Una pasión no correspondida
Fragmento de La Orgia Perpetua de Mario Vargas Llosa
On simplifierait peut-être la critique si, avant d'énoncer un jugement, on déclarait ses goùts; car toute oeuvre d'art enferme une chose particulière tenant à la personne de l'artiste et qui fait, indépendamment de l'exécution, que nous sommes séduits ou irrités. Aussi notre admiration n'est-elle complete que pour les ouvrages satisfaisant à la fois notre tempérament et notre esprit. L'oubli de cette distinction préalable est une grande cause d'injustice.
(Prólogo a Dernières chansons de Louis Bouilhet)
Siempre he tenido por cierta la frase que se atribuye a Oscar Wilde sobre un personaje de Balzac: "The death of Lucien de Rubempré is the great drama of my life". Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido. Aunque es verdad que cuando personajes de ficción y seres humanos son presente, contacto directo, la realidad de estos últimos prevalece sobre la de aquéllos —nada tiene tanta vida como el cuerpo que se puede ver, palpar—, la diferencia desaparece cuando ambos tornan a ser pasado, recuerdo, y con ventaja considerable para los primeros sobre los segundos, cuya delicuescencia en la memoria es sin remedio, en tanto que el personaje literario puede ser resucitado indefinidamente, con el mínimo esfuerzo de abrir las páginas del libro y detenerse en las líneas adecuadas. En ese círculo heterogéneo y cosmopolita, pandilla de fantasmas amigos que se renueva según las épocas y el humor —hoy mencionaría, de prisa, a: d'Artagnan, David Copperfield, Jean Valjean, el príncipe Pierre Bezukhov, Fabrizio del Dongo, a los terroristas Cheng y The Professor, a Lena Grove y al penado alto—, ninguno más persistente y con el cual haya tenido una relación más claramente pasional que Emma Bovary. Esa historia puede contribuir, quizás, a ilustrar con un ejemplo mínimo las relaciones tan discutidas y enigmáticas de la literatura y la vida.
El primer
recuerdo que tengo de Madame Bovary es cinematográfico. Era 1952, una noche de verano ardiente, un cinema recién inaugurado en
Mi segundo recuerdo es académico.
Con motivo del centenario de Madame Bovary
En el verano de 1959 llegué a París con poco dinero y la promesa de una beca. Una de las primeras cosas que hice fue comprar, en una librería del barrio latino, un ejemplar de Madame Bovary en la edición de Clásicos Garnier. Comencé a leerlo esa misma tarde, en un cuartito del hotel Wetter, en las inmediaciones del museo Cluny. Ahí empieza de verdad mi historia. Desde las primeras líneas el poder de persuasión del libro operó sobre mí de manera fulminante, como un hechizo poderosísimo. Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia. A medida que avanzaba la tarde, caía la noche, apuntaba el alba, era más efectivo el trasvasamiento mágico, la sustitución del mundo real por el ficticio. Había entrado la mañana —Emma y Léon acababan de encontrarse en un palco de la Ópera de Rouen— cuando, aturdido, dejé el libro y me dispuse a dormir: en el difícil sueño matutino seguían existiendo, con la veracidad de la lectura, la granja de los Rouault, las calles enfangadas de Tostes, la figura bonachona y estúpida de Charles, la maciza pedantería rioplatense de Homais, y, sobre esas personas y lugares, como una imagen presentida en mil sueños de infancia, adivinada desde las primeras lecturas adolescentes, la cara de Emma Bovary. Cuando desperté, para retomar la lectura, es imposible que no haya tenido dos certidumbres como dos relámpagos: que ya sabía qué escritor me hubiera gustado ser y que desde entonces y hasta la muerte viviría enamorado de Emma Bovary. Ella sería para mí, en el futuro, como para el Léon Dupuis de Ja primera época, "Pamoureuse de tous les romans, l'héroine de tous les drames, le vague elle de tous les volumes de vers".
Desde entonces, he leído la novela una media docena de veces de principio a fin y he releído capítulos y episodios sueltos en muchas ocasiones. Nunca tuve una desilusión, a diferencia de lo que me ha ocurrido al repasar otras historias queridas, y, al contrario, sobre todo releyendo los cráteres —los comicios agrícolas, el paseo en el fiacre, la muerte de Emma—, siempre he tenido la sensación de descubrir aspectos secretos, detalles inéditos, y la emoción ha sido, con variantes de grado que tenían que ver con la circunstancia y el lugar, idéntica. Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona. Me gustaría averiguar cuáles son en mi caso algunas de estas razones: por qué Madame Bovary removió estratos tan hondos de mi ser, qué me dio que otras historias no pudieron darme.
La primera razón es, seguramente, esa propensión que me ha hecho preferir desde niño las obras construidas como un orden riguroso y simétrico, con principio y con fin, que se cierran sobre sí mismas y dan la impresión de la soberanía y lo acabado, sobre aquellas, abiertas, que deliberadamente sugieren lo indeterminado, lo vago, lo en proceso, lo a medio hacer. Es posible que estas últimas sean imágenes más fieles de la realidad y de la vida, inacabadas siempre y siempre a medio hacer, pero, justamente, lo que sin duda he buscado por instinto y me ha gustado encontrar en los libros, las películas, los cuadros, no ha sido un reflejo de esta parcialidad infinita, de este inconmensurable fluir, sino, más bien, lo contrario: totalizaciones, conjuntos que, gracias a una estructura audaz, arbitraria pero convincente, dieran la ilusión de sintetizar lo real, de resumir la vida. Ese apetito debió verse plenamente colmado con Madame Bovary, ejemplo de obra clausurada, de libro-círculo. De otro lado, una preferencia hasta entonces nebulosa pero creciente en mis lecturas tuvo que quedar fijada gracias a esa novela. Entre la descripción de la vida objetiva y la vida subjetiva, de la acción y de la reflexión, me seduce más la primera que la segunda, y siempre me pareció hazaña mayor la descripción de la segunda a través de la primera que lo inverso (prefiero a Tolstoi que a Dostoievski, la invención realista a la fantástica, y entre irrealidades la que está más cerca de lo concreto que de lo abstracto, por ejemplo la pornografía a la ciencia-ficción, la literatura rosa a los cuentos de terror). Flaubert, en sus cartas a Louise, mientras escribía Madame Bovary, estaba seguro de hacer una novela de "ideas", no de acciones. Esto ha llevado a algunos, tomando sus palabras al pie de la letra, a sostener que Madame Bovary es una novela donde no ocurre nada, salvo lenguaje. No es así; en Madame Bovary ocurren tantas cosas como en una novela de aventuras —matrimonios, adulterios, bailes, viajes, paseos, estafas, enfermedades, espectáculos, un suicidio—, sólo que se trata por lo general de aventuras mezquinas. Es verdad que muchos de estos hechos son narrados desde la emoción o el recuerdo del personaje, pero, debido al estilo maniáticamente materialista de Flaubert, la realidad subjetiva en Madame Bovary tiene también consistencia, peso físico, igual que la objetiva. Que los pensamientos y los sentimientos en la novela parecieran hechos, que pudieran verse y casi tocarse no sólo me deslumbró: me descubrió una predilección profunda.
Éstas son razones formales, derivadas de la estructura y concepción del libro. Las que conciernen al asunto son menos invertebradas. Una novela ha sido más seductora para mí en la medida en que en ella aparecían, combinadas con pericia en una historia compacta, la rebeldía, la violencia, el melodrama y el sexo. En otras palabras, la máxima satisfacción que puede producirme una novela es provocar, a lo largo de la lectura, mi admiración por alguna inconformidad, mi cólera por alguna estupidez o injusticia, mi fascinación por esas situaciones de distorsionado dramatismo, de excesiva emocionabilidad que el romanticismo pareció inventar porque usó y abusó de ellas, pero que han existido siempre en la literatura, porque, sin duda, existieron siempre en la realidad, y mi deseo. Madame Bovary es pródiga en estos ingredientes, ellos son los cuatro grandes ríos que bañan su vasta geografía, y en la distribución de estos contenidos existe en la novela la misma equidad que en su división formal en partes, capítulos, escenas, diálogos y descripciones.
La rebeldía, en el caso de Emma, no tiene el semblante épico que en el de los héroes viriles de la novela decimonónica, pero no es menos heroica. Se trata de una rebeldía individual y, en apariencia, egoísta: ella violenta los códigos del medio azuzada por problemas estrictamente suyos, no en nombre de la humanidad, de cierta ética o ideología. Es porque su fantasía y su cuerpo, sus sueños y sus apetitos, se sienten aherrojados por la sociedad, que Emma sufre, es adúltera, miente, roba, y, finalmente, se suicida. Su derrota no prueba que ella estaba en el error y los burgueses de Yonville-l'Abbaye en lo cierto, que Dios la castiga por su crimen, como sostuvo en el juicio Maitre Sénard, el defensor de la novela (su defensa es tan farisea como la acusación del Fiscal Pinard, secreto redactor de versos pornográficos), sino, simplemente, que la lucha era desigual: Emma estaba sola, y, por impulsiva y sentimental, solía equivocar el camino, empeñarse en acciones que, en última instancia, favorecían al anemigo (Maitre Sénard, con argumentos que debió poner en su boca el propio Flaubert, aseguró en el juicio que la moraleja de la novela es: los peligros de que una muchacha reciba una educación superior a la de su clase). Esa derrota, fatídica por las condiciones en que se planteaba el combate, tiene ribetes de tragedia y de folletín, y ésa es una de las mezclas a las que yo, envenenado, como ella, por ciertas lecturas y espectáculos de adolescencia, soy más sensible.
Pero no es
sólo el hecho de que Emma sea capaz de enfrentarse a su medio —familia, clase, sociedad—, sino las causas de su enfrentamiento lo que fuerza mi admiración por su inapresable figurilla. Esas
causas son muy simples y tienen que
ver con algo que ella y yo compartimos
estrechamente: nuestro incurable materialismo, nuestra predilección por los
placeres del cuerpo sobre los del alma, nuestro respeto por los sentidos y el instinto, nuestra preferencia por esta vida terrenal
a cualquier
otra. Las ambiciones por las que Emma peca y
muere son aquellas que la religión y la moral occidentales
han combatido más bárbaramente a lo largo de la historia. Emma quiere gozar, no se resigna a reprimir en sí esa
profunda exigencia sensual que Charles no
puede satisfacer porque ni sabe que existe, y quiere, además, rodear su vida de elementos superfluos y
gratos, la elegancia, el refinamiento, materializar en objetos el apetito de belleza que han hecho brotar en ella su
imaginación, su sensibilidad y sus lecturas. Emma quiere conocer otros mundos, otras gentes, no acepta que
su vida transcurra hasta el fin dentro
del horizonte obtuso de Yonville, y quiere, también, que su existencia sea diversa y exaltante, que en ella figuren la
aventura y el riesgo, los gestos
teatrales y magníficos de la generosidad y el sacrificio. La rebeldía de
Emma nace de esta convicción, raíz de todos sus actos: no me resigno a mi
suerte, la dudosa compensación del más allá no me importa, quiero que mi vida se realice plena y total aquí y ahora. Hay sin duda una quimera en el corazón del destino ambicionado por Emma, sobre todo si se lo
convierte en patrón colectivo, en proyecto humano. Ninguna sociedad podrá
ofrecer a todos sus miembros una existencia
semejante, y, de otra parte, es evidente, para que la vida en comunidad sea posible, que el hombre
debe resignarse a embridar sus deseos,
a limitar esa vocación de trasgresión
que Bataille llamaba el Mal. Pero Emma representa y defiende de modo ejemplar
un lado de lo humano brutalmente negado por casi todas las religiones, filosofías e ideologías, y presentado por ellas
como motivo de vergüenza para la
especie. Su represión ha sido una
causa de infelicidad tan extendida como la explotación económica, el
sectarismo religioso o la sed de conquista
entre los hombres. Al cabo del tiempo, sectores cada vez más amplios —ahora
hasta
Recuerdo
haber leído, en las páginas iniciales de un libro
de Merleau-Ponty, que la violencia casi siempre era bella en imagen, es decir en el arte, y haber sentido cierta tranquilidad. Tenía entonces diecisiete
años y me asustaba comprobar que, pese
a mi naturaleza pacífica, la
violencia explícita o implícita, refinada o cruda, era un requisito indispensable para que una novela me
persuadiera de su realidad y fuera
capaz de entusiasmarme. Aquellas obras exentas de alguna dosis de violencia me
resultaban irreales (he preferido siempre que las novelas finjan lo real así como otros prefieren que finjan
lo irreal) y la irrealidad suele
aburrirme mortalmente. En Madame Bovary la violencia impregna la
historia y se manifiesta en muchos planos,
desde su forma física del dolor y la sangre —la operación, gangrena y
amputación de la pierna de Hippolyte,
el envenenamiento de Emma—, o la
espiritual de la minuciosa rapiña (el mercader Lheureux), del egoísmo y la cobardía (Rodolphe, Léon), o en sus formas sociales de animalización del ser
humano por obra del trabajo vil y la
explotación (la anciana Catherine
Leroux, que ha cuidado cincuenta y cuatro años los animales de una granja,
recibe, paralizada de confusión ante la muchedumbre de los comicios agrícolas, una medalla de plata que vale 25 francos;
los vecinos la oyen murmurar, cuando
se aleja, que se la entregará al cura
para que le diga misas), y, principalmente, en su forma más generalizada
de la estupidez y las trampas que se hacen
los hombres a sí mismos: sus prejuicios, sus envidias, sus intrigas. Contra este telón de fondo se destacan,
como nieve en la tiniebla, la fantasía de Emma, su apetencia de un mundo distinto de aquel que hace añicos su
sueño. Es precisamente esa escena, la más violenta
del libro, aquella donde se consuma, por su propia mano, la derrota de Madame Bovary, la que me
conmueve más. Conozco de memoria ese capítulo que comienza con Emma avanzando en el día declinante hacia el
castillo de Rodolphe, para intentar
una última gestión que la salve de la
ruina, de la vergüenza, del perdón de Charles que la obligaría a cambiar, y que termina al día siguiente con Emma entrando en la muerte como en una
pesadilla con la visión del Ciego
purulento que cruza Yonville
tarareando una canción vulgar. Son páginas de una asombrosa sabiduría
narrativa y de una terrible crueldad —Maître
Sénard no podía perder el juicio mostrando de qué manera atroz, por medio del arsénico, quedaba castigado el pecado— que me han proporcionado
simultáneamente sufrimiento y placer,
que han colmado mi sensiblería y mi
sadismo literarios en cien ocasiones. Además, tengo por este episodio un agradecimiento particular; se trata de un secreto entre Emma y yo. Hace
algunos años, durante unas semanas, tuve la sensación de una
incompatibilidad definitiva con el mundo, una desesperación tenaz, un disgusto profundo de la vida. En algún momento me
cruzó por la cabeza la idea del suicidio; otra noche recuerdo haber rondado (fatídica influencia de Beau
geste), en las cercanías de
remonia eran
para mí la admiración, el entusiasmo: Emma se mataba para que yo viviera. En otras ocasiones de
contrariedad, depresión o simple malhumor he acudido a este remedio y casi
siempre con el mismo resultado
catártico. Esa experiencia y otras parecidas me han convencido de lo discutible de las teorías que defienden
una literatura edificante por sus resultados. No son
necesariamente las historias felices y con moraleja optimista las que levantan el espíritu y alegran el corazón de los lectores (virtudes que se le
atribuían en el Perú al
"Pisco Vargas"); en algunos casos, como en el mío, el mismo efecto lo pueden conseguir, por su sombría belleza, historias tan infelices y
pesimistas como la de Emma
Bovary.
Pero Emma no sólo es una rebelde inmersa en un mundo violento; es también una muchacha sensiblera y algo cursi y en su historia comparecen asimismo
cierto mal gusto, una moderada
dosis de truculencia. Aprecio
profundamente esas aberraciones, ellas ejercen sobre mí un irreprimible atractivo, y, aunque no soporto el melodrama literario en estado puro —el
cinematográfico sí, y es posible que esa debilidad mía haya
sido forjada por el melodrama mexicano de los
años cuarenta y cincuenta que frecuenté
viciosamente y que todavía añoro—, en
cambio, cuando una novela es capaz de usar
materiales melodramáticos dentro de un contexto más rico y con talento artístico, como en Madame Bovary, mi
felicidad no tiene límites. Convendría que precisara más de qué hablo, para
evitar un malentendido. Mi afición al
melodrama no tiene nada que ver con ese juego intelectual, desdeñoso y superior, que consiste en reivindicar estéticamente, mediante una noble e
inteligente interpretación, lo
innoble y lo estúpido, como hicieron,
por ejemplo, Hermann Broch con el kitsch y Susan Sontag con el camp, sino una
identificación con esa materia que es, ante todo, emocional, es decir una plena obediencia de sus leyes y una reacción
ortodoxa a sus incitaciones y efectos.
Melodrama quizá no sea la palabra
exacta para expresar lo que quiero decir, porque tiene una connotación ligada al teatro, al cine y a la novela, y yo aludo a algo más vasto, que está
presente sobre todo en las cosas y
hombres de la realidad. Hablo de una
cierta distorsión o exacerbación del sentimiento, de la perversión del gusto entronizado en cada época, de esa herejía, contrapunto, deterioro
(popular, burgués y aristocrático) que en cada sociedad sufren los modelos establecidos por las élites como
patrones estéticos, lingüísticos, morales, sociales y eróticos; hablo de la
mecanización y encanallamiento que, en
la vida cotidiana, padecen las emociones, las ideas, .las relaciones humanas; hablo de la inserción, por
obra de la ingenuidad, la ignorancia,
la pereza y la rutina, de lo cómico en
lo serio, de lo grotesco en lo trágico,
de lo absurdo en lo lógico, de lo impuro en lo puro, de lo feo en lo bello. Cada país, clase social,
generación introduce variantes y
aportes a la cursilería (en el Perú se
la llama huachafería y es uno de los dominios en el que los peruanos hemos sido realmente creativos), una de las expresiones humanas más persistentes y
universales. Esa materia no me interesa intelectual sino sentimentalmente. Una película como El último
cuplé, con toda su elefantiásica
estupidez, no me atrae como una araña
a un entomólogo, para estudiar a través de una lupa ese fenómeno, sino porque durante la hora y
media de
proyección, esa telaraña es capaz de atraparme en sus hilos igual que la viuda negra en los suyos al incauto fornicador y provoca en mí una identificación, un reconocimiento semejantes al de Emma viendo
en Rouen la representación de Lucie
de Lammermoor ("La voix de
la chanteuse ne lui semblait être que le retentissement de sa conscience, et cette illusion qui la charmait quelque chose même de sa vie").
Simplemente, en el caso de El
último cuplé, cuando desaparece la causa
desaparece el efecto, viene la reflexión y, a la luz del raciocinio y de la perspectiva, la estupidez
resplandece como estricta estupidez.
Pero eso ocurre —como en Corín
Tellado, El derecho de nacer o Simplemente Marta— porque en esa obra la
realidad sólo es melodramática,
sólo hay mal gusto en la vida: el exclusivismo hace brotar la
irrealidad. Ya que, sin duda, esta inclinación mía tiene que ver, en el fondo, con la fijación realista: el
elemento melodramático me conmueve porque
el melodrama está más cerca de lo real que el drama, la tragicomedia que la comedia o la tragedia. Cuando una obra de arte incluye, además de los otros,
entremezclado a ellos (que son sus
contrarios), ese lado cursi, patético, paródico, ruin, enajenado y estúpido, y
lo hace sin tomar una distancia
irónica, sin establecer una superioridad
intelectual o moral, con respeto y verdad (ese héroe medieval que elabora unos bollos con las uñas y cabellos de su amada y se los come, aquel
otro que besa en la boca a la princesa
tres veces en homenaje a
En Madame
Bovary este aspecto aparece sobre todo en esa trenza de episodios, situaciones y seres que proceden, en su mayoría, del arsenal de la novela romántica, desde los signos premonitorios de la fatalidad
que, a lo largo de la historia,
anuncian el final de Emma, hasta personajes
como el Ciego andrajoso y llagado, símbolo del destino trágico, o Justin, otra constante decimonónica, el niño silenciosamente enamorado de la
mujer inalcanzable. Me gusta mucho que Madame Bovary pueda leerse también como una colección de tópicos, que haya en ella tipos-clisés: que el mercader
Lheureux sea codicioso, antisemita y rapaz, que los notarios y funcionarios sean sórdidos y malvados, y los
políticos gárrulos, hipócritas
y ridículos. Pero sobre todo me gusta la
ambivalencia de Emma, que, así como planea con
frialdad audacias y excesos, se emocione como una tontuela con lecturas ingenuas, sueñe con países exóticos de carta postal adornados de todos los
lugares comunes de la época, regale
al hombre que ama un sello que dice Amor
nel cor, le pida "a las doce de la noche piensa en mí" y pronuncie a veces esas
grandes frases («II n'y a pas de désert, pas de précipices ni d'océan que je ne traverserais avec toi") que irritan
al práctico Rodolphe. Me encantan las coincidencias
folletinescas de la novela, como aquella,
sublime, durante el paseo por el río
de Emma y Léon, nuevos amantes, cuando el lanchero recuerda haber llevado días
atrás a un grupo de caballeros y
damas que bebían champagne y Emma, con un
estremecimiento, descubre que uno de ellos era Rodolphe, o esa inefable imagen de Charles Bovary oliendo con ternura y alabando el ramo de violetas que
ha regalado Léon a Emma después de
poseerla. Tengo muy presente la escena de Justin, solo, sollozando en las tinieblas junto a la tumba de Madame Bovary, y me
parece conmovedor que Emma, cuando
comienza a caerle el mundo encima, se gaste los últimos cinco francos
arrojándoselos a un mendigo, y desde luego
encuentro perfecto que el remate del episodio del fiacre sea sólo una mano desnuda de mujer dispersando en el viento la carta
de ruptura que no entregó.
El 24 de abril de 1852, Flaubert le comenta a Louise Colet una novela de Lamartine (Graziella) que acaba de leer: "Et d'abord, pour parler clair, la baise-t-il ou ne la baise-t-il pas? Ce ne sont pas des êtres humains, mais des mannequins. Que c'est beau, ces histoires d'amour où la chose principale est tellement entourée de mystère que l'on ne sait à quoi s'en teñir, l'union sexuelle étant réléguée systématiquement dans l'ombre comme boire, manger, pisser, etc.! Le parti pris m'agace. Voilà un gaillard qui vit continuellement avec une femme qui Taime et qu'il aime, et jamais un désir! Pas un nuage impur ne vient obscurcir ce lac bleuátre! O hypocrite! S'il avait raconté l'histoire vraie, que c'eût été plus beau! Mais la veri té demande des males plus velus que M. de Lamartine. II est plus facile en effet de dessiner un ange qu'une femme: les ailes cachent la bosse". En multitud de ocasiones he reaccionado ante una historia de manera parecida: que una novela omita la experiencia sexual me irrita tanto como que reduzca la vida exclusivamente a la experiencia sexual (aunque esto último menos que lo primero, ya he dicho que entre irrealidades prefiero la más material). Necesito saber si al héroe lo excita la heroína (y a la inversa) y es indispensable que sus mutuas excitaciones me contagien para que esos héroes me resulten verosímiles. El tratamiento de lo sexual en la narrativa es uno de los más delicados, tal vez el más arduo junto con lo político. Como en ambos asuntos existe para el autor y para el lector una carga tan fuerte de prevenciones y convicciones, es dificilísimo fingir la naturalidad, "inventar" esas materias, darles autonomía: invenciblemente se tiende a tomar partido por o contra algo, a demostrar en vez de mostrar. Así como, según ciertos teólogos, por la bragueta se suelen ir más hombres al infierno, gran número de novelas se precipitan a la irrealidad por el mismo sitio. En ningún otro tema es tan patente la maestría de Flaubert como en la dosificación y distribución de lo erótico en Madame Bovary. El sexo está en la base de lo que ocurre, es, junto con el dinero, la clave de los conflictos, y la vida sexual y la económica se confunden en una trama tan íntima que no se puede entender la una sin la otra. Sin embargo, para sortear las limitaciones de la época (el siniestro puritanismo de sotana del Segundo Imperio llevó al banquillo a los dos grandes libros de su tiempo: Madame Bovary y Les Fleurs du Mal) y la amenaza de irrealidad, el sexo está presente a menudo de manera emboscada, bañando los episodios desde la sombra de sensualidad y malicia (Justin contempla tembloroso las prendas íntimas de Madame Bovary, Léon adora sus guantes, Charles una vez muerta Emma desahoga sus ansias en los objetos que a ella le hubiera gustado poseer), aunque, a veces, irrumpe triunfal: inolvidable escena de Emma desanudándose los cabellos como una consumada cortesana ante Léon, o cuidando su persona para el amor con el refinamiento y la previsión que debió tener la egipcia Ruchiuk Hânem. El sexo ocupa un lugar central en la novela porque lo ocupa en la vida y Flaubert quería simular la realidad. A diferencia de Lamartine, no disolvió por eso en espiritualidad y lirismo lo que es también algo biológico, pero tampoco redujo el amor a esto último. Se esforzó en pintar un amor que fuera, de un lado, sentimiento, poesía, gesto, y, del otro (más discretamente), erección y orgasmo. El 19 de septiembre de 1852, escribió a Louise: "Ce brave organe genital est le fond des tendresses humaines; ce n'est pas la tendresse, mais c'en est le substratum comme diraient les philosophes. Jamais aucune femme n'a aimé un eunuque et si les mères chérissent les enfants plus que les peres, c'est qu'ils leur sont sortis du ventre, et le cordón ombilical de leur amour leur reste au coeur sans être coupé". Esta filosofía, que con Freud alcanzaría dignidad científica, contamina la historia de Emma Bovary. Efectivamente, el "bravo órgano genital" esclarece las conductas y psicologías de los personajes y es con frecuencia el combustible que mueve la intriga. El desánimo, el desasosiego que, poco a poco, convierten a Emma en una adúltera, son consecuencia de su frustración matrimonial y esta frustración es principalmente erótica. El temperamento ardiente de Emma no tiene un compañero a su altura en el agente de sanidad y esas insuficientes noches de amor precipitan la caída. En cambio, a Charles le ocurre lo contrario. Esa mujer bella y refinada lo contenta de tal modo, a él que aspira a tan poco en ese campo (sale de los brazos huesudos de Hélo'ise, vejancona cuyos pies helados le daban escalofríos al entrar en la cama) que, paradójicamente, anula en él toda inquietud, toda ambición: lo tiene todo, para qué quiere más. Su felicidad sexual explica en buena parte su ceguera, su conformismo, su pertinaz mediocridad.
En la misma
carta en que comentaba la novela de Lamartine,
Flaubert resumió a Louise con cierta vulgaridad su opinión de las mujeres: "Elles ne sont pas franches avec elles-mêmes; elles ne s'avouent pas
leurs sens; elles prennent leur cul
pour leur coeur et croient que la lune est faite pour éclairer leur
boudoir" (Corresp., vol. II, p. 401). No veo por qué no podría decirse lo mismo de los hombres: suelen también hacerse fraudes, disimularse
los sentidos y confundir su corazón con su "cul" (o el equivalente). Emma, en cambio, trata de sacar partido de sus "limitaciones" y,
convirtiendo el vicio en virtud, la regla en excepción, rompe los condicionamientos que pesan sobre su persona (su sexo) e inicia un proceso que es, sin la menor duda, un oscuro, instintivo proceso de liberación. Es imposible
no admirar la aptitud" de Emma
para el placer; una vez estimulada y
educada por Rodolphe, supera a su maestro y al segundo amante y envuelve de cálido erotismo la novela a partir del capítulo IX
de la segunda parte. Como en la literatura libertina del siglo XVIII
—Flaubert fue un lector entusiasta del Marqués de Sade—, el amor está ligado a la religión, o, más bien, a
de Rouen. La
seducción está trenzada, según un sistema de vasos comunicantes en que lo erótico se contamina de religiosidad y la religión de erotismo, con la
descripción que hace el Suizo a los inminentes amantes de las bellezas y tesoros de la catedral. Uno de los
conceptos que repite la crítica sobre Emma (desde Maître Sénard y el propio
Flaubert) es que se trata de una desdichada, digna de conmiseración. En realidad, su destino es más humano y deseable que el de esos hacendosos vientres procreadores que son las mujeres de Yonville —Madame Langlois, Madame Carón, Madame Dubreuil, Madame Tuvache, Madame Homais—, quienes no parecen vivir sino para cumplir ciertas
funciones domésticas y que sin duda
piensan, como la suegra de Emma, que
las mujeres no deben leer novelas so pena de convertirse en unas évaporées. Aunque muera joven y
tenga una muerte atroz, Emma, por lo menos, gracias a su valentía para aceptarse como es, vive experiencias profundas, que ni siquiera presienten, en
su existencia tan rutinaria como
la de sus gallinas y sus perros, las
virtuosas burguesas de Yonville. Yo celebro que Emma en vez de sofocar sus sentidos tratara de colmarlos, que no tuviera escrúpulo en confundir el
"cul" y el
"coeur", que, de hecho, son parientes cercanos, y que fuera capaz de creer que la luna existía para
alumbrar su alcoba.
La presencia
del sexo en una novela no me interesa como a un frío observador, para estudiarlo prefiero un manual. Cada vez que se suscita un problema de censura, la defensa del libro incriminado se hace a
partir de ciertas afirmaciones básicas
(como las de Maitre Sénard respondiendo a
Maitre Pinard) que son hipócritas: la descripción literaria de
acciones y órganos sexuales, la invención de
situaciones eróticas se haría con un propósito científico, para instruir al lector, o con ánimo moralizante
(pintar el pecado para combatirlo), o la belleza de la forma ha sublimado de tal manera la materia sexual que ésta ya sólo puede provocar
elevados goces espirituales;
únicamente la pornografía comercial persigue
excitar a los lectores, función incompatible con la auténtica literatura. ¡Cuántas patrañas! En mi caso, ninguna novela me produce gran entusiasmo, hechizo, plenitud, si no hace las veces, siquiera en
una dosis mínima, de estimulante
erótico. He comprobado que la excitación es más profunda en la medida en que lo sexual no es exclusivo ni dominante, sino se
complementa con otras materias, se halla integrado en un contexto vital complejo y diverso, como ocurre en
la realidad: me excita menos un libro
de Sade, donde el monotematismo
desvitaliza el sexo y lo convierte en algo
mental, que, por ejemplo, los episodios eróticos (muy escasos) de Splendeurs et misères des courtisanes, de Balzac (recuerdo sobre todo los roces de unas
rodillas en un carruaje), o los que
salpican Las mil y una noches
en la versión del doctor Mardrus.
En Madame Bovary lo erótico es fundamental, pero, aunque Flaubert quería contarlo todo, se vio obligado a
tomar precauciones para sortear los
escollos de la censura (no sólo la oficial: su propio amigo, el escritor
Maxime Du Camp, amparó los cortes que hizo al
libro
Es curioso que, entre la ingente bibliografía flaubertiana, ningún adicto haya producido todavía una interpretación con el título de "Flaubert y el fetichismo del botín". Porque hay material de sobra para un estudio al respecto. He aquí una muestra, con datos coleccionados al azar. Albert Thibaudet cuenta que, de niño, Flaubert solía quedarse extasiado contemplando los botines de mujer[1] y que, por lo tanto, es algo autobiográfico el episodio de Madame Bovary en que Justin ruega a la sirvienta le permita lustrar los botines de Emma, que el niño toca con amor reverente, como objetos sagrados. Sartre señala dónde aparece por primera vez en la obra de Flaubert el motivo del calzado (y añade "tan importante en la vida y en la obra de Flaubert", pero no vuelve a hablar más del asunto: uno de los muchos cabos sueltos de su ciclópeo ensayo):[2] en Mémoires d'un fou, en el capítulo IX, donde se describe con finura un bello pie de mujer: "son petit pied mignon enveloppé dans un joli soulier à haut talón orné d'une rose noire". Es sabido, de otra parte, que Flaubert guardaba en su escritorio, entre cartas y ciertas prendas y objetos de su amante, las chinelas que Louise Colet había llevado en su primera noche de amor y que, a menudo, como le cuenta a ella en sus cartas, las sacaba para acariciarlas y besarlas.
De otro
lado, el tema del pie y del zapato aparece a menudo en su correspondencia y a
veces de manera curiosa. Existe, por
ejemplo, una carta a Louise, escrita en Trouville el 26 de agosto de 1853, en la que le dice, bromeando, que si fuera profesor en el Collége de France haría "un cours sur cette grande
question des Bottes comparées aux
littératures. 'Oui,
—China, Grecia,
Lo prueba
otra carta a Louise, de unos días antes. Recién llegado a Trouville, para pasar allí unas vacaciones, Gustave ha ido a la playa a ver "bañarse a
las damas". Su carta (del 14 de agosto de 1853) nos lo muestra espantado de lo feas que quedan las mujeres
ocultas en esas bolsas y gorros que se
enfundan para meterse al agua; pero lo
deprime aún más lo que dejan al aire, es decir los pies: "Et les pieds!
rouges, maigres, avec des oignons, des
durillons, deformes par la bottine, longs comme des navettes ou larges comme des battoirs". No cabe duda, se trataba de un amateur. Y es
significativo que el nombre del
padre supremo del fetichismo del pie —al que ha dado su nombre además—, cuya voluminosa obra novelesca y autobiográfica tiene como columna vertebral esta delicada extremidad femenina y su
funda, aparezca garabateado por
Flaubert en los manuscritos de Madame
Bovary que conserva
En todo caso,
ese demonio se proyecta en Madame Bovary,
donde pies y calzados femeninos son muy importantes en la vida erótica de los varones.[3]
He citado la magia que operan sobre
Justin los botines de Emma; en otro
momento, el narrador refiere, cuando Léon, hastiado, trata de librarse del dominio que Emma tiene sobre él, que "au craquement de ses bottines, il
se sentait lâche, comme les ivrognes
à la vue des liqueurs fortes".
En la entrevista con el notario a quien Emma ha ido a pedir ayuda para pagar sus deudas, Maître Guillaumin se inquieta y parece concebir la idea de
aprovecharse de su bella visitante
cuando su rodilla roza "sa bottine,
dont la semelle se recourbait tout en fumant contre le poéle". Cuando Emma parte, asqueada de la vileza del notario, éste queda idiotizado,
"les yeux fixés sur ses belles
pantoufles en tapisserie" que eran "un présent de l'amour". La primera vez que Léon ve a Emma,
recién llegada a Yonville, Madame Bovary está recogiendo
su falda para acercar a la llama de la chimenea "son pied chaussé d'une
bottine noire". Y el día del
paseo a caballo, que terminará en el acto del amor, Rodolphe aprecia "entre ce drap noir et la
bottine noire, la délicatesse de son
bas blanc, qui lui semblait quelque chose
de sa nudité". Cuando Emma, en el apogeo de su pasión con Rodolphe,
alcanza su más espléndida belleza, no es raro, pues, que el narrador precise,
describiendo sus encantos, que "quelque
chose de subtil qui vous péné
trait se
dégageait même des draperies de sa robe et de la cambrure de son pied". En los borradores manuscritos de Madame Bovary se descubre que hasta
Charles era un amateur. En un
pasaje, que luego Flaubert desechó, el
oficial de sanidad, al contemplar durante la extremaunción los pies de Emma moribunda, se llena de recuerdos eróticos; vuelve a verse el día de su
boda, desanudando los cordones de los
zapatos blancos de Emma mientras
"il frémissait dans les éblouissements de la
possession prochaine". En realidad, los primeros síntomas de emoción en Charles a la vista de Emma son de
índole fetichista: los provocan los
zuecos que calza la hija del père Rouault.
El narrador es explícito, dice que
Charles va feliz a la granja de Berteaux porque lo atraen esos imanes poderosos: "il aimait les
petits sabots de mademoiselle Emma
sur les dalles lavées de la cuisine;
ses talons hauts la grandissaient un peu, et, quand elle marchait devant lui, les semelles de bois, se relevant vite, claquaient avec un bruit sec contre
le cuir de la bottine". Se trata
de una presencia numerosa, que tiene
distintas tonalidades: voluptuosas, de dominio y, al final, hasta piadosas, cuando el abate
Bournisien pone los santos óleos
sobre "la plante des pieds, si rapides autrefois quand elle courait à l'assouvissance de ses désirs, et qui maintenant ne marcheraient
plus". Pero de toda esa galería
de referencias, la más persistente y querida, para mí, es la descripción de la "mignarde chaussure" de Emma —una zapatilla de satén rosado,
bordada— que queda colgando del
empeine de su pequeño pie, cuando
ella salta sobre las rodillas de su amante en ese cuarto atiborrado del Hôtel de Boulogne.
Pero al disociar lo indisociable, sé que miento: lo que importa no es que Madame Bovary contenga estos ingredientes, sino, esencialmente, la manera como están combinados en un cuerpo que, por esta razón, es mucho más que la suma de sus partes. Rebeldía-cursilería-violencia-sexo: la forma hace que esta materia indivisible sea lo que es.
Todavía bajo
el efecto de la enorme impresión de la novela, leí inmediatamente después, uno
tras otro, como episodios de una serial, los demás libros de Flaubert reclutados por Garnier en su colección de tapas amarillas. Unos más, otros menos, todos me conmovieron y
consumaron mi adicción. Recuerdo algunas olímpicas discusiones, ese verano del
año 59, con amigos que se reían cuando yo
aseguraba furioso: "También Salammbô es una obra maestra". Todo el mundo está de acuerdo , en que este libro ha envejecido y que hoy no hay
quien resista, sin bostezos y
sonrisas, la historia de la muchacha que
cometió el sacrilegio de tocar el velo de Tanit, con sus decorados operáticos y esa antigüedad multicolor que se parece algo a la de Cecil B. De
Mille. Es verdad, una buena
parte del libro resulta fechada, tributaria
del peor romanticismo, como la historia de amor, insustancial y tópica, de Mâtho y la hija de Hamilcar. Pero otro aspecto de la novela no ha perdido
su vigor: el épico, las acciones
de multitud, que ningún otro novelista, salvo Tolstoi, ha sabido realizar con
tanta eficacia como Flaubert. (En Madame
Bovary hay un ejemplo mayor de
esa maestría en el capítulo de los comicios agrícolas: está presente el pueblo entero de Yonville, hablan y
evolucionan casi todos los personajes aparecidos hasta entonces y es impecable la síntesis de lo general y lo particular, la alternancia de lo
colectivo
y lo
individual.) Los banquetes, las fiestas, las ceremonias
—alucinante, inolvidable inmolación de los niños en las fauces de Moloch— y, sobre todo, las batallas de Salammbô conservan
intactos un dinamismo, una plasticidad
y una elegancia que en literatura no se han vuelto a ver; sí, en cambio, en el
cine, por ejemplo en los grandes
westerns de John Ford (otro vicio precoz al que sigo fiel). Pero aunque todos los otros libros de Flaubert me gustaron, el único que me sacudió de manera parecida a Madame Bovary fue L'Éducation
sentimentale. Durante mucho tiempo pensé que era la gran novela de Flaubert, en la que había abarcado más,
y esta opinión es válida en cierto sentido: lo que en Madame Bovary es una mujer y una aldea, en L'Éducation sentimentale es una generación y una sociedad. El conjunto es más rico, hay una variedad social y una
materia histórica más complejas, una representación más diversificada de la vida, y, desde el punto de
vista formal, una originalidad y una
brujería iguales. Y, sin embargo, no:
el censo, tan vario y espléndido, de L'Éducation sentimentale no tiene
un personaje como Emma. El tímido
Frédéric Moreau y la elusiva, maternal Madame Arnoux son admirables, pero ni ellos ni la fauna que los rodea —los banqueros, artistas, industriales,
mujeres galantes, periodistas,
obreros, nobles— resisten la comparación porque ninguno llega a constituir un
tipo humano, en el sentido cervantino
o shakespeariano que el propio
Flaubert definió tan bien: "Ce qui distingue les grands génies, c'est la généralisation et la
création. lis résument en un type des
personnalités éparses et apportent à
la conscience du genre humain des personnages nouveaux" (Carta a Louise, del 25 de septiembre de 1852). Es el
caso de Emma Bovary. Ella, como el Quijote o Hamlet, resume en su personalidad
atormentada y su mediocre peripecia,
cierta postura vital permanente, capaz de aparecer bajo los ropajes más
diversos en distintas épocas y lugares, y
que, al mismo tiempo que universal y
durable, es una de las más privativas postulaciones de lo humano, de la que han resultado todas las hazañas y todos los cataclismos del hombre: la
capacidad de fabricar ilusiones y la loca voluntad de realizarlas. También
Salammbô, Saint Antoine, Bouvard y Pécuchet,
Saint Julien l'Hospitalier alientan ilusiones extraordinarias y voluntades
formidables para concretar la quimera, pero
sus ambiciones tienen que ver con Dios o con
En 1962
comencé a leer ![]()
![]()
cer de mano
del propio autor la homérica gestación de sus obras, conocer de cerca sus lecturas, odios, frustraciones, tener
la sensación de, rompiendo el tiempo y el espacio, haber penetrado en el círculo de íntimos, los testigos de su vida —Maxime, Bouilhet, Louise,
George Sand, Caroline—, creo que la correspondencia de Flaubert constituye el mejor amigo para una vocación
literaria que se inicia, el ejemplo
más provechoso con que puede contar
un escritor joven en el destino que ha elegido. Quienes las hayan leído,
encontrarán extraño que llame
estimulantes unas cartas en las que reina el pesimismo más sombrío y chisporrotean las maldiciones contra el hombre en general y contra muchos hombres particulares y donde la humanidad parece, con unas pocas excepciones (casi todas escritores), una masa
canalla y grotesca. Pero al mismo
tiempo que esos truenos de furor con
que cada noche el gran hombre desfogaba el nerviosismo y la fatiga de las diez o doce horas de trabajo anteriores,[5]
las cartas muestran mejor que nada la
humanidad de su genio, cómo su talento fue una lenta conquista, cómo, en la tarea de la creación, el hombre está
enteramente librado a sí mismo, para mal (nadie vendrá a dictarle al oído el adjetivo adecuado, el adverbio feliz), pero asimismo para bien,
porque, si es capaz de emular la
paciencia y el empeño que revelan esas
cartas, si es capaz de "disecarse en vivo" como Flaubert, conseguirá también, como aquel provinciano vociferante y solterón, escribir algo
durable. Esa pequenez y pobreza que
se van convirtiendo poco a poco en altura y riqueza, ese proceso en el que la constancia y la convicción juegan un papel tan importantes, pueden ser un magnífico aliciente para un
escritor, un antídoto poderoso
contra el desaliento. Son las épocas en que tenía más
dificultades al escribir en las que he leído
más —a saltos, blasfemando siempre contra los cortes que infligió a
Practico el
fetichismo literario: me encanta visitar las casas, tumbas, bibliotecas de los escritores que admiro, y si además pudiera coleccionar sus vértebras,
como hacen los creyentes con los
santos, lo haría con mucho gusto.
(En Moscú, recuerdo, fui el único, en el grupo de invitados, que hice sin desesperarme la infinita peregrinación tolstoiana, el único en olisquear con
placer desde las babuchas y
samovares hasta la última pluma de ganso.) No olvido la frustración que
significó mi visita a Croisset.
Habíamos estado antes en Rouen, con Jorge
Edwards, echando un vistazo al escenario de la infancia, el Hôtel-Dieu, imaginando la sala de autopsias,
queriendo
creer que era ésa la ventanilla por donde él y su hermana espiaban las disecciones meticulosas del padre, y dado una vuelta por el cementerio sin encontrar la tumba, y pensábamos que Croisset cerraría
con broche de oro el domingo flaubertiano. Sórdida imagen: la casa había sido derribada y sustituida por una
fábrica, el ambiente era feo y
opresivo, con chimeneas negruzcas; el
río, embalsado, ya no pasaba a orillas de la casa y se veían por todas partes pirámides de carbón, una atmósfera de hollín. El museo era sólo el
sobreviviente pabellón donde se podía ver un loro disecado que le sirvió de modelo para Un Coeur simple y
una de las piedras labradas
que trajo de Túnez cuando escribía Salammbô. Había también unas pocas
fotos amarillentas y todo era mezquino y
triste. Lo único que resultaba conmovedor era
recorrer la famosa "allée des gueulades", la pequeña avenida sombreada de árboles ("los mismos", insistía el guía) donde el gigante
normando rugía cada tarde —a la caza de asonancias y consonancias, de las enloquecedoras cacofonías— las frases escritas la noche anterior.
Un enamorado
de verdad no se limita a gozar de su amada,
sino, como querían en
ABC of reading, que leí (como
se dice) con un vuelco en el
corazón, asegurando que, a diferencia del poeta, quien para tener una formación adecuada debe leer una copiosa lista de autores que se inicia en Homero, el
prosista podía comenzar
simplemente con el autor de Bouvard et Pécuchet.
La crítica de su tiempo fue injusta y miope con Flaubert. Incluso Madame Bovary, que tuvo éxito
de público —motivado, en buena parte,
por el escándalo que significó el juicio—, mereció duros
ataques de los gacetilleros parisinos, pero,
al menos en esta novela, Sainte; Beuve
y otros pocos acertaron. En cambio, los demás libros fueron objeto de la incomprensión y provocaron verdaderas asonadas
periodísticas (siempre alcanzó el récord
Barbey d'Aurevilly, quien, por ejemplo, declaró que
En la década
del sesenta, la valoración de Flaubert en Francia cambió radicalmente; el menosprecio y olvido se
convirtieron en rescate, elogio, moda. Los franceses, al mismo tiempo que yo, se volvían adictos y, con una actitud entre celosa y complacida, vi en
esos años convulsos de gaullismo,
guerra de Argelia, OAS y, para mí,
galopantes horarios de literatura y radio (
A los engagés
había sucedido, en la actualidad literaria francesa, esa heterogénea serie de novelistas agrupados por la crítica bajo el rótulo de "nouveau
roman". Aunque me aburrían
mucho casi todos, con la excepción de
Beckett (se le incluía en el grupo porque compartía el editor con los demás), quien también me aburría pero me daba la impresión de que, en su caso,
el aburrimiento tenía
justificación, siempre les tuve simpatía porque
proclamaban a los cuatro vientos la importancia de Flaubert para la novela
moderna. Sin embargo, la primera en
analizar teóricamente este vínculo no fue un novelista, sino una erudita,
Geneviève Bollème, quien en 1964
publicó un ensayo,
"formalismo"
flaubertiano. Su ensayo era una demostración aplicada de una convicción audaz: que en todo Flaubert y principalmente en Madame Bovary lo
esencial es la descripción, que
ella deshace la historia, que "describir"
y no "relatar" fue para él la experiencia única capaz de expresar
"los movimientos de la vida". Era una manera astuta de tender un puente entre Flaubert y los nuevos novelistas, todos ellos encarnizados
descriptores y relatores más bien
apáticos. En reportajes, artículos o
conferencias, Robbe-Grillet, Michel Butor, Claude Simon habían reconocido a Flaubert el papel de adelantado de la modernidad. Pero quien se encargó de coronarlo oficialmente como maestro de la nueva novela fue Nathalie Sarraute, en un artículo
brillante y tendencioso de la
revista Preuves (febrero, 1965):
"Flaubert le précurseur". Quedé pasmado, en un bistrot de Saint-Germain, mientras lo leía. Estaba
feliz con algunas afirmaciones
("En este momento, el maestro de
todos nosotros es Flaubert. En torno a su nombre, hay unanimidad; se trata del precursor de la novela actual"), pero cuando el artículo pasa a
explicar las razones del liderazgo, tuve
la impresión de soñar. Sacando fuera
de contexto un párrafo de una carta a Louise ("Ce qui me semble beau, ce que je voudrais faire, c'est un livre sur rien, un livre sans
attache extérieure, qui se
tiendrait de lui-même par la force interne de son style, comme la terre sans
être soutenue se tient en l'air, un
livre qui n'aurait presque pas de sujet ou du moins où le sujet serait presque invisible, si cela se peut"), Nathalie Sarraute confundía ese deseo
de Flaubert con la realidad de su obra
y llegaba a esta extraordinaria
conclusión: "Libros sobre nada, casi sin tema, liberados de personajes, de intrigas y de todos los viejos accesorios, reducidos a un puro movimiento que
los emparenta al arte
abstracto". Era difícil ir más lejos en la desnaturalización; nunca tan
verdadera la frase de Borges según la cual
cada autor crea a sus precursores. Pero, en
fin, un lector tiene derecho a encontrar lo que pone en lo que lee. La cita de Nathalie Sarraute es de una carta
escrita cuando Flaubert se hallaba entregado a Madame Bovary y quien haya seguido la elaboración de esta novela o de las otras, sabe la
atención minuciosa que prestaba a la historia —las situaciones, el escenario, los personajes, la peripecia—, el cuidado
con que trazaba el plan argumental.
Se podrían extraer centenares de citas de
![]()
sando
Pero lo importante era que, aunque algo adulterado, Flaubert volvía a la actualidad a pasos rápidos. Las
adulteraciones no sólo provenían del
sector formalista. Casi al mismo
tiempo que el artículo de Nathalie Sarraute —desviacionismo de derecha— leí, con gemela sorpresa, en Recherches Soviétiques (Cahier 6, 1956),
la traducción de un ensayo de un miembro
de
Y en esos años, también, comenzó Sartre a hacer algo
que puede considerarse una laboriosa y monumental autocrítica. Del juicio sumarísimo a Flaubert en Situations, II al esfuerzo de situarlo en su medio familiar, social
e histórico en una interpretación que, congeniando a ![]()
Marx, Freud y
el existencialismo atendiera totalizadoramente a
los aspectos sociales e individuales de la creación, que eran "Question de méthode" (en Critique de la raison dialectique, 1960) y los artículos de 1966 en Les Temps Modernes,[7]
había un considerable giro, un
tránsito del desprecio hacia el
respeto, una voluntad de comprensión muy distinta del úkase inicial. Ese
proceso ha culminado en los tres
volúmenes de L'ldiot de la famille (Sartre anuncia un cuarto, dedicado a Madame Bovary, pero no sería extraño que la obra quedara
inconclusa, como ha ocurrido con otras series suyas) y que son la apoteosis del interés por Flaubert que ha
caracterizado a la literatura
francesa de los años sesenta. El más irreductible de sus críticos, el enemigo más resuelto de lo que representó Flaubert como actitud ante la historia y
el arte, dedica veinte años de su
vida y tres millares de páginas a
estudiar su "caso" y reconoce que el hombre de Croisset fundó, junto con Baudelaire, la
sensibilidad moderna. A mí esta
reconciliación vino a resolverme un problema
personal. Sartre es uno de los autores a quien creo deber más, y en una época
admiré sus escritos casi tanto como
los de Flaubert. Al cabo de los años, sin embargo, su obra creativa ha ido decolorándose en mi recuerdo, y sus afirmaciones sobre la literatura y
la función del escritor, que en un
momento me parecieron artículos de fe,
hoy me resultan inconvincentes —son los ensayos dedicados a Baudelaire, a Genet, sus polémicas y artículos lo que me parece más vivo de su obra.
Su figura moral, en cambio, ha ido
agigantándose siempre para mí, en las crisis y dilemas de estos años
difíciles, por la lucidez, honestidad y
valentía juvenil con que ha sabido
enfrentarse, no sólo al fascismo, al conservadurismo y a las trampas burguesas,
sino también al autoritarismo y al
espíritu clerical de la izquierda.
Mi opinión sobre L'ldiot de la
famille no es excesivamente entusiasta;
el libro interesa más al sartreano que al
flaubertiano; a los dos meses de lectura que exige el ensayo uno queda con la sensación de una
gigantesca tarea que no llega jamás a
cumplir el designio enunciado en el
prólogo —explicar las raíces y la naturaleza de la vocación de Flaubert, mediante una investigación interdisciplinaria en la que todas las ciencias
humanas de nuestro tiempo concurrirían
para mostrar qué se puede saber, hoy,
de un hombre. No importa que un ensayo
literario —el de Sartre lo es sólo a medias— se aparte del objeto de su estudio para hablar de otros temas, siempre y cuando el resultado justifique el
desplazamiento. Pero en L'ldiot de
la famille no ocurre así: al final, la impresión es de atomización, de un
archipiélago de ideas desconectadas,
de una desproporción notoria entre
los medios empleados y el fin alcanzado. Libro extraordinariamente desigual,
alternan en él análisis agudos y
hallazgos luminosos con contradicciones flagrantes. Lo raro, en un fervoroso de
lo concreto y lo real, como Sartre, es que buena parte del libro sea especulación pura, con un ancla muy débil en la realidad.
En el primer tomo, por ejemplo, en
tanto que la relación entre Gustave y
su padre, el doctor Flaubert, resulta verosímil y está apoyada en textos sólidos, las relaciones que describe entre Flaubert y su hermana Caroline,
primero, y, luego, entre Gustave y
Alfred Le Poittevin, se basan en ![]()
presunciones,
algunas sumamente dudosas. Otro rasgo inesperado del libro es que, aunque en el avance contenido en "Question de méthode" la
perspectiva del estudio quería ser
simultáneamente existencialista, marxista y psicoanalítica, en L'Idiot de la famille, salvo en momentos ocasionales —algunos de gran brillantez,
como la descripción del encontrado
origen social e ideológico del padre y
la madre de Flaubert, o el examen de las clases sociales durante el Segundo Imperio—, el grueso de la interpretación es estricta y se diría
ortodoxamente freudiana, aunque arropada con un vocabulario existencialista. No lo digo como reproche, sino como
curiosidad. Por lo demás, quizá
las mejores páginas han sido logradas
gracias al método freudiano: la explicación psicoanalítica de la "crisis de Pont-l'Évéque", es decir la eternamente debatida cuestión de la naturaleza
exacta de la enfermedad de
Flaubert —epilepsia, histeria, etc.—, debate al que Sartre, con su teoría de la neurosis, aporta un macizo, complejo e imaginativo, aunque no
enteramente persuasivo, punto de
vista. Es en este segundo volumen,
sobre todo, donde el ensayo se aparta casi por completo de la literatura para ser sólo psicología. En vez de "explicar" a Flaubert y a su obra a
partir de esa neurosis tan minuciosamente desmontada, Sartre parece utilizar la persona y los escritos de Flaubert
para ilustrar los mecanismos de la
personalidad neurótica. Resulta
instructivo y fascinante lo que se aprende sobre patología mental, complejo de Edipo, de castración, desplazamientos simbólicos; pero es muy poco, en
cambio, lo que todo esto aclara sobre
la obra de Flaubert. La descripción
de traumas genéricos, de situaciones típicas, disuelve por completo dentro de una abstracción la especificidad de
Flaubert, y era ésta la que, según su propósito explícito, el ensayo debía cernir. Además, en este tomo segundo, más todavía que en el primero,
hay repeticiones desesperantes y se tiene a ratos la
sensación, girando en esa prosa que reitera,
vuelve, desanda, trajina cien veces la
misma idea, que Sartre ha caído prisionero de su propia telaraña, que se halla —para utilizar una imagen que le es cara— secuestrado en su
construcción laberíntica. Lo mismo podría haber sido dicho en la mitad de páginas. Esta certeza todavía se acentúa en el
último volumen, el más disperso de los tres. Salvo en la sección titulada "Névrose et programmation chez
Flaubert: le Second Empire",
Flaubert se ha volatilizado y el libro se eterniza, describiendo con una retórica a ratos ampulosa, procesos psíquicos independientes, desligados
de su caso particular: lo general ha
borrado lo singular, lo abstracto a lo
concreto. La última parte, en cambio, es la más interesante, sobre todo la comparación entre Flaubert y Leconte de Lisie —el resumen de lo que significó el parnasianismo y los vínculos entre su
estética y la teoría flaubertiana del
arte es admirable— y lo mismo puede decirse del seductor análisis de las
relaciones entre Flaubert y el Segundo Imperio,
aunque no quede probada del todo la
tesis de Sartre según la cual el escritor
representativo de esta sociedad fue el autor de Madame Bovary, quien se habría identificado visceralmente con lo que el régimen de Louis Bonaparte significó. Al mismo tiempo, este análisis
histórico-social es un corte tan
brusco con lo anterior —que se movía exclusivamente
en el plano psicológico y psíquico—, que parece el comienzo de otra investigación, una ruptura más que un
complemento. El libro cesa de manera abrup
ta, como si
la fatiga hubiera sorprendido al autor a mitad de la carrera, al descubrir que se había fijado una distancia demasiado grande para sus fuerzas, para las
fuerzas de cualquier hombre solo.
Al final, resulta desalentador
comprobar que los textos de Flaubert estudiados con más celo, son apenas los escritos de infancia y adolescencia, que el esfuerzo empleado en el examen de esos textos —casi todos ellos de escaso valor
literario, meros indicios
prehistóricos de una vocación— ha agotado
el tiempo y la energía del crítico, quien, al cabo del caudaloso texto, por una errónea planificación,
no ha llegado aún a estudiar ni siquiera la primera novela y que publicó Flaubert. Así, la obra terminada
resulta ser lo que, sin duda, en el
proyecto original de Sartre, debieron
ser las consideraciones previas para una interpretación. A diferencia de ese personaje de
Naturalmente, la comparación de lo ocurrido a Sartre en este libro con lo que le ocurrió a Flaubert en el último que escribió es obligatoria. ¿Cabe un parecido mayor, un fracaso tan igualmente admirable y por razo5 nes tan idénticas como el de L'Idiot de la famule y Bouvard et Pécuchet? Ambas son tentativas imposibles, empresas destinadas a fracasar porque ambas se habían fijado de antemano una meta inalcanzable, estaban lastradas de una ambición en cierto modo inhumana: lo total. La idea de representar en una novela la totalidad de lo humano —o, si se quiere, la totalidad de la estupidez, pero para Flaubert ambos términos expresaban casi la misma cosa— era una utopía semejante a la de atrapar en un ensayo la totalidad de una vida, explicar a un hombre reconstruyendo todas las fuentes —sociales, familiares, históricas, culturales, psicológicas, biológicas, lingüísticas— de su historia, todos los afluentes de su personalidad visible y secreta. En los dos casos el autor intentaba desenredar una madeja que tiene principio, no fin. Pero es evidente que en ambos casos en el defecto está el mérito, que la derrota constituye una suerte de victoria, que en ambos casos la comprobación del fracaso sólo cabe a partir del reconocimiento de la grandeza que explica y que hizo inevitable ese fracaso. Porque haberse empeñado en semejante aventura —haber incurrido en el crimen de Luzbel: querer romper los límites, ir más allá de lo posible— es haber fijado un tope más alto a la novela y a la crítica.
Y así llego al final de mi historia de amor. Es triste y grandioso, como el de toda historia romántica que se respete, esas que le gustaban a Emma y que me gustan a mí. Es triste porque esta larga y fidelísima pasión nació condenada, por la miserable razón de existencia, a verterse en una sola dirección, a ser solicitud sin respuesta, y porque la última imagen de la historia remeda a la primera: el amante, solo, el corazón acelerado de deseo, los ojos fijos en el libro que sus manos tienen con ternura, y en la mente, como un ratoncito de dientes carniceros agazapado en una cueva profunda, la terrible certeza de que la más terrenal de las mujeres nunca abandonará su recinto sutil para acudir a la cita. Pero el amante no desiste, porque esta dama ha colmado su vida de una manera sin duda menos gloriosa, pero quizá más durable, que la que permite el amor compartido, donde, como aprende Emma, se está siempre expuesto a comprobar que todo es transeúnte, y porque su señora, aunque nunca ha tomado cuerpo ni estado en sus brazos, seguirá naciendo para él en una perdida granja del país de Caux y repitiendo su aventura cuantas veces se lo pida, con docilidad maravillosa, sin dar muestras de fatiga ni aburrimiento.
El final de la historia es grandioso porque en los últimos años esta campesinita normanda ha alcanzado una popularidad que no da señales de cesar y que en los años venideros probablemente seguirá creciendo. Ha sido admirada por hombres y mujeres de la más diversa condición; austeros profesores han dedicado su vida a estudiarla, jóvenes iconoclastas quieren acabar con toda la literatura del pasado y empezar otra nueva desde ella, sabios filósofos que la habían ofendido hacen propósito de enmienda en gruesos volúmenes que servirán de zócalo a su estatua. No sólo ocurre en su país, sino en muchos. Ahora también en el mundo de habla castellana, donde, después de haber sido mucho tiempo olvidada, vuelve a ponerse al alcance de tantos ojos, manos, corazones, en una traducción digna. Debería estar celoso, pero no lo estoy; como a ciertos viejos perversos con sus jóvenes esposas, me halaga sobremanera esa solicitación tenaz, ese favor multitudinario, esa excitación hormigueante que rodea a la muchacha que amo. Sé que, en el territorio en que prodiga su belleza, nadie, fuera del oficial de sanidad, Rodolphe y León, gozará de ella, y que en éste donde me hallo a nadie podrá dar más de lo que a mí me ha dado.
[1] Albert Thibaudet, Gustave Flaubert, París, Gallimard, 1968, p. 115.
[2] Jean-Paul Sartre, L'Idiot de la famille. Gustave Flaubert de 1821 h 1857, París, Gallimard, vols. I y II, 1971, y vol. III, 1972. La referencia está en el vol. II, p. 1525.
[3] No sólo en Madame
Bovary, desde luego, pero aquí quiero limitarme a hablar de este libro. Huellas del mismo interés especial se pueden espigar en toda la
obra de Flaubert. Basta recordar el emocionante reencuentro, después de tantos años, de Madame Arnoux y Frédéric en L'Éducation
sentimentale. Luego de rememorar su amor extraordinario e imposible, Frédéric cae de
rodillas y trata de resucitar el deseo de antaño. Está a punto de lograrlo
cuando percibe "la
pointe de sa bottine" que "s'avancait un peu sous sa robe". Con voz "presque
défaillant" Frédéric murmura: "La vue de votre pied me trouble".
[4] Y lo triste
que es, para el enamorado de Emma, descubrir que Flaubert opinaba a veces de ella de manera
injuriosa: "c'est une nature quelque peu perverse, une femme de fausse poésie et de faux sentiments" le aseguró a
Mlle. Leroyer de Chantepie (Carta del 30 de marzo de 1857).
[5] Esos ataques de rabia lo mueven a veces a desplantes inesperados, a ponerse límites para la comprobación de su talento. Lleva varias semanas trabajando en los comicios agrícolas y, de pronto, escribe a Louise: "Je me donne encore quinze jours pour en finir. Au bout de ce temps-lá, si rien de bon n'est venu, je lache le román indéfini-ment ..." (Corresp., vol. III, p. 369). El episodio, 29 páginas, le tomaría en realidad cuatro meses de trabajo.
[6] Es posible que este voluntarismo sea falso, que el logro literario dependa muy secundariamente de la voluntad, que haya factores innatos o casuales decisivos. No importa: desde el punto de vista de quien quiere escribir siempre será preferible creer que todas las puertas están abiertas ante él y que todo dependerá de su lucidez y empeño, que de procesos que escapan totalmente a su control, y en ese sentido no hay mejor modelo que Flaubert.
[7] "














































































































































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