![1155920648ar[1].jpg](http://bligoo.com/media/users/1/89550/images/1155920648ar[1].jpg)
Deleuze esquizoanalista
Suely Rolnik
En el relato de un pequeño episodio, toma altura la figura inesperada de un Deleuze esquizoanalista. A través de resonancias de este episodio de la subjetividad, el lector podrá acompañar algunos meandros de un trabajo con el deseo que se orienta especialmente por la cartografía conceptual deleuziana.
Primera escena: 1973. Comienza la amistad con Deleuze, a cuyos
seminarios estoy asistiendo desde hace más de dos años. El vive
diciendo que él es mi esquizoanalista y no Guattari (con el que
efectivamente hago análisis). Un día, me regaló un LP con la ópera Lulú
de Alan Berg, y sugirió un tema: comparar el grito de muerte de Lulu,
personaje principal de esta ópera, con el de María, personaje de
Woizek, otra ópera del mismo compositor.
Mezclando a la Lulú de Berg, con la de Pabst (que hizo un film con
Luise Brooks basado en esta ópera), su imagen es la de una mujer
exuberante y seductora que se mueve en una significativa diversidad de
mundos, en una vida enteramente experimental. En un período de miseria,
en pleno frío de una noche de Navidad, Lulú sale a las calles a hacer
algún dinero. En el anonimato, acaba encontrando nada más y nada menos
que a Jack el Destripador, que evidentemente intentará matarla. En el
momento en que ve la muerte reflejada en el cuchillo que el asesino
apunta contra ella, Lulú suelta un grito lacerante. El timbre de su voz
tiene una extraña fuerza que fascina a Jack casi al punto de desistir
del crimen. También nosotros nos sentimos tocados por esa fuerza:
sentimos vibrar en nuestro cuerpo el dolor de una vigorosa vida que se
resiste a morir.
La otra mujer, María, es una esposa gris de un soldado cualquiera. Su
grito de muerte es casi inaudible, se confunde con el paisaje sonoro.
El timbre de su voz nos transmite el pálido dolor de una vida insulsa,
como si morir fuera casi igual a vivir.
El grito de Lulú nos vitaliza, a pesar y por causa de la intensidad de
su dolor. El grito de María, en cambio, nos arrastra en una melancolía
y nos da deseos de morir.
Segunda escena: 1978. Una clase de canto que hago con dos amigas los sábados por la tarde desde hace algún tiempo. La profesora es Tamia, una cantante que investiga la música contemporánea improvisada, corriente que está muy activa en ese momento. En este día, para nuestra sorpresa, nos pide a cada una que escojamos una canción para trabajar con ella durante toda la clase.
La canción que se me ocurre es una entre tantas de la corriente del
Tropicalismo (intenso movimiento creado que vivimos en Brasil en los
años sesenta y cuya interrupción brutal por la Dictadura fue
indirectamente responsable de mi exilio en París: “cantar como un
pajarito de mañana tempranito…abre las alas pajarito que yo quiero
volar…me llevas por la ventana de la niña hacia la orilla del río…”. Es
Gal la que canta, con aquel timbre suave que explora en algunas
interpretaciones y que tiene el don de emocionar al oyente. A medida
que voy cantando, una vibración semejante se encarna en mi propia voz,
cada vez más firme y cristalina. Soy tomada por un extrañamiento:
primero, la sensación de este timbre que me pertenece desde siempre, y
que a pesar de haber sido silenciado mucho tiempo, es como si nunca
hubiera dejado de expresarlo; después, porque a medida que fluye, su
vibración a pesar de su suavidad parece perforar mi cuerpo, que de
repente se muestra como petrificado. Siento que el blanco del pantalón
y la remera que estoy vistiendo como si fuese una piel/yeso compacta
envolviendo mi cuerpo; más aún, también noto que esta especie de
caparazón está allí hace mucho tiempo, sin que jamás me diese cuenta de
ello. Lo curioso es que ese endurecimiento del cuerpo se revela en el
momento en que mi voz filosa lo perfora, como si de algún modo la voz y
la piel estuviesen imbricadas. ¿Será que el cuerpo se rigidizó junto
con la desaparición del timbre de voz? Sea como fuese, el yeso se había
tornado un estorbo del que me tenía que librar lo más rápido posible.
En ese instante decidí volver a Brasil. Y sin embargo, objetivamente,
nada de mi vida en París me había llevado a tomar tal decisión me
gustaba mucho vivir allí , tenía un círculo de amistades que todavía
conservo, trabajaba con psicóticos y daba clases de análisis
institucional, como yo quería, tanto que nunca había pensado en irme y
mucho menos había hecho planes concretos en esa dirección. Pero volví y
nunca dudé de aquella decisión.
Me llevó algunos años entender lo que había sucedido en aquella clase
de canto, y otros tantos para percibir que aquello podía tener relación
con aquel trabajo que me había propuesto Deleuze.
Lo que mi canto anunciara en mi cuerpo aquella tarde de sábado era que
la herida en el deseo causada por la dictadura había cicatrizado
bastante como para que pudiera volver a Brasil si lo quería así.
Entendámonos sobre la palabra “deseo”: atracción que nos lleva en
dirección a ciertos universos y repulsión que nos aleja de otros, sin
que sepamos exactamente porqué; formas de expresión que creamos para
dar cuerpo a los estados sensibles que esas conexiones y desconexiones
van produciendo en la subjetividad. Pues bien, los regímenes
totalitarios no inciden solamente en lo visible y concreto, sino
también en esa realidad invisible del deseo: sus movimientos tienden a
bloquearse; proliferan políticas microfascistas.
Desde el punto de vista micropolítico, los regímenes de este tipo
acostumbran a instaurarse en la vida de una sociedad multiplicándose
más de lo habitual las conexiones con nuevos universos en la alquimia
general de las subjetividades, provocando verdaderas convulsiones. Son
momentos privilegiados en que se intensifican los movimientos de
creación individual y colectiva, pero que también incuban el peligro de
desencadenar microfascismos si se atraviesa un determinado umbral de
desestabilización. Es que cuando una barrera de estabilidad se rompe,
se corre el riesgo de que las subjetividades más toscas, arraigadas en
el sentido común, vislumbren que hay un peligro de desagregación
irreversible y entran en pánico. Estas subjetividades se piensan
constituidas de una vez para siempre y no entienden que las rupturas
son inherentes a la producción de nuevos contornos, los cuales están
siempre remodelándose en función de nuevas conexiones. La reacción más
inmediata es interpretarlas como una encarnación del mal y atribuirlo,
para protegerse, a características de los universos desconocidos que se
han introducido en su paisaje existencial. La solución es fácil de
deducir: eliminar esos universos, en la figura de sus portadores. Esto
puede ir desde la pura y simple descalificación hasta la eliminación
física. Se espera con eso apaciguar, por lo menos por un tiempo, el
malestar que instaura el advenimiento de diferencias.
Cuando este tipo de política del deseo prolifera, se forma un terreno
fértil para que aparezcan líderes que los encarnen y les sirvan de
soporte: son los regímenes totalitarios de toda clase que proliferan.
Aunque los microfascismos no se producen sólo en estos regímenes, en
ellos estas políticas son la base principal de la subjetividad. Todo
aquello que pueda diferir del “sentido común” pasa a ser considerado
errado, irresponsable, o peor aún, una traición. Como el “sentido
común” se confunde con la propia idea de Nación, diferir de él es
traicionar a la Patria. Más aterrorizador todavía es cuando el sentido
común y la Nación confundidos el uno con el otro, son identificados con
los ideales de una dictadura militar: aparecen entonces las diferentes
versiones del “ámelo o déjelo”.
Esos son momentos de triunfo del sentido común sobre las fuerzas de la
creación. El gesto creador se retrae, por el peligro de castigo que
puede incidir tanto sobre la imagen social, estigmatizándola, como
sobre el propio cuerpo, a través de la prisión, la tortura e incluso la
muerte. Humillada y desautorizada, la dinámica creadora del deseo se
paraliza por el dominio de la culpa o del miedo; en nombre de la
preservación de la vida se puede llegar casi hasta la muerte. El trauma
de las experiencias de este tipo deja una marca venenosa de un disgusto
de vivir; una herida que puede ir contaminando todo, cortando gran
parte de los movimientos de conexión e invención.
Una de las estrategias utilizadas para protegerse de este veneno
consiste en anestesiar en el circuito afectivo las marcas del trauma.
Estas son entonces aisladas por un manto de olvido, evitando que su
veneno contamine el resto y así poder seguir viviendo. Pero el síndrome
del olvido tiende a abarcar mucho más que las marcas del trauma, ya que
el circuito afectivo no es un mapa fijo, sino más bien una cartografía
que se hace y rehace permanentemente de manera tal de que un punto se
puede llegar a vincular a cualquier otro en cualquier momento. Es
entonces que gran parte de la vibratilidad del cuerpo queda
anestesiada, y uno de sus efectos más nefastos es el de separar el
habla de los estados sensibles.
El exilio en París tuvo el sentido de protegerme del daño sísmico que
la experiencia de la dictadura y la prisión me habían causado;
protegerme físicamente a través de la distancia geográfica, pero
también y sobretodo subjetivamente por el distanciamiento de la lengua.
Desinvestí por completo el portugués, y con él las maracas venenosas
del miedo de sufrir que inviabilizan los movimientos del deseo. Para
evitar cualquier contacto con la lengua evitaba inclusive cualquier
contacto con los brasileros; me instalé en el Francés como lengua
adoptiva, sin acento alguno, como si aquella fuese mi lengua materna,
al punto de que muchas veces la gente no me percibía como extranjera.
La lengua francesa pasó a funcionar como una especie de yeso que
contenía mi cuerpo y lo volvía cohesivo como un cuerpo afectivo
agonizante; un acogedor escondrijo de pedazos heridos de mi propio
cuerpo que me eran intolerables, lo cual me permitía hacer nuevas
conexiones y reexperimentar ciertos afectos que se habían tornado
peligrosos en mi propia lengua.
En aquella clase de canto, nueve años después de mi llegada a París,
algo en mí supo sin que yo me diera cuenta, que el envenenamiento
estaba en parte curado, por lo menos lo suficiente para que ya no haya
más peligro de contaminación. El timbre suave de un gusto de vivir
reemergía y me traía de vuelta, ya sin tanto miedo. Pero, finalmente
¿qué fue lo que pasó ese día?
El yeso que hasta entonces había sido una condición de mi
sobrevivencia, a punto de confundirse con mi propia piel pierde el
sentido a partir del momento en que el timbre suave y amoroso recupera
el derecho de existir. Lo que había sido un remedio para el deseo
machucado pasa a tener un efecto paradojal de limitar sus movimientos.
Es probablemente eso lo que hizo que en aquella clase aconteciera todo
de una sola vez: el reaparecimiento del timbre, el descubrimiento de la
dura caparazón y la incomodidad que ella comenzaba a causarme. El yeso
construido en lengua francesa que funcionó como un territorio en el que
mi vida pudo expandirse en un cierto momento, como toda estrategia
defensiva, producía un efecto colateral de restricción. Pero esa
restricción sólo puede ser problematizada cuando la defensa se torna
innecesaria: las innumerables conexiones que yo había hecho en mi
lengua adoptiva habían reactivado la dinámica experimental del deseo.
Yo estaba curada, no del dolor causado por la violencia del trauma,
pues esta es incurable, pero sí de sus efectos dolorosos. Gracias al
canto, reserva y memoria de afectos, se expresó la metabolización de
los efectos del trauma y, junto con eso, la disolución del síndrome de
olvido que se desarrolló como reacción defensiva.
¿Y qué tiene que ver esto con la Lulú de Deleuze? Llegué a París trayendo en mi cuerpo marcado por la dictadura brasilera, una especie de falencia del deseo arrastrando una falencia de voluntad de vivir. Escuchar a Deleuze en sus seminarios, tuvo el misterioso poder de sacarme de ese estado. Algo que no sucedía necesariamente por el contenido de lo que decía, pues al comienzo mi francés no era muy bueno, pero si por su estilo, especialmente por su voz. Su timbre transmitía una riqueza de estados sensibles que parecían poblar su cuerpo, sus palabras y su ritmo parecían emerger de esa riqueza, delicadamente esculpidos por los movimientos del deseo. Esta transmisión contagiaba a todo aquel que lo escuchase.
Un poco más tarde, Deleuze me propone investigar los gritos de muerte
de aquellas dos mujeres. La extraña fuerza que el grito de Lulú
transmite es el de una violenta reacción a la muerte. Es esto lo que el
oyente siente vibrar en su cuerpo y que tiene el efecto de vitalizarlo,
a pesar y por causa de la intensidad de su dolor. La melancolía que
transmite el grito de María, es el de la entrega a la muerte sin
resistirse. Es esto lo que promueve la voluntad de morir de quien la
escucha. En la comparación de esos dos gritos aparecen diferencias de
grados de afirmación de la vida, en particular frente a la muerte. El
aprendizaje es que aún en las situaciones más adversas es posible
resistir a la masacre del deseo en su potencia creadora y continuar
queriendo conexiones. Los gritos de María y Lulú asociados se
transmiten al oyente y lo contagian.
Tal vez no pude pensar nada de eso cuando Deleuze me sugirió este
trabajo. Tal vez porque su figura me intimidase, a pesar de que no
había nada en él que justificase cualquier actitud de reverencia; pero
más probablemente porque la herida era demasiado reciente para que yo
abandonase la estrategia defensiva que había armado como protección
contra el envenenamiento causado por el trauma de la dictadura militar.
Mientras tanto, la dirección que Deleuze me señaló con Lulú y María se
instaló en mi cuerpo y fue trabajando silenciosamente, relativizando
los movimientos del deseo, viabilizando las conexiones y autorizando la
creación. Cuando canté como un pajarito tropicalista se tornó audible
el silenciamiento en mi voz del timbre mortífero de María delante del
peligro de la muerte, y en su lugar apareció nuevamente el timbre de
Lulú. Yo ya podía reconectarme con mi cuerpo, hablar a través del canto
y de sus estados sensibles, reintegrar en la voz el canto y el habla.
Deleuze había sido mi esquizoanalista de hecho al lanzar a través del
timbre del grito en el canto la posibilidad de un efecto analítico,
aunque esa posibilidad se haya realizado muchos años después.
Algunos meses después de la muerte de Guattari le escribí a Deleuze
evocando los tiempos en que el decía que era mi esquizoanalista y
contándole donde había desembocado todo aquello. Como siempre, su
respuesta fue de una densa y generosa simplicidad, propia de un hablar
donde no sobran ni faltan las palabras. En una carta de Junio del 94,
me escribió: ” Nunca pierdas tu gracia, quiero decir, el poder de una
canción”. El quería decir que siempre es posible levantar al deseo de
sus caídas y ponerlo en movimiento, resucitando las ganas de vivir; y
esto depende prioritariamente de los agenciamientos que se hacen.
Oportunidades de este tipo se encuentran donde menos se espera, como es
el caso de una canción popular, generalmente descalificada en la
jerarquía oficial de los valores culturales. Para detectarlas es
preciso desinvestir las creencias a-priori y afinar la escucha para los
afectos que cada encuentro moviliza como criterio privilegiado en la
conducción de nuestras elecciones. ¿No será la gracia la capacidad de
dejarnos contaminar por ese misterioso poder de regeneración de la
fuerza vital, esté donde esté?
(Publicado en la revista Campo Grupal Nº 23 -Abril de 2001)






































