
La Transfiguración
Una vez más vi esas sombras apuntándome y lanzar la bala en cualquier minuto, pero me bastó abrir los ojos para que desaparecieran al instante. Nada de que preocuparse; la solución no depende de otros. Caras desanimadas, ojos enrojecidos, ojeras de cansancio, párpados caídos, miradas a media luz, muestras claras de una ciudad agotada se presentan ante mí. Dentro de todo, quizás no me vea tan mal. Para salir de la duda me miro en el reflejo de la ventana. Craso error, creo que me veo peor. Vamos pues, andando, y rapidito, me dice don Horacio, mi jefe, a lo cual respondo sumisamente que si, que claro jefecito, que voy volando. Bajo los cinco pisos que me separan de la superficie. Camino tres pasos y ya se me ha olvidado a lo que me había mandado don Horacio. A ver, una breve retrospectiva...claro, eso era: depositar ciento cincuenta mil pesos en el banco que esta a cuatro cuadras de acá, todo el monto a la cuenta de don Sergio Aguayo Meneses, para mi, un perfecto desconocido.
Nubes lentas y espesas bullen en el cielo gris-azulado. Vientos gélidos circulan en dirección sureste. Emprendo mi marcha. Alguien me saluda, pero no logro reconocerlo. Me parece que era Matías o quizás Eduardo, ambos charlatanes de primera. Uno de los dos debe ser o tal vez ninguno. Siendo uno u otro, su saludo me parece intrascendente.
Camino rápido o la gente camina lento. Me detengo ante el semáforo en rojo. Todos pasan, incluso una señora con nieto y todo. Le digo que tenga cuidado, que a su amado nieto lo pueden atropellar y hacerlo puré. Ella me dice que te importa, que el nieto es mío y que ella hacia lo que quería con el. Yo le pregunto, si aparte de malcriarlo dándole en el gusto a sus más mínimos caprichos, le ha enseñado algo de cultura cívica al pequeño. Eso de cruzar con el semáforo en rojo, de no botar la basura a la calle, de dejar bajar antes de subir. Ella no me mira ni me responde y me deja hablando solo o con el aire cada día menos respirable. La turba apurada por no se qué me pasa a llevar como si no me vieran o no existiera. Creo que algo de cierto debe de haber en ello.
El día se ha nublado en toda su magnitud. Una leve brisa balancea la basura de las calles de aquí para allá y de allá a mis pies. Se regalan libros aquí, dice en el escaparate de una librería. Entro y le pregunto al dueño si me regala un libro. El me responde secamente que no, que solamente los venden. Le digo que ahí dice que se regalan. Me dice que aprenda a leer y que vea bien el letrero. Veo: REGALE SUS LIBROS, AQUÍ. ¿Y los vende?, le pregunto. El me responde que si. No exento de ironía le digo que noble negocio tiene usted. El me responde que salga antes que te eche a patadas. Yo le obedezco instantáneamente. Producto del altercado con este sinvergüenza, otra vez se me olvida a lo que me había mandado don Horacio... ¡Ah si, claro! El depósito. Son ciento cincuenta mil pesos, como me gustaría que fueran míos. Doy un suspiro largo y triste, es evidente que el monto no es para mí sino que para Sergio Aguayo Meneses. Continúo mi camino. Muñecos parpadeantes de plástico, de goma, de hule o de tripas parecen levitar en el vértigo callejero, prefiero mirar el suelo antes que “eso”. Pienso, tal vez sea mi día de suerte y encuentre algún billete caído de los bolsillos de un transeúnte despistado. Boletas, envoltorio de dulces, palos de helado, colillas de cigarro, hojas resecas, nada de billetes. ¡Oh, disculpe señor! no me mire con esa cara, chocar con usted no fue intencional ¿Pajarón me dice? Claro, tiene usted toda la razón.
Desde aquí diviso el banco. Hay una larga fila que sale a las calles. Por suerte traigo mi libro de Joyce, Ulises, lectura suficiente para toda una vida y más. Voy a un mesón, relleno los datos en la cartola y me pongo en la fila. Soy el último. Leo. Pasan diez hojas o veinte paginas y ya quedan dos personas antes que yo, suficiente para leer un poco más. “Don Juan Comee caminaba y se movía en tiempos de antaño. Era humanitario y enaltecido además. En la mente portaba secretos confesados y sonreía a caras nobles sonrientes en salones encerados, techados con rebosantes racimos de frutas las manos de una novia y de un novio, noble con noble, fueron trabadas por…”. Alguien me toca el hombro ¿Qué sucede?, le pregunto. Pasa flaco, me dice. Adelanto el libro hasta la pagina 677. Ahí está el depósito. Siete billetes de veinte mil y uno de diez mil, estirados, inmaculados y de última generación. Paso a la ventanilla. Me atiende una bella y dinámica cajera. Le entrego el dinero, digita los datos con rapidez y me entrega el comprobante. Le digo gracias y me quedo paralizado pensando una melodía tal vez dedicada a su eficiencia. Mmm, hexafonía pura. Deberé arrojar todas estas notas al pentagrama, cortarlas en pedacitos y lanzarlas al viento, algo parecido a lo que hacían algunos compositores contemporáneos. Permiso, me dicen. Respondo pase usted y salgo despreocupadamente. La fila ahora es mas larga. ¿En que parte había quedado del libro? En la página doscientos treinta... ¿Y el libro? Oh, fatal, se me ha quedado en el mesón. Me devuelvo, lo diviso, ahí está, intacto. A nadie le interesaría robar un libro, solo a mí y en su gran minuto a Roberto Bolaño. Voy a su rescate, lo tomo y la cajera me sonríe. Me enamoro por diez segundos de ella. Dos pasos fuera y su rostro ya se me ha olvidado. Repaso: deposité el dinero y tengo el libro en mis manos, puedo seguir mi camino. Una veinteañera me mira o por lo menos así me parece. Me detengo para conocerla pero pasa de largo; un mundo ha quedado sin develar. Me siento en una banca a fumar un cigarro sobrante de una noche que ya no recuerdo. Grandes bocanadas se diluyen como si nada en la atmósfera. Hoy es viernes, creo que iré a ver a mi amigo Nicolás, tengo ganas de hablar por horas. Soledad, te dejaré descansar, si mi niña, esta noche. Amigo ¿desea conocer un poco la religión hindú?, me pregunta un tipo calvo y vestido con túnica blanca. Le respondo que si, por supuesto, que el oriente me seduce. Tiene frío, el viento se le cuela por todas partes. Habla, habla y habla. Yo lo escucho, pero mi atención está puesta en otro lugar, en un árbol que se deshoja, en una paloma que picotea infructuosamente el piso o en una nube que tal vez imita la cara de algún presidente. El lo nota, pero parece no importarle. ¿Qué le parece?, me dice. Le digo que claro amigo, que las oportunidades deberían llegar para quienes realmente se las merecen ¿No cree? ¿Que esta diciendo señor? me pregunta algo asustado. Le digo que no se asuste, que me escuche y que no se vaya. Paganini ¿Lo conoce? hizo pacto con el diablo, de eso no tengo dudas, un tipo normal no puede tocar así el violín, aunque yo no crea ni en Dios ni en el diablo, pero en algo hay que creer, todos me lo han dicho, hasta mi hermanita de tres años que no sabe la diferencia entre el bien y el mal. Y Claro que creo en algo, creo en el criterio y el sentido común de la gente, que con eso la justicia se haría por si sola sin jueces corruptos ni dioses injustos ¿O usted encuentra que un asesino en serie, con todas las pruebas en su contra, tenga derecho a un abogado? creo que le dije al chileno-oriental antes o después que desapareciera de mi vista. El cigarro se me acaba, no me quedan más de dos fumadas. Le pego la última calada, lo tiro al suelo y lo aplasto como a una cucaracha. Reanudo mi camino. Los edificios me miran con sus miles de ojos puestos en sus miles de ventanas, me siento intimidado. Camino rápido y llego en pocos minutos a mi destino. Hay tres personas esperando el ascensor, prefiero irme caminando. Subo las escaleras con energía desproporcionada. Mis zapatos retumban en cada piso. Me siento bien, I feel good, Je me sens bien, deduzco que el tratamiento contra la depresión esta dando resultados. Las pastillas son efectivas y un médico respalda mi adicción. Un drogadicto con recetas, que yo sepa, nada que vaya en contra de la ley. Pensamientos irracionales pero felices van, vienen, salen por la ventana rebotan al primer rayo de sol que asoma, se multiplican, convergen, forman constelaciones y desaparecen. Lamento no haber andado con un lápiz para haber anotado algo, mi memoria a corto plazo está cada día peor, pasarán cinco minutos y ya nada recordaré. ¿Como te fue? ¿Quién me habla? Ah, don Horacio, Muy bien, le respondo con seguridad, o creo que tal vez le dije otra cosa, que en diez años me compraré un piano y que me pondré a sacar sonatas de Beethoven. Ya cabrito cállate que me mareas, me dice y entra a su despacho cinco estrellas. Y yo creo que aquí no hay nada más que hacer, por ahora. Miro por la ventana hacia la calle. Hay un taco de proporciones. Bocinazos que crean intervalos disonantes, garabatos imposibles de transcribir al papel y una catedral dando campanadas cada cuarenta minutos se confunden con esa melodía Debussyana que no logro retener. Me siento en el escritorio y todas las incertidumbres vuelven a mí. Sin embargo, no sin dificultad, logro rescatar algunas certezas: Fui al banco e hice el depósito, mis bolsillos seguirán vacíos hasta fin de mes, mi nombre no ha cambiado y desde este minuto, ya no seré el mismo de antes.
Acusamos recibo de la obra de Boris Alejandro Rival Aranguiz, más información o contacto a progreborobass@hotmail.com - Estudios: Cuatro años de Licenciatura en Música en Utech, Inacap (ex Vicente Pérez Rosales)






































