
GARCÍA MÁRQUEZ O
Por Mario Benedetti
(Letras del continente mestizo, Arca, 1972)
“Muchos
años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía
había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el
hielo”. Así empieza Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez
que integra, desde ahora (con Rayuela, de Cortázar, y La casa verde, de Vargas
Llosa), el tríptico más creador de la última narrativa hispanoamericana. Al
igual que el coronel Aureliano Buendía, también García Márquez fue a conocer el
hielo, por supuesto no el témpano textual, sino el de las leyendas de la
infancia, ese que hizo que confesara a Luis Harss : “Se me están enfriando los
mitos”[1]. Afortunadamente, más o menos por la misma época de esa confesión,
decidió reanimarlos, volverlos a la vida, mediante el simple recurso de
acercarles un poco de delirio.
Gabriel García Márquez
nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1928. En 1955, cuando publicó su primera
novela La hojarasca, ya era conocido por su cuento Un día después del sábado,
que obtuviera el primer premio en el concurso de cuentos convocado por
Casi todos los relatos de
García Márquez transcurren en Macondo, un pueblo prototípico, tan inexistente
como el faulkneriano condado de Yoknapatawpha o
Por otra parte, el
novelista crea elementos de nivelación (el calor, la lluvia) para emparejar o medir
seres y cosas. (Por lo menos el primero de esos rasgos ha sido bien estudiado
por Ernesto Volkening [3]. En La hojarasca, en El coronel, en alguno de los
cuentos, el calor aparece como un caldo de cultivo para la violencia; la
lluvia, como un obligado aplazamiento del destino. Pero calor y lluvia sirven
para inmovilizar una miseria viscosa, fantasmal, reverberante. El calor,
especialmente, hace que los personajes se muevan con lentitud, con pesadez. Por
objetiva que resulte la actitud del narrador, hay situaciones que, reclutadas
fuera de Macondo o quizá del trópico, se volverían inmediatamente explosivas;
en el pueblo inventado por García Márquez son reprimidas por la canícula.
(Quizá valdría la pena comparar el machismo urgente de las novelas mexicanas
con el machismo sobrio de García Márquez). Claro que, entonces, la parsimonia
de esas criaturas pasa a. tener un valor alucinante, un aura de delirio, algo
así como una escena de arrebato proyectada en cámara lenta.
Es así que pocos relatos
de García Márquez incluyen escenas de violencia desatada. Colombia es el. país
latinoamericano donde, en obediencia a la vieja ley de la oferta y la demanda,
se han escrito más tratados sobre la violencia (hasta un sacerdote, Germán
Guzmán Campos, es coautor de un libro sobre el tema) ; en un medio así, la
economía de ímpetus que aparecen en estos cuentos y novelas, puede parecer
inexplicable. La verdad es, sin embargo, que la violencia queda registrada,
aunque de una manera muy peculiar. Ya sea como cicatriz del pasado o como
amenaza del futuro, la violencia está siempre agazapada bajo la paz armada de
Macondo. En estos relatos, el presente (que sirve de soporte a una impecable
técnica del punto de vista) es un mero interludio entre dos violencias.
En La hojarasca, por
ejemplo, lo actual es la lenta asunción de un cadáver, los morosos prolegómenos
de su entierro; sin embargo, el pasado del médico suicida está sembrado de
conminaciones, de condenas públicas, de infiernos privados, y la trayectoria del
ataúd, que “queda flotando en la claridad, como si llevaran a sepultar un navío
muerto”, no es por cierto más segura. En El coronel, ese viejo matrimonio que
se va hundiendo en la miseria y que diariamente hace el patético escrutinio de
sus negociables pertenencias, registra una devastación de su pasado (el hijo
fue acribillado en la gallera, por distribuir información clandestina) y la
última línea de la novela está ocupada por una rutilante palabrota que abre la
puerta a nuevos estragos. Pero entre uno y otro extremo sólo existe, bordeada
por el calor y la lluvia, una calma eléctrica, amenazada, tensa, húmeda. Aun el
gallo, que es de riña (es decir, de violencia), heredado del hijo muerto, es no
sólo un símbolo, sino un ejecutante de ese destino, pero habrá de ejercerlo una
vez que termine la novela, cuando llegue la estación de las riñas; mientras
tanto, es apenas un testigo.
No es, sin embargo,
casual que, en el país de la violencia, los relatos de García Márquez
transcurran por lo general en las escasas treguas. Tal vez ello muestre, por
parte del novelista, la voluntad de obligarse a ser lúcido en una región donde
cl hervor y el arrebato han instaurado un nuevo nivel de expiaciones y una
nueva ley que no es necesariamente ciega. García Márquez no es un escritor de
obvio mensaje político; su compromiso es más sutil. Acaso por eso elija las
treguas: porque esos lapsos son probablemente los únicos en que la mirada del
colombiano tiene ocasión de detenerse sobre los hechos escuetos, sobre la sangre
ya seca, sobre la angustia siempre abierta. Sólo durante las treguas es posible
llevar a cabo el balance de los estallidos. García Márquez no intenta extraer
consecuencias históricas, políticas o sociológicas; se limita a mostrar como
son los colombianos (al menos, los hipotéticos colombianos de Macondo) entre
uno y otro fragor, entre una y otra redada letal. El balance se hace
espontáneamente, mediante las duras compensaciones de la vida que vuelve a
transcurrir. Durante esas paces precarias, el coronel (que “no tiene quien le
escriba” acerca de la pensión que reclama como ex-combatiente de la guerra de
los mil días) reinicia su espera infructuosa, vuelve a sumergirse en su
incurable optimismo, reactualiza el parco amor que lo une a su mujer. No
obstante, en la última línea reasume su belicoso desencanto, pronuncia la agresiva
palabrota como una forma de sentirse vivo.
Algunos de los cuentos
que integran el volumen Los funerales de
Precisamente es en La
hojarasca donde esa tesis empieza a comprobarse, no ya mediante el cotejo, con
otros relatos, sino dentro del sistema contrapuntístico usado en la propia
novela. Frente al cadáver del médico francés que se ha ahorcado, tres
personajes (que son además tres generaciones: el abuelo, la hija, el nieto)
piensan por turno acerca del suicida o de sí mismos, barajan imágenes y
recuerdos, enfocan doble o triplemente algún hecho único, singular. El tiempo
externo de la novela es aproximadamente una hora; pero en cambio es enorme el
lapso abarcado por el tríptico mnemónico. También aquí la construcción se hace
en base a fragmentos, pero (a diferencia de lo que acontecerá con los cuentos)
el todo está a la vista, rompe los ojos. En La hojarasca, García Márquez
todavía no tiene la mano segura que escribirá los mejores cuentos y El coronel.
Todavía se nota demasiado el implacable trazado de zonas, la excesiva
preocupación por los cruces peripécicos, cierta intención de distanciamiento
que, en algunos capítulos, desvitaliza a los personajes. Aun con tales
descuentos, no deben ser muchos los escritores latinoamericanos que hayan
inaugurado su carrera literaria con un libro tan bien estructurado, tan
austeramente escrito y tan artísticamente válido.
Luego vendrá El coronel
no tiene quien le escriba, un relato en tercera persona que transcurre casi en
línea recta. La sobriedad expositiva es llevada al máximo; el narrador, que se
prohibe hasta los menores lujos verbales, contrae (y cumple) la obligación de
no tomar partido por los personajes, y de exponer diversas (aunque no todas)
etapas del expediente a fin de que el lector use su propia imaginación para
crear los complementos y extraer luego sus conclusiones. La novela tiene un
ritmo tan peculiar que, sin él, la historia perdería gran parte de la
fascinación que ejerce sobre el lector. Para contar esas incesantes idas y
venidas del coronel (del usurero al sastre, del correo al abogado, del médico
al sacerdote, y siempre regresando donde su mujer y su gallo), para relatar ese
tránsito cansino pero sostenido, es imposible imaginar otra prosa que no sea
ésta, sustancial, despojada, precisa, sin un adjetivo de más ni una verdad de
menos.
En La mala hora, la
violencia es una presencia agazapada. Todas las mañanas, las paredes del pueblo
aparecen con pasquines que revelan detalles ignominiosos de la vida del pueblo.
Pero también es una presencia literal. “Usted no sabe”, le dice el peluquero, a
Arcadio, el juez, “lo que es levantarse todas las mañanas con la seguridad de
que lo matarán a uno, y que pasen diez años sin que lo maten”. “No lo sé”,
contesta Arcadio, “ni quiero saberlo”. Pero en La mala hora, el crimen es algo
más que un recuerdo. Ya en sus comienzos, César Montero oye el clarinete de
Pastor, que trae a su mujer el recuerdo de la letra: “Me quedaré en tu sueño
hasta la muerte”. Y en realidad se queda, porque Montero sale y lo mata de un
tiro de escopeta.
Los personajes de La mala
hora constituyen suerte de coro, una mala una conciencia plural que con vierte
al pueblo en una gran olla de rencor. Los adulterios, las estafas, los
resentimientos, ceban la muerte, pero también encarnizan la acusación anónima.
“Quiero que pongas el naipe”, dice el alcalde a Casandra, la templada adivina
del circo, “a ver si puede saberse quién es el de estas vainas”. Ella calcula
bien las consecuencias, antes de echar las cartas q interpretarlas con precisa
lucidez: “Es todo el pueblo y no es nadie”. La novela no llega al nivel de El
coronel, quizá porque García Márquez se pasa aquí de austero. Los personajes
son lacónicos, la trama es ambigua, el hilo anecdótico es mínimo, los
personajes son vistos casi siempre desde fuera. El autor sortea casi todos esos
riesgos, pero de a ratos la novela parece inmovilizarse, no dar más de sí. Al
contrario de lo que sucede con Un día después del sábado, que parece un cuento
con tema de novela, La mala hora podría ser una novela con tema de cuento.
Llegados a este punto,
sin embargo, habrán de caerse todos los peros. La más reciente novela de García
Márquez, Cien años de soledad, es una empresa que en su mero planteo parece
algo imposible y que sin embargo en su realización es sencillamente una obra
maestra. “Las cosas tienen vida propia”, pregona el gitano Melquiades en su
primera irrupción, “todo es cuestión de despertarles el ánima”. No otra cosa
hace García Márquez, que en un largo arranque que tiene mucho de vertiginosa,
incontenible inspiración [6], pero también mucho de tenaz elaboración previa,
despierta no sólo a las cosas y a los seres, sino también a los fantasmas de
unas y otros.
Todos los libros
anteriores, aun los más notables (como Los funerales de
Claro que, en definitiva,
lo que menos importa es la alegoría. Cien años de soledad es sobre todo (anunciémoslo
sin vergüenza y con orgullo) una novela de lectura plenamente disfrutable. Y
eso en todos sus niveles: en el de la anécdota, que es sorpresiva, novedosa,
incalculable; en el del lenguaje, que es terso, claro, sin anfractuosidades; en
el de la estructura, que es imponente y sin embargo no hace pesar su
descomunalidad; en el de su buen humor, verdadero armisticio de estas
criaturas longevas, alarmantes y contradictorias; en el de su simbología, ya
que aquí hay señas y contraseñas para todas las lupas; y por último, en el de
su espléndida libertad creadora, ya que en esta novela de realidades y de
ensoñaciones, el legado surrealista vuelve por sus fueros e impregna de
gloriosa juventud, de imaginativa dispensa, de aptitud sortílega, de cautivante
diversión, un contexto como el colombiano, cuya acrimonia, ira y desecación (al
menos en su literatura) son proverbiales.
Si tuviera que elegir una
sola palabra para dar el tono de esta novela, creo que esa palabra sería: aventura.
La aventura invade la peripecia y el estilo, el paisaje y el tiempo, la mente y
el corazón de personajes y lectores. El autor aparece como un mero instigador
de tanta disponibilidad aventurera como posee la historia, como propone la
geografía, como tolera la nosomántica. Incluso el elemento fantástico está
prodigiosamente imbricado en esa trabazón aventurera. Asistimos con el mismo
desvelo a la (muy verosímil), doble vida sentimental de Aureliano Segundo, que
a la subida al cielo en cuerpo y alma de la bella Remedios Buendía. Todo, lo
creíble y lo increíble, está nivelado en la obra gracias a su condición
aventurera. El azar cae del cielo tan naturalmente como la lluvia, pero no hay
que olvidar que una sola lluvia macondiana dura cuatro años, once meses y dos
días.
Allá por su cuento (tan
difundido en antologías) Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, García
Márquez hablaba del “dinamismo interior de la tormenta”. Pues bien, en Cien
años de soledad ese dinamismo por fin se exterioriza, y arrolla con todo: los
techos, las paredes, la razón, los pronósticos. La nueva novela tiene numerosas
referencias a personajes de las otras instancias de Macondo que figuran en La
hojarasca, en Los funerales, en El coronel, en La mala hora, pero basta
comparar la austera credibilidad de aquellas figuras con la desembarazada, casi
loca articulación que ahora mueve a los mismos personajes, para advertir que si
el Macondo de los otros libros transcurría a ras de suelo, éste de ahora
transcurre a ras de sueño. Los ojos abiertos que, tácitamente, el novelista
reclama del lector, son en cierto modo los de una vigilia dentro del sueño. Por
algo, la más famosa enfermedad que atraviesa el libro, es la peste del
insomnio. ¿Dónde es permitido mantenerse inexorablemente despierto? ¿en qué
región que no sea la del sueño es posible la vigilia total, inacabable?
Justamente, varios de los pasajes más notables de la obra (por ejemplo, la
posesión de Amaranta Ursula por el último Aureliano) son aquellos en que las
cosas acontecen no exactamente como en la embridada realidad, sino como suelen
transcurrir en la dimensión imprevisible de los sueños, cuando el inconsciente
aparta por fin todas las convenciones y prójimos que molestan, todos los
códigos, rituales y miradas que impiden el cumplimiento de los deseos más
raigales. “En el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Ursula
comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría
podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los
estrépitos de guerra que trataban de evitar”. Sí, Amaranta Ursula lo comprende,
y evidentemente se trata de uno de esos lúcidos alcances que sobrevienen dentro
del sueño, porque un silencio así, tan compacto, tan fragante, tan fértil,
entre dos que hacen peleada y furiosamente el amor, puede sobrevenir, en el
plano de la mera comprensión, como un deseo que tiene conciencia de las
distancias; pero sólo puede realizarse en esa desenvoltura, inmune y resuelta,
que crea el ensueño.
En una dimensión así,
donde todo parece levemente distorsionado pero no irreal, cada premonición
ocurre como vislumbre, cada palabrota suena como un canon, cada muerte viene a
ser un tránsito deliberado. Quizá ahí esté el más recóndito significado de
estos pavorosos, desalados, mágicos, sorprendentes Cien años de soledad. Porque
la verdad es que nunca se está tan solo como en el sueño.
(1967)
Notas
[1] Luis Harss: Los nuestros,
Buenos Aires, 1966.
[2] Así informó la revista Eco, Bogotá, N° 40, agosto 1963.
[3] Ernesto Volkening: Gabriel García Márquez o el trópico desembrujado, en
revista Eco, Bogotá, N° 40, agosto 1963.
[4] Art. cit.
[5] Angel Rama: García Márquez: la violencia amena, en semanario Marcha,
Montevideo, N° 1201, 17 de abril Montevideo, N° 1201, 17 de abril de 1964.
[6] Según cuenta Luis Harss (ver nota 1), García Márquez le escribió en
noviembre de 1985: “Estoy loco de felicidad. Después de cinco años de
esterilidad absoluta, este libro está saliendo como un chorro, sin problemas
de palabras”.






































