
SELECCION
DE RELATOS
(CUENTOS
MISTERIOSOS)
Amado
Nervo
EL OBSTACULO
Por
el sendero misterioso, recamado en sus bordes de exquisitas plantas en flor y
alumbrado blandamente por los fulgores de la tarde, iba ella, vestida de verde
pálido, verde caña, con suaves reflejos de plata, que sentaba incomparablemente
a su delicada y extraña belleza rubia. Volvió los ojos, me miró larga y
hondamente y me hizo con la diestra signo de que la siguiera.
Eché
a andar con paso anhelado; pero de entre los árboles de un soto espeso surgió
un hombre joven, de facciones duras, de ojos acerados, de labios imperiosos.
–No
pasarás –me dijo, y puesto en medio del sendero abrió los brazos en cruz.
–Sí
pasaré –respondíle resueltamente y avancé; pero al llegar a él vi que permanecía
inmóvil y torvo.
–¡Abre
camino! –exclamé.
–No
respondió.
Entonces,
impaciente, le empujé con fuerza. No se movió.
Lleno
de cólera al pensar que
Me
levanté maltrecho y con más furia aún volví al ataque dos, tres, cuatro veces;
pero el hombre aquel, cuya apariencia no era de Hércules, pero cuya fuerza sí
era brutal, arrojóme siempre por tierra, hasta que al fin, molido, deshecho, no
pude levantarme…
¡Ella,
en tanto, se perdía para siempre!
Aquella
mirada reanimó mi esfuerzo e intenté aún agredir a aquel hombre obstinado e
impasible, de ojos de acero; pero él me miró a su vez de tal suerte, que me
sentí desarmado e impotente.
Entonces
una voz interior me dijo:
–¡Todo
es inútil; nunca podrás vencerle!
Y comprendí
que aquel hombre era mío.
Me pasa frecuentemente, doctor –dijo el enfermo– que
al ejecutar un acto cualquiera paréceme como que ya lo he ejecutado.
No sé si usted experimenta alguna vez esta
sensación tan rara y penosa. Hay amigos que me afirman, quizá por consolarme,
que a ellos íes sucede otro tanto, de vez en cuando. Pero en mí, el caso es
frecuentísimo. Hablo, y apenas he pronunciado una frase, recuerdo, con
vivacidad punzante, que ya la he pronunciado otra vez. Veo un objeto, e
instantáneamente me doy cuenta de que ya lo he mirado de la misma suerte, con
la misma luz, en el mismo sitio... Le aseguro, doctor, que esto se vuelve
insoportable. Acabaré en un manicomio...
Ahora mismo –prosiguió– siento,
recuerdo, estoy seguro de que ya, en otra u otras ocasiones, he descrito mi
enfermedad a usted; sí, a usted, en iguales términos, en la misma habitación
esta... Usted sonreía, corno sonríe ahora. ¡Es horrible! Hasta el chaleco de
piqué labrado que lleva usted lo llevaba entonces. Todo igual.
La teoría de las reencarnaciones pudiera dar
una sombra de explicación al caso; pero sólo una sombra; porque si he vivido
ya otras vidas, han sido diferentes... en distintas épocas, con distintos
cuerpos. ¿Por qué entonces veo las mismas cosas?
El doctor se acarició la barba (que usaba
en forma de abanico). Esto de acariciarse la barba es un lugar común que viene
muy bien en las narraciones... Se acarició la barba y empezó así:
–El caso de usted,
amigo mío, es demasiado frecuente, aunque en esta vez acuse una intensidad poco
común, y tiene dos explicaciones: una fisiológica y otra filosófica. Según la
primera, su sensorio de usted, instantánea, mecánicamente, registra los
fenómenos exteriores, que le transmiten las neuronas. Lo que usted ve u oye,
queda fijado en su cerebro con rapidez extraordinaria, gracias a una sensibilidad
especial; pero queda registrado, sin que usted se dé cuenta de ello. Ahora
bien; después de este registro (una fracción de segundo después), usted se
entera de que ve un objeto, de que oye una frase, ya vistos y oídos a
hurtadillas de su conciencia. Entonces, naturalmente, la memoria de usted se
acuerda de la impresión anterior (aunque sea en esa fracción de segundo) a la
otra, y este recuerdo le proporciona a usted la sensación de duplicidad de que
me habla.
Por tanto –concluyó el doctor–
no debe alarmarse. El fenómeno, en suma, sólo prueba la excelente
conductibilidad de sus células nerviosas, la diligencia con que se opera la
transmisión de sensaciones entre los sentidos y el cerebro, y significa que
tiene usted una naturaleza privilegiada, que responde admirablemente a toda
solicitud exterior.
El enfermo, visiblemente tranquilo, dejó oír un suspiro de
satisfacción.
–¿Y la segunda
explicación, doctor? –preguntó.
–La segunda
explicación es un poco más honda... Nos la da todo un sistema filosófico, cuyos
patrocinadores han sido hombres de
la talla de un Federico Nietzsche3, un Gustavo el Bon y un Blanqui.
Puede sintetizarse así: «Dado que el tiempo
es infinito, y que el número de átomos de que se compone la materia es limitado,
se deduce que los mismos sistemas de combinaciones deben fatalmente
reproducirse»; es decir, que el sistema de combinaciones que, al cabo de más o
menos milenarios, le permitió a usted nacer y vivir, tiene que volverse a dar afortiori,
al cabo de un número w de siglos, de milenarios, de períodos, de ciclos,
de lo que usted guste, ya que, matemáticamente, esas combinaciones, por
numerosas que usted las suponga, no son infinitas. ¿Me entiende usted?
–Sí, doctor,
perfectamente; pero eso que usted dice es estupendo.
–Estupendo y lógico,
amigo mío.
El gran Flammarion6, en una de sus más sugestivas páginas,
supone que, dada la infinidad de mundos, puede formarse en la infinidad del
espacio un planeta idéntico al nuestro, donde acontezcan idénticas cosas; que
pase por idénticos períodos geológicos, para reproducir la historia de los
hombres, sin una tilde de menos. En ese planeta vuelven a guillotinar a Luis XVI, el 21 de enero de
1793.
... Pero no es necesario ampliar la hipótesis. La teoría ortodoxamente
científica, absolutamente matemática de lo limitado de las combinaciones atómicas, nos lleva, aun
sin salir de este mundo que habitamos, a la inevitable conclusión de que el
concurso de infinitamente pequeños que, dadas tales o cuales circunstancias
produjo al hombre llamado Pedro o Juan, ha producido ese mismo hombre n veces
en la sucesión de los tiempos... y lo producirá todavía...
Así, pues, usted como yo, como todos, ha
vivido, quién sabe cuántas veces, la misma vida, y la ha de vivir aún, en el
eterno recomenzar de los siglos, simbolizado por la serpiente que se muerde la
cola...
Pero –exclamó el doctor– basta por hoy de
filosofías. Necesita usted alimentarse bien y a sus horas. Son ya las ocho.
Vaya a tomarse los mismos huevos pasados por agua y la misma leche que se ha
bebido usted en tantas otras existencias idénticas.
«CHEZ-NOUS»
–Pero,
señor, yo no le he permitido a Ud., que me bese....
–¡Ah,
señorita! no se alarme Ud., chez nous,
es la costumbre. Los caballeros besan a las damas en la boca, una vez que están
presentados.
–C’est dróle, murmura la francesita entre
incrédula y pensativa.
Un
hispanoamericano fuma en un tranvía, y el conductor le reprende con la verbosa
solemnidad francesa.
–Ud.
perdone, chez nous fuma uno donde
quiera. Chez nous es el salvoconduto
par excelencia, la disculpa de las disculpas, el pilatesco lavado de manos ante
todas las incorrecciones.
¿Se
infringe un reglamento de policía, se comete una Taita de educación, se pone
uno en ridículo, escandaliza uno el buen sentido del parisiense burgués?
–
Pues Uds. dispensen, chez nous así se
acostumbra.
Y
el francés, épaté, vese forzado a
repetir con cierta condescendencia:
– Qu’es ce qu’on va faire... chez lui c’est comme ça…
Chez nous es
un país fantástico que todo latinoamericano lleva en el bolsillo para uso
inmediato. ¿Que descubre un defecto, una fealdad, una rutina de Paris? ¿Pues chez nous es muy distinto....
Le
gusta una mujer, la sigue diciéndole más flores de las que puede contener un
mocetón. La francesa se enoja, le echa en cara su proceder, y el Tenorio, con
un acento más 6 menos pronunciado, responde ingenuamente:
–Chez nous c’est comme ça, c’est l’habitude.
¡Oh!
cómodo y delicioso chez nous! Llave
de oro para abrir todas las puertas, pase para cometer todas las atrocidades.
Los
franceses hacen cola (font la queue) por riguroso orden de
llegada para entrar a un tranvía, comprar un boleto. El hispanoamericano se
adelanta incuestionablemente, reparte dos o tres codazos, y cátalo a la
vanguardia de los que esperan.
El
pueblo protesta.
–Maladroit!
–C’est
un abus.
–Mal
élevé!
El
americano responde:
–Chez nous on ne fait pas de queue.
Los
franceses exigen pasaporte, ó papeles de identidad para todo.
El
latinoamericano jamás los lleva consigo, y responde solemnemente:
–Chez nous, puede uno viajar sin pasaporte.
Somos un país libre.
Los
franceses encienden sus cigarrillos con pajuelas de azufre.
–Ches
nous hay cerillas magníficas.
Los
franceses fuman un tabaco deteslable: Dans
les cigarettes du Gouvernement français, decía no ha mucho un yankee humorista –il-y-a tout... même du tabac.
–Ches nous ¡qué espléndido tabaco!
Los
tranvías parisienses caminan con lentitud.
–Ches nous nueve puntos bien contados.
En
París las cantinas tienen terrazas. Para beber hay que sentarse.
– «¡Oh!
Ches nous se ingurgita uno diez
cognacs, de pie, junto al mostrador.
»Vous comprenez, c’est plus pratique....»
Pero
un día las costas de Francia se desvanecen ante el regionalista viajero, y al
llegar éste a América, la nostalgia le recibe en la playa. Entonces.... ¡Oh!
Entonces, ante la realidad implacable, ante el dorado recuerdo lejano, el
hombre del chez nous se acaba y nace
otro, otro que no cesa de repetir en medio del atraso y la miseria ambientes:
¡Oh! en París....






































