Aguante Barreda de Alejandro Colliard
Antología de nuevos narradores Arica - Antofagasta
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Aguante Barreda de Alejandro Colliard
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Boris Vian
Enviado por Daniel Rojas
el 04/08/2008 a las 10:34
ESCUPIRÉ
SOBRE VUESTRA TUMBA Boris Vian (Fragmentos)
Prefacio Hacia julio de
1946, Jean d'Halluin conoció a Sullivan, en una especie de reunión
franco-americana. Dos días más tarde, Sullivan le entregaba su manuscrito. En el entretanto,
le contó que se consideraba más negro que blanco, pese a haber cruzado la
frontera; como se sabe, varios millares de «negros» (considerados como tales
por la ley) desaparecen todos los años de las listas de empadronamiento y se
pasan al otro bando; su preferencia por los negros le inspiraba a Sullivan una
especie de desprecio por los «buenos negros», por aquellos a los que los
blancos, en las novelas, daban palmaditas cariñosas en la espalda. Opinaba que
era posible imaginar, e incluso encontrar en la vida real, a negros tan «duros»
como los blancos. Es lo que, por su parte, había intentado demostrar en la
breve novela cuyos derechos exclusivos de publicación adquirió Jean d'Halluin
tan pronto como se enteró, por su amigo, de su existencia. Sullivan no tenía el
menor inconveniente en dejar su manuscrito en Francia, ya que los contactos que
había establecido con diversos editores americanos le acababan de demostrar la
futilidad de cualquier intento de publicar en su país. Aquí, nuestros
moralistas de siempre reprocharán a algunas de las páginas de esta obra su...
realismo un poco subido de tono. A este respecto, nos parece interesante
señalar las diferencias de fondo existentes entre tales páginas y las
narraciones de Miller: mientras éste no vacila nunca en echar mano al
vocabulario más crudo, la intención de Sullivan parece ser más bien la de
sugerir por medio de giros y construcciones que la de recurrir a un lenguaje
descarnado; visto así, se acerca a una tradición erótica más latina. Por otra parte,
es fácil advertir en las páginas siguientes la influencia extremadamente clara
de Cain (aunque el autor no intente justificar, mediante artificio alguno,
manuscrito o de otro tipo, el empleo de la primera persona, cuya necesidad
proclama el citado escritor en el curioso prólogo a Three of a kind,
colección de tres novelas cortas reunidas recientemente en América en un solo
volumen y traducidas aquí por Sabine Berritz), y también la de los más modernos
cultivadores de la literatura de horror, como Chase. En este aspecto, hay que
reconocer que Sullivan se muestra mucho más sádico que sus ilustres
predecesores; no es de extrañar que su obra haya sido rechazada en América: la
habrían prohibido, sin ninguna duda, al día siguiente de su publicación. En
cuanto al fondo propiamente dicho de la obra, es una manifestación de un afán
de venganza en una raza que, digan lo que digan, vive aún escarnecida y
aterrorizada; es algo así como un intento de exorcizar el poder de los
«verdaderos» blancos -intento comparable al de los hombres del Neolítico que pintaban
bisontes heridos por las flechas para atraer a las presas a la trampa-, llevado
a cabo con un desprecio más que considerable por la verosimilitud, y no exento
de alguna que otra concesión al gusto del público. Y es que ¡ay!,
América, la tierra de Jauja, es también la tierra de elección de los puritanos,
de los alcohólicos y del métetelo-bien-en-la-cabeza: y mientras en Francia nos
esforzamos por lograr una mayor originalidad, al otro lado del Atlántico nadie
siente el menor remordimiento por explotar sin escrúpulos una fórmula que ha
dado ya probados resultados. A fe mía, es una manera como otra de dar el
pego... BORIS VIAN
CAPÍTULO XV Pasamos la tarde
un poco al tuntún. No hacia tan buen tiempo como la víspera. Estábamos ya en
pleno otoño; y me guardé muy bien de jugar al bridge con los amigos de Jean y
de Lou; me acordaba de los consejos de Dex; no era momento de echar a perder
los pocos centenares de dólares que había conseguido reunir; de hecho, a los
tipos esos no les importaba tener quinientos o seiscientos dólares de más o de
menos. Jugaban para matar el tiempo. Jean me dirigía
frecuentes miradas, sin motivo alguno, y le dije, aprovechando un momento de
intimidad, que tuviera cuidado. Bailé otra vez con Lou, pero desconfiaba de mí;
no logré llevar la conversación a ningún tema interesante. Me había ya
recuperado de los esfuerzos de la noche anterior, y volvía a excitarme cada vez
que le miraba el pecho; de todos modos, se dejó manosear un poco mientras bailábamos.
Los otros invitados sc marcharon no muy tarde, como la víspera, y volvimos a
encontrarnos solos los cuatro. Jean no se tenía en pie, pero quería más, y me
costó lo indecible convencerla de que esperara; por fortuna, la fatiga vino en
mi ayuda. Dex seguía pegándole al ron. Subimos hacia las diez, y volví a bajar
en seguida a buscar un libro. No tenía ganas de volver a empezar con Jean, pero
tampoco tenía sueño como para echarme a dormir tan pronto. Y cuando volví a
entrar en mi habitación me encontré a Lou sentada en la cama. Llevaba el mismo
deshabillé que la noche anterior y braguitas nuevas. No la toqué. Cerré con
llave la puerta de entrada y del cuarto de baño y me metí en la cama con ella
como si ella no estuviera allí. Mientras me quitaba la ropa la oía respirar
aprisa. Una vez en la cama me decidí a hablarle. -¿No tienes sueño
esta noche, Lou? ¿Puedo hacer algo por ti? -Así estoy segura
de que hoy no irás a la habitación de Jean -respondió. -¿Qué te hace
suponer que anoche estuve en el cuarto de Jean? -Os oí. -Qué raro... Pero
si apenas hice ruido -me burlé. -¿Por qué has
cerrado las puertas? -Siempre duermo
con la puerta cerrada. No tengo ningún interés en despertarme con un
desconocido a mi lado. Se debía de haber
perfumado dc pies a cabeza. Olía a kilómetros, y su maquillaje era impecable.
Iba peinada como la noche anterior, con el cabello dividido por la mitad, y,
realmente, me bastaba con alargar la mano para cogerla como una naranja madura,
pero aún tenía una pequeña cuenta pendiente con ella. -Estuviste con
Jean -afirmó. -Lo único que
recuerdo -le dije- es que tú me echaste de tu habitación. -No me gustan tus
modales. -Esta noche me
siento especialmente correcto -le dije-. Te pido disculpas por haberme visto
obligado a desnudarme en tu presencia, pero de todos modos estoy seguro de que
no has mirado. -¿Qué le hiciste
a Jean? -insistió. -Oye -le dije-.
Seguramente te sorprenderá lo que te voy a decir, pero no puedo hacer otra
cosa. Es mejor que lo sepas. El otro día la besé, y desde entonces me está
persiguiendo. -¿Cuándo? -Cuando la curé
de la borrachera en casa de Jicky. -Lo sabía. -Casi me obligó.
Como sabes, yo también había bebido un poco. -¿La besaste de
verdad...? -¿Cómo? -Como a mí... -murmuró. -No -me limité a
decir, con un acento de sinceridad que me dejó más que satisfecho-. Tu hermana
es un plomo, Lou. La que me gusta eres tú. A Jean la besé como..., como habría
podido besar a mi madre, y ya no puedo aguantarla. No sé cómo librarme de ella,
y no sé si podré conseguirlo. Seguramente te dirá que vamos a casarnos. Es una
manía que ha cogido esta mañana en el coche de Dex. Es bonita, pero no me
apetece. Creo que está un poco chiflada. -La besaste antes
que a mí. -Fue ella la que
me besó. Uno siempre siente gratitud por la persona que lo cuida cuando está
borracho... -¿Te arrepientes
de haberla besado? -No -le dije-. Lo
único que lamento es que aquella noche no fueras tú la borracha en vez de ella. -A mí puedes
besarme ahora. No se movía, y mantenía
la mirada fija al frente, pero tenía que haberle costado un buen esfuerzo decir
eso. -No puedo besarte
-respondí-. Con Jean no tenía importancia. Contigo me pondría enfermo. No te
tocaré hasta que... No terminé la
frase y lancé un vago gruñido de desesperación al tiempo que mc daba la vuelta
en la cama. -¿Hasta qué?
-preguntó Lou. Se volvió un poco
hacia mí y me puso una mano en el brazo. -Es una estupidez
-dije-. Es imposible... -Dilo... -Quería decir...
hasta que no estemos casados. Tú y yo, Lou. Pero eres demasiado joven, y nunca
podré librarme de Jean, y ella jamás nos dejará tranquilos. -¿De verdad lo
piensas? -¿Qué? -Lo de casarte
conmigo. -No podría pensar
en serio una cosa imposible –le aseguré-. Pero si te refieres a si tengo ganas,
te juro que tengo ganas de verdad. Se levantó de la
cama. Yo seguía tumbado del otro lado. Ella no decía nada. Yo tampoco dije
nada, y sentí que se echaba otra vez en la cama. -Lee -dijo al
cabo de un buen rato. Mi corazón latía
tan aprisa que la cama resonaba. Me volví. Se había quitado el deshabillé y
todo lo demás, y había cerrado los ojos, tendida de espaldas. Pensé que Howard
Hughes habría hecho una docena de películas por tan sólo los pechos de esa
chica. No la toqué. -No quiero
hacerlo contigo -le dije-. Esa historia con Jean me disgusta. Antes de
conocerme os entendíais muy bien las dos. No quiero que por culpa mía os
separéis de un modo u otro. No sé si tenía
ganas de otra cosa que de hacerle el amor hasta ponerme enfermo, si tenía que
creer en mis reflejos. Pero conseguí aguantar. -Jean está
enamorada de ti -dijo Lou-. Está más claro que el agua. -No puedo
impedirlo. Era lisa y
esbelta como una hierba, y olorosa como una perfumería. Me senté y me incliné
por encima de sus piernas, y la besé entre los muslos, allí donde la piel de
las mujeres es más suave que las plumas de un pájaro. Cerró las piernas y las
volvió a abrir casi al instante, y yo empecé de nuevo, un poco más arriba esta
vez. Su vello rizado y brillante me acariciaba la mejilla, y, dulcemente, mc
puse a lamerla. Su sexo estaba húmedo y ardiente, firme bajo mi lengua, y me
entraron ganas de morderlo, pero me incorporé nuevamente. Lou se sentó,
sobresaltada, y me cogió la cabeza para volver a colocarla donde estaba.
Conseguí librarme a medias. -No quiero
-dije-. No quiero hasta que no haya podido liquidar esa historia con Jean. No
puedo casarme con las dos. Le mordisqueé los
pezones. Ella continuaba aferrada a mi cabeza y mantenía los ojos cerrados. -Jean quiere
casarse conmigo -proseguí-. ¿Por qué? No lo sé. Pero si le digo que no, seguro
que se las apaña para que tú y yo no podamos vernos. Lou, callada, se
arqueaba bajo mis caricias. Mi mano derecha iba y venía por sus muslos, y ella
se abría a cada caricia precisa. -No veo más que
una solución -concluí-. Puedo casarme con Jean y tú vienes con nosotros, y ya
encontraremos la manera de vernos. -No quiero
-murmuró Lou. Su voz sonaba
desigual, y casi la habría podido utilizar como un instrumento musical.
Cambiaba de entonación a cada nuevo contacto. -No quiero que le
hagas esto... -No hay nada que
me obligue a hacérselo -repliqué. -¡Házmelo a mí!
-exclamó Lou-. ¡Házmelo a mí, en seguida! Se agitaba, y
cada vez que mi mano subía se adelantaba a mi gesto. Incliné la cabeza hacia sus
piernas, y, volviéndola del otro lado, con la espalda hacia mí, le levanté una
pierna e introduje mi cara entre sus muslos. Tomé su sexo entre mis labios. Se
puso rígida de golpe y se relajó casi al instante. La lamí un poco y me retiré.
Ella estaba boca abajo. -Lou -murmuré-.
No voy a hacer el amor contigo. No quiero hacerlo hasta que estemos tranquilos.
Me casaré con Jean y ya nos apañaremos. Tú me ayudarás. Se volvió de un
solo impulso y me besó con una especie de furia. Sus dientes chocaron con los
míos, mientras yo le acariciaba las caderas. Y luego la cogí de la cintura y la
puse en pie. -Vuelve a la cama
-le dije-. Ya hemos dicho bastantes tonterías. Sé buena chica y vuelve a la
cama. Me levanté a mi
vez y la besé en los ojos. Por fortuna, llevaba un slip bajo el pijama y pude
conservar mi dignidad. Le puse el
sujetador y las braguitas; le sequé los muslos con mi sábana, y por último le
puse el deshabillé transparente. Ella, callada, no ofrecía ninguna resistencia,
estaba tibia y blanda entre mis brazos. -A dormir,
hermanita -le dije-.Me voy mañana por la mañana. Procura bajar pronto a
desayunar, me gustará verte. Y acto seguido la empujé fuera y cerré la puerta. Las tenía en el bote a las dos. Me sentía lleno de alegría, y probablemente era porque el chico se agitaba bajo sus dos metros de tierra, y entonces le tendí la mano. Es algo grande, estrecharle la mano a un hermano.
Novelista y dramaturgo francés que fue, además, poeta, músico de jazz, ingeniero y traductor. Nació en París y pensó en hacerse ingeniero, por lo que se examinó por la Escuela Central en el Liceo Condorcet. Fue un gran admirador de Alfred Jarry, cuya Patafísica, o -ciencia de las soluciones imaginarias-, utilizó en una rebelión cómica contra la filosofía positivista. Firmó sus novelas con seudónimos, en especial el de Vernon Sullivan, que es el que apareció en su thriller al estilo americano, Escupiré sobre vuestra tumba (1946). Sus obras maestras son La espuma de los días (1947), una desgarradora historia de amor que sigue teniendo actualidad; El otoño en Pekín (1947) y El arrancacorazones (1953). Sus obras de teatro, valiosas contribuciones al teatro del absurdo, presentan diálogos inconexos y conductas incomprensibles, que delatan la naturaleza absurda de la existencia humana: L'équarrissage pour tous, representada por vez primera en 1950, es una comedia negra que tiene lugar en un matadero en 1944; Los constructores del imperio, estrenada en 1959, es una especie de tragedia burlesca en la que una familia es conducida lentamente escaleras arriba en su propia casa por un extraño y silencioso personaje, Schmürz. Vian murió de un ataque al corazón a los 39 años.
Etiquetas: vernon sullivan revista cultura existencialismo novela negra escupiré sobre vuestra tumba J'irai cracher sur vos tombes cinosargo revista literaria lee anderson francés carrollera jazz oulipo polémica racismo Boris Vian violencia | Área creativa. Narrativa | Secciones Generales. Artículos
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