
José María Arguedas
( 1911 - 1969 )
La agonía del Rasu-Ñiti
Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero
de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana
que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del
sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del
bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación, era uniforme.
No podía afirmarse que fuera oscuridad; era posible distinguir las
ollas, los sacos de papas, los copos de lana; los cuyes, cuando salían
algo espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La
habitación era ancha para ser vivienda de un indio.
Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la
pieza, sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía para
subir a la troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo
varias hormigas negras subían sobre la corteza del lambras que aún
exhalaba perfume.
—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cascada de
Saño. ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ “Rasu-Ñiti”1 .
Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba
su traje de dansak’ y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la
mano derecha y empezó a tocar las tijeras.
Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle,
en el pequeño corral de la casa, se sobresaltaron.
La mujer del bailarín y sus dos hijas que desgranaban maíz en el corredor, dudaron.
— Madre ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la montaña? —preguntó la mayor.
—¡Es tu padre! —dijo la mujer.
Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes menudos.
Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitación.
“Rasu-Ñiti” se estaba vistiendo. Sí. Se estaba poniendo la chaqueta ornada de espejos.
— ¡Esposo! ¿Te despides? — preguntó la mujer, respetuosamente,
desde el umbral. Las dos hijas lo contemplaron temblorosas.
—El corazón avisa, mujer. Llamen al “Lurucha” y a don Pascual. ¡Qué vayan ellas!
Corrieron las dos muchachas.
La mujer se acercó al marido.
—Bueno. ¡Wamani2 está hablando! —dijo él— Tú no puedes oír. Me
habla directo al pecho. Agárrame el cuerpo. Voy a ponerme el pantalón.
¿Adónde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro del cielo.
—Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está!
Sobre el fuego del sol, en el piso de la habitación, caminaban unas moscas negras.
—Tardará aún la chiririnka3 que viene un poco antes de la muerte.
Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su fuerza,
porque voy a estar bailando.
Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la escalera y en
los hombros de su mujer. Se calzó las zapatillas. Se puso el tapabala y
la montera. El tapabala estaba adornado con hilos de oro. Sobre las
inmensas faldas de la montera, entre cintas labradas, brillaban espejos
en forma de estrella. Hacia atrás, sobre la espalda del bailarín, caía
desde el sombrero una rama de cintas de varios colores.
La mujer se inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba
ya vestido con todas sus insignias! Un pañuelo blanco le cubría parte
de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela roja
del pantalón, ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en la
sombra del tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran
dansak’ “Rasu-Ñiti”, cuya presencia se esperaba, casi se temía, y era
luz de las fiestas de centenares de pueblos.
—¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? —preguntó el bailarín a su mujer.
Ella levantó la cabeza.
—Está —dijo—. Está tranquilo.
—¿De qué color es?
—Gris. La mancha blanca de su espalda está ardiendo.
—Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los tipis de maíz del corredor! ¡Anda!
La mujer obedeció. En el corredor de los maderos del techo,
colgaban racimos de maíz de colores. Ni la nieve, ni la tierra blanca
de los caminos, ni la arena del río, ni el vuelo feliz de las parvadas
de palomas en las cosechas, ni el corazón de un becerro que juega,
tenían la apariencia, la lozanía, la gloria de esos racimos. La mujer
los fue bajando, rápida pero ceremonialmente.
Se oía ya, no tan lejos, el tumulto de la gente que venía a la casa del bailarín.
Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había tropezado en el
campo y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron el corredor.
Fueron a ver después al padre.
Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado
por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba, porque todo
el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían
para alumbrarlo; su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no
tenía expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo,
entre los colores del traje y la rigidez de los músculos.
—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó la mujer a la mayor de sus hijas.
Las tres lo contemplaron, quietas.
—No —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu
padre. La muerte le hace oir todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había
pronunciado las palabras en voz bajísima—. ¡Sí oye! También lo que las
patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre
ti. Oye también el crecimiento de nuestro dios que va a tragar los ojos
de ese caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo él es sólo excremento de
borrego!
Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la fina voz del acero era profunda.
—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! —dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu
padre. El Wamani las hace chocar. Tu padre sólo está obedeciendo.
Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos,
en sus dedos y las hace chocar. Cada bailarín puede producir en sus
manos con ese instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta
fuego: depende del ritmo, de la orquesta y del “espíritu” que protege
al dansak’.
Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el
hervor de su sangre durante las figuras de la danza dependen de quién
está asentado en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y
lanza barretas con los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o
camina en el aire por una cuerda tendida desde la cima de un árbol a la
torre del pueblo.
Yo vi al gran padre “Untu”, trajeado de negro y rojo, cubierto de
espejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus
tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín y
del arpa que tocaban a mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada. El
padre “Untu” aparecía negro bajo la luz incierta y tierna; su figura se
mecía contra la sombra de la gran montaña. La voz de sus tijeras nos
rendía, iba del cielo al mundo, a los ojos y al latido de los millares
de indios y mestizos que lo veíamos avanzar desde el inmenso eucalipto
de la torre. Su viaje duró acaso un siglo. Llegó a la ventana de la
torre cuando el sol encendía la cal y el sillar blanco con que estaban
hechos los arcos. Danzó un instante junto a las campanas. Bajó luego.
Desde dentro de la torre se oía el canto de sus tijeras; el bailarín
iría buscando a tientas las gradas en el lóbrego túnel. Ya no volverá a
cantar el mundo en esa forma, todo constreñido, fulgurando en dos hojas
de acero. Las palomas y otros pájaros que dormían en el gran eucalipto,
recuerdo que cantaron mientras el padre “Untu” se balanceaba en el
aire. Cantaron pequeñitos, jubilosamente, pero junto a la voz del acero
y a la figura del dansak’ sus gorjeos eran como una filigrana apenas
perceptible, como cuando el hombre reina y el bello universo solamente,
parece, lo orna, le da el jugo vivo a su señor.
El genio de un dansak’ depende de quién vive en él: ¿el “espíritu”
de una montaña (Wamani); de un precipicio cuyo silencio es
transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y “condenados”
en andas de fuego? O la cascada de un río que se precipita de todo lo
alto de una cordillera; o quizás sólo un pájaro, o un insecto volador
que conoce el sentido de abismos, árboles, hormigas y el secreto de lo
nocturno; alguno de esos pájaros “malditos” o “extraños”, el hakakllo,
el chusek, o el San Jorge, negro insecto de alas rojas que devora
tarántulas.
“Rasu-Ñiti” era hijo de un Wamani grande, de una montaña con nieve
eterna. Él, a esa hora, le había enviado ya su “espíritu”: un cóndor
gris cuya espalda blanca estaba vibrando.
Llegó “Lurucha”, el arpista del dansak’, tocando; le seguía don
Pascual, el violinista. Pero el “Lurucha” comandaba siempre el dúo. Con
su uña de acero hacía estallar las cuerdas de alambre y las de tripa, o
las hacía gemir sangre en los pasos tristes que tienen también las
danzas.
Tras de los músicos marchaba un joven: “Atok’ sayku”4, el
discípulo de “Rasu-Ñiti”. También se había vestido. Pero no tocaba las
tijeras; caminaba con la cabeza gacha. ¿Un dansak’ que llora? Sí, pero
lloraba para adentro. Todos lo notaban.
“Rasu-Ñiti” vivía en un caserío de no más de veinte familias. Los
pueblos grandes estaban a pocas leguas. Tras de los músicos venía un
pequeño grupo de gente.
—¿Ves “Lurucha” al Wamani?— preguntó el dansak’ desde la habitación.
—Sí, lo veo. Es cierto. Es tu hora.
—¡“Atok’ sayku”! ¿Lo ves?
El muchacho se paró en el umbral y contempló la cabeza del dansak’.
—Aletea no más. No lo veo bien, padre.
—¿Aletea?
—Sí, maestro.
—Está bien. “Atok’ sayku” joven.
— Ya siento el cuchillo en el corazón. ¡Toca! —le dijo al arpista.
“Lurucha” tocó el jaykuy (entrada) y cambió enseguida al sisi nina
(fuego hormiga), otro paso de la danza.
“Rasu-Ñiti” bailó, tambaleándose un poco. El pequeño público entró
en la habitación. Los músicos y el discípulo se cuadraron contra el
rayo de sol. “Rasu-Ñiti” ocupó el suelo donde la franja de sol era más
baja. Le quemaban las piernas. Bailó sin hervor, casi tranquilo, el
jaykuy; en el “sisi nina” sus pies se avivaron.
—¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando! —dijo “Atok’ sayku”, mirando la cabeza del bailarín.
Danzaba ya con brío. La sombra del cuarto empezó a hen-chirse como
de una cargazón de viento; el dansak’ renacía. Pero su cara, enmarcada
por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la
mano izquierda agitaba el pañuelo rojo, como si fuera un trozo de carne
que luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se
percibía mejor el ritmo de la danza. “Lurucha” había pegado el rostro
al arco del arpa. ¿De dónde bajaba o brotaba esa música? No era sólo de
las cuerdas y de la madera.
—¡Ya! ¡Estoy llegando! ¡Estoy por llegar! —dijo con voz fuerte el
bailarín, pero la última sílaba salió como traposa, como de la boca de
un loro.
Se le paralizó una pierna
—¡Está el Wamani! ¡Tranquilo! —exclamó la mujer del dansak’ porque sintió que su hija menor temblaba.
El arpista cambió la danza al tono de Waqtay (la lucha).
“Rasu-Ñiti” hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó en dirección del
rayo de sol que se iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero con el
rostro aún más rígido y los ojos más hundidos, pudo dar una vuelta
sobre su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indiferentes;
porque antes miraba como en abstracto, sin precisar a nadie. Ahora se
fijaron en su hija mayor, casi con júbilo.
—El dios está creciendo. ¡Matará al caballo! —dijo.
Le faltaba ya saliva. Su lengua se movía como revolcándose en polvo.
—¡“Lurucha”! ¡Patrón! ¡Hijo! El Wamani me dice que eres de maíz
blanco. De mi pecho sale tu tonada. De mi cabeza.
Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las tijeras. La otra pierna se le había paralizado.
Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como un pendón de chichería en los meses de viento.
“Lurucha”, que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu
(río de sangre), paso final que en todas las danzas de indios existe.
El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el
corral ni en los campos más lejanos. ¿Las gallinas y los cuyes sabían
lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?
La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en
sus brazos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz de colores.
Lo depositó en el suelo. Un cuy se atrevió también a salir de su hueco.
Era macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojísimos revisó un
instante a los hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.
“Rasu-Ñiti” vio a la pequeña bestia. ¿Por qué tomó más impulso
para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran río turbio,
del yawar mayu éste que tocaban “Lurucha” y don Pascual? “Lurucha”
aquietó el endiablado ritmo de este paso de la danza. Era el yawar
mayu, pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos,
cargados con las primeras lluvias; ríos, de las proximidades de la
selva que marchan también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan
todos los polvos y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran,
indeteniblemente. Y estos ríos van entre montañas bajas, oscuras de
árboles. No como los ríos de la sierra que se lanzan a saltos, entre la
gran luz; ningún bosque los mancha y las rocas de los abismos les dan
silencio.
“Rasu-Ñiti” seguía con la cabeza y las tijeras este ritmo denso.
Pero el brazo con que batía el pañuelo empezó a doblarse; murió. Cayó
sin control, hasta tocar la tierra.
Entonces “Rasu-Ñiti” se echó de espaldas.
—¡El Wamani aletea sobre su frente! —dijo “Atok’ sayku”.
—Ya nadie más que él lo mira —dijo entre sí la esposa—. Yo ya no lo veo.
“Lurucha” avivó el ritmo del yawar mayu. Parecía que tocaban
campanas graves. El arpista no se esmeraba en recorrer con su uña de
metal las cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas. Las
cuerdas de tripa. Pudo oírse entonces el canto del violín más
claramente.
A la hija menor le atacó el ansia de cantar algo. Estaba agitada,
pero como los demás, en actitud solemne. Quiso cantar porque vio que
los dedos de su padre que aún tocaban las tijeras iban agotándose, que
iban también a helarse. Y el rayo de sol se había retirado casi hasta
el techo. El padre tocaba las tijeras revolcándolas un poco en la
sombra fuerte que había en el suelo.
“Atok’ sayku” se separó un pequeñísimo espacio, de los músicos. La
esposa del bailarín se adelantó un medio paso de la fila que formaba
con sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron más
rígidos. ¿Qué iba a suceder luego? No les habían ordenado que salieran
afuera.
—¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó “Atok’ sayku”, mirando.
“Rasu-Ñiti” dejó caer las tijeras. Pero siguió moviendo la cabeza y los ojos.
El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon (el borde del
rayo). Todo en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El violín no
lo pudo seguir. Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del pequeño
público, con el arco y el violín colgándole de las manos.
“Rasu-Ñiti” movió los ojos; la córnea, la parte blanca, parecía
ser la más viva, la más lúcida. No causaba espanto. La hija menor
seguía atacada por el ansia de cantar, como solía hacerlo junto al río
grande, entre el olor de flores de retama que crecen a ambas orillas.
Pero ahora el ansia que sentía por cantar, aunque igual en violencia,
era de otro sentido. ¡Pero igual en violencia!
Duró largo, mucho tiempo, el “illapa vivon”. “Lurucha” cambiaba la
melodía a cada instante, pero no el ritmo. Y ahora sí miraba al
maestro. La danzante llama que brotaba de las cuerdas de alambre de su
arpa, seguía como sombra el movimiento cada vez más extraviado de los
ojos del dansak’; pero lo seguía. Es que “Lurucha” estaba hecho de maíz
blanco, según el mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el
arpa y las manos del músico funcionaban juntos; esa música hizo
detenerse a las hormigas negras que ahora marchaban de perfil al sol,
en la ventana. El mundo a veces guarda un silencio cuyo sentido sólo
alguien percibe. Esta vez era por el arpa del maestro que había
acompañado al gran dansak’ toda la vida, en cien pueblos, bajo miles de
piedras y de toldos.
“Rasu-Ñiti” cerró los ojos. Grande se veía su cuerpo. La montera le alumbraba con sus espejos.
“Atok’ sayku” salió junto al cadáver. Se elevó ahí mismo, danzando;
tocó las tijeras que brillaban. Sus pies volaban. Todos estaban
mirando. “Lurucha” tocó el lucero kanchi (alumbrar de la estrella), del
wallpa wak’ay (canto del gallo) con que empezaban las competencias de
los dansak’, a la media noche.
—¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi pecho, aleteando! —dijo el nuevo dansak’.
Nadie se movió.
Era él, el padre “Rasu-Ñiti”, renacido, con tendones de bestia
tierna y el fuego del Wamani, su corriente de siglos aleteando.
“Lurucha” inventó los ritmos más intrincados, los más solemnes y
vivos. “Atok’ sayku” los seguía, se elevaban sus piernas, sus brazos,
su pañuelo, sus espejos, su montera, todo en su sitio. Y nadie volaba
como ese joven dansak’; dansak’ nacido.
—¡Está bien! —dijo “Lurucha”—. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá
en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol del medio día en el
nevado, brillando.
—¡No lo veo! —dijo la esposa del bailarín.
—Enterraremos mañana al oscurecer al padre “Rasu-Ñiti”.
—No muerto. ¡Ajajayllas! —exclamó la hija menor—. No muerto. ¡Él mismo! ¡Bailando!
“Lurucha” miró profundamente a la muchacha. Se le acercó, casi
tambaleándose, como si hubiera tomado una gran cantidad de cañazo.
—¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita cóndor! ¡Dansak’ no muere! — le dijo.
—Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.
(1961)
Poeta+arica, poesía+ariqueña, escritor, Daniel+Rojas+Pachas, carrollera, música+histórica, Daniel+Rojas, escritor+ariqueño, escritor+chileno, poeta+chileno







































la agonia de rasu ñiti
leelo!!!