
EL GRAN SERAFÍN
Adolfo Bioy Casares
Bordeó los acantilados para encontrar una playa un poco apartada. La exploración fue breve, pues en aquel paraje ni la soledad ni la lejanía misma estaban lejos. Aun en las playas contiguas al pequeño espigón de pesca, bautizadas Negresco y Miramar por la patrona de la hostería, era escasa la gente. Alfonso Álvarez descubrió así un lugar que de modo admirable correspondía al anhelo de su corazón: una ensenada romántica, desgarrada, salvaje, a la que reputó uno de los puntos más remotos del mundo, Última Tule, Seno de la Última Esperanza o todavía más allá —Álvarez ahora articuló su divagación en un arrobado murmullo—las Largas y Prodigiosas Playas, Furdurstrandi. . . El mar entraba encajonado en acantilados pardos y abruptos, en los que se abrían cavernas. Hacia afuera, a los lados, empinábanse picos o agujas, modelados por la erosión de la espuma, de los huracanes y del tiempo. Todo ahí era grandioso para el observador echado en la arena, que sin dificultad olvidaba las dimensiones del paisaje, en verdad minúsculas. Despertó Álvarez de su ensimismamiento, descalzó unos piecitos blancos que, a la intemperie, resultaron patéticamente desnudos, hurgó en una bolsa de lona, encendió la pipa, contempló el mar y preparó el ánimo para un prolongado paladeo de la beatitud perfecta. Con asombro advirtió que no estaba feliz. Lo embargaba una desazón que apuntaba como vago recelo. Miró en derredor y afirmó: "Nada ocurrirá." Descartó la ilógica hipótesis de un asalto; escrutó la conciencia, luego el cielo, por fin el mar y no descubrió el motivo de su alarma.Buscando distracción, Álvarez meditó sobre la recóndita virtud del mar, que nos urge a contemplarlo ávidamente. Se dijo: "En el mar nunca pasa nada, si no es una lancha o la consabida tropilla de toninas, que progresa con arreglo a horario, a mediodía rumbo al sur, después al norte: tales juguetes bastan para que en la costa la gente apunte con el dedo y prorrumpa en júbilo. Moneda falsa únicamente cobra el observador: sueños de viajes, de aventuras, de naufragios, de invasiones, de serpientes y de monstruos, que anhelamos porque no llegan." Se abandonó a ellos Álvarez, cuya ocupación favorita era hacer proyectos. Sin duda creía que viviría
infinitamente y que siempre tendría por delante tiempo para todo. Aunque su profesión concernía al pasado—era profesor de historia en el Instituto Libre—había sentido siempre curiosidad por el porvenir.
A ratos olvidó su inquietud, y logró así una mañana casi agradable. Mañanas y
tardes agradables, noches bien dormidas, eran para él necesarias. El médico había
dictaminado:
—Cada vez que usted abra la boca no me tragará una farmacia, óigame bien; pero se me aleja de Buenos Aires, del trabajo y de las obligaciones. Óigame bien: no salga de la urbe para recaer en la muchedumbre de Mar del Plata o de Necochea. Su remedio se llama tran-qui-li-dad, tran-qui-li-dad.
Álvarez habló con el rector y obtuvo licencia. En el colegio todos resultaron expertos en playas tranquilas. El rector recomendó Claromecó, el jefe de celadores Mar del Sur, el profesor de castellano San Clemente. En cuanto a F. Arias, su colega de Oriente, Grecia y Roma (de puro displicente ni encendía ni arrojaba la colilla pegada a perpetuidad en el labio inferior), se reanimó para explicar:
—Va hasta Mar del Plata, sale de Mar del Plata, deja a la izquierda Miramar y Mar del Sur y a mitad camino a Necochea está San Jorge del Mar, el balneario que usted busca.
Inexplicablemente la elocuencia de F. Arias lo arrastró; compró un boleto, preparó el maletín, subió al ómnibus. Viajó una larga noche, cuya única imagen, evidente a través de cabeceos y vigilias, era la de un tubo infinito, iluminado por una línea de lámparas colgadas del techo.
La mañana refulgía cuando divisó el arco del letrero que rezaba:
San Jorge del Mar—Bienvenidos. La muralla donde el cartelón estaba sostenido se prolongaba a los lados un buentrecho y en partes empezaba a desmoronarse. Por debajo del arco entraron en una
calle de tierra dura, apisonada, rumbo a una arboleda próxima. A mano izquierda
quedaba el mar, le explicaron. La comarca no le pareció triste. En esa primera visión
predominaban los blancos y colorados de las casitas y el verde del pasto. Murmuró:
"Verde de esperanza, de esperanza." No cabía definir aquello como caserío, sino como
campo tendido, con algunas casas desparramadas. Entre todas, por la altura
descollaba una que tenía menos aspecto de vivienda que de tinglado provisorio, con
agudo mojinete asimétrico y el techo ladeado, acaso por derrumbe, probablemente por
travesura arquitectónica. Antes de ver la cruz, Álvarez entendió que se trataba de la
capilla, pues como todo el mundo tenía el ojo acostumbrado al estilo llamado moderno,
de rigor, por aquel entonces, para los ramos de administración pública, clero y banca.
Siguiendo un albo sendero de conchillas penetraron en la arboleda—trémulos
eucaliptos, algún sauce claro—y pronto encontraron un basto bungalow de madera,
pintado de color té con leche: la hostería El Bucanero Inglés, donde se hospedaría
Álvarez. Con él bajaron del ómnibus un anciano de piel vagamente traslúcida, de la
tonalidad blanca y celeste de las escamas, y una señora joven, de anteojos oscuros
con el aire ambiguo y atractivo que suelen tener, en las fotografías de los periódicos,
las litigantes en pleitos de divorcio. En ese momento salía de la hostería un pescador
cargado de pescados, que automáticamente ofreció:
—¿Pesche?
Era un viejo de piel curtida, pipa en boca, ancho pecho en tricota azul botas de
goma: uno de tantos personajes típicos, entre fabricados y genuinos, que se dan en
todas partes.
Tras de apartarse un poco del pescador, la señora joven respiró a pleno pulmón y
exclamó:
—Qué aire.
El pescador se golpeó el pecho con la mano que empuñaba la pipa y afirmó
fatuamente:
—Aire puro. Aire de mar. Ah, el mar.
Cuando ya no se olía el humo dejado por el ómnibus, respiró con fuerza Alvarez y
comentó:
—En efecto, qué aire.
No correspondía al de sus recuerdos; tenía una carga, tal vez pesada, de olor
indefinido. ¿A pescados o algas? No, protestó para sí Álvarez, de ninguna manera,
aunque tan saludable probablemente.
—¡Qué flores!—ponderó la señora—. Esto parece una estancia, no un hotel.
—Nunca vi tantas juntas—observó el anciano.
Convino Álvarez:
—Yo tampoco, salvo. . .
Lo invadió una inopinada pesadumbre y no supo concluir la frase. La señora
rezongó:
—La casa está muerta. Nadie sale a recibirnos.
No estaba muerta. Adentro resonó un piano y los viajeros oyeron una trillada
melodía norteamericana, que Álvarez no identificó. El viejo, momentáneamente
rejuvenecido, tarareó:
—Cuando los santos del cielo
vengan marchando. . .
esbozó un zapateo criollo y se reintegró a la habitual flacidez. Por una puerta de
resorte, tras dos portazos aparecieron dos mujeres: una criadita joven, alemana o
suiza, rubia, rosada, de sonrisa muy dulce, y la patrona, una bella mujer en la ósea
plenitud de los cincuenta años, erguida, majestuosa, a quien pechos eminentes y
peinado en torre conferían algo de nave o de bastión.
Precedidos por esta señora, seguidos por la criadita, prodigiosamente cargada de
equipajes, los viajeros entraron en la hostería. En un cuaderno Álvarez firmó.
—Alfonso Álvarez—leyó en voz alta la patrona, para agregar con una sonrisa
encantadoramente mundana—: A. A.: qué gracioso.
—Yo diría monótono—acotó Álvarez, que más de una vez había oído la
observación.
—Aquí está el teléfono—continuó la patrona, como quien da una prueba de
ingenio. Al mover la mano produjo un relumbrón verde: lo originaba un anillo con
esmeralda—. Y allá en lo alto el alojamiento del señor: pieza trece. Hilda lo va a
acompañar.
Por una escalera ruidosa, tal vez frágil, subieron. La pieza tenía algo de cabina;
desde luego, la estrechez. La mesita de pinotea, la silla, el lavatorio, apenas dejaban
lugar libre. Álvarez, por un tiempo que le pareció interminable, se mantuvo inmóvil: tan
cerca estaba la muchacha. Para romper esa incómoda quietud inclinó el cuerpo en
sesgo, apoyó una mano en el borde del lavatorio, con la otra abrió el grifo. Como
acróbata inseguro intentó una sonrisa. Ni bien manó el agua reparó en un aroma que le
trajo vagos recuerdos.
—Olor a azufre—explicó la criadita—. Ahora el agua sale termal, dice la señora.
Él puso el dedo en el chorro.
—Está caliente—advirtió.
—Ahora toda el agua se volvió caliente. Y allá—indicó en dirección a la ventana—
sale sola, en grandes chorros de la tierra.
El aire que la muchacha movía al hablar le soplaba cosquillas en la nuca; eso, por
lo menos, creyó Álvarez. Pasó, como pudo, al otro lado del lavatorio y miró por la
ventana. Vio el jardín de flores el sendero de granza blanca, una abertura en la
arboleda, más allá el campo. A lo lejos divisó un grupo de gente y un humo tenue.
—El terreno aquel es de la señora—prosiguió la criadita—. Mandó a los peones
cavar para descubrir qué hay abajo.
—En las entrañas—murmuró Alvarez.
—¿Cómo?
—Nada.
Entonces la miró de frente. Con una mano corta, graciosamente la alemanita
levantó la mecha que le caía sobre los ojos ladeó su cara de cachorro, sonrió con
extrema dulzura y partió. Álvarez recorrió con la mirada el cuarto. Por vez primera—
¿desde cuándo? ya no recordaba— se encontró feliz. Tenía en ello parte cierta vanidad
un tanto infantil, común a todos los hombres, y parte el cuartito que le destinaron, con
algo de celda de refugio; y también la ventana sobre el campo. No importa sin
embargo, el motivo del contento; importa el hecho por su cronología por casi
inmediatamente preceder a la desazón y al temor en la playa. Desde luego, por motivos
imponderables, un convaleciente pasa del bienestar a la depresión; pero la verdad es
que Álvarez bajó al mar con el ánimo alegre.
Estuvo en la playa no menos de tres horas, al sol primero, luego a la sombra del
acantilado, porque recordó vagas historias de veraneantes, inevitablemente
comparados con camarones, que por un momento de descuido o por una demasiado
íntima comunión con la naturaleza, tuvieron que envolver a la noche en aceite blanco
las quemaduras de segundo grado, mientras el delirio les refería cuentos fantásticos.
Álvarez no quería que un percance tan trillado le arruinara las vacaciones.
Como tampoco quería disgustos con la patrona, a la una menos cuarto emprendió
el camino de vuelta. A pesar del acostumbramiento del olfato, notó que el extraño olor
marino aumentaba.
En una mesa de largura interminable almorzaron Álvarez, el anciano de piel
traslúcida—que se llamaba Lynch y era profesor en un colegio de Quilmes—y la
patrona; según ésta explicó, tanto su hija como la señora recién llegada y los demás
pensionistas, todos gente joven, no volverían a la hostería hasta la caída del sol.
—¿Así que usted es profesor en Quilmes?—preguntó Álvarez a Lynch—. ¿De
álgebra y de geometría?
—¿Y usted en el Instituto Libre?—Lynch preguntó a Álvarez—. ¿De historia?
Conversaron de planes de estudio, de la juventud y de las consecuencias, para la
mente del profesor, de los sucesivos años de cátedra.
—Me gusta enseñar, pero. . .—empezó Álvarez.
—Hubiera querido otra cosa. ¡Yo también!—concluyó Lynch.
La coincidencia los maravilló.
El comedor era una vasta sala, con una araña de hierro en el centro. De la araña
colgaban, probablemente desde las fiestas de fin de año guirnaldas de colores. La
mesa estaba arrimada a un ángulo, para dejar espacio libre a posibles parejas de
bailarines. Contra la pared se alineaban botellas; una puerta se abría sobre una visión
de cocinas, mesas con tachos y algún atareado peón de campo, disfrazado de
marmitón. En el otro extremo del comedor había un piano vertical.
La alemanita sirvió la mesa; entre plato y plato se sentaba detrás del mostrador;
cuando trajo la jarra de agua, la patrona dijo:
—Hoy yo bebo vino blanco, Hilda. ¿Ustedes?
—¿Yo?—preguntó Álvarez, que se había distraído—. Un poco de agua y, para
acompañar a la señora, vino blanco.
—Yo, agua, siempre agua—exclamó el viejo Lynch.
—Ahora sale termal—con satisfacción explicó la patrona—. Es un algo fuerte, hay
que acostumbrarse, rica en sales sulfurosas, a mí me gusta.
—Pero no la bebe—acotó el viejo.
—Tengo grandes proyectos—anunció la patrona—. Habrá que incorporar capitales
foráneos y levantaremos un conglomerado termal, llámelo nuestro Vichy, nuestro
Contrexéville, aun nuestro Cauterets.
—La señora—reconoció el viejo—lleva la hotelería en las venas.
—Hasta aquí viene el aroma—observo Álvarez, tras alejar el vaso.
—Más que termal, podrida—puntualizó Lynch, en un intervalo entre dos tragos.
—Óiganlo—comentó graciosamente la patrona, moviendo con altivez la cabeza.
Álvarez inquirió:
—Señora, ¿cuál es el origen del nombre?
—¿Qué nombre?—preguntó la señora.
—El de la hostería.
—El bucanero inglés fue un tal Dobson—explicó la señora—que a fines del siglo
dieciocho llegó a estas playas, con una cotorra llamada Fantasía, posada en el hombro.
Se enamoró de la hija del cacique. . .
—Y adiós cotorra—declaró Lynch—. El cuentito parece una alegoría moral y
también un emblema copiado de un libro de emblemas.
—Óiganlo—repitió la patrona—. En un gran día, señores, llegaron ustedes.
Concurrirán después del almuerzo a las carreras. Espectáculo romano. Carreras de
caballos junto al mar. Y al final de la tarde paseo; una caminata agradable los
trasladará hasta las nuevas emanaciones de humo, los chorros de agua, legítimos
géiseres y, ¿por qué no?, solfataras, de innegable valor termal y turístico. En las grietas
donde sale humo verán a mi gente cavando. ¿Qué descubriremos? ¿Un volcán
subterráneo?
Naturalmente tímido, Álvarez interrogó:
—Si hay un volcán abajo ¿agrandar las grietas no es imprudencia?
Ni le contestaron. Álvarez, pensó: "Todo cobarde es un solitario, un Robinsón."
—Mañana, otro gran día—continuó la patrona—. Mejor dicho: gran noche. Fiesta
en honor de mi hija Blancheta que cumple dieciocho años. Comilona, convidados,
cordialidad. Ya la palparán ustedes: nuestra pequeña ciudad balnearia es todavía un
paraíso no corrompido. Somos como una familia cariñosa, en San Jorge, libre de
pelandrunes y hampones. ¿Hasta cuándo le repetiré que no queremos delincuentes
juveniles peleados con el peluquero? ¡Afuera, mal entrazado!
Perplejos y alarmados por el exabrupto, ambos pensionistas interrumpieron la
masticación de un caliente navarrín con marcado sabor a azufre. Rápidamente se
volvieron, porque a sus espaldas resonó una voz masculina:
—No se sulfure, doña. Me pidió Blanquita que le pidiera el pic-nic.
—¿Qué tiene que pedirle la Blancheta? Si lo veo junto a mi hija, con estas propias
manos lo acogoto.
Quien así enojaba a la patrona era un tremendo muchachón, muy arropado y muy
desnudo, hirsuto y lampiño, sin duda torvo, quizá afeminado, cuya redonda cabeza
estaba rodeada de un círculo completo de pelo rubio, de espesura y largo parejos en el
cuero cabelludo y en la barba. Desde el pelambre miraban dos ojillos que se movían a
impulsos jactanciosos o furtivos o se aquietaban fríamente. Arropaban el busto una
toalla, una tricota y del breve taparrabos colorado emergían piernas tan desprovistas de
vello como las de una mujer; pero los aspectos más evidentes del conjunto quizá
fueran pelos enmarañados y lanas sucias.
Incorporada a medias, preguntó la patrona:
—¿Se retira, joven Terranova, o de la oreja lo retiro?
Partió el animalote; la patrona se dejó caer en la silla y ocultó la cara entre las
manos. Acudió, solícita, la criadita, con un vaso de agua.
—No, Hilda—protestó la patrona, que había recuperado la compostura—. Hoy bebo
vino blanco.
El almuerzo concluyó por fin y cada cual se encaminó a su cuarto.
"Estoy débil o el aire es muy fuerte", pensó Álvarez, que por poco se duerme con el
cepillo de dientes en la boca. Ya echado, durmió un rato, hasta que lo despertó un peso
en los pies. Era Hilda, que se había sentado en el borde de la cama.
—Vine a verlo—explicó la muchacha.
—Ya veo—contestó Álvarez.
—Quería ver si quería algo.
—Dormir.
—¿Dormía?
—Sí.
—Qué suerte. Mañana a la noche es la fiesta de Blanquita.
—Ya sé.
—Terranova no viene, porque a espetaperros lo sacaría madame Medor. —¿Quién
es madame Medor?
—La patrona. Y la pobre Blanquita enamorada.
—¿De Terranova?
—De Terranova, que no la quiere. Él quiere dinero. Un malo, un matón sin alma,
carne y uña con Martín.
—¿Quién es Martín?
—El pianista. Madame Medor, que no traga a Terranova, mete al cómplice en la
casa, porque toca bien el piano. Todo el mundo sabe que son agentes locales de la
banda de Miramar.
Oyeron la voz de la patrona, que abajo gritaba:
—¡Hilda! ¡Hilda!
La muchacha dijo:
—Me voy. Si me pesca, me llama perra y palabras horribles.
Los pasos de la alemanita descendieron la crujiente escalera, subió el clamor de la
reprimenda de madame Medor y acallando todo resonó en el piano la Marcha de los
santos.
Se levantó Álvarez, porque ya no tenía ánimo para dormir. Estaba peor que antes.
A pesar de las precauciones en la playa, la cabeza le dolía como si hubiera tomado
mucho sol. Quería beber algo, para sacarse el gusto a azufre y aplacar la sed; una gran
sed. Entró en el comedor. Martín machacaba Los santos en el piano, la patrona,
acodada en la mesa, tildaba facturas y desde el mostrador Hilda miraba tiernamente.
—Un vinito blanco, bien helado—pidió.
La patrona ponderó:
—¡Qué siesta! Corrían las horas y yo pensé: con el solazo y el vinito el trece no
aterriza hasta mañana. Es un hecho; no llega a las carreras, pero todavía hay luz y
puede entretenerse con los géiseres.
Descorchó Hilda la botella; Álvarez bebió dos vasos y dijo:
—Gracias.
La patrona ordenó:
—Se la guardas, chica. El señor a la noche incorpora lo que queda. Preguntó
Álvarez:
—¿Cómo voy?
La patrona lo acompañó hasta la puerta y lo encaminó. Siguió la calle más allá de
la arboleda, por campo abierto; de trecho en trecho había un chalet, una vaca. La brisa
marina traía olor a podredumbre. Caía la tarde.
Cuando llegó al lugar, la jornada había concluido; los peones, la pala al hombro,
emprendían el camino de regreso. Con un cura que examinaba los chorros de agua
caliente y la humosa excavación, de borde a borde entabló diálogo Álvarez.
—No creí que fuera tan profunda—gritó—. Da vértigo.
—¿Qué me cuenta de la temperatura del suelo?—gritó a su vez el cura—. Ponga la
mano.
—Quema ¿Qué buscan?
—No importa lo que buscan, sino lo que encuentran—replicó el cura. —
¿Encuentran algo?
—Casi nada. ¡Mire!
A gritos no caben sutilezas; de todos modos, la enfática exhortación a mirar
sugería, para las palabras casi nada, intención irónica
—¿Dónde?—preguntó Álvarez.
El cura se le acercó, lo tomó paternalmente de los hombros y lo condujo hasta un
eucalipto. En el suelo, apoyadas contra el tronco del árbol, vieron dos amplias alas y
algunas plumas negras.
—¡Diablos!—exclamó Alvarez—. Padre, perdone, pero estas alas, no me negará,
suponen un pajarraco infernal.
—No sé—contestó el cura—. Con franqueza, ¿qué ave tiene in mente? —¿Un
águila?
—No es bastante grande.
—¿Me atreveré a decir: un cóndor?
—¿En estas regiones? ¿Usted no lo reputaría un tanto improbable? —Si usted lo
permite, me vuelvo a la hostería—declaró Álvarez.
—Lo acompaño—dijo el cura—. Determinar la especie no es todo. . . Créame: hay
otras dificultades.
—Qué barbaridad—comentó Álvarez, a quien el tema ya fatigaba.
—Si estaban en la tierra ¿por qué no se pudrieron?
Álvarez, aventuró:
—¿La acción del fuego?
El cura lo miró con indulgencia; después habló animadamente:
—Dejemos el capítulo. Nadie está obligado a saber química, pero la moral incumbe
a todos. Vea a dónde lleva la curiosidad de los hombres. O de las mujeres, que es lo
mismo. Para la incorregible curiosidad, un trofeo enigmático. Un castigo, ¿por qué no?
—¿De quién?—preguntó Álvarez.
—No crea, la madama tiene sus enemigos. Un tal Terranova, sin ir más lejos, un
cachorrón capaz de gastarse cada bromita.
—¿Opina que se trata de una broma?
—¿Por qué no?
Juntó coraje Álvarez y preguntó:
—¿También el agua caliente y el humo?
Envalentonado, ahora devolvió la mirada indulgente.
—Estoy muy cansado—protestó el cura—. Vamos yendo. Créame usted, soy
hombre de paz y de un año a esta parte me toca vivir en plena guerra, entre los dos
bandos del Comité para Obras de la Capilla.
—¿Y si los deja pelear entre ellos?—propuso Álvarez.
—Los dejo—afirmó el cura—. Mañana voy de caza, con mi perro Tom, aunque el
comité sesione. Los tradicionalistas porfían en pro del estilo moderno, los renovadores
en pro del gótico y el padre Bellod, este servidor, con moderación de mártir, de tanto en
tanto pone su semillita pro domo: sepa usted, favorezco el románico. Cuando los dos
bandos se avengan no habrá capilla.
Se despidieron. Ni bien entró en la hostería, Álvarez divisó a la alemanita al pie de
la escalera. La muchacha miró hacia arriba, corrió arriba y Álvarez quedó por un
instante inmóvil, dobló por fin hacia el comedor, embistió con resolución al viejo Lynch.
—¿Qué le pasa amigo? ¿En qué piensa?—preguntó el viejo.
—En proverbios—contestó Álvarez—. Cazador sin munición...
Madame Medor anunció:
—Voy a presentarlo. El número trece...
—Álvarez—modestamente agregó Álvarez.
—Mi hija Blancheta...
La muchacha, de pelo claro, suave y largo, de tez lechosa, de ojos graves, casi
tristes, de nariz delicadamente dibujada, era pequeña y bonitilla..
—La señora del once—prosiguió la patrona.
—La señora de Bianchi Vionnet—corrigió la interesada.
—Martín, nuestro hombre orquesta—dijo con voz firme la patrona—. Él y su piano
constituyen la totalidad de la orquesta que anima nuestros bailes. Nunca hubo quejas,
le ruego que tome nota, por falta de animación y buena música.
—Deja a este mozo en el tintero—observó el viejo.
Tratábase de un joven alto, con el pelo cortado a modo de cepillo de jabalí, con
ojillos redondos, con risa permanente y cara de expresión atribulada.
—Aquilino Campolongo—dijo la patrona, moviendo los labios como quien articula
no un nombre, sino una mala palabra.
—Estudio ciencias económicas—aclaró Campolongo.
En un aparte poco menos que gritado—los viejos son invulnerables, porque no
esperan nada, y también sordos—comentó Lynch:
—Sálvese quien pueda.
—¿Por qué?—preguntó Álvarez.
—¿Cómo por qué? ¿Es argentino y pregunta por qué? Si Adam Smith viera su
progenie de doctores en ciencias económicas, se retorcería en la tumba. ¿Oímos las
noticias?
El viejo puso en funcionamiento el receptor de radio. El boletín informativo había
empezado. Nítidamente surgió una voz que explicaba:
—. . .vastos movimientos migratorios, comparables a las trágicas evacuaciones de
tiempos de guerra.
Como por influjo de una asociación de ideas, ni bien fue pronunciada la palabra
guerra rompió con animación y dianas una marcha militar. A dos manos retomó el viejo
el receptor. Afanarse era inútil. Todos los programas habían desembocado en la misma
marcha.
—Qué afición por La avenida de las palmeras—comentó.
Reflexionó Álvarez en voz alta:
—Culto el viejo. Lo que es yo, no distingo una marcha de otra.
—Otra revolución—vaticinó lúgubremente Campolongo—. Estos militares. . .
Madame Medor replicó en tono sarcástico:
—Mejor estaríamos con los bolcheviques.—En un movimiento en espiral y
ascendente irguió el corpacho, dio la espalda al mequetrefe, golpeó el piso con patadita
irritada y, debajo de las pirámides, las torres y los caireles del peinado, orientó la cara,
de suyo un poquito feroz, en dirección a los otros pensionistas, la endulzó con una
sonrisa mundana, anunció-—Cuando gusten pueden sentarse a la mesa.
La obedecieron. Durante la comida todos hablaron. Pasaron de la política, que
encona, a la situación del país, que aviene.
—Aquí ¿quién trabaja?
—Roba quien puede.
—El ejemplo llega de arriba: de los grandes ladrones públicos.
Aunque las tendencias contrarias eran perceptibles, generosamente las ahogaba
cada cual, para fraternizar en un torneo de anécdotas y hechos probatorios de nuestra
bancarrota.
—No crea que están mucho mejor en otras partes—dijo Martín.
—Sin ir más lejos, el África negra—admitió la señora de Bianchi Vionnet.
Suspiró Álvarez; el diálogo lo aburría. Lo conocía de memoria, como si fuera un
libreto que él mismo hubiera escrito. Preveía precisamente: ahora viene la pregunta
retórica sobre el valor del dinero, ahora la anécdota que ilustra el triunfo de la codicia y
lo mal que anda todo. Ahora dirán que perdimos el coraje, "las ganas de pelear" como
el malevo del tango.
—No lo creerá—susurró Álvarez al viejo—. Ya oí esta retahíla de punta a punta.
El viejo empezó:
—A nuestra edad...
—Cruz diablo—replicó Álvarez.
—A nuestra edad—replicó el viejo—, ¿quién no tiene un pasado rico en
conversaciones con chauffeures de taxi y otros interlocutores ocasionales?
—Me dan ganas de contarles lo que sentí en la playa.
—Anímese.
—Le contaba al señor Lynch—levantando la voz, declaró Álvarez— que esta
mañana, en la playa...
Refirió que tuvo miedo, como si presintiera un ataque o algo más terrible. Concluyó:
—Una idea fija que totalmente me arruinó la mañana.
—Un ataque... ¿por la espalda?—inquirió Martín.
—¿Por qué no?—respondió Álvarez—. O del lado del mar.
—¿Qué temía?—interrogó Blanquita—, ¿que saliera un monstruo y lo tragara? Yo
en la playa sueño cada locura.
Intervino la patrona
—Un monstruo, sí pero tal vez mecánico, ¿qué opina el señor Campolongo?
Este preguntó, molesto:
—¿Yo? ¿Qué tengo que ver?
—Exactamente—replicó la patrona—. Es lo que me pregunto. ¿Qué tiene que ver
el señor Campolongo todas las tardes en la costa? O si ustedes prefieren, ¿qué mira?
o ¿quién lo mira? Cara al mar hace gimnasia sueca. O haciéndose el sueco, hace
señales. ¿A un pez espada, señor Campolongo? ¿A un submarino?
—A lo mejor—opinó la de Bianchi Vionnet—el señor Álvarez vio, sin saberlo, el
submarino y se alarmó. Puede suceder.
—¿Por qué no algo más raro?—a su vez preguntó Lynch—. ¿Conocen la teoría de
Dunne? Yo me paso la vida contándola. Pasado, presente y futuro existen al mismo
tiempo...
—O no lo sigo—dijo Campolongo—o no hay relación alguna.
—Puede haberla—afirmó Lynch—porque los tiempos ocasionalmente empalman.
Individuos extraordinarios, verdaderos videntes, ven el pasado y el futuro. Le hago
notar que si no existe el futuro son inconcebibles las profecías. ¿Cómo ver lo que no
está?
Campolongo interrogó:
—¿Usted reputa profeta al señor Álvarez?
—De ningún modo—aseveró Lynch—. Las personas más corrientes y hasta
vulgares empalman en otro tiempo, cuando se dan las condiciones, ¿entiende o no?
¿Por qué el señor Álvarez no tendría esta mañana una premonición del desembarco
del bucanero Dobson?
—Imposible—dictaminó la patrona—. Dobson contaría hoy más de ciento cincuenta
años, edad a la que nadie llega.
Ignoró el reparo Lynch y prosiguió:
—El color de la cara del señor Álvarez, ¿no les dice que se le fue la mano con el
sol? He puesto el dedo en la llaga. Insolación, infección, fiebre, según los entendidos,
abren la puerta a estas visiones extraordinarias.
—¿Por qué suponer algo tan ingrato?—inquirió la señora de Bianchi Vionnet—.
¿Por un momento siquiera, imaginan la grosería de un bucanero de entonces?
—Un ser tosco tiene su interés—afirmó madame Medor.
—Póngase al día, señor Lynch—rogó Blanquita—. Yo prefiero cosas modernas.
Hoy la gente habla de platos voladores.
—En efecto—corroboró Martín—. La juventud despierta se agrupa en círculos para
la observación de platos voladores. Ya hay uno en Claromecó. Soy amigo del tesorero.
Henchido el pecho, altiva la cabeza, madame Medor pronosticó:
—Si Terranova también es amigote, poco les durará el tesoro a los de Claromecó.
Álvarez aquella noche durmió pesadamente, como quien está envenenado. Al otro
día, en procura de aire, abrió de par en par la ventana. Pronto la cerró, porque en ese
primer momento, con el estómago vacío el olor de afuera se le antojó nauseabundo. No
le pareció mejor el gusto del café con leche y hasta en la dulzura de la miel encontró un
dejo sulfuroso. Desayunó galletas viejas. Como pudo apartó a la alemanita que insistía
en hablarle. En el espejo del corredor entrevistó su melancólica imagen de hombre
maduro, con chambergo desteñido, con pantalón de baño y comentó airadamente: "El
acabose." Cuando bajó la escalera sintió la falta de aire, y por si acaso llevó una mano
a la baranda. Abajo estaba madame Medor.
—Va a tener que abrir las ventanas—indicó Álvarez—. La atmósfera aquí dentro
está un poco pesada.
La señora replicó:
—¿Ventilación? ¿Corrientes de aire? Ni loca. Además, cómo le diré afuera usted
nota la atmósfera cargada, comprometida del fuerte olor.
—¿A mar?—preguntó Álvarez.
La patrona se encogió de hombros, irguió corpacho y testa, partió a sus
menesteres.
Cuando abrió la puerta, Álvarez por poco se vuelve. Salir afuera esa mañana era
como entrar en un invernáculo: el aire libre estaba más pesado que el de adentro; en
cuanto al olor, le sugirió una fantasía: el horizonte en círculo de carroñas
monumentales. Era un día tormentoso. Un chaparrón con vendaval—reflexionó—, tal
vez limpiara." Porque no quería perder una mañana de playa—eran cortas y caras
estas vacaciones—encontró coraje para alejarse de la hostería, para aventurar unos
pasos en la turbiedad y el mal olor. Al ver marchitas las flores de los canteros,
murmuró:
Perecen las flores de todo jardín.
¿De dónde había sacado el verso? Le pareció que estaba a punto de recuperar
recuerdos, para él exaltados y maravillosos. . . Después de un rato de perplejidad
resolvió que a la hora del almuerzo consultara con Lynch. "El viejo leyó mucho."
Cerca de la costa el hedor aumentaba notablemente. Álvarez se dijo que después
de una breve fracción de tiempo uno se acostumbra a cualquier olor y ya en el borde
del acantilado se preguntó si él aguantaría durante esa fracción. Advirtió que la bajante
de la marea había sido pronunciada y que había descubierto un trecho de playa
borrosa. En la superficie del agua divisó grumos y espuma; luego, con sobresalto, vio
que los grumos y la espuma estaban quietos, que el mar estaba quieto y por último
reparó en la circunstancia que por su misma extrañeza era más evidente: el ruido del
mar había cesado. Sólo graznidos de coléricas gaviotas interrumpían el deprimido
silencio. Álvarez descalzó los piecitos, como un perro que escrupulosamente elige
donde no caben distinciones buscó un lugar para echarse y acampó en la arena.
No se arrimó a los acantilados, para que lo protegieran del sol, porque un sucio
manto de nubes cubría el firmamento. Cerró los ojos. Al rato lo invadió el mismo vago
recelo de la víspera. Contrariado notó que la cargada atmósfera de la mañana
gravitaba sobre él narcóticamente. En cualquier orden balbuceó las palabras:
"Indefenso quedaré dormido."
Estaba en el centro de la playa, a mitad camino entre los acantilados y el mar.
Pensó: "Expuesto. Como en una bandeja. Junto a los acantilados al menos tendría
protegida la espalda. Una idea nomás, pues bien podría el atacante surgir de pronto en
lo alto y dejarse caer. Pero no; del mar viene lo que viene." Porque olvidó la conclusión
o porque lo dominaba el sueño, no se movió de donde estaba. Las gaviotas—nunca
hubo tantas— perdían altura, para remontarse a último momento, con aleteos
frenéticos y graznidos furiosos. Un nuevo ruido, que silenció a las gaviotas, evocó en la
mente de Álvarez la mezcla final de agua y aire que un sumidero traga. Vio que el mar
estaba todavía ahí y advirtió, en insólito movimiento en la superficie, los borbotones del
comienzo del hervor. Le pareció después que la causa de toda esa agitación acuática
debía de ser un cuerpo extremadamente largo, que en movimientos y planos
desparejos emergía desde quién sabe qué abismos. Con menos temor que interés
dedujo: "Una serpiente marina" Bajo el misterioso cuerpo pulularon seres cuya
actividad recordaba a los diligentes operarios que entre un número y otro levantan la
red y la jaula en la pista del circo. La tendencia de tal actividad era hacia adelante,
hacia tierra; un movimiento único, de abajo arriba, la terminó. En la quietud inmediata
Álvarez vio un arco; luego descubrió que era la boca de un largo túnel que se hundía
en la profundidad del océano; en esa boca, a la oscuridad sucedieron colores, que se
ordenaron para componer una comitiva. El conjunto lentamente se adelantaba hacia él,
con pompa y determinación. Marchaba al frente un sujeto corpulento, de exótico
aspecto rumboso un rey en quien la tiniebla verdosa de rostro y manos diríase
encuadrada enfáticamente por los estrepitosos colores del atavío. Era Neptuno. Las
fiestas rituales, las grandes carreras de caballos, ahora se desataban en la playa.
Congraciadoramente, Alvarez elogió el espectáculo. El rey respondió con tristeza
—Es el último.
Importaban las tres palabras proferidas por Neptuno una revelación: había llegado
el fin del mundo. Cuando lo rozó un desbocado caballo negro, gritando despertó.
Abrió los ojos junto a una superficie oscura, reluciente como caballo sudado, de
mayor volumen, e instintivamente se apartó. La mirada abarcó un pez. Absorto,
reprimió como pudo el miedo, el asco, y se dijo en tono de broma: "Que esto me pase a
mí, tan luego." Con estertores la monstruosa mole moría.
Álvarez había despertado a una pesadilla verdadera, pues desde los acantilados
hasta el mar colmaban la bahía enormes peces enfermos o muertos. Olían a barro,
también a podredumbre. Huir cuanto antes fue su único anhelo. Se incorporó,
sinuosamente sorteó los monstruos, escaló el sendero por donde un rato antes había
bajado. En plena confusión y temor, formuló una opinión concreta: "Más que pez por su
aspecto éste es cetáceo." Ya en lo alto, desde una saliente, descubrió que en todas las
playas—en algunos sectores alcanzaban ahora proporciones nunca vistas, de
kilómetros tal vez, antes de llegar al mar—el tendal de cetáceos gordos, de enormes
peces, de no pocos pececillos, infinitamente se repetía y se extendía.
Miró en rumbo opuesto, tierra adentro. El aire estaba turbio de pájaros. En la
ofuscación de su mente los identificó por un segundo con las gaviotas de allá abajo,
ennegrecidas quién sabe cómo. Eran cuervos, atraídos por la hecatombe de la playa.
Emprendió con paso rápido el regreso, porque lo dominaba la incongruente
convicción de que en la hora del fin del mundo se hallaría más protegido en la hostería
que en la intemperie. Ante el peligro quiso volver a casa, y ya se sabe que el viajero
confiere sin demora el carácter de tal a cualquier cuarto de hotel, como en cualquier
hombre ve a un padre el huérfano. Junto al bungalow oyó una música de iglesia, que le
recordó una noche en que llegó, muchos años atrás, a un pueblito de las sierras de
Córdoba, en cuya desmoronada capilla, nítida a la luz de la luna, cantaban la misa
coros de chicos. Tan lejano como ese recuerdo le pareció de pronto el mismo día de
ayer, en que aún ignoraba la irrevocable inminencia del fin de todo.
De rodillas en el comedor las mujeres le rezaban al aparato de radio, que transmitía
el Requiem de Mozart. "Lo que me faltaba—dijo para sí, Alvarez—. Como si no tuviera
bastante miedo. Ah, no—corrigió—la que faltaba es ésta." En efecto, Blanquita salió de
la cabina del teléfono, entró en puntas de pie en el comedor, se arrodilló. Hilda se
recogió el flequillo y con una mirada significativa buscó los ojos de Álvarez.
Concluida la misa, la patrona se incorporó, empezó a mandar
—Hilda, la comida. La vida sigue, chica.
Álvarez, comentó:
—Hum.
—El buque se hunde, pero el capitán se mantiene en el puente—observó el viejo
Lynch.
—Si me permite, señor Álvarez, lo pongo al tanto—propuso Campolongo—. El
gobierno se arrancó la máscara. Las radios informan sin tapujos, aunque alternando
misas y consejos paternales, fuera de lugar.
—¿Por qué fuera de lugar?—protestó Lynch—. No hay que perder la compostura.
Álvarez, que no quería contradecirlo ante Campolongo, le susurró al viejo:
—¿Compostura? La palabra resulta irónica, mi amigo. Sospecho que la máquina
entera se nos descompone.
—No lo dude—respondió Lynch.
—Parece que el mar se pudre—declaró Blanquita—. Tanta agua abombada debe
de ser de lo más malsano. No me creerán, pero a mí el agua abombada me da no sé
qué.
—Qué porquería—exclamó la de Bianchi Vionnet.
—Es un fenómeno generalizado—puntualizó Martín—. ¿No oyeron el telegrama de
Niza? En toda la costa de Europa...
Dolido, Campolongo argumentó:
—Deje en paz a Niza y a Europa. La mirada fija en el extranjero es el drama del
argentino. ¿Hasta cuándo? Si aquí tenemos de todo, señor Martín, y bien cerca, en
Necochea, en Mar del Sur, en Miramar, en Mar del Plata, los grandes caminitos de
hormiga del éxodo han comenzado pavorosamente. . .
—Una tragedia. ¡A mí se me rompe el corazón!—afirmó Blanquita—. La pobre
gente carga con lo que puede y engrosa la columna que marcha sin destino. Miren, se
me caen las lágrimas.
—Vanidosa, pero compasiva—diagnosticó fríamente el viejo.
—Con tal que una columna sin destino no se nos meta por acá—suspiró
gesticulando la de Bianchi Vionnet.
—El sentido general de la marcha—aseguró Martín—es para adentro. En este
punto coincide Niza con las estaciones locales.
—Dale con Niza—rezongó Campolongo.
Martín le previno:
—Usted aburre una vez más y lo dejo sin fin del mundo.
—Ahí el matón intuye una verdad, amigo Álvarez—Lynch señaló—.
Asistir al espectáculo es un privilegio único, por lo menos para gente como usted y
yo.
Involuntariamente contestó Álvarez
—Hum.
—Lo que pido es quedarme donde estoy—confió la de Bianchi Vionnet—. Me
muero si nosotros también formamos nuestra comparsa de gitanos y tomamos la calle.
—¿Para qué?—interrogó la patrona—. El sismo te prende donde vayas.
—Habrá que ver si no se nos vuelve irrespirable el aire de mar—opinó el viejo.
La señora de Bianchi Vionnet lo contradijo:
—A la larga uno se acostumbra a cualquier cosa.
—Mientras el mar se pudre y el agua de la tierra se ha vuelto remedio —declaró la
patrona—la clientela del Bucanero Inglés degustará hasta último momento bebidas de
calidad y refrescos finos. De regreso a casita no dejen de contarlo a sus amistades: no
pido propaganda mejor.
Apuntalado por fenómenos cósmicos, el tema del fin del mundo duró todo el
almuerzo, pero a la altura del café había perdido actualidad. Madre e hija se toparon en
una disputa acre. Analizó Blanquita:
—No te resignas a mi dicha, a mi belleza, a mi juventud.
Madame Medor replicó: —En verdad, eres joven, mi Blancheta, y te queda una
larga vida por delante.—Resoplando agregó:—Mientras yo bufe, no te la arruinará el
matasiete.
—Miren—pidió Lynch.
La luz de afuera variaba espectacularmente, como si estallaran en no interrumpida
sucesión auroras anacrónicas. Mientras los demás miraban por la ventana Martín salió
del comedor en puntas de pie, y se encerró en la cabina del teléfono. Con una mano de
dedos cortos, Hilda recogió el flequillo y de nuevo buscó los ojos de Álvarez; instantes
después ella también salió del comedor.
—Esto se veía venir—aseguró madame Medor—. La locura del dinero llegó al
colmo. La dueña de La Legua vendió los pinos, le prometo que centenarios, de la calle
de entrada. ¡Y qué me cuentan de la política! ¿Saben quién tiene una vara alta en la
casa de gobierno? El loco del pueblo, Palacin, mejor conocido por el Gran Palacin, que
hasta ayer pedía limosna en un caballo francamente impresentable.
—Aduce causas morales. Aquí nadie toma en serio el fin del mundo —lamentó
Álvarez.
—Nadie cree en el fin del mundo—confirmó el viejo; tras una pausa preguntó—:
¿En qué piensa?
—En nada—contestó Álvarez.
Mintió; pensaba: "Con gente, quiero estar solo; solo, quiero estar con gente." Volvió
a mentir, dijo:
—Vuelvo en seguida.
Salió del comedor y, ni bien llegó al vestíbulo de entrada, no supo qué hacer.
Cuando vio a Hilda se decidió resueltamente por la fuga. La muchacha alcanzó la
manija de la puerta antes que él.
—¿Qué pasa?—preguntó Alvarez.
—Escuché la conversación entre Martín y Terranova. Si usted levanta el tubo en el
escritorio, oye todo. Esta noche, a las doce, en la fiesta de cumpleaños, madame
Medor regala el anillo a Blanquita. Al rato, Blanquita escapa de la fiesta y baja a la
playa de los acantilados, donde la espera el Terranova. Ella está lo más creída que se
va a fugar con su gran amor, pero los matones tienen otro plan: de un tirón le arrancan
la esmeralda, le ponen un puntapié, no le digo dónde dijeron, y enderezan para el Gran
Buenos Aires, como dos potentados. ¡Pobre Blanquita!
—No he visto chica más vanidosa.
—Es buena. ¿Usted sabe la desilusión que se va a llevar?
—Usted no tiene un pelo de sonsa, pero ¿qué importa una desilusión ahora? Ya
nada importa nada. ¿Cuándo les entrará en la cabeza—preguntó, mientras con el revés
de la mano tocaba repetidamente la frente de Hilda—que ha llegado el fin del mundo?
—Si nada importa...—protestó interrogativamente la chica.
Álvarez dijo:
—Tan de cerca la veo turbia.
Riendo nerviosamente la esquivó; aprovechó la circunstancia de que la mano de la
muchacha había soltado el pomo de la puerta, para empuñarlo, abrir y saltar afuera.
Mientras comía pensó: "Por suerte no me faltó coraje." Con rapidez admirable se
encontró a veinte o treinta metros de la casa, en plena intemperie. Ahí lo sosegó otro
miedo. "Esto es horrible—dijo—. Qué colores. Todo se ha puesto violeta Y un olor
verdaderamente infecto. No sé por qué huyo de Hilda. Para un viejo como yo... ¿Estaré
loco?"
En ese momento entrevió una sombra que se movía entre los árboles. Era el cura,
escopeta al hombro, con el perro Tom.
—Padre—balbuceó Álvarez, un poco ahogado por el olor y la sorpresa—. ¿Usted,
en un día como hoy, va de caza?
—¿Por qué no?—preguntó el padre Bellod.
—Lo imaginaba atareado en la extremaunción para medio mundo.
—Todavía no llegó el trance. Cuando llegue, habrá que darla al mundo entero.
Para ello un solo cura queda corto. Entonces yo predico que cada cual siga la vida de
todos los días. La actividad del hombre (¡en estos momentos no le digo nada!) tiene su
lado de plegaria, porque es una prueba de fe en el Creador.
—Predica con el ejemplo y sale de caza.
—No seas pedante, hijo. Siempre el hombre, en plena inocencia, ha matado
criaturas.
—¿Es pedantería la compasión?
—No; lo malo es que yo cavé mi propia tumba. Cuando dije: "Hay que seguir como
si nada", olvidé que había citado al Comité pro Obras de la Capilla. No está bien que
hoy yo me escapé, pero, hijo mío, no tengo salud ni resignación cristiana para entregar
mi última tarde a esas fieras. Yo me voy al campo, con mi perro Tom, que ha perdido el
habla con el susto. No se dirá que lo desamparo.
—¿Y usted cree, padre, que realmente habrá llegado el fin del mundo?
—Es una cosa en la que nadie íntimamente cree; pero tal vez importen menos
nuestras creencias que el mar podrido y el agua dulce con olor a azufre.
—¿Olor a Lucifer?
—Hablando en serio, pienso que ustedes están mejor que yo, en materia de
líquido, porque la madama se ufana de buena bodega, y mis reservas, todas de
Lacrima Christi, no irán más allá de tres o cuatro días.
—Las nuestras, cuatro o cinco, seguramente. ¿Eso qué importa, padre?
—La vida del hombre siempre se contó por días.
—No por tan pocos. Ahora uno más quizá nos exponga a asaltos de los que no se
resignan a morir. A lo mejor tienen razón. A lo mejor no es el fin del mundo...
—Para cada cual la muerte siempre fue el fin del mundo. Esta vez la hora de
preparar el alma llegó para todos. Cuando una repartición tan acreditada como el
Observatorio de La Plata lanza la bomba de ese boletín, deja poco lugar a dudas. ¿Lo
oyeron ustedes en la radio?
—Me entristece que dentro de pocos días no haya Observatorio, ni La Plata, ni
reparticiones públicas.
—Te ríes porque eres valiente. El alma ha de sobrevivir y llegará entonces la hora
de echar mano a todo nuestro coraje.
—Hago bromas para distraerme, porque soy cobarde. ¿Le cuento algo que es
verdad, que no tiene importancia y que me parece bastante raro? Lo que está pasando
en el mundo, continuamente me trae a la memoria versitos olvidados, tan olvidados que
si yo fuera capaz de versificar los creería de mi cosecha. Por ejemplo, ahora mismo
oigo en la cabeza un sonsonete y estoy diciendo:
Amigos, ya veo acercarse la fin.
—Admirable, admirable. Pronóstico que ha de llegar el día en que aquilatarán tus
quilates de vate.
—¿Y usted cree que yo digo la fin?
—Una licencia.
—En todo caso, no quiero que me agarre el fin o la fin, sin haberle preguntado al
viejo de quién son estos versos. Pero tengo tan mala memoria. . .
—Y yo me pregunto si Tom y yo cobraremos hoy una sola pieza. ¿Como siempre
volarán las perdices?
—A lo mejor se animan, si los ven a ustedes dos. Aunque con esta luz,
francamente. . .
Caminaron juntos un breve tramo y se despidieron. Álvarez volvió sus pasos en
dirección de la hostería, pues, aunque la tuviera a la vista, temía extraviarla: los
cambios de tonalidad en la luz y la penumbra de aquel atardecer transfiguraban los
lugares. De pronto resonó cerca un relincho. Alarmado, Álvarez divisó el caballo—testa
y orejas levantadas, ojos ariscos, belfo resoplante y abierto—que se aproximaba
nerviosamente. Recordó: "De los perros no hay que huir", y se amonestó: "Hombre de
ciudad, ¿quién te manda salir al campo?" Ahora el caballo lo había alcanzado,
caminaba a su lado, como si la compañía lo confortara. La caminata duró lo
suficientemente para que Álvarez también se tranquilizara y aun para que se apiadara
de su compañero, que se quedaría afuera.
Antes de llegar a la hostería, oyó la Marcha de los santos. Estaba la gente en el
comedor. Por la ventana vio a Hilda, sobre la mesa, descalza, plumero en mano,
atareada en quitar el polvo a las guirnaldas. "Es una chiquilina—se dijo—. No puede
ser", para prestamente agregar: "Y yo, lo primero que veo, la chica." Martín tocaba el
piano, Lynch y la señora de Bianchi Vionnet, sentados como espectadores,
conversaban; Blanquita distribuía por la mesa platos, servilletas panes, y madame
Medor el torreón del peinado sublime, el dedo con esmeralda activo y relumbrante,
daba órdenes. Aliviado de librarse del caballo, entró en la casa; con sigilo subió la
crujiente escalera y se metió en su cuarto. Ni bien cerró la puerta—puso llave, sin saber
por qué—se enfrentó con la situación. "Debe uno estar solo en su cuarto, para entender
las cosas", reflexionó, mientras un frío le bajaba por la espalda. El pensamiento
rápidamente degeneró en imágenes más o menos fortuitas: una esquina de la infancia,
con el cupuloso colegio como postre gris o como proa cuyo mascarón innegable era
don Benjamin Zorrilla, en busto diminuto; o la gallina de hierro que por monedas ponía
huevos confitados en el Pabellón de los Lagos. Para recordarlas ¿no quedará nadie?
En ese momento la realidad de la historia se parecía a los sueños de un moribundo, y
si le dolía que cesaran con él recuerdos de sus padres, de su casa y quizá totalmente
la cara de alguna muchacha (Ercilia Villoldo), la idea de que desaparecieran auténticos
bienes de la herencia universal—como la muerte en alta mar de Mariano Moreno o
como las promesas del Preámbulo de la Constitución para nosotros, para nuestra
posteridad y para todos los hombres del mundo—le resultaba intolerablemente
patética. Se echó en la cama, trató de dormir, aunque dormir, desde luego, no era
posible. Mientras pensaba esto soñaba con el olor a alucemas de un gran armario
oscuro con lunas de espejo. Ese perfume persuasivamente evocador de la cercanía de
su madre, le comunicó una seguridad tan completa que se preguntó si no soñaba y,
angustiado, despertó. Asimismo tuvo parte en despertarlo una suerte de clamor que
atribuyó en el primer momento a algún perro que arañaba una puerta y ululaba lejos en
la noche. De repente comprendió que arañazos y ululatos ocurrían en su propia puerta
y que parecían lejanos de puro suaves. ¡Hilda temía a la patrona! La chica suplicaba
que le abrieran, lloraba y reía sofocadamente, tuteaba, mimaba de palabra, prometía
caricias, prorrumpía en besos.
Providencialmente resonó la voz de madame Medor:
—¡Hilda ¡Pronto! ¡Pícara
Corrió abajo la chica. Álvarez, naturalmente compasivo, acotó: "Un pobre animalito
ahuyentado. Si lo dejan, terco, eso sí." Consideró también que a él le convenía salir
cuanto antes del cuarto, no fueran de nuevo a ponerle sitio. Saltó de la cama recordó la
comida para Blanquita, se felicitó por no perder la cabeza, echó mano a la muda nueva,
en voz baja repitió la palabra coraje, con temor entreabrió la puerta, precavidamente se
asomó, a pasos de tres escalones bajó la escalera (que por poco se derrumba) y ni
bien entró en el comedor desembocó en Hilda. Mirándolo de frente, con ojos que
habían llorado la chica dijo:
—Tiene un corazón de piedra. ¿Por qué no quiere que le hablen de Blanquita?
—Oh las mujeres—murmuró, para agregar algún lugar común sobre la
imposibilidad de entenderlas.
¿De veras Hilda había acudido a su cuarto para interceder por la hija de la
patrona? Otro móvil le atribuyó él, tal vez por influjo de sus propios deseos, pero ahora
todo aquello era un recuerdo, ¿cómo cotejarlo con las afirmaciones de la muchacha?
No estaba seguro de nada, salvo de que Blanquita por tonta y vanidosa no merecía
ningún sacrificio. ¿Qué le importaba una desilusión para Blanquita, si en un rato el
mundo acabaría con ellos adentro? Todavía si fuera Hilda la amenazada.. . Pensó:
"Para mantener una conducta, para cometer delitos o siquiera para caer en
tentaciones, hay que contar con un mínimo de futuro; el universo lo niega, pero esta
gente no lo descarta"
En confirmación de tales reflexiones habló la patrona:
—A usted quiero consultarlo—anunció, con el dedito de la esmeralda en alto y una
voz cuando se le escapaba, hombruna—. ¿Qué opina de los planes de ahorró? Aquí
tengo el prospecto de una sociedad (¡piratas financieros, no lo dudo!) para las
ampliaciones que sueño, el establecimiento termal...
—Yo, en su lugar, me emborracharía—contestó Álvarez.
—¿Me cree tonta? ¿Qué estoy haciendo?—hipó la señora y tras un mohín
encantador le dio la espalda.
—Medio alegrones en verdad estamos todos—le explicó la de Bianchi Vionnet—.
Pero usted ¿por qué no me quiere? No sea pesado, soy una buena chica y echarse
enemigos a la larga embroma.
—La humanidad es incorregible—Álvarez dijo al viejo.
—Incorregible—concedió éste—pero voy a pedirle un favor. ¿Usted oyó hablar de
la velocidad de la luz? Yo descubrí lo que todo el mundo sospechaba: que la luz no
tiene velocidad. Al diablo con la relatividad, al diablo con Einstein.
—Buen tema para distraernos de las catástrofes—convino Álvarez.
Casi enojado el viejo replicó:
—¿Qué me importan las distracciones? Por favor, grábeselo en esa mente: la luz
no tiene velocidad. Al diablo con Einstein. Si muero en el fin del mundo, dígales: Lynch
descubrió que la luz no tiene velocidad.
—Tú también—murmuró Álvarez.
—No le escucho—articuló finamente Campolongo.
—No le oigo—corrigió Álvarez y para sí añadió—: Lo que es yo no transijo. Al fin y
al cabo siempre supe que moriría solo.
Cuando trajo la fuente de la carbonada, Hilda le susurró al oído:
—Mire la Blanquita confiada. Tenga compasión.
Alvarez preguntó:
—¿Qué puedo hacer?—Agregó irritadamente:—Yo no transijo.
Se explicó a sí mismo que no debía preocuparse por la suerte de Blanquita porque
a la vista del fin del mundo la suerte para todos era pareja y lo que entretanto pudiera
ocurrir, retrospectivamente perdería significación. "La preocupación—concluyó—no
prueba que compadezco a la chica sino que tengo una mente obsesiva: defecto que
debo corregir."
Apuntalada por la mano derecha en un respaldo de silla y por la izquierda en un
hombro de Lynch, se incorporó la patrona; luego empuñó concienzudamente una copa,
que levantó en alto, y brindó:
—Por mi hija Blancheta.
Entre aplausos corrió la hija al abrazo de la madre.
—¡Por muchos años!—gritó, ya frenético, Lynch.
—Martín, música—madame Medor ordenó con dignidad irrefutable.
Por respuesta la señora obtuvo el primer instante de completo silencio. Todos se
volvieron al taburete del piano. Martín no lo ocupaba. ¡Sin que lo advirtieran el músico
había desaparecido! Significativamente Hilda buscó la mirada de Álvarez.
Campolongo, atento y ágil, puso en funcionamiento el aparato de radio, que atronó
con los acordes más fúnebres de la séptima sinfonía de Beethoven. Manteniendo una
soberbia rayana en testas coronadas madame Medor llevó de su dedo a uno de
Blanquita el anillo de la esmeralda.
Campolongo observó:
—De vez en cuando riñen, pero mire cómo se quieren, ¡es humano!
—Grotesco. Pura gente loca—protestó Álvarez
—No sé. Pobre chica. Me da lástima—reconoció la de Bianchi Vionnet.
—¡Por favor!—argumentó él.
—Yo estoy conmovida.
—Como en el cine. Mientras despreciamos la película, lloramos. Yo no transijo.
—¿Qué tiene que ver el cine? Madre e hija: nada más natural.
—Fíjese—dijo Álvarez en un arranque de orgullo—. Seguramente soy el más
cobarde, y ahora descubro que soy el único que tiene valor para mirar las cosas de
frente. ¿Usted cree que estoy con ganas de aflojar? De ningún modo. Yo sigo así hasta
el fin ¿Qué le parece?
—Que no ha crecido, que es un chico. Nada más deprimente que un hombre
alardeando coraje.
Álvarez la miró con detención, tomando tiempo para entender.
—Ah ¿usted es partidaria de la compasión? Una mujer que conocí, una muchacha
joven, me pedía siempre que fuera compasivo.
Con instintiva brusquedad replicó la de Bianchi Vionnet:
—Esa niña era una hipócrita. Yo no creo en el sacrificio por el prójimo.
Álvarez respondió suavemente:
—Alguna vez hay que pensar por sí mismo. Yo creo en la compasión. La virtud
humana por excelencia.
—¡Malo!—la de Bianchi Vionnet gimió mimosamente—: ¿Por qué te gusta tanto
esa niña?
Álvarez no oyó la pregunta, porque seguía con los ojos a Blanquita a través del
comedor, del vestíbulo, hasta el cuarto de toilette. Se excusó:
—Ya vuelvo.
Se levantó, se dirigió al cuarto de toilette, entreabrió la puerta, vio a la chica, peine
en mano, ensimismada en el espejo. Sacó la llave, que estaba en la cerradura, del lado
de adentro, y casi inaudiblemente murmuró:
—Aunque patalee, con Beethoven no la oyen.
Con suavidad cerró la puerta, echó llave. Al volverse encontró a Hilda.
—Si lo ve al cura—dijo Álvarez, arrimándose a la puerta que daba afuera—le dice
que los versos no eran míos. Que hice memoria Que son de un tocayo.
—¿Adónde va?—preguntó la chica, alarmada
Alvarez empuñó el picaporte y contestó:
—A la playa. A decirles a los rufianes que avisé a la policía y que se larguen de
San Jorge.
—Lo van a matar.
—¿Nunca entenderás, Hilda? Nada importa nada.
Álvarez entreabrió la puerta y la chica repitió una pregunta que en otra ocasión
había formulado:
—¿Si nada importa...?
—Yo tampoco—respondió Álvarez.
Hilda tendió ansiosamente la mano, pero a él un paso afuera le bastó para
ocultarse en esa noche horrible. Otros pasos dio, se creyó perdido, hasta que divisó a
lo lejos una luz en vaivén. Orientado, se encaminó hacia allá.





































