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Ojeada sobre América

Enviado por Oliver Beltrán el 17/08/2008 a las 16:22
Oliver Beltrán

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Juan Montalvo

 

Los filósofos han sacado no pocas consecuencias funestas para la especie humana, haciendo un principio de un hecho que bien podía tener lugar fuera de las reglas de la razón, y estableciendo como axiomas palabras sofísticas o atroces juicios de hombres poco adictos al alto Señor Dios, que nunca hubiera creado un mundo en el cual su criatura viviese como en infierno, nadando en sangre, ardiendo en llamas, vociferando contra la divina Providencia. Así, al ver el constante y vasto degüello que tiene lugar de polo a polo, han concluido que la guerra era de derecho natural, y que nuestra vida no estaba en cobro sino con la muerte de nuestros semejantes. Desde Caín hasta nuestros días todo es matarse unos a otros: nacen las humanas sociedades, y matándose principian; el hogar doméstico se riega con sangre, la primera familia sufre el peso de esa dura ley. Hay dos hermanos y el uno mata al otro; Caín, ¿qué has hecho de tu hermano? ¿Soy por ventura su custodio? contesta al Señor el réprobo, dando a entender con su insolencia cuán poco le había derribado una acción que él pensaba acaso tenerla por derecho propio. Conque la familia está manchada en sangre. Fórmase la tribu, y esa tribu procura dar con otra con quién entrar en guerra: los hijos de Jacob no dieron al mundo pobladores pacíficos: el maldito y el bendito de su padre son contrarios, se aborrecen de muerte y se hacen cruda guerra. Los israelitas y los amalecitas no pueden respirar el mismo aire; el universo les viene angosto si los unos no exterminan a los otros y quedan dueños de la vasta creación.

¿Cómo es en efecto que el salvaje ignorante e insensible está de suyo al cabo de las cosas que constituyen la guerra? Todo se le ignora, y sabe que puede matar a los demás; carece hasta de los instrumentos necesarios para la vida, y armas no le faltan, y las sabe forjar, y las emplea con arte y sabiduría. El rústico esquimal persigue al hurón, el hurón al iroqués, el iroqués al natche, y el selvoso Nuevo Mundo se llena con el ruido de las armas y los ayes de los moribundos en sus inmensas soledades.

Se forman las naciones, y las naciones se acometen desde sus principios, y las naciones se agarran cuerpo a cuerpo, y las naciones se destruyen. ¿No va el pueblo de Dios en triste cautiverio a Babilonia? Cambises se engolfa con millones de soldados en el desierto, y va sin rumbo, y va sin agua, y va sin guía en busca de pueblos que exterminar. Semíramis alza todos sus reinos, y va sin rumbo, y va sin agua, y va sin guía en busca de pueblos que exterminar. Ciro alza medio mundo y va sin rumbo, y va sin agua, y va sin guía en busca de pueblos que exterminar; y todos estos exterminadores son exterminados, y los conquistadores son conquistados, y los bebedores de sangre beben sangre. Satia te sanguine, quem Sitiste. Y a todo esto la tierra queda despoblada, cumpliendo los hombres con la ley natural de matarse unos a otros.

Cartago no puede sufrir a Roma ni Roma a Cartago; los moros acaban con los españoles, los españoles con los moros; los turcos detestan a los francos, los francos abominan a los turcos, y una guerra eterna está librada entre las razas y religiones diferentes. ¿Qué digo? Los pueblos más civilizados, aquéllos cuya inteligencia se ha encumbrado hasta el mismo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón celoso salta con ímpetus de exterminación. Europa no es estéril, como se diría exageradamente, por motivo de la sangre y los huesos humanos que la fecundizan y devuelven su vigor perdido: todo es campo de batalla, todo pirámides de cráneos, todo inscripciones a las víctimas de los reyes y de las revoluciones. Morat y Waterloo, Rocroy y Marengo, las Navas de Tolosa y la Rochela se encuentran por donde el viajero lleve sus pasos. ¿cuántos millares de hombres no han muerto en la Crimea? ¿Cuántos millares de hombres no han muerto en Solferino? ¿Y cuántos tienen que morir, oh Dios, en los campos que el demonio tiene previstos para sus festines? Y aquí, en este Nuevo Continente, en este virgen mundo están pasando los acontecimientos más terribles que nunca vio la tierra.

Veis a una gran nación dividirse en dos falanges formidables: hermanos eran ayer, hoy enemigos; se arman de la cabeza a los pies, blandean la espada y se amenazan. Notad esa mirada horrible... ¡Qué odio, qué rencor, qué furia no indican esos ojos sanguíneos, esa arqueada ceja, ese aspecto cuyos rasgos todos intimidan a los enemigos de la paz! Llegó el instante . . . los ríos corren bramando con redoblado caudal, a causa de la sangre que cae en ellos a torrentes: la metralla destruye las ciudades, la muerte en todas formas se ceba en los americanos. Media nación ha perecido, y nadie triunfa, porque de los restos sojuzgados salen asesinos y siguen matando: ¿a quién? ¡Al libertador de los esclavos, al amigo de las leyes, al padre de los pueblos! Dad un paso y en Méjico halláis a la muerte de mantel largo, borracha, dando gritos y danzando frenética de un extremo al otro de la infortunada República. El mejicano muere por defender su patria, el francés por dar nuevos esclavos a la suya; el dominicano muere por defender su patria, el español por dar nuevos esclavos a la suya; pero todos mueren y cumplen con la ley natural de matarse unos a otros.

El Plata corre también ensangrentado arrastrando hacia el mar cadáveres sin cuento. Si las naciones no aciertan a matar con propias fuerzas, se ligan, aúnan las armas y, fuertes contra el débil, aniquilan al menor número, cosa para ellas de gran júbilo, materia de Te Deum, iluminaciones y fuegos de Bengala. El Brasil, Uruguay y Buenos Aires, agavillados contra el heroico Paraguay, sostienen con la punta de la lanza no sé qué derechos, piden no sé qué seguridades, llevan adelante no sé qué pretensiones que ellos mismos no aciertan a entender, no sabiendo de fijo sino que tanto más labrarán su fortuna cuanto más acosen al vecino, disminuyan su resistencia, lastimen al género humano. Buen derecho, punto de honra, cualquier cosa podrá mediar allí; pero al hombre de bien, al hombre civilizado, al cristiano le basta saber que el Brasil es comerciante de carne humana, que compra y vende esclavos, para inclinarse a su adversario y poner de su parte la razón. Dios nos guarde de esos pueblos feroces que mandan buques a Guinea o a las Costas de Oro, y allí con agujas, chapadores de cristal y abalorios se vuelven dueños de sus semejantes, amos de sus iguales, tiranos de los desgraciados. Estos pueblos jamás tienen razón, porque ella es una misma cosa con Dios, y Dios reprueba ese mercadear infame, esa ganancia impía sacada de la libertad ajena. Como quiera que sea, el Paraná y el Plata arrastran sangre en lugar de agua, y mugientes e impetuosos van a teñir los mares.

Atravesad las Pampas, en donde ni por deshabitada y oscura está la tierra libre de la muerte, porque el silvestre gaucho vuela en su yegua veloz tras el viajero y allí luego le mata; y dais en Chile, abrasada a la hora de hoy en guerra que amenaza ser larga y espantosa. Los enemigos la han mojado ya con su sangre, el orgulloso español ve ya su estandarte flameando en uno de los templos de la nación acometida. He aquí el caso en que la guerra es justa, necesaria. Una potencia amiga se presenta de repente, y encumbrando el pendón de la injusticia, pide dinero, reparaciones, deshonra al que ella tiene por indefenso; pues todo se le niega, que cuando sobra valor, superabundan los medios de resistencia. La lucha es desigual con una nación antigua, avezada a la conquista, poderosa de suyo, ufana con recientes triunfos: empero si una república joven y de estrechos lindes no llevaría lo mejor en la contienda, atentos sus recursos físicos, su fuerza moral es inmensa. De mala gana defendería un caminante una moneda de oro contra un bandido; mas una doncella brega hasta morir por la conservación de su honra, y en la misma debilidad encuentra el violador fuerzas invencibles. Se atraviesa la honra en esta guerra, la libertad corre peligro; pues Chile será fuerte, audaz, terrible y ayudada por la justicia, dará al través con estos viejos godos tan enemigos del reposo. La iniquidad está de su parte. Chile sostiene su derecho; Chile está en guerra, guerra justa para ella, honrosa guerra, permitida, disculpada, aconsejada por la ley de las naciones. Justum est bellum, quibus necessarium et pia armae quibus nulla nisi in armis relinquitur spes.

Se halla el Perú en el mismo trance, el mismo enemigo le acomete. ¿En donde está la paz? ¿Qué rincón ignorado habita ese ente divino? La paz es una lengua de fuego que baja momentáneamente, como el Espíritu Santo, sobre algún mortal afortunado, y torna al cielo, habiendo sido apenas conocida de los hombres. La paz es el demonio de Sócrates, la ninfa Egeria de Numa, el genio de Pen. Oh paz, cordero de Dios, paloma celestial. Paz, ¿en dónde estás ahora? No en el Asia, porque el japonés degüella al franco; no en el Africa, porque el franco degüella al cabila; no en Europa, porque el cosaco degüella al polonés; no en América, porque los americanos se degüellan entre los americanos. La paz es el ave Fénix; nace cada quinientos años, vuela por regiones desconocidas, y cuando muere no deja sino un descendiente: la mirra, el orobias, arden en la pira de esta ave del Paraíso; pero esos humos sabrosos y vivificantes no llegan a nosotros. ¿Por dónde vuela ahora el ave Fénix? ¿Cruza los verdes prados de la Arabia feliz? ¿Para en un oasis del gran desierto de Sahara? ¿Gorgoritea posada tranquilamente en un aroma de los jardines de Bóboli? Si está en alguna de estas partes del mundo, en América no está, nunca ha estado en la desventurada América. Guerra en los Estados Unidos, guerra en Méjico, guerra en la República Argentina, guerra en Chile, guerra en el Perú, en Bolivia, en Venezuela, en Colombia, ¡guerra, guerra!

Guerra en Venezuela, ¡sí!, guerra en Venezuela: guerra sin fin, exterminadora, abominable; treinta mil víctimas ha hecho la revolución; treinta mil ciudadanos menos en las familias; madres, esposas, hijas sin cuento lloran a treinta mil hijos, maridos o padres. Número descomunal para un estadillo miserable en lo perteneciente a la población, aunque grande, egregio en lo que mira al valor, la inteligencia y más prendas morales. ¡Qué desgracia! Venezuela despuntada con la exuberancia de las más ricas y fructuosas plantas, quería ser la primera de las repúblicas de la América latina, si por lo relativo al pensamiento, si por lo tocante a la industria y los progresos materiales: ¿cómo había de ser? La patria de Bolívar abriga en su seno la simiente de los grandes hombres: donde nacen Sucres, Guales y Bellos, por fuerza y razón hay un principio de grandeza que tarde o temprano se desenvolverá grandioso y producirá efectos superiores; la guerra lo embaraza, la guerra lo pervierte, los venezolanos descendientes de los héroes de la independencia, y por el mismo caso llamados al más eminente puesto, se ocupan en matarse entre ellos, en destruirse, en ser inferiores a los que valen menos. Todo es guerra, todo sangre en Venezuela.

¿Pues Colombia? ¡Pobre Colombia! ¡Cómo se han acostumbrado a matar los colombianos! Entre las víctimas de las batallas y las del cadalso dicen que han perecido el largo de 25.000 hombres en estos últimos años. A este paso, ¿qué será de la desdichada América del Sur? Lo que piden sus desiertos para ser campos y tierras pertenecientes a la civilización es pobladores; pues la revolución los despuebla más y más, y con la despoblación y el apego a la matanza viene la barbarie. Y se ha dicho en verdad, la sangre de los colombianos es de muy buena consistencia; les hierve en las venas noblemente, y son capaces de arrojarse a las mayores cosas. Tengo por acertado el dicho vulgar de que en ellos hay algo de franceses, vivos, inquietos, ardientes, acometedores de peligros y rebosando en pundonor. Tal es el carácter de la nación en general; y si el carácter general es bueno, como observa un filósofo, ¿qué importan las excepciones? Poco hace al caso que algunos colombianos me hayan insultado recientemente: no soy hombre de partido, no discurro como parcial; el escritor debe girar en órbita muy dilatada, sin parar la atención en tropiezos incapaces de detenerle en su carrera; no debe expresarse como rojo ni conservador, como secuaz de Mosquera ni Arboleda, como urbinista ni floreano; ésta es mezquina condición que no habla con los que profesan la verdad. El que habla mal de mí, no habla de mí: ni he sabido que Diógenes se haya irritado contra los que le llamaban tonto y querían hacer fisga de él. Diógenes, esa gente se burla de vos. Y yo, respondió el filósofo, no me tengo por burlado. Tan cierto es, como afirma Cicerón, que el hombre de bien no puede recibir injuria.

¡Lástima grande que tan buenas cualidades vengan a ser no tan útiles como pudieran, si los granadinos tirasen un poquillo la rienda al pensamiento y se dejasen estar quedos en donde la razón lo manda! Si algo les falta es buen juicio; son alborotados, anhelosos de lo imposible, progresistas a despecho del progreso la mayor parte de ellos; los otros, por convicción o por contradicción, apenas si se mueven. De aquí resulta un choque sempiterno entre los exaltados y los moderados, entre el espíritu de progreso violento y el espíritu de progreso paulatino, entre el sistema de Chateaubriand y el de los Girondinos. Yo pienso que el acierto está en la moderación, y tengo por axioma digno de Sócrates el vulgar proverbio que dice que despacio se va lejos. No merece aplauso aquel frenesí de progresar atropellando por la razón, la prudencia, la filosofía y todo; menos aún aquel espíritu de quietismo que aconseja no dar un paso, aquella tenacidad en aferrarse a lo establecido, bueno o malo, aquella alma de plomo que cae verticalmente y se asienta como de punto para más no levantarse. Si nos lanzamos ciegos tras lo que a nosotros mismos se nos ignora, corremos el peligro de dar pasos en vago, a modo del Cíclope de Virgilio que persigue a los griegos de Ulises, dando trancadas descomunales sin saber dónde pisaba. El paso más seguro es ése sostenido, firme y al mismo tiempo moderado con el cual no se pierde el aliento y se llega tarde o temprano a donde uno se propone. Arrancad vuestro caballo, y en media hora salváis dos o tres leguas; pero allí le faltan las fuerzas; espumoso y jadeante, temblando, cae y os deja en media jornada Ponedle en paso llano, tenedle a media rienda, y fresco y robusto llega a donde os dirigíais. Entre los granadinos unos quieren volar a toda rienda, otros moverse como tortugas, y se encuentran, y se chocan, y resultan heridos en la frente: de ahí la guerra, de ahí la sangre que no deja de correr en esas comarcas tan favorecidas por la naturaleza.

¿Cuál de las repúblicas sudamericanas puede lisonjearse de situación pacífica? Respuesta triste y verdadera, ninguna, ninguna. Revolución en Venezuela, revolución en Colombia, revolución en el Perú, revolución en Bolivia; en Bolivia, revolución tras revolución: Linares, Achá, Belzu, Melgarejo, Arguedas, se derriban unos a otros cada día, y en este campo de Agramante no hay un rey Sobrino que ponga en orden a tanto desordenado ambicioso que derrama la sangre de sus propios hermanos por designios que nada tienen que ver con la patria ni con la libertad. La libertad y la patria en la América Latina son la piel de carnero con que el lobo se disfraza; patria dicen los traidores, los enemigos de ella, los que la venden a Europa: éstos son americanos cuando va en ello su provecho; mañana volverán a ser franceses o españoles, enemigos de la turbulenta demagogia de América, reconocedores del imperio mejicano. ¡Oh escarnio!, ¡oh ruin juego de pasiones!, ¡oh inicuo entremeterse en la política para mal del género humano!

Es asimismo Centro-América teatro de sangrientas escenas: Carrera, el selvático y poderoso. Carrera, ese Maximino falsificado, desoló a Guatemala, el Salvador y otras repúblicas; tiranizó a todas, corrompió a muchas, y la guerra y el patíbulo fueron la orden del día durante la larga dominación de ese indio atroz. Carrera ha muerto, y el cadalso sigue de pie, y más y más se gallardea en las ciudades. ¿Pues no matan a Barrios a despecho de la palabra empeñada, a despecho de la misericordia y de la ley? Barrios representaba en Centro-América el liberalismo, el americanismo, el progreso; pues matan a Barrios, y los tiranos siguen reinando en las tinieblas, y la sangre corre, y el hombre vive para la desgracia.

¡El Ecuador ha vivido en paz! ¡Oh desdichada paz! ¡Oh paz vergonzosa y miserable! Esta ha sido la paz de la cárcel en donde los pobres indios tributarios gemían amontonados sufriendo el látigo de los capataces; la paz de los condenados a bóvedas, la paz de los obrajes: silencio profundo o llanto ahogado; abatimiento, miseria, terror, esclavitud. Los deportados al Napo están en paz; los cadáveres encerrados en los nichos de San Diego están en paz. En vez de esta paz quiero la guerra, la guerra con todos sus trabajos y desdichas: la guerra de los cartagineses, la guerra de los moros, la guerra de los judíos, cualquiera guerra, cualquiera muerte; porque al fin el que muere deja de ser esclavo, deja de temer, y empieza a descansar; descansa sí, descansa en el seno de Dios, y olvida las miserias y calamidades de este mundo.

¿Y qué llaman paz los sayones del tirano? Dos guerras con la Nueva Granada, centenares de víctimas; fuga, deshonra, vergüenza, ¿ésto llaman paz? Mil y mil conspiraciones sofocadas, ahogadas en sangre; infinitos hombres muertos en los calabozos y el patíbulo; ¿ésto llaman paz? ¡Esta es la paz de los demonios! Idos con vuestra paz a los infiernos.

Ved aquí, americanos, el cuadro fiel de América; extiendo la mirada del uno al otro extremo del continente, y no veo sino guerra en todas las naciones conocidas que se titulan civilizadas. ¿Quién sabe si en Patagonia y Polinesia los salvajes son más felices que nosotros? No es probable; en guerra deben de estar; en guerra constante, perpetua están los záparos con los jíbaros, los jíbaros con los canelos, los canelos con los murgas, y el hombre civilizado y el salvaje cumplen con la ley natural de matarse unos a otros.

No ha sido mi intento desfavorecer al continente americano con esta pintura sombría y nada halagadora; de América he hablado, porque de América quería hablar. No es más feliz Europa, y nada tiene que echarnos en cara en punto a calamidades y desventuras. Verdad es que en algunos de sus pueblos reina la paz a la hora de hoy; pero ¡qué paz! Media nación armada, apercibida a la pelea, mantiene en paz a la otra media nación; Estados que han menester setecientos mil soldados sobre las armas, ¿podrán lisonjearse de la paz? Que falte un punto ese forzado equilibrio; y la guerra se precipita afuera, rugiendo y sacudiendo un tizón ensangrentado. La paz de Europa no es la paz de Jesucristo, no; la paz de Europa es la paz de Francia e Inglaterra, la desconfianza, el temor recíproco, la amenaza; la una tiene ejércitos para sojuzgar el mundo, y sólo así se cree en paz; la otra se dilata por los mares, se apodera de todos los estrechos, domina las fortalezas más importantes de la tierra, y sólo así se cree en paz. Los zuavos, los húsares, los cazadores de Vincennes son la paz de Francia; los buques acorazados, Gibraltar, Malta son la paz de Inglaterra. ¡Paz mezquina e inútil aquélla que necesita las lanzas y cañones! Rusia ahogando a Polonia, ahorcándola, azotándola, mandándola a los steps de Siberia, es la paz de Europa. La Gran Puerta degollando, desterrando, aniquilando a mansalva a los montenegrinos, es la paz de Europa. Prusia defendiendo el derecho divino, oprimiendo a Dinamarca, despedazando a los ducados; con su rey Guillermo, ese triste Fernando VII, con su Bismark, ese horroroso duque de Alba, es la paz de Europa; Austria remachando más y más las cadenas de Venecia, sepultándola en los pozos, imponiéndole su lengua montaraz a viva fuerza, es la paz de Europa. ¡Oh paz de Europa hermana de la paz de América!

Tras esta paz está la guerra, viva, ardiente, vigente e infalible como ley natural, que no puede dejar de obrar en las humanas sociedades. Mas sea ello como fuere, nunca creeré en esa ley de la naturaleza. Las leyes de la naturaleza son todas justas, blandas, cumplideras; leyes de Dios al fin, y como tales, buenas y caritativas. El hombre las escatima, las pervierte, e investido de un derecho que no tiene, se dispara con sus armas a acometer al hombre. Pues ¿no ha pretendido que la esclavitud tenía origen en la caridad? Según el derecho antiguo el vencedor tenía sobre los vencidos el de matarlos, y aun en el tormento; el vencedor, que en vez de quitar la vida al prisionero le cargaba de cadenas y le hacía su esclavo, era hombre caritativo, El acreedor tenía asimismo sobre el deudor insolvente el poder de vida o muerte, podía matarlo, hacerle pedazos descoyuntándole según le inspirase su perverso instinto; si en vez de poner en ejecución esta facultad monstruosa le hacía esclavo dejándole con vida, era hombre caritativo. Luego la esclavitud nació de la misericordia, como lo sienta el autor de "El Espíritu de las leyes", para refutarlo en seguida victoriosamente.

Si se discurre de ese modo vendremos a parar en que los mayores abusos, las costumbres más atroces, los crímenes de lesa humanidad mismos nacieron de alguna de las acciones aconsejadas por Dios, de alguna de las virtudes teologales. Bien que haya un viso de bondad en no quitar la vida a quien podemos quitarla; pero, ¿quién nos invistió de este derecho? ¿Fue la equidad divina o la injusticia humana? ¿No es ley abominable, reprobada por el cielo, aquello que pone al vencido inocente a merced del vencedor inicuo? ¡Caritativo afecto debió de ser sin duda aquel que inspiró a los romanos la ley por la cual una deuda podía cobrarse en pedazos de carne del cuerpo humano, en miembros palpitantes, atenaceando, desperdigando, haciendo menudo picadillo del infeliz que a pesar de su honradez no podía satisfacerla!

Si la esclavitud tiene su origen en la misericordia, ¿por qué la guerra no había de ser de derecho natural? Los brutos se devoran unos a otros, y esto sin motivos de venganza ni temores para el porvenir, sino tan sólo por natural instinto, por necesidad física e inevitable; el tigre persigue al corzo, el lobo al cordero, el alcotán a la paloma; desde el león hasta la hormiga, desde el águila hasta la abeja todos tienen víctimas, todos se ceban en una especie inferior; la muerte es la vida, la guerra el trabajo que les proporciona la subsistencia. Subamos al hombre; ¿no le vemos a éste devorar al hombre en varias comarcas de la tierra? Pueblos hay en donde los ancianos sirven de plato en los festines de los hijos; otros en donde los extranjeros son muy sabrosos para el ávido diente del salvaje; otros en fin, en donde pelean entre vecinas tribus para agenciarse el alimento en los miembros de los vencidos. Luego tan natural es la guerra entre brutos como entre racionales.

No, no, oh Dios, esto no puede ser; un ente desposeído de razón está muy lejos de otro que la tiene; bien que el tigre devora al corzo, pero ¿vemos que jamás el tigre devora al tigre, ni el oso al oso, el buitre al buitre? Solo el hombre devora al hombre, y en esto viene a ser de peor condición que la bestia misma.

Este es un abuso de su libre albedrío y nada más: ¿cuántas cosas hay que hacemos y no debemos hacer? ¿Cuántas acciones prohibidas por el Legislador Supremo no las estamos poniendo por obra cada día? ¿Cuántas palabras indecorosas, indecentes, que no debía contener la lengua, no las soltamos insolentes a cada paso? El hombre comete adulterio, luego puede cometerlo por derecho; el hombre roba, luego puede robar; el hombre dice soberbio: ¡No hay Dios!, luego Dios no existe. Esto sería tomar el efecto por la causa, uno de los vicios de raciocinio que lleva a los mayores errores, señalado por la lógica como el arma del impío, que la suele forjar, no teniéndola de mejor temple para sus combates. El hombre mata, luego puede matar; puede matar, luego lo hace por derecho propio; lo hace por derecho propio, luego Dios lo permite, lo manda; Dios lo permite, lo manda, luego Dios es. . . ¡Oh Dios, contén el ímpetu del ateo! Rompe esa cadena de blasfemias, pon aquí tu mano y muéstranos la verdad. Matamos así como robamos; matamos así como mentimos; matamos así como envidiamos: todas estas son transgresiones de la ley natural; el estado de guerra es estado de crimen para el que no tiene de su parte la justicia y la defensa propia; y aquel discurso por el cual la guerra viene a ser ley de la naturaleza, y por el mismo caso a investir al Criador de pasiones horrorosas, no es sino el soritis de Caracalla: Quien nada me pide, no confía en mí; quien no confía en mí, se recela; quien se recela, cela, me teme, me aborrece; quien me aborrece, desea mi muerte; quien desea mi muerte, conspira; quien conspira, debe morir. Consecuencias hiladas de este modo no tienen ningún peso en la razón, y no queda en limpio sino el abuso bárbaro, constante que los hombres hacen de uno de sus más preciosos atributos. No debe mentir, y miente, y ha mentido desde el principio del mundo; no debe codiciar, y ha codiciado siempre. Por el mismo tenor, no debe matar, y mata, y ha matado, y ha de matar hasta la consumación de los siglos, porque como dice Platón, no esperéis reformar las costumbres de los hombres a menos que no plazca a la Divinidad enviarnos un Genio revestido de todos sus poderes.

Sin los argumentos de raciocinio hay otros, y de mayor importancia, por donde venimos a la persuasión de que la guerra no es de derecho natural. Si así fuera, el Redentor del mundo no habría predicado la paz, no habría aconsejado el sufrimiento y el perdón de los agravios; porque siendo ellos motivos de guerra, bien así entre personas como entre naciones, —"Sosteneos hubiera dicho, no evitéis la guerra, vengaos de vuestros enemigos"—. La guerra es de derecho humano y como tal, errado, perverso; es el yugo que los reyes ponen a los pueblos, la triste necesidad en que éstos entran a causa de las inicuas tiranías. Y por más que me probasen lo contrario, yo jamás daría ascenso a derecho tan monstruoso; porque según el dicho de Pascal, el corazón tiene razones que la razón no tiene. Esas razones del corazón me convencen de que no debo llevar adelante a viva fuerza mis pretensiones, vertiendo la sangre de mis semejantes; me convencen de que es bárbaro y cruel sentenciar con la espada en favor del fuerte; me convencen de que es cosa indigna del hombre entrar a una ciudad por fuerza de armas, degollar a ciegas, ancianos y niños, hombres y mujeres, culpables e inocentes; me convencen de que es injusto y atroz prevalerse del número y el arte para imponer deshonrosas condiciones a pueblos indefensos, obligarles a duros actos, y donde no, vomitar sobre ellos torrentes de metralla. Esto no lo permite la ley natural, éstas son sugestiones del demonio. Tuvo quien le defienda Jesucristo, partidarios tuvo sin cuento, ejércitos hubiera tenido, y no hemos visto que se haya valido de la fuerza. ¿Peleó con los Judíos? ¿Peleó con los Romanos? Al contrario, improbó la única acción sanguinaria que se cometió por él, volviendo a su lugar la oreja derribada por la espada de uno de sus discípulos. Esto no es instituir la guerra, esto es reprobarla; y ¿ha reprobado Jesucristo ninguna de las leyes naturales?

(El Cosmopolita, Quito, 1866)

 

 

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