
César
Aira
Deploro a
los lectores que vienen a decirme que "se rieron" con mis libros, y
me quejo amargamente de ellos. Lo he hecho en forma oral o por escrito cuantas
veces se ha presentado la ocasión. Es un lamento constante en mí; puedo decir
sin exagerar que esos comentarios han envenenado mi vida de escritor. Me
repito, es inevitable, pero se debe a que la causa también se repite, me lo
dicen de cada libro que publico: cómo me reí, cómo me reí. Todos mis libros,
todos mis lectores. No voy a extenderme en los motivos por los que aborrezco
del humor en la literatura (eso es cosa mía), porque creo que aunque mis ideas
al respecto fueran distintas, y hasta opuestas, la reincidencia, ya tan
previsible, de ese "elogio", seguiría siendo un gesto descortés, con
un matiz paternalista, desdeñoso, y, conociendo mis sentimientos, directamente
agresivo. Cuando lo comento con amigos o colegas, siempre me responden que mis
novelas contienen efectivamente elementos humorísticos, incluso chistes, y que
es inevitable reírse porque funcionan, son eficaces, ingeniosos, originales. Me
dan ejemplos, con los que ellos mismos se rieron en su momento, y cuando me los
cuentan a veces yo también me río, ya que estoy. Pero ahí no está el problema.
Me molesta que me lo digan, y que sea lo único que me dicen. Si se quedaron
ahí, es porque no encontraron nada más. La risa es la única reacción que me
mencionan. Nunca me dicen que se conmovieron, o que se interesaron, o que los
hizo pensar o soñar. "Leí tu último libro: ¡cómo me reí!" Ahí se
termina todo. Y si advierten, por mi silencio o mi cara de disgusto, que el
elogio cayó mal, y quieren explayarse para arreglarlo, me cuentan
"cómo" se rieron: a carcajadas, con lágrimas que les impedían seguir
la lectura, hasta que les dolían las costillas, hasta que la esposa venía a
preguntarles qué les pasaba, etc. Una vez o dos o tres yo lo habría aceptado de
buena gana; no soy un maniático. ¿Pero treinta años de oír lo mismo? ¿Decenas
de libros de risas y nada más que risas? No puedo concebir que a un escritor de
verdad, a cualquiera de mis ídolos o modelos, se le acercaran los lectores a
decirles cuánto se habían reído con sus libros. Los que tratan de consolarme me
dicen que no hay mala intención: el libro les ha gustado, quieren decírmelo
rápido y sin entrar en análisis que podrían parecer pedantes o fuera de lugar,
y lo que encuentran más a mano es eso. Después de todo, la risa es un valor
positivo; se asocia con la felicidad, con la alegría, con la satisfacción. No
me convencen. Lo peor es cuando recurren a esa estúpida distinción: no se ríen
"de" vos, se ríen "con" vos. ¿Ah sí? ¡Pero sucede que yo no
me río cuando escribo! No podría decir por qué escribo (mucho menos podría
decir por qué sigo escribiendo, después de tanta risa) pero puedo asegurar que
no lo hago para provocarme, ni provocarle a nadie, una reacción visceral,
irracional, animal, como es la risa, como no escribo para provocar ladridos o
relinchos. Si es todo lo que tienen que decirme, prefiero que no me digan nada.
Además, he dicho muchas veces que me molesta, que me deprime, ¿entonces por qué
siguen haciéndolo? Y aunque no lo hubiera dicho, basta pensarlo un momento,
basta tener el más leve conocimiento del trabajo solitario y difícil de un
escritor, para darse cuenta de que es una grosería. Sólo estaría justificado
con el autor de uno de esos libros que se llaman "Nuevos Chistes de
Gallegos" o cosas por el estilo.
En fin. No
sé para qué vuelvo sobre el tema. Lo único que voy a conseguir es que se rían
de esto también. Tiene algo de una maldición, de esos hechizos que cuanto más
se hace para escapar de ellos más actúan. Pero no fue del todo inútil
escribirlo porque mientras lo hacía me vino un recuerdo que quizás toque las
raíces del problema.
La bandita
de chicos y chicas con la que yo andaba entre mis quince y dieciocho años, allá
en Pringles, recurría mucho al "cómo me reí" para todos sus relatos,
anécdotas y descripciones. Era el final obligado para todo lo que contaban, y
como siempre nos estábamos contando algo, tan interesante y digno de contar nos
parecía todo lo que nos pasaba, el encarecimiento de esas risas se repetía cien
veces por día. Los jóvenes de esa edad se ríen mucho, seguramente porque no
tienen otra cosa que hacer, pero sólo cuando algo les causa gracia, o cuando se
provocan unos a otros y se contagian la risa, y en ese caso hasta pueden reírse
sin motivo. Pero esto último es raro: no recuerdo que nos haya pasado nunca.
Nos reíamos moderadamente, como todo el mundo, y muchas tardes y noches
transcurrían tristes, pensativas, preocupadas. O adormecidas, porque recuerdo
que siempre teníamos sueño, o nos parecía elegante fingirlo. La risa no estaba
tanto en los hechos como en los relatos que nos hacíamos; ahí estaba siempre,
infalible, pero estaba nombrada, narrada, no "reída". Era un modo de
"cerrar" los relatos, de darles valor. Alguien contaba algo,
cualquier cosa: que una tía había ido a cenar a su casa y se había tirado una
copa de vino sobre el vestido. Eso al narrador o narradora le había producido
risa, una risa irreprimible, que había tratado de disimular, porque su tía era
una de esas solteronas susceptibles que se ofendían por nada, pero a pesar de
sus esfuerzos no había podido contenerse, y sus hermanos se habían
contagiado... O había visto en la calle a un viejo con un paraguas rosa, o a un
perro que hacía caer a un ciclista, o recordaba a una profesora en el colegio
que usaba peluca... Qué risa loca les había dado, cuánto se habían reído,
nunca, pero nunca, en sus vidas, se habían reído tanto. Era como si los cuentos
se terminaran demasiado pronto, y el único modo de prolongarlos fuera contar
cuánta risa habían provocado. O bien el narrador temía, casi siempre con buenos
motivos, que su cuento tuviera poco interés, y creyera que el relato de la risa
que le había causado el hecho podía justificarlo. En los adolescentes todo está
en proceso de hacerse, y las habilidades narrativas no son una excepción. La
capacidad de decir, de expresarse, se está inventando sobre la marcha, y esta
acentuación mediante el relato de la risa es un ensayo más, que se abandonará
una vez que quede demostrado que no sirve. La intensidad de socialización que
conllevan esas banditas juveniles (no podíamos estar separados) hace de
laboratorio.
Como el epílogo de la risa se repetía siempre igual, había que variarlo, o intensificarlo mediante la variación. Es un recurso que se usó en la poesía renacentista y barroca, creo que los filólogos lo llaman "sobrepujamiento"; en una poesía cuyos elementos estaban prefijados en un canon inmodificable, el único modo de lograr que un poema valiera la pena era intensificar esos elementos, y entonces la blancura de la tez de la amada se hacía blanca como la nieve, y después como la nieve impoluta de las altas cumbres, y después como portentosas acumulaciones de nieve impoluta bajo el rayo refulgente del Sol, y así sucesivamente. Mis amigos usaban el tropo por intuición. Decían que el suceso les había provocado risa, pero como de todos los sucesos antes habían dicho lo mismo, éste último tenía que haber provocado más risa, y el próximo más todavía, y como se llegaba pronto al máximo, se hacía necesario sobrepujarse mediante descripciones de una risa abrumadora, aniquiladora, que les producía paros cardíacos, hipo, dolor en todo el cuerpo como si los hubieran apaleado, pesadillas, convulsiones, dolor de muelas, no habían podido comer, ni dormir, los padres habían querido llamar a un médico...
Sea como
sea, yo no participaba activamente en este juego. Si lo estoy contando es
porque lo había observado, y ya entonces lo había desmitificado. Alguna vez lo
habré hecho, pero con desgano, sin convicción. Creo que me habría dado
vergüenza mentir, porque habría sido una mentira muy patente. Y mucho menos me
habría embarcado en descripciones hiperbólicas de una risa inexistente. Además,
yo era el que menos historias tenía para contar.
Conservo un
recuerdo muy preciso que muestra la distancia que ponía respecto de esta
maniobra, y el hecho de que lo recuerde tan bien, tan nítido y aislado, ya de
por sí indica la distancia. Una vez le contaba a una chica, una de las
integrantes de esta bandita, lo que me había pasado en un viaje en tren. Yo
había ido al vagón comedor a almorzar, y a mi lado se había sentado un hombre
de unos cincuenta años, que entabló conversación con el matrimonio sentado
enfrente (era una mesa de cuatro). Les contó su vida, que había sido la vida
errante de un marinero, por todos los mares del mundo. Cuando sirvieron el
café, este hombre lo tomó con la cucharita, sin llevarse el pocillo a los
labios, cucharada por cucharada hasta vaciar el pocillo. Eso era todo, y el
motivo de contarlo era lo extraño de este modo de tomar el café, que yo nunca
había visto. Y en retrospectiva también queda justificado, porque nunca volví a
ver a nadie tomar así el café.
Eso era todo, pero cuando hube terminado mi amiga se quedó esperando, como si sintiera que faltaba algo, y al ver que yo no tenía intenciones de agregar nada dijo: "Me imagino cómo te estarías riendo". Yo seguí callado, o asentí vagamente. Ella insistió: "No podrías más de la risa, te estarías retorciendo por dentro." Recuerdo (porque este episodio lo recuerdo con un detalle sobrenatural, al microscopio) que me sentí un poco molesto, y hasta arrepentido de haberle contado esa historia. Me parecía que ella la había tomado para el lado que no correspondía, aunque en ese momento me habría sido difícil especificar cuál era el lado que sí correspondía. Eso lo aprendí con la vida, con mi propia vida (entre otras). En el mundo hay gente rara, con rarezas grandes o chicas, y ya entonces yo adivinaba que esas rarezas había que registrarlas. Eran materia narrativa, pero no para producir un efecto; al contrario: el efecto las anulaba; debían quedar en suspenso, a la espera. ¿Qué apuro había por reírse? Encontraba fuera de lugar esa ansiedad porque yo me hubiera reído. Debió de ser por eso que me obstiné en no responderle, seguramente puse cara de nada, como si ocultara un secreto o hubiera dejado algo sin contar. Ella se sintió obligada a insistir. Lo hacía con buena intención: me estaba sugiriendo un desenlace, el único desenlace posible desde su punto de vista. Pero yo había decidido, en favor del misterio y el destino, que no había desenlace. Si era necesario, prefería reconocer que el cuento tenía poco mérito. Además, no se lo había contado con la intención de deslumbrarla o divertirla, sino porque sí, por hablar, por llenar el tiempo.
Quizás fue
en esa ocasión que me di cuenta de lo mucho que abusaban mis amigos de la
"risa", y lo ficticia que era. Porque en este caso su necesidad se
hacía patente, el relato no se sostenía sin ella, como me lo estaba haciendo
saber mi amiga, mientras que en los hechos no había habido risa; a mí no se me
había ocurrido reírme de ese ex marinero que tomaba el café con la cucharita,
ni mientras él lo hacía ni mientras yo lo contaba. Ella debía de estar
pensando: ¿y para qué lo cuenta entonces?
Hay algo
más todavía, algo más oscuro y secreto que no acierto a poner en palabras.
Reírse puede ser, además de una expresión de alegría, una reacción nerviosa,
propia de jóvenes muy jóvenes, y se me ocurre que más de chicas que de chicos,
aunque a esa edad lo femenino y lo masculino están bastante mezclados. La risa
es una salida a situaciones embarazosas o vergonzosas, y su asociación con el
humor les da a esas situaciones, que de otro modo los jóvenes no sabrían cómo
manejar, un tinte de anécdota graciosa, de las que pueden contarse como un
chiste. No sé. Los psicólogos lo deben de tener estudiado. Sea como sea, eso
pasa en la realidad. Y la realidad se manifiesta en relatos. En los
adolescentes, que ya están frente a la vida pero todavía no han vivido, y por
lo tanto no tienen nada que contar, los relatos completan la realidad, y cada
uno lo hace como puede. Los integrantes de la bandita a la que yo me había
adherido recurrían a la risa, aunque no a la risa de verdad, la reída, sino la
contada, y la contaban siempre, se complacían en contarla aunque no hubiera
sucedido y tuvieran que inventarla, y la volvían la justificación última de
todo o casi todo lo que contaban. Y yo seguía con ellos aun después de comprobarlo.
Mi joven
amiga estaría pensando mientras tanto (y no por primera vez) "qué raro es
este tipo". Lo mismo han pensado otros, todo a lo largo de mi vida, y
supongo que es lo que piensan ahora cuando se enteran de que me molesta que me
"elogien" las novelas diciendo que les provocaron risa. Ella
encontraría raro que yo no me adhiriera a sus convenciones, o a esa convención
de los relatos con risa, que era la que le daba el tono al grupo. Todos lo
hacían, era tan fácil hacerlo, les daba una sensación de seguridad y
pertenencia; nos reíamos de los demás, de los adultos; era un modo de crear una
distancia, la famosa "distancia irónica", y afirmarnos en nuestra
diferencia, diferencia que tomaba el matiz de una superioridad, pues el que se
ríe está encima del objeto de la risa. Maniobras típicas de la adolescencia,
compensación de una inferioridad y una dependencia muy reales. Y como reírse de
verdad implica un esfuerzo, psíquico y hasta físico, nos limitábamos a decirlo,
no a hacerlo. Era una convención, lo que no tiene nada de extraño porque los
grupos juveniles están llenos de convenciones. Yo no la aceptaba, y en realidad
creo que no aceptaba ninguna de las convenciones que regían la mecánica interna
de nuestra bandita. Mi amiga, y todos los demás, debían de haberse dado cuenta
de que no lo hacía por prurito de originalidad, sino por mi carácter, por la
fatalidad de ser como era y no poder ser de otro modo. Esta fatalidad me dolía,
porque nadie más que yo quería pertenecer y ser aceptado. Y lo era, sinceramente;
no sólo me aceptaban sino que también me admiraban. Ella bien podía estar
diciéndose: "nosotros tenemos que usar esa estúpida muletilla de las
descripciones de la risa para dar valor a nuestros relatos; él no, porque no lo
necesita; él puede contar algo y dejarlo flotando en el éter de un sentido que
es otro y distinto..." Me temo que en esa suspensión quedó algo sin
resolver, y después tuve que pagarlo muy caro.
Ahora que
lo pienso: la anécdota de mi viaje en tren, y su complemento
"risueño" que no fue, podría tener doble fondo, porque esta chica a
la que se la contaba tenía un sentido del humor muy desarrollado, que compartía
con su madre. Las dos se estaban divirtiendo siempre con bromas que inventaban
sin motivo, sólo porque no podían con su carácter, las improvisaban sobre la
marcha, o las planificaban, también sobre la marcha, a veces eran simples,
pueriles, a veces complejas y de largo alcance, casi siempre eran secretas y la
víctima ni se enteraba, siempre eran gratuitas. Eran una rareza, en la vida
pueblerina de realidades duras y prácticas. Más raro todavía era que
participara un adulto. La broma correspondía al mundo infantil o juvenil, los
adultos tenían otras cosas que hacer. Me parecía un rasgo muy civilizado, muy
sofisticado, que una madre inventara bromas con su hija y las pusieran en
práctica, lo veía como un contacto modernista de dos mundos. Significaba que un
progenitor tenía tiempo y ganas de compartir con un hijo algo propio de éste, y
podía desplazarse en el tiempo hasta llegar al presente, donde nadie habría
esperado encontrarlo. Según mi experiencia, eran los hijos los que se suponía
que debían viajar al pasado a sintonizarse con el mundo adulto, que era
eminentemente serio.
Lo más raro es que yo, aunque frecuentaba la casa de esta chica, y veía siempre a su madre, nunca había podido comprobar que hicieran bromas o que compartieran el sentido del humor, o lo tuvieran. Lo sabía porque me lo habían dicho. Era lo mismo que la cuestión de la risa, y hasta el mismo tema. Los demás miembros del grupo siempre lo estaban diciendo, y encareciendo lo mucho que se divertían ellas dos a costas de parientes y amigos. En el estilo general de narración que ya he mencionado, estos relatos terminaban con descripciones de risas interminables de la madre y la hija, de la hija y la madre, después de haber hecho "caer" a alguien con alguna de las farsas que estaban montando todo el tiempo. Deben de haberme contado muchas de esas bromas, pero no recuerdo ninguna. No creo que me hayan contado nada memorable.
O sea que
no tuve modo, directo ni indirecto, de comprobar la veracidad de esta fama. Aun
así, la creí, lo que me sorprende porque ya había aprendido a ser escéptico con
estos relatos de risas y humor. Seguramente lo creí por pereza, por no
molestarme en pensarlo. Pero lo acepté y lo archivé como un hecho, para
siempre. De esto debería deducir que mi mente funcionaba (o empezó a funcionar
desde entonces) aceptando como creíble lo que no valía la pena comprobar, o
poniendo en un plano más allá de la mentira y la verdad lo que se relacionara
con la risa, con una risa que no existía fuera de su relato y descripción.
Interesante
teoría, y no sé si la desmiente o no lo siguiente: muchos años después, veinte
o treinta, el azar de la memoria me trajo un recuerdo, milagrosamente intacto,
que pude reinterpretar y entonces sí, tuve una prueba al fin de lo que había
aceptado sin pruebas. Mi amiga estaba enferma, seguramente la llamé por
teléfono y me dijo que estaba en cama, y fui a visitarla. Estaba en su cuarto, que
compartía con la hermana (tenía una hermana mayor a la que yo no veía nunca, y
podía cruzármela en la calle sin reconocerla), era invierno y tenía puesto un
camisón de franela de mangas largas, color rosa. La casa era vieja, yo la
conocía bien, de techos altísimos y pisos de madera en los cuartos, de baldosas
en la galería cerrada. Me senté en la cama de al lado y nos pusimos a charlar,
no sé de qué y no me explico bien cómo, pues no hay ser humano con menos
conversación que yo. Ella no debía estar muy enferma porque la recuerdo sentada
en la cama, muy vivaz. Creo que la madre entró trayendo una bandeja con té y
masitas, y se quedó. Quizás oyó que la conversación languidecía. Me hizo
preguntas, que debo de haber respondido. Una de ellas fue sobre mi inminente
partida a Buenos Aires, donde iría a estudiar Derecho. De ahí puedo deducir que
yo estaba en el último año del Colegio, o sea que tenía diecisiete años (mi
amiga tenía uno menos). Me preguntó si tenía familia en Buenos Aires. Sí, tenía
una tía, una hermana de mi madre. Ella debe de haber asentido, seguramente la
conocía a mi tía o la recordaba de su juventud; en Pringles todos se conocían;
yo era el único que no conocía a nadie. Además, ella también tenía una hermana
que vivía en Buenos Aires, qué coincidencia, y cuando sus hijas se fueran a
estudiar, la tendrían de apoyo y resguardo, como yo tendría a mi tía. Era
importante tener algún familiar en la gran ciudad. Pero además, dijo una de las
dos, también está Roque, otro tío o primo o algo, y su esposa Elcira. De modo
que no le iba faltar compañía familiar cuando se fuera. Qué bien.
¡Y Eduardo
y los primos, cómo se olvidaban de ellos! Era cierto, Eduardo... Y los padres
de Eduardo: Adolfo y Clarita, también estaban Adolfo y Clarita, y la hermana de
Clarita: Luisa. Luisa era viuda, me aclaraba la madre (como si a mí me
importara), pero, le recordaba a la hija, sus hijos casados también vivían en
Buenos Aires y tenían mucha relación con ellos porque solían venir a Pringles a
cazar. ¡Tan simpáticos! Carlos con su esposa Irene y los chicos, Carlitos y
Federico, Luis Pedro y su mujer Fernanda con las tres nenas, Eloísa, Claudia y
la beba. Y Lucas con su esposa Florencia, que tenían esa casa tan bonita en San
Isidro y seis hijos: Tomi, Isabel, María Inés, Pedrito, Anahí y Luchi.
No, definitivamente no le iba a faltar compañía cuando se fuera a estudiar, sobre todo porque además estaban los primos del padre, radicados desde jóvenes en Buenos Aires: Rodolfo, casado con Dora, Alberto, con Carmen, y Santiago, divorciado de Tota. Las hijas de Rodolfo y Dora: Pepa, Angelita y Débora, Angelita casada (con Cristian) y con dos preciosos mellizos. Los de Alberto y Carmen: Susana y Johnny. El de Santiago y Tota, Alejandro, que había sufrido tanto el divorcio de los padres. La novia de Johnny, Olivia, también estudiaba Derecho.
Y de pronto, dándose una palmada en la frente: se olvidaban de los Malbrán, que eran una tribu enorme, toda una veta de primos, en realidad los parientes más cercanos que tenían en Buenos Aires, los Malbrán-Figueroa, Tita y Roberto, Amelia y Andrés, Rosa y Juan Pablo, las tías Cecilia y Julie, Orlando el solterón, y los hijos casados, Urbano, Aristóteles, Elke (qué nombrecitos había elegido la tía Tita), Ernesto, Arturo, Haydée, Alfredo, Juan, Leticia, Sofía, Liliana. Y por el lado de los Figueroa, el médico Carlos Alberto y su mujer Anita, Baltazar, Asunta, Inés y Agustina, los tres hijos varones del difunto tío Miguel, Mario, Marcelo y Pancho con sus respectivas esposas Ana María, Luz y Rosalía.
Aunque se trataban menos, había que recordar a Hilda y Ornar. Y a la prima de la abuela, Mercedes, que estaba muy viejita y achacosa y vivía con su hija soltera Tina. La que sería importante era la hermana casada de Tina, María Herminia: su marido Aldo, arquitecto, había construido una casa enorme a la que siempre los estaban invitando. ¡Y Enrique y Helena! Justo y Flora. Los hijos de Diego: Martina, Esperanza, Salvador y Blanca, que era monja.
Beto y Luisa. El tío Ramón. Eduardo... ¿Qué Eduardo? El hijo mayor de Oscar el pintor. ¡Ah, ese Eduardo! Sí, Eduardo, y su esposa Lina, y la hija del matrimonio anterior de Lina, Estela.
Patricia. Olga. Cecilia, Marcos y Graciela. ¡Y Hugo!
Bueno, dijo
mi amiga con un gesto, si también iban a tomar en cuenta ese lado de la familia,
era de nunca acabar. Estaban los hermanos de Patricia, Rodrigo y Gustavo, sus
esposas Gloria y Mabel, sus hijos Daniel, Gastón, Beatriz, Marcos y Norma. Y
Caro, su hija Natalia y sus nietas.
¡Amanda! La tía Elba, Filomena, Maruja. Angelito y su esposa holandesa que cocinaba tan bien y era tan hospitalaria. Elvira, que se había quedado sola y siempre los estaba invitando. ¡Manuel!
¡Sergio!
Eugenia y Rosario, Julio, Darío, sus hijos Emilio y Nora, Matilde, Diana,
Marta, Néstor. Olga y Nico, Teresa, Margarita, Delia, Laura, Raquel, Ofelia,
Leticia, Mirta.
Así
siguieron una media hora, o más. Yo me limitaba a escuchar, vagamente admirado
de la cantidad de parientes que tenían en Buenos Aires, pero sin hacerme
ninguna idea especial al respecto, salvo el contraste conmigo, que tenía una
sola tía... Lo aceptaba todo en su valor literal, tal como lo decían, y cuando
cesaron al fin hablamos de otras cosas y después me despedí y me fui. Como
dije, tardé un cuarto de siglo en caer en la cuenta de que debían de haber
estado tomándome el pelo. De modo que ahí tengo un buen ejemplo del tipo de
bromas al que se libraban madre e hija. No sólo había sido testigo de una sino
su objeto.
Ahora que
lo escribí, se me hizo patente la dimensión de la broma, su infinita gratuidad,
y la habilidad de esas dos demonias. Me llevó dos días escribirlo y tuve que
exprimirme a fondo el cerebro para encontrar tantos nombres distintos, mientras
que ellas los habían improvisado sobre la marcha, sin vacilaciones ni
repeticiones, alternándose a toda velocidad como actrices en una comedia bien
ensayada, aunque obviamente lo inventaban en el momento. Y serias,
convincentes, verosímiles, al menos lo suficiente para hacer caer al ingenuo
distraído que era yo. Supongo que no se necesitaba mucho. Qué increíble que yo
pasara por el genio de la banda, el superinteligente. Visto en restrospectiva,
fríamente, nadie que no fuera un completo imbécil podía ser víctima de esa
farsa. Pero de mí no podía esperarse otra cosa, al menos yo no osaría esperarla.
Yo no pensaba. Nunca pensé. En todo caso, pienso después, y treinta años no es
un máximo para mí, es un mínimo, aunque parece un récord para entender un
chiste.
No es que
yo no pensara; todo el mundo piensa. Lo que no hacía era "unir", y si
no se une, el pensamiento no sirve. Porque estoy seguro de que ya me habían
dicho y repetido, y subrayado, lo bromistas que eran esta chica y su madre
cuando operaban juntas. Y lo había registrado bien; yo registro todo, soy un
monstruo de memoria, eso todos lo reconocen. Pero los datos que registro y
archivo, al entrar a mi mente pierden toda relación con la realidad, y como
ésta es el nexo común a todos los datos, pierden también toda relación entre
sí.
Me pregunto
qué habrán hecho cuando me fui y se quedaron solas. ¿Se habrán reído? Es lo
lógico. Deberían haberse reído como en esos relatos que yo me había
acostumbrado a oír, "nunca en su vida" deberían haberse reído
"tanto, pero tanto", hasta las lágrimas, durante horas, hasta
desmayarse, hasta morirse. La lógica del relato, su irrealidad, lo exigía. O
quizás no se rieron, quizás ni siquiera volvieron a mencionar el tema,
avergonzadas de haberse burlado de un inocente tan inocente y tan estúpido. Mi
estupidez pudo provocarles algo así como vergüenza ajena. O al revés, pueden
haber supuesto que yo no había caído, que me había dado cuenta desde el primer
instante y había estado burlándome de ellas, en silencio, muy en mi estilo, con
mi impasibilidad y mi indiferencia. Estaría mucho más de acuerdo con mi fama de
genio. Lo cierto es que no se lo contaron a nadie (lo sé porque tarde o
temprano habría llegado a mis oídos), y esa clase de bromas no estaban
completas hasta que no se contaban, con el agregado infaltable de la
descripción de las risas que había provocado.
No obstante,
de algo debo de haberme dado cuenta. Caso contrario, no lo recordaría como lo
recuerdo, con tanta claridad, tan recortado sobre el fondo confuso del pasado.
Como si lo hubiera guardado con especial cuidado para entenderlo más adelante.
¿Pasará así con todos los recuerdos? ¿Uno se olvidará de los chistes, y de las
cosas en general, una vez que los ha entendido? ¿Mi memoria sobrenatural se
deberá a que nunca entendí nada? En ese caso la risa sería la clave del olvido.
Antes usé
una metáfora: "el azar de los recuerdos..." No sé si es exactamente
una metáfora. Creo que lo pensé como una ruleta, por una asociación casual que
ya se me ha hecho permanente. Una vez O. me contó cómo pasaba sus días en ese
entonces. Yo se lo había preguntado, la curiosidad me vino al oírle decir que
casi no salía de su cuarto (y yo sabía que estaba viviendo en un cuarto sin
ventana en un siniestro hotelucho). Dijo que se entretenía con los recuerdos.
Tirado en la cama mirando el techo, dejaba girar "la ruleta" de la
memoria, y donde cayera "la bola" ahí revivía un momento o época de
su vida. Lo cual, agregó, podía ser bueno o malo. Por lo general era malo, lo
que es coherente con la metáfora porque en la ruleta son muchos más los números
perdedores que los ganadores. Pero aun así valía la pena por el placer inmenso
que obtenía de los escasos recuerdos felices, cuando el azar quería que
salieran. ¡Qué deleite entonces, qué goce, cuánta dicha! Aunque era muy
expresivo, y esto lo contó con mucha convicción, quedé lejos de darle ningún crédito.
Lo descarté de inmediato como una de esas cosas que se dicen por decir, porque
suenan bien, y hasta creo que lo consideré fallido en términos literarios,
convencional, sentimental. Debo de haber pensado "Hasta los grandes
escritores tienen esas caídas de nivel". Además, en esa época O. estaba en
un paroxismo alcohólico, y seguramente se pasaba las tardes bebiendo, y los
balbuceos mentales de un borracho desmentían la precisión mágica a la que
aludía "la ruleta" de los recuerdos.
Desde que
O. murió, hace veinte años, yo atesoro cada recuerdo que tengo de él, y los
recuerdos que no le hacen honor (como éste, que sigo considerando uno de sus
puntos flojos) los reinterpreto y les doy vueltas, y me las arreglo, con mi
propio oficio de escritor aprendido entretanto (él fue mi maestro) para
transformarlos de un modo u otro. Éste de la "ruleta" no tiene
remedio, pero sí he logrado desentrañar una razón más profunda para el rechazo
que me provocó. No pude aceptar que hubiera recuerdos "buenos" y
"malos", felices o infelices. Para mí los recuerdos no tienen nada
que ver con la felicidad. La carga afectiva se agota en la distancia, la
distancia que hay entre el hecho y el recuerdo, entre la realidad y el
pensamiento, ese lapso extraño, irreductible, que permanece por siempre, una
eternidad limitada, el hecho en una punta, el recuerdo en la otra. No vale la
pena preguntarse por lo que hubo en el intervalo, porque no hay intervalo. Todo
es hecho y recuerdo, en un continuo abigarrado. El intervalo es una ficción, una
construcción mental. Y aun así, la distancia existe, porque es el tiempo. Pero
lo que quiero decir es que todo es distancia. Elástica, pequeña como un átomo,
grande como el cielo. Entre el chiste y la risa (porque a un chiste hay que
entenderlo), entre lo que pasó y el relato. Hay situaciones que se viven como
un relato, a veces me pasa, por deformación profesional, pero yo nunca entiendo
la situación en la que estoy, por algún motivo que no acierto a explicarme, las
vivo como chistes cuya "gracia" se me escapa y debo inventarla
después laboriosamente, a lo largo de los años. Chistes de los que nadie podría
reírse jamás.
¿Dónde está
la realidad entonces? Si es un juego de distancias... La risa estalla en el
presente: es un signo de realidad. De lo que yo no tengo: realidad. En aquel
medio de mis veranos adolescentes, la risa era su propia fábula. "No podía
parar de reírme..." ¿Qué hay más común que eso? Todo el mundo lo está
diciendo todo el tiempo. Mis amigos no eran para nada originales; el original
(a mi pesar) era yo. La risa quedaba en el nivel de la enunciación. Frente a la
realidad intratable, intratable para todos y tanto más para los jóvenes que
todavía no han aprendido a vivir, mis amigos adolescentes probaban con la
magia. Pretendían que el nombre de la risa fuera la risa, la risa liberadora
que los ponía por encima de las maniobras de dominación con que los adultos
pretendían apoderarse de sus almas. Yo era el único que no usaba el recurso, y
estoy seguro de que si alguna vez lo usé no me salió bien. No me veo poniendo
convicción en ese "cómo me reí, pero cómo me reí". Sigue pareciéndome
estúpido. Ahí también veo uno de esos juegos de distancia que me han
conformado. Que me parezca estúpido ahora no quiere decir que me lo pareciera
entonces. Yo era un adolescente común y corriente, como todos, típico, en todo
caso un poco más lento, más inmaduro. O más neutro, más invisible. Como si
entonces no hubiera existido y ahora me estuviera inventando. Aunque por
supuesto existí, y no estoy inventando nada. Cuando trato de reconstruir lo que
pude haber sido, debo reconocer que no había nadie más temeroso del mundo y más
desorientado que yo, de modo que nadie más que yo habría necesitado maniobras
de defensa y autoestima. ¿Por qué entonces no me adherí a ésta? Quizás porque
vi cómo funcionaba, y eso bastó para inhibirme. Es muy probable. Una de las
pocas cosas, o la única, en la que fui precoz, fue en la comprensión de los
mecanismos de la literatura. Y no importaba que la maniobra funcionara de
verdad, que diera aplomo y autoestima, como seguramente se la daba a mis amigos
(con esa magia pueril alcanzaba, tan irreal era todo): aun así, por el solo
hecho de tomar prestada una función de la literatura, yo no podía aceptarla. De
lo que deduzco que en mi aprendizaje de la vida, mi enemigo principal, la peste
de la que huía en toda ocasión, era la literatura. Mi vocación literaria, de la
que siempre estuve tan seguro, debió de ser una vocación "contra" la
literatura. De todos modos, no se puede desdeñar el poder de autorrealización
que tienen las palabras. El sueño es un caso especialmente elocuente. Decir
"tengo sueño" puede ser un modo persuasivo de dormirse. Una vida de
insomnios me hizo práctico en conjuros, invocaciones y tabúes. Uno termina
convencido de que su creencia es un arma mortal de puntería infalible: basta
con creerlo para que suceda. Pero esa convicción es incrédula en sí.
Como dije,
nosotros siempre teníamos sueño; o mejor dicho, siempre "teníamos
sueño". Siempre estábamos diciendo que teníamos sueño, que estábamos
muertos de sueño, que nos dormíamos de pie, etc. Yo no. O quizás sí, quizás
alguna vez lo dije, dejándome arrastrar por el discurso común. Pero no lo
sentía, nunca me sentía muerto de sueño y por cierto que jamás he podido dormir
en otro sitio que en la cama, y de noche. Y no podía saber si mis amigos lo
sentían de verdad. Era como el asunto de la risa, pero distinto. Se parecía en
que yo tampoco podía saber si realmente se habían reído tanto como decían
(aunque por supuesto la más enérgica sospecha apuntaba a la negativa). También
se parecían en que ambos eran escapes de un mundo hostil. Pero el sueño era más
fácil de "actuar" que la risa; ésta exige una energía y una decisión
que en el sueño están excluidas por definición. A mis amigos les resultaba
facilísimo, natural, ponerse en el personaje del adormilado, se diría que
estaban permanentemente en él. Era una coquetería, una elegancia. Si la risa
era relato, el sueño era teatro. Era como si una niebla viniera de pronto a
borronear las cosas y las palabras, y se impusiera un ceremonial del bostezo y
los ojos entrecerrados y no tener ganas de moverse ni de hablar ni de hacer
nada. A veces se olvidaban y se dejaban llevar por el entusiasmo de la charla o
el movimiento (después de todo, éramos casi niños), hasta que alguno se
acordaba: "qué sueño tengo", y al instante nadie quería ser menos.
Todos se derrumbaban, a veces sin palabras; no era necesario decirlo. Tampoco
era necesario gesticularlo o demostrarlo. Era más bien una explicación a
posteriori (aunque a veces a priori), la explicación de por qué no se había
hecho o dicho algo o reaccionado a algo. De algún modo, aunque parezca
ridículo, funcionaba como un signo de clase: un chico de la clase popular no se
andaba con adormilamientos intempestivos, si tenía cosas que hacer, por ejemplo
trabajar, trabajaba, y si no tenía nada que hacer practicaba deportes o se
reunía con sus amigos a perseguir chicas o charlar de fútbol. Y esa clase de
jóvenes no elegantes, cuando tenía sueño dormía. En nuestra banda era como si
no se durmiese nunca; el sueño, el adormecimiento, persistía, atravesaba los
días y las noches. Nunca me he puesto a pensarlo, pero supongo que es más fácil
ser elegante adormecido que despierto: los gestos se hacen más lentos, más
lánguidos, hay menos gestos, menos desplazamientos. No quiero decir que
fuéramos una bandita de estetas preocupados por la elegancia. Pero de todos
modos estaba presente la necesidad de saberse superior, y cuando no se lo puede
ser en los hechos, es una buena alternativa serlo en el espectáculo que uno da.
Esto es muy adolescente, muy propio del "pensamiento mágico", aunque
me pregunto si será justo buscarle una explicación por la edad. Ya adultos, y
casi viejos, algunos amigos de aquel entonces siguen con el "cómo me
reí" y el "estoy muerto de sueño" exactamente como lo hacían de
chicos. Recuerdo una vez que me encontré con uno de ellos, décadas después, en
la calle Florida. Hacía años que no nos veíamos. Él vivía en Europa, donde
triunfaba, estaba de visita en el país, nos vimos con placer, hablamos... De
pronto, sin que viniera para nada a cuento, me dijo: "Estoy dormido. Me
pasé toda la tarde en un sillón... Estoy completamente dormido..."
Balbuceó algo más en ese sentido y después seguimos charlando. Me trajo recuerdos
muy vividos de los veranos de Pringles, el tono en que lo había dicho era el
mismo de entonces, ¿y la intención? Lo más fácil sería decir que eso nunca, ni
antes ni ahora, había tenido ninguna intención precisa; quizás sí la tenía,
secreta.
Lo primero
que escribí, una novelita, el último de aquellos veranos (el de 1966-1967) tuvo
que ver con esta comedia del sueño, con un episodio que la llevaba a un punto
casi de exageración, y que con toda seguridad yo exageré más al escribirlo,
además de prolongarlo y adornarlo, porque el episodio en sí no tenía mucha
sustancia, sólo había sido importante por el efecto que me produjo, que me lo
hizo imborrable.
Fue una
tarde, no sé si al volver del Aeroclub, donde íbamos a la pileta, o una tarde
que no había habido natación. Da lo mismo. Estábamos en el cuarto que ocupaban
Finita y su hermana en la casa de su abuela; era de esos cuartos que hay encima
del garaje, en este caso bastante grande, con una ventana y creo que un
balconcito a la calle. Seríamos seis o siete, los de siempre. No sé cómo
habíamos ido a parar ahí, pero podía ser por mil causas. Probablemente el plan
era ir a algún lado, a tomar algo, a... No se me ocurre nada porque realmente
hacíamos poquísimas cosas, aparte de ir a la pileta o sentarnos adormecidos en
alguna parte, en el mejor de los casos escuchando un disco. Pero estoy seguro
de que había un plan, porque siempre lo había. Y siempre se lo postergaba.
Debió de ser que el escenario, esas camas en las que todos estaban echados,
propiciaba una postergación mayor. Decir que uno tenía sueño, estando tirado en
una cama y con los ojos cerrados, es como una consumación, la tan buscada
autorrealización. A intervalos muy largos se sucedían algunas frases que salían
pesadas, lentas: "¿Vamos?" Y diez minutos después: "Bueno,
vamos". Veinte minutos después: "¿Adonde?" Nadie se movía.
Silencio, como si se hubieran dormido de verdad. Al rato alguna pregunta, que
no recibía respuesta.
Y sin
embargo, en este ambiente no había ningún relax porque dos de mis amigos, una
chica y un chico, precisamente los dos que he mencionado (la gran bromista
cómplice de la madre y el que llegó a ser un famoso artista), habían iniciado
un juego que no tenía visos de terminar nunca, porque era por definición
interminable. Sucedía que Finita tenía una tía, otra hija de su abuela, que
vivía en la casa, y por algún motivo se había vuelto objeto perenne de las
bromas del grupo. No sé por qué; era una señora gris, parecidísima a su
hermana, la madre de Finita. Debía de ser por el nombre, que era Yolanda. (Aquí
debo hacer una aclaración: todos los nombres que menciono en esta memoria son
ficticios, parecidos a los reales pero no los reales. Es una precaución que he
empezado a tomar últimamente, después de algunas advertencias perentorias que
me han hecho. Todos, salvo uno: el de Yolanda. Por las razones que se verá, no
podía cambiarlo, ni siquiera por uno que se pareciera.) "Yolanda" era
un nombre vulgar, el nombre de la clase de gente con la que mi bandita de
amigos hacía todo lo que estuviera a su alcance por diferenciarse. Pero en este
caso había caído en el interior familiar, y en la familia de Finita,
¡justamente! Ignorarlo, hacer como si no existiera y no mencionarlo nunca
habría sido insultante para nuestra amiga. Tomarlo con naturalidad, estaba por
debajo de nuestras normas. La solución era hacer de Yolanda un maniquí soporte
de toda clase de chistes, la mayoría de ellos generados por el nombre. Era el
caso de esa tarde.
Más
primitivo no podía ser. Consistía en decir una rima humorística con
"Yolanda", por ejemplo: "Yolanda... se fue de parranda". De
humorístico tenía muy poco. Lo que le daba un carácter especial era la
situación: el cuarto en penumbras (afuera había un Sol que rajaba la tierra, el
Sol sin tregua de los veranos prin-glenses), los cuerpos despatarrados en las
camas, los ojos cerrados, el "sueño" invencible que se había
apoderado de todos. A los dos que lo jugaban no debía de serles fácil encontrar
las rimas, a juzgar por el tiempo que les tomaba: un cuarto de hora promedio
para cada una, aunque parecía más. El honor quedaba a salvo por la ficción
benévola del sueño: tenían tanto, tantísimo sueño, que no podían pensar, los
cerebros funcionaban a paso de tortuga, dormían una siesta entre rima y rima...
Pero de algún modo todos sabíamos que estaban estrujándose las neuronas al
máximo, y eso le daba a la lentitud una tensión indescriptible. De pronto se
hacía un silencio que duraba media hora, y parecía que todos se habían dormido
definitivamente, hasta que surgía una voz, pesada, extraña, abrumada por la
carga del silencio: "Yolanda... no es la que manda". Y el sueño
volvía a vencer, con sus eternidades. Era la típica anécdota cuyo relato
terminaba con la descripción de unas risas incontenibles y memorables: "Estuvimos
haciendo rimas con Yolanda, cualquier disparate, y nos reíamos tanto que
creíamos que nos moríamos, etc." Pero en los hechos nadie se reía, salvo
algún gruñido soñoliento que provenía de un rincón u otro, diez minutos después
de pronunciada la última rima, y que podía pasar por una risa. Aun así, seguía
siendo la anécdota típica para el encarecimiento de la risa que había
producido. La risa estaba hundida en el sueño, y como todo era irreal nadie
creía estar mintiendo.
Me falta
decir por qué esta ocasión se me quedó grabada. Yo no decía tener sueño y no lo
tenía. Estaba sentado en el marco de la ventana, la cabeza apoyada contra la
pared o los postigos, los pies colgando, los ojos entrecerrados; no tengo casi
recuerdos visuales de la escena. Me fui poniendo más nervioso a medida que
transcurrían los minutos y las horas. Por supuesto que no participaba en el
juego, ni le encontraba ninguna gracia; a pesar de lo cual debía escuchar, y
esperar, y anticipar, lo que multiplicaba mi impaciencia. No era tanto el juego
en sí lo que me exasperaba (estaba acostumbrado a diversiones de este tipo, y
mucho peores también), ni tampoco era el teatro del sueño, porque vivía en él
desde que me encontraba con mis amigos. Era la combinación de ambas cosas.
Increíblemente, pasó la tarde, empezó a hacerse de noche... Esta frase quizás
no da la medida del tiempo; las tardes de verano en Pringles eran
interminables, el crepúsculo que estaba sucediendo al otro lado de los postigos
era un acontecimiento que por lo raro tenía algo de prodigioso. La escansión
irregular de las rimas en esa playa de tiempo muerto había puesto mi atención
en un estado de sensibilidad doloroso, cada segundo que pasaba se me clavaba en
el abdomen y lo seguían más y más segundos lancinantes... Y así seguí hasta llegar
a lo insoportable. Podría haber gritado, o haberme precipitado por la ventana a
la calle, si mi carácter me lo hubiera permitido. Tímido, cortés, no hice nada.
Dejé que lo insoportable creciera dentro de mi cuerpo hasta que se abrió un
vacío, un vacío que me tragaba y que como estaba todo forrado en atención no me
daba salida. Conocí lo insoportable, tantas veces mencionado y tan pocas
experimentado realmente. Lo conocí en el cuerpo, no en el alma.
"No hay palabras." No las hay para describir un estado límite. En realidad sí las hay. Sobran las palabras. ¿Pero cuáles usar? Al fin de cuentas, se trata de lo incomunicable, de lo que no se ha compartido. Uno cae en los clichés. "¡Cómo nos reímos!" Es lo mismo decir "Aquello era insoportable." Son fórmulas para hacerse entender por medio de la dificultad misma para expresar.
Tras
soportar lo insoportable durante largas horas, debí de escapar, aunque creo que
no lo hice; no podía, eso era lo peor. Tenía un vacío arrugado por dentro, a la
altura del ombligo, que me sigue molestando hoy día, cuarenta años después. No
escapé, no me moví. Pero debía de estar preguntándome a gritos en mi fuero
interno: ¿qué estoy haciendo aquí?
No había
respuesta, porque la respuesta consistía en el empleo del tiempo. En ese
momento los odiaba y los despreciaba y me parecían los peores idiotas del
mundo. Pero yo era un ser tan inadaptado que estaba seguro de que no
conseguiría una compañía mejor que ellos. Entre ellos seguía siendo "sapo
de otro pozo", como lo habría sido en cualquier otro grupo. Al menos en
éste me aceptaban, y me admiraban. No viene al caso contar cómo me uní, pero lo
hice de modo tardío, un poco tangencial, y tuve que aprender códigos que ellos
compartían desde mucho antes. Yo los aprendí, no los compartí. Nunca terminé
mis relatos describiendo risas infinitas, ni hice la comedia de tener sueño, ni
muchas otras. A partir de cierto punto, un punto tejido en lo insoportable que
para mí tipificó la sesión de "Yolanda", seguí con ellos por inercia,
por no tener otra cosa que hacer, y por la certeza de que era algo provisorio,
que se terminaría muy pronto cuando me fuera a Buenos Aires a estudiar.
"Seguí
con ellos por inercia": ahí hay una metáfora, y desconfío de las
metáforas, aunque es casi inevitable usarlas. Cuando oigo una, estoy seguro de
que me están ocultando algo, y si soy yo el que la escribí, sospecho que me
estoy ocultando algo a mí mismo. Y en efecto, las causas por las que yo seguía
apegado a estos amigos, la causa por la que me había unido inicialmente a ellos,
no me parece tan fácil de explicar. Creo que en toda acción humana hay dos
niveles de motivación. Uno es el psicológico, con sus concomitantes de interés
práctico; en este caso sería la necesidad de compañía, de pertenencia,
etcétera. El otro nivel, del que nunca se habla, es el estético: aquí lo que se
persigue es algún tipo de belleza, de armonía. Es algo general, no limitado a
las personalidades de artista; no es ni siquiera un refinamiento. Es lo que
completa y le da sentido al interés, con el que está tan entrelazado que queda
ignorado o inconsciente. Pero, lo sepa o no, uno siempre está buscando esas
afinidades formales, esas simetrías, o mejor: esas asimetrías, que deberían
terminar poniendo en su lugar el caos de impulsos, intenciones, deseos, iniciativas
de que está hecha la vida mental. En fin. No quiero explicarme, no es de
caballeros.
Al comienzo
del primer verano en que yo me había unido plenamente al grupo, me enteré de
que a éste le faltaba un miembro: Finita Feijóo. Debíamos esperar a que llegara
Finita para que las cosas empezaran a ponerse divertidas, empezaran las
actividades, y las risas, las grandes risas legendarias que hacían la esencia
de las actividades, y de las que ella parecía tener el secreto. Yo oía el
nombre por primera vez. Según una costumbre mía de siempre, no pregunté. Nunca
pregunto. No sé bien por qué no lo hago, ya que casi siempre puedo reconocer
las ventajas que me reportaría preguntar, el tiempo que me ahorraría.
Seguramente no pregunto porque confío en que las informaciones llegarán de
todos modos, entretejidas con los hechos. Aunque no es tanto confianza como
pereza, y en el fondo desinterés.
No sé si
antes o después de su llegada, ese año o el siguiente, o muchos años después,
terminé por enterarme de que Finita vivía en otra ciudad de la provincia, cerca
de Buenos Aires, que era pupila de un colegio de monjas, y que desde chica
venía con la madre y la hermana a pasar los veranos a Pringles a la casa de la
abuela. Lo que sí me pregunté fue si su presencia sería importante por alguna
cualidad personal de ella, por ejemplo que fuera divertidísima o tuviera
carácter de líder o cualquier cosa por el estilo, o bien había que esperarla
nada más que para completar el grupo. Todo apuntaba a la primera alternativa, y
poco después de que se pronunciara su nombre por primera vez empezó a tomar
para mí las dimensiones de una leyenda. No porque se mencionaran sus cualidades
sino precisamente por lo contrario. Era sólo un nombre. A un nombre se le
pueden adherir todas las cualidades, y el de esta misteriosa desconocida sonaba
propicio a todas las fantasías. Casi empecé a asustarme. Adiviné (y acerté,
como comprobé después) que Finita era un árbitro de la elegancia, que su juicio
era inapelable. ¿Pero entonces por qué no se asustaban los otros, por qué no le
temían? Era al revés, estaban esperando su llegada con ansiedad. Una noche
íbamos en auto, todos apilados, y el chico que conducía empezó a gritar, a
propósito de nada: ¡Finita Feijóo, Finita Feijóo! ¡Al fin llega Finita Feijóo! Lo
decía en un tono que me sonó irónico. No supe si lo decía "en serio"
o en broma. ¿Pero qué estaba diciendo? ¿Reconocía la condición legendaria de la
extranjera, y se burlaba de ella? Misterio.
El misterio
duró unos pocos días, quizás uno solo. Quizás la nombraron por primera vez
cuando se enteraron de que estaba por llegar, o ya había llegado. Un día
apareció. Tengo un recuerdo muy preciso de la primera impresión que me causó,
pero reconozco que puede ser exagerado; la precisión suele ser una exageración.
Era pequeñita, delgadísima, insignificante, daba la impresión de ser encorvada
(lo era realmente), o descoyuntada, inconexa. Muy pálida, el pelo una enredada
mata oscura, anteojos, y bizca. Sufría de un estrabismo acentuado, y sus
movimientos nerviosos en cualquier dirección hacían que sus miradas cruzadas se
cruzaran más todavía. Era un muñeco de alambre. En realidad el aspecto físico
pasaba a segundo plano; el primero lo ocupaba la afectación; hacía pensar que
siempre estaba actuando, que todo era deliberado, pero deliberado por una mente
inescrutable, o inhumana; era todo muecas y chillidos. Costaba acostumbrarse. Y
además, no era central (ni quería serlo, todo su sistema se oponía): era
marginal. No podía ser de otro modo, con ese aspecto y ese carácter. Pero de
algún modo lograba que esa marginalidad huidiza se volviera un centro.
Debo decir
que "Finita" se volvió con los años una mujer muy hermosa, y siguió
siendo, hasta que me aparté definitivamente de todos, una buena amiga mía,
inteligente y sensata, una de las personas en cuyo juicio más habría confiado
yo si hubiera tenido que confiar en el juicio de alguien. Fue un caso típico de
"patito feo" físico y moral. Aun así, le cambié el nombre porque
podría ofenderse por la descripción que hice de ella. Puede ser una descripción
exagerada, o quizás me quedé corto. Los adolescentes suelen ser unos pequeños
monstruos durante un lapso, antes de definirse. Esta especie de insecto
nervioso y retorcido que era Finita se me apareció de pronto como la encarnación
de los misterios de la sociabilidad y la elegancia. Era un ser tan extraño que
di crédito retrospectivo a todo lo que había esperado de ella. Pero ella no
enseñaba nada, no daba ejemplo de nada. Justamente se negaba a hacerlo, era la
clave de su dominio. Si sabía algo, moriría con ella como un secreto, el
secreto de la distinción.
Tanto es así que aunque la observé con atención, y registraba cada una de sus palabras, lo único que saqué en limpio fue muy poco, poquísimo, tan poco que cabe todo en un solo dato: que ella en invierno, aun en lo más crudo del invierno, lo único que tomaba era Coca Cola con hielo. Lo pienso, y tengo que sonreír (con tristeza). Qué anticlímax. ¿Eso era la elegancia, entonces?
La
respuesta es: sí. Parece poca cosa, pero nada es pequeño a la luz de sus
efectos, que son ilimitados. Yo no sabía lo que estaba buscando. Buscaba
"afinidades formales" y "bellas asimetrías", pero las
buscaba a ciegas, y no podía esperar encontrar sistemas estéticos completos,
sino apenas gérmenes y signos.
Esos signos
estaban presentes desde antes de que los buscara. Cada recuerdo que me viene de
la infancia es un signo, un signo que no se resolvió en su significado y por
eso quedó suspendido en las distancias del tiempo. Quizás porque fui uno de
esos niños inteligentes que lo entienden todo y no se resignan a que otros no
entiendan. Tardé muchos años en darme cuenta de que los demás nunca entienden
nada. Es decir, entienden otras cosas. Recuerdo algo que me pasó en la Fábrica,
cuando yo tendría nueve o diez años. Había empezado a estudiar inglés, con una
profesora. Debía de estar luciendo mis conocimientos con un chico que en ese
entonces era mi compañero inseparable, el hijo de uno de los serenos (también
electricista) que vivía en el complejo. Se llamaba Miguel, y yo lo hacía
víctima de todo lo que aprendía. En algún momento debo de haberle mencionado el
diccionario que me habían comprado, que era "inglés-castellano,
castellano-inglés". Miguel dijo que era absurdo, una duplicación inútil de
lo mismo, porque "inglés-castellano" era igual que
"castellano-inglés". Cambiar el orden de las palabras no podía
afectar la cosa en sí. Entendí perfectamente la objeción, seguramente porque yo
había pensado lo mismo en un primer momento. Le dije que estaba equivocado; no
sólo era útil, sino imprescindible. A una primera explicación somera, y
seguramente algo confusa, Miguel se mostró impermeable, así que me dispuse a
ser claro, exhaustivo, contundente. No parecía difícil. No lo es, en efecto, o
no debería serlo. Cuando uno quiere saber lo que significa la palabra
"pupil", la busca en el sector "inglés-castellano", la
busca por el orden alfabético (la "p" viene después de la
"o" y antes de la "q"), y cuando la encuentra se entera de
que quiere decir "alumno". Ahora, supongamos que uno quiere saber
cómo se dice "alumno" en inglés: tiene que ir a la sección
"castellano-inglés", buscar "alumno" siguiendo el orden
alfabético (está en la "a", después de "ala", digamos, y
antes que "alveolo"), y ahí se entera de que en inglés es "pupil".
Yo lo veía clarísimo, pero Miguel no: seguía viéndolo inútil, de hecho ahora lo
veía más inútil que antes, un desplazamiento en círculo.
En realidad no es tan fácil de entender. Es fácil para el que ya lo sabe, pero el que no lo sabe tiene que empezar de mucho más atrás; debería empezar por la situación del que está aprendiendo un idioma extranjero, y avanzar desde ahí hasta llegar a la bifurcación, que no es una simple bifurcación sino dos direcciones contrarias y excluyentes, regidas por situaciones diferentes. Yo me impacientaba y me jugaba a producir en mi amiguito la iluminación por un cortocircuito. Miguel se obstinaba, no por capricho sino porque chocaba con un muro infranqueable.
Entonces
hice algo que hoy me asombra (aunque no tanto). Corrí adentro a buscar papel y
un lápiz, y me puse a fabricar una maqueta de diccionario bilingüe. Lo que me
asombra es que no haya sacado el diccionario de marras, con el que podría haber
hecho unas pruebas bastante demostrativas, si no concluyentes.
Corté los papeles en rectángulos que plegué y acomodé unos dentro de otros. Con el lápiz dibujé dos columnas en cada hoja (el diccionario que me habían comprado era a dos columnas, y quería hacerlo igual) y líneas simulando texto. Cada hoja la encabecé con una mayúscula de trazo grueso: A, B, C, hasta donde me alcanzaron las hojas de un pliego, y después en el otro lo mismo. Entre las líneas que simulaban texto intercalé algunas palabras que empezaban con la letra de la hoja: "alumno", "biblioteca", "casa", "desenvolvimiento", etc. En el otro pliego hice lo mismo en inglés; es decir, quise hacerlo, pero me di cuenta de que no sabía suficiente inglés, así que inventé: "arstel", "brathing", "colsmond", "dingmend". Levanté un pliego en cada mano como el que esgrime un argumento incontrovertible: uno era el diccionario "castellano-inglés", el otro el "inglés-castellano". La idea era decirle a Miguel: "busca tal palabra (en castellano)", "busca tal otra (en inglés)", dándole o sacándole uno de los pliegos, y demostrarle así la utilidad de la doble entrada. Por supuesto, no funcionó, pero fue un fracaso que me inspiró y me sigue inspirando, no sólo porque me hizo patente la deducción del libro como objeto, deducción que este caso era el más adecuado para sacar a luz, sino, concomitantemente, porque puso en marcha la busca de "nuevas formas de asimetría", en las que se basó todo lo que escribí. Claro que en lo que yo escribí nadie encontró nada nuevo ni bello, sino sólo motivos de risa.
No se me
oculta que las historias que estuve contando aquí son de la especie de las que
pueden provocar risa, y si esto llega a leerlo alguno de los vecinos del barrio
que se me acercan cuando estoy paseando a Susy, no dejarán de participarme los
estallidos incontenibles de carcajadas con que lo celebraron. En fin.
Preferiría que no fuera así, porque es la historia de mi melancolía. Pero la
melancolía es una atmósfera, y antes de llegar a la atmósfera el novelista debe
pasar por los detalles. Es preciso hacer alto en mil historias minúsculas para crear
una impresión general, y si esa impresión es el panorama de la vida como un
todo los lectores pueden sentir que no necesitaban ir a las novelas, porque se
trata de su propia vida (todas se parecen, en el fondo). La tan mentada
"identificación" es un engaño, porque vivimos identificados, y leemos
para desindentificarnos. De ahí que la memoria del lector tienda a aislar los
detalles, las pequeñas historias. Y las historias siempre dan risa, cuando
están aisladas de su soporte de melancolía.
Es
inevitable entrar en el detalle, para contar bien una historia. Si uno piensa
que una historia siempre es la historia de una vida, y cree como creo yo que
los grandes efectos salen de pequeñas causas, se encuentra frente a una
cantidad innumerable de pequeños episodios de los que no debe saltearse ninguno
porque en cualquiera puede estar el momento decisivo. Y eso no es lo peor. Lo
peor es que el pequeño episodio, hasta el más minúsculo e insignificante, está
hecho de episodios más pequeños. De ahí deriva una ley del relato: cuanto menos
importante es un hecho, más cuesta contarlo. "Una revolución puede
contarse en tres líneas, un adulterio puede despacharse en un párrafo, pero
contar cómo se hizo para pinchar con el tenedor una arveja exige tres páginas
de la prosa más precisa y los recursos más avanzados del arte de la
narración." Por supuesto, hay mil probabilidades contra una de que esas
trabajosas maniobras con el tenedor no sean el momento decisivo de una vida,
pero eso nunca se sabe de antemano, y hay que arremeter contra ese detalle, y
otros muchísimos. Todo termina pareciendo inútil. No puede extrañar que el
estado de ánimo habitual de los escritores sea el desaliento.
Tuve una infancia feliz, con muchos hermanos y hermanas, abuelos, tíos, primos, yo era el menor de todos y el más favorecido. No conocí a mi padre, que murió pocos meses después de mi nacimiento, fui excesivamente consentido por mi madre y mis hermanos, y por todos en general. Mis abuelos maternos, con los que vivíamos, no habían aceptado separarse de ninguna de sus cinco hijas cuando éstas se casaron (con excepción de una, que se fue a vivir a Buenos Aires), de modo que las nuevas familias siguieron viviendo juntas, en sucesivas ampliaciones de la gran casa en las afueras de Pringles, sobre la orilla del Pillahuinco. La casa, que terminó siendo un complejo de casas comunicadas o superpuestas, ocupaba todo un costado del amplio parque al otro lado del cual se levantaba la fábrica de azulejos de mi abuelo; ésta era un imponente edificio art nouveau, insólito en ese marco casi rural y ella también se había extendido en construcciones adyacentes, que eran las viviendas de serenos, capataces, administradores y sus familias y allegados. El arroyo cruzaba el predio, y una serie de canales permitía utilizar el agua en los trabajos de la fábrica. Un estanque albergaba patos y cisnes. El parque familiar se continuaba hacia el norte en un pequeño campo, fusión de varias quintas que mi abuelo había comprado en épocas remotas y había dejado en barbecho, aunque por épocas metía vacas o chivos. El pueblo estaba a un paso (yo iba caminando a la escuela), pero los chóferes de los camiones de la fábrica nunca salían sin antes preguntar en la casa si alguien tenía que hacer compras, y siempre alguna de las mujeres se embarcaba.
Los
proyectos de forestación de mi abuelo y sus yernos, siempre abandonados y
siempre recomenzados, habían hecho del parque una especie de bosque de edades
superpuestas, en el que convivían las esencias más dispares. De cada racha de
entusiasmo plantador habían quedado arcos, hileras, cuadrículas, de árboles
jóvenes o viejos, las figuras penetrándose unas a otras, en un desorden salvaje
del que sólo podía sacarse en limpio la doble fila de jacarandas venerables que
bordeaba el camino de entrada. Acacias, magnolias, alcanforeros, aguaribayes,
hacían ronda a los pinos azules y las góticas araucarias. Los castaños daban
sombra a la casa, los eucaliptos hacían guardia a lo lejos, y las palmeras
tanto podían ser enanas como gigantes. El arroyo por su parte estaba envuelto
en sauces mimbres, que vistos desde arriba, desde los puentes, parecían tiestos
llenos de palos blandos.
De chico,
yo no sabía dónde terminaba el parque, nuevos confines se me iban revelando con
los años, pero algo en mi sistema perceptivo debía de negarse a establecer una
geografía ordenada, de modo que siguió siendo indefinido y siempre nuevo.
Cuando me aventuraba a extremos más alejados, para confirmar la edad que
estrenaba, era como si lo ya conocido se replegara a lo arcano; el crecimiento
me hacía menor, profundizando el hechizo.
Los follajes estaban llenos de pájaros que cantaban todos los cantos a la vez. La escala estaba completa, desde las vidriosas melodías de los jilgueros al ulular grave de las lechuzas. Los zorzales, en la época en que empollaban, volvían ensordecedores los amaneceres, tanto que mis tíos hacían estallar bombas para ahuyentarlos. También a los loros les hacíamos la guerra, no sólo por los chillidos, que podían llegar a poner los nervios de punta, sino porque eran una plaga. Más que los loros se reproducían los gorriones, que se desprendían de una copa en torbellinos de un millón de píos, como nubes vivas de las que de pronto se desprendía uno a perseguir una abeja, y la perseguía en cada rosca y picada de un larguísimo garabato a media altura. Las palomas, siempre de perfil, eran más discretas; se posaban de a dos en una rama alta, o de a cien en los cables, por los que tenían una marcada preferencia. Mi abuela colgaba del techo de la galería una bola de grasa para atraer a la calandria.
Árboles y
pájaros formaban una sola masa sacudida por los perennes vientos pringlenses,
del agua subían escuadrones irisados de libélulas, los sapos glotones se
pasaban la noche soltando bocinazos, las chicharras competían en dar cuerda a
sus sonoros relojitos de fuego, la lluvia los hacía callar a todos, los perros
iban y venían, debajo de las piedras crecían bichos silenciosos, y uno que
nunca vi se ocupaba de tender esos hilos blancos, las Babas del Diablo.
A
diferencia del bosque, a la fábrica no la visitaba en las cuatro estaciones;
aunque estaba siempre abierta para mí, pasaba largas temporadas sin entrar,
presa de un miedo inexplicable, que no era miedo en realidad; se parecía más
bien a un respeto maravillado, no tanto a las actividades portentosas que
sucedían en ella como a los procesos que esas actividades desencadenaban en mí.
Había notado que en cada sesión de visitas (y cuando se me daba por ir podía
pasar días enteros allí) comprendía un paso más en la elaboración de los
azulejos. Pero esta comprensión no borraba el fondo de magia del que en mi
primera infancia yo había decidido que salían esos cuadrados de color. Saber,
tenía algo de amenazante, y debía retirarme una larga temporada a digerir lo
aprendido y a que se me pasara la impresión. Y realmente el espectáculo que
ofrecía el trabajo en la fábrica era impresionante: los torrentes de vidrio
fundido de los colores más enceguecedores, las enormes ollas cromadas donde se
mezclaban las pastas, el estruendo de las matrices, los hornos encendidos día y
noche. Tardé años en atreverme a las salas llamadas (no sé por qué) "de
dibujo", donde hombres con antiparras manejaban a distancia, a través de
un vidrio blindado, la porcelana incandescente. Las placas de corte, accionadas
por colosales motores colgados del techo, ocupaban un salón de cien metros de
largo. En otro igual, paralelo, las empacadoras, con sus cintas de goma negra.
La fábrica había sido construida con el sistema de panóptico; se la podía
recorrer toda por pasarelas suspendidas en la altura. Levantada en una época
anterior al funcionalismo, el arquitecto había prodigado vitrales, escalinatas
de mármol, cornisas, balaustradas, mascarones, ánforas y atlantes. Dos
centenares de obreros, capataces, artistas, asistentes, mantenían con vida los
días y las noches del emporio. Pegados estaban los depósitos, tan vastos que me
parecía como si pudiera guardarse en ellos el mundo entero, y el taller de
máquinas, con fragua, y los garages.
Mi abuelo y
mis tíos solían llevar a la casa muestras de azulejos nuevos que sacaban a la
venta o hacían por pedido. Cuando no eran diseños abstractos, y aun si lo eran,
complementándolos o haciéndoles guardas o un centro, había un motivo vegetal.
Todos sabíamos que el modelo de esa hoja o esa flor o esa piña estaba escondido
en la abigarrada marea de vegetación que se mecía alrededor de la casa. Yo
creía reconocerlos, pero no estaba seguro; la duda retrocedía vertiginosamente
en mi vida hasta uno de mis primeros recuerdos, en el que me veía, apenas capaz
de caminar, llevado por mi madre a buscar salvia, amapolas, hojas de eucalipto.
Ése fue mi
mundo hasta los doce o trece años. A la distancia parece tan dichoso y completo
que tengo que preguntarme: ¿por qué se terminó? Porque tenía que terminarse.
Nada dura por siempre, y la infancia tampoco: es lo primero que se termina. Mi
familia se había empeñado en prolongar el idilio infantil, y lo había logrado
durante tres generaciones, con tanto éxito que se había impuesto en su seno la
idea de que la eternidad estaba de su lado. Quizás estaban en lo cierto, pero
en todo caso esa verdad a mí no me sirvió; al hacerme el último, me condenaron
a la separación.
Aunque
no podría decir que esta condena, y esta separación, tuvieran nada de
excepcionales. Es normal que un adolescente se aparte de su familia, en busca
de otros modos de vida, de experiencias nuevas, de actividades distintas que
colmen sus anhelos o respondan a sus sueños; antes que eso, debe irse para ver
el mundo y descubrir en él los anhelos y sueños que sabe que tiene pero no sabe
cuáles son.
Otro modo de decirlo, más adaptado a mi caso personal, es que me aparté en busca de un estilo propio. Aunque rica y variada, y eminentemente gratificante (muchos la habrían encontrado edénica), la vida familiar en la que había crecido tenía la concluyente limitación de ser una sola, y tener una exterior donde había otras.
Madurar es
un proceso natural, biológico, que compartimos con todos los seres vivos; lo
específico humano es la visión proyectada de la Vida Nueva que nos espera fuera
de la vida que hemos estado viviendo. La pregunta no es si hay otra vida sino
cuál es. Cuál de todas las vidas que podemos imaginarnos o adivinar o ver. La
civilización se ha empeñado en multiplicarlas. Quizás sean espejismos, y la
vida sea una sola, la misma para todos. Pero aun siendo visiones que sólo
pueden percibirse de lejos, son reales. La Vida Real está esperándonos en una
de ellas; tenemos que alcanzarla, y entrar (¿cómo se entra en un espejismo?).
Una vez allí, hay una lengua que aprender, una tabla de valores, un repertorio
de gestos y reacciones, un gusto que adquirir, todo hecho de pequeñas
diferencias, de desviaciones casi imperceptibles de la Realidad vieja... Es
casi lo mismo, pero totalmente distinto; lo pequeño se hace grande, lo mínimo
máximo; es preciso exagerar, dramatizar, hacer tormentas en vasos de agua,
caerse muerto por un matiz del azul o reírse hasta las convulsiones por un
tropezón... Es un estilo, al que nos acomodamos y al que le confiamos el resto de
la vida.
Eso fue la bandita a la que me integré entonces. Cabe preguntarse si un chico de esa edad está en condiciones de elegir. Por supuesto que no, pero no importa. No importa porque la ignorancia o el aturdimiento ya están diciendo que esas vidas alternativas son ilusiones, y por serlo son múltiples, y si la que elegimos en primer lugar no resulta satisfactoria se podrá pasar a otra... Sin embargo, (y aquí hablo por mí mismo, con conocimiento de causa), cuando uno sale de la primera que eligió suele quedar un detalle pendiente, un asunto sin resolver, y hasta que no se lo liquide no se podrá salir del todo. Parece como si fuera a quedar liquidado en cualquier momento, pero se lo deja para el día siguiente... Entre una vida y otra interviene la postergación, que crece como una mancha de aceite.
Traducido al lenguaje autobiográfico: me volví moderadamente "rebelde" a los mandatos familiares, lo que pasó casi desapercibido porque coincidió con mi ingreso al secundario, todos lo vieron como lo que era, una nueva etapa. De hecho, pensaron que era al revés: yo me había negado a ir pupilo, como casi todos mis hermanos y primos, a un gran colegio de Buenos Aires; quise estudiar en el Nacional de Pringles, y como a mí me lo permitían todo, me dieron el gusto, esperanzados en que me quedaría por siempre, y llegado el momento renovaría el ciclo de nacimientos, tras la interrupción producida por mi condición de último. El Colegio Nacional era una institución bastante precaria, a la medida del pueblo; salvo excepciones, no tenía profesores diplomados: hacían las veces de éstos algunas maestras jubiladas, y médicos y abogados que se lo tomaban como deber cívico, o lo hacían por gusto. El resultado nos beneficiaba. Si bien los requerimientos curriculares quedaban sin atender, la enseñanza era de gran nivel, y se la impartía con métodos muy personales; la cultura general de esos profesionales, en general muy lectores, con mucho tiempo libre, solía ser asombrosa, y como no le hacían ningún caso a los programas oficiales, podían exhibirla en largas digresiones. De modo que no perdí nada con la elección, que mi familia interpretó como un deseo de seguir en ella.
El Colegio estaba en el extremo opuesto del pueblo al más cercano a la Fábrica, por lo que yo tenía un largo trayecto. Lo hacía a pie, siempre. Abandoné la bicicleta, que hasta entonces había sido mi compañía inseparable. Me acostumbré a caminar muchísimo. A la tarde volvía al pueblo, a la Biblioteca, porque fue entonces que me hice lector. Las pocas horas que estaba en casa las pasaba encerrado y solo.
Hice amigos
nuevos en el colegio, pero como los hacía los abandonaba. Me hice fama de raro,
de traga. En un par de años ya me había encerrado en una inexpugnable soledad;
mis compañeros me aburrían, y en la vida familiar participaba como un fantasma.
Fue entonces, a los quince o dieciséis años, que me acerqué a un chico algo
mayor que yo, con intereses literarios, y él me arrastró a su grupo de amigos,
la "bandita" de la que estuve hablando, y pasé con ellos mis últimos
años pringlenses.
El grupo funcionaba a pleno sólo en verano, porque casi todos sus miembros estudiaban en colegios de Buenos Aires. En parte por mi adhesión tardía, en parte (principal) por mi carácter, seguí siendo un miembro "externo". Si me hubiera puesto a pensarlo, y lo hubiera hecho con algún rigor, habría tenido que confesarme que los encontraba ridículos e insoportables. Sólo en una ocasión límite, la de "Yolanda", me lo confesé explícitamente, y, como dije, fue el comienzo de mi carrera en la literatura porque el episodio me inspiró mi primera novela. Pero en general anulaba el juicio, lo dejaba para más adelante... Me sentía en la etapa de reunir datos, de aprender. Ellos se dedicaban, justamente, a una clasificación del mundo, básicamente binaria: lo que estaba bien y lo que estaba mal. Con cualquier grupo de jóvenes sería igual, pero donde otros harían hincapié en la eficacia o en valores prácticos, o los respectivos contravalores, éstos se concentraban en el estilo, en la elegancia, en la inutilidad, y en general en la evanescencia de la nadería. Para mí, tenían misterio. Frívolos, ignorantes, aburridos: de acuerdo, lo eran, nadie lo sabía mejor que yo. Pero en cualquier momento podía saltar un dato nuevo en la clasificación























