
Pregúntale al polvo (Prólogo y Fragmento.)
PRÓLOGO
YO era joven, pasaba hambre, bebía, quería ser
escritor. Casi todos los libros que leía pertenecían a
Cogía de las estanterías
un libro tras otro. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Por qué no alzaba nadie la voz
por encima de la de los demás?
Probé en las distintas
secciones de la biblioteca. La sala de Religión me pareció un páramo tan vasto
como inútil. Fui a la de Filosofía. Di con un par de alemanes resentidos que me
estimularon una temporada, hasta que los olvidé. Probé con las matemáticas,
pero las matemáticas superiores no se diferenciaban de la religión. no me
afectaban en absoluto. Lo que yo buscaba no se encontraba al parecer en ninguna
parte.
Probé con la geología, y
al principio sentí cierta curiosidad, pero me resultó insustancial a la postre.
Descubrí ciertos libros
sobre cirugía y me gustaron los libros sobre cirugía: las palabras eran nuevas
y maravillosas las ilustraciones. En concreto, me gustaron y memoricé los
detalles de las operaciones del mesocolon.
Al final abandoné la
cirugía y volví a la gran sala abarrotada de autores de novelas y cuentos.
(Cuando tenía morapio en abundancia no iba por la biblioteca. Una biblioteca
era un lugar estupendo para pasar el rato cuando no se tenía nada para comer o
beber y cuando la dueña de la casa le perseguía a uno con los recibos atrasados
del alquiler. En la biblioteca, por lo menos, se podía ir al lavabo sin
problemas.) Vi muchísimos compañeros de vagabundeo allí, y casi todos dormidos
sobre el libro abierto.
Seguí recorriendo la sala
general de lectura, cogiendo libros de los estantes, leyendo unas cuantas
líneas, unas cuantas páginas, y dejándolos en su sitio a continuación.
Pero cierto día cogí un
libro, lo abrí y se produjo un descubrimiento. Pasé unos minutos hojeándolo. Y
entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros
municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con
soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía
energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los
renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había
esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los
sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez
soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como
imprevisto.
Tenía tarjeta de lector.
Rellené la hoja del servicio de préstamo, me llevé el libro a casa, me tumbé en
la cama, me puse a leerlo y mucho antes de acabarlo supe que había dado con un
autor que había encontrado una forma distinta de escribir. El libro se titulaba
Pregúntale al polvo y el
autor se llamaba John Fante. Tendría una influencia vitalicia en mis propios
libros. Acabé Pregúntale al polvo y busqué más libros de Fante en la
biblioteca. Encontré dos. Dago red y Espera a la primavera, Bandini.
La calidad era la misma, se habían escrito con el corazón y las entrañas y
no hablaban de otra cosa.
Sí, Fante tuvo sobre mí
un efecto poderoso. Poco después de leer los libros que he citado conviví con una
mujer. Estaba más alcoholizada que yo, sosteníamos peleas violentas y a menudo
le gritaba: «1No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!».
Fante fue para mí como un
dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz, que no hay que
llamar a su puerta. Sin embargo, me ponía a hacer conjeturas sobre el punto
exacto de Angel’s Flight en que al parecer había vivido y hasta pensaba que a
lo mejor seguía viviendo allí. Casi todos los días pasaba por el lugar y me
preguntaba: ¿será ésa la ventana por la que se deslizaba Camila? ¿Es ésa la
puerta de la pensión? ¿Es ése el vestíbulo? No lo he sabido nunca.
Treinta y nueve años más
tarde he vuelto a leer Pregúntale al
polvo. Quiero decir que lo he vuelto a leer este año y que todavía se sostiene,
al igual que las demás obras de Fante, pero que éste es el libro que prefiero
porque constituyó mi primer encuentro con la magia. Escribió otros
libros, además de Dago red y Espera a la primavera, Bandini. Por
ejemplo, Plenitud de vida y The brotherhood of the grape. En la
actualidad está escribiendo otra novela, A dream of Bunker Hill.
Al final, gracias a otras vicisitudes, he conocido al novelista este
mismo año. Queda mucho por decir de la vida de John Fante. Una vida con una
suerte extraordinaria, con un destino horrible y llena de una valentía tan
natural como insólita. Es posible que se cuente algún día, aunque creo que a él
no le gustaría que yo la contase aquí. Permítaseme decir, sin embargo, que en
su forma de escribir y en su forma de vivir se dan las mismas constantes:
fuerza, bondad y comprensión.
Es todo. A partir de este
momento, el libro pertenece al lector.
CHARLES BUKOWSKI
11
P E R O me salió caro. Tranquilo, Arturo,
¿ya te has olvidado de las naranjas? Conté lo que me quedaba. Veinte dólares y
un poco de calderilla. Me asusté. Me puse a barajar cifras, sumé todo lo que
había gastado. Me quedaban veinte dólares... ¡ Imposible! Me habían robado,
había perdido alguna cantidad, había un error en alguna parte. Miré por toda la
habitación, rebusqué en bolsillos y cajones, y aquí se acabó la historia, y me
entró miedo y preocupación y me dije que tenía que ponerme a trabajar, a
escribir otra cosilla rápida, porque un cuento escrito aprisa tenía que ser
bueno. Me instalé ante la máquina y el vacío profundo, el vacío espantoso descendió
sobre mis sesos, y me golpeé la cabeza con los puños, me puse una almohada bajo
los glúteos doloridos y emití exclamaciones de sufrimiento. Fue inútil. Tenía
que verla y no me importaba el precio.
Fui a esperarla al
parking. A las once apareció por la esquina, Sammy el camarero iba con ella.
Los dos me vieron de lejos y bajaron la voz, y cuando Camila llegó al coche,
Sammy dijo: «Hola», pero ella dijo: «¿Qué quieres?».
—Verte —dije.
—Esta noche no puede ser
—dijo ella.
—Más tarde, si te parece.
—No puedo. Tengo cosas
que hacer.
—No tienes tantas cosas
que hacer. Podríamos vernos si quisieras.
Abrió la portezuela del
vehículo para que yo saliera, pero no me moví y ella dijo:
—Sal, por favor.
—Ni hablar.
Sammy sonrió. La cara
femenina se inflamó de cólera.
—¡Sal, maldita sea!
—Me quedo —dije.
—Vamos, Camila —dijo
Sammy.
La interpelada trató de
sacarme a la fuerza, me cogió del jersey y empezó a tirar.
—¿Por qué te comportas
así? —dijo——. ¿No comprendes que no quiero nada contigo?
—Me quedo —dije.
—¡Imbécil! —dijo.
Sammy había echado a
andar hacia la calle. Camila le alcanzó y se alejó la pareja, y yo me quedé
allí solo, aterrado, sonriéndome con lástima por lo que había hecho. En cuanto
desaparecieron de mi vista, salí del coche, subí los escalones de Angel’s
Flight y me introduje en mi cuarto. No acababa de entender por qué me había
comportado de aquel modo. Me senté en la cama y me esforcé por borrar el
episodio de la memoria.
Oí que llamaban a la
puerta. No tuve tiempo de decir adelante porque se abrió la puerta en aquel
punto, me giré y vi en el umbral a una mujer que me miraba con sonrisa extraña.
No era alta, no era hermosa, pero se me antojó atractiva y madura, y tenía unos
ojos negros y nerviosos. Brillaban como suelen brillar los ojos de las mujeres
que ingieren demasiado bourbon, con reflejos cristalinos e insolencia
exagerada. Se quedó en la puerta sin moverse ni decir nada. Vestía con
discreción: chaquetón negro con guarnición de piel, zapatos negros, falda
negra, blusa blanca y bolso pequeño.
—Hola —dije.
—¿Qué haces? —dijo.
—Pues estar aquí.
Me entró miedo. La
presencia y proximidad de aquella mujer me paralizaban; quizá fuera la
impresión de haberla visto tan de repente, quizá la tristeza que me embargaba
en aquel momento, pero su proximidad y el relampagueo vidrioso de sus ojos me
incitaban a levantarme del lecho y cantarle las cuarenta, así que tuve que
contenerme. La sensación duró sólo unos instantes y desapareció. Avanzó por la
habitación con aquellos ojos que me escrutaban con insolencia, y me volví hacia
la ventana, preocupado, aunque no por su insolencia, sino por la sensación que
acababa de traspasarme como una bala. La habitación se había llenado de un olor
aromático, de ese perfume que las mujeres dejan tras de sí en los vestíbulos de
los hoteles de lujo, y la situación hizo que me sintiera nervioso e inseguro.
Cuando llegó a mi altura,
lejos de levantarme, continué inmóvil, tomé una profunda bocanada de aire y al
final la miré otra vez. Tenía la nariz abotonada en la punta, pero no fea, y
unos labios más bien gordezuelos, sin carmín, sonrosados en consecuencia; pero
lo que me llamaba la atención y me atraía eran los ojos: su brillo, su
animalidad, su desfachatez.
Se acercó a la mesa y
cogió el folio que había en el carro de la máquina. Yo no sabía a santo de qué
venía todo aquello. Seguía sin decir palabra, aunque olía la presencia del
licor en su aliento y también el aroma muy particular pero claro de la
decadencia, un aroma dulzarrón y empalagoso, el aroma de la senectud, el aroma
de aquella mujer en trance de envejecer.
Se limité a mirar por
encima lo escrito en el folio; irritada al parecer, tiró la hoja por encima del
hombro y la hoja cayó al suelo en barrena.
—No vale nada —dijo-——.
No sabes escribir. No sabes escribir ni palote.
—Muchas gracias —dije.
Fui a preguntarle qué se
le ofrecía, pero al parecer no era persona a la que le gustasen las preguntas.
Me levanté de la cama de un salto y le presenté la única silla de la estancia.
No la aceptó. Miró primero la silla, después a mí, con actitud meditabunda,
manifestando con una sonrisa su desinterés por sentarse y nada más. Se puso a
recorrer entonces la habitación y a leer los folios que yo había pegado a las
paredes. Eran fragmentos mecanografiados de Mencken, de Emerson y de Whitman.
Los miró todos con sonrisa de burla. ¡Bah, bah, bah!, entre ademanes con los
dedos y un fruncimiento de labios. Tomó asiento en la cama, se bajó el
chaquetón hasta los codos, se llevó las manos a la boca y me miró con desprecio
intolerable.
Y se puso a recitar con
lentitud y dramatismo:
¿Podría ser otra cosa que
profetisa y embustera,
con una madre duende y un padre
monje?
Acunada bajo el agua y tras
echar los dientes en una cruz,
¿podría ser otra cosa que la
ahijada del demonio?
Era de Millay, lo identifiqué
al instante, pero la mujer continuó sin descanso; conocía a Millay más que la
misma Millay, y cuando por fin terminó, alzó la cara, me miré y dijo:
—Esto es literatura. Tú
no sabes nada de literatura. ¡Eres un cretino! —El espíritu de los versos se
había apoderado de mí y cuando se puso a acusarme con tanta brusquedad volví a
sentirme perplejo.
Quise responder, pero me
interrumpió y acometió un discurso profundo y trágico, con una entonación
típica de Barrymore; dijo entre murmullos que era una lástima, una imbecilidad,
un absurdo que un escritor como yo, malo sin remedio, me hubiera enterrado
precisamente en una pensión barata de Los Angeles, California, para escribir
trivialidades que el mundo no leería nunca y nunca tendría ocasión de olvidar.
Se tendió de espaldas,
cruzó los dedos bajo la nuca y se dirigió al techo con aire soñador:
—Me amarás esta noche,
escritor idiota; sí, esta noche me amarás.
—Oiga —dije—, ¿qué pasa
aquí?
Me sonrió.
—¿Importa acaso? Tú no
eres nadie, es posible que yo haya sido alguien, y el amor es nuestro camino
común.
El olor femenino era muy
fuerte en aquellos momentos, impregnaba la habitación entera, tanto que parecía
su habitación y no la mía, que el extraño fuera yo, y pensé que lo mejor era
que saliésemos para que le diera un poco el aire nocturno. Le pregunté si
quería dar una vuelta a la manzana.
Se incorporó en el acto.
—¡Escucha! ¡Tengo dinero,
dinero! ¡Iremos por ahí a tomar un trago!
—De buten —dije—. Una
idea excelente.
Me puse el jersey. Cuando
me volví se encontraba a mi lado y me puso la punta de los dedos en la boca. El
misterioso olor dulzarrón que la envolvía se le notaba tanto en los dedos que
me dirigí a la puerta y la mantuve abierta para que saliese ella primero.
Subimos al vestíbulo. Al
llegar a recepción, me alegré de que la propietaria se hubiese ido a dormir; no
había ningún motivo para ello, pero no quería que la señora Hargraves me viera
con aquella mujer. Le dije que recorriese el vestíbulo de puntillas y siguió la
indicación; disfrutaba de lo lindo, como en una aventura de poca monta; y se
emocionaba y sus dedos me apretaron el brazo con fuerza.
Había niebla en Bunker
Hill, pero no en el centro. Las calles estaban vacías y el ruido de sus tacones
en la acera resonaban entre los edificios viejos. Me tiró del brazo y me
incliné para escuchar lo que quería murmurarme en el oído.
—¡Vas a estar fenomenal!
—me dijo—. ¡Fenomenal!
—Olvidemos eso ahora
—dije yo—. Demos un paseo.
Le apetecía un trago.
Insistió en tomarlo. Abrió el bolso y agité un billete de diez dólares.
—¡Mira! ¡Es dinero! ¡Yo
tengo mucho dinero!
Anduvimos hasta el
Solomon’s Bar, que estaba en la esquina, y donde yo solía jugar a la máquina de
pulsadores. No había nadie, excepción hecha de Solomon, que estaba con la
barbilla apoyada en las manos, preocupado por asuntos laborales. Nos dirigimos
a un reservado que daba a la ventana principal y esperé a que ella se sentase,
pero insistió en que yo lo hiciera primero. Solomon se nos acercó para ver qué
queríamos.
—¡Whisky! —dijo la
mujer—. Una piscina de whisky.
Solomon frunció el ceño.
—Para mí un quinto —dije.
Solomon la miraba con
fijeza, con espíritu indagador, arrugada la calva a causa del ceño fruncido.
Intuí la consanguinidad y me di cuenta de que también ella era judía. Se alejó
Solomon en busca de la bebida y la mujer se quedó con los ojos echando lumbre,
las manos unidas sobre la mesa, cruzando y descruzando los dedos. Me puse a
pensar en la manera de darle esquinazo.
—Te sentará bien un trago
-dije.
Se me echó al cuello
antes de que me diese cuenta de lo que sucedía, pero no lo hizo con ninguna
brusquedad, y con las largas uñas de los cortos dedos hundidas en mi carne me
habló de mi boca, de mi boca maravillosa; Dios mío, qué boca tenía yo.
—¡Bésame! —dijo.
—Claro —dije—. Tomemos un
trago antes.
Apreté los dientes.
—¡O sea que también tú has oído hablar de mí! —dijo—-. Eres como los
demás. Te han hablado de mis heridas, por eso no quieres besarme. ¡Porque te
doy asco!
Me dije: está como una
cabra; tengo que irme de aquí. Me besó, su boca me supo a salchicha alemana
regada con whisky de centeno. Se echó atrás y respiré con alivio. Saqué el
pañuelo y me sequé el sudor de la frente. Solomon volvió con las bebidas. Fui a
pagar, pero la mujer se me adelantó. Solomon fue por el cambio, pero lo llamé y
le di un billete. Lá mujer se quejó y protestó pataleando y dando golpes con
los puños. Solomon alzó las manos para manifestar su impotencia y se quedó con
el dinero de la mujer. Nada más darnos la espalda, dije:
—Señora, la fiesta es
suya. Tengo que irme. —Me abrazó para retenerme y forcejeamos hasta que me dije
que era una tontería. Volví a sentarme y me puse a pensar en otra forma de
escabullirme.
Solomon volvió con el
cambio. Cogí una moneda de cinco centavos del puñado de calderilla y le dije
que me gustaría jugar a la máquina de pulsadores. Me levanté, me dejó pasar sin
decir nada y fui hasta la máquina. Me miraba con ojos de perro de presa y
Solomon la miraba a ella con ojos de asesino. Gané una partida en la máquina y
llamé a Solomon para que se acercase y comprobara la puntuación.
—Solomon, ¿quién es esta
mujer? —le susurré.
No lo sabía. Había estado
en el local aquella misma noche, un poco antes, y había bebido mucho. Le dije
que quería escabullirme por la parte de atrás.
—La puerta de la derecha
—dijo.
La mujer acabó el whisky
y golpeé la mesa con el vaso vacío. Me acerqué, tomé un sorbo de cerveza, le
dije que me disculpara un minuto. Señalé con el pulgar el servicio de
caballeros. Me palmeó el brazo. Solomon me miraba cuando crucé la puerta que
había enfrente de la del lavabo de caballeros. Accedí al almacén, la puerta que
daba al callejón trasero estaba a pocos pasos. En cuanto la niebla me frotó la
cara me sentí mejor. Quería irme lo más lejos posible. No tenía hambre pero
recorrí andando más de kilómetro y medio hasta llegar a un puesto de perritos
calientes sito en Eight Street, donde tomé un café para matar el tiempo. Sabía
que la mujer se presentaría otra vez en mi cuarto cuando se diese cuenta de que
yo había tomado las de Villadiego. Algo me decía que estaba mal de la cabeza,
acaso fuera que había bebido demasiado, aunque no importaba, yo no quería
volver a verla.
Volví a mi cuarto a las
dos de la madrugada. La personalidad de la mujer y el misterioso olor a
senectud seguían presentes en él, ya no era mi cuarto. Por vez primera se había
estropeado su maravilloso sentido de la soledad. Todos los secretos de la
habitación parecían haber quedado al descubierto. Abrí las dos ventanas y
contemplé la niebla que flotaba en grumos melancólicos e inquietos. Me entró
frío y cerré las ventanas, pero aunque el cuarto se había llenado de humedad a
causa de la niebla y mis papeles y libros estaban cubiertos de rocío, el
perfume seguía presente de manera inconfundible. Tenía el gorro escocés de Camila
bajo la almohada. También parecía empapado de aquel olor y cuando me lo apreté
contra la boca, fue como tener la boca hundida en el pelo negro de la mujer. Me
senté ante la máquina de escribir y jugué a pulsar algunas teclas.
No bien hube entrado en calor
cuando oí pasos en el pasillo y supe que la mujer estaba de vuelta. Apagué las
luces a toda velocidad y quedé sumido en las tinieblas, aunque ya era demasiado
tarde, porque sin duda había visto la luz por debajo de la puerta. Llamó, no
respondí. Volvió a llamar, pero permanecí en silencio y encendí un cigarrillo.
Entonces se puso a golpear la puerta con los puños, gritó que la derribaría a
puntapiés, que se pasaría la noche dando patadas a la puerta hasta que le
abriese. Y comenzó a dar patadas, e hizo un ruido tan espantoso en aquella
pensión desvencijada que me precipité sobre la puerta y la abrí.
— ¡Cariño! —dijo, y me
tendió los brazos.
—Dios mío —murmuré—. ¿No
cree usted que ya ha ido demasiado lejos? ¿No se da cuenta de que estoy
francamente harto?
—¿Por qué me abandonaste?
—preguntó—. ¿Por qué lo hiciste?
—Tenía otra cita.
—Cariño —dijo——. ¿Por qué
me mientes?
—Joder.
Cruzó la habitación y
volvió a coger el folio que estaba en la máquina de escribir. Estaba lleno de
insensateces de todas clases, frases aleatorias, mi nombre repetido hasta la
saciedad, hallazgos poéticos. Esta vez, sin embargo, la cara se le iluminó con
una sonrisa.
—¡Es fabuloso! —dijo——.
¡Eres un genio! Mi amor es muy inteligente.
—Tengo muchísimo trabajo
—dije—. ¿Le importaría marcharse, por favor?
Como si hablase con la
pared. Tomó asiento en la cama, se desabrochó el chaquetón y quedó con los pies
colgando.
—Te amo —dijo—. Eres mi
amor y vas a amarme mucho.
—En otra ocasión —dije—.
Esta noche no. Estoy cansado.
El aroma dulzarrón me
calaba hasta el tuétano.
—No bromeo —añadí—. Creo
que es mejor que se vaya. No quiero verme obligado a echarla.
—Estoy muy sola —dijo.
Hablaba en serio. A
aquella mujer le pasaba algo, algo complejo, algo que manaba de ella al mismo
tiempo que aquellas palabras y sentí vergüenza por haberme comportado de un
modo brusco.
—De acuerdo —dije—. Nos
sentaremos y charlaremos un rato.
Acerqué la silla y me
senté a horcajadas, con la barbilla apoyada en el respaldo, sin dejar de
mirarla mientras se acomodaba en el lecho. No estaba tan borracha como pensaba.
Le pasaba algo raro, no se trataba del alcohol y yo quería averiguarlo.
Me contó las mil y una.
Me dijo que se llamaba Vera. Trabajaba de ama de llaves en Long Beach, en la
casa de una familia de judíos ricos. Pero estaba cansada de ser ama de llaves.
Procedía de Pennsylvania, había huido por todo el país porque su marido le
había sido infiel. Había llegado aquel mismo día a Los Angeles, procedente de
Long Beach. Me había visto en el restaurante de la esquina de Olive Street con
Second Street. Me había seguido hasta la pensión porque mis ojos «le habían
penetrado hasta el alma». Pero yo no recordaba haberla visto allí. Estaba
seguro de no haberla visto nunca. Tras averiguar dónde vivía yo, había ido al
local de Solomon y se había emborrachado. Había estado bebiendo todo el día,
pero sólo para tener la audacia suficiente para dirigirse a mí.
—Sé que te doy mucho asco
—dijo——. Y que conoces mis heridas y el horror que tengo bajo la ropa. Pero
tienes que olvidarte de la fealdad de mi cuerpo, porque por dentro soy buena de
verdad, muy buena, y merezco algo más que tu desdén.
No supe qué decir.
—¡Olvídate de mi cuerpo!
—dijo. Me tendió los brazos, las lágrimas le corrían por las mejillas—. ¡Piensa
en mi alma! —dijo—. Mi alma es hermosa, puede darte mucho. No es fea como mi
carne.
Lloraba como una
histérica, con la cara oculta en la cama, mesándose el pelo negro con las
manos, y yo me sentía impotente, no sabía de qué hablaba; ah, mi querida
señora, no llore así, no debe usted llorar de ese modo, le cogí la mano
caliente y traté de decirle que hablaba dándole vueltas a las cosas; era
estupidez pura aquella forma de hablar, era autopersecución, un montón de
tonterías, y me puse a hablar del mismo modo, gesticulando con las manos y
suplicando con el tono de voz.
—Porque es usted una
mujer distinguida, su cuerpo es muy hermoso y todo lo que me cuenta es como una
obsesión, una manía infantil, una secuela de las paperas. No debe usted
preocuparse pues, ni llorar, porque acabará usted dominándolo. Sé que lo
conseguirá.
Pero me conducía con
torpeza y la hacía sufrir más aún, ya que se encontraba metida en un infierno
inventado por ella misma, tan lejos de mí que el sonido de mi propia voz no
hizo más que ensanchar el abismo que nos separaba. Quise hablarle de otras
cosas, quise hacerla reír con mis obsesiones. Señora, fíjese en Arturo Bandini,
Arturo Bandini sí ha sabido conseguir alguna cosilla. Y de debajo de la
almohada saqué el gorro escocés de Camila, adornado con la pequeña borla.
—¿Sabe, señora? Yo
también resulto molesto a los demás. ¿Sabe lo que hago? Me voy a la cama con
este gorrito negro, me lo pongo muy cerca y le digo: «Oh, te amo, te amo,
princesa de ensueño». —Y más cosas que le dije a continuación: yo no era, ay, ningún
ángel; mi alma sabía de meandros y laberintos propios; no se sienta usted tan
sola, señora, porque tiene usted muchísima compañía, tiene nada menos que a
Arturo Bandini, que tiene mucho que contarle. Escuche, escuche: ¿sabe usted lo
que hice una noche? Arturo que lo confiesa todo: ¿sabe usted la acción terrible
que cometí? Cierta noche, una mujer demasiado hermosa para vivir en este mundo
acercóseme en alas del perfume, y yo no pude soportarlo, y quién era jamás lo
supe, una mujer con una piel de zorro y un sombrerito muy mono, y Bandini que
se lanza tras ella, porque era mejor que las fantasías, y la ve entrar en el
Acuario Subterráneo de Bernstein, y como en trance, por una ventana, la ve por
entre las ranas y las truchas, y la ve comer sola; y cuando hubo acabado, ¿sabe
usted lo que hice, señora? No llore, no llore, que aún no ha oído nada, porque
yo soy la caraba, señora, y tengo el corazón lleno de tinta negra; yo, Arturo
Bandini, entré en el Acuario Subterráneo de Bernstein y me senté en la misma silla
en que se había sentado ella, y me estremecí de placer, y manoseé la misma
servilleta que ella había utilizado, y vi una colilla manchada con lápiz de
labios, ¿y sabe usted lo que hice, señora? Usted y sus divertidos problemitas,
pues me comí la colilla, la mastiqué, tabaco, papel y todo, y me la tragué, y
me supo a miel pura de abejas, porque era hermosísima, y había una cuchara
junto al plato y me la guardé en el bolsillo, y de vez en cuando sacaba del
bolsillo la cuchara y la probaba, porque era hermosísima. Amor al detall, una
heroína gratis y de balde, totalmente a merced del negro corazón de Arturo
Bandini, que la recordaría a través de una pecera con truchas y ancas de rana.
No llore, señora; ahórrese las lágrimas por Arturo Bandini, porque él tiene sus
propios problemas, y son problemas de órdago, ni siquiera he empezado a
contárselos, porque podría hablarle de una noche en la playa con una princesa
morena, de su carne sin objeto, de sus besos semejantes a flores marchitas,
flores inodoras del huerto de mi pasión.
No me escuchaba ya, bajó
de la cama temblando, cayó de rodillas ante mí y me rogó le dijera que no era
una mujer repugnante.
—¡Dímelo! -dijo entre
sollozos—. Dime que soy hermosa como otras mujeres.
—¡Pues claro que sí!
Usted es muy hermosa, de verdad.
Quise alzarla del suelo,
pero se aferré a mí con desesperación y no pude hacer otra cosa que calmarla,
pese a que yo era muy torpe y desmañado y ella estaba en el fondo del abismo
que nos separaba, pero seguí intentándolo.
Entonces se puso a hablar
otra vez de sus heridas, de las heridas espantosas que le habían destrozado la
vida, que habían destruido el amor antes de que éste se presentase, que le
habían arrebatado un marido y lo habían arrojado en brazos de otra mujer, todo
lo cual me resultaba fantástico e incomprensible porque, a su manera, era una
mujer hermosa, no era deforme ni tullida no estaba desfigurada y muchos eran
los hombres que la habrían amado.
Se puso en pie con
movimientos indecisos, el pelo le había caído sobre la cara, tenía mechas de
pelo pegadas a las mejillas húmedas de llanto; tenía los ojos llenos de motas y
su mirada era una mirada de maníaca, una mirada llena de resentimiento.
—¡Te las enseñaré!
—exclamó a voz en cuello—. ¡Las verás con tus propios ojos, so embustero, más
que embustero!
Con ambas manos se
desabrochó la falda negra, que formó un nido a sus pies. Se apartó un paso para
desprenderse de ella y me pareció realmente hermosa con la combinación blanca,
y se lo dije.
—Pero si es usted
preciosa —le dije—. Ya se lo dije antes, es usted preciosa.
Comenzó a desabrocharse
la blusa sin dejar de sollozar y le dije que no hacía falta que se quitara más
prendas; me había convencido totalmente y no había necesidad de seguir
haciéndose daño.
—No —dijo—. tienes que
verlas con tus propios ojos. No se podía desabrochar los corchetes de la blusa,
me dio la espalda y me dijo que se los desabrochara yo. Agité la mano.
—Por el amor de Dios, no
piense más en ello —le dije—. Me ha convencido. No tiene por qué hacer un striptease.
—Sollozó con desconsuelo, se cogió la fina blusa con las dos manos y se la
arrancó de un tirón.
Cuando comenzó a alzarse
la combinación, me volví de espaldas y me acerqué a la ventana, porque sabía
que iba a enseñarme algo desagradable; empezó a reírse de mí, a gritarme, a
apuntar con la lengua hacia mi cara de preocupación.
—¡Sí, sí! ¡Tú ya lo sabes
todo! ¡No hace falta que te explique nada sobre lo que voy a enseñarte!
Tenía que acabar con
aquello de una vez, me di la vuelta, vi que no llevaba encima más que las
medias y los zapatos, y entonces le vi las heridas. A la altura de los riñones;
se trataba de una marca de nacimiento o algo por el estilo, una quemadura, una
zona cauterizada, un punto lamentable, seco, vacío, donde no había carne, donde
los glúteos se reducían con brusquedad, se arrugaban y encogían y la carne
parecía muerta. Cerré la boca y dije:
—¿Eso es? ¿Es eso todo,
nada más que eso? Pero si no es nada, si no es más que una tontería. —Pero se
me escurrían las palabras y las tenía que pronunciar a toda prisa para que no
se me atragantasen—. Es absurdo —añadí—. Apenas se nota. Es usted preciosa, es
usted una maravilla.
Se observó con
curiosidad, sin creerme, y volvió a posar los ojos en mí, pero yo seguía
mirándola a la cara, con el vómito flotándome en el estómago, aspiré a pleno
pulmón el olor empalagoso y denso que despedía su presencia y volví a decirle
que era una mujer hermosa, y el adjetivo se me escapó como un gemido, tan
hermosa era, una niña, una criatura virgen, hermosa como pocas, y sin decir
palabra, manchada de rubor, cogió la combinación y metió la cabeza en ella con
un misterioso murmullo de satisfacción en la garganta.
Al mismo tiempo era muy
tímida, y estaba encantadísima, y me reí al comprobar que las palabras me
salían ahora con mayor soltura, así que le repetí sin parar que era preciosa y
que se había comportado como una ingenua. Pero dijo rápido, Arturo, dilo aprisa
porque algo estaba a punto de sucederme por dentro, tenía que salir, así que le
dije que tenía que salir al pasillo un instante y que se vistiera mientras
tanto. Quedó cubierta por la combinación y sus ojos desbordaban alegría al
verme salir. Fui hasta el final del pasillo, hasta el rellano de la escalera de
incendios, y allí lo solté todo, llorando e incapaz de contenerme porque Dios
era un asesino sin escrúpulos, un animal despreciable, es lo que era por
haberle hecho aquello a aquella mujer. Baja de los cielos, Señor, baja y te
reventaré la cara contra el área municipal de Los Angeles, cínico sin perdón.
De no ser por ti, esta mujer no sufriría tamaña deformidad, ni el mundo
tampoco, y de no ser por ti habría podido joderme a Camila López en la playa.
¡Pero no! Te gusta gastar bromas; mira lo que le has hecho a esta mujer, y al
amor de Arturo Bandini por Camila López. En aquel punto, mi tragedia me pareció
más negra que la de la mujer y me olvidé de ella.
Cuando volví, se había
vestido ya y se peinaba delante del espejo. Se había guardado la blusa rata en
el bolsillo del chaquetón. Parecía agotada y serenamente feliz al mismo tiempo,
y le dije que la acompañaba hasta Cercanías, donde podría coger cualquier tren
que pasara por Long Beach. Me dijo que no, que no hacía falta. Me apuntó su
dirección en un trozo de papel.
—Algún día vendrás a Long
Beach —dijo—. Esperará todo el tiempo que haga falta, porque al final vendrás.
Nos despedimos en la
puerta. Me tendió la mano, llena de calidez y de vida.
—Adiós —dijo—. Cuídate.
—Adiós, Vera.
No me quedé solo tras su
partida porque no había manera de huir de aquel perfume tan extraño. Me tumbé
en el lecho e incluso Camila, almohadón con gorro escocés por cabeza, se me
antojó distante, tan distante que no pude evocarla. La melancolía y el deseo se
fueron apoderando de mí poco a poco; la pudiste haber poseído, idiota, pudiste haber
hecho con ella lo que hubieras querido, igual que con Camila, pero no hiciste
nada. Apenas pude dormir por su culpa. Me despertaba y aspiraba la pesadez
dulzona que la mujer había dejado al marcharse, tocaba lo que ella había
tocado, pensaba en el poema que me había recitado. Quedé profundamente dormido
y se me borró todo recuerdo, pero cuando desperté, a las diez de la mañana,
seguía estando cansado, olfateando el aire y pensando continuamente en lo que
había sucedido. Le habría podido decir muchas cosas y ella habría sido muy
comprensiva. Le habría podido decir: mire, Vera, la situación está así y asá,
ha sucedido esto y aquello, y si usted pudiese hacer esto y lo otro, tal vez no
ocurriera de nuevo, porque tal y cual persona piensa de mí que si patatín y que
si patatán, y esto tiene que acabarse; moriré en el empeño si es menester, pero
tiene que acabarse.
Y así todo el santo día,
dándole vueltas; pensando en otros italianos, en Casanova, en Cellini, y
pensando a continuación en Arturo Bandini hasta verme obligado a darme un golpe
en la cabeza. Luego me pongo a pensar en Long Beach y me digo: podría ir de
visita por lo menos, podría ver a Vera, podría hablar con ella a propósito de
un problema de gran relevancia. Pienso en aquel punto de muerte, en la lesión
anatómica que sufre y trato de encontrar las palabras justas, para meterlas en
algún manuscrito. A continuación me digo que Vera, pese a todos sus defectos,
puede hacer un milagro y que cuando el milagro esté hecho, el Arturo Bandini
que se enfrentará al mundo y a Camila López será un Arturo Bandini diferente,
un Bandini con dinamita en el cuerpo y fuego volcánico en los ojos, un Bandini
que va a ver a
Una tarde digo a la señora Hargraves que voy a estar fuera un día más o menos, en Long Beach, motivos de trabajo, y me voy. Tengo la dirección de Vera en el bolsillo, y me digo: Bandini, prepárate para la gran aventura; ármate de espíritu de conquista. Me encuentro en la esquina con Hellfrick, que está desesperado porque necesita más carne. Le doy dinero y se va como un rayo a la carnicería. Luego voy a Cercanías y cojo un tren que pasa por Long Beach.
5-6-79






































