Juan Ramón Jiménez.
Hay algo en mí –no sé lo que es- pero sé que está en mí.
Walt Whitman.
Estoy solo. Las ondas; playa escúchame.
Vicente Aleixandre.
Nací, miré a mi alrededor y supe enseguida que el centro del mundo podía ser una mierda, una flor, la guerra contra el Imperio o el abrazo de mi madre (en fin, cualquier cosa). Personalmente esa situación me pareció caótica y difícil de soportar, quizá por ser hijo no sólo de mis padres sino también de mi época, de la que dicen que carece de verdades. La multiplicidad de elementos desconectados en el exterior me permitía una cantidad infinita de interpretaciones sobre el mundo, y la falta de una verdad sostenible me ponía muy al alcance una de las interpretaciones: la que miraba a todas las demás desde lejos y, sin dar valor a ninguna, decía todo es muerte o está hecho de muerte, suicídate. Era, ciertamente, una bienvenida bastante desalentadora para un recién nacido. Pero como hubieran hecho muchos en mi caso, me puse a pensar y encontré dos soluciones para mejorar esa situación. Las presento en el orden en que se me ocurrieron (aunque, como se verá, acabé optando por una tercera):
En primer lugar me pareció que la totalidad de las cosas del mundo me era inaccesible porque no iba a vivir para siempre, y en consecuencia tenía que tomar partido por ciertos fragmentos de la realidad, ciertas zonas favoritas, con un olor especial para mí, y sumarme a ellas para que pesen más en la balanza de múltiples platos. Lo hice. Pensé que podría defender la luz en oposición a la oscuridad y que esa era una buena razón para luchar todos los días en la escritura y en la vida, aunque me quedara sin sueldo o sin amigos. Elegí de esta forma algo externo a mí y me posicioné a su favor, le subí el puntaje, traté de darle mayor proyección, dediqué los primeros años de mi vida a defender esa parcela de tierra, y aunque me cansé de estar de pie bajo la lluvia, haciendo guardia e impidiendo que entraran elementos dañinos, seguí, seguí y naturalmente me volví combativo, porque los elementos dañinos eran muchos: la mayoría no pensaban como yo y defendían sus propios intereses (como yo). Había muchos artistas que trabajaban de esta manera y se los podía comparar fácilmente con figuras de guerreros o de héroes (así empecé a ver que las conductas humanas se repetían y se superponían como pliegues). Un cineasta austriaco filmaba para luchar contra la sociedad del espectáculo, alguien se suicidaba para defender a un emperador, en la Casa Blanca se firmaban papeles con garabatos cada vez más bellos; todas esas acciones, sin importar que fueran fáciles o difíciles, que fueran del derecho o del revés, se parecían de algún modo a las mías. Todas eran posturas combativas; todas asumían primero un carácter belicoso en la naturaleza y luego se adscribían a él.
En segundo lugar me pareció que dado que la totalidad de las cosas me era inaccesible, y dado que ser combativo no era realmente mi naturaleza, mi ideal debía ser precisamente acceder a la totalidad de las cosas aunque fuera un despropósito. Los taoístas tienen un concepto de no–acción que es algo muy distinto de la inacción, y lo cierto es que desde que empecé a conocer la cultura oriental llegué a la sospecha de que esa no–acción por la que los individuos se aproximan al Tao podía ser el grado más alto de acción y la confluencia final de los caminos. Zhuang Zi dice que el gran Saber todo lo abarca, el pequeño todo lo divide. Las grandes palabras son fuego. Las pequeñas, balbuceos inútiles. Y más adelante añade que el que debate, nada alcanza. Si yo, en vez de elegir una parcela de tierra como propia, no elegía ninguna y decía que no tenía patria, que sentía indiferencia por cada una de las parcelas, era probable que no necesitara viajar por todas ellas para que formaran parte de mí; y entonces yo formaría parte del todo. Ese era manos o menos el plan. Sería un trabajo largo, pero digno para dedicarle una vida entera; acabaría pareciéndome a la naturaleza, formaría parte de su conciencia común y me dejaría estar para ser, contemplativamente.
(El 17 de mayo me pregunté ¿dónde, en todo esto, estoy yo y mi ética?)
Finalmente ninguna de las dos opciones anteriores me gustó y me di cuenta que quería ser estríper (así, escrito a la castellana). A eso me he dedicado hasta ahora, sin éxitos descalabrados, pero dispuesto a dedicarme a este oficio de por vida, de hecho ya he firmado un contrato para los próximos veinticinco años. Me gustaría explicar brevemente mis experiencias en esta materia (que también son breves).
Todos los estríptis tienen la misma estructura: entra alguien vestido, se va quitando la ropa, queda desnudo y se va. El estríptis en sí es el proceso de desnudez; el anhelo del que lo mira está puesto de cara al momento el final, si bien ese anhelo se sostiene gracias a que las prendas se quitan una a una y no todas a la vez. Esta prolongación del conflicto desnudo/vestido provoca placer y al mismo tiempo implica una dificultad en su realización, como si dios hubiera determinado las cosas de modo que el estríper no pueda ser cualquier persona en cualquier situación, sino determinada persona en determinada situación: algo, ciertamente, extraño. Es probable que el deseo de quitarse la ropa sea contagioso; es más probable que el estríper contagie no sólo un deseo de desnudez sino también un deseo sexual de unión.
Si los actos tienen consecuencias sobre el mundo, entonces el mundo depende de los que realizan actos, de los agentes. El agente y el mundo se vinculan así a través del acto. Si bien la figura del estríper es aceptada socialmente, su capacidad de modificar el cosmos, la política, el corazón (en fin, el mundo) no es mayormente comprendida. En cualquier caso, sea más o menos poderoso que otros, también él es un agente dinámico que incide en la realidad. Llega un momento en el estríptis en que no es posible arrastrarse sin sonido y cualquier movimiento se escucha porque en él hay cada vez más miradas y la tensión ha aumentado, al mismo tiempo que en el ambiente se respira cierta tranquilidad porque ya se ve que la desnudez va a ser completa y lo va a ser pronto. Hay algo que tiende a completarse, a volverse esférico (han sido muchos los que han imaginado la desnudez como una esfera, porque una vez se llega a la esfera ya no se le puede quitar ni añadir nada). El óvulo fertilizado es esférico, el feto va alejándose de esa forma pero el bebé tiende a la esfera al acurrucarse; el hombre vestido pierde la esfericidad al completo pero el estríper intenta recuperarla.
Entre partes de cuerpos de desnudos son posibles las caricias. No es lo mismo acariciar una camiseta que acariciar un pecho. La boca y la nariz, para respirar idealmente, necesitan estar desnudos. Enmascararse es en la mayoría de culturas lo mismo que adoptar una respiración ajena: sea por deseo y placer propio o sea por presión social, taparse el rostro es un gesto de alienación, no de interioridad. Cuando lloramos de verdad o mejor dicho para la verdad no nos tapamos la cara ni nos enjuagamos las lágrimas. La verdad, que para este artículo existe, está en el cuerpo desnudo.
Cuando llegamos a nuestro cuerpo llegamos a la conciencia máxima de la naturaleza, llegamos a un punto único que es, según mi hipótesis, de carácter alegre. El centro de uno mismo es gozoso y es nuestro destino. El enfermo se hunde si se queda quieto, pero si se mueve se pone en pie sobre la tierra, y firme, y sonriente, y plácido, y sin proponérselo contagia su nueva salud a otro enfermo. Pero el movimiento es posible en la medida en que sea posible la libertad del individuo, y la libertad depende también de fuertes factores externos. Liberar y liberarse son cosas del día a día en este oficio; seamos responsables con nuestra libertad y con la de otros.
Hay estríptis que quedan incompletos, borrosos, interrumpidos por la muerte o el cansancio, y estos son particularmente perturbadores, sobretodo cuando prometían un cuerpo interesante. Lo incompleto excita también, y estos estrípers de la indecisión, del mejor me quedo a medio camino, generan a su vez más indecisos, más amantes del estar siempre sobre la cuerda floja; entonces el movimiento cesa y se queda temblando ahí, justo en la mitad de la metamorfosis, mostrando impúdicamente sus formas contradictorias, doloridas, y haciendo de ellas una bandera. Una bandera que es como un ala rota (¿de quién?) que no pudo llegar (¿a dónde?).
Lo que está siempre quieto, aunque tiemble, o bien está desnudo de antemano o bien no puede desnudarse. El estríper, como método, se mueve; por eso muchos usan la música para coreografiar más fácilmente el movimiento y apoyarlo en algo diferente del vacío. Sin embargo es cierto que se puede estar yacente toda la vida, entre otras cosas se puede llorar o tener una rabieta tras otra sin mover un solo músculo, y digo de nuevo: lo que está siempre quieto, por más que tiemble, si está vestido no puede desnudarse. Porque el estríper se desnuda, nunca es desnudado y por tanto es responsabilidad de uno elevarse de sí mismo. Disparando un arco, es la propia flecha quien se puede clavar en lo alto verdaderamente, y dependerá de ella el éxito de su vuelo, no de la habilidad o el amor del arquero.
El estríper ideal canta con todo el cuerpo igual que una campana vibrante. Un movimiento es un sonido: una sonrisa o encogerse de hombros pueden amansar a las fieras como una flauta mágica. Esto le permite a alguien decir a su amante esta música nace de tus senos. Caminando se puede dominar el horizonte y ver, más allá del mar, los no-límites. La fe es el motor de ese caminar, porque entre uno mismo y su propio dios se genera un sistema de dos estrellas, donde la gravedad de la segunda va absorbiendo poco a poco a la primera y la separa de sí misma para moverla y fundirla en un solo astro. Muchos instrumentos pueden servir para formar puentes entre uno y dios, obviamente no sólo la escritura ni otras formas artísticas (si bien son los métodos elegidos por mí), pero siempre se va a tratar de un estríptis. Desnudarse es una celebración de la fe. Ni dios es más importante que el hombre, ni el hombre es más importante que dios; la fe de uno hacia el otro y del otro hacia el uno es el tercer elemento que los integra a ambos.
El estríper es observado (por personas, por luces, por paredes o por sí mismo): ahí está su responsabilidad. Dada la relación directa entre el mundo y su estríptis, ambos se modifican irremediablemente. Si un estríper se canta verdaderamente a sí mismo, su canto no será narcisista y no provocará una fuente de dolor irresponsable. Si convive con salud con su propia muerte (que está siempre a su izquierda, a la distancia de un brazo, lo sé de oídas y también por experiencia) no se convertirá en un ser venenoso.
Cuando una parte del cuerpo está ya desnuda, pongamos por ejemplo el brazo izquierdo, éste revela que es un brazo y no otra cosa (no es una rama ni un paraguas). Es entonces cuando la piel del brazo puede empezar a reflejar la luz del sol o de una lámpara y puede ser visto por nuestros ojos pero también por otros y, quizá, por la luz misma. Así el brazo se aleja de nosotros y al quitarle la ropa que lo cubría dejamos que vaya lejos como no nuestro. La interioridad máxima ilumina. Por eso la soledad verdadera conduce a la comunicación. Por eso la subjetividad absoluta comunica la verdad.
En realidad el concepto de desnudez, a priori, no significa nada. No hay una sola desnudez, más bien hay todas y cada una. El concepto de desnudez no es más que un concepto vacío hasta el momento en que se llena con un cuerpo concreto, cosa que sucede muchas veces y de diversas maneras. Cada cuerpo, gracias a sus diferencias particulares, reinventa la desnudez.
Las contradicciones con que nos encontramos cuando intentamos desnudarnos son crueles con nosotros, este artículo no pretende en absoluto combatir o negar el sufrimiento profundo, pero sí decir que las contradicciones están hechas de tela, de algodón, son ropa. No son enfermedades psiquiátricas, son pantalones, dos calcetines, un anillo. No son revoluciones frustradas, son pieles que no son exactamente nuestras ni de nadie y que duelen más que tiritas que se arrancan lentamente. Sí, duelen más: mis compañeros de trabajo y yo lo sabemos con seguridad, lo aceptamos como podemos y seguimos. Poco espacio al dolor en este artículo, aunque sea grande en la vida y nos siga diciendo suicidaos. En definitiva ya hemos pensado suficiente en oposiciones, y ahora sabemos entre todos que la luz es propia del día y es propia de la noche. Son sus movimientos oscilantes los que definen ambos estados (y no su ausencia y su presencia), y siempre es ella, la misma, la que le dice al día que es de día y la que le dice a la noche que es de noche.







































El futuro del estriper
El periódico de ayer, Martes 12 de Agosto de 2008, anuncia que un material creado en EEUU convierte en invisibles los objetos. La “capa” es 10 veces más fina que el papel, y su truco consiste en interactuar con las ondas de luz de forma diferente que el resto de materiales conocidos. Este material logra que la luz lo rodee, lo mismo que hace el agua con una roca que está en medio del río: tras ser rodeada no deja huella alguna, y si alguien mira el río más abajo, no sabrá nunca lo que ha pasado.
Cuando la tecnología permita fabricar a granel esta capa de invisibilidad... qué pasará con el doloroso y trillado oficio del estriper...? Tendrá sentido arrancarse a tiras esa ropa invisible que difícilmente ocultará la poderosa musculatura, ni tampoco la frágil, ni la sedosa piel, ni la arrugada, ni la exhibicionista o la avergonzada, ni la inmaculada o la manchada, ni la titubeante, ni la primeriza ni la veterana... todas ellas estarían a la vista desde el comienzo del espectáculo, generando bien pocas expectativas. En tal caso, en un futuro no muy lejano, la extrema generosidad del estriper ofreciendo su desnudez a la luz variaría su mecánica: con movimientos cimbreantes de cintura se desplazaría por el escenario recogiendo un reguero de ropa invisible que le dejaría tan desnudo y desvalido como al comienzo.
Por suerte siempre cabe la posibilidad que la ropa no transparente desnudez ninguna, sino que lo transparente todo... en tal caso el cuerpo del estriper que se fuera desnudando (fiel a su vocación) iría surgiendo de la nada, como de a retales se iría dibujando en el aire y más que ofrecer una excitante desnudez, nos regalaría la precisión de un contorno nuevo, una forma luminosa que no estaba y ahora está y nos consuela: Tanto de día como de noche.