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Poemas de Lord Byron

Enviado por Corresponsal cinosargo el 25/09/2008 a las 12:14
Corresponsal cinosargo

LordByron.jpg

 

   Poemas de Lord  Byron    

 

 

           ACUÉRDATE DE MÍ

        Llora en silencio mi alma solitaria,
        excepto cuando está mi corazón
        unido al tuyo en celestial alianza
        de mutuo suspirar y mutuo amor.

        Es la llama de mi alma cual lumbrera,
        que brilla en el recinto sepulcral:
        casi extinta, invisible, pero eterna...
        ni la muerte la puede aniquilar.

        ¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba
        no pases, no, sin darme una oración;
        para mi alma no habrá mayor tortura
        que el saber que olvidaste mi dolor.

        Oye mi última voz. No es un delito
        rogar por los que fueron. Yo jamás
        te pedí nada: al expirar te exijo
        que vengas a mi tumba a sollozar.

                    

        ADIÓS

        ¡Adiós! si dicha se concede al hombre
        de una plegaria en premio, ésta tu nombre
        elevará hasta el trono del Señor.
        Promesas, quejas, llanto, fueran vanos;
        más que el lloro, exprimido, ya sangrante,
        de ojos sin luz, tenaz remordimiento
        esta palabra dice... ¡Adiós! ¡Adiós!

        Secos están mis ojos, extinguida
        mi voz, pero al dejarte, de mi vida
        se adueña para siempre un gran dolor.
        Aunque el pesar y la pasión torturan
        mi corazón, quejarse no le es dado...
        Yo sólo sé que en vano hemos amado...
        Sólo puedo sentir... ¡Adiós! adiós.

    
 

         AL CUMPLIR MIS 36 AÑOS

        ¡Calma, corazón, ten calma!
        ¿A qué lates, si no abates
        ya ni alegras a otra alma?
        ¿A qué lates?

        Mi vida, verde parral,
        dio ya su fruto y su flor,
        amarillea, otoñal,
        sin amor.

        Más no pongamos mal ceño!
        ¡No pensemos, no pensemos!
        Démonos al alto empeño
        que tenemos.

        Mira: Armas, banderas, campo
        de batalla, y la victoria,
        y Grecia. ¿No vale un lampo
        de esta gloria?

        ¡Despierta! A Hélade no toques,
        Ya Hélade despierta está.
        Invócate a ti. No invoques
        más allá

        Viejo volcán enfriado
        es mi llama; al firmamento
        alza su ardor apagado.
        ¡Ah momento!

        Temor y esperanza mueren.
        Dolor y placer huyeron.
        Ni me curan ni me hieren.
        No son. Fueron.

        ¿A qué vivir, correr suerte,
        si la juventud tu sien
        ya no adorna? He aquí tu
        muerte.

        Y está bien.
        Tras tanta palabra dicha,
        el silencio. Es lo mejor.
        En el silencio ¿no hay dicha?
        y hay valor.

        Lo que tantos han hallado
        buscar ahora para ti:
        una tumba de soldado.
        Y hela aquí.

        Todo cansa todo pasa.
        Una mirada hacia atrás,
        y marchémonos a casa.
        Allí hay paz.

       

        
        CAMINA BELLA...

        Camina bella, como la noche
        De climas despejados y de cielos estrellados,
        Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
        Resplandece en su aspecto y en sus ojos,
        Enriquecida así por esa tierna luz
        Que el cielo niega al vulgar día.

        Una sombra de más, un rayo de menos,
        Hubieran mermado la gracia inefable
        Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
        O ilumina suavemente su rostro,
        Donde dulces pensamientos expresan
        Cuán pura, cuán adorable es su morada.

        Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
        Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
        Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan
        Y hablan de días vividos con felicidad.
        Una mente en paz con todo,
        ¡Un corazón con inocente amor!



            

        CANCIÓN DEL CORSARIO

        En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
        solitario y perdido, que yace reposado;
        mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
        como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.

        Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
        hay en su centro a modo de fúnebre velón,
        pero su luz parece no haber brillado nunca:
        ni alumbra ni combate mi negra situación.

        ¡No me olvides!... Si un día pasaras por mi tumba,
        tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido...
        La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
        es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.

        escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras
        -la virtud a los muertos no niega ese favor-;
        dame... cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
        ¡la sola recompensa en pago de tu amor!...

      
    

        
        CUANDO NOS SEPARAMOS

        Cuando nos separamos
        en silencio y con lágrimas,
        con el corazón medio roto,
        para apartarnos por años,
        tu mejilla se tornó pálida y fría
        y tu beso aún más frío...
        Aquella hora predijo
        en verdad todo este dolor.
        El rocío de la mañana
        resbaló frío por mi frente
        y fue como un anuncio
        de lo que ahora siento.

        Tus juramentos se han roto
        y tu fama ya es muy frágil;
        cuando escucho tu nombre
        comparto su vergüenza.
        Cuando te nombran delante de mí,
        un toque lúgubre llega a mi oído
        y un estremecimiento me sacude.
        ¿Por qué te quise tanto?
        Aquellos que te conocen bien
        no saben que te conocí:
        Por mucho, mucho tiempo
        habré de arrepentirme de ti
        tan hondamente,
        que no puedo expresarlo.

        En secreto nos encontramos,
        y en silencio me lamento
        de que tu corazón pueda olvidar
        y tu espíritu engañarme.
        Si llegara a encontrarte
        tras largos años,
        ¿cómo habría de saludarte?
        ¡Con silencio y con lágrimas!

 
       

        EN UN ÁLBUM

        Sobre la fría losa de una tumba
        un nombre retiene la mirada de los que pasan,
        de igual modo, cuando mires esta página,
        pueda el mío atraer tus ojos y tu pensamiento.

        Y cada vez cada vez que acudas a leer este nombre,
        piensa en mí como se piensa en los muertos;
        e imagina que mi corazón está aquí,
        inhumado e intacto.

             

        

        HUBO UN TIEMPO...¿RECUERDAS?

        Hubo un tiempo... ¿recuerdas? su memoria
        Vivirá en nuestro pecho eternamente...
        Ambos sentimos un cariño ardiente;
        El mismo, ¡oh virgen! que me arrastra a ti.

        ¡Ay! desde el día en que por vez primera
        Eterno amor mi labio te ha jurado,
        Y pesares mi vida han desgarrado,
        Pesares que no puedes tú sufrir;

        Desde entonces el triste pensamiento
        De tu olvido falaz en mi agonía:
        Olvido de un amor todo armonía,
        Fugitivo en su yerto corazón.

        Y sin embargo, celestial consuelo
        Llega a inundar mi espíritu agobiado,
        Hoy que tu dulce voz ha despertado
        Recuerdos, ¡ay! de un tiempo que pasó.

        Aunque jamás tu corazón de hielo
        Palpite en mi presencia estremecido,
        Me es grato recordar que no has podido
        Nunca olvidar nuestro primer amor.

        Y si pretendes con tenaz empeño
        Seguir indiferente tu camino...
        Obedece la voz de tu destino
        Que odiarme puedes; olvidarme, no.

     

          

        LA DESTRUCCIÓN DE SENAQUERIB

        BAJARON los asirios como al redil el lobo :
        brillaban sus cohortes con el oro y la púrpura ;
        sus lanzas fulguraban como en el mar luceros,
        como en tu onda azul, Galilea escondida.

        Tal las ramas del bosque en el estío verde,
        la hueste y sus banderas traspasó en el ocaso:
        tal las ramas del bosque cuando sopla el otoño,
        yacía marchitada la hueste, al otro día.

        Pues voló entre las ráfagas el Angel de la Muerte
        y tocó con su aliento, pasando, al enemigo:
        los ojos del durmiente fríos, yertos, quedaron,
        palpitó el corazón, quedó inmóvil ya siempre.

        Y allí estaba el corcel, la nariz muy abierta,
        mas ya no respiraba con su aliento de orgullo:
        al jadear, su espuma quedó en el césped, blanca,
        fría como las gotas de las olas bravías.

        Y allí estaba el jinete, contorsionado y pálido,
        con rocío en la frente y herrumbre en la armadura,
        y las tiendas calladas y solas las banderas,
        levantadas las lanzas y el clarín silencioso.

        Y las viudas de Asur con gran voz se lamentan
        y el templo de Baal ve quebrarse sus ídolos,
        y el poder del Gentil, que no abatió la espada,
        al mirarle el Señor se fundió como nieve.

               

        

        LA GACELA SALVAJE

        La gacela salvaje en montes de Judea
        Puede brincar aún, alborozada,
        puede abrevarse en esas aguas vivas
        que en la sagrada tierra brotan siempre;
        puede alzar el pie leve y con ardientes ojos
        mirar, en un transporte de indómita alegría.

        Pies ágiles también y ojos más encendidos
        aquí tuvo Judea en otros tiempos,
        y en el lugar del ya perdido gozo,
        más bellos habitantes hubo un día.
        Ondulan en el Líbano los cedros, mas se fueron
        las hijas de Judea, aun más majestuosas.

        Más bendita la palma de esos llanos
        que de Israel la dispersada estirpe,
        pues echa aquí raíces y se queda,
        graciosa y solitaria:
        ya su suelo natal no deja nunca
        y no podrá vivir en otras tierras.

        Mas nosotros vagamos, agostados,
        para morir muy lejos:
        donde están las cenizas de los padres
        nunca descansarán nuestras cenizas;
        ya ni un solo sillar le queda a nuestro templo
        y en trono de Salem se ha sentado la Burla.

     
              

        LA PARTIDA

        ¡Todo acabó! La vela temblorosa
        se despliega a la brisa del mar,
        y yo dejo esta playa cariñosa
        en donde queda la mujer hermosa,
        ¡ay!, la sola mujer que puedo amar.
        Si pudiera ser hoy lo que antes era,
        y mi frente abatida reclinar
        en ese seno que por mí latiera,
        quizá no abandonara esta ribera
        y a la sola mujer que puedo amar.

        Yo no he visto hace tiempo aquellos ojos
        que fueron mi contento y mi pesar;
        loa amo, a pesar de sus enojos,
        pero abandono Albión, tierra de abrojos,
        y a la sola mujer que puedo amar.
        Y rompiendo las olas de los mares,
        a tierra extraña, patria iré a buscar;
        mas no hallaré consuelo a mis pesares,
        y pensaré desde extranjeros lares
        en la sola mujer que puedo amar.

        Como una viuda tórtola doliente
        mi corazón abandonado está,
        porque en medio de la turba indiferente
        jamás encuentro la mirada ardiente
        de la sola mujer que puedo amar.
        Jamás el infeliz halla consuelo
        ausente del amor y la amistad,
        y yo, proscrito en extranjero suelo,
        remedio no hallaré para mi duelo
        lejos de la mujer que puedo amar.

        Mujeres más hermosas he encontrado,
        mas no han hecho mi seno palpitar,
        que el corazón ya estaba consagrado
        a la fe de otro objeto idolatrado,
        a la sola mujer que puedo amar.
        Adiós, en fin. Oculto en mi retiro,
        en el ausente nadie ha de pensar;
        ni un solo recuerdo, ni un suspiro
        me dará la mujer por quien deliro,
        ¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

        Comparando el pasado y el presente,
        el corazón se rompe de pesar,
        pero yo sufro con serena  frente
        y mi pecho palpita eternamente
        por la sola mujer que puedo amar.
        Su nombre es un secreto de mi vida
        que el mundo para siempre ignorará,
        y la causa fatal de mi partida
        la sabrá sólo la mujer querida,
        ¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

        ¡Adiós!..Quisiera verla... mas me acuerdo
        que todo para siempre va a acabar;
        la patria y el amor, todo lo pierdo...
        pero llevo el dulcísimo recuerdo
        de la sola mujer que puedo amar.
        ¡Todo acabó! La vela temblorosa
        se despliega a la brisa del mar,
        y yo dejo esta playa cariñosa
        en donde queda la mujer hermosa,
        ¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

 

 

 

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