
JUAN
VILLORO
(1956)
Nació en Ciudad de México y su vocación literaria se
manifestó temprano. A los dieciocho años obtuvo premio en un concurso de
cuentos organizado por
YAMBALALON Y SUS SIETE PERROS
A Pablo
Las cosas ocurrieron allá por 1962, una época en que
la nana me peinaba con limón y una goma verde que venía en frascos de plástico
con forma de gato. En la televisión pasaban "La Pandilla" y "El
Gato Félix", y yo usaba botines con plantillas para pie plano.
Desfilé por muchos kindergartens porque nos
cambiamos de casa como cinco veces, así es que no llegué a tener amigos en ese
tiempo. Los cambios de casa y de escuela me convirtieron en un ermitaño con
botas ortopédicas y copete engominado.
Por fin mi papá consiguió una casa donde también
pudiera poner su consultorio y una tienda de aparatos ortopédicos. Decidieron
que yo iba a entrar a una escuela enorme de muros grises que me pareció tan
grande como el multifamiliar que estaba cerca de
Se puede decir que pasé la mayor parte de las
vacaciones en el baño. Siempre he sido algo friolento y como no tenía nada que
hacer decidí pasarme las tardes remojado en el agua caliente de
Faltaba poco para entrar al colegio de las jicamas y
me pasé la última parte de las vacaciones refinando las aventuras de Víctor y
Pablo (se las pensaba contar a mis nuevos compañeros, seguro de que me iban a
regalar sus sandwiches, admirados con mi historia).
En un arranque de exotismo imaginé el bumerang
australiano de Víctor y Pablo. La particularidad de esta arma (que tenía un
aguijón de mantarraya capaz de matar al más gordo de los rinocerontes) era que
no regresaba al sitio de donde había partido. Si lo aventaba Víctor, el
bumerang iba a dar (después de matar un par de pájaros) a las manos de Pablo. Y
si lo lanzaba Pablo, Víctor era el encargado de recibir el bumerang lleno de
sangre y plumas de pájaro o de apache (también iban mis héroes al lejano
Oeste).
Una vez oí que alguien tenía sangre azul. Me pareció
imprescindible que Yambalalón tuviera tinta en las venas, y lo que es más,
tinta venenosa. Víctor y Pablo soñaban con que algún día su mágico bumerang se
vería teñido con la sangre azul del ladrón del Banco Central (claro que se
pondrían los guantes de hule que la nana usaba para lavar los trastes, no fuera
a ser que se envenenaran con la tinta).
El toque final fue inventar el himno de Yambalalón.
Curiosamente quienes lo entonaban eran Víctor y Pablo. En la tina se oía todas
las tardes el canto de "Yambalalón y sus siete perros".
Víctor y Pablo habían recibido muchos regalos del
Ayuntamiento (en las caricaturas el Ayuntamiento se la pasaba premiando gente;
yo ya no creía en Santa Claus, pero empecé a considerar al señor Ayuntamiento
como un benévolo sustituto). Se me ocurrió contarle a mi papá lo de Víctor y
Pablo (sin revelarle los secretos, por supuesto) con el fin de que él también
quisiera premiar las hazañas de mis héroes.
—Quién te platicó todo eso —contestó mi papá, y tuve
ganas de que Yambalalón y Víctor y Pablo se aliaran por una vez para matar al
hombre de calvicie incipiente que leía el periódico, con su bata blanca, y no
creía que yo fuera capaz de inventar algo.
Mi mamá siempre tenía dolores de cabeza. Unos años
más tarde me iba a explicar que no eran simples dolores sino neuralgia. El caso
es que la nana se ocupaba totalmente de mí, y el verdadero complejo de Edipo lo
debo haber tenido con esa señora de cuarenta años y unos pies que seguramente
calzaban del 38. Siempre que veo un pie descomunal siento un arranque de
ternura. Definitivamente en esa época los pies fueron muy importantes para mí.
Llegó el día de entrar al nuevo colegio. Lloré
cuando la nana me dejó en la puerta con el pelo más engominado que nunca y una
cantimplora que tenía agua de limón demasiado agria.
Fui al colegio de las jicamas a inscribirme cuando
casi no había gente. Al llegar el primer día de clases y ver tantos niños,
después de mi encierro en la bañera, tuve la impresión de estar en medio de un
campo de batalla.
Víctor y Pablo, envueltos por los zapatos recién
lustrados, se negaban a moverse. Por fin una maestra me llevó a mi salón. Fui
el último en entrar, todos ya estaban sentados, la mayoría llorando como yo.
Bueno, no fui el último, porque detrás venía un cuate muy alto y orejón. La
maestra le preguntó su nombre.
—Víctor —contestó una voz agresiva.
En realidad Víctor no tenía nada de agresivo. Pero
ante todo el lloriqueo, su voz parecía demasiado segura. Por comparación era
agresiva. Quedé admirado (sobre todo porque junto a Víctor no estuviera Pablo).
Pensé que entre los compañeros habría alguien
llamado Pablo. Después de averiguar todos los nombres (algunos tan raros como
Gilberto) tuve que conformarme con conocer sólo a Víctor.
Desde el primer día le regalé mi agua de limón.
—Está demasiado dulce —este comentario me dejó
asombradísimo. A mí el agua me había parecido muy agria. Decididamente Víctor
era muy valiente.
Es obvio que no le conté de mis héroes imaginarios
ni que jugaba con mis pies. Víctor me parecía el más inteligente de
Víctor tenía siete años, y todo mundo sabe que a esa
edad un año de diferencia son 365 aventuras de ventaja. Víctor se convirtió en
nuestro líder. Imitando a los héroes de "La Pandilla" planeaba
trampas para los maestros. Nosotros ejecutábamos sus órdenes y recibíamos el
castigo cuando nos atrapaban poniendo Resistol en el asiento de la
profesora.
Además él sabía leer de corrido. Nos reuníamos en el
baño de la preprimaria, rodeados de excusados enanos, para que nos leyera
alguna historia impresionante. Ahora creo que Víctor inventaba todo lo que
decía. Pero yo no perdía un solo detalle. Bastaba que hablara de los nuevos
coches, de un Corvette que puede ocultar los faros como quien cierra los ojos,
para que esa misma tarde Víctor y Pablo abordaran un Corvette rojo.
Nunca pude averiguar la causa por la que reprobaron
a Víctor a los seis años. Después entendí que la escuela de muros grises y
puestos de jicama era insuperablemente retrógrada, pero sigo creyendo que
Víctor realizó algo fuera de lo común.
Por las tardes, después de ver "El Gato
Félix" y llenar varias páginas con AAAAA y BBBBB hermosamente delineadas, me
iba a bañar. Las aventuras de Víctor y Pablo continuaban. Víctor adquiriría una
parte cada vez más activa. Fue él quien descubrió el pasadizo para llegar al
escondite de Yambalalón. Sólo que al entrar en el refugio, mis héroes vieron
que estaba deshabitado y que había una nota para ellos (escrita con auténtica
sangre de rata): "Ola amigos: fui a rovar el Banco Sentral",
Yambalalón también debía estar en preprimaria, me dijo mi mamá, cuando le
enseñé la nota (escrita con auténtico puré de tomate rojo).
También fue Víctor el que encontró en la guarida los
lentes que Yambalalón usaba para protegerse del sol. Se los podían llevar y
pedirle que se rindiera, o que al menos les regalara uno de sus perros.
Pablo fue ocupando un papel secundario. Se empezó a
parecer a mí. En la escuela yo me había convertido en algo así como el
secretario de Víctor. Cuando robábamos un sandwich el primer mordisco lo daba
nuestro líder y el segundo yo, incapaz de tragar el bocado por la emoción.
Cuando me vomité en la clase, víctima de una
sobredosis de sandwiches robados, Víctor pidió permiso para llevarme a
También gané el privilegio de sentarme a su lado y
de soplarle en los exámenes de aritmética lo que él no sabía. Mi historia con
Víctor y Pablo había llegado a un punto clave. Yambalalón aceptó ir solo, de
noche, al Penthouse (yo creía que el Penthouse era un castillo) de Víctor y
Pablo para que le dieran sus lentes (hay que aclarar que esos anteojos eran
únicos; estaban fabricados con el caparazón de una tortuga negra que el propio
Yambalalón capturó).
Para estas alturas Pablo era francamente el ayudante
de Víctor. Cuando jugaba en la tina, mi pie derecho permanecía casi sumergido,
mientras Víctor hablaba sin parar. Fui forzando la historia para que se
enfrentaran Yambalalón y mis héroes. Estaba tan nervioso que cuando Yambalalón
les dijo a sus perros que fueran a buscarlo si no regresaba en una hora, sumergí
mis pies en el agua, incapaz de seguir escuchando sus hazañas. La nana llegó
con su toalla gigante. Me dio un par de besos que ni sentí y debió decirme que
me fuera a tomar el choco-milk.
Esa noche no dormí, pensando en cómo acabaría todo.
Me persiguió permanentemente el estribillo de "Yambalalón y sus siete
perros".
Al día siguiente era viernes y como siempre todos
estaban contentos en el colegio. Me decidí a contarle a Víctor mi historia
secreta. Yo creía que a los doce años sería un héroe, o más bien el compañero
de un héroe, y le platiqué todo con la decidida intención de que se
identificara con Víctor y pensara que yo era el Pablo ideal.
—¿Con los pies? —me preguntó después de que terminé
entonando el himno de Yambalalón.
En general mi cuento le pareció bastante bobo, pero
lo de los pies era definitivamente idiota.
Durante el recreo noté que Víctor me miraba los
zapatos y no se decidía a incluirme en su equipo de futbolito. Finalmente lo
hizo y yo me sentí perdonado. Traté de olvidar para siempre la historia que
inventaron mis pies (ahora me parecía que yo casi no intervenía en el juego).
A la hora del baño puse punto final al cuento.
Yambalalón llegó al Penthouse medieval de Víctor y Pablo. Era medianoche. Les
dijo que iba a rendirse. Víctor, confiado, no pensó en ocultar el bumerang que
estaba sobre una mesa, frente a la caja fuerte (nunca he sabido para qué usaban
Víctor y Pablo la caja fuerte). Yambalalón les dijo que les daría todo el
dinero que había robado en el Banco Central.
Víctor y Pablo estallaron en carcajadas (mi papá
siempre decía que alguien estallaba en carcajadas) y ahí fue cuando
Yambalalón se lanzó sobre la mesa.
El bumerang decapitó a Víctor y como luego iba a dar
a Pablo, el secretario no pudo evitar el aguijón de mantarraya. Yambalalón
encerró los cuerpos en la caja fuerte y se llevó las cabezas para dárselas de
comer a sus perros.
Jamás me hubiera creído capaz de un final semejante.
Toda la noche lloré la muerte de mis héroes.
El sábado y el domingo me bañé en completo silencio,
sin verme los pies. La nana se extrañó de que yo no estuviera platicando solo
como de costumbre.
El lunes llegué al colegio un poco tarde. Corrí
hasta el salón, le pedí disculpas a la maestra y fui a mi asiento con ganas de
decirle a Víctor que ya no existían Víctor y Pablo.
Casi no recordaba la historia, se había olvidado de
detalles tan importantes como la sangre azul de Yambalalón. Ni siquiera me
contestó. Cuando terminé me dijo que había descubierto una ventana para espiar
el baño de las niñas. Víctor y Pablo se le habían olvidado como una
multiplicación difícil de aritmética.
La nana fue por mí y me dijo que mi mamá se había
pasado toda la mañana con dolor de cabeza. En la casa no quise comer ni ver
"El Gato Félix". Tampoco quise bañarme. Entonces mi papá salió del
consultorio a decirme que era el colmo, que me iba a desvestir inmediatamente.
En la mano traía un aparato para poliomielítico. Creí que me lo iba a poner.
Me dijo que él me iba a bañar. Traté de no llorar
cuando miraba el aparato de metal para el niño con una pierna flaca que debía
estar esperando a mi papá en el consultorio.
Mi papá terminó quitándome los botines ortopédicos.
Era la primera vez que lo hacía desde que me los había recetado. Tuve ganas de
que me atravesara el bumerang de Víctor y Pablo, pero preferí no pensar en eso.
Sin decir palabra entré a la tina.







































Good
Esta exelente esta naración