

La Generación del 98 es el nombre con el que se ha agrupado tradicionalmente a un grupo de escritores, ensayistas y poetas españoles que se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política y social acarreada en España por el desastre de la pérdida de Puerto Rico, Cuba y las Filipinas en 1898. Además de la derrota ante Estados Unidos. Todos nacen entre 1864 y 1875.
Se inspiraron en la corriente de crítica del canovismo denominada regeneracionismo y ofrecieron una visión artística en conjunto en La generación del 98. Clásicos y modernos.
Estos autores comenzaron a escribir en una vena juvenil hipercrítica e izquierdista que más tarde se orientará a una concepción tradicional de lo viejo y lo nuevo. Pronto, sin embargo, siguió la polémica: Pío Baroja y Ramiro de Maeztu negaron la existencia de tal generación, y más tarde Pedro Salinas la afirmó, tras minucioso análisis, en sus cursos universitarios y en un breve artículo aparecido en Revista de Occidente (diciembre de 1935), siguiendo el concepto de "generación literaria" definido por Peterson; este artículo apareció luego en su Literatura española. Siglo XX, 1949.
José Ortega y Gasset distinguió dos generaciones en torno a las fechas de 1857 y 1872, una integrada por Ganivet y Unamuno y otra por los miembros más jóvenes. Su discípulo Julián Marías, utilizando el concepto de "generación histórica", y la fecha central de 1871, estableció que pertenecen a ella Miguel de Unamuno, Ángel Ganivet, Valle-Inclán, Jacinto Benavente, Carlos Arniches, Vicente Blasco Ibáñez, Gabriel y Galán, Manuel Gómez Moreno, Miguel Asín Palacios, Serafín Álvarez Quintero, Pío Baroja, Azorín, Joaquín Álvarez Quintero, Ramiro de Maeztu, Manuel Machado, Antonio Machado y Francisco Villaespesa.
La crítica al concepto de generación fue realizada inicialmente por Juan Ramón Jiménez en un curso dictado en los años 50 en la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras), y luego por un importante grupo de críticos que va desde Federico de Onís, Ricardo Gullón, Allen W. Phillips, Yvan Shulman, y termina con las últimas aportaciones de José Carlos Mainer y Germán Gullón, entre otros. Todos ellos han puesto en duda la oposición del concepto de generación del 98 y de Modernismo.

PIO BAROJA
El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos
reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino. Era una
habitación grande, muy larga, separada de la cocina por un tabique, cuya puerta
casi nunca se cerraba, lo que permitía llamar a cada paso para pedir café o una
copa a la simpática Maintoni, la dueña de la casa, o a sus hijas, dos muchachas
a cual más bonitas; una de ellas, seria, abstraída, con esa mirada dulce que da
la contemplación del campo; la otra, vivaracha y de mal genio.
Las paredes del cuarto, blanqueadas de cal, tenían por todo
adorno varios números de La Lidia, puestos con mucha simetría y sujetos a la
pared con tachuelas, que dejaron de ser doradas para quedarse negras y
mugrientas.
La mano del patrón, José Ona, se veía en aquello; su carácter,
recto y al mismo tiempo bonachón y dulce como su apellido (Ona en vascuence
significa bueno), se traslucía en el orden, en la simetría, en la bondad, si se
me permite la palabra, que habían inspirado la ornamentación del cuarto.
Del techo del comedor, cruzado por largas vigas negruzcas,
colgaban dos quinqués de petróleo, de esos de cocina, que aunque daban algo más
humo que luz, iluminaban bastante bien la mesa del centro, como si dijéramos,
la mesa redonda, y bastante mal otras mesas pequeñas, diseminadas por el
cuarto.
Todas las noches tomábamos allí café; algunos preferían vino,
y charlábamos un rato el médico joven, el maestro, el empleado de la fundición,
Pachi el cartero, el cabo de la Guardia Civil y algunos otros de menor
categoría y representación social.
Como parroquianos y además gente distinguida, nos sentábamos
en la mesa del centro.
Aquella noche era víspera de feria y, por tanto, martes.
Supongo que nadie ignorará que las ferias en Arrigotia se celebran los primeros
miércoles de cada mes; porque, al fin y al cabo, Arrigotia es un pueblo
importante, con sus sesenta y tantos vecinos, sin contar los caseríos
inmediatos. Con motivo de la feria había más gente que de ordinario en la
venta.
Estaban jugando su partida de, tute el doctor y el maestro,
cuando entró la patrona, la obesa y sonriente Maintoni, y dijo:
—Oiga su merced, señor médico, ¿cómo siguen las hijas de
Aspillaga, el herrador?
—¿Cómo han de estar? Mal —contestó el médico incomodado—,
locas de remate. La menor, que es una histérica tipo, tuvo anteanoche un
ataque, la vieron las otras dos hermanas reír y llorar sin motivo, y empezaron
a hacer lo mismo. Un caso de contagio nervioso. Nada más.
—Y, oiga su merced, señor médico —siguió diciendo la patrona—,
¿es verdad que han llamado a la curandera de Elisabide?
—Creo que sí; y esa curandera, que es otra loca, les ha dicho
que en la casa debe haber un duende, y han sacado en consecuencia que el duende
es un gato negro de la vecindad, que se presenta allí de cuando en cuando. ¡Sea
usted médico con semejantes imbéciles!
—Pues si estuviera usted en Galicia, vería usted lo que era
bueno —saltó el empleado de la fundición—. Nosotros tuvimos una criada en
Monforte que cuando se le quemaba un guiso o echaba mucha sal al puchero, decía
que había sido o trasgo; y mientras mi mujer le regañaba por su descuido, ella
decía que estaba oyendo al trasgo que se reía en un rincón.
—Pero, en fin —dijo el médico—, se conoce que los trasgos de
allá no son tan fieros como los de aquí.
—¡Oh! No lo crea usted. Los hay de todas clases; así, al
menos, nos decía a nosotros la criada de Monforte. Unos son buenos, y llevan a
casa el trigo y el maíz que roban en los graneros, y cuidan de vuestras tierras
y hasta os cepillan las botas; y otros son perversos y desentierran cadáveres
de niños en los cementerios, y otros, por último, son unos guasones completos y
se beben las botellas de vino de la despensa o quitan las tajadas al puchero y
las sustituyen con piedras, o se entretienen en dar la gran tabarra por las
noches, sin dejarle a uno dormir, haciéndole cosquillas o dándole pellizcos.
—¿Y eso es verdad? —preguntó el cartero, cándidamente. Todos
nos echamos a reír de la inocente salida del cartero.
—Algunos dicen que sí —contestó el empleado de la fundición,
siguiendo la broma.
—Y se citan personas que han visto los trasgos —añadió uno.
—Sí —repuso el médico en tono doctoral—. En eso sucede como en
todo. Se le pregunta a uno: «¿Usted lo vio?», y dicen: «Yo, no; pero el hijo de
la tía Fulana, que estaba de pastor en tal parte, sí que lo vio», y resulta que
todos aseguran una cosa que nadie ha visto.
—Quizá sea eso mucho decir, señor —murmuró una humilde voz a
nuestro lado.
Nos volvimos a ver quién hablaba. Era un buhonero que había
llegado por la tarde al pueblo, y que estaba comiendo en una mesa próxima a la
nuestra.
—Pues qué, ¿usted ha visto algún duende de ésos? —dijo el
cartero, con curiosidad.
—Sí, señor.
—¿Y cómo fue eso? —preguntó el empleado, guiñando un ojo con
malicia—. Cuente usted, hombre, cuente usted, y siéntese aquí si ha concluido
de comer. Se le convida a café y copa, a cambio de la historia, por supuesto —y
el empleado volvió a guiñar el ojo.
—Pues verán ustedes —dijo el buhonero, sentándose a nuestra
mesa—. Había salido por la tarde de un pueblo y me había oscurecido en el
camino.
La noche estaba fría, tranquila, serena; ni una ráfaga de
viento movía el aire.
El paraje infundía respeto; yo era la primera vez que viajaba
por esa parte de la montaña de Asturias, y, la verdad, tenía miedo.
Estaba muy cansado de tanto andar con el cuévano en la
espalda, pero no me atrevía a detenerme. Me daba el corazón que por los sitios
que recorría no estaba seguro.
De repente, sin saber de dónde ni cómo, veo a mi lado un perro
escuálido, todo de un mismo color, oscuro, que se pone a seguirme.
¿De dónde podía haber salido aquel animal tan feo?, me
pregunté.
Seguí adelante, ¡hala, hala!, y el perro detrás, primero
gruñendo y luego aullando, aunque por lo bajo.
La verdad, los aullidos de los perros no me gustan. Me iba
cargando el acompañante, y, para librarme de él, pensé sacudirle un garrotazo;
pero cuando me volví con el palo en la mano para dárselo, una ráfaga de viento
me llenó los ojos de tierra y me cegó por completo.
Al mismo tiempo, el perro empezó a reírse detrás de mí, y
desde entonces ya no pude hacer cosa a derechas; tropecé, me caí, rodé por una
cuesta, y el perro, ríe que ríe, a mi lado.
Yo empecé a rezar, y me encomendé a San Rafael, abogado de toda
necesidad, y San Rafael me sacó de aquellos parajes y me llevó a un pueblo.
Al llegar aquí, el perro ya no me siguió, y se quedó aullando
con furia delante de una casa blanca con un jardín.
Recorrí el pueblo, un pueblo de sierra con lostejados muy bajos
y las tejas negruzcas, que no tenía más que una calle. Todas las casas estaban
cerradas. Solo a un lado de la calle había un cobertizo con luz. Era como un
portalón grande, con vigas en el techo, con las paredes blanqueadas de cal. En
el interior, un hombre desarrapado, con una boina, hablaba con una mujer vieja,
calentándose en una hoguera. Entré allí, y les conté lo que me había sucedido.
—¿Y el perro se ha quedado aullando? —preguntó con interés el
hombre.
—Sí; aullando junto a esa casa blanca que hay a la entrada de
la calle.
—Era o trasgo —murmuró la vieja—, y ha venido a anunciarle la
muerte.
—¿A quién? —pregunté yo, asustado.
—Al amo de esa casa blanca. Hace una media hora que está el
médico ahí.
Pronto volverá.
Seguimos hablando, y al poco rato vimos venir al médico a
caballo, y por delante un criado con un farol.
—¿Y el enfermo, señor médico? —preguntó la vieja, saliendo al
umbral del cobertizo.
—Ha muerto —contestó una voz secamente.
—¡Eh! —dijo la vieja—; era o trasgo.
Entonces cogió un palo, y marcó en el suelo, a su alrededor,
una figura como la de los ochavos morunos, una estrella de cinco puntas. Su
hijo la imitó, y yo hice lo mismo.
—Es para librarse de los trasgos —añadió la vieja.
Y, efectivamente, aquella noche no nos molestaron, y dormimos
perfectamente...
Concluyó el buhonero de hablar, y nos levantamos todos para ir
a casa.

JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ - AZORÍN
LOS PERSONAJES de la obra son: Román Portal, novelista y autor
dramático; don Felipe de Guevara, el doctor Rodil y Pablo, criado del doctor.
La acción se desenvuelve en el cuarto de trabajo del doctor Rodil. La pieza es
reducida, con estantes de libros. Un alto ventanal, cerrado por vidriera de
colores, ventanal que da a un parque, deja filtrar una luz suave. En el fondo
hay una puertecita que comunica con la clínica. En cuanto a muebles, dos
sillones de cuero y un ancho y muelle diván. Son los últimos momentos de la
tarde. La estancia se halla sumida en grata penumbra. La hora de la consulta
–de tres a cinco– ha terminado hace rato. La luz opaca del crepúsculo va
haciendo cada vez más indefinibles los contornos de las cosas. Se abre la
puerta y entra Román Portal. El novelista es íntimo amigo del doctor. No está
en casa el doctor. No tardará en llegar. Cuando una persona no está en casa y
se ansía verla, llega siempre tarde. Román Portal se ha hundido en el blando
diván y se dispone a esperar todo lo que haga falta. De la calle no llega ni el
más leve rumor. En el parque a que da la alta ventana el silencio es profundo.
Se puede leer aquí y se puede meditar. Román Portal se halla meditando cuando
la puerta se abre y entra un caballero. Don Felipe de Guevara se detiene un
momento en el umbral y luego avanza. Su porte es señoril. La moda a que ajusta
su indumentaria pasó hace tiempo. Un cuello de pajaritas se abre sobre ancho y
negro plastrón
en que luce una gruesa perla. El traje es oscuro. El caballero usa barbita que
ya es cenicienta, y dos gruesos cristales de cegato espejean ante los ojos.
Avanza don Felipe de Guevara hacia el centro de la estancia y de pronto se fija
en Román Portal. No le ve bien. Cree distinguir una figura humana. Vacila unos
instantes y luego, apresurando el paso, se enfrenta con Román Portal, que ya se
ha puesto en pie.
—¡Ah, doctor! Perdone. Soy Felipe de Guevara. No le había
visto. Yo buscándole, y usted ahí. ¿Dónde tengo la vista? Soy tan miope como
siempre. Pero, ¿acabo de decir que soy miope? ¡Ja, ja, ja! ¿Me permite usted
que me ría, doctor? Parece impropio. ¿No es verdad? Y sin embargo, eso es lo
cierto. Tenía ganas de reír y he reído.
Román Portal ha desenlazado sus manos de las manos de don
Felipe de Guevara, que se las tenía asidas y las sacudía suavemente.
Consideraba de arriba abajo al caballero y después ha dicho:
—No soy el doctor.
—¿Que no es usted el doctor? No, ya lo sé. El doctor Rodil no
es el doctor Rodil. El doctor Rodil es ahora, para mí, que soy Felipe de
Guevara, el amigo entrañable. No habla conmigo ahora como doctor, sino como
amigo cordial. ¿No es así, doctor? ¿Y por qué no nos sentamos? Estaremos mejor,
querido doctor. Sentémonos. Hemos de hablar largamente.
La luz de la estancia va decreciendo. Se han hecho ya casi las
tinieblas. En el piélago
de las sombras no se ven más que los bultos de las cosas que emergen vagamente.
Se han sentado Román Portal y don Felipe de Guevara. Se hallan los dos en el
sofá par a par. Don Felipe de Guevara ha puesto las manos sobre sus muslos. Da
en ellos unas palmaditas y prosigue:
—Tenía que venir a verle a usted, doctor. Felipe de Guevara no
podía prescindir de esta visita. Y vengo porque le quiero bien. Le he hecho a
usted, doctor, muchas visitas. He venido a verle muchas veces angustiado por el
dolor. ¡En cuántas ocasiones ha paliado usted, ha remediado, ha suprimido en mí
las causas del dolor! Y era justo que yo viniera a visitarle cuando no siento
nada.
—No soy el doctor –repite Román Portal.
—Sí, sí; lo sé. La amistad de usted es cordialísima. Usted me
recibe ahora como a un amigo querido. Y es al amigo a quien yo también visito.
¿Y qué tal la salud, doctor? ¡Cosa rara que yo venga a preguntar por su salud!
La salud es lo principal. En el mundo es lo que más vale. ¿Quiere usted que le
haga una confidencia? Pues se la voy a hacer. A mí, doctor, no me importa ya la
salud. Usted dirá que eso es una cosa rara. ¡Decirle a un doctor que no le
preocupa a uno la salud! (¡Ja, ja, ja!) Otra vez me río, doctor. Aquí se está
muy bien. El despacho es reducido, cómodo y silencioso. Aquí estudia usted.
Aquí puede usted soñar. ¡Soñar! En el mundo es lo más delectable.
No hay nada tan grato como soñar. ¡Soñar, vivir, dormir! Y en este momento,
puesto a enfilar verbos... soñar, vivir, dormir..., iba a pronunciar otro. Pero
no lo pronuncio. ¿Sabe usted, doctor, cuál es el verbo que yo iba a pronunciar?
Sí, lo sabe usted. Pero a mí ese verbo ya no me interesa. ¡Ja, ja, ja! Nunca lo
hubiera creído. Usted sigue trabajando, luchando, viviendo con afanes. Le
interesan las cosas del mundo. Lee usted libros y más libros. Todo eso para mí
no vale ya nada. ¡Cuántas ganas tenía de verle a usted, querido doctor!
Don Felipe de Guevara se detiene un momento. Hay una pausa
henchida de misterio. Román Portal, emocionado, no sabe si lo que se
desenvuelve ante su persona es realidad o ensueño. Casi en las tinieblas, la
voz de don Felipe de Guevara suena como cosa lejana.
—Arriba, en el ancho ventanal de colores, un rezago
de luz crepuscular esclarece la blancura indefinida del muro.
—¿Y no me dice usted nada, doctor? -prosigue don Felipe de
Guevara-. He venido a verle a usted, traído por mi cariño, y usted permanece
mudo. Lo que quiere de usted ahora Felipe de Guevara no es que le dé, como
otras veces, una norma de vida. Nada de eso. Mi visita es completamente
desinteresada.
»Le veo a usted ahora como no le había visto nunca. No hay
apenas luz en esta sala y, sin embargo, yo veo todos los pormenores de las
cosas y de la persona de usted. Y eso que soy cegato. Todo lo veo ahora con luz
distinta. Doctor, querido doctor Rodil, aquí me tiene usted a su lado. Felipe
de Guevara está tan agradecido a usted como siempre.
—No soy el doctor –repite una vez más Román Portal. El
novelista va a levantarse y don Felipe de Guevara, con una seña de la mano, le
detiene.
—Pero ¿es que le importuna mi visita? Pero ¿es que yo no puedo
tener expansiones cordiales con el amigo? No estoy aquí con usted más que unos
minutos. En seguida me marcho. Lo que yo quiero, doctor, es testimoniarle a
usted todo mi afecto. ¿Y rechaza usted mi gesto cordial? ¿Y se pone usted en
pie para despedirme? Pues si quiere usted que termine la entrevista, la doy por
terminada. Adiós, doctor. No se mueva usted. Conozco el camino. Desde este
diván hasta la puerta sólo hay unos pasos.
Don Felipe de Guevara, caminando lentamente hacia la puerta,
casi en la oscuridad la estancia, va repitiendo con voz lenta:
—¡Adiós!, ¡adiós!
Y cuando está en la puerta, a punto de transponerla, se vuelve
hacia Román Portal y ríe:
—¡Ja, ja, ja!
Román Portal torna a sentarse. Se halla hundido en un ángulo
del diván. En las tinieblas, en el silencio, su imaginación da vueltas,
frenética, a lo que acaba de experimentar. ¿Sueño?, ¿Realidad? ¿Locura? No lo
sabe. Todo en estos momentos favorece la fantástica irrealidad.
Entra en el despacho el doctor Rodil, que mueve el resorte de
la luz e ilumina el salón.
—¿Has esperado mucho, Román?
—Un rato. Y aquí he estado con un cliente tuyo. Hombre raro,
extraño, ese don Felipe de Guevara.
—¿Don Felipe de Guevara?
—Sí, un señor de pergeño
antiguo. Por cierto que me ha hecho pasar unos momentos inquietantes.
—¿Don Felipe de Guevara? No le conozco, Román. No tengo ningún
cliente que se llame así. No he oído nunca ni hablar de don Felipe de Guevara.
¿Tú estás seguro?
—Aquí ha estado un rato. Me ha tomado por ti y era inútil que
yo tratara de disuadirle.
—No, no, Román; estás equivocado. Don Felipe de Guevara no
existe.
Suenan unos golpecitos en la puerta. Entra Pablo, el criado
del doctor, y dice:
—Señor, acaban de telefonear que don Felipe de Guevara ha
muerto hace una hora.
¡Santiago
de Galicia ha sido uno de los santuarios del mundo, y las almas todavía guardan
allí los ojos atentos para el milagro!...
Una
tarde, mi hermana Antonia me tomó de la mano para llevarme a la catedral.
Antonia tenía muchos años más que yo. Era alta y pálida, con los ojos negros y
la sonrisa un poco triste. Murió siendo yo niño. ¡Pero cómo recuerdo su voz y
su sonrisa y el hielo de su mano cuando me llevaba por las tardes a la
catedral!... Sobre todo, recuerdo sus ojos y la llama luminosa y trágica
con que miraban a un estudiante que paseaba en el atrio, embozado en una capa
azul. Aquel estudiante a mí me daba miedo. Era alto y cenceño, con cara
de muerto y ojos de tigre, uns ojos terribles bajo el entrecejo
fino y duro. Para que fuese mayor su semejanza con los muertos, al andar le
crujían los huesos de la rodilla. Mi madre le odiaba, y por no verle, tenía
cerradas las ventanas de nuestra casa, que dabann al Atrio de las Platerías.
Aquella tarde recuerdo que paseaba, como todas las tardes, embozado en su capa
azul. Nos alcanzó en la puerta de la catedral, y sacando por debajo del embozo
su mano de esqueleto, tomó agua bendita y se la ofreció a mi hermana, que
temblaba. Antonia le dirigió una mirada de súplica, y él murmuró con una
sonrisa:
-¡Estoy
desesperado!
Entramos
en una capilla, donde algunas viejas rezaban las Cruces. Es una capilla grande
y oscura, con su tarima llena de ruidos bajo la bóveda románica. Cuando yo era
niño, aquella capilla tenía para mí una sensación de paz campesina. Me daba un
goce de sombra como la copa de un viejo castaño, cómo las parras delante de
algunas puertas, como una cueva de ermitaño en el monte. Por las tardes siempre
había corro de viejas rezando las Cruces. Las voces, fundidas en un murmullo de
fervor, abríanse bajo las bóvedas y parecían iluminar las rosas de la vidriera
como el sol poniente. Sentíase un vuelo de oraciones glorioso y gangoso, y un
sordo arrastrarse sobre la tarima, y una campanilla de plata agitada por el
niño acólito, mientras levanta su vela encendida, sobre el hombro del capellán,
que deletrea en su breviario la Pasión. ¡Oh, Capilla de la Corticela, cuándo
esta alma mía, tan vieja y tan cansada, volverá a sumergirse en tu sombra
balsámica!
Lloviznaba,
anochecido, cuando atravesábamos el atrio de la catedral para volver a casa. En
el zaguán, como era grande y oscuro, mi hermana debió de tener miedo, porque
corría al subir las escaleras, sin soltarme la mano. Al entrar vimos a nuestra
madre que cruzaba la antesala y se desvanecía por una puerta. Yo, sin saber por
qué, lleno dé curiosidad y de temor, levanté los ojos mirando a mi hermana, y
ella, sin decir nada, se inclinó y me besó. En medio de una gran ignorancia de
la vida, adiviné el secreto de mi hermana Antonia. Lo sentí pesar sobre mí cono
pecado mortal, al cruzar aquella antesala donde ahumaba un quinqué de petróleo
que tenía el tubo roto. La llama hacía dos cuernos, y me recordaba al Diablo.
Por la moche, acostado y a oscuras, esta semejanza se agrandó dentro de mí sin
dejarme dormir, y volvió a turbarme otras muchas noches.
Siguieron
algunas tardes de lluvia. El estudiante paseaba en el atrio de la catedral
durante los escampos, pero mi hermana no salía para rezar las Cruces. Yo,
algunas veces, mientras estudiaba mi lección en la sala llena con el aroma de
las rosas marchitas, entornaba una ventana para verle. Paseaba solo, con una
sonrisa crispada, y al anochecer su aspecto de muerto era tal, que daba miedo.
Yo me retiraba temblando de la ventana, pero seguía viéndole, sin poder aprenderme
la lección. En la sala grande, cerrada y sonora, sentía su andar con crujir de
canillas y choquezuelas... Maullaba el gato tras de la puerta, y me parecía que
conformaba su maullido sobre el nombre del estudiante:
¡Máximo
Bretal!
Bretal es
un caserío en la montaña, cerca de Santiago. Los viejos llevan allí montera
picuda y sayo de estameña, las viejas hilan en los establos por ser más
abrigados que las casas, y el sacristán pone escuela en el atrio de la iglesia.
Bajo su palmeta, los niños aprenden la letra procesal de alcaldes y escribanos,
salmodiando las escrituras forales de una casa de mayorazgos ya deshecha.
Máximo Bretal era de aquella casa. Vino a Santiago para estudiar Teología, y
los primeros tiempos, una vieja que vendía miel, traíale de su aldea el pan de
borona para la semana, y el tocino. Vivía con otros estudiantes de clérigo en
una posada donde sólo pagaban la cama. Son estos los seminaristas pobres a
quienes llaman códeos. Máximo Bretal ya tenía órdenes Menores cuando entró en
nuestra casa para ser mi pasante de Gramática Latina. A mi madre se lo había
recomendado como una obra de caridad el cura de Bretal. Vino una vieja con
cofia a darle las gracias, y trajo de regalo un azafate de manzanas reinetas.
En una de aquellas manzanas dijeron después que debía de estar el hechizo que
hechizó a mi hermana Antonia.
Nuestra
madre era muy piadosa y no creía en agüeros ni brujerías, pero alguna vez lo
aparentaba por disculpar la pasión que consumía a su hija. Antonia, por
entonces, ya comenzaba a tener un aire del otro mundo, como el estudiante de
Bretal. La recuerdo bordando en el fondo de la sala, desvanecida como si la
viese en el fondo de un espejo, toda desvanecida, con sus movimientos lentos
que parecían responder al ritmo de otra vida, y la voz apagada, y la sonrisa
lejana de nosotros: Toda blanca y triste, flotante en un misterio crepuscular,
y tan pálida, que parecía tener cerco como la luna... ¡Y mi madre, que levanta
la cortina de una puerta, y la mira, y otra vez se aleja sin ruido!
Volvían
las tardes de sol con sus tenues oros, y mi hermana, igual que antes, me
llevaba a rezar con las viejas en la Capilla de la Corticela. Yo temblaba de
que otra vez se apareciese el estudiante y alargase a nuestro paso su mano de
fantasma, goteando agua bendita. Con el susto miraba a mi hermana, y veía
temblar su boca. Máximo Bretal, que estaba todas las tardes en el atrio, al
acercarnos nosotros desaparecía, y luego, al cruzar las naves de la catedral,
le veíamos surgir en la sombra de los arcos. Entrábamos en la capilla, y él se
arrodillaba en las gradas de la puerta besando las losas donde acababa de pisar
mi hermana Antonia. Quedaba allí arrodillado como el bulto de un sepulcro, con
la capa sobre los hombros y las manos juntas. Una tarde, cuando salíamos, vi su
brazo de sombra alargarse por delante de mí, y enclavijar entre los dedos un
pico de la falda de Antonia:
-¡Estoy
desesperado!... Tienes que oírme, tienes que saber cuánto sufro... ¿Ya no
quieres mirarme?...
Antonia
murmuró, blanca como una flor:
-¡Déjeme
usted, Don Máximo!
-No te
dejo. Tú eres mía, tu alma es mía... El cuerpo no lo quiero, ya vendrá por él
la muerte. Mírame, que tus ojos se confiesen con los míos. ¡Mírame!
Y la mano
de cera tiraba tanto de la falda de mi hermana, que la desgarró. Pero los ojos
inocentes se confesaron con aquellos ojos claros y terribles. Yo, recordándolo,
lloré aquella noche en la oscuridad, como si mi hermana se hubiera escapado de
nuestra casa.
Yo seguía
estudiando mi lección de latín en aquella sala, llena con el aroma de las rosas
marchitas. Algunas tardes, mi madre entraba como una sombra y se desvanecía en
el estrado. Yo la sentía suspirar hundida en un rincón del gran sofá de damasco
carmesí, y percibía el rumor de su rosario. Mi madre era muy bella, blanca y
rubia, siempre vestida de seda, con guante negro en una mano, por la falta de
dos dedos, y la otra, que era como una camelia, toda cubierta de sortijas. Esta
fue siempre la que besamos nosotros y la mano con que ella nos acariciaba. La
otra, la del guante negro, solía disimularla entre el pañolito de encaje, y
sólo al santiguarse la mostraba entera, tan triste y tan sombría sobre la albura
de su frente, sobre la rosa de su boca, sobre su seno de Madona Litta. Mi madre
rezaba sumida en el sofá del estrado, y yo, para aprovechar la raya de luz que
entraba por los balcones entornados, estudiaba mi latín en el otro extremo,
abierta la Gramática sobre uno de esos antiguos veladores con tablero de damas.
Apenas se veía en aquella sala de respeto, grande, cerrada y sonora. Alguna
vez, mi madre, saliendo de sus rezos, me decía que abriese más el balcón. Yo
obedecía en silencio, y aprovechaba el permiso para mirar al atrio, donde
seguía paseando el estudiante, entre la bruma del crepúsculo. De pronto,
aquella tarde, estando mirándolo, desapareció. Volví a salmodiar mi latín, y
llamaron en la puerta de la sala. Era un fraile franciscano, hacía poco llegado
de Tierra Santa.
El Padre
Bernardo en otro tiempo había sido confesor de mi madre, y al volver de su
peregrinación no olvidó traerle un rosario hecho con huesos de olivas del Monte
Oliveto. Era viejo, pequeño, con la cabeza grande y Calva; recordaba los santos
románicos del Pórtico de la Catedral. Aquella tarde era la segunda vez que
visitaba nuestra casa, desde que estaba devuelto a su convento de Santiago. Yo,
al verle entrar, dejé mi Gramática y corrí a besarle la mano. Quedé arrodillado
mirándole y esperando su bendición, y me pareció que hacía los cuernos. ¡Ay,
cerré los ojos, espantado de aquella burla del Demonio! Con un escalofrío
comprendí que era asechanza suya, y como aquellas que traían las historias de
santos que yo comenzaba a leer en voz alta delante de mi madre y de Antonia.
Era una asechanza para hacerme pecar, parecida a otra que se cuenta en la vida
de San Antonio de Padua. El Padre Bernardo, que mi abuela diría un santo sobre
la tierra, se distrajo saludando a la oveja de otro tiempo, y olvidó formular
su bendición sobre mi cabeza trasquilada y triste, con las orejas muy
separadas, como para volar. Cabeza de niño sobre quien pesan las lúgubres
cadenas de la infancia: El latín de día, y el miedo a los muertos, de noche. El
fraile habló en voz baja con mi madre, y mi madre levantó su mano del guante:
-¡Sal de
aquí, niño!
Basilisa
la Galinda, una vieja que había sido nodriza de mi madre, se agachaba tras de
la puerta. La vi y me retuvo del vestido, poniéndome en la boca su palma
arrugada:
-No
grites, picarito.
Yo la
miré fijamente porque le hallaba un extraño parecido con las gárgolas de la
catedral. Ella, después de un momento, me empujó con blandura:
-¡Vete,
neno !
Sacudí
los hombros para desprenderme de su mano, que tenía las arrugas negras como
tiznes, y quedé a su lado. Oíase la voz del franciscano: -Se trata de salvar un
alma... Basilisa volvió a empujarme:
-Vete,
que tú no puedes oír...
Y toda
encorvada metía los ojos por la rendija de la puerta. Me agaché cerca de ella.
Ya sólo me dijo estas palabras:
-¡No
recuerdes más lo que oigas, picarito!
Yo me
puse a reír. Era verdad que parecía una gárgola. No podía saber si perro, si
gato, si lobo. Pero tenía un extraño parecido con aquellas figuras de piedra,
asomadas o tendidas sobre el atrio, en la cornisa de la catedral.
Se oía
conversar en la sala. Un tiempo largo la voz del franciscano:
-Esta
mañana fue a nuestro convento un joven tentado por el Diablo. Me contó que
había tenido la desgracia de enamorarse, y que desesperado, quiso tener la
ciencia infernal... Siendo la media noche había impetrado el poder del Demonio.
El ángel malo se le apareció en un vasto arenal de ceniza, lleno con gran rumor
de viento, que lo causaban sus alas de murciélago, al agitarse bajo las
estrellas.
Se oyó un
suspiro de mi madre:
-¡Ay
Dios!
Proseguía
el fraile.
-Satanás
le dijo que le firmase un pacto y que le haría feliz en sus amores. Dudó el
joven, porque tiene el agua del bautismo que hace a los cristianos, y le alejó
con la cruz. Esta mañana, amaneciendo, llegó a nuestro convento, y en el
secreto del confesonario me hizo su confesión. Le dije que renunciase a sus
prácticas diabólicas, y se negó. Mis consejos no bastaron a persuadirle. ¡Es un
alma que se condenará!...
Otra vez
gimió mi madre:
-¡Prefería
muerta a mi hija!
Y la voz
del fraile, en un misterio de terror, proseguía:
-Muerta
ella, acaso él triunfase del Infierno. Viva, quizá se pierdan los dos... No
basta el poder de una pobre mujer como tú para luchar contra la ciencia
infernal...
Sollozó
mi madre:
-¡Y la
Gracia de Dios!
Hubo un
largo silencio. El fraile debía de estar en oración meditando su respuesta.
Basilisa la Galinda me tenía apretado contra su pecho. Se oyeron las sandalias
del fraile, y la vieja me aflojó un poco los brazos para incorporarse y huir.
Pero quedó inmóvil, retenida por aquella voz que luego sonó:
-La
Gracia no está siempre con nosotros, hija mía. Mana como una fuente y se seca
como ella. Hay almas que sólo piensan en su salvación, y nunca sintieron amor
por las otras criaturas. Son las fuentes secas. Dime: ¿Qué cuidado sintió tu
corazón al anuncio de estar en riesgo de perderse un cristiano? ¿Qué haces tú
por evitar ese negro concierto con los poderes infernales? ¡Negarle tu hija
para que la tenga de manos de Satanás!
Gritó mi
madre:
-¡Más
puede el Divino Jesús!
Y el
fraile replicó con una voz de venganza:
-El amor
debe ser por igual para todas las criaturas. Amar al padre, al hijo o al
marido, es amar figuras de lodo. Sin saberlo, con tu mano negra también azotas
la cruz como el estudiante de Bretal.
Debía
tener los brazos extendidos hacia mi madre. Después se oyó un rumor como si se
alejase. Basilisa escapó conmigo, y vimos pasar a nuestro lado un gato negro. Al
Padre Bernardo nadie le vio salir. Basilisa fue aquella tarde al convento, y
vino contando que estaba en una misión, a muchas leguas.
¡Cómo la
lluvia azotaba los cristales y cómo era triste la luz de la tarde en todas las
estancias!
Antonia
borda cerca del balcón, y nuestra madre, recostada en el canapé, la mira
fijamente, con esa mirada fascinante de las imágenes que tienen los ojos de
cristal. Era un gran silencio en torno de nuestras almas, y sólo se oía el
péndulo del reloj. Antonia quedó una vez soñando con la aguja en alto. Allá en
el estrado suspiró nuestra madre, y mi hermana agitó los párpados como si
despertase. Tocaban entonces todas las campanas de muchas iglesias. Basilisa
entró con luces, miró detrás de las puertas y puso los tranqueros en las
ventanas. Antonia volvió a soñar inclinada sobre el bordado. Mi madre me llamó
con la mano, y me retuvo. Basilisa trajo su rueca, y sentóse en el suelo, cerca
del canapé. Yo sentía que los dientes de mi madre hacían el ruido de una
castañeta. Basilisa se puso de rodillas mirándola, y mi madre gimió:
-Echa el
gato que araña bajo el canapé.
Basilisa
se inclinó:
-¿Dónde
está el gato? Yo no lo veo.
-¿Y
tampoco lo sientes?
Replicó
la vieja, golpeando con la rueca:
-¡Tampoco
lo siento!
Gritó mi
madre:
-¡Antonia!
¡Antonia!
-¡Ay,
diga, señora!
-¿En qué
piensas?
-¡En
nada, señora!
-¿Tú oyes
cómo araña el gato?
Antonia
escuchó un momento:
-¡Ya no
araña!
Mi madre
se estremeció toda:
-Araña
delante de mis pies, pero tampoco lo veo.
Crispaba los dedos sobre mis hombros. Basilisa quiso acercar
una luz, y se le apagó en la mano bajo una ráfaga que hizo batir todas las
puertas. Entonces, mientras nuestra madre gritaba, sujetando a mi hermana por
los cabellos, la vieja, provista de una rama de olivo, se puso a rociar agua
bendita por los rincones.
Mi madre
se retiró a su alcoba, sonó la campanilla y acudió corriendo Basilisa. Después,
Antonia abrió el balcón y miró a la plaza con ojos de sonámbula. Se retiró
andando hacia atrás, y luego escapó. Yo quedé solo, con la frente pegada a los
cristales del balcón, donde moría In luz de la tarde. Me pareció oír gritos en
el interior de la rasa, y no osé moverme, con la vaga impresión de que eran
aquellos gritos algo que yo debía ignorar por ser niño. Y no me movía del hueco
del balcón, devanando un razonar medroso y pueril, todo confuso con aquel nebuloso
recordar de reprensiones bruscas y de encierros en una sala oscura. Era como
envoltura de mi alma, esa memoria dolorosa de los niños precoces, que con los
ojos agrandados oyen las conversaciones de las viejas y dejan los juegos por
oírlas. Poco a poco cesaron los gritos, y cuando la casa quedó en silencio
escapé de la sala. Saliendo por una puerta encontré a la Galinda:
-¡No
barulles, picarito!
Me detuve
sobre la punta de los pies ante la alcoba de mi madre. Tenía la puerta
entornada, y llegaba de dentro un murmullo apenado y un gran olor de vinagre.
Entré por el entorno de la puerta, sin moverla y sin ruido. Mi madre estaba
acostada, con muchos pañuelos a la cabeza. Sobre la blancura de la sábana
destacaba el perfil de su mano en el guante negro. Tenía los ojos abiertos,
y al entrar yo los giró hacia la puerta, sin remover la cabeza:
-¡Hijo
mío, espántame ese gato que tengo a los pies!
Me
acerqué, y saltó al suelo un gato negro, que salió corriendo. Basilisa la
Galinda, que estaba en la puerta, también lo vio, y dijo que yo había podido
espantarlo porque era un inocente.
Y
recuerdo a mi madre un día muy largo, en la luz triste de una habitación sin
sol, que tiene las ventanas entornadas. Está inmóvil en su sillón, con las
manos en cruz, con muchos pañuelos a la cabeza y la cara blanca. No habla, y
vuelve los ojos cuando otros hablan, y mira fija, imponiendo silencio. Es aquel
un día sin horas, todo en penumbra de media tarde. Y este día se acaba de
repente, porque entran con luces en la alcoba. Mi madre está dando gritos:
-¡Ese
gato!... ¡Ese gato!... ¡Arrancármelo, que se me cuelga a la espalda!
Basilisa
la Galinda vino a mí, y con mucho misterio me empujó hacia mi madre. Se agachó
y me habló al oído, con la barbeta temblona, rozándome la cara con sus lunares
de pelo.
-¡Cruza
las manos!
Yo crucé
las manos, y Basilisa me las impuso sobre la espalda de mi madre. Me acosó
después en voz baja:
-¿Qué
sientes, neno?
Respondí
asustado, en el mismo tono que la vieja:
-¡Nada!...
No siento nada, Basilisa.
-¿No
sientes como lumbre?
-No
siento nada, Basilisa.
-¿Ni los
pelos del gato?
-¡Nada!
Y rompí a
llorar, asustado por los gritos de mi madre. Basilisa me tomó en brazos y me
sacó al corredor:
-¡Ay,
picarito, tú has cometido algún pecado, por eso no pudiste espantar al enemigo
malo!
Se volvió
a la alcoba. Quedé en el corredor, lleno de miedo y de angustia, pensando en
mis pecados de niño. Seguían los gritos en la alcoba, e iban con luces por toda
la casa.
Después
de aquel día tan largo, es una noche también muy larga, con luces encendidas
delante de las imágenes y conversaciones en voz baja, sostenidas en el hueco de
las puertas que rechinan al abrirse. Yo me senté en el corredor, cerca de una
mesa donde había un candelero con dos velas, y me puse a pensar en la historia
del Gigante Goliat. Antonia, que pasó con el pañuelo sobre los ojos, me
dijo con una voz de sombra:
-¿Qué
haces ahí?
-Nada.
-¿Por qué
no estudias?
La miré
asombrado de que me preguntase por qué no estudiaba, estando enferma nuestra
madre. Antonia se alejó por el corredor, y volví a pensar en la historia de
aquel gigante pagano que pudo morir de un tiro de piedra. Por aquel tiempo,
nada admiraba tanto como la destreza con que manejó la honda el niño David.
Hacía propósito de ejercitarme en ella cuando saliese de paseo por la orilla
del río. Tenía como un vago y novelesco presentimiento de poner mis tiros en la
frente pálida del estudiante de Bretal. Y volvió a pasar Antonia con un braserillo
donde se quemaba espliego:
-¿Por qué
no te acuestas, niño?
Y otra
vez se fue corriendo por el corredor. No me acosté, pero me dormí con la cabeza
apoyada en la mesa.
No sé si
fue una noche, si fueron muchas, porque la casa estaba siempre oscura y las
luces encendidas ante las imágenes. Recuerdo que entre sueños oía los gritos de
mi madre, las conversaciones misteriosas de los criados, el rechinar de las
puertas y una campanilla que pasaba por la calle. Basilisa la Galinda venía por
el candelero, se lo llevaba un momento y lo traía con dos velas nuevas, que
apenas alumbraban. Una de estas veces, al levantar la sien de encima de la
mesa, vi a un hombre en mangas de camisa que estaba cosiendo, sentado al otro
lado. Era muy pequeño, con la frente calva y un chaleco encarnado. Me saludó
sonriendo:
-¿Se
dormía, estudioso puer?
Basilisa
espabiló las velas:
-¿No te
recuerdas de mi hermano, picarito?
Entre las
nieblas del sueño, recordé al señor Juan de Alberte. Le había visto algunas
tardes que me llevó la vieja a las torres de la Catedral. El hermano de
Basilisa cosía bajo una bóveda, remendando sotanas. Suspiró la Galinda:
-Está
aquí para avisar los óleos en la Corticela.
Yo empecé
a llorar, y los dos viejos me dijeron que no hiciese ruido. Se oía la voz de mi
madre:
-¡Espantarme
ese gato! ¡Espantar ese gato!
Basilisa
la Galinda entra en aquella alcoba, que estaba ¡ti pie de la escalera del
fayado, y sale con una cruz de madera negra. Murmura unas palabras oscuras, y me
santigua por el pecho, por la espalda y por los costados. Después, me entrega
la cruz, y ella toma las tijeras de su hermano, esas tijeras de sastre, grandes
y mohosas, que tienen un son de hierro al abrirse:
-Habemos
de libertarla, como pide...
Me condujo
por la mano a la alcoba de mi madre, que seguía gritando:
-¡Espantarme
ese gato! ¡Espantarme ese gato!
Sobre el
umbral me aconsejó en voz baja:
-Llega
muy paso y pon la cruz sobre la almohada... Yo quedo aquí en la puerta.
Entré en
la alcoba. Mi madre estaba incorporada, con el pelo revuelto, las manos
tendidas y los dedos abiertos como garfios. Una mano era negra y otra blanca.
Antonia la miraba, pálida y suplicante. Yo pasé rodeando, y vi de frente los
ojos de mi hermana, negros, profundos y sin lágrimas. Me subí a la cama sin
ruido, y puse la cruz sobre las almohadas. Allá en la puerta, toda encogida
sobre el umbral, estaba Basilisa la Galinda. Sólo la vi un momento, mientras
trepé a la cama, porque apenas puse la cruz en las almohadas, mi madre empezó a
retorcerse, y un gato negro escapó de entre las ropas hacia la puerta. Cerré
los ojos, y con ellos cerrados, oí sonar las tijeras de Basilisa. Después la
vieja llegóse a la cama donde mi madre se retorcía, y me sacó en brazos de la
alcoba. En el corredor, cerca de la mesa que tenía detrás la sombra enana del
sastre, a la luz de las velas, enseñaba dos recortes negros que le manchaban
las manos de sangre, y decía que eran las orejas del gato. Y el viejo se ponía
la capa, para avisar los santos óleos.
Llenóse
la casa de olor de cera y murmullo de gente que reza en confuso son... Entró un
clérigo revestido, andando de prisa, con una mano de perfil sobre la boca. Se
metía por las puertas guiado por Juan de Alberte. El sastre, con la cabeza
vuelta, corretea tieso y enano, arrastra la capa y mece en dos dedos, muy
gentil, la gorra por la visera, como hacen los menestrales en las procesiones.
Detrás seguía un grupo oscuro y lento, rezando en voz baja. Iba por el centro
de las estancias, de una puerta a otra puerta, sin extenderse. En el corredor
se arrodillaron algunos bultos, y comenzaron a desgranarse las cabezas. Se hizo
una fila que llegó hasta las puertas abiertas de la alcoba de mi madre. Dentro,
con mantillas y una vela en la mano, estaban arrodilladas Antonia y la Galinda.
Me fueron empujando hacia delante algunas manos que salían de los manteos
oscuros, y volvían prestamente a juntarse sobre las cruces de los rosarios.
Eran las manos sarmentosas de las viejas que rezaban en el corredor, alineadas
a lo largo de la pared, con el perfil de la sombra pegado al cuerpo. En la
alcoba de mi madre, una señora llorosa que tenía un pañuelo perfumado, y me
pareció toda morada como una dalia con el hábito nazareno, me tomó de la mano y
se arrodilló conmigo, ayudándome a tener una vela. El clérigo anduvo en torno
de la cama, con un murmullo latino, leyendo en su libro...
Después
alzaron las coberturas y descubrieron los pies de mi madre rígidos y
amarillentos. Yo comprendí que estaba muerta, y quedé aterrado y silencioso
entre los brazos tibios de aquella señora tan hermosa, toda blanca y morada.
Sentía un terror de gritar, una prudencia helada una aridez sutil, un recato
perverso de moverme entre los brazos y el seno de aquella dama toda blanca y
morada, que inclinaba el perfil del rostro al par de mi mejilla y me ayudaba a
sostener la vela funeraria.
La
Galinda vino a retirarme de los brazos de aquella señora, y me condujo al borde
de la cama donde mi madre estaba yerta y amarilla, con las manos arrebujadas
entre los pliegues de la sábana. Basilisa me alzó del suelo para que viese bien
aquel rostro de cera:
-Dile
adiós, neno. Dile: Adiós, madre mía, más no te veré.
Me puso
en el suelo la vieja, porque se cansaba, y después de respirar, volvió a
levantarme metiendo bajo mis brazos sus manos sarmentosas:
-¡Mírala
bien! Guarda el recuerdo para cuando seas mayor... Bésala, neno.
Y me
dobló sobre el rostro de la muerta. Casi rozando aquellos párpados inmóviles,
empecé a gritar, revolviéndome entre los brazos de la Galinda. De pronto, con
el pelo suelto, al otro lado de la cama aparecióse Antonia. Me arrebató a la
vieja criada y me apretó contra el pecho sollozando y ahogándose. Bajo los
besos acongojados de mi hermana, bajo la mirada de sus ojos enrojecidos, sentí
un gran desconsuelo... Antonia estaba yerta, y llevaba en la cara una expresión
de dolor extraño y obstinado. Ya en otra estancia, sentada en una silla baja,
me tiene sobre su falda, me acaricia, vuelve a besarme sollozando, y luego,
retorciéndome una mano, ríe, ríe, ríe... Una señora le da aire con su pañolito;
otra, con los ojos asustados, destapa un pomo; otra entra por una puerta con un
vaso de agua, tembloroso en la bandeja de metal.
Yo estaba
en un rincón, sumido en una pena confusa, que me hacía doler las sienes como la
angustia del mareo. Lloraba a ratos y a ratos me distraía oyendo otros lloros.
Debía ser cerca de media noche cuando abrieron de par en par una puerta, y
temblaron en el fondo las luces de cuatro velas. Mi madre estaba amortajada en
su caja negra. Yo entré en la alcoba sin ruido, y me senté en el hueco de la
ventana. Alrededor de la caja velaban tres mujeres y el hermano de Basilisa. De
tiempo en tiempo el sastre se levantaba y escupía en los dedos para espabilar
las velas. Aquel sastre enano y garboso, del chaleco encarnado, tenía no sé qué
destreza bufonesca al arrancar el pabilo e inflar los carrillos soplándose los
dedos.
Oyendo
los cuentos de las mujeres, poco a poco fui dejando de llorar. Eran relatos de
aparecidos y de personas enterradas vivas.
Rayando
el día, entró en la alcoba una señora muy alta, con los ojos negros y el
cabello blanco. Aquella señora besó a mi madre en los ojos mal cerrados, sin
miedo al frío de la muerte y casi sin llorar. Después se arrodilló entre dos
cirios, y mojaba en agua bendita una rama de olivo y la sacudía sobre el cuerpo
de la muerta. Entró Basilisa huscándome con la mirada, y alzó la mano llamándome:
-¡Mira la
abuela, picarito!
¡Era la
abuela! Había venido en una mula desde su casa de la montaña, que estaba a
siete leguas de Santiago. Yo sentía en aquel momento un golpe de herraduras
sobre las losas del zaguán donde la mula había quedado atada. Era un golpe que
parecía resonar en el vacío de la casa llena de lloros. Y me llamó desde la
puerta mi hermana Antonia:
-¡Niño!
¡Niño!
Salí muy
despacio, bajo la recomendación de la vieja criada. Antonia me tomó de la mano
y me llevó a un rincón:
-¡Esa señora
es la abuela! En adelante viviremos con ella
Yo
suspiré:
-¿Y por
qué no me besa?
Antonia
quedó un momento pensativa, mientras se enjugaba los ojos:
-¡Eres
tonto! Primero tiene que rezar por mamá.
Rezó
mucho tiempo. Al fin se levantó preguntando por nosotros, y Antonia me arrastró
de la mano. La abuela ya I levaba un pañuelo de luto sobre el crespo cabello,
todo tic plata, que parecía realzar el negro fuego de los ojos. Sus dedos
rozaron levemente mi mejilla, y todavía recuerdo la impresión que me produjo
aquella mano de aldeana, áspera y sin ternura. Nos habló en dialecto: -Murió la
vuestra madre y ahora la madre lo seré yo... Otro amparo no tenéis en el
mundo... Os llevo conmigo porque esta casa se cierra. Mañana, después de las
misas, nos pondremos al camino.
Al día
siguiente mi abuela cerró la casa, y nos pusimos en camino para San Clemente de
Brandeso. Ya estaba yo en la calle montado en la mula de un montañés que me
llevaba delante en el arzón, y oía en la casa batir las puertas, y gritar
buscando a mi hermana Antonia. No la encontraban, y con los rostros demudados
salían a los balcones, y tornaban a entrarse y a correr las estancias vacías,
donde andaba el viento a batir las puertas, y las voces gritando por mi hermana.
Desde la puerta de la catedral una beata la descubrió desmayada en el tejado.
La llamamos y abrió los ojos bajo el sol matinal, asustada como si despertase
de un mal sueño. Para bajarla del tejado, un sacristán con sotana y en mangas
de camisa saca una larga escalera. Y cuando partíamos, se apareció en el atrio,
con la capa revuelta por el viento, el estudiante de Bretal. Llevaba a la cara
una venda negra y bajo ella creí ver el recorte sangriento de las orejas
rebanadas a cercén.
En
Santiago de Galicia, como ha sido uno de los santuarios del mundo, las almas
todavía conservan los ojos abiertos para el milagro.

MIGUEL DE UNAMUNO
(Historia muy vulgar)
¡La pobre! Era una languidez traidora que iba ganándole el
cuerpo todo de día en día. Ni le quedaban ganas para cosa alguna: vivía sin
apetito de vivir y casi por deber. Por las mañanas costábale levantarse de la
cama, ¡a ella, que se había levantado siempre para poder ver salir el sol! Las
faenas de la casa le eran más gravosas cada vez.
La primavera no resultaba ya tal para ella. Los árboles,
limpios de la escarcha del invierno, iban echando su plumoncillo de verdura;
llegábanse a ellas algunos pájaros nuevos; todo parecía renacer. Ella no
renacía.
«¡Esto pasará —decíase—, esto pasará!» queriendo creerlo a
fuerza de repetírselo a solas. El médico aseguraba que no era sino una crisis
de la edad: aire y luz, nada más que aire y luz. Y comer bien; lo mejor que
pudiese.
¿Aire? Lo que es como aire le tenían en redondo, libre,
soleado, perfumado de tomillo, aperitivo. A los cuatro vientos se descubría
desde la casa el horizonte de tierra, una tierra lozana y grasa que era una
bendición del Dios de los campos. Y luz, luz libre también. En cuanto a comer...
«pero, madre, si no tengo ganas...»
—Vamos, hija, come, que a Dios gracias no nos falta de qué;
come —le repetía su madre, suplicante. —Pero si no tengo ganas le he dicho...
—No importa. Comiendo es como se las hace una.
La pobre madre, más acongojada que ella, temiendo se le fuera
de entre los brazos aquel supremo consuelo de su viudez temprana, se había
propuesto empapizarla, como a los pavos. Llegó hasta a provocarle bascas, y
todo inútil. No comía más que un pajarito. Y la pobre viuda ayunaba en ofrenda
a la Virgen pidiéndole diera apetito, apetito de comer, apetito de vivir, a su
pobre hija.
Y no era esto lo peor que a la pobre Matilde le pasaba; no era
el languidecer, el palidecer, marchitarse y ajársele el cuerpo; era que su
novio, José Antonio, estaba cada vez más frío con ella. Buscaba una salida, sí;
no había dudado de ello; buscaba un modo de zafarse y dejarla. Pretendió
primero, y con muy grandes instancias, que se apresurase la boda, como si
temiera perder algo, y a la respuesta de madre e hija de: «No; todavía no,
hasta que me reponga; así no puedo casarme», frunció el ceño. Llegó a decirle
que acaso el matrimonio la aliviase, la curase, y ella, tristemente: «No, José
Antonio, no; éste no es mal de amores; es otra cosa: es mal de vida.» Y José
Antonio la oyó mustio y contrariado.
Seguía acudiendo a la cita el mozo, pero como por compromiso,
y estaba durante ella distraído y como absorto en algo lejano. No hablaba ya de
planes para el porvenir, como si éste hubiera para ellos muerto. Era como si
aquellos amores no tuviesen ya sino pasado.
Mirándole como a espejo, le decía Matilde:
—Pero, dime, José Antonio, dime, ¿qué te pasa?; porque tú no
eres ya el que antes eras...
—¡Qué cosas se te ocurren, chica! ¿Pues quién he de ser?...
—Mira, oye: si te has cansado de mí, si te has fijado ya en
otra, déjame. Déjame, José Antonio, déjame sola, porque sola me quedaré; ¡no
quiero que por mí te sacrifiques!
—¡Sacrificarme! Pero ¿quién te ha dicho, chica, que me
sacrifico? Déjate de tonterías, Matilde.
—No, no, no lo ocultes; tú ya no me quieres...
—¿Que no te quiero?
—No, no, ya no me quieres como antes, como al principio...
—Es que al principio...
—¡Siempre debe ser principio, José Antonio!; en el querer
siempre debe ser principio; se debe estar siempre empezando a querer.
—Bueno, no llores, Matilde, no llores, que así te pones
peor...
—¿Que me pongo peor?, ¿peor?; ¡luego estoy mal!
—¡Mal... no!; pero... Son cavilaciones...
—Pues, mira, oye: no quiero, no; no quiero que vengas por
compromiso...
—¿Es que me echas?
—¿Echarte yo, José Antonio, yo?
—Parece que tienes empeño en que me vaya...
Rompía aún a llorar la pobre. Y luego, encerrada en su cuarto,
con poca luz ya y poco aire, mirábase Matilde una y otra vez al espejo y volvía
a mirarse en él. «Pues no, no es gran cosa —se decía—; pero las ropas cada vez
se me van quedando más grandes, más holgadas; este justillo me viene ya flojo,
puedo meter las dos manos por el; he tenido que dar un pliegue más a la saya...
¿Qué es esto, Dios mío, que es?» Y lloraba y rezaba.
Pero vencían los veintitrés años, vencía su madre, y Matilde
soñaba de nuevo en la vida, en una vida verde y fresca, aireada y soleada,
llena de luz, de amor y de campo; en un largo porvenir, en una casa henchida de
faenas, en unos hijos y, ¿quién sabe?, hasta en unos nietos. ¡Y ellos, dos
viejecitos, calentando al sol el postre de la vida!
José Antonio empezó a faltar a las citas, y una vez, a los
repetidos requerimientos de su novia de que la dejara si es que ya no la quería
como al principio, si es que no seguía empezando a quererla, contestó con los
ojos fijos en la guija del suelo: «Tanto te empeñas, que al fin...» Rompió ella
una vez más a llorar. Y él entonces, con brutalidad de varón: «Si vas a darme
todos los días estas funciones de lágrimas, sí que te dejo.» José Antonio no
entendía de amor de lágrimas.
Supo un día Matilde que su novio cortejaba a otra, a una de
sus más íntimas amigas. Y se lo dijo. Y no volvió José Antonio.
Y decía a su madre la pobre:
—¡Yo estoy muy mala, madre; yo me muero!...
—No digas tonterías, hija; yo estuve a tu edad mucho peor que
tú; me quedé en puros huesos. Y ya ves cómo vivo. Eso no es nada. Claro, te
empeñas en no comer...
Pero a solas en su cuarto y entre lágrimas silenciosas,
pensaba la madre: «¡Bruto, más que bruto! Por qué no aguardó un poco..., un
poco, sí, no mucho... La está matando... antes de tiempo...»
Y se iban los días, todos iguales, unánimes, llevándose cada
uno un jirón de la vida de Matilde.
Acercábase el día de Nuestra Señora de la Fresneda, en que
iban todos los del pueblo a la venerada ermita, donde se rezaba, pedía cada
cual por sus propias necesidades y era la vuelta una vuelta de romería, entre
bailes, retozos, cantos y relinchidos. Volvían los mozos de la mano, del brazo
de las mozas, abrazados a ellas, cantando, brincando, jijeando, retozándose.
Era una de besos robados, de restregones, de apretujeos. Y los mayores se reían
recordando y añorando sus mocedades.
—Mira, hija —dijo a Matilde su madre—; está cerca el día de
Nuestra Señora: prepara tu mejor vestido. Vas a pedirle que te dé apetito.
¿No será mejor, madre, pedirle salud?
No, apetito, hija, apetito. Con él te volverá la salud. No
conviene pedir demasiado ni aun a la Virgen. Es menester pedir poquito a
poquito; hoy una miaja, mañana otra. Ahora apetito, que con él te vendrá la
salud, y luego...
Luego, ¿qué, madre?
—Luego un novio más decente y más agradecido que ese bárbaro
de José Antonio.
—¡No hable mal de él, madre!
—¡Que no hable mal de él! ¿Y me lo dices tú? Dejarte a ti, mi
cordera; ¿y por quién? ¿Por esa legañosa de Rita?
—No hable mal de Rita, madre, que no es legañosa. Ahora es más
guapa que yo. Si José Antonio no me quería ya, ¿para qué iba a seguir viniendo
a hablar conmigo? ¿Por compasión? ¿Por compasión, madre, por compasión? Yo
estoy muy mal, lo sé, muy mal. Y a Rita da gusto de verla, tan colorada, tan
fresca...
—¡Calla, hija, calla! ¿Colorada? Sí, como el tomate. ¡Basta,
basta!
Y se fue a llorar la madre.
Llegó el día de la fiesta. Matilde se atavió lo mejor que pudo,
y hasta se dio, ¡la pobre!, colorete en las mejillas. Y subieron madre e hija a
la ermita. A trechos tenía la moza que apoyarse en el brazo de su madre; otras
veces se sentaba. Miraba al campo como por despedida, y esto aun sin saberlo.
Todo era en torno alegría y verdor. Reían los hombres y los
árboles. Matilde entró a la ermita, y en un rincón, con los huesos de las
rodillas clavados en las losas del suelo, apoyados los huesos de los codos en
la madera de un banco, anhelante, rezó, rezó, rezó, conteniendo las lágrimas.
Con los labios balbucía una cosa, con el pensamiento, otra. Y apenas se veía el
rostro resplandeciente de Nuestra Señora, en que se reflejaban las llamas de
los cirios.
Salieron de la penumbra de la ermita al esplendor luminoso del
campo y emprendieron el regreso. Volvían los mozos, como potros desbocados,
saciando apetitos acariciados durante meses. Corrían mozos y mozas excitando
con sus chillidos éstas a aquéllos a que las persiguieran. Todo era
restregones, sobeos y tentarujas bajo la luz del sol.
Y Matilde lo miraba todo tristemente, y más tristemente aún lo
miraba su madre, la viuda.
—Yo no podría correr si así me persiguieran— pensaba la pobre
moza—; yo no podría provocarles y azuzarles con mis carreras y mis chillidos...
Esto se va.
Cruzáronse con José Antonio, que pasaba junto a ellas
acompañando al paso a Rita. Los cuatro bajaron los ojos al suelo. Rita
palideció, y el último arrebol, un arrebol de ocaso encendió las mejillas de
Matilde, de donde la brisa había borrado el colorete.
Sentía la pobre moza en torno de sí el respeto como espesado;
un respeto terrible, un respeto trágico, un respeto inhumano y cruelísimo. ¿Qué
era aquello? ¿Era compasión? ¿Era aversión? ¿Era miedo? ¡Oh, sí; tal vez miedo,
miedo tal vez! Infundía temor; ¡ella, la pobre chiquilla de veintitrés años! Y
al pensar en este miedo inconsciente de los otros, en este miedo que
inconscientemente también adivinaba en los ojos de los que al pasar la miraban,
se la helaba de miedo, de otro más terrible miedo, el corazón.
Así que traspuso el umbral de la solana de su casa, entornó la
puerta; se dejó caer en el escaño, reventó en lágrimas y exclamó con la muerte
en los labios:
—¡Ay mi madre; mi madre, cómo estaré! ¡Como las feas! ¡Cómo
estaré, Virgen santa, cómo estaré! ¡Ni por cumplido, ni por compasión, como
otras: como a las feas! ¡Cómo estaré, Virgen santa, cómo estaré! ¡Ni me han
retozado... ni me han retozado los mozos como antaño! ¡Ni por compasión, como a
las feas! ¡Cómo estaré, madre, cómo estaré!
—¡Bárbaros, bárbaros y más que bárbaros! —se decía la viuda—.
¡Bárbaros; no retozar a mi hija, no retozarla!... ¿Qué les costaba? Y luego a
todas esas legañosas... ¡Bárbaros!
Y se indignaba como ante un sacrilegio, que lo era, por ser el
retozo en estas santas fiestas un rito sagrado.
—¡Cómo estaré, madre, cómo estaré que ni por compasión me han
retozado los mozos!
Se pasó la noche llorando y anhelando, y a la mañana siguiente
no quiso mirarse al espejo. Y la Virgen de la Fresneda, madre de compasiones,
oyendo los ruegos de Matilde, a los tres meses de la fiesta se la llevaba a que
la retozasen los ángeles.
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