
El principio del Apocalipsis
ROBERTO BOLAÑO
Historia de Mayta, como casi todas las obras de Vargas Llosa (excepción hecha de su novela erótica), se presta a más de una o
dos lecturas.Se puede leer como el sueño de unos jóvenes pobres e ingenuos,
que no tarda en convertirse en pesadilla, y se puede leer, también, como el
transcurso obstinado de una pesadilla que, para sopresa de todos, cada vez se
hace más soportable, más cotidiana, más triste y más irremediable, y también
acepta una lectura como nota a pie de página, tanto por su estructura como por
su argumento o discurso, de su obra maestra Conversación en La Catedral, e
incluso se puede leer como epílogo o como estudio agregado o como excrecencia
de otra de sus grandes obras, La guerra del fin del mundo, novela ésta cuya
lectura, en los tiempos que corren, a mí al menos me resulta más reveladora
que El corazón de las tinieblas, de Conrad, que el propio Vargas Llosa
recomienda para aproximarnos al enfrentamiento entre Oriente y Occidente, entre
civilización y barbarie.
Por supuesto, también se puede leer como un cuadro de una situación cultural y
política no sólo peruana sino latinoamericana, la de los años que van desde
finales de los 50 y principios de los 60, con las primeras luchas armadas,
luchas hechas en nombre de la revolución y por tanto de la Ilustración, hasta
los años 80, la época de Sendero Luminoso y las guerrillas milenaristas, en
donde se desata, sobre todo en Perú, aquello que se dio en llamar el horror
latinoamericano.
Historia de Mayta nos pone en la peor de las situaciones. La guerrilla avanza
por todas partes, barriéndolo todo, tanto a los representantes de la derecha
como a los de la izquierda no dogmática, con un trasfondo que se asemeja a
ciertas pinturas de Brueghel o a una invasión de extraterrestres. El paisaje,
ciertamente, es exagerado, pero en modo alguno inverosímil. Los limeños viven
en una suerte de estado de sitio permanente y la violencia extrema es ejercida
no sólo por la guerrilla milenarista sino también por la Policía y el Ejército
y también por los escuadrones de la muerte. En medio de este caos, un escritor
o un periodista, que puede ser Vargas Llosa o no, se decide a escribir la
historia de la primera guerrilla peruana, iniciada en 1958, antes incluso de la
toma del poder por Fidel Castro.
El logro mayor de la novela
Y aquí aparece Mayta, cuyo retrato es, posiblemente, el logro mayor de esta
novela. Mayta no es un muchacho, pero se comporta como un muchacho, es decir,
Mayta permanece en una especie de adolescencia premeditada, no se sabe a ciencia
cierta si buscada o aceptada con resignación. Mayta es, objetivamente, un
inadaptado, pero no es violento ni manipulador ni mucho menos un nihilista.Mayta
milita en un partido trotskista de siete miembros, escisión de otro partido
trotskista de 20, pero antes lo ha hecho en el partido comunista y antes en el
APRA, y de todos se ha marchado por su natural disposición a disentir y a
dudar. A Mayta le gustaría ducharse todos los días pero en el cuarto que
alquila no hay ducha y se tiene que conformar con ir a los baños públicos una
vez cada tres días. Mayta es gordo y nadie diría de él que es atractivo y
también es homosexual en una época en que ser homosexual estaba considerado,
en Perú y en Latinoamérica, una desviación infame.
Por tanto Mayta oculta su homosexualidad, sobre todo a sus compañeros (pues la
izquierda y la derecha, tratándose de temas sexuales, siempre han marchado como
hermanos siameses en Latinoamérica) y la sublima o la aplasta bajo una montaña
de trabajos de propaganda o militancia o alimenticios que asume con la disposición
de un santo. En gran medida, eso es lo que es Mayta: un santo contemporáneo,
tentado por el diablo en el desierto, cuyo grado de solidaridad (o de prístina
fe) es tan grande que se antoja monstruoso.
Bastaría con esto para que la novela de Vargas Llosa fuera memorable.Pero hay más:
el joven alférez que inspira la guerrilla, un caudillo ingenuo e impetuoso cuya
fragilidad, intuida desde el primer momento, mientras suena en un pickup un
mambo o un bolero, se advierte con los caracteres del fin de la inocencia; los
compañeros reciclados de Mayta y sus distintas versiones de éste; las pequeñas
historias que el periodista va escuchando y que, en apariencia, nada tienen que
ver con la novela pero que constituyen, todas juntas, un entramado riquísimo;
la historia del profesor Ubilluz, una posible versión del intelectual criollo y
provinciano por excelencia; la composición de la novela, tan similar a un
rompecabezas que se va armando en el abismo; el sentido del humor de Vargas
Llosa, que salta, a la manera balzaquiana, incluso por encima de sus propias
convicciones políticas; las convicciones políticas que ceden, como sólo les
sucede a los escritores verdaderos, ante las convicciones literarias. Y
finalmente la simpatía y la piedad, que acaso otros llamen objetividad, por sus
propios personajes.






































