
Antonin Artaud
El hecho de una revolución surrealista en las cosas es aplicable a
todos los estados del espíritu, a todos los géneros de la actividad
humana, a todos los estados del mundo en medio del espíritu, a todos
los hechos de moral establecida, a todos los órdenes del espíritu.
Esta revolución apunta a una desvalorización general de los valores, a
la depreciación del espíritu, a la desmineralización de la evidencia, a
una confusión absoluta y renovada de las lenguas, al desequilibrio del
pensamiento.
Apunta a la ruptura y la descalificación de la lógica a la que perseguirá hasta la extirpación de sus reductos primitivos.
Apunta a la reclasificación espontánea de las cosas según un orden más
profundo y más preciso, e imposible de dilucidar mediante la razón
ordinaria, pero de todos modos un orden, y sensible a cierto sentido….
pero igualmente sensible y un orden que no forma del todo parte de la
muerte.
Entre el mundo y nosotros, la ruptura está claramente establecida.
Nosotros no hablamos de hacernos comprender, sino en el interior de
nosotros mismos, con rejas de angustia, con el filo de una obstinación
encarnizada, conmocionamos, desequilibramos el pensamiento.
La oficina central de las investigaciones surrealistas dedica todas sus fuerzas a la reclasificación de la vida.
Hay que instituir una filosofía del surrealismo, o lo que pueda surgir.
Para hablar claro no se trata de establecer cánones o preceptos, sino de encontrar:
1) Medios de investigación surrealista en el pensamiento surrealista.
2) Fijar parámetros, medios de reconocimiento, conductos, islotes.
Podemos, debemos admitir hasta cierto punto una mística surrealista, un
cierto orden de creencias evasivas en relación con la razón ordinaria,
pero sin embargo bien determinadas, relativas a puntos bien precisos
del espíritu.
El surrealismo, más que creencias, registra un cierto orden de repulsiones.
El surrealismo es ante todo un estado del espíritu, no preconiza recetas.
El primer punto es ubicarse en el espíritu.
Ningún surrealista está en el mundo, se piensa en el presente, cree en
la eficacia del espíritu-espolón, el espíritu guillotina, el
espíritu-juez, el espíritudoctor y resueltamente se confía del lado del
espíritu.
El surrealismo ha juzgado al espíritu.
No hay sentimientos que formen parte de él mismo, no se reconoce ningún
pensamiento. Su pensamiento no le fabrica un mundo al que
razonablemente acepta. Desespera de alcanzar el espíritu.
Pero al fin y al cabo está en el espíritu, se juzga desde el interior, y ante su pensamiento el mundo no pesa excesivamente.
Pero en la intermitencia de cierta pérdida, de cierta falencia en sí
mismo, de cierta reabsorción instantánea del espíritu, verá aparecer la
bestia blanca, la bestia vidriosa y que piensa.
Porque es una Cabeza, la única Cabeza que emerge en el presente. En
nombre de su libertad interior, de las exigencias de su paz, de su
perfección, de su pureza, escupe sobre ti, mundo librado a la
insensibilizadora razón, al mimetismo empantanado de los siglos, y que
ha construido tus casas de palabras y establecido tus repertorios de
preceptos donde es imposible que el espíritu surreal no explote, el
único capaz de desenraizarnos.
Estas notas que los imbéciles juzgarán desde el punto de vista de lo
serio y los astutos desde el punto de vista de la lengua, son uno de
los primeros modelos, uno de los primeros aspectos de lo que entiendo
por la Confusión de mi lengua. Están dirigidas a los confusos de
espíritu, a los afásicos por interrupción de la lengua. Y, sin embargo,
están justo en el centro de su objeto. Aquí no comparece el
pensamiento, aquí el espíritu deja ver sus miembros. Son notas
imbéciles, notas primarias como dice aquel otro, “en las articulaciones
de su pensamiento”. Pero notas verdaderamente precisas.
Un espíritu bien ubicado descubrirá en ellas un perpetuo resurgimiento
de la lengua, y la tensión después de la ausencia, el conocimiento del
desvío, la aceptación de lo mal formulado. Estas notas desprecian la
lengua, escupen sobre el pensamiento.
Y, sin embargo, entre las fallas de un pensamiento humanamente mal
construido, desigualmente cristalizado, brilla una voluntad de sentido.
La voluntad de aclarar los desvíos de una cosa aún mal hecha, una
voluntad de creencia.
Aquí se instala cierta Fe, pero que lo coprolálicos me entiendan, los
afásicos y en general todos los desacreditados por las palabras y el
verbo, los parias del Pensamiento.
Hablo sólo para ellos.






































