
LA DOBLE LLAMA
Todos los días oímos esta frase: nuestro siglo es el siglo de la comunicación.
Es un lugar común que, como todos, encierra un equívoco. Los medios modernos de
transmisión de las noticias son prodigiosos; lo son mucho menos las formas en
que usamos esos medios y la índole de las noticias e informaciones que se
transmiten en ellos. Los medios muchas veces manipulan la información y,
además, nos inundan con trivialidades. Pero aun sin esos defectos toda
comunicación, incluso la directa y sin intermediarios, es equívoca. El diálogo,
que es la forma más alta de comunicación que conocemos, siempre es un
afrontamiento de alteridades irreductibles. Su carácter contradictorio consiste
en que es un intercambio de informaciones concretas y singulares para el que
las recibe. Digo verde y aludo a una sensación particular, única e inseparable
de un instante, un lugar y un estado psíquico y físico: la luz cayendo sobre la
yedra verde esta tarde un poco fría de primavera. Mi interlocutor escucha una
serie de sonidos, percibe una situación y vislumbra la idea de verde. ¿Hay
posibilidades de comunicación concreta? Sí, aunque el equívoco nunca desaparece
del todo. Somos hombres, no ángeles. Los sentidos nos comunican con el mundo y,
simultáneamente, nos encierran en nosotros mismos: las sensaciones son
subjetivas e indecibles. El pensamiento y el lenguaje son puentes pero,
precisamente por serlo, no suprimen la distancia entre nosotros y la realidad
exterior. Con esta salvedad, puede decirse que la poesía, la fiesta y el amor
son formas de comunicación concreta, es decir, de comunión. Nueva dificultad:
la comunión es indecible y, en cierto modo, excluye la comunicación: no es un
intercambio de noticias sino una fusión. En el caso de la poesía, la comunión
comienza en una zona de silencio, precisamente cuando termina el poema. Podría
definirse al poema como un organismo verbal productor de silencios. En la
fiesta —pienso, ante todo, en los ritos y en otras ceremonias religiosas— la
fusión se opera en sentido contrario: no el regreso al silencio, refugio de la
subjetividad, sino entrada en el gran todo colectivo: el yo se vuelve un
nosotros. En el amor, la contradicción entre comunicación y comunión es aún más
patente.
El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o
desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas
las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como
presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros
brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de
verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos
sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara
y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del
ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos ve por sí solo pero alude a la
totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El
cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia
informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos
perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la
sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más
inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo
carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la
experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil
sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la
esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por
las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del
cuerpo de la pareja, convertido en una substancia infinita que palpita, se
expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante
después, la substancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece
la presencia. Sólo podemos percibir a la mujer amada como forma que esconde una
alteridad irreductible o como substancia que se anula y nos anula.
La condenación del amor carnal como un pecado contra el espíritu no es
cristiana sino platónica. Para Platón la forma es la idea, la esencia. El
cuerpo es una presencia en el sentido real de la palabra: la manifestación
sensible de la esencia. Es el trasunto, la copia de un arquetipo divino: la
idea eterna. Por esto, en el Fedro y en El Banquete, el amor más alto es la
contemplación del cuerpo hermoso: contemplación arrobada de la forma que es
esencia. El abrazo carnal entraña una degradación de la forma en substancia y
de la idea en sensación. Por esto también Eros es invisible; no es una
presencia: es la obscuridad palpitante que rodea a Psiquis y la arrastra en una
caída sin fin. El enamorado ve la presencia bañada por la luz de la idea;
quiere asirla pero cae en la tiniebla de un cuerpo que se dispersa en
fragmentos. La presencia reniega de su forma, regresa a la substancia original
para, al fin, anularse. Anulación de la presencia, disolución de la forma:
pecado contra la esencia. Todo pecado atrae un castigo: vueltos del arrebato,
nos encontramos de nuevo frente a un cuerpo y un alma otra vez extraños.
Entonces surge la pregunta ritual: ¿en qué piensas? Y la respuesta: en nada. Palabras
que se repiten en interminables galerías de ecos.
No es extraño que Platón haya condenado al amor físico. Sin embargo, no condenó
a la reproducción. En El Banquete llama divino al deseo de procrear: es ansia
de inmortalidad. Cierto, los hijos del alma, las ideas, son mejores que los
hijos de la carne; sin embargo, en Las leyes exalta a la reproducción corporal.
La razón: es un deber político engendrar ciudadanos y mujeres que sean capaces
de asegurar la continuidad de la vida en la ciudad. Aparte de esta
consideración ética y política, Platón percibió claramente la vertiente pánica
del amor, su conexión con el mundo de la sexualidad animal y quiso romperla.
Fue coherente consigo mismo y con su visión del mundo de las ideas
incorruptibles, pero hay una contradicción insalvable en la concepción
platónica del erotismo: sin el cuerpo y el deseo que enciende en el amante, no
hay ascensión hacia los arquetipos. Para contemplar las formas eternas y
participar en la esencia, hay que pasar por el cuerpo. No hay otro camino. En
esto el platonismo es el opuesto a la visión cristiana: el eros platónico busca
la desencarnación mientras que el misticismo cristiano es sobre todo un amor de
encarnación, a ejemplo de Cristo, que se hizo carne para salvarnos. A pesar de
esta diferencia, ambos coinciden en su voluntad de romper con este mundo y
subir al toro. El platónico por la escala de la contemplación, el cristiano por
el amor a una divinidad que, misterio inefable, ha encarnado en un cuerpo.
Unidos en su negación de este mundo, el platonismo y el cristianismo vuelven a
separarse en otro punto fundamental. En la contemplación platónica hay
participación, no reciprocidad: las formas eternas no aman al hombre; en
cambio, el Dios cristiano padece por los hombres, el Creador está enamorado de
sus criaturas. Al amar a Dios, dicen los teólogos y los místicos, le
devolvemos, pobremente, el inmenso amor que nos tiene. El amor humano, tal como
lo conocemos y vivimos en Occidente desde la época del «amor cortés», nació de
la confluencia entre el platonismo y el cristianismo y, asimismo, de sus
oposiciones. El amor humano, es decir, el verdadero amor, no niega al cuerpo ni
al mundo. Tampoco aspira a otro ni se ve como un tránsito hacia una eternidad
más allá del cambio y del tiempo. El amor es amor no a este mundo sino de este
mundo; está atado a la tierra por la fuerza de gravedad del cuerpo, que es
placer y muerte. Sin alma —o como quiera llamarse a ese soplo que hace de cada
hombre y de cada mujer una persona— no hay amor pero tampoco lo hay sin cuerpo.
Por el cuerpo, el amor es erotismo y así se comunica con las fuerzas más vastas
y ocultas de la vida. Ambos, el amor y el erotismo —llama doble— se alimentan
del fuego original: la sexualidad. Amor y erotismo regresan siempre a la fuente
primordial, a Pan y a su alarido que hace temblar la selva.
El reverso del Eros platónico es el tantrismo, en sus dos grandes ramas: la
hindú y la budista. Para el adepto de Tantra, el cuerpo no manifiesta la
esencia: es un camino de iniciación. Más allá no está la esencia, que para
Platón es un objeto de contemplación y de participación; al final de la
experiencia erótica el adepto llega, si es budista, a la vacuidad, un estado en
que la nada y el ser son idénticos; si es hindú, a un estado semejante pero en
el que el elemento determinante no es la nada sino el ser —un ser siempre
idéntico a él mismo, más allá del cambio. Doble paradoja: para el budista, la
nada está llena; para el hinduista, el ser esta vacío. El rito central del
tantrismo es la copulación. Poseer un cuerpo y recorrer en él y con él todas
las etapas del abrazo erótico, sin excluir a ninguno de sus extravíos o
aberraciones, es repetir ritualmente el proceso cósmico de la creación, la
destrucción y la recreación de los mundos. También es una manera de romper ese
proceso y detener la rueda del tiempo y de las sucesivas reencarnaciones. El
yogui debe evitar la eyaculación y esta práctica obedece a dos propósitos:
negar la función reproductiva de la sexualidad y transformar el semen en pensamiento
de iluminación. Alquimia erótica: la fusión del yo y del mundo, del pensamiento
y la realidad, produce un relámpago: la iluminación, llamarada súbita que
literalmente consume al sujeto y al objeto. No queda nada: el yogui se ha
disuelto en lo incondicionado. Abolición de las formas. En el tantrismo hay una
violencia metafísica ausente en el platonismo: romper el ciclo cósmico para
penetrar en lo incondicionado. La cópula ritual es, por una parte, una
inmersión en el caos, una vuelta a la fuente original de la vida; por otra, es
una práctica ascética, una purificación de los sentidos y de la mente, una
desnudez progresiva hasta llegar a la anulación del mundo y del yo. El yogui no
debe retroceder ante ninguna caricia pero su goce, cada vez más concentrado,
debe transformarse en suprema indiferencia. Curioso paralelo con Sade, que veía
en el libertinaje un camino hacia la ataraxia, la insensibilidad de la piedra
volcánica.
Las diferencias entre el tantrismo y el platonismo son instructivas. El amante platónico
contempla la forma, el cuerpo, sin caer en el abrazo; el yogui alcanza la
liberación a través de la cópula. En un caso, la contemplación de la forma es
un viaje que conduce a la visión de la esencia y a la participación con ella;
en el otro, la cópula ritual exige atravesar la tiniebla erótica y realizar la
destrucción de las formas. A pesar de ser un rito acentuadamente carnal, el
erotismo tántrico es una experiencia de desencarnación. El platonismo implica
una represión y una sublimación: la forma amada es intocable y así se substrae
de la agresión sádica. El yogui aspira a la abolición del deseo y de ahí la
naturaleza contradictoria de su tentativa: es un erotismo ascético, un placer
que se niega a sí mismo. Su experiencia está impregnada de un sadismo no físico
sino mental: hay que destruir las formas. En el platonismo, el cuerpo amado es
intocable; en el tantrismo el intocable es el espíritu del yogui. Por esto
tiene que agotar, durante el abrazo, todas las caricias que proponen los
manuales de erotología pero reteniendo la descarga seminal; si lo consigue,
alcanza la indiferencia del diamante: impenetrable, luminoso y transparente.
Aunque las diferencias entre el platonismo y el tantrismo son muy hondas
—corresponden a dos visiones del mundo y del hombre radicalmente opuestas— hay
un punto de unión entre ellos: el otro desaparece. Tanto el cuerpo que
contempla el amante platónico como la mujer que acaricia el yogui, son objetos,
escalas en una ascensión hacia el cielo puro de las esencias o hacia esa región
fuera de los mapas que es lo incondicionado. El fin que ambos persiguen está
más allá del otro. Esto es, esencialmente, lo que los separa del amor, tal como
ha sido descrito en estas páginas. Es útil repetirlo: el amor no es la búsqueda
de la idea o la esencia; tampoco es un camino hacia un estado más allá de la
idea y la no-idea, el bien y el mal, el ser y el no-ser. El amor no busca nada
más allá de sí mismo, ningún bien, ningún premio; tampoco persigue una
finalidad que lo trascienda. Es indiferente a toda trascendencia: principia y
acaba en él mismo. Es una atracción por un alma y un cuerpo; no una idea: una
persona. Esa persona es única y está dotada de libertad, para poseerla, el
amante tiene que ganar su voluntad. Posesión y entrega son actos recíprocos.
Como todas las grandes creaciones del hombre, el amor es doble: es la suprema
ventura y la desdicha suprema. Abelardo llamó al relato de su vida: Historia de
mis calamidades. Su mayor calamidad fue también su más grande felicidad: haber
encontrado a Eloísa y ser amado por ella. Por ella fue hombre: conoció el amor;
y por ella dejó de serlo: lo castraron. La historia de Abelardo es extraña,
fuera de lo común; sin embargo, en todos los amores, sin excepción, aparecen
esos contrastes, aunque casi siempre menos acusados. Los amantes pasan sin
cesar de la exaltación al desánimo, de la tristeza a la alegría, de la cólera a
la ternura, de la desesperación a la sensualidad. Al contrario del libertino,
que busca a un tiempo el placer más intenso y la insensibilidad moral más
absoluta, el amante está perpetuamente movido por sus contradictorias
emociones. El lenguaje popular, en todos los tiempos y lugares, es rico en
expresiones que describen la vulnerabilidad del enamorado: el amor es una
herida, una llaga. Pero, como dice San Juan de
El amor no nos preserva de los riesgos y desgracias de la existencia. Ningún
amor, sin excluir a los más apacibles y felices, escapa a los desastres y
desventuras del tiempo. El amor, cualquier amor, está hecho de tiempo y ningún
amante puede evitar la gran calamidad: la persona amada está sujeta a las
afrentas de la edad, la enfermedad y la muerte. Como un remedio contra el
tiempo y la seducción del amor, los budistas concibieron un ejercicio de
meditación que consistía en imaginar al cuerpo de la mujer como un saco de
inmundicias. Los monjes cristianos también practicaron estos ejercicios de
denigración de la vida. El remedio fue vano y provocó la venganza del cuerpo y
de la imaginación exasperada: las tentaciones a un tiempo terribles y lascivas
de los anacoretas. Sus visiones, aunque sombras hechas de aire, fantasmas que
la luz disipa, no son quimeras: son realidades que viven en el subsuelo
psíquico y que la abstención alimenta y fortifica. Transformadas en monstruos
por la imaginación, el deseo las desata. Cada una de las criaturas que pueblan
el infierno de San Antonio es un emblema de una pasión reprimida. La negación
de la vida se resuelve en violencia. La abstención no nos libra del tiempo: lo
transforma en agresión psíquica, contra los otros y contra nosotros mismos.
No hay remedio contra el tiempo. O, al menos, no lo conocemos. Pero hay que
confiarse a la corriente temporal, hay que vivir. El cuerpo envejece porque es
tiempo como todo lo que existe sobre esta tierra. No se me oculta que hemos logrado
prolongar la vida y la juventud. Para Balzac la edad crítica de la mujer
comenzaba a los treinta años; ahora a los cincuenta. Muchos científicos piensan
que en un futuro más o menos próximo será posible evitar los achaques de la
vejez. Estas predicciones optimistas contrastan con lo que sabemos y vemos
todos los días: la miseria aumenta en más de la mitad del planeta, hay
hambrunas e incluso en la antigua Unión Soviética, en los últimos años del
régimen comunista, aumentó la tasa de la mortalidad infantil. (Ésta es una de
las causas que explican el desplome del imperio soviético). Pero aun si se
cumpliesen las previsiones de los optimistas, seguiríamos siendo súbditos del
tiempo. Somos tiempo y no podemos substraernos a su dominio. Podemos transfigurarlo,
no negarlo ni destruirlo. Esto es lo que han hecho los grandes artistas, los
poetas, los filósofos, los científicos y algunos hombres de acción. El amor
también es una respuesta: por ser tiempo y estar hecho de tiempo, el amor es,
simultáneamente, conciencia de la muerte y tentativa por hacer del instante una
eternidad. Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de
tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que
van a morir; en todos los amores, aun en los más trágicos, hay un instante de
dicha que no es exagerado llamar sobrehumana: es una victoria contra el tiempo,
un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y
todo lo que es realmente es.
La juventud es el tiempo del amor. Sin embargo, hay jóvenes viejos incapaces de
amor, no por impotencia sexual sino por sequedad de alma; también hay viejos
jóvenes enamorados: unos son ridículos, otros patéticos y otros más sublimes.
Pero ¿podemos amar a un cuerpo envejecido o desfigurado por la enfermedad? Es
muy difícil, aunque no enteramente imposible. Recuérdese que el erotismo es
singular y no desdeña ninguna anomalía. ¿No hay monstruos hermosos? Además, es
claro que podemos seguir amando a una persona, a pesar de la erosión de la
costumbre y la vida cotidiana o de los estragos de la vejez y la enfermedad. En
esos casos, la atracción física cesa y el amor se transforma. En general se
convierte no en piedad sino en com-pasión, en el sentido de compartir y
participar en el sufrimiento de otro. Ya viejo, Unamuno decía: no siento nada
cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen
las suyas. La palabra pasión significa sufrimiento y, por extensión, designa
también al sentimiento amoroso. El amor es sufrimiento, padecimiento, porque es
carencia y deseo de posesión de aquello que deseamos y no tenemos; a su vez, es
dicha porque es posesión, aunque instantánea y siempre precaria. El Diccionario
de Autoridades registra otra palabra hoy en desuso pero empleada por Petrarca:
comphatía. Deberíamos reintroducirla en la lengua pues expresa con fuerza este
sentimiento de amor transfigurado por la vejez o la enfermedad del ser amado.
Según la tradición, el amor es un compuesto indefinible de alma y cuerpo; entre
ellos, a la manera de un abanico, se despliegan una serie de sentimientos y
emociones que van de la sexualidad más directa a la veneración, de la ternura
al erotismo. Muchos de esos sentimientos son negativos: en el amor hay
rivalidad, despecho, miedo, celos y finalmente odio. Ya lo dijo Catulo: el odio
es indistinguible del amor. Esos afectos y esos resentimientos, simpatías y
antipatías, se mezclan en todas las relaciones amorosas y componen un licor
único, distinto en cada caso y que cambia de coloración, aroma y sabor según
cambian el tiempo, las circunstancias y los humores. Es un filtro más poderoso
que el de Tristán e Isolda. Da vida y muerte: todo depende de los amantes.
Puede transformarse en pasión, aborrecimiento, ternura y obsesión. A cierta
edad, puede convertirse en comphatía. ¿Cómo definir a este sentimiento? No es
un afecto de la cabeza ni del sexo sino del corazón. En el fruto último del
amor, cuando se ha vencido a la costumbre, al tedio y a esa tentación insidiosa
que nos hace odiar todo aquello que hemos amado.
El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo, estira los
minutos y los alarga como siglos. El tiempo, que es medida isócrona, se vuelve
discontinuo e inconmensurable. Pero después de cada uno de esos instantes sin
medida, volvemos al tiempo y a su horario: no podemos escapar de la sucesión.
El amor comienza con la mirada: miramos a la persona que queremos y ella nos
mira. ¿Qué vemos? Todo y nada. No por mucho tiempo; al cabo de un momento,
desviamos los ojos. De otro modo, ya lo dije, nos petrificaríamos. En uno de
sus poemas más complejos, Donne se refiere a esta situación. Arrobados, los amantes se miran interminablemente:
wee, like sepulchrallstatues lay;
All day, the same our postures were,
And wee said nothing, all the day.
Si se
prolongase esta inmóvil beatitud, pereceríamos. Debemos volver a nuestros
cuerpos, la vida nos reclama:
Love mysteries in soules doe grow,
But yet the body is his booke.
Tenemos que mirar, juntos, al mundo que nos rodea. Tenemos que ir más allá, al
encuentro de lo desconocido.
Si el amor es tiempo, no puede ser eterno. Está condenado a extinguirse o a
transformarse en otro sentimiento. La historia de Filemón y Baucis, contada por
Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, es un ejemplo encantador. Júpiter
y Mercurio recorren Frigia pero no encuentran hospitalidad en ninguna de las
casas adonde piden albergue, hasta que llegan a la choza del viejo, pobre y
piadoso Filemón y de su anciana esposa, Baucis. La pareja los acoge con
generosidad, les ofrece un lecho rústico de algas y una cena frugal, rociada
con un vino nuevo que beben en vasos de madera. Poco a poco los viejos
descubren la naturaleza divina de sus huéspedes y se prosternan ante ellos. Los
dioses revelan su identidad y ordenan a la pareja que suba con ellos a la
colina. Entonces, con un signo, hacen que las aguas cubran la tierra de los
frigios impíos y convierten en pantano sus casas y sus campos. Desde lo alto,
Baucis y Filemón ven con miedo y lástima la destrucción de sus vecinos; después,
maravillados, presencian como su choza se transforma en un templo de mármol y
techo dorado. Entonces Júpiter les pide que digan su deseo. Filemón cruza unas
cuantas palabras con Baucis y ruega a los dioses que los dejen ser, mientras
duren sus vidas, guardianes y sacerdotes del santuario. Y añade: puesto que
hemos vivido juntos desde nuestra juventud, queremos morir unidos y a la misma
hora: «que yo no vea la pira de Baucis ni que ella me sepulte». Y así fue:
muchos años guardaron el templo hasta que, gastados por el tiempo, Baucis vio a
Filemón cubrirse de follajes y Filemón vio cómo el follaje cubría a Baucis.
Juntos dijeron: «Adiós esposo» y la corteza ocultó sus bocas. Filemón y Baucis
se convirtieron en dos árboles: una encina y un tilo. No vencieron al tiempo,
se abandonaron a su curso y así lo transformaron y se transformaron.
Filemón y Baucis no pidieron la inmortalidad ni quisieron ir más allá de la
condición humana: la aceptaron, se sometieron al tiempo. La prodigiosa
metamorfosis con la que los dioses —el tiempo— los premiaron, fue un regreso:
volvieron a la naturaleza para compartir con ella, y en ella, las sucesivas
transformaciones de todo lo vivo. Así, su historia nos ofrece a nosotros, en
este fin de siglo, otra lección. La creencia en la metamorfosis se fundó, en
No menos triste que ver envejecer y morir a la persona que amamos, es descubrir
que nos engaña o que ha dejado de querernos. Sometido al tiempo, al cambio y a
la muerte, el amor es víctima también de la costumbre y del cansancio. La
convivencia diaria, si los enamorados carecen de imaginación, puede acabar con
el amor más intenso. Poco podemos contra los infortunios que reserva el tiempo
a cada hombre y a cada mujer. La vida es un continuo riesgo, vivir es
exponerse. La abstención del ermitaño se resuelve en delirio solitario, la fuga
de los amantes en muerte cruel. Otras pasiones pueden seducirnos y
arrebatarnos. Unas superiores, como el amor a Dios, al saber o a una causa;
otras bajas, como el amor al dinero o al poder. En ninguno de esos casos
desaparece el riesgo inherente a la vida: el místico puede descubrir que corría
detrás de una quimera, el saber no defiende al sabio de la decepción que es
todo saber, el poder no salva al político de la traición del amigo. La gloria
es una cifra equivocada con frecuencia y el olvido es más fuerte que todas las
reputaciones. Las desdichas del amor son las desdichas de la vida.
A pesar de todos los males y todas las desgracias, siempre buscamos querer y
ser queridos. El amor es lo más cercano, en esta tierra, a la beatitud de los
bienaventurados. Las imágenes de la edad de oro y del paraíso terrenal se
confunden con las del amor correspondido: la pareja en el seno de una
naturaleza reconciliada. A través de más de dos milenios, lo mismo en Occidente
que en Oriente, la imaginación ha creado parejas ideales de amantes que son la
cristalización de nuestros deseos, sueños, temores y obsesiones. Casi siempre
esas parejas son jóvenes: Dafnis y Cloe, Calixto y Melibea, Bao-yu y Dai-yu.
Una de las excepciones es, precisamente, la de Filemón y Baucis. Emblemas del
amor, esas parejas conocen una dicha sobrehumana pero también un final trágico.
Hay una pareja que abarca a todas las parejas, de los viejos Filemón y Baucis a
los adolescentes Romeo y Julieta; su figura y su historia son las de la
condición humana en todos los tiempos y lugares: Adán y Eva. Son la pareja
primordial, la que contiene a todas. Aunque es un mito judeo-cristiano, tiene
equivalentes o paralelos en los relatos de otras religiones. Adán y Eva son el
comienzo y el fin de cada pareja. Viven en el paraíso, un lugar que no está más
allá del tiempo sino en su principio. El paraíso es lo que está antes; la
historia es la degradación del tiempo primordial, la caída del eterno ahora en
la sucesión. Antes de la historia, en el paraíso, la naturaleza era inocente y
cada criatura vivía en armonía con las otras, con ella misma y con el todo. El
pecado de Adán y Eva los arroja al tiempo sucesivo: al cambio, al accidente, al
trabajo y a la muerte. La naturaleza, corrompida, se divide y comienza la
enemistad entre las criaturas, la carnicería universal: todos contra todos.
Adán y Eva recorren este mundo duro y hostil, lo pueblan con sus actos y sus
sueños, lo humedecen con su llanto y con el sudor de su cuerpo. Conocen la
gloria del hacer y del procrear, el trabajo que gasta el cuerpo, los años que
nublan la vista y el espíritu, el horror del hijo que muere y del hijo que
mata, comen el pan de la pena y beben el agua de la dicha. El tiempo los habita
y el tiempo los deshabita. Cada pareja de amantes revive su historia, cada
pareja sufre la nostalgia del paraíso, cada pareja tiene conciencia de la
muerte y vive un continuo cuerpo a cuerpo con el tiempo sin cuerpo...
Reinventar el amor es reinventar a la pareja original, a los desterrados del
Edén, creadores de este mundo y de la historia.
El amor no vence a la muerte: es una apuesta contra el tiempo y sus accidentes.
Por el amor vislumbramos, en esta vida, a la otra vida. No a la vida eterna
sino, como he tratado de decirlo en algunos poemas, a la vivacidad pura. En un
pasaje célebre, al hablar de la experiencia religiosa, Freud se refiere al
«sentimiento oceánico», ese sentirse envuelto y mecido por la totalidad de la
existencia. Es la dimensión pánica de los antiguos, el furor sagrado, el
entusiasmo: recuperación de la totalidad y descubrimiento del yo como totalidad
dentro del Gran Todo. Al nacer, fuimos arrancados de la totalidad; en el amor
todos nos hemos sentido regresar a la totalidad original. Por esto, las
imágenes poéticas transforman a la persona amada en naturaleza —montaña, agua,
nube, estrella, selva, mar, ola— y, a su vez, la naturaleza habla como si fuese
mujer. Reconciliación con la totalidad que es el mundo. También con los tres
tiempos. El amor no es la eternidad; tampoco es el tiempo de los calendarios y
los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del amor no es grande ni chico: es
la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas
en un instante. No nos libra de la muerte pero nos hace verla a la cara. Ese
instante es el reverso y el complemento del «sentimiento oceánico». No es el
regreso a las aguas de origen sino la conquista de un estado que nos reconcilia
con el exilio del paraíso. Somos el teatro del abrazo de los opuestos y de su
disolución, resueltos en una sola nota que no es de afirmación ni de negación
sino de aceptación. ¿Qué ve la pareja, en el espacio de un parpadeo? La
identidad de la aparición y la desaparición, la verdad del cuerpo y del
no-cuerpo, la visión de la presencia que se disuelve en un esplendor: vivacidad
pura, latido del tiempo.
México, 1 de mayo de 1993






































