Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1
Que
la luna es un baluarte en el reflejo del estanque. Que el hombre desea
golpearla y se golpea y se sumerge y nunca duerme.
La
luna fabrica guitarras, crea laúdes y hace su balance mensual. La casamentera
come su pastel de luz y embarazada queda. El halo pare un apogeo y los otoños
comienzan sus críticas de los eclipses.
En
cada hoja de árbol la luna establece un calendario. Los trenes que se imaginan
se redondean en los andenes. Los viajeros imposibles se llenan de intereses y
rememoran los paisajes acuáticos que no existen.
Que los sapos se comen a la luna llena. Que no era todo miel sus entrañas. Que el declinar de las corrientes viene con la menstruación.
2
Los
gansos atraviesan la puerta y miran a lo lejos las nubes en el sur. El río
resucita en su rostro; un sello de lodo marca el trabajo de las aguas.
Los
hombres tienen que ser fuertes y nombrarse; los niños claman por un país. Las
aristas de los apellidos se leen entre palabra y palabra de los hijos.
Ya
todo se extingue. Los bellos corceles de antaño pasaron por alto a los
adecuados descendientes.
El
capataz penetra la línea prohibida. Las ramas de los árboles se curvan ante la
majestad del aire. Los brotes se alejan de las yerbas y los árboles. Una cuerda
negra busca con insistencia el cuadrado de una cabeza.
3
Observo a dos mortales y mis ojos se oprimen cuando los ven. Sudo a la
inversa de los otros hombres. Presionan mis dedos la corteza de un álamo. Mi
corazón se esculpe y a conveniencia baja.
En un callejón alguien arroja un paquete. Pronto se da la orden para que no se abra. Los vecinos toman bebidas nocturnas y dentro de sus ropas las hormigas construyen ciudades.
4
Los
cereales recuperaron los apelativos. Las flores titilaban con brillos de jades
sucios. La mujer más vieja aplastó su cara contra la pared. Dejó al descubierto
las alhajas.
En
las moreras la luna se comía a los gusanos y blanqueaba su camino. Hubo quien
dijo que los cuchillos provocaban la iluminación.
Las
larvas de los barrenillos prefieren la cal. Los escarabajos se hartan de carne
olorosa. El viento azota a los sauces y los gallos corren tras las sombras que
abandonan los gusanos.
5
Cuando el sol se yergue en su centro el mediodía aguarda en un quiosco. En
el islote de arena el agua estancada impone los linderos de las playas. Los
dardos de luces se precipitan sobre los esquifes. Las libélulas obran contra la
ley natural.
Un
viajero se extravía y hace guiños al destino. Protege su vientre con pingas de
bambú. Sufre un bochorno y avanza derecho hacia el peligro.
Los
renacuajos empeoran, súbitamente, su suerte y pecan, a pesar de la viruela. Se
entretienen en su jugo lechoso y salvan sus vidas al escapar de contrabando.
6
El
espía da un traspié y cae y luego camina con mayor prisa para no revelar su
secreto. Su mujer lo secunda y le engoma el pelo. El resultado no puede ser más
satisfactorio.
Escribe sobre seda el espía y compone alabanzas al jefe. Luego aplica
las orejas como el perro de la fábula y se repliega a la contigüidad del
sometimiento.
7
Muere el mercader en la batalla cotidiana. Los espíritus se alinean en
una puerta para brindarle el té de la despedida. La alegría se olvida de
entonar los cánticos. En las paredes se acumulan estrellas y comienzan los
venenos a crecer con agilidad.
Sobre los círculos, debajo de los cuadrados, se marchitan las antiguas
noblezas. Un hombre solitario hala a su sombra como si se tratase de una mala
bestia. Una mujer lee en voz alta sentada en una balsa y la oscuridad del agua
avanza en un gorgoteo que desdeña los paréntesis.
8
El
viento anuncia novedades a través del otoño y las armas del polvo. La tierra le
coloca denominaciones a los ciruelos y los junta para el regocijo. Por siempre
los lenguajes irán unidos a los patronímicos. Los insectos se compenetran con
más y más sonidos que demuestran extinciones y calculados vicios.
9
La
tierra emana grietas. Los metales ferrosos consienten en herirla. Existen
bandidos autóctonos que roban las pocas flores que, marginales, se atreven a
aparecer encima de las rocas.
Las
díscolas avispas construyen planetas en el suelo. Cazan y se hacen notables.
Las lombrices de tierra no pretenden ser cosas mínimas: sólo anhelan servirle a
la gleba y vivir a merced de un hilo de agua.
A la
tierra hay que fumarla, calentarla por debajo hasta que el espíritu de la
arcilla se desprenda con ruido de tejas rotas.
(En
algún lejano monte, la hiena se cubre de barro y se disfraza de lobo. Induce
así al genio tutelar del terreno a tenerle miedo y a borrajear los bienes en su
nombre).
Los
congéneres marchan a pie y la piel se les resquebraja. Vana, inútilmente.
Aprenden pronto a saborear el destierro temporal y a vadear el horizonte con
las manos vacías.
10
En
las colinas se envuelven las calabazas con repetición de destrezas. En los
pozos los peces se levantan fieros y afilan las espinas. Surge una claridad y
un silencio que se tornan líquidos con la muerte del mediodía.
Alguien honra a su vástago y lo ubica en la posición correcta. La
parentela se curva hacia abajo como el arco que otrora fue fiel.
Al
descampado se duerme con el susurro de cánticos originales. El cielo se inclina
un tanto y su labor desentona con la seriedad del momento.
11
Sin
interrupción habla quien repara las ventanas. Su boca es un hervidero de
figuras. Inevitablemente atrae la tormenta y la casa se inunda por los ojos
desgonzados.
En un nudo del umbral la muerte se arrincona
y se sesga el destino al plegarse a las pequeñeces del recuerdo de la niebla.
12
El
gallo se retira tres pasos dentro de la morada. El perro se incomoda, pero
oculta la rabia. El crepúsculo salta en los bordes de sus puntos rojos y se
extravía en la crónica que nunca se redactó.
Con
porfía hierve la cocción de yerbas. Unos artículos son invitados a adherirse a
la función medicinal. El número de visitantes aumenta y ya la paz inicia un
descenso hacia la longevidad de lo negro.
13
Las
aves se aligeran de sus huesos y caminan poco a poco para no perder la memoria.
En sus nidos han dejado sueños y lustres de las montañas. Últimamente un lodo
había resbalado por sus gargantas.
Las
dudas golpean con sus ondas y extintos pájaros se avienen al carácter de los
troncos. El rocío no interrumpe su fluir ni aunque se burle de él el cuervo.
Un
desorden de aguardiente se apodera de los utensilios y en la dirección de los
valles los deseos de los beodos quedan expuestos.
14
Llueve sobre los libros y la humedad se filtra hasta generales y reyes.
Las toses embellecen y unen la habilidad de lo absurdo. Una página cae
pesadamente encima de otra página y el moho de los siglos se debate con discreción.
Los
fantasmas se esconden tras las ruinas de los palacios. Vientos irreprochables
arrastran impurezas que sirven para sellar pasos y estabilizar la adivinación.
Muchas aguas carecen de árboles, pero el susurro de las siluetas es un
delirio en el crecimiento de los espinales que se arrastran y poco crecen.
15
Las
perlas brillaban dentro de las orejas que menos se notaban en el acantilado
estremecido por la pequeñez de las olas.
Se
juntaron las gaviotas proscritas. Regresaron para comer las dolencias y las
afecciones del mar. En los bordes de las rocas aparecieron restos de algas que
pretendieron crear un nuevo curso de las mareas.
16
Los
soldados se acicalan una y otra vez frente a la atadura del espejo. Las
remembranzas del loto han quedado pisoteadas bajo sus pies. Del blancor de la
mañana un sonido es transformado en espejismo de cabellos.
Numerosos ancianos detienen el envejecimiento. Se arriman a los musgos y
doblan las caderas. Esos ancianos antes fustigaban a los caballos y les ponían
cadenas dentro de los establos.
El
orden del mundo agitaba sus clamores. El entusiasmo y la pereza definieron la
línea por donde pasaba el carruaje que portaba las monedas.
17
El
aire helado tomó la curva en el hueco del tazón con gran destreza y armonía.
Desde un otero un ser anónimo le suplicaba mieses al cielo. Los ríos se
sintieron preñados y abortaron escamas de peces tan feas como larvas del miedo.
Retornaron las golondrinas con el verano metido entre los picos. Bajo
los cerezos olieron la pestilencia de asesinas armas. El este encontró un rival
que lo superó en la terraza destinada a los soles menores.
18
Un
árbol abandona su opacidad y logra enemigos. Caen sus ramas y se arraigan en la
virtud del suelo memorioso. De la corteza del árbol se erige un bosquecillo que
se ejercita en las maneras de la indolencia.
Antiguamente, de la extremidad de las ramas, colgaban corazones
extirpados. Dormían profundamente, pero en medio de la noche se agitaban. Luego
se volvieron comestibles y sus cuerpos sabían a canela o a susto despejado.
El
árbol designado se despertaba con la diana y levaba sus hojas hasta la misma
altura donde se suponía que moraba la vida y ofrecía su pan a todos los
vagabundos.
Mas
el árbol comenzó a girar un día. Fuego le brotó de los costados. Los caracoles
que lo habitaban de inmediato se suicidaron. El árbol gemía y lloraba cera
pura. Al final se abrazó a la humareda y fue carbón en la genealogía.






































