Sirenas en el Amazonas (1998)
Mario Vargas Llosa.
LOS cronistas del
Descubrimiento y
Ese periodismo primigenio
-la palabra aún no existía, aparecerá siglos más tarde- comenzaba a abrirse un
espacio, entre dos gigantes que hasta entonces monopolizaban el reino de la
información: la historia y la literatura. Las crónicas participan de ambos
géneros, pero algunos cronistas se distancian de ellos, pues, como los prolijos
Cieza o Bernal Díaz, no refieren hechos del pasado, sino de la llameante
actualidad, guerras, hallazgos de tesoros, ciudades y paisajes exóticos,
conquistas, traiciones, proezas, que están sucediendo o acaban de suceder. Lo
que da a sus escritos esa cualidad eminentemente periodística de la inmediatez,
de textos elaborados sobre lo visto, lo oído y lo tocado.
Sin embargo, ninguna de
las crónicas, ni siquiera las más fidedignas, pasaría una prueba de lo que en
este siglo llegó a considerarse el deber de objetividad del periodismo: la
obligación de hacer un estricto deslinde entre opinión e información, la de no
mezclar una noticia con juicios o prejuicios personales. Esa noción que
diferencia entre información y opinión es absolutamente moderna, más protestante
que católica y más anglosajona que latina o hispánica, y hubiera sido
incomprensible para quienes escribieron sobre
A esos escribidores que
vieron elefantes en la isla Hispaniola, sirenas en el Amazonas, y poblaron las
selvas y los Andes de prodigiosos animales importados de la mitología
grecorromana sería una ligereza llamarlos embusteros, incluso visionarios. En
verdad, no hacían más que acomodar -para entenderla mejor- una realidad desconocida,
que los deslumbraba o aterraba, a modelos imaginarios que llevaban arraigados
en el subconsciente, de modo que, gracias a semejante asimilación, podían
ambientarse en el mundo fabuloso que pisaban por primera vez. Por eso, el
Almirante Colón murió convencido de haber llegado con sus tres carabelas a
Nadie contribuyó tanto
como
Una inesperada
consecuencia del empeño de los inquisidores en prohibir la ficción, fue que la
necesidad de completar la vida real con la vida soñada que anida en el corazón
humano, los hispanoamericanos debieron aplacarle impregnando de fantasía toda
la vida. No tuvimos novela durante los tres siglos coloniales.
Pero la ficción se
infiltró insidiosamente en todos los órdenes de la existencia: la religión, la
política, la ciencia y, por supuesto, el periodismo.
La costumbre de mirar la
realidad e informar sobre ella de manera subjetiva -que en literatura da
excelentes frutos y en el periodismo venenosos- tiene en nuestras tierras una
robusta tradición de cinco siglos y la señalo para destacar la influencia de la
cultura en la determinación de las nociones de mentira y verdad, la descripción
verídica de un hecho y su deformación subjetiva. Cuando ésta es deliberada, y
persigue hacer pasar gato por liebre, contrabandear una mentira por una verdad,
se comete una infracción tanto jurídica como ética, claro está. Abundan
ejemplos de esta práctica delictuosa e inmoral.
Es más difícil emitir un
juicio severo en aquellos casos, no siempre fáciles de detectar, en los que, de
manera tan inconsciente como la de los primeros cronistas, el periodista de
nuestros días, para explicarse a sí mismo aquello que le resulta extraño,
írrito o inapresable con sus acostumbrados códigos, colorea, resalta o minimiza
los hechos, creyendo así referirlos mejor, cuando, en verdad, los está juzgando
o interpretando. El periodista no es, ni debe, ni puede ser, aunque se lo
proponga, una máquina transmisora de datos, un robot a través del cual pasaría
la información sin alterarse, como rayo de sol por un pulcro cristal. Siente, piensa
y cree ciertas cosas, actúa en función de valores y paradigmas, y esta materia
subjetiva deja adherencias en sus crónicas, aun cuando se esfuerce en ser
imparcial, un invisible mensajero de la actualidad.
Por eso, en América
Latina el periodismo puede ser de alto o bajo nivel, admirable o execrable,
pero sólo en casos excepcionales logra ser objetivo, como lo es, en cambio, con
naturalidad, en los países anglosajones, donde una antigua tradición lo empuja
a serlo.
Las culturas cambian más
lentamente que las legislaciones, y, por eso, cuando los reglamentos y las
leyes entran en conflicto con las propensiones y costumbres, funcionan mal, son
desobedecidos y burlados, y obtienen resultados opuestos a los que se proponen.
Aquella poderosa tradición de confundir deseos y realidades, aún viva, ha sido
un fecundo incentivo para la creatividad artística. Pero, esa misma tradición
ha hecho que América Latina haya sido tan poco eficiente al organizar la
sociedad, creando riqueza o aclimatando en su suelo la cultura de la libertad,
cuya expresión política es la democracia. Ésta es una realidad profunda, no
desmentida por el hecho de que hoy haya tantos gobiernos democráticos y pocas
dictaduras. Tenemos democracias, sí, pero precarias, porque sus fundamentos han
sido echados en un terreno poco sólido.
Que las cosas hayan
comenzado a cambiar y que en muchos países existan amplios consensos a favor
del sistema democrático es alentador. Pero creer que ello es irreversible,
sería ingenuidad, otra manifestación de esa vieja inclinación a confundir la
presa con su sombra. Lo cierto es que la democracia se desmoronó en el Perú, en
1992, con la anuencia o indiferencia de buena parte de la población y la
complicidad de casi todos los grandes medios de comunicación; que se salvó de
milagro en Guatemala poco después; que por dos veces estuvo a punto de perecer
en Venezuela y que, ahora, el coronel paracaidista Chávez, que intentó el
liberticidio, podría llegar al poder con los votos de los venezolanos. Las
últimas ocurrencias en Paraguay, donde otro golpista, el general Oviedo,
ostenta desde la sombra tanto o más poder que el Presidente, llevan a
preguntarse si eso es todavía una democracia, o dejó de serlo, aunque conserve
las apariencias. La lista podría alargarse interminablemente.
En ningún dominio se
advierte con tanta nitidez lo quebradiza que es aún la salud democrática, como
en ese termómetro que es la libertad de prensa. Desde el punto de vista
jurídico, jamás estuvo mejor defendida. Constituciones y sistemas legales la proclaman
y los gobiernos se jactan de respetarla. Sin embargo, a menudo, a ese amparo
legal y a esos pronunciamientos hay que concederles la misma seriedad que a los
documentos de realismo mágico que firma cada año Fidel Castro con los demás
jefes de Estado de las Cumbres Iberoamericanas a favor del sistema democrático.
En realidad, como
atestiguan
Jorge Luis Borges afirmó: "Espero que alguna vez merezcamos la democracia". Quería decir que vivir en una sociedad libre, regida por leyes justas, no es un punto de partida sino de llegada, una meta que se alcanza practicando la tolerancia y la convivencia, admitiendo y ejercitando la crítica, y, sobre todo, renunciando, en la vida cívica, a la tentación de lo imposible, en nombre de ese pragmatismo que los ingleses llaman el sentido común y los franceses el principio de realidad. Los latinoamericanos difícilmente nos resignamos a aceptar que esa cosa tan aburrida y mediocre -el sentido común- puede ser una virtud política, y, entre realidad e irrealidad, preferimos esta última, más fulgurante que aquélla, tan pedestre. Por eso, nos hemos pasado la vida, como los fundadores, buscando ciudades y reinos de ilusión. El resultado es que nuestra vida se ha quedado muy rezagada detrás de nuestros espejismos y que, debido a ello, seguimos pobres mientras muchos países prosperaban, y oprimidos, mientras otros pueblos conquistaban mayores márgenes de libertad.Una cultura no es un campo de concentración, una condición inmutable del ser. Es una creación humana susceptible de transformación, un paisaje espiritual que cambia al compás de las acciones de los hombres, como las dunas al capricho del
viento. Nuestra
cultura tradicional no nos preparó para la libertad porque fue autoritaria,
intolerante y dogmática, de verdades absolutas impuestas por la coerción. E
inoculó en nuestros espíritus la sumisión o la rebeldía anárquica, dos formas
de violencia reñidas con la convivencia en la diversidad. Somos mejores soñando
y fantaseando que viviendo, virtud en el dominio artístico, lastre en la
realidad económica, política y social.
Hemos comenzado a cambiar, y, aunque los problemas son enormes, hay en América Latina algunos progresos. Pero nada está garantizado y la posibilidad de un retroceso acecha por doquier. Ésta no es una consideración pesimista sino un llamado a la vigilancia. Albert Camus decía que era legítimo ser pesimista en el campo de la metafísica, en el que nada podemos, pero que tenemos la obligación del optimismo en el de la historia, en el que todo depende de nosotros. Es una idea que deberíamos adoptar, y buscar en ella aliento, mientras hacemos méritos a fin de merecer, pronto, los favores de la libertad, esquiva y maltratada señora de nuestra historia.















































































































































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