único, amigo mío, algunos lo pasan peor que usted. Es lo que ocurre en este país.
—¡Perro, perro!— Mendel se abalanzó sobre la garganta de Ginzburg y empezó a estrangularlo. Pedazo de bastardo, ¿no comprendes lo que quiere decir humano?
Lucharon nariz contra nariz. Ginzburg, aunque sus asombrados ojos se le saltaban, comenzó a reír.
—No chillarás más. Te convertiré en hielo.
Los ojos se le encendieron de furor y Mendel sintió un frío intolerable que le invadía el cuerpo como una daga helada, haciendo temblar todos sus miembros.
Ahora muero sin ayudar a Isaac.
Se reunió una multitud. Isaac daba alaridos de miedo.
Colgándose de Ginzburg en su última agonía, Mendel vio reflejado en los ojos del recolector de pasajes la profundidad de su terror. Pero vio que Ginzburg, mirándose a sí mismo en los ojos de Mendel, veía reflejarse en ellos el alcance de su propio terrible furor. Contemplaba una trémula, centelleante, cegadora luz que producía oscuridad.
Ginzburg quedó pasmado:
—¿Quién, yo?
Lentamente fue aflojando la mano que tenía sobre el viejo retorcido y Mendel, con el corazón latiéndole apenas, se desmoronó en el suelo.
—Ve—murmuró Ginzburg—, llévalo al tren.
—Déjalo pasar—ordenó a un guarda.
La multitud se abrió. Isaac ayudó a levantarse a su padre y bajaron trotando los escalones que llevaban a la plataforma donde el tren esperaba, encendido y listo para partir.
Mendel encontró un asiento en el vagón para Isaac, y lo abrazó presurosamente.
—Ayuda a tío Leo, Isaakil. Acuérdate también de tu padre y de tu madre.
—Sea bueno con él—le dijo al guarda—. Muéstrele dónde está todo.
Esperó en la plataforma hasta que el tren comenzó lentamente a moverse. Isaac estaba sentado en el borde del asiento, la cara estirada en dirección al viaje. Cuando el tren partió, Mendel subió las escaleras para ver qué había sido de Ginzburg.






































