
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Mil
rayas para unir los pliegues de las manos. Acción de las letras en el ánima del
espacio. Imaginación en la creación de un nuevo caos. Las letras se apuran y
endosan el vencimiento. Las manos deletrean sobre lo blanco y separan, parten,
hienden. La confusión es verosímil. Rayas encima de la transparencia. Las
letras se revuelven, se retuercen y no se hieren. Las manos inducen al oficio
del desorden. Se entiende que las letras odian la tardanza y por eso emergen
versadas en rayas. Las manos componen y descomponen; apenas se ausentan.
Imágenes como de finas serpientes originan brotes del abecedario. Nace el más
prodigioso caos. Las manos indican el reinado de los signos. Se acercan las
letras al relieve de donde surge todo. Las rayas se entretienen en su
puntualidad. Las manos trabajan, sudan, no paran de moverse. Abrevian las rayas
y colocan el énfasis en los enlaces manuscritos. No hay lugar para los
jeroglíficos. Las letras deben entrar con tinta, sin falta. Las manos se
crispan: por poco las gana la rabia. Las rayas cometen unos deslices: ceden
ante la imitación del vuelo raudo del gavilán o buscan parecerse al bosquejo
del ojo o copian las raíces de los árboles proscritos o falsifican el perfil de
aves en lontananza o siguen las huellas del ratón ebrio o remedan los rasgos y
las tildes de lombrices en viaje…
Las manos hacen de las rayas sus bridas y aciertan en la escogencia de las letras que conformarán el caos. Las manos se abren y sienten escozor al cerrarse. El conjunto de jugadas impone un rigor de madeja. Las manos descargan las falanges y se precipita el entramado. Sin ruido se inicia el desarreglo, la provocada confusión. El caos llega anudado entre las manos y con un desparpajo de rayas y las letras a guisa de revoltijo.







































