Las
cartas Oe - Vargas Llosa (1999)
CARETAS
inicia la publicación del intercambio epistolar entre dos grandes escritores de
nuestro tiempo: Kenzaburo Oé y Mario Vargas Llosa. En el primer texto, el
Premio Nobel 1994 expresa su admiración por el peruano.
Querido
Mario Vargas Llosa:
SIEMPRE
he sido muy aficionado a los diccionarios. Una de las palabras que más me
fascinaban de niño era "antípodas" ("con los pies
enfrentados"). Allá por el año 1979 vino usted a Japón, un país que se
encuentra en los antípodas de Perú, el suyo. Fue entonces cuando nos conocimos.
Nos
presentó un amigo y antiguo compañero mío de estudios en
Desde
entonces no he dejado de leer sus obras; y volvimos a encontrarnos dos veces
más, en Tokio y en Hiroshima. Recientemente tuve la oportunidad de dar una
charla a un grupo de jóvenes compatriotas míos y de leer con ellos A writer's
reality (La realidad del escritor), una recopilación de sus conferencias en
Por
"caros recuerdos suyos" me refiero al hecho de que fui capaz de
reproducir con todo detalle el proceso mediante el cual seguí, como lector, su
progreso como escritor. Por "la llamada de su voz crítica" me refiero
a mi admiración por la estrecha relación existente entre su posición con
respecto al pasado y al presente de América Latina y las ingeniosas estrategias
narrativas de su ficción. En otras palabras, me sorprendió la inmensidad de la
realidad a la que se enfrenta como escritor contemporáneo, y me vi obligado a
volver a mirar mi propia obra con humildad.
No puedo
sino admirar todo lo que usted consigue antes mismo de empezar a escribir la
novela: la precisión con la que aborda el tema y el ingenio con el que inventa
el modo más eficaz de escribirlo. Ahora mismo estoy en plena revisión final de
una larga novela. La primera en cuatro años. Y sigo sintiéndome inseguro con
respecto al tema y al método narrativo empleado. Sólo a fuerza de revisiones
logro confirmar el tema, lo cual constituye probablemente mi propio método de
escribir novelas. Cuando leí aquellas conferencias, en las que trata con toda
precisión y variedad los métodos narrativos, me di cuenta de algo, aunque
demasiado tarde, quizá. Me gustaría empezar esta primera carta mía con lo que
me han evocado sus palabras sobre La guerra del fin del mundo.
Escribió
usted una inmensa novela acerca de una rebelión que tuvo lugar en el remoto
interior de Brasil, poco después de que se fundara la república. Remoto tanto
en el tiempo como en el espacio, pero estrechamente relacionado con el mundo
presente y futuro. El ejército gubernamental procedente de Río de Janeiro o de
São Paulo, centros de pensamiento moderno, consideraba que los campesinos
cristianos de la periferia eran una horda de infieles. Desde el punto de vista
de los campesinos, aquella guerra intolerante y cruel para todos era la guerra
del fin del mundo. Tuvo lugar en una tierra situada en los antípodas de Japón,
veinte años después de las guerras civiles de
Habla
usted del tema de su novela en términos de la oscura historia de la
intolerancia en América Latina y su relación con los intelectuales.
Ciertamente, los intelectuales fueron víctimas de la intolerancia, pero, a su
vez, al resistirse a ella, la incrementaron. Incluso participaron en la
construcción de un sistema de intolerancia. ¿Por qué?
La
cuestión que usted planteaba debió de llegar al corazón de sus alumnos
estadounidenses. En mí, como escritor japonés, provocó una reacción igualmente
aguda, porque no podía dejar de pensar en el cambio que se había producido en
el sentir nacional durante los últimos años y en el papel de los intelectuales
que ayudan a modelarlo.
Me hice
plenamente consciente de estos problemas durante el año que pasé enseñando en
¿Cómo
son recibidos en América Latina los empresarios y ejecutivos japoneses? ¿Cómo
concibe el país del que procede el pueblo latinoamericano? Quería encontrar las
respuestas a estas preguntas en las crónicas del New York Times y otros
periódicos. También quería enterarme de lo que significaba históricamente aquel
incidente para la guerrilla y para el pueblo peruano. Y, por supuesto, cuando
pensaba en los pobres rehenes, sentía una punzada en el corazón.
Cuando
los rehenes fueron liberados y los guerrilleros muertos, mi atención se centró
completamente en el tono de la prensa japonesa. Ésta se mostraba claramente
diferente a la de otros países en cuanto que toda su argumentación giraba en
torno a lo que se resumía como una crisis de gobierno. Estaba llena de
razonamientos que terminaban sugiriendo cómo construir un sistema de
intolerancia con el que el Estado pudiera enfrentarse, tanto estratégica como
institucionalmente, a unas circunstancias tan críticas.
Poco
después de mi regreso a Japón tuvo lugar en Kobe un suceso en el que un adolescente
asesinó a un chico minusválido, exponiendo a continuación su cabeza en un lugar
público y enviando una desafiante carta a la prensa. Este incidente provocó la
aparición de todo tipo de argumentos relativos a la degradación de la
enseñanza. Profesores y periodistas informaron sobre el horripilante estado en
el que se encontraba la educación. Nunca se había visto nada igual.
Lo
preocupante, sin embargo, es que se tiende a la construcción simplista de un
sistema de intolerancia. Se hicieron propuestas para la transformación de la
ley del menor, que es una ley que protege a los niños, en una ley de protección
de la sociedad adulta. Se llegó incluso a considerar la escandalosa propuesta
de que en el caso de los asesinos no hay derechos humanos que valgan.
Usted ha
escrito unos cuentos fascinantes en los que describe desde dentro los modos de
pensar de los menores urbanos. Yo me hice novelista describiendo niños de
pueblo. La literatura no puede ignorar el bien y el mal, la inocencia y la
crueldad, presentes en la infancia. Sin embargo, nunca se ha puesto
deliberadamente de parte de un sistema de intolerancia que oprima a los niños.
Pienso
ahora seriamente en el papel práctico que puede tener el novelista a este
respecto.
Este
sesgo hacia la intolerancia por parte de los japoneses se hace más evidente en
cuestiones relacionadas con el sentimiento nacionalista y con las cuestiones de
Estado en las relaciones internacionales. Cuando se le exige a Japón que pida
perdón o que compense por sus agresiones e invasiones a otros países asiáticos
antes y durante la última guerra, lo que hace es mostrar una actitud cada vez
más desafiante. Ha llegado a formarse un movimiento a escala nacional que
intenta borrar de los libros de texto japoneses toda historia que reconozca
abiertamente los pecados cometidos por el Japón moderno.
¿Cuál es
el motivo de que se sesgara de este modo el sentir nacional japonés? Yo lo
detecto en la psicología de la compensación de los males cometidos, conforme a
la cual Japón se supeditó a
Yukio
Mishima lideró este sentir desde los posicionamientos de la derecha. Los
activistas de izquierdas, aunque políticamente apuntaban en la dirección
opuesta, apoyaron emocionalmente su suicidio, como una convincente forma de
protesta, y, al apoyarlo, también ellos mostraban su aspiración a ser machos.
Aprovechándose
de este sentimiento nacionalista, Japón, como Estado, llegará a constituir un
sistema de intolerancia. Los japoneses recelan de la fabricación por parte de
Estoy
totalmente a favor de que Japón actúe contra la proliferación de armas
nucleares. No obstante, me opongo a que Japón participe en la estrategia
norteamericana de contraproliferación sin tratar de encontrar medidas concretas
que favorezcan la no proliferación. Estas medidas son muchas y variadas, como
remediar la escasez de alimentos, por ejemplo.
Le ruego
que tenga la bondad de excusar una forma de hablar tan poco apropiada para un
novelista. Retomo ahora su tesis de que los intelectuales colaboran a veces en
la construcción de los sistemas de intolerancia. Deseo sinceramente que los
intelectuales de este país discutan entre ellos la mejor manera de destruir ese
mecanismo que empuja el sentir nacional en una dirección determinada.
Además,
a la vista del hecho de que la educación superior está muy extendida en este
país, empleo el término "intelectual" en un sentido amplio. No tengo
en mente sólo a ese limitado número de personas que escriben para los medios de
comunicación, sino a ese gran número de intelectuales que constituyen las
verdaderas fuerzas motoras del sentir nacional. Esos intelectuales me llenan de
esperanza y al mismo tiempo me producen una profunda ansiedad.
Temo que
esta carta que le escribo pidiéndole consejo sea demasiado ambigua tanto en lo
que dice como en la forma de decirlo. Antes opinaba lo mismo con respecto a mis
novelas. Querido Mario Vargas Llosa, humildemente deseo que tolere mis
opiniones y me conteste.
Atentamente,
Kenzaburo
Oé.
©
Kenzaburo Oé, 1999
Carta
a Kenzaburo Oe (1999)
El
novelista peruano responde a la misiva de su colega japonés, publicada por
CARETAS en su edición anterior.
FUE muy
grato para mí recibir su carta, algo que, en cierto modo, esperaba, pues,
aunque luego de aquel almuerzo en Tokio, en 1979 -¡veinte años ya!- apenas nos
hemos visto un par de veces, desde entonces he seguido conversando con usted, a
través de sus libros, que en todos estos años he estado leyendo en las
traducciones al español, inglés o francés, que se ponían a mi alcance. Es una
obra a la que debo muchas horas de placer, aunque, también, a veces, de cierta
angustia.
Leyéndolo,
descubrí que tenemos mucho en común: somos casi de la misma edad, los dos hemos
enseñado en Princeton, ambos fuimos seducidos de jóvenes por los novelistas
norteamericanos y la literatura francesa, y nuestra vocación creció arrullada
por las ideas existencialistas, las polémicas entre Sartre y Camus, y las
convicciones imperantes en aquellos años sobre "el compromiso". Esta
tesis de que la literatura no puede ser mero entretenimiento, que ella influye
en la vida modelando la sensibilidad y la conciencia de los lectores, y que, a
través de éstos, deja una marca, para bien o para mal, en la historia, ya no
está de moda. Los cultores de la literatura light, de éxito en nuestros días,
la descartan con escepticismo burlón. Pero creo que hemos hecho bien en seguir
escribiendo con la ilusión, acaso infundada, de que la literatura sirve para
algo más que pasar un rato divertido.
No sabía
que el Pen Club japonés se negó en los años setenta a protestar contra la
persecución del poeta coreano Kim Ji Ha. En los tres años en que fui presidente
del Pen Internacional descubrí que algunos Centros incumplían su obligación de
luchar contra la censura y el hostigamiento político a los escritores, razón de
ser de la institución. El caso más penoso que conocí fue el del novelista
argentino Antonio di Benedetto, víctima de la dictadura militar, por cuya
liberación hacía campaña el Pen Internacional, que fue expulsado del PEN de
Buenos Aires, mientras se hallaba en prisión, por no pagar sus cotizaciones.
Sin embargo, casos escandalosos como éste han sido la excepción, no la regla.
De modo general, la inmensa mayoría de Centros del PEN ha mantenido una línea
de defensa de la libertad intelectual y la coexistencia pacífica de escritores
de distintos credos y filiaciones, como lo hace en estos días, en su campaña
contra el fanatismo y la represión intelectual en Irán.
Siempre
fue para mí inquietante el tema, aludido en su carta, de la complicidad de
algunos escritores con los estragos que causa el fanatismo, religioso o
político. Al pie de los patíbulos y hornos crematorios levantados por el
nazismo, hubo intelectuales dispuestos a justificarlos, y, también, a las
puertas del Gulag estalinista, negando su existencia. Así como los infiernos
encendidos por el fundamentalismo islámico tienen sus chantres literarios, es
difícil olvidar que el mayor responsable de los crímenes racistas y la limpieza
étnica en Bosnia fue un distinguido psiquiatra y poeta, el doctor Radovan
Karadcik. La dictadura castrista, que ha cumplido 40 años de férreo despotismo,
tiene aún en América Latina y España un séquito intelectual. En el Perú, el
fundador y cerebro de Sendero Luminoso, movimiento maoísta cuyas acciones
terroristas desde 1980 han causado decenas de miles de muertes inocentes y
contribuido de modo decisivo al desplome de la democracia, es un antiguo
profesor de filosofía que escribió su tesis doctoral sobre Kant.
¿Cómo
explicar la fascinación que el mito de la violencia redentora ejerce sobre
tantos pensadores y artistas? Tal vez, por la repugnancia que les merece la
democracia, un sistema que rehúye la perfección y hace de la mediocridad un
ideal social. Los consensos y las transacciones que garantizan la coexistencia
en la diversidad, condenan a una sociedad a la imperfección, a la moral del mal
menor. Hay dictaduras perfectas; las democracias sólo pueden ser imperfectas.
Por su empeño de trasponer a la realidad política el ideal estético o
filosófico de la perfección, muchos intelectuales sucumben a la tentación
totalitaria y prestan su talento a la ignominia. Porque el sueño de la
perfección social absoluta (representado en nuestra época por los integrismos
religiosos y los nacionalismos) ha hecho correr ríos de sangre a lo largo del
siglo que termina.
Por eso,
después de haber soñado también, de joven, con la sociedad perfecta, hace
treinta años me convencí de que es preferible, para la supervivencia de la
civilización humana, conformarse con los lentos y aburridos progresos de la
democracia, en vez de buscar la inalcanzable utopía, que genera hecatombes.
Pero
¿acaso podemos suprimir en nosotros la sed de absoluto? La ambición de lo
perfecto ha dado origen a las más altas empresas humanas, desde grandes
hallazgos científicos y realizaciones estéticas hasta la formación de
individuos ejemplares. No es posible ni deseable renunciar al cielo y las
estrellas. Pero, a sabiendas de que aquel mundo coherente, bello, racional,
justo, sin mácula, a la medida de nuestros deseos, no existe fuera del dominio
del arte, la literatura y la fantasía, o del solitario destino de un puñado de
personalidades excéntricas. Él es incompatible con la realidad de la vida
colectiva, trama de diversidades y aspiraciones contradictorias, que, para no
sucumbir a la violencia, requiere unas reglas de juego que nos condenan a una
continua rebaja y sacrificio de la opción máxima. En otras palabras, a los
avances sinuosos, desesperantes, amenazados siempre de retrocesos, de la
cultura democrática.
Entre
los personajes de sus libros, tengo un cariño especial por el atormentado Bird,
el héroe de Una cuestión personal, cuya peripecia ilustra delicadamente lo que
trato de decir. Es un ser humano bastante imperfecto.
La idea
de haber engendrado un "monstruo" saca del fondo de su personalidad
un miedo feroz y un instinto destructivo, que, en verdad, lo convierten a él en
un pequeño monstruo, en un padre ansioso de que la muerte del recién nacido
-que está dispuesto a provocar- lo libre de la abrumadora responsabilidad de
hacerse cargo del niño anormal. Sin embargo, el sufrimiento despierta también
una fibra íntima de solidaridad y decencia, hasta ahora dormida, y, al final de
la historia, descubrimos otro Bird. Ha asumido su flamante paternidad, sin
alarma, hasta con recóndita alegría. No se convirtió en un santo ni en un
superhombre, sólo en un ser humano mejor del que era. La venida del niño
inválido hizo brotar en él una fuente de humanidad y limpieza hasta entonces
cegada.
Siempre
me ha impresionado el papel que desempeñan en sus historias esos seres
desvalidos, enfermos, desdichados, que aparecen en ellas para poner a prueba
los límites de la decencia y la indecencia humanas, y para recordar a los seres
normales las anormalidades y secretas grandezas que también poseen. Y, sobre todo,
para romper la corteza egoísta que los envuelve y enseñarles la ternura y el
amor. Esa relación está esbozada y matizada en sus relatos con maestría y
sobriedad clásica, sin incurrir en la truculencia o el sentimentalismo.
Precisamente
el pudor con que se refiere en A healing family la historia de su hijo Hikari,
que, gracias a la música pudo vencer la cuarentena a que lo condenaba su
enfermedad, es lo que da a esas páginas el vigoroso soplo de vida que arrebata
al lector.
También
ocurre en la historia de aquel aviador negro norteamericano, prisionero en una
aldea remota, con quien juegan los niños del lugar hasta que la crueldad de la
guerra comparece, les abre los ojos sobre la realidad adulta y cancela su
inocencia. Sorprende que un relato tan logrado saliera de las manos de un joven
que empezaba a escribir.
¿Sobrevivirá
todavía la inocencia en este tercer milenio que nos aprestamos a inaugurar? Hay
muchas razones alrededor nuestro para inclinarnos a temer que no. Pero, por
fortuna, hay también algunas que nos permiten abrigar esperanzas. Su obra es
una de ellas.
Un
abrazo de su lector y amigo,
Mario
Vargas Llosa.
__________
© Mario
Vargas Llosa, 1999.
Carta
a Kenzaburo Oe 2 (1999)
El
novelista peruano responde a la última misiva de Oé y coincide con su colega en
variados aspectos de la creación artística.
Querido
Kenzaburo Oe:
ENCONTRE
fascinante, en su segunda carta, la manera como usted asocia las teorías del
Dr. Satoshi Ueda sobre la rehabilitación de los inválidos, con el proceso
creativo del que nacen las novelas y con el singular y traumático derrotero
histórico que ha hecho de Japón el país próspero y moderno que es hoy.
En
cuanto a lo primero, estoy totalmente de acuerdo con usted. En todas las
novelas que he escrito, he experimentado algo parecido a ese contradictorio y
cambiante estado de ánimo -del aislamiento a la comunicación, de la inseguridad
a la desenvoltura, de la depresión al entusiasmo- por el que debió de pasar su
hijo Hikari antes de conquistar su plena ciudadanía y su dignidad de ser útil,
que usted ha descrito de manera tan conmovedora en A Healing Family. Es verdad
que, a diferencia de lo que ocurre con un inválido de carne y hueso, un
novelista no tiene mucho que perder si fracasa en su empresa literaria; pero,
si acierta, y su obra ayuda de algún modo a sus lectores a vivir, a resistir el
infortunio, a sobrellevar los reveses cotidianos, su vocación resulta
justificada y, en vez de aislarlo, lo integra a los demás, y lo redime de esa
sensación de inutilidad, vacío y perplejidad, que, creo, persigue como su
sombra -más en estos tiempos que nunca antes- a quienes dedican su vida a la
literatura. Esta vocación es lo mejor que tengo (la inmensa mayoría de los
escritores diría lo mismo, sin duda), ella me ha deparado grandes satisfacciones,
y también, por supuesto, algunos dolores de cabeza, pero nunca he sabido
explicar su utilidad. Esta me parece tan evidente como inexplicable. Borges
decía que preguntarse si un bello poema o un hermoso cuento servían para algo
era tan estúpido como querer establecer, en términos prácticos, si eran
necesarios o prescindibles el trino de un canario o los arreboles de un
crepúsculo. Seguramente, tenía razón. Pero, el canario no elige trinar, ni
dedica su vida a perfeccionar su canto, y detrás de las suaves tonalidades que
adopta el cielo cuando el Sol se pierde en el horizonte, no hay una voluntad ni
una destreza artesanal en acción. Detrás de los poemas y las novelas, sí.
Decenas de millones de personas han excluido la literatura de sus vidas y no
son por eso más desdichadas (acaso lo sean menos) que aquellas que la
frecuentan. ¿Qué dan los libros a los lectores, en premio a su constancia?
Mayor intensidad vital, emociones más profundas, una aprehensión más sensible
del lenguaje, y, acaso, sobre todo, una conciencia más cabal de las miserias e
imperfecciones del mundo real, que siempre resulta pobre, confuso y mezquino,
comparado con los hermosos, magníficos y coherentes mundos que crea la ficción.
Sospecho que, de esta manera tal vez la literatura contribuya, no a hacer más
felices, pero sí menos resignados y más libres a los seres humanos.
A esta
bella y misteriosa vocación de escribir que usted y yo compartimos rendí un
homenaje en ese personaje de La guerra del fin del mundo que menciona en su
carta de manera generosa: el León de Natuba. Supe de su existencia por una
furtiva mención, en uno de los innumerables testimonios sobre la guerra de
Canudos que consulté cuando escribía la novela. Aquel texto sólo decía de él
que, entre los seguidores del Conselheiro, había un ser deforme, natural de la
aldea de Natuba, a quien apodaban "el León", y que se distinguía de
los otros rebeldes no sólo por sus deformidades físicas; también, porque sabía
escribir. A mí me emocionó saber que, en esa sociedad de miserables, los más
pobres entre los pobres del Brasil, alzados en los sertones bahianos en una
lucha imposible contra una República en la que ellos veían al Diablo, había un
colega nuestro, alguien que, armado con un lápiz y un pedazo de papel, libraba
también una batalla, solitaria y difícil, para merecer vivir. Y así inventé una
historia y una personalidad para ese ser huidizo, que era apenas, para mí, un
nombre y un garabatear de signos.
Siento
el mayor aprecio por las alarmas y preocupaciones que le merece su país y
comprendo que, en su empeño de lograr una paz duradera, luche porque Japón
rescinda todo tratado que implique aceptar bases militares y una colaboración
militar con cualquier otro país. Después de haber vivido el apocalipsis de
Hiroshima y Nagasaki, es comprensible que el movimiento pacifista logre tanto
arraigo en su país, y que en Japón la campaña por la abolición de las armas
atómicas tenga más dinamismo y popularidad que en cualquier otra sociedad, y
cuente con el apoyo de intelectuales tan respetables como usted. Nadie dotado
con un mínimo de sentido común podría rechazar su juicio de considerar
"abominable" la "decisión de tener armamento nuclear". En
términos parecidos califiqué yo, en un artículo reciente, la fabricación de bombas
nucleares por India y Paquistán, insensatez que, además de provocar una feroz
carnicería en caso de un conflicto armado entre ambos países, constituye un
peligrosísimo aliciente para que otros países del Tercer Mundo sigan ese
siniestro ejemplo. Y fui también uno de los primeros en criticar las pruebas
nucleares en el Pacífico con que inauguró su Presidencia el mandatario francés
Jacques Chirac.
Sin
embargo, no puedo suscribir las tesis de los pacifistas, por más respeto que me
merezca el generoso idealismo que las inspira. Creo que todo intercambio de
ideas sobre el pacifismo y las armas nucleares, debe partir de una
circunstancia concreta, no de una postura abstracta. Estas armas,
lamentablemente, están ya allí. Es una desgracia para la humanidad, sin duda,
pero esta lamentación no tiene eficacia alguna. Lo importante es actuar de
manera realista, tratando de conseguir objetivos posibles. Es decir, en lo
inmediato, frenar la carrera armamentista, impidiendo la proliferación del arma
nuclear en los países que aún no la tienen, a la vez que presionar en favor de
la progresiva eliminación de los arsenales nucleares de las naciones que los
poseen.
Países
como el suyo y el mío pueden renunciar de manera unilateral a tener armas
nucleares, y, desde luego, deben hacerlo. Pero, reconozcamos que éste es un
privilegio del que disfrutan Japón y el Perú debido a que, en el mundo de hoy,
el poderío militar atómico está primordialmente concentrado en las potencias
occidentales, es decir, en sociedades democráticas. Esto no resta peligrosidad
al arma nuclear, por supuesto. Pero sí asegura un mínimo de responsabilidad
moral y política a la hora de utilizarla. La prueba es que en el último medio
siglo el arma nuclear no ha sido empleada, y ha servido más bien para impedir
que el imperio soviético se extendiera, añadiendo más colonias o satélites de
los que obtuvo al finalizar la segunda guerra mundial. ¿Qué habría ocurrido si
Estados Unidos hubiera renunciado, en nombre del ideal pacifista, a dotarse, en
los años cuarenta, de las armas nucleares que Hitler buscaba afanosamente para
conquistar el mundo? ¿Y cuál hubiera sido el desenlace de la guerra fría si, en
los años cincuenta, sólo
El
equilibrio del terror es, desde luego, peligrosísimo, ya que no excluye ni los
accidentes ni las iniciativas insensatas de algún dictador enloquecido y megalómano.
Por ello, es indispensable obrar, por todos los medios a nuestro alcance, en
favor de la gradual y sistemática destrucción de todos los arsenales nucleares
existentes, y por una vigilancia internacional destinada a impedir que, en el
futuro, renazcan. Esta política, con todos sus riesgos, me parece menos
peligrosa que la de pedir a las potencias democráticas que destruyan sus
arsenales motu proprio, como un ejemplo que el resto del mundo debería seguir
en aras de la paz mundial.
Recuerdo,
a este respecto, un ensayo de George Orwell sobre el pacifismo, que me
impresionó mucho. Decía en él que la no-violencia de Ghandi triunfó en
En su
carta anterior, me preguntaba usted por la opinión que en el Perú se tiene de
Japón y de las empresas japonesas, y yo no alcancé a responderle. Lo hago
ahora. Pero, no en nombre de todos mis compatriotas -jamás me he sentido
portavoz de alguna colectividad y siempre he desconfiado de los que creen
serlo-, sólo en el mío propio. Tengo una gran admiración por la manera como el
pueblo japonés, luego de la devastación en que quedó el país al finalizar la
guerra, pudo levantarse de sus ruinas, sacudirse de la tradición autoritaria
que gravitaba sobre él con tanta fuerza, y convertirse en uno de los más
prósperos y modernos países del mundo. Que esta modernización tuvo un alto
precio, y que ha causado traumas en la sociedad, lo sé de sobra, gracias a
quienes, como usted, lo han descrito con lucidez y sutileza. Y tampoco me cabe
duda que el sistema democrático adolece también, en Japón, de taras e
imperfecciones que lo minan, empezando por la corrupción. No hay duda de que la
sociedad japonesa es menos abierta de lo que parece y que su desarrollo
industrial sufre, al menos en parte, por ello, la crisis que atraviesa.
Pero,
aun así, con todas las críticas que merezca, la historia japonesa de los
últimos cincuenta años es una verdadera gesta pacífica ejemplar para los países
pobres y atrasados de este mundo, una prueba palpable de que, con voluntad,
disciplina y trabajo, un país puede romper las cadenas del subdesarrollo,
progresar y garantizar unas cuotas mínimas de trabajo, legalidad, seguridad y
libertad al conjunto de sus ciudadanos. Aunque nos separen muchos miles de
millas marinas, Japón y el Perú son países vecinos. Porque se miran allende el
Pacífico, y porque, desde fines del siglo pasado, muchas familias japonesas
emigraron a tierra peruana. Gracias a su empeño, surgió una agricultura de alto
nivel en la región costeña, al norte de Lima. Esos peruanos de origen nipón,
fueron objeto de vejámenes y abusos innobles durante la segunda guerra mundial;
sus propiedades, expropiadas, y algunos, enviados a campos de concentración en
los Estados Unidos. Pese a ello, la mayoría regresó a una tierra que era ya tan
suya como del resto de las familias y razas que pueblan el Perú, un país al
que, tanto en el campo cultural como económico y profesional, la comunidad de
origen japonés ha enriquecido notablemente. Le ha dado, incluso, un Presidente,
el ingeniero Fujimori, a quien, como sin duda usted sabe, yo critico con
severidad. No por su origen japonés, desde luego, ni por haber ganado las
elecciones de 1990 en que ambos competimos, como quieren hacer creer sus
validos. Sino, por haber destruido, en abril de 1992, la democracia que
teníamos, amparado en la fuerza militar. Nuestra democracia era imperfecta, sin
duda, pero, ahora, en vez de ello, tenemos un régimen autoritario, que ha
abolido la legalidad, manipula la información, comete los peores abusos contra
los derechos humanos y fomenta la corrupción en la más absoluta impunidad. Los
peruanos, que, en algún momento, apoyaron este liberticidio creyendo que una
dictadura podía ser más eficiente que una imperfecta democracia, están pagando
hoy amargamente su error en unos niveles de desempleo, pobreza y violencia
callejera sin precedentes en la historia peruana.
Esta
carta se ha alargado demasiado y debo ponerle fin. Pero, no sin antes
agradecerle una vez más este intercambio de ideas y reiterarle mi admiración
por su obra literaria, en la que el talento creativo y la limpieza moral van de
la mano, y por su compromiso cívico, que nos ha dado tantas buenas lecciones de
responsabilidad y sensatez a sus lectores.
Un cordial abrazo y la amistad de Mario Vargas Llosa.















































































































































Comentarios recientes