LA DAMA INCÓGNITA
La
dama incógnita realizó su milagro de luz durante el ocaso de una lámpara. Su
mirada se reflejó en el espesor de las
sombras. Su muda palabra rebotó sobre el horizonte esparcido por una brisa con olor a remozada agua. Ella, la dama, pensó en su
misterio con los ladridos acallados de los perros que se amaban en el jardín
tras las tormentas. En la altura de su pecho recayó el recuerdo de un pájaro
que había decidido sosegarse allí.
La
dama quiso reconocerse en la postergación del arco iris, mas la semilla que le
amargaba le impidió el tránsito hacia la elocuencia de los matices. Su corazón,
velozmente, produjo una pedrada en el techo agonizante de un reino sustentado
en mármoles obsesos. Ella había visto ejecutar a los caballos rebeldes y había
contemplado a sus fantasmas encabritados en las noches con crines de tinieblas.
La
dama deseaba descansar encima de las flores de loto enamoradas de los cantos de
la rana. Entretanto el brillo de los signos agobiantes de ilusorias campanas
guiaba sus pasos en los recodos de un tiempo súbitamente amaestrado. Sin
embargo, el tesoro prometido bostezaba debajo de las lápidas que el cansancio
de los siglos había mantenido inmóviles.
Alguien
le habló a la dama. Una voz de imprecisa gravedad le hizo girar el cuerpo. Era
el destino irrevocable que imantaba sus pasos y los conducía hacia el silencio
de horas torcidas. Sus ojos se desnudaron y mostraron la fábula de un oasis que
se perdió en medio de tormentas de arena en la frontera movediza.
La
dama arrinconó los paisajes que la sensualidad evocaba para ella. ¿Cuál de
ellos la hacía suspirar? El de las montañas con caracoles y un cieno terso que
soportaba el peso de los cuerpos, mientras los grillos acumulaban chirridos en
cada capullo y copulaban para mantener el equilibrio del fuego en el
crepúsculo.
La
incógnita dama cambió de improviso su traje y una nube vaporosa, magnánima, sin
incendio notable, se le adhirió a la desnudez y le redobló las ansias. Una
luciérnaga entera se le escondió en el talle y la abrasó con su noche de transfigurado
rescoldo. La dama plegó los brazos y las aureolas de sus senos se mecieron
dentro de su naciente prodigio.
El amanecer miró sonreír a la dama y un brillo perfumado entorpeció su partida. Su espalda encontró la serenidad como una almendra de destello hinchado. Ela se vio desnuda y se fue yendo y en la partida sacudió un ala de pájaro en la próxima distancia y se llevó a cuestas una red que propendió hacia las flores que giraban en los remolinos espectrales.






































