Índice
Dedicatoria
I. La cuna de esperma
II. La guerra de los principios
III. La anarquía
Apéndice I
Apéndice II
Apéndice III
Dedicatoria
Dedico este libro a los manes de Apolonio de Tiana, contemporáneo de Cristo, y a todos los Iluminados verdaderos que pueden quedar en este mundo que se pierde;
Y para señalar bien su profunda inactualidad, su espiritualismo, su inutilidad, lo dedico a la anarquía y a la guerra en este mundo;
Finalmente lo dedico a los Antepasados, a los Héroes en el antiguo sentido y a los manes de los Grandes Muertos.
A. A.
1
LA CUNA DE ESPERMA
Si en torno del cadáver de Heliogábalo, muerto sin sepultura, y
degollado por su policía en las letrinas de su palacio, hay una intensa
circulación de sangre y excrementos, en torno de su cuna hay una
intensa circulación de esperma. Heliogábalo nació en una época en que
todo el mundo se acostaba con todo el mundo; y nunca se sabrá dónde ni
por quién fue realmente fecundada su madre. La filiación de un príncipe
sirio como él se establece por las madres; y en lo que a madres
respecta, hay alrededor de ese hijo de cochero, recién nacido, toda una
pléyade de Julias; y ejerzan o no en el trono, todas esas Julias son
meretrices de alto vuelo.
El padre de todos, la fuente femenina de
ese río de estupros e infamias, debe haber sido cochero antes de
sacerdote, ya que de otro modo no se explicaría el encarnizamiento de
Heliogábalo, una vez en el trono, en hacerse encular por los cocheros.
El caso es que la Historia, remontándose por el lado femenino a los
orígenes de Heliogábalo, tropieza indefectiblemente con ese cráneo
chocho y desnudo, con ese coche y esa barba que en nuestros recuerdos
componen el rostro del viejo Basianus.
El hecho de que esta momia sea oficiante de un culto no condena a ese
culto, sino a los ritos imbéciles y despreciables a que ese culto había
quedado reducido por obra de los contemporáneos de las Julias y los
Basianos, y por la Siria del naciente Heliogábalo.
Pero desde el momento en que Heliogábalo niño aparece sobre los
peldaños del templo de Emesa, ese culto muerto, y reducido a osamentas
de gestos, al que se entregaba Basianus, recupera por debajo de las
creencias y los revestimientos, su energía de oro concentrado, de luz
pulverizada y victoriosa, y vuelve a ser milagrosamente activo.
En todo caso este antepasado Basiano, apoyándose en una cama como sobre
muletas, hace esas dos hijas, Julia Domna y Julia mesa, con una mujer
ocasional. Las hace y bien. Son hermosas. Hermosas y preparadas para su
doble oficio de emperatrices y rameras.
¿Con quién hace estas hijas? Hasta el momento actual la Historia no lo
dice. Y nosotros admitiremos que esto no tiene importancia,
obsesionados como estamos por las cuatro medallas con las cabezas de
Julia Domna, Julia Mesa, Julia Semia y Julia Mamea. Ya que si Basianus
hace dos hijas, Julia Domna y Julia Mesa, Julia Mesa a su vez hace
otras dos: Julia Semia y Julia Mamea. Y Julia Mesa, cuyo marido es
Sextus Varius Marcellus, pero sin duda fecundada por Caracalla o Geta
(hijo de Julia Domna, su hermana) o por Gesius Marcianus, su cuñado,
esposo de Julia Mamea, o quizá por Septimio Severo, su cuñado segundo,
trae al mundo a Varius Avitus Basianus, más tarde apodado Elagabalus, o
hijo de las alturas, falso Antonio, Sardanápalo, y por fin Heliogábalo,
nombre que parece ser la feliz contracción gramatical de las más altas
denominaciones del sol.
Desde aquí vemos a ese bonzo chocho, Basianus, en Emesa, a orillas del
Orontes, con sus dos hijas, Julia Domna y Julia Mesa. Ya son dos
estupendas mujeres esas dos hijas nacidas de una muleta con un sexo
masculino en la punta. Aunque fabricadas con esperma tardía, y en el
punto más alejado que alcanza su esperma los días en que el parricida
eyacula –digo el parricida y ya se verá por qué-, ambas están bien
conformadas y macizas; macizas, es decir llenas de sangre, piel, huesos
y cierta materia lívida que pasa bajo las coloraciones de su piel. Una
es grande y empolvada de plomo, con el signo de Saturno en la frente,
Julia Domna, semejante a una estatua de la Injusticia, la abrumadora
Injusticia del destino; la otra es pequeña, delgada, ardiente,
explosiva y violenta, y amarilla como una enfermedad del hígado. La
primera, Julia Domna, es un sexo con cabeza, y la segunda una cabeza
que no carece de sexo.
El año en que comienza esta historia, el año 960 y pico de la declinación del Latium, del desarrollo separado de ese pueblo de esclavos, comerciantes, piratas, incrustado como ladilla en la tierra de los etruscos; que desde el punto de vista espiritual no hizo otra cosa que chuparle la sangre a los demás; que nunca tuvo otra idea sino defender sus tesoros y cofres con preceptos morales, este año 960 y pico, que corresponde al año 179 del reino de Jesucristo, Julia Domna, la abuela, podía tener dieciocho años, y su hermana trece, y digamos de una vez que pronto estarían en edad de casarse. Pero Julia Domna se asemejaba a una piedra lunar, y Julia Mesa al azufre achicharrado al sol.
Yo no pondría mi mano en el fuego asegurando que ambas fueran vírgenes, eso habría que preguntárselo a sus hombres, es decir, por la Piedra Lunar, a Septimio Severo, y por el Azufre, a Julius Barbakus Mercurius.
Desde el punto de vista geográfico, siempre existía esa franja de
barbarie alrededor de lo que se ha dado en llamar el Imperio Romano, y
en el Imperio Romano hay que incluir a Grecia que, históricamente,
inventó la idea de barbarie. Y desde ese punto de vista nosotros, gente
de Occidente, somos los dignos hijos de esa madre estúpida, puesto que
para nosotros los civilizados somos nosotros mismos, y todo el resto,
que da la medida de nuestra universal ignorancia, se identifica con la
barbarie.
No obstante, el hecho es que todas las ideas que
impidieron la muerte inmediata de los mundos romano y griego, su caída
en una ciega bestialidad, justamente vinieron de esta franja bárbara; y
el Oriente, lejos de traer sus enfermedades y su malestar, permitió
conservar el contacto con la Tradición. Los principios no se
encuentran, no se inventan; se conservan, se comunican; y existen pocas
operaciones en el mundo más difíciles que conservar la noción, a la vez
diferente y fundada en el organismo, de un principio universal.
Todo esto sirve para señalar que desde el punto de vista metafísico, el
Oriente siempre estuvo en un estado de tranquilizadora ebullición; que
las cosas jamás se degradan por su causa; y que el día en que la
cáscara de los principios se encoja allí irremediablemente, la cara del
mundo también se encogerá, y todas las cosas estarán cerca de su ruina;
y ese día ya no me parece lejano.
Julia Domna y Julia Mesa nacieron en medio de esta barbarie
metafísica, de este desbordamiento sexual que en la misma sangre se
encarniza en hallar el nombre de Dios. Nacieron del esperma ritual de
un parricida, Basianus, al que yo no puedo ver de otro modo que con la
forma de una momia.
Este parricida clavó su miembro en el
comprimido reino de Emesa , que en un principio no era un reino sino un
sacerdocio; y todo eso, reino, sacerdocio, sacerdotes y sacerdote rey a
la cabeza, jura estar inyectado de materia lívida, estar hecho de oro y
descender en línea recta del Sol.
Pero un día, este sacerdocio que manejaba preceptos y que balbuceaba
principios como se manejan al azar y sin ninguna ciencia alfileres o
fuelles, este sacerdocio que quizá llevaba en su interior algo divino,
pero que ya no sabía dónde se encontraba, en el que lo divino estaba
aplastado, reducido a nada como el pequeño reino de Emesa entre el
Líbano, Palestina, Capadocia, Chipre, Arabia y Babilonia, o como el
plexo solar está aplastado en nuestros organismos de occidentales,;
este sacerdocio vacuno de Emesa, Vacuno, es decir mujer, y mujer, es
decir cobarde, maleable, abofeteado y esclavizado; que no hubiera
podido conquistar su realeza visible a fuerza de puños, sino que se
hallaba a su gusto en una atmósfera de facilidad y anarquía, supo
aprovechar la descomposición del reinado de los Seleucidas –que a
ciento sesenta años de distancia prosiguió la descomposición, mucho más
importante, del imperio de Alejandro Magno-, para declararse
independiente.
Los sacerdotes de Emesa, que desde hace mil años y más aún proviene de
los Samsigeramidas, se transmiten el reino y la sangre del Sol de madre
a hijo. De madre a hijo porque en Siria la filiación se establece por
las madres: madre hace de padre, tiene los atributos sociales del
padre; y la que, desde el punto de vista de la misma generación, es
considerada como el primo genitor. Digo EL PRIMO GENITOR.
Esto quiere decir que la madre es padre, que la que es padre es la
madre, y que lo femenino engendra lo masculino. Y esto hay que
compararlo con el sexo masculino de la Luna que a quienes lo veneran
les impide convertirse en cornudos.
El caso es que en Siria, y
particularmente entre los Samsigeramidas, la hija transmite el
sacerdocio, mientras que el hijo no transmite nada. Pero para volver a
los Basianos, entre los cuales Heliogábalo es el más ilustre, y de los
cuales Basianus es el fundador, hay una terrible escisión entre la
línea de los Basianos y la de los Samsigeramidas; y esta escisión está
señalada por una usurpación y un crimen, que sin interrumpirla desvían
la descendencia del Sol.
Ahora, como entre los Samsigeramidas el padre es la madre, para que el
historiador romano haya podido llamarlo “parricida”, es preciso que
Basianus haya matado a su madre; pero como no se sucede a una mujer,
sino a un hombre, y aunque la mujer transmitía el sacerdocio era de
todos modos el hombre quien estaba encargado de conservarlo, yo pienso
que Basianus debió matar a quien lo conservaba, y que mató a su
verdadero padre, su padre POR la naturaleza y su padre EN la sociedad.
Por lo tanto era de sangre masculina; se encontraba del lado masculino
de la sangre solar; pero el hecho de haber restaurado una vez más la
supremacía del macho sobre la hembra, y de lo masculino sobre lo
femenino, no parece haber arreglado las cosas, puesto que la
declinación comienza a partir de él; y es difícil encontrar en la
Historia un conjunto de crímenes, de bajezas, de crueldades más
perfecto que el de esta familia, en que a los hombres correspondió toda
la maldad y la debilidad, y a las mujeres la virilidad. Aquí se puede
decir que Heliogábalo fue hecho por las mujeres, que pensó a través de
la voluntad de dos mujeres; y que cuando quiso pensar por sí mismo,
cuando el orgullo del macho azotado por la energía de sus mujeres, de
sus madres, que se acostaron todas con él, quiso manifestarse, se sabe
cuál fue el resultado.
No juzgo el resultado como puede juzgarlo la Historia; a mí me gusta
esa anarquía, ese libertinaje. Me gusta desde el punto de vista de la
Historia y desde el punto de vista de Heliogábalo; pero Heliogábalo
todavía no había nacido en el momento en que tomo su historia.
Los reyes de Emesa, esos pequeños reyes-mujeres, que pretenden ser
hombre y mujer a la vez –como el Megabiro del templo de Efeso, hombre,
que se ata la verga para sacrificar como mujer, pero se convierte en la
piedra reclinada del sacrificio, ante la que sacrifica de pie- desde
hace mucho tiempo depositaron su libertad en los machos de Roma. Del
viejo reinado de Emat no queda más que ese templo, oscuro y voluminoso.
El control de los negocios, la guerra, la protección material de los
bienes pertenece a la soldadesca de Roma. Por lo demás, cada sirio
piensa como quiere, y la religión del Sol sigue estando repleta a cada
tanto de devociones a la Luna, con una mezcla de piedras lunares,
peces, carneros y jabalíes. Además toros, águilas, gavilanes
diseminados; ¡pero nada de gallos! No, no creo que el gallo haya
ocupado un gran lugar en medio de esos ritos.
El templo de Elagabalus en Emesa desde hace varios siglos es el
centro de espasmódicas tentativas en que se mide la gula de un dios.
Ese Dios, Elagabalus, o Surgido de la Montaña, Cima Radiante, viene de
muy lejos. Y quizá se llama Deseo en la vieja cosmogonía fenicia; y ese
deseo, como el mismo Elagabalus, no es simple, ya que resulta de la
mezcla lenta y multiplicada de los principios que irradiaban en el
fondo del Hálito del caos. El sol no es más que el rostro reducido de
todos esos principios, un aspecto que sólo sirve para adoradores
fatigados y caídos.
Es preciso decir que el Hálito que estaba en el
Caos se enamoró de sus principios; y que de ese movimiento de avance,
de esa especie de idea que elimina las tinieblas nació un deseo
consciente. Y en el mismo Sol hay fuentes vivas, una idea del Caos
reducido y completamente eliminado.
Ahora bien, aquello que en el cuerpo humano representa la realidad de
ese hálito no es la respiración pulmonar, que sería a ese hálito lo que
el Sol en su aspecto físico es al principio de la reproducción, sino
esa especie de hambre vital, cambiante, opaca, que recorre los nervios
con sus descargas, y entra en lucha con los principios inteligentes de
la cabeza. Y a su vez esos principios recargan el hálito pulmonar y le
confiere todos sus poderes. Nadie podrá pretender que los pulmones que
renuevan la vida no estén bajo las órdenes de un hálito proveniente de
la cabeza. Y la cabeza de Elagabalus, dios de Emesa, siempre trabajó
mucho.
Pero en el año 179, cuando Septimio Severo en Siria toma el mando
de la cuarta Legión Escítica de la alta cosmogonía fenicia divulgada
por Sanchoniaton ya no queda más que una piedra negra caída del cielo:
ese monolito, ese bloque en punta del que Basianus se constituyó en
guardián, pero que en realidad está bajo la custodia de sus dos hijas,
esas dos sirias voluptuosas: Julia Domna y Julia Mesa.
Septimio
Severo ya está viejo y cansado; desde hace mucho tiempo que las arenas
del desierto quemaron sus suelas y mordieron sus talones de asta.
Detrás de él tiene dos o tres viudeces: pero ni bien desembarca decide
tomar mujer y con ese objeto consulta los registros del estado civil.
En esos registros encuentra a la Luna, es decir la Piedra Lunar, es
decir Julia Domna. Pero Domna es Diana, Artemisa, Ishtar, y también es
Proserpina, la fuerza de lo femenino negro. Lo negro en la tercera
región de la tierra. La mujer encarnada en los infiernos, y que jamás
asciende más arriba de los infiernos.
Pero Julia Domna tiene un horóscopo que la destina a ser un día la
mujer de un Emperador; y por su horóscopo decide casarse con Julia
Domna. Ahora, la piedra lunar, Julia Domna, el horóscopo y los oráculos
hidrománticos ante los que se obtienen los horóscopos de los
emperadores, todo marcha al unísono. Quiero decir que en Siria la
tierra vive, y que hay piedras que viven; y que Julia Domna tiene mucho
que ver con todo eso.
Hay piedras negras en forma de verga de hombre, y un sexo de mujer
cincelado debajo. Y esas piedras son vértebras en preciosos rincones de
la tierra. Y la piedra negra de Emesa es la más grande de esas
vértebras, la más pura, y también la más perfecta.
Pero hay piedras que viven, como viven las plantas o los animales, y
como puede decirse que el Sol, con sus manchas que se desplazan, se
hinchan y se deshinchan, babean unas sobre otras, vuelven a babear y
vuelven a desplazarse –y cuando se hinchan o se deshinchan, lo hacen
rítmicamente y desde el interior-, como puede decirse que el Sol vive.
Las manchas nacen en él como un cáncer, como los bubones efervescentes
de una peste. Allí adentro hay materia pulverizada que se contrae, como
trozos de sol triturados pero negros. Y pulverizados, ocupan menos
lugar. Sin embargo es el mismo Sol y la misma extensión y cantidad de
Sol, pero en ciertos sitios apagado, y entonces recuerda al diamante y
al carbón. Y todo eso vive; y puede decirse que algunas piedras viven;
y las piedras de Siria viven como milagros de la naturaleza, puesto que
son piedras lanzadas por el cielo.
Y hay muchos milagros y maravillas de la naturaleza sobre el suelo
volcánico de Siria. Ese suelo que parece tapizado y enteramente formado
de piedra pómez, pero en donde las piedras caídas del cielo viven su
propia vida, y sin confundirse con la piedra pómez. Y existen
maravillosas leyendas sobre las piedras de Siria.
Como lo atestigua este texto de Fotius, historiador bizantino de la época de Septimio Severo:
“Severo era un romano, y padre de romanos, de acuerdo con la ley; fue
él mismo quien dijo que había visto una piedra en la cual se observaban
las diferentes caras de la Luna, adoptando todo tipo de apariencias,
ora ésta, ora aquélla, creciendo y disminuyendo según el curso del Sol,
y que también llevaba impreso el mismo Sol.”
Debe decirse que este texto de Fotius no es en sí mismo una obra
original, sino el plagio de un libro perdido que, a juzgar por la
cantidad de escritores que a él se refieren, parece haber constituido
para los antiguos una verdadera Biblia de lo Maravilloso: la “Vida de
Isidoro” por Damascius.
Pero la forma más apasionante de las piedras sirias se encuentra en
los Betilos, los Betilos negros, o Piedras de Bel. El cono negro de
Emesa es un Betilo que conserva su fuego y se dispone a devolverlo, ya
que los Betilos surgieron del fuego. Son como chispas carbonizadas del
fuego celeste. E indagar su historia es volver a la génesis del mundo
creado:
“Vi -sigue diciendo Severo- un Betilo movido por el aire, a
veces oculto entre mantas, pero también a veces llevado en las manos de
un servidor; el nombre de ese servidor que se encargaba del Betilo era
Eusebios, quien me dijo que súbitamente y de manera totalmente
imprevista, le había sobrevenido el deseo de salir de la ciudad de
Emesa, casi en medio de la noche, y de irse muy lejos hacia esa montaña
en la que estaba enclavado el viejo y magnífico templo de Atenas; que
había llegado muy rápido al pie de la montaña y que allí se había
sentado para reposar del cansancio de la ruta y que en ese mismo lugar
había visto una bola de fuego que caía del cielo con una velocidad muy
grande y un león enorme que se hallaba junto a la bola de fuego; que el
león había desaparecido de súbito pero que él había corrido hasta la
bola de fuego ya apagada, la había tomado y era ese Betilo, y mientras
lo llevaba le preguntó a qué dios pertenecía; y le respondió que
pertenecía a Gennaios (ese Gennaios es adorado por los hieropolitanos
que le erigieron en el templo de Zeus una estatua en forma de león); lo
había llevado a su casa esa misma noche, y había recorrido una
distancia no menor, decía, de doscientos diez estadios. Eusebios no
regía los movimientos del Betilo, sino que estaba obligado a rogarle, a
implorarle; y el otro satisfacía sus deseos.
“Era una bola perfectamente esférica, de un color blancuzco; y su
diámetro medía un palmo. Pero en ciertos momentos aumentaba o disminuía
su tamaño; en otros momentos adoptaba un color purpurino. Y nos mostró
unas letras trazadas sobre la piedra, teñidas del color llamado minio
(o cinabrio). Luego adosó el Betilo a la pared. Y era por medio de esas
letras que a quien lo interrogaba el Betilo daba la respuesta buscada.
Emitía voces en forma de un leve silbido que Eusebios nos interpretaba.”
En otro pasaje de su libro, ese mismo Fotius, obsesionado por lo
maravilloso de esas piedras, siente la necesidad de reanudar su
descripción, y una vez más apela al testimonio de Severo:
“Severo
contaba, entro otras cosas, durante su estancia en Alejandría, que
también había visto una piedra heliaca, no tal como las que nosotros
vimos, sino que lanzaba desde lo más profundo de su masa unos rayos
dorados que formaban un disco semejante al Sol colocado en el centro de
la piedra, y que al principio tenía la apariencia de una bola de fuego.
De esta bola surgían rayos que iban hasta su circunferencia, ya que
toda la piedra tenía una forma esférica. También había visto una piedra
selenita, no de aquellas en la que se ve aparecer una pequeña luna,
sólo después de haberla hundido en el agua, y que por eso se llaman
hidroselenitas, sino una piedra que, por un movimiento propio e
inherente a su naturaleza, giraba cuando la Luna giraba, y de la manera
como ella giraba, obra realmente maravillosa de la naturaleza.”
La pequeña ciudad de Apamea en Emesa se alza al pie del Anti
Líbano, en medio de un paisaje de lava muerta y polvo de osamentas. Su
pequeño templo de sol-luna posee un oráculo hidromántico, oráculo que
nunca se equivoca.
En él se hubiera podido ver, un día cualquiera
del mundo antiguo, caminando en grupo como peregrinos en el cerco ce la
luz solar, a toda la familia de Heliogábalo: Basianus, el bisabuelo,
Julia Domna, la tía abuela, Julia Mesa, la abuela. Basianus, de color
amarillo chillón, se adelanta lentamente a paso de asno; y sus hijas lo
preceden.
A las doce en punto, hora en que el oráculo habla, llegan al segundo recinto del templo; y se acercan al vivero sagrado.
La “Vida de Isidoro” de Damascius contiene una descripción de este
oráculo por el cual, según se cuenta, Julia Domna llegó al trono. Y es
de suponer que aquel día el oráculo estuvo particularmente preciso y
particularmente concienzudo, pues a partir de él se obtuvo el horóscopo
que anunció a Julia Domna su futuro reinado. Y se sabe que treinta
taños después, Varius Marcellus, padre putativo de Heliogábalo, hace
levantar en honor del oráculo una estela votiva que lleva grabado en la
piedra el horóscopo de Julia Domna, realizado en aquel momento.
“Quienes venían a honrar a la diosa (Afrodita, salida de las aguas)-
cuenta Juvenal según el libro perdido-, llevaban presentes de oro y
plata, telas de lino, biso y otros materiales preciosos, y si esos
presentes eran aceptados, tanto los paños como los objetos pesados se
iban al fondo. Si al contrario eran rehusados y rechazados, se veía
sobrenadar los paños y hasta todo aquello que estaba hecho de oro,
plata y materiales lo bastante pesados para no flotar naturalmente.
“Las tablillas oblongas de bronce, perforadas por un agujero que
permitía ensartarlas a la manera de los sortilegios etruscos, y que
llevaban respuestas triviales redactadas en latín arcaico en una
cadencia próxima al hexámetro, conservaron para nosotros el valor de
ejemplos de esos talismanes o sortilegios, en los cuales vivían los
oráculos itálicos.”
Entre los otros milagros y maravillas de Siria de los que dan fe
los historiadores, hay apariciones fabulosas, como la de Apolonio de
Tiana frente a Antioquía; y la de esa divinidad misteriosa que se
manifiesta frente a Emesa poco tiempo después de la muerte de
Heliogábalo, como lo relata Vopiscus en la “Vida del Emperador
Aureliano”.
“La caballería de Aureliano había emprendido la
retirada frente a Emesa cuando una divinidad que sólo más tarde fue
conocida vino a alentar a nuestros soldados. La emperatriz Zenobia
huyó, Aureliano entró en Emesa como triunfador y en el mismo momento se
dirigió al Templo de Heliogábalo, pues quería cumplir con los dioses.
Allí divisó una vez más, y con la misma forma, la divinidad que había
visto en el combate, alentando la acción de sus armas.
“De regreso a Roma hizo construir en honor del Sol un templo cuya consagración fue hecha con la mayor magnificencia.
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“Entonces aparecieron en Roma esos vestidos cubiertos de pedrerías que
vemos en el Templo del Sol, esos dragones provenientes de Persia, esas
mitras de oro.”
Pero por encima de esas leyendas y relatos de la tierra que, simbólicos o no, y como todos los símbolos, ocultan y ponen de manifiesto, pero de manera reversible, las más precisas e indiscutibles verdades, están los relatos y leyendas del cielo. Están las Fábulas Metafísicas, las Cosmogonías, el Génesis, no el bíblico, sino el feacio, y que, falso o no en su redacción primitiva, nos transmite, mediante la estela de Sanconiaton, el espíritu profundo y las preocupaciones cenagosas (quiero decir referidas al antiguo cieno) de los primeros mercachifles surgidos del color rojo, rojo amarillo como las menstruaciones. Esas menstruaciones rojo amarillas que son el color y la bandera de los feacios, vuelven a delinear el recuerdo de la más terrible de las guerras. Rojo amarillo, estandarte de la mujer, contra blanco esperma, estandarte del sexo masculino. Acerca de los principios volveré a esta guerra que opone sin tregua posible lo femenino a lo masculino. Por el momento sólo quiero detenerme en una guerra de maravillas, de anomalías naturales, de espectáculos rituales espléndidos, en los que el hombre y la mujer se mezclan a través del oro y de la Luna sobre el manto del sacerdote celebrante.
En Siria los templos vibran de maravillas reales, de magia exteriorizada. Y una considerable cantidad de templos que no parecen construidos sino para ilustrar esa guerra, esos ritos, esas anomalías, rivalizan en esplendor por toda la extensión de Siria, unos consagrados al Sol, otros a la Luna, y nunca se sabe muy bien cuál es la hembra, cuál el macho, y si el macho es quien ha engendrado a la hembra o a la inversa. En Emesa está el templo del Sol, que parece tener la primacía sobre los otros templos del Sol macho, como si hubiera muchos soles y tomadas en particular cada uno fuera el doble de todos los demás, y como la Luna es el doble hembra de un dios único y masculino; y el templo del sol-luna en Apamea todo empedrado con piedras lunares; y el de la Luna en Hierápolis cerca de Emesa que, exteriormente consagrado a la mujer, posee un trono esmirriado y disminuido para el macho, que sólo se muestra una vez al año y en la figura de Apolo. Apolo, es decir el Sol en movimiento y que corre, el Sol liberado de una parte de sí mismo, la más alta, y considerado en su fuerza motora, el Sol que ha bajado de su trono y que acepta ponerse en movimiento, que ya no es rey, puesto que no está sentado, no está inmóvil y trabaja, y se ha convertido en el hijo del rey, como el cristo es hijo de Dios.
Luciano, autor griego del siglo II después de Jesucristo, relata una visita que efectuó al templo de Astarté en Hierápolis.
Pero en vano se buscaría en su relato una precisión acerca de los ritos
que allí se practican. Nada parece haberle impresionado fuera de un
pintoresquismo puramente exterior:
“El templo conserva objetos preciosos, antiguas ofrendas, una multitud
de objetos maravillosos, estatuas veneradas y dioses siempre presentes.
En efecto las estatuas sudan, se mueven y emiten oráculos.”
Ya que si las piedras emiten sonidos, si vuelan, si tienen un hálito,
una respiración que les pertenece, también las estatuas tienen un
hálito que sin duda es el espíritu del dios.
“A menudo-dice Luciano-, se escucha una voz en el santuario, cuando el templo está cerrado. Muchos la han oído.”
Es de suponer que una vez abierto el templo, la superchería se hacía
imposible. Siempre habrá farsantes al lado de los iniciados.
“He visto –continúa Luciano-, el tesoro secreto del templo, donde
se conservan las reliquias, las innumerables riquezas; paños, objetos
de oro y plata ordenados por separado.
“Además el templo contiene
cuernos de elefantes, alfarería, tejidos etíopes; en el vestíbulo se
ven dos enormes falos. También puede verse, en el recinto del templo,
un hombrecito de bronce sentado provisto de un enorme miembro.
“El emplazamiento mismo en donde se construyó el templo de Hierápolis
es una colina situada en medio de la ciudad. Está rodeado por dos
murallas. Una de esas murallas es antigua, la otra no es muy anterior a
nuestra época. Los propileos tiene una extensión de aproximadamente
cien brazas (ciento sesenta metros). Bajo estos propileos se encuentran
falos de una altura de treinta brazas (cuarenta y ocho metros). Un
hombre sube dos veces por año a uno de esos falos y se queda en lo alto
durante siete días. El motivo de esta ascensión es el siguiente: el
pueblo está persuadido de que este hombre, desde ese sitio elevado,
conversa con los dioses, les pide la prosperidad de toda Siria, y que
aquellos escuchan su ruego desde más cerca. Otros piensan que esto se
practica en honor de Deucalión y en recuerdo de ese triste
acontecimiento, cuando los hombres huían a las montañas por temor a la
inundación. (El templo de Hierápolis poseía un orificio por el cual se
decía que había salido el agua del diluvio). Para subir al falo el
hombre pasa una gruesa cadena alrededor del falo y de su cuerpo, luego
sube por medio de salientes de madera que sobresalen del falo, lo
bastante anchas para apoyar el pie. A medida que se eleva levanta la
cadena consigo del mismo modo que los carreros levantan las riendas. Si
nunca han visto esto, seguramente han visto treparse a las palmeras, ya
sea en Arabia, en Egipto o en otras partes, entonces comprenderán lo
que quiero decir. Al llegar al término de su camino, nuestro hombre
suelta otra cadena que lleva consigo y, por medio de esta cadena, que
es muy larga, alza todo lo que necesita: maderas, ropas, utensilios.
Con todo eso se confecciona una morada, una especie de nido, se sienta
y permanece el tiempo mencionado. La muchedumbre que llega le trae,
algunos oro, otros plata, otros cobre; depositan estas ofrendas delante
de él y se retiran diciendo cada uno su nombre.
“Allí hay otro sacerdote, de pie, que le va repitiendo los nombres, y
en cuanto los escucha, dice una oración por cada uno de ellos. Al orar,
golpea en un instrumento de bronce que produce un sonido estrepitoso y
chillón.
“El hombre no duerme. Se cuenta que, si se quedara dormido, un
escorpión llegaría hasta él y lo despertaría con una picadura dolorosa.
Tal es el castigo atribuido a su sueño. Lo que se cuenta del escorpión
es santo y divino.
“El templo mira al Sol naciente. Por su forma y estructura se asemeja a los templos construidos en Jonia.”
Aquí es donde huele a mujer. Si en lugar de darnos una descripción
exterior del templo de Hierápolis –y nunca es más exterior su
descripción que cuando simula violar sus entrañas, introducirse en sus
secretos-, Luciano hubiese tenido la menor curiosidad por los
principios, habría buscado sobre las columnatas del templo el origen
extrahumano de los sexos petrificados de hembra que forman su
ornamento. Este es el principio mismo de la arquitectura Jónica.
Pero volvamos a su descripción documental.
Esta descripción tiene la ventaja de precisar cierta cantidad de
detalles concretos, aunque superficiales, y pone de manifiesto ese
gusto innato del decoro, esa pasión por las magnificencias, verdaderas
o falsas, en un pueblo para el que el teatro no estaba sobre la escena,
sino en la vida.
“Del suelo se alza una base de una altura de dos brazas. Sobre esta
base está asentado el templo. Al entrar uno se siente embargado por la
admiración: las puertas son de oro, en el interior el oro brilla por
todas partes, sobre toda la bóveda. Se siente un olor suave, semejante
a aquel del cual se cuenta que está perfumada Arabia. Por más lejos que
uno se encuentre al llegar al templo, puede respirar ese olor
delicioso, y una vez fuera de él, éste no se disipa, sino que impregna
profundamente la ropa, y siempre conserva uno el recuerdo. Adentro, en
un recinto apartado están colocadas las estatuas de Júpiter y Juno, a
quienes los habitantes de la ciudad llaman por un nombre que posee
consonancias sacadas de su propio lenguaje. Esas dos estatuas son de
oro y están sentadas: Juno sobre leones, Júpiter sobre toros. La
estatua de Juno tiene un cetro en una mano, en la otra un tallo, su
cabeza coronada de rayos sostiene una torre y está ceñida con la
diadema con que por lo común no se adorna más que la frente de Urania.
Sus ropas están cubiertas de oro, de piedras infinitamente preciosas,
unas blancas, otras color de agua, una gran cantidad color de fuego;
son sardónices, circones egipcios, esmeraldas que le traen los indios,
los medos, los armenios, los babilonios.
“La estatua lleva sobre la
cabeza un diamante denominado Lámpara. Durante la noche arroja un
resplandor tan intenso que el templo se ilumina como con antorchas;
durante el día esa claridad es mucho más débil; sin embargo la piedra
conserva una parte de su fuego. También hay otra maravilla en esta
estatua; si se la mira de frente, ella lo mira, si uno se aleja, su
mirada lo sigue. Si otra persona hace la misma experiencia desde otro
lado, la estatua no deja de hacer lo mismo.
“Entre esas dos estatuas se ve una tercera también de oro, pero que no
tiene nada en común con las otras dos. Es el Semeión: sobre la cabeza
soporta una paloma de oro.
“Cuando se entra en el templo, a la izquierda se encuentra un trono
reservado al Sol, pero la figura de ese dios no existe, el Sol y la
Luna son las dos únicas divinidades cuyas imágenes no se muestran;
ellos dicen que es inútil hacer estatuas de divinidades que todos los
días se muestran en el cielo.”
El culto de Baal en Emesa, representado por la vigorosa verga de
Elagábalo, dios negro, es comparable, por sus ritos complejos y
sobrecargados, al culto de Tanit-Astarté, la Luna, que, a algunos
kilómetros de allí, imponía su rigor en las frescas profundidades del
templo de Hierápolis. Era allí, en ese templo consagrado a la vagina de
la mujer, a su sexo divinizado, donde un Apolo sudoroso y barbudo salía
en las principales fiestas y consagraba sus oráculos a través de la voz
del gran sacerdote, avanzando o retrocediendo sobre los hombros de sus
portadores. Este Apolo, totalmente de oro, con un agregado de gruesas
cerdas negras bajo el mentón, llega sostenido sobre las espaldas de una
buena docena de portadores vacilantes y que apenas logran soportar su
masa. La muchedumbre se inclina. El incienso se eleva, parece surgir de
todos los orificios. En el fondo del templo, el gran sacerdote espera
al dios, él mismo cubierto de insignias, sobrecargado de pedrerías, de
oropeles, de plumajes, derecho, endeble, aéreo como el badajo de una
campana, sudoroso de oro. En medio del súbito silencio se escuchan
pasos, voces, idas y venidas de todo tipo en las cámaras subterráneas
del edificio; todo eso forma como tajadas, como estratos superpuestos
de murmullos y ruidos. Bajo el suelo, el templo desciende en espirales
hacia las profundidades; las cámaras rituales se amontonan, se suceden
verticalmente; ocurre que el templo es como un gran teatro, un teatro
en que todo sería verdadero.
En el momento en que el dios aparece,
el dios ebrio que hace vacilar a sus guardianes, el templo vibra, en
correspondencia con los torbellinos estratificados de los subsuelos,
conocidos y señalados desde la más remota antigüedad. En las cámaras
rituales, y hasta a varios centenares de metros bajo el nivel del
suelo, los guardianes se van pasando la noticia, dan voces, golpean
gongs, hacen gemir unas trompas cuyos ecos son reproducidos por las
bóvedas.
En el ala de los gritos, sobre las nubes giratorias del incienso y de
los ruidos, semejantes a masas movibles de humo, el gran sacerdote
interroga al oráculo, lo sondea, lo invoca a voz en cuello y
rítmicamente. Entonces se ve al dios–loco, cuya barba produce un gran
agujero negro en medio del oro en que está completamente ahogado, se lo
ve agitarse, echar espuma, como rabioso o trastornado por la
inspiración.
Si el oráculo es favorable, si la respuesta del oráculo es
“sí”
el dios empuja a sus portadores hacia delante.
Si el oráculo es desfavorable, si la respuesta del oráculo es “no” el dios lleva a sus portadores hacia atrás.
Luciano mismo pretende haber visto un día como ese dios, cansado de las
preguntas que le hacían, se liberaba del abrazo de sus guardianes y se
lanzaba de un vuelo hacia el cielo. Desde aquí vemos a la muchedumbre,
sobrecogida por una especie de terror religioso, que se precipita fuera
del templo, pisotea el atrio, tropieza y se arremolina alrededor de los
dos grandes falos altos como pilares, y momentáneamente inutilizados,
con sus casi cien codos de altura.
Todo esto apenas pone de manifiesto cierto aspecto exterior de la
religión de Astarté, la Luna, extrañamente mezclada a los ritos de
Apolo, el Sol barbudo. Pero es preciso insistir en la presencia de esos
dos pilares, que se alzaban uno tras otro en la alineación interior del
templo. Esos dos pilares, que representan falos, se alzan en el mismo
eje del sol, de tal manera que forman, con el punto en que el Sol se
eleva en cierta época del año, una especie de línea ideal en la que se
inserta el templo, y que hace que la sombra de la primera columna, la
columna más cerca al templo, se confunda exactamente con la sombra de
la otra.
Esta es la señal de un intenso desbordamiento de sexos, al
que todo lo que es especialmente religioso en el reino, y hasta lo que
no lo es, no vacila en mezclarse. Pero aquello que para los coribantes
es un llamado a la mutilación, para la mayoría del pueblo es un
estímulo a la fornicación. Mientras las nuevas vírgenes sacrifican
sobre el altar de la Luna su virginidad recién adquirida, sus santas
madres, que por un día salen del gineceo familiar, se entregan a los
barrenderos del templo, a los guardianes de las esclusas sagradas, que
también emergen de sus tinieblas por un día, y vienen a ofrecer su sexo
macho a los rayos del sol exterior.
Algunas mujeres se enamoran repentinamente de esos coribantes que
arrojan sus miembros mientras corren, que pierden abundantemente su
sangre sobre los altares del dios pítico. Y los maridos, los amantes de
esas mujeres respetan esos amores sagrados.
Esas explosiones
amorosas duran poco tiempo. Pronto las mujeres abandonan los cadáveres
de esos hombres cubiertos de vestidos femeninos, que han recibido en su
carrera mortal.
Dicho lo cual, debe reconocerse que Siria, que mezcla los templos, que ha olvidado la guerra que en otros tiempos la hembra y el macho sostuvieron en el caos, y las guerras que los feacios o fenicios, que no son semitas, sostuvieron en otros tiempos con los semitas, no por una idea de macho y hembra, sino de masculino y femenino, Siria que reconcilió en sus templos estos dos principios y sus múltiples encarnaciones, de todos modos tiene la disposición a cierta magia natural: cree en los prodigios, y los busca; pero, por sobre todas las cosas, conserva una idea de la magia que no es natural: cree en zonas de espíritus, en líneas místicas de influencia, en una especie de magnetismo errante, y que adopta una forma, y que expresa por medio de figuras sobre sus mapas del cielo Bárbaro, que no tienen nada que ver con mapas de astronomía.
Una mujer, única en su especie en la Historia, fue la encarnación de esa magia y de esas guerras: Julia Domna.
En la confluencia de lo real y lo irreal, ella erige sus grandiosos
designios alimentados por debajo de la respiración de las piedras
parlantes, sirviéndole lo maravilloso a la vez de decorado y espejo.
Julia Domna, que ha hecho la guerra, que ha encendido y suscitado
guerras para servir a sus ambiciones de mujer y a sus ideas de
dominación, también es responsable de esa acumulación de maravillas que
llenan la “Vida de Apolonio de Tiana”, escrita por Filóstrato; Apolonio
de Tiana el blanco, que recarga la espiritualidad de la tierra con
signos hechos en las tumbas.
Le perdono a Julia Domna su casamiento con esa especie de loco romano
llamado Septimio Severo; y le perdono sus hijos, más locos aún y más
criminales que su padre, por la “Vida de Apolonio de Tiana”, escrita
por orden suya, y en la cual tomo yo todo en su sentido literal.
Por otra parte, sin Julia Domna no habría existido Heliogábalo, pero
creo que sin esa aleación pederástica de la realeza y el sacerdocio, en
que la mujer aspira a ser macho, y el macho a adoptar maneras
femeninas, la feminidad real de Julia Domna, que impregnaban lo
maravilloso y la inteligencia, nunca habría pensado en brillar sobre el
trono del imperio romano. Para ello se necesitaron circunstancias
exteriores, y que ella fuera una verdadera mujer. Todo esto reunido
configura un monstruo que conduce a un emperador a la guerra, pero que,
una vez pasada la guerra, engendra poetas a su alrededor, como
engendraría curanderos o brujos. Todos sus amantes son gente que sirve,
que sirve para algo, y que le sirve. Ella mezcla el sexo y el espíritu,
y nunca el espíritu sin el sexo, pero tampoco el sexo carente de
espíritu. En Siria, y cuando todavía era una niña, se acuesta a diestro
y siniestro, pero siempre con médicos, con políticos, con poetas. Se
entrega a personas que están en su propia línea, sin preocuparse por
las líneas de ellos. Primero ser reina: sus coitos la conducen a la
realeza. Y es de suponer que a Septimio Severo lo habrá hecho desear,
en el año 179, cuando venía a Siria a tomar el mando de la 4ª. Legión
Escítica, y así hasta su casamiento, un poco más tarde. E incluso
después.
Gasta sin frenos; y aunque no sabe como Julia Mesa urdir una sutil
intriga, prepara grandes planes. La ambición por sobre todas las cosas,
y la fuerza. La ambición hasta en la sangre, e incluso una vez por
encima de la sangre. Si sus dos hijos buscan matarse ante ella,
abandona al muerto por el vivo, porque el vivo se llama Caracalla, y
reina. Y porque ella domina a Caracalla con su cabeza y cuida el trono
mientras lo envía a guerrear a lo lejos.
Un historiador latino,
Dion Casius, cuenta que Julia Domna se acuesta con Caracalla sobre la
sangre de su hijo Geta, asesinado por Caracalla. Pero Julia Domna nunca
se acostó más que con la realeza, la del Sol primero, de quien es hija;
la de Roma luego, que la recubre como un caballo cubre a una yegua.
Sin embargo, esta fuerza no carece de blandura. Hay mucha diversión en
la corte de Julia Domna, desde que bajo los auspicios de Julia mesa, su
hermana, y de las hijas de esta última, logró implantar en roma las
costumbres de Siria.
El esperma corre a mares quizá, pero es un río inteligente ese río de esperma que corre y sabe que no se pierde.
Ya que la blandura, aquí, no es más que la espuma de la fuerza. Una cresta que tiembla en el viento.
Nada abate a esta mujer extraordinaria. Cuando se va la guerra, entra
la poesía. Y mientras tanto, su hermana está allí, bajo su dominio, y
con ella sus hijas, por quienes se perpetuará la raza del sol.
Heliogábalo nace en Antioquia, en el año 204, durante el reinado de Caracalla.
Y Caracalla, Mesa, Domna, Semia, la madre de Heliogábalo, entonces
viuda de Varius Antoninus Macrinus, y Mamea, madre de Alejandro Severo
y viuda de Gesius Marcianus, curador del trigo o de las aguas, todos
ellos se acuestan todos juntos, se zarandean, banquetean, y excitan a
su alrededor los trances de los faquires sirios.
Luego, a lo lejos, adviene cerca de un templo de la luna macho, del
dios Lunus, el asesinato de Caracalla, cuando apeado del caballo estaba
orinando.
Y Macrino, el nuevo emperador, se instala en el trono de Roma, sin
volver nunca más a Roma, imaginando que gobierna todo desde el fondo de
Siria, allí donde se encuentra, y donde perpetró el asesinato de
Caracalla.
Parecía acabada entonces la realeza de Julia Domna. No obstante Macrino
la deja donde está: la respeta; y Julia Domna no da crédito a sus ojos.
Sin embargo ya no es verdaderamente reina. Conserva el título, los
honores, la escolta (la fuerza armada es importante),y sobre todo el
tesoro de una reina (el tesoro es lo más importante), pero ya no toma
parte en el gobierno del imperio, y sigilosamente conspira, para
recuperar ese gobierno.
Macrino se entera de todo eso, y apresuradamente llama a Siria a Julia
Domna, Julia Mesa, Julia Semia y Julia Mamea, y, además, al pequeño
Varius Antoninus, de la familia de los Basianos de Emesa, que
llamaremos Heliogábalo, aunque todavía no haya recibido ese nombre.
La madre de Heliogábalo se encontraba en Roma, en el momento en que lo concibe, y en consecuencia Caracalla pudo haber sido su padre, aunque en esa época no tenía más de catorce años. Pero, ¿por qué un romano de catorce años, hijo de una siria, no lograría hacerle un hijo a una siria de dieciocho años? No fue en Roma donde nació Heliogábalo, sino, por casualidad, en Antioquía, en el transcurso de uno de esos viajecitos misteriosos que la familia de los Basianos había de la corte de Roma al templo de Emesa, pasando por al capital militar de Siria.
De regreso a Sira, Julia Domna, que siempre amó la realeza por sobre todas las cosas, a quien en el fondo nunca le importó el amor (y la poesía de Apolonio de Tiana y de algunos otros siempre fue para ella la forma más alta de la realeza), Julia Domna que no puede soportar el hecho de haber perdido la corona, decide dejarse morir de hambre; y así lo hace.
Julia Mesa y su camada están instaladas nuevamente en Siria.
Estamos en el año 211 de Cristo.
Heliogábalo puede tener siete años, y desde hace ya dos años ha sido
consagrado sacerdote del sol. Pero alrededor del pequeño reinado de
Emat sobre el que reina Heliogábalo, está la Siria desértica y blanca,
de la cual de todos modos sería importante saber algo.
Desde el punto de vista militar es tranquila. Desde el punto de vista
físico y geográfico, es poco más o menos idéntica a lo que es hoy. Hoy
el Orontes, que bañaba los muros del templo de Emesa como una especie
de brazo desviado, ha dejado de bañarlos. Antioquía se llama Antioquía
y Emesa se llama Homs. Del templo del Sol ya no queda nada, como si se
lo hubiera tragado la tierra. Realmente se lo tragó la tierra, puesto
que todavía está allí, se ha construido una mezquita a medio estadio a
su derecha, que mira hacia el poniente; pero una simple plaza empedrada
recubre sus fabulosos cimientos, donde a nadie se le ocurrió jamás ir a
excavar.
En cuanto a la ciudad de Homs, apesta como Emesa, ya que el amor, la
carne y la mierda, todo se hace al aire libre. Y las pastelerías al
lado de las letrinas, como las carnicerías rituales junto a las otras
carnicerías. Todo esto grita, se destapa, hace el amor, arroja el
veneno y la esperma como se arrojan escupitajos. En las callejuelas, a
grandes pasos rítmicos y semejantes a los que debían dar las grandes
estatuas de Asuerus, los comerciantes salmodian en Homs como
salmodiaban en Emesa, delante de sus comercios semejantes a verdaderas
ferias.
Tiene esos vestidos largos que se ven en los Evangelios, y se ajetrean
en medio de olores espantosos, como si fueran saltimbanquis o bufones
orientales. Y frente a ellos, pero en el año 211, pasa una muchedumbre,
mezclada de esclavos y aristócratas, y por encima de ellos, sobre las
alturas de la ciudad, resplandecen las murallas ardientes del templo
milenario del Sol.
Al salir de las callejuelas comerciales, donde, entre los detritus
de alimentos, se pudren grandes ratas de albañal, acerquémonos al
templo mismo, cuyo secreto esplendor hizo soñar a una parte de la
antigüedad. A medio estadio del templo los olores se acaban, se hace el
silencio. Un vacío atiborrado de sol separa el templo de la ciudad
baja, ya que el templo del Sol en Emesa, como casi todos los templos
sirios, domina en un montículo elevado. Ese montículo está hecho de las
entrañas de otros templos, de restos de palacios, y de los vestigios de
antiguas convulsiones terrestres, que, si se quisiera determinar su
origen, nos llevaría a un Diluvio mucho más remoto que el de Deucalión.
Un recinto bajo, de adobe rosado, cierra el templo en la cima del
montículo, seguido a una distancia del ancho de la plaza de la
Concordia, por un segundo recinto de piedras raras, recubiertas por una
veladura de mica brillante. Una vez abierta la puerta del segundo
recinto, comienzan los ruidos sagrados, los ruidos interiores, y ante
la vista se ofrece un espectáculo desconcertante.
Allí está el
templo, con su águila de alas abiertas, y que cuida al Falo sagrado.
Sobre sus paredes de mármol se estremecen grandes olas de resplandores
argentíferos, que recuerdan al espíritu los múltiples gritos que parece
lanzar el Apolo Pitio, durante el transcurso de las grandes fiestas
solares. Y alrededor del templo, a raudales, saliendo de las grandes
alcantarillas negras, desfilan los servidores rituales, como nacidos
del sudor del suelo. Ya que en el templo de Emesa, la entrada de
servicio está bajo tierra, y nada debe turbar el vacío que bordea al
templo más allá del recinto más alejado. Un río de hombres, animales,
objetos, materiales, vituallas, nace en varios rincones de la ciudad
comercial, y converge hacia los subterráneos del templo, creando
alrededor de sus cámaras alimenticias como la trama de una inmensa
telaraña.
Este entrecruzamiento misterioso de hombres, animales vivos o
desollados, metales llevados por especies de pequeños cíclopes que sólo
verían la luz del día una vez al año, alimentos, objetos fabricados,
crea en ciertas horas del día un paroxismo, nudos de gritería y de
ruidos, pero puede decirse que no se detiene jamás.
Bajo tierra, los carniceros, las escoltas, los carreteros, los
distribuidores, que salen del templo por sus partes bajas y hurgan en
la ciudad a lo largo de todo el día, para dar al dios rapaz sus cuatro
partes cotidianas de alimentos, se cruzan con los sacrificadores,
ebrios de sangre, incienso y oro fundido, con los fundidores, con los
heraldos de las horas, con los batidores de metales, clavados en sus
cuartos bajos durante todos los días del año, y que sólo emergen el día
fatídico de los Juegos Píticos, también llamados Helia Pitia.
Sucede que alrededor de las cuatro grandes comidas rituales del dios
solar, gira un pueblo de sacerdotes, esclavos, heraldos, párrocos. Y
estas mismas comidas no son simples, sino que a cada gesto, a cada
rito, a cada manipulación sangrienta, a cada cuchillo bañado en ácido y
secado, a cada nueva vestimenta que Basianus se saca o pone, a cada
ruido de golpes, a cada mezcla precipitada de oro, plata, amianto o
electro, a cada gozne que gira y que atraviesa los subterráneos
radiantes con el ruido de la Rueda Cósmica, responde un vuelo de ideas
sombrías y torturadas, de ideas enamoradas de formas que arden en
deseos de reencarnarse.
Una masa de oro arrojada en un abismo alimentado por cíclopes, en el
preciso instante en que el Gran Sacrificador destroza frenéticamente la
garganta de un gran buitre, y bebe su sangre, responde a una idea de la
transmutación alquímica de los sentimientos en formas y de las formas
en sentimientos, sobre el rito transmitido por los sacerdotes egipcios.
Pero a esta idea de la sangre derramada y de la transmutación material
de las formas, corresponde una idea de la purificación. Se trata de
aislar la ganancia obtenida de todo sentimiento de goce inmediato y
personal por parte del sacerdote; y que este estallido, esta explosión
de rápido frenesí puedan volver, sin la sobrecarga de materia, al
principio del cual salieron.
Por esto esas innumerables cámaras consagradas a una acción o incluso a
un simple gesto, y de las cuales estaban como rellenos los subterráneos
del templo, sus entrañas hirvientes. El rito de la ablución, el rito
del abandono, de la depravación, del despojo; el rito de la desnudez
completa y en todos los sentidos; el rito de la fuerza corrosiva y del
salto imprevisto del sol correspondiente a la aparición del jabalí
salvaje; el rito de la rabia del lobo alpino y el de la obstinación del
carnero; el rito de la emanación de los tibios calores y el de la gran
crepitación solar en la época en que el principio macho marca su
victoria sobre la serpiente; todos esos ritos, a través de diez mil
cámaras, se corresponden diariamente, o de mes en mes, y de par de años
en par de años; se corresponden de un vestido a un gesto, y de paso a
un chorro de sangre.
Porque lo que se transmitió al exterior de la religión del sol, tal
como se practicaba en Emesa, y que el grueso del pueblo veía, no es más
que la parte edulcorada y reducida, y cuya torturadora y abominable
inspiración sólo podrían revelar los sacerdotes del dios Pítico.
Si un falo giratorio, y cubierto con múltiples vestidos, señala lo que
tiene de negro el culto del sol, los estratos ruidosos que conducen la
idea del sol bajo la tierra, realizan de una manera física, con sus
trampas y sus encantos tajantes, un mundo de ideas infinitamente
sombrías y cuyas ordinarias historias de sexo no son más que el
revestimiento.
Esas ideas que determinan el culto del sol, tal como se practicaba en
Emesa, conciernen a la maldad cósmica de un principio, al que los
pueblos periódicamente cometieron el error de facilitar un detestable
escape en las cosas, venerándolo en lo que tiene de negro.
El triángulo invertido que forman los muslos, cuando el vientre se
hunde en medio de ellos como una cuña, reproduce el cono oscuro del
Erebo, en cuyo espacio maléfico, introducen sus exaltaciones los
adoradores del falo solar, que en esto le dan la mano a los devoradores
de menstruaciones lunares.
Por lo tanto no es el coito, sino la muerte, y la muerte en la luz
desesperante, en la caída de una parte de dios, cuya figura impotente
revelan todas esas religiones iniciáticas, impotente y malvada a la
vez, como un oro que, para mostrar su soberanía en el terreno de la
baja realización, vería desprenderse una parte de sí mismo con el peso
del plomo.
Y todo esto, que revela el carácter espantoso de una religión no
obstante monoteísta, prueba que Dios mismo es más que lo que de él se
hace.
Allí donde las pirámides de Egipto, con sus triángulos construidos,
son un llamado a la luz blanca, en el centro subterráneo del templo de
Emesa es preciso pensar en una especie de filtro triangular, un filtro
para la sangre humana.
La sangre de los sacrificios de arriba no
puede perderse en las cloacas comunes; no debe llegar a las aguas
primitivas del mar mezclada con las ordinarias deyecciones humanas:
orina, sudor, esperma, escupitajos o excrementos. Y bajo el templo de
Emesa hay un sistema de cloacas especiales, donde la sangre del hombre
se une al plasma de ciertos animales.
Por esas cloacas en forma de espiral ardiente, cuyo círculo disminuye a
medida que avanzan en las profundidades del suelo, esa sangre de seres
sacrificados con los ritos requeridos va a llegar a los rincones
sagrados de la tierra, a los primitivos filones geológicos, a los
estremecimientos coagulados del caos. Esa sangre pura, esa sangre
aligerada y sutilizada por los ritos, y que se hizo placentera para el
dios de abajo, rocía a los dioses rugientes del Erebo, cuyo hálito
termina de purificarla.
Ahora, de la punta de su falo al último circuito de sus cloacas
solares, el templo, con las protuberancias de sus nichos, de sus
fuentes, de sus bajorrelieves, de sus piedras vibrantes plantadas como
clavos en los muros, está totalmente incluido en una especie de inmenso
círculo, que corresponde al círculo espasmódico del cielo.
Allí, en el centro de ese círculo ilusorio, y como en el punto viviente
de una tela en el minuto en que se sostiene la araña, es donde se
encuentra la cámara del filtro semejante a un triángulo invertido. Y la
punta hueca del filtro corresponde en sentido inverso a la punta del
falo de arriba.
En esta cámara cerrada, sólo el gran sacerdote desciende con una cuerda, como un cubo en las profundidades de un pozo.
Se lo baja una vez al año, a medianoche, en medio de un acompañamiento
de ritos extraños en los que el sexo físico del hombre adquiere una
importancia desmesurada.
Ese triángulo tenía en sus bordes una especie de adarve cerrado por una
gruesa baranda. Y a ese adarve daban otras cámaras, sin salida hacia la
luz exterior, pero en las cuales durante siete días, en un período que
corresponde a las Saturnales griegas o romanas, se ejecutaban atroces
matanzas.
Vuelvo ahora a Heliogábalo que es joven y se divierte. De tiempo en
tiempo lo visten. Lo arrojan sobre los peldaños del templo, le hacen
ejecutar ritos que su cerebro no comprende.
Oficia con seiscientos
amuletos que crean zonas en su cuerpo. Da vueltas alrededor de los
altares consagrados a los dioses y a las diosas; se impregna de ritmos,
cantos, olores y múltiples ideas; y llega el día en que todo eso se
reúne, en que la sangre del sol sube como rocío en su cabeza, y cada
gota de rocío solar se vuelve energía e idea.
Es demasiado fácil decir que fue Julia Mesa, la rata o el azufre, la
que condujo toda la intriga destinada a poner a Heliogábalo en el trono
de los Césares romanos. Todos aquellos que triunfaron en la vida e
hicieron hablar de ellos, no hay duda que tenían algo; y los que, como
Heliogábalo, llegaron a ofuscar a la Historia, tenían cualidades que
habrían podido cambiar el curso de la misma si las circunstancias
hubiesen estado a su favor.
Julia Mesa posee sobre Domna, su hermana, la superioridad de no haber
buscado jamás nada para ella misma, de no haber confundido jamás ni la
realeza romana, ni la realeza solar de los Basianos con su pequeña
persona, y de haber sabido despersonalizarse.
Enviada a Emesa por Macrino, allí transporta tanto el tesoro del
imperio acumulado por Julia Domna como el tesoro del sacerdocio sirio
que se enmohecía en algún sitio en Antioquía; y encierra todo eso en el
interior del recinto del templo, considerado por todos como inviolable
y sagrado.
Como rata, hace su trabajo de rata que gira sin descanso alrededor de
las cosas. Estimula, alimenta sigilosamente la gloria de Heliogábalo,
la alimenta por todas partes y por todos los medios posibles. Y no se
preocupa por la calidad de esos medios.
En ese pedestal que pone bajo la estatua sagrada del principito, la
belleza de Heliogábalo desempeña un papel, pero también la sorprendente
inteligencia de Heliogábalo, y su precoz desarrollo.
Desde muy pequeño Heliogábalo posee el sentido de la unidad, que están
en la base de todos los mitos y de todos los nombres; y su decisión de
llamarse Elagabalus, y el encarnizamiento con que se obstinó en hacer
olvidar su familia y su nombre, y en identificarse con el dios que los
cubre, es una primera prueba de su monoteísmo mágico, que no sólo es
verbo, sino acción.
Ese monoteísmo, luego, lo introduce en las obras. Y es ese monoteísmo,
esa unidad de todo que entorpece el capricho y la multiplicidad de las
cosas, lo que yo llamo anarquía.
Poseer el sentido de la unidad profunda de las cosas es poseer el
sentido de la anarquía, y del esfuerzo necesario para reducir las cosas
llevándolas a la unidad.
Quien posee el sentido de la unidad posee el sentido de la
multiplicidad de las cosas, de ese polvo de aspectos por los que se
debe pasar para reducirlas y destruirlas.
Y Heliogábalo, como rey, se encuentra en el mejor sitio posible para
reducir la multiplicidad humana, y por medio de la sangre, la crueldad,
la guerra, llevarla hasta el sentimiento de la unidad.
II
LA GUERRA DE LOS PRINCIPIOS
Si nos acercamos a la Siria de hoy, con sus montañas, su mar, su
río, sus ciudades y sus gritos, sentimos la ausencia de algo esencial;
pero como el pus hirviente y vital, está ausente del absceso reventado.
Algo espantoso, compacto, duro, y si se quiere abominable, abandonó de
golpe, brutalmente, como se vacía un pozo de aire, como el “Fiat”
tonante de Dios volatiliza sus torbellinos, como se disipa en los rayos
del sol traidor una espiral de vahos, abandonó el aire del cielo y las
murallas carcomidas de las ciudades, algo que ya no se volverá a ver.
Allí donde la religión de Ictus, el Pez pérfido, en el momento de la
muerte, señala con cruces su paso sobre las partes culpables del
cuerpo, la religión de Elagabalus exalta la peligrosa acción del
miembro sombrío, del órgano de la reproducción.
Entre el grito del coribante que se castra y corre por la ciudad
esgrimiendo su sexo, bien rígido y seccionado al ras, y el aullido del
oráculo que ruge al borde de los viveros sagrados, nace una armonía
encantada y grave, basada en el misticismo. No un acuerdo de sonidos,
sino un acuerdo petrificante de cosas y que demuestra que en Siria, un
poco antes de la aparición de Heliogábalo y hasta algunos siglos
después de él, hasta la crucifixión, sobre el frontispicio del templo
de Palmira, de Valerio, emperador romano, cuyo cadáver fue
pintarrajeado de rojo, el culto negro no temía mostrar sus encantos al
sol macho, hacerlo cómplice de su triste eficacia.
¿Qué significa y en qué consiste finalmente esta religión del Sol en
Emesa, por cuya difusión, después de todo, Heliogábalo dio su vida?
No es suficiente que el olor del hombre persista todavía en las ruinas
del desierto, que un soplo menstrual corra entre los torbellinos
masculinos del cielo; no es suficiente que el eterno combate del hombre
y la mujer pase por los canales surcados de las piedras, por las
columnas de aire recalentadas.
El asombroso coloquio mágico que opone el cielo a la tierra y la luna
al sol, y que la religión de Ictus, el Pez, ha destruido, si bien no se
ejerce ya en el humor ritual de las celebraciones, está en el origen de
nuestra actual inercia.
Podemos despreciar a distancia la sangrienta aspersión de los
Taurobolios, a la cual se entregan los adeptos al culto de Mitra, sobre
una especie de línea mística, cuyo trayecto nunca fue superado, y que
va desde las altiplanicies del Irán hasta el recinto cerrado de Roma;
podemos taparnos la nariz de horror ante la emanación mezclada de
sangre, esperma, transpiración y menstruaciones, unida a ese íntimo
olor a carne corroída y sexo sucio que se alza de los sacrificios
humanos; podemos gritar de asco ante el prurito sexual de las mujeres,
que al ver un miembro recién arrancado se sienten perdidamente
enamoradas; podemos abominar de la locura de un pueblo en trance que,
desde lo alto de las casas en que los coribantes arrojaron sus
miembros, les lanzan vestidos de mujer sobre los hombros, al tiempo que
invocan a sus dioses; pero no podemos pretender que todos estos ritos
no contienen una suma de espiritualidad violenta que supera sus excesos
sangrientos.
Si en la religión del cristo el cielo es un Mito, en la religión de
Elagabalus en Emesa, el cielo es una realidad, pero una realidad en
acción como la otra y que reacciona peligrosamente sobre la otra. Todos
esos ritos hacen confluir el cielo, o lo que de él se desprende, en la
piedra ritual, hombre o mujer, bajo el cuchillo del sacrificador.
Esto ocurre porque hay dioses en el cielo, dioses, es decir fuerzas que no esperan sino el momento de precipitarse.
La fuerza que recarga los macareos, que hace beber el mar a la luna,
que hace subir la lava en las entrañas de los volcanes; la fuerza que
sacude las ciudades y deseca los desiertos; la fuerza imprevisible y
roja que en nuestras cabezas hace hervir los pensamientos como otros
tantos crímenes, y los crímenes como otros tantos piojos; la fuerza que
sostiene la vida y la que hace abortar la vida, son otras tantas
manifestaciones sólidas de una energía cuyo aspecto pesado es el sol.
Aquel que remueve los dioses de las religiones antiguas, y revuelve sus
nombres en el fondo de su chimenea como con el gancho de un trapero;
aquel que se enloquece ante la multiplicidad de los nombres; aquel que
encuentra similitudes entre los dioses, cabalgando de un país al otro,
y las raíces de una etimología idéntica en los nombres de los cuales
están hechos los dioses; y que, después de haber pasado revista a todos
esos nombres, a las indicaciones de sus fuerzas y al sentido de sus
atributos, se escandaliza ante el politeísmo de los antiguos, que por
eso llama Bárbaros, es porque él mismo es un Bárbaro, es decir un
europeo.
Si los pueblos, a medida que andaba el tiempo, han vuelto a hacer a los
dioses a su imagen y semejanza; si han extinguido la idea fosforescente
de los dioses y, partiendo de los nombres con que los encerraban, se
mostraron impotentes de remontarse hasta la descarga inicial, hasta la
revelación del principio que esos dioses quieren manifestar, por medio
de los contactos concéntricos de las fuerzas, por medio de la
imantación aplicada y concreta de las energías, hay que acusar
histórica e individualmente a esos pueblos, y no a los principios, y
menos aún a esa idea superior y total del mundo que el Paganismo quiso
restituirnos. Y como en el fondo de las ideas, sólo pueden juzgarse por
su forma, puede decirse que, tomados en el tiempo, el desarrollo
innumerable de los mitos –al que corresponde, en los colmados
subterráneos de los templos solares, el amontonamiento sedimentario de
los dioses- no nos da la idea de la formidable tradición cósmica que
está en el origen del mundo pagano, del mismo modo que las danzas de
los bufones orientales y las tretas de los faquires que vienen a
exhibirse en las escenas europeas no son capaces de transmitirnos el
espíritu de liberación sin imágenes o la misteriosa conmoción de las
imágenes que provienen de un gesto verdaderamente sagrado.
El espíritu sagrado es aquel que permanece pegado a los principios con
una fuerza de identificación sombría, que se asemeja a la sexualidad, a
la sexualidad en el plano más próximo a nuestros espíritus orgánicos, a
nuestros espíritus obstruidos por el espesor de su caída. Esta caída
acerca de la cual me pregunto si representa el pecado. Ya que en el
plano en que las cosas se elevan, esta identificación se llama Amor,
una de cuyas formas es la caridad universal, y la otra, la más
terrible, se convierte en el sacrificio del alma, es decir en la muerte
de la individualidad.
Todas estas luchas de dios contra dios, y de fuerza contra fuerza, en
que los dioses sienten crujir entre sus dedos las fuerzas que se supone
deben dirigir; esta separación de la fuerza y del dios, en que el dios
queda reducido a una especie de palabra que cae, una efigie consagrada
a las más horrorosas idolatrías; ese ruido sísmico y ese temblor
material en los cielos; esa manera de clavar el cielo en el cielo, y la
tierra en la tierra; esas casas y esos territorios del cielo que pasan
de mano en mano y de cabeza en cabeza, mientras cada uno de nosotros,
aquí, en su cabeza, recompone sus dioses; esta ocupación provisional
del cielo, aquí por medio de un dios y su rabia, y allá por medio del
mismo dios transformado; esta toma de posesión de los poderes, que es
reemplazada, como la eterna pulsación de un espasmo, de abajo arriba y
de arriba abajo, por otras tomas de posesión de los poderes; esta
respiración de las facultades cósmicas, semejantes, en el plano
superior, a las facultades sepultadas y groseras que duermen en
nuestras individualidades separadas, y a cada facultad le corresponde
un dios y una fuerza, y nosotros somos el cielo sobre la tierra, y
ellos se han convertido en la tierra, la tierra retirada en lo
absoluto; esta inestabilidad tormentosa de los cielos que nosotros
llamamos Paganismo, y que a veces nos deja ciegos, que nos acribilla
con sus verdades, fuimos nosotros, fue nuestra Europa cristiana, fue la
Historia la que la fabricó.
Si lo reubicamos en el tiempo, ese innumerable despliegue de dioses que
los pueblos, en su avance histórico, desparraman sucesivamente en los
cielos –a menudo el mismo emplazamiento del cielo visible está ocupado
por efigies de naturaleza contraria, y esos dioses son hombre y mujer,
y el dios-mujer recubre la efigie masculina del dios que es igual a él;
e Ishtar, nombre de origen masculino, termina por significar la luna, y
la luna en el mismo punto del espacio y del tiempo, entorpecida por un
falo y un ktels, que hace el amor consigo misma, y desparrama su rocío
de niños-, si lo reubicamos en el tiempo, ese pataleo alrededor de los
principios no empaña su validez inicial del mismo modo que las
masturbaciones de un idiota onanista no empañan el principio de la
reproducción.
Si los pueblos terminaron por considerar a los dioses como seres
verdaderamente separados, si se equivocaron acerca del significado de
esos dioses, debemos observar que cada pueblo, tomado individualmente,
y en el mismo punto del espacio y el tiempo, siempre trató de organizar
jerárquicamente sus poderes, y que allí donde un femenino recubrió un
masculino e inversamente, en la cabeza y el corazón del pueblo que por
encima de él desplegaba esos dioses contradictorios por esencia, el
masculino era el masculino, y el femenino el femenino sin inversión
nominal posible; quiero decir que inmediatamente, el mismo nombre nunca
servía a dos formas, si a uno le interesa considerar esas formas como
entidades verdaderamente separadas, sino que el mismo nombre a menudo
era la contracción de dos formas, hechas, aparentemente, para devorarse
entre sí; y la Siria de la época de Heliogábalo poseía hasta un punto
supremo la noción de esa misteriosa fusibilidad.
Aquello que diferencia los paganos de nosotros, es que en el origen
de todas sus creencias hay un terrible esfuerzo para no pensar como
hombres, para conservar el contacto con toda la creación, es decir con
la divinidad.
Bien sé que el más ínfimo impulso de amor verdadero
nos acerca mucho más a Dios que toda la ciencia que podamos poseer de
la creación y sus grados.
Pero el Amor que es una fuerza no funciona sin voluntad. No se ama sin
la voluntad, la cual pasa por la conciencia, es la conciencia de la
separación consentida la que nos lleva a la separación de las cosas, la
que nos conduce a la unidad de Dios. El amor se gana primero por la
conciencia, y luego por la fuerza del amor.
No obstante, hay varias estancias en la casa de mi padre. Y aquel que
arrojado a la tierra con la conciencia del idiota, después de sabrá
Dios qué hazañas y qué faltas en otros estados u otros mundos que
valieron su idiotez; pero exactamente con la conciencia necesaria para
amar, y amar en un soltarse sin palabras, en un maravilloso impulso
espontáneo; aquel a quien se le escapa todo lo que es el mundo, que no
conoce del amor sino la llama, la llama sin la irradiación y la
multitud del hogar, tendrá menos que aquel otro cuyo cerebro alcanza la
creación entera, y para quien el amor es un minucioso y horrible
desprendimiento.
Pero –y es la eterna historia del dedal- tendrá todo lo que puede
absorber. Gozará de una felicidad cerrada, pero que, cubriendo toda su
medida, le dará también a él la sensación de la inmensidad.
Hasta el día en que ese pobre de espíritu será barrido como las otras
cosas. Le quitarán su inmensidad. Nos juzgarán a todos, grandes y
pequeños, después de nuestro paraíso de delicias, después de la
felicidad que no es todo, quiero decir que no es el Gran Todo, es decir
nada. Nos confundirán, nos fusionarán hasta el Uno, Uno Solo, el gran
Uno cósmico, que pronto será reemplazado por el Cero infinito de Dios.
Dicho lo cual, vuelvo a los nombres contradictorios de los dioses. Y a
esos dioses los llamo nombres; no los llamo dioses. Digo que esos
nombres formaban fuerzas, maneras de ser, modalidades de la gran
potencia de ser que se diversifica en principios, esencias, sustancias,
elementos. Las religiones antiguas desde sus orígenes quisieron echar
una mirada sobre el Gran Todo. No separaron el cielo del hombre, el
hombre de la creación entera, desde la génesis de los elementos. Y
puede decirse incluso que en sus orígenes no se engañaron respecto de
la creación.
El catolicismo cerró la puerta, como el budismo la había cerrado antes.
Voluntariamente y a sabiendas cerraron la puerta, diciéndonos que no
necesitábamos saber.
Ahora, yo considero que necesitamos saber, y que lo único que
necesitamos es saber. Si pudiéramos amar, amar de un solo golpe, la
ciencia sería inútil; pero ya no sabemos amar, por efecto de una
especie de ley mortal que proviene de la misma pesadez y riqueza de la
creación. Estamos sumidos en la creación hasta el cuello; lo estamos
con todos nuestros órganos: los sólidos y los sutiles. Y es duro llegar
a Dios por el camino escalonado de los órganos, cuando esos órganos nos
fijan al mundo en que nos encontramos y tratan de convencernos de que
no hay otra realidad. Lo absoluto es una abstracción, y la abstracción
requiere una fuerza que es contraria a nuestro estado de hombres
degenerados.
No debe asombrar después de esto si los paganos terminaron por volverse
idólatras, si llegaron a confundir las efigies con los principios, y si
el poder de atracción de los principios a la larga se les escapó.
Y nosotros, cristianos, ¿no hacemos acaso lo mismo? ¿No tenemos también
nosotros nuestras efigies, nuestros tótems, nuestros trozos de dios,
que, en la cabeza y el corazón de los individuos que los adoran,
también llegarán a consolidarse en formas, a separarse en multitudes de
dioses?
Una cosa nombrada es una cosa muerta, y muerta porque está separada.
Demasiada devoción a coronas de espinas, a maderos de la cruz, a
corazones de Jesús venerados en todas partes, a Sangres y Crismas, a
Vírgenes múltiples, en fin, que ya sean negras, blancas, amarillas o
rojas, corresponden a otras tantas adoraciones separadas, representan
para los individuos que a ellas se entregan el mismo peligro del
espíritu, la misma amenaza de caída en una irremediable idolatría que
las alteraciones de la energía creadora en el misterio de los dioses
paganos.
Dios es pensado en la conciencia, no la conciencia cósmica, sino la
conciencia de los individuos, y para una conciencia que piensa en
imágenes y formas, ¿quién se atreverá a decir cuál es el hombre que no
terminó por tomar sus imágenes como si fueran sus pensamientos?
El dogma cristiano está contenido en el Credo, de acuerdo, pero del
credo a mi conciencia individual hay un mundo de interpretaciones,
bibliotecas de santos, herejías y concilios. Y tan sólo el infierno no
ha cambiado jamás.
Por otra parte el catolicismo, que cierra la puerta del conocimiento,
abre la del misticismo. Convirtió en secreto aquello que debe ser
secreto. Llama con un nombre más duro aquello que está en el origen de
las iniciaciones antiguas. Pero el resultado final es el mismo, pese a
la diferencia del vocabulario y de las concepciones.
No obstante, en el amor radica el conocimiento; y dudo que los santos
cristianos, quemados en su carne, despojados hasta la punta de su ser,
hasta el vértigo de aquello que ya no es, hayan llegado alguna vez a
superar este espantoso corte en donde todo aquello que es se reduce y
culmina en aquello que no es.
Nuevamente vuelvo a los dioses, a esos dioses devastadores y que se comen mutuamente, como cangrejos en una cesta.
Es apasionante constatar que cuanto más viejo es un culto, tanto más
terrible es la imagen que se hace de los dioses; y que sólo su aspecto
terrible puede hacernos comprender a los dioses.
Se debe a que los dioses sólo valen por el Génesis, y por la batalla en el caos.
En la materia no hay dioses. En el equilibrio no hay dioses. Los dioses
nacieron con la separación de las fuerzas y morirán con su unión.
Cuanto más cerca están de la creación, tanto más espantosas son sus
figuras, figuras que corresponden a los principios que están en ellos.
Platón habla de la naturaleza de los dioses; los identifica con los
principios, sin permitir no obstante que veamos con mayor claridad en
esos principios que son fuerzas, y en esas fuerzas que son dioses.
Le preguntaron a Jámblico por qué el sol y la luna que son dioses son visibles, ya que los dioses no tienen cuerpo.
Y esto es lo que responde Jámblico en el “Libro de los Misterios”.
“Los dioses no están contenidos en los cuerpos, sino que sus vidas y
sus acciones divinas los contienen; no están orientados hacia los
cuerpos, sino que los cuerpos que contienen están orientados hacia la
causa divina”.
Fueron las capas bajas de la población las que crearon los dioses que
nos arrojan a la cabeza, y si aún ahora, para no hablar sino de los
autores que se falsifica en las clases, fuéramos capaces de comprender
a Platón como debe ser comprendido, podríamos, por el camino del
esoterismo antiguo, elevarnos hasta una noción de los dioses–principios
que no debe confundirse con las figuraciones antropomórficas de los
dioses.
Y por lo demás toda la cuestión radica en lo siguiente:
¿Realmente existen los principios, quiero decir, principios separados y
que existan detrás de las cosas? O, en otros términos, los dioses de la
nomenclatura pagana, ¿tienen acaso una existencia menos afirmada y
menos válida que los principios que utilizamos para pensar?
Y esta pregunta engendra otra: ¿Existen en el espíritu del hombre facultades realmente separadas?
Por otra parte es factible preguntarse si un principio es algo más que
una simple facilidad verbal; y esto nos conduce a la cuestión de saber
si existe algo fuera del espíritu que piensa, y si, en lo absoluto, los
principios existen como realidades, o como seres que dividen sus
energías.
¿En qué medida, y por más atrás que nos remontemos en el origen de las
cosas, hay principios, que viven como realidades separadas y escapan a
un juego del espíritu en torno a los principios? ¿Y existen acaso en el
hombre mismo algo así como facultades-principios, que tendrían una
existencia distinta, y podrían vivir separadas?
¿Existen momentos de la eternidad que puedan determinarse como se
determinan las notas de música y luego se los reconoce por medio de los
números?, ¿y están separadas esas notas?
Para los alquimistas, esos momentos de la eternidad que son
determinables corresponden a la aparición de la estrella en el crisol.
Este problema me parece estúpido, ya que lo absoluto no necesita nada.
Ni dios, ni ángel, ni hombre, ni espíritu, ni principio, ni materia, ni
continuidad.
Pero si en la continuidad, en la duración, en el espacio, en el cielo
de arriba y el infierno de abajo, los principios vienen separados, no
viven como principios sino como organismos determinados. La energía
creadora es una palabra, pero que posibilita las cosas excitándolas con
su avivafuego. Y del mismo modo que en el mundo creado existen todas
las cualidades de la materia, todos los aspectos de la posibilidad,
elementos que se cuentan con los números, y se miden por su densidad,
del mismo modo el flujo creador que arde al contacto con las cosas –y
cada llamarada de la vida sobre las cosas equivale a un pensamiento-,
ese flujo en los organismos cerrados, que van desde nuestra burda
materialidad hasta la más improbable sutileza, compone lo que se llaman
Seres, y que no son nada más que soplos en la duración.
Los principios sólo valen para el espíritu que piensa, y cuando
piensa; pero fuera del espíritu que piensa, un principio se reduce a
nada.
No se piensa el fuego, el agua, la tierra, el cielo; se los
reconoce y se los nombra, puesto que son; y bajo el agua, el fuego, la
tierra o el cielo, bajo el mercurio, el azufre y la sal, hay materias
todavía más sutiles, que el espíritu no puede nombrar, puesto que no
aprendió a conocerlas, pero que algo más sutil que espíritu, mucho más
profundo que todo cuanto está en nuestras cabezas, presiente y podrá
reconocer cuando haya aprendido a nombrarlas. Ya que si los principios
valen para el espíritu, las cosas valen para las cosas; y no hay pausa
en la sutileza de las cosas, así como tampoco hay obstáculo para la
sutileza del espíritu.
En la cumbre de las esencias fijas que corresponden a las
innumerables modalidades de la materia, está aquello que, en la
sutileza de las esencias, en la violencia del fuego ígneo, corresponde
a los principios generadores de las cosas, que el espíritu que piensa
puede llamar principios, pero que, en relación a la totalidad hirviente
de los seres, corresponden a grados conscientes de la Voluntad en la
Energía.
No hay un principio de la materia sutil, un principio del
azufre o de la sal, pero más allá de la sal, del mercurio o del azufre,
hay materias mucho más sutiles, que hasta la punta de la vibración
orgánica, pone de manifiesto la diversidad del espíritu mediante las
cosas; y para quien pida que le presenten estas cosas, sólo los números
pueden poner de manifiesto su existencia separada.
Por cierto no estoy a favor de la dualidad Espíritu-Materia; pero entre
la tesis que atribuye todo al espíritu y la que atribuye todo a la
materia, digo que no hay conciliación posible, mientras se permanezca
en un mundo en que el espíritu sólo podrá devenir si consiente en
materializarse.
La materia sólo existe “por” el espíritu, y el espíritu sólo “en” la
materia. Pero al fin de cuentas, siempre es el espíritu el que conserva
la supremacía.
Y a este problema de saber si hay principios que puedan poner de
manifiesto las cosas, ahora me parece fácil responder que no hay
principios, sino cosas; y del mismo modo que hay cosas sólidas, y en
las sólidas, singularidades, y reuniones de materia única que dan idea
de lo perfecto, del mismo modo hay seres que manifiestan el Ser que
proviene de la Unidad.
Y todo esto no vale sino para este mundo que se hincha y se torna
áspero, y para el ojo del espíritu que proyectamos en medio de las
cosas, y cuando lo proyectamos. Pero se ve fácilmente que aunque en el
espíritu no hay nada, too lo que es, es función del espíritu. Y las
cosas son funciones del espíritu. Ellas poseen una utilidad pasajera y
funcional; pero que no vale sino para lo creado.
Nada existe salvo como función, y todas las funciones se reducen a una;
y el hígado que vuelve a la piel amarilla, el cerebro que se sifiliza,
el intestino que arroja los residuos, la mirada que despide sus rayos y
que cambia el sitio de los rayos, se reducen para mí, si expiro, a lo
que me pesaba vivir, y a mi deseo de ponerle fin.
Además, puede hacerse la misma operación destructiva o más bien
compresiva, y que elimina los aspectos accidentales de las cosas para
conducirlas a la unidad, a propósito de cualquier cosa. Y yo la efectúo
a propósito de los Números, ya que para quien piensa por Números,
también esos se reduce a una facultad separada y que sólo vive si es
separada y en el instante en que es separada; pero no se requiere
adicionar las cosas para darse cuenta de su duración. Yo me veo
obligado a hacer un gran esfuerzo mental para considerar lo que existe
bajo el ángulo de la cantidad o más bien de lo que se separa y se
numera, y termina por formar un siniestro total. Y que no se diga que
el Número en el sentido en que lo entiende Pitágoras no se reduce a la
cantidad sino que al contrario se reduce a la ausencia de cantidad. Y
que el número escrito en su más alta acepción es un símbolo de aquello
que no se puede llegar a numerar o medir.
Creo haber impuesto ya a
mi espíritu estancias bastante terribles en la ausencia de cantidad,
como para poseer al menos una noción de esto. Pero se lo numero o no,
el estado que desemboca en la separación de los principios, quiero
decir de las efigies, obedece a leyes que los Números pueden revelar.
Los Números, es decir los grados de la vibración.
Y si el Número 12 da la idea de la Naturaleza en su punto de
expansión perfecta, de madurez integral, es porque contiene tres veces
el ciclo completo de las cosas, que se representa por 4; y 4 es la
cifra de la realización en lo abstracto o de la cruz en el círculo, y
de los 4 puntos o nudos de la vibración magnética por los cuales todo
lo que es debe pasar; y 3 es ese triángulo que aspira tres veces el
círculo, el círculo que contiene 4, y lo gobierna por la Tríada, que es
el primer módulo, la primera efigie o la primera imagen de la
separación de la unidad.
Todos estos estados o nudos, todos estos
puntos, estos grados de la gran vibración cósmica están vinculados
entre sí y ellos se gobiernan.
Pero si el 3, puro o abstracto, permanece fijo en el principio, 4
–solo-, cae en lo sensible donde gira el alma, y 13 en la realidad
pisoteada, donde es preciso luchar para comer, pero sin comer.
Ya que si 12 posibilita la guerra, todavía no la engendra, 12 es la
posibilidad de la guerra, la tantalización de la guerra sin guerra, y
hay 12 en el caso de Tántalo, en esa pintura de fuerzas estables, pero
hostiles, porque son oponibles, y que todavía no pueden comerse.
La guerra de las efigies, de las representaciones o de los
principios, con mitos en su cara externa y magia efectiva por debajo,
es la única explicación válida del mundo antiguo. Ella muestra
claramente la naturaleza de sus preocupaciones.
Y esta guerra de
arriba está representada por la carne. Al menos una vez se encarnó en
la carne; al menos una vez, una prolongada e inmensa vez, perturbó el
gobierno de las cosas humanas, con luchas inexpiables, y donde los
hombres que luchan sabían por qué lo hacían.
Ella arrojó una contra otra no a dos naciones, no a dos pueblos, no a
dos civilizaciones, sino a dos razas esenciales, a dos imágenes del
espíritu hecho carne y que lucha con la carne.
Y esta guerra del espíritu en hostilidad consigo mismo, que duró tanto
como varias civilizaciones juntas, como puede verse en los “Puranas”,
no es legendaria, sino real. Ocurrió. Y todos los principios, cada uno
con su energía y sus fuerzas, estuvieron presentes. Y sobre todo los
dos principios de los que pende la vida cósmica: lo masculino y lo
femenino.
No contaré el cisma de Irshú, pero fue el que desencadenó esa guerra,
el que puso al hombre de un lado, a la mujer del otro; el que otorgó a
seres de carne la noción de su herencia superior, el que separó el sol
de la luna, el fuego del agua, el aire de la tierra, la plata del cobre
y el cielo de los infiernos. Ya que la idea de la constitución
metafísica del hombre, de una jerarquía ideal y sublime de estados,
donde la muerte nos arroja para conducirnos a la ausencia de estados, a
una especie de inconcebible No-Ser que nada tiene que ver con la nada,
está basada en la separación del espíritu en dos modos, macho y hembra,
de los que es preciso saber cuál es el principio del otro, cuál produjo
el nacimiento del otro, cuál es macho, cuál hembra, cuál activo y cuál
pasivo.
Al parecer estos dos principios primero quisieron saldar cuentas solos
y por encima de las masas de hombres inconscientes que luchaban.
Pero la guerra sólo se hizo furiosa, sólo se torno realmente inexpiable
y despiadada el día en que se convirtió en religiosa, y en que los
hombres tomaron conciencia del desorden de los principios que regían su
anarquía.
Para terminar con esa separación de los principios, para reducir su
antagonismo esencial, fue que tomaron las armas y se arrojaron unos
contra otros, persuadidos de que sólo una reducción de materia carnal
era capaz de equilibrar en el cielo, y de provocar esa fusión, esa
ubicación de esencias, que sólo se logra con sangre.
Y esa guerra se encuentra por entero en la religión del sol, y se la
encuentra a un grado sangriento pero mágico en la religión del sol, tal
como se practicaba en Emesa; y si desde hace siglos terminó de arrojar
unos guerreros contra otros, Heliogábalo sigue su huella en la línea de
aspersión de los Taurobolios, línea mágica que él va a señalar, al
volver a roma, con crueldades físicas, con teatro, con poesía y con
auténtica sangre a la vez.
Si en lugar de detenerse en sus infamias porque su descripción
anecdótica satisface su gusto por el libertinaje y su pasión por la
facilidad, los historiadores hubiesen tratado realmente de comprender a
Heliogábalo por encima de su psicología personal, es en la religión del
sol donde habrían encontrado el origen de sus excesos, de sus locuras y
de su alto libertinaje místico, que posee a los dioses como coadjutores
y testigos. Por sobre todas las cosas habrían observado ese detalle de
la tiara solar, el cuerno de Escandro, es decir de Carnero, que hace de
Heliogábalo el sucesor en la tierra y el ayudante de Ram, y de su
maravillosa Odisea Mitológica. Y entonces habrían comprendido la razón
de ser y el origen de esa increíble mezcla de cultos: luna, sol,
hombre, mujer, de la cual Siria es la viva figura y la impresionante
geografía.
Se crea o no en una raza de Instructores Sobrehumanos que llegaron del
polo en el momento del primer hundimiento de la tierra y que parecen
deslizarse con ella para dirigirse a la India, es preciso admitir, en
un período muy anterior a la Historia, la invasión de un pueblo de raza
blanca, que esgrime insignias, ritos y extraños objetos sagrados, a
manera de armas sobrenaturales.
Según parece al fin de cuentas fueron los partidarios del Blanco, es
decir del Macho, quienes conservaron el terreno conquistado; pero al
conservarlo, pierden la noción del principio intocable, y único que
habían vendido a revelar a los autóctonos del Palistán.
Los “Vedas” parecen dar fe de esta alteración del principio en un texto misterioso:
“SOLAMENTE ALGUNOS NEGROS, ALGUNOS ROJOS Y ALGUNOS AMARILLOS PERMANECERAN, PERO LOS HIJOS DE LA LUZ BLANCA SE HABRAN IDO PARA SIEMPRE”.
Y mientras los adeptos del Blanco, o Hindúes, se adueñan de la
India, a la que organizan de acuerdo con la ley del cielo y bajo el
signo del Carnero legado por Ram, los “Pinksahs” o “Rojos”, que comen
las menstruaciones de la mujer y han puesto su tinte en sus
estandartes, buscan allí, a lo lejos, una tierra que se les asemeje, y
bajo el nombre de Fenicios tejen al borde del mar una púrpura
inalterable, que más que la fuerza de su industria señala la duración
de sus creencias.
Sin una guerra por los principios, la religión
del sol, primero hostil a la de la luna, nunca se hubiera arriesgado a
confundirse con ella hasta el punto de mezclarse inextricablemente. Yo
no veo de qué manera pueda decirnos la Historia por qué milagro un
pueblo surgido de los fenicios, devotos de la mujer, pudo alzar en sus
tierras, y más alto que todos los demás, un templo al culto del sol, es
decir de lo Masculino.
El caso es que Heliogábalo, el rey pederasta y que pretende ser mujer,
es un sacerdote de lo Masculino. Realiza en sí mismo la identidad de
los contrarios, pero no sin esfuerzo, y su pederastia religiosa no
tiene otro origen que una lucha obstinada y abstracta entre lo
Masculino y lo Femenino.
Pero si en todos los países donde uno trata de ponerse directamente
en comunicación con las fuerzas separadas de Dios, hay templos para el
sol, y templos enemigos para la luna, y otros templos para el sol y la
luna mezclados, nunca, en ningún momento de la Historia, y en un
espacio de tierra tan pequeño conmovido por esas luchas, se encuentra
como en Siria semejante reunión de templos, donde el macho y la hembra
se devoran, y a la vez se mezclan y separan sus facultades.
En mi
opinión la vida de Heliogábalo es el ejemplo tipo de esta clase de
disociación de principios; y es la imagen en pie –y llevada al más alto
grado de la manía religiosa, de la aberración y de la locura lúcida- la
imagen de todas las contradicciones humanas, y de la contradicción en
el principio, lo que yo he querido describir de él, como se verá en el
capítulo siguiente.
III
LA ANARQUIA
En el año 217 en Emesa, Heliogábalo aún no tiene catorce años pero
ha alcanzado ya ese grado de belleza perfecta que nos muestran todas
sus estatuas. Tiene las redondeces de una mujer, una cara de cera lisa,
ojos que viran al oro quemado. Se ve que nunca será muy alto, pero está
admirablemente proporcionado, con los hombros a la egipcia, anchos
aunque caídos, caderas delgadas, un posterior que no tiene nada de
prominente. Sus cabellos tiran al rubio castaño; su carne demasiado
blanca está azulada por las venas, cubierta por extrañas livideces en
los pliegues y las sombras.
Sus labios son un tanto abultados,
vistos de perfil, como el gollete cortado de una botella. Aún no es tal
como se lo ve en el Louvre, con ese vello bajo el mentón que se enrula
como los pelos de un pubis rubio; y sobre todo esa boca ruin, esa boca
agujereada de chupador.
Está en el apogeo de la belleza de un efebo que va a emplear su belleza.
Pero ese femenino desbordante, esa huella venusiana que se transparenta
incluso bajo las luces, las luces de la tiara solar que se pone todas
las mañanas, se lo debe a su madre; a su madre, a la ramera, la
prostituta, la zorra que nunca supo hacer otra cosa que ofrecerse a la
sevicia del Masculino. Y cuando, a propósito de Julia Semia, hablo de
sevicia del Masculino, quiero decir con ello que el celo de Julia Semia
no se limitaba a un simple acercamiento de epidermis, sino que se
entregaba con una idea ritual y por principio no a los machos que la
deseaban, sino a los que ella elegía.
“Vivía como cortesana –dice Lampridio-, incapaz de resistir sus
caprichos. Y todos, hasta los más mínimos esclavos, enrojecían de sus
libertinajes”.
Ella se identifica con Venus, la luna húmeda, lo femenino tibio, pero
que no desciende hasta lo negro. Por lo demás no digo que esta
identificación ritual le haya impedido una o dos veces entregarse
dejando a un lado los principios.
El caso es que Julia Semia, desde el punto de vista sexual, es lo que
se llama un “bocado de primera”. De las cuatro Julias ella es
físicamente la más perfecta. Responde a ese canon de la belleza
femenina un poco gorda, inventado por Alberto Durero. Es decir que hay
alquimia en su físico, mil años antes de la alquimia.
Redondeada y firme, tal como nos la muestran sus estatuas y medallas,
con la piel ambarina, también ella empolvada de oro, con esa eterna
bruma grisácea que oscurece su piel.
Su insignia es la violeta “Ioneh”, la flor del amor y del sexo, porque
se deshoja como un sexo. Y sobre su hombro, la paloma”Ionah”.
Como Domna, se entrega a quien le sirve; y sabe olfatear a quien le servirá.
O más bien, y esto es lo notable de su caso, sus amores le sirven a
Heliogábalo, parecen hechos, aparecen combinados para la gloria de
Heliogábalo, el efebo a quien seguirá hasta en la muerte.
Heliogábalo corresponde bien a ese amor, como lo reconoce un
historiador antiguo. Lampridio, que no llegará a decir que Heliogábalo
es un buen hijo, sino que al contrario da a entender que en el amor de
Heliogábalo por su madre hay incesto; y una pizca de inversión sexual
en el de Julia Semia por su hijo.
“Se sentía tan apegado a Semiamira, su madre –dice Lampridio-, que no
hizo nada en la república sin consultarla, mientras que ella, que vivía
como una cortesana, se abandonaba en el palacio a todo tipo de
desórdenes. Por eso, sus relaciones conocidas con Antonio Caracallus
dejaban naturalmente algunas dudas sobre los orígenes de Varius o
Heliogábalo. Incluso hay quienes llegan a decir que el nombre de Varius
le había sido dado por sus condiscípulos, como nacido de una cortesana,
y, por consecuencia, de la mezcla de varias sangres”.
En los amores, en la facilidad y, puede decirse, en la apatía sexual de
Julia Semia, en esa mezcla variada de simientes, hay una voluntad y un
orden. Incluso hay una unidad, una especie de misteriosa lógica que no
carece de crueldad.
Crueldad contra sí misma primero:
“Mesa, mujer ambiciosa en extremo y resuelta a arriesgarlo todo antes
que permanecer en la oscuridad de la condición privada, en cuanto se
enteró de esas disposiciones favorables (la de los soldados para con
heliogábalo), se sintió en el deber de aprovecharlas. Empezó por
esparcir el rumor de que el joven Heliogábalo era no sólo pariente,
sino hijo de Caracalla; y sin temor a deshonrar a su hija, decía que
este emperador la había matado y que por él ella había tenido todo tipo
de favores. Y esta versión impresionó mucho a los soldados”.
Lejos de protestar, Semia se hace cómplice de su madre, se convierte en
la aliada de su madre en la revelación de su adulterio. Se honra con
aquello que, para otra mujer cualquiera, sería la prueba de su infamia.
Ella reivindica esta infamia, este deshonor: Sí, amó a Caracalla, sí,
se entregó a Caracalla. Lo grita por todas partes, y señala la fecha. Y
para que verifiquen esa fecha ofrece todas las referencias deseables.
Fue en el año 203 en Roma, cuando todavía no era viuda, en el palacio
de Caracalla, en el mismo cuarto de Caracalla. Sí, ese guerrero estuvo
sobre ella: es el padre de Heliogábalo.
Y para los soldados que acampan en Emesa e idolatran a Caracalla,
Heliogábalo es el rey que hace falta, es el descendiente del dios
ecuestre. Es el hijo de un guerrero.
Muestran ese guerrero a los soldados. Mientras Semia asegura su raza,
prueba su alta filiación, Julia Mesa se lo lleva a los soldados como
una momia, como un relicario, como en Santas Marías del Mar, en
Provenza, les ofrecen a los gitanos reunidos un brazo conservado de
María Egipcíaca o las cabezas de las otras dos Marías.
Alrededor del templo de Emesa hay misteriosos movimientos. Julia
Mesa ha encendido los ánimos. Los sótanos del templo están atestados de
oro real, del oro romano llevado por Domna a Antioquía, y transportado
por Mesa del minúsculo templo de Antioquía, que termina de extinguirse
en el extremo de su larga calle, al templo de Emesa, aislado sobre su
montículo, y que desde la mañana hasta la noche desborda de gritos, de
música, y por momentos se ilumina como un brasero.
La circulación
subterránea que noche y día alimenta la rapacidad del gran dios solar,
parece haber pasado a la luz, transpirado a la luz del día exterior.
Los movimientos de tropas comandados por Macrino disimulan lo que
podría tener de inquietante esa anormal circulación, por lo
desacostumbrado de la hora.
Los envíos de oro, acompañados por un extraño gentío, no dejan de convergir en el templo.
En medio de este gentío se distingue un hombre, entre todos: alto y
sombrío, de caderas flexibles, pectorales resplandecientes, y que, bajo
la cintura, lleva la señal de una nueva crueldad, muy reciente, que le
había infligido Julia Semia.
Gannys, amante de Julia Semia, preceptor de Heliogábalo, acaba de sufrir la castración ritual.
Bajo la piel bronceada de su rostro aparecen sutiles manchas ocasionadas por una abundante pérdida de sangre.
Gannys es un hombre piadoso, un iniciado en el sacerdocio solar; para
este iniciado ser amante de la madre del dios solar es un gran honor.
Pero para Semia es una crueldad premeditada haberle hecho seccionar el
miembro. En ese gesto no hablan tan sólo sus celos, sino su deseo de
dejar una huella indeleble en el espíritu de Gannys.
Además, Gannys es el preceptor de Heliogábalo. Semia vislumbró en él un
entendimiento sutil, una inteligencia práctica y sagaz, que se revelará
cuando sea necesario, que les servirá tanto a ella como a su hijo en
las circunstancias que se avecinan, y para las cuales se necesita a un
hombre verdadero, verdadero por la cabeza, si no por la virilidad que
ya no posee, para defender los intereses de Elagabalus, el Cono
eréctil, representado por un niño.
Gannys el serio, el sutil, está apoyado por un segundo eunuco que
también aprovechó los favores de Julia Semia y fue pagado con la
supresión de su miembro. Ese segundo eunuco, Eutiquio, es un payaso
abúlico, una naturaleza amorfa, maleable, y de la más abyecta
feminidad. Es necesario para Gannys como Sancho Panza es necesario para
Don Quijote, o Sganarelle para Don Juan. Y puede decirse que Julia
Semia se entregó a él por espíritu de equilibrio; y porque sintió la
profunda versatilidad la naturaleza espasmódica y escurridiza del
espíritu de Heliogábalo, que, para hacer un contrapeso a la seriedad de
Gannys, necesita a su lado a una especie de bromista profesional.
En la lógica amorosa de Julia Semia, en su maternidad absorbente y
atenta se encuentran con claridad todas esas nociones, esa lucidez
previsora que ha pensado hasta en los más mínimos detalles.
Y luego se verá que su lógica no la engañó.
Los amores de Julia Semia fueron hechos con miras a algo, y ese algo, por el momento, es el éxito de una conspiración.
En esa conspiración participan los dos polos de su complejidad sexual:
GANNYS EL SUTIL,
EUTIQUIO EL GROTESCO,
como participan los trasbordos de oro clandestino de Julia mesa,
como participan las exhibiciones diarias de Heliogábalo en los
escalones del templo, a cuyos pies se cruzan en incesantes galopadas
los grupos de jinetes escitas y mercenarios macedonios.
Todos los
días, Elagabalus sube al templo. Tiene puesta la tiara solar que lleva
un cuerno de carnero. Aparece agobiado por el peso de amuletos, de
piedras vivas, esmaltes preciosos, todo lo cual flamea como un brasero;
y es hermoso, con una belleza hecha para desconcertar a los corazones
bárbaros que nunca vieron arder a un rey, echar llamas a una estatua de
carne humana sin consumirse.
Mesa, que conoce la manera de avivar el entusiasmo, hace distribuir el
oro solar a montones y sin reparar en gastos, pero al llegar la noche
baja a los sótanos escalonados del templo para vigilar la clasificación
de los lingotes: los etiqueta y los reúne como un empleado de taller o
un aduanero.
Durante toda su vida Julia mesa dio muestras de esta previsión
minuciosa, de una inteligencia que ve a lo lejos, y que sabe preparar
las cosas de lejos.
Por ejemplo, cuando en una carta pública y que llegó hasta nosotros, le
escribe a Heliogábalo para reprenderlo por el dinero que gasta, y
cuando le notifica que debe cuidar el tesoro de la familia, que es
dinero acumulado para la gloria de los Basianidas, y no para él.
Por el momento, lo más urgente es reconquistar el trono, cuya pérdida
causó el suicidio de Julia Domna, y arrojar de él a ese parásito, ese
abyecto castor, Macrino, que se convirtió en rey de Roma gracias a un
asesinato. Se instaló por medio de la sangre, será arrojado por medio
de la sangre, y si es preciso por medio de la guerra; los pequeños
asesinatos clandestinos no sirven para Julia Mesa. Ella no le teme a
las maniobras subterráneas, es experta en el trabajo de termita, en las
perforaciones de minas, en los avances por abajo. Pero es preciso que
esas maniobras le sirvan, desemboquen en algo grande. Ya que el que
pone la mina sabe que todo terminará con el fuego, con la gran
explosión solar, a pleno día, a plena materia, en un gran
desgarramiento de materias, que borra todos los trabajos subterráneos.
Por lo tanto hay una conspiración; y esa conspiración fue concebida mucho tiempo antes por Julia mesa.
Frente a la inteligencia grandiosa de su hermana Domna, grandiosa pero
que no trabaja sino en lo abstracto, la de Mesa se aferra a los hechos.
Entre estos hechos el primero es el absurdo reparto del trono, a la
muerte de Septimio Severo, entre dos energúmenos ambiciosos y
exasperados: sus dos hijos, Caracalla y Geta.
Yo apuesto a que la consagración de Heliogábalo como sacerdote del sol,
a la edad de cinco años, no debe haber seguido de muy lejos la muerte
de Septimio Severo: Julia Mesa sabe de donde viene el viento.
Otro hecho es el nombramiento de Macrino como prefecto del pretorio, al
que seguramente Julia mesa le dio una mano. Como rata, desde hace mucho
tiempo sintió su olor hostil; pero no importa, ella sabrá sacarle
provecho a la hostilidad del débil Macrino, aunque fuera al precio de
un crimen. Ya que hay otro hecho más cruel, menos confesable: el
asesinato de Caracalla perpetrado por Macrino, pero deseado y sin duda
sugerido por Mesa, si se sabe leer en los hechos.
Julia mesa debe haber tenido ese espíritu de intriga calculadora que
con todas las piezas crea su trama, creando como por medio de una
operación mágica la materia misma del tejido.
Puesto que hay un último hecho: si Domna, descendiente de Basianos,
reinó, y por su mediación reina un Basiano en la persona de Caracalla,
para Mesa es sangre desviada y que no proviene de su propia fuente; y
además, no es la sangre del Sol, quiero decir la verdadera sangre del
Sol, aunque surgida de la misma simiente; no es sangre bautizada,
sangre imantada, atraída al aire por medio de ritos, y que estalla bajo
la epidermis, que allí se reúne en masas puras, acribilladas y puras,
que se vuelve pura bajo la piel, como la sangre de Heliogábalo.
Heliogábalo, surgido del sol, fue devuelto al sol. Se reunió con el
sol. A los cinco años de edad, algún tiempo después de la muerte de
Septimio Severo, Mesa lo consagró al sol. Ella restableció la cadencia
pura, la realidad de su descendencia, exponiéndolo como era debido al
fuego cruzado del Rayo Celeste, en cuyo espejo se convertía su cuerpo.
Así pues, a los cinco años, Heliogábalo fue consagrado sacerdote del Sol, y entonces comienza la conspiración.
Pero antes de continuar debo decir unas palabras sobre la época de
sangre, de crueldad, de crímenes fáciles que favoreció el advenimiento
de un Macrino.
Una vez muerto en su cama Septimio Severo, Caracalla, su hijo, reina. Al
principio no reina solo, puesto que debe compartir el poder con Geta, su hermano, más sutil pero menos rápido que él.
Su promiscuidad les molesta mutuamente; y ganará quien elimine al
otro, aunque sea por medio de un crimen. Y ambos piensan en asesinatos.
Geta el sutil teje su trama, pero Caracalla echa a perder la trama y,
sin intriga alguna, asesina a su hermano en los brazos de Julia Domna.
Dion Casius, movido por la parcialidad política, acusa a Julia Domna de
entregarse a Caracalla en la misma sangre de Geta, su hijo. Es
soberbio. Pero ¿es acaso verdad?
No es imposible que sea verdad.
El caso es que a partir de ese momento, Julia Domna, eliminada durante
algún tiempo de los consejo del Imperio, retoma las riendas del
gobierno.
Y el ascendiente que ejerce sobre el espíritu de Caracalla no se
desmiente ni por un minuto. Ella lo conserva hasta su muerte (la muerte
de Caracalla).
Caracalla termina en plena sangre. Cae en una emboscada, preparada por
los militares, en algún sitio ceca del Eufrates, cerca de un templo del
dios Lunus, al que iba a sacrificar.
Macrino, que durante algún tiempo comandó su guardia pretoriana, es el
instigador de esa emboscada, y el que se aprovecha de la muerte de
Caracalla.
Las cosas tienen que andar muy mal en el gobierno del imperio romano,
para que un individuo que no sobresale en nada, que sólo posee
capricho, malignidad, y una audacia que no es otra cosa que miedo
pueda, gracias a este miedo, convertirse en el amo de Roma. Pues no hay
duda que si Macrino hizo asesinar a Caracalla, si pudo tejer la intriga
que culminó en el asesinato de Caracalla, fue tan sólo llevado por el
miedo, y porque, como jefe de su guardia pretoriana, por un momento
debe haber temido por su piel; y luego para protegerse, manda matar al
oficial de la guardia que suprimió a Caracalla de un cuchillazo en la
espalda.
Feliz cuchillazo, que engendra la idea de la sangre, que comienza la
serie de crímenes y abre a Heliogábalo el camino de la realeza. Ya que
el crimen de caracalla que asesina a su hermano Geta es un arreglo de
cuentas en familia; y ese crimen no comienza nada.
Domna muere por ese cuchillazo, pero no se pierde para su hermana Mesa, que se lo traga como un verdadero guerrero.
Ella se vengará de Macrino, lavará en la sangre el golpe dado al honor
de los Basianos. Ella restablecerá a los Basianos sobre el trono de los
Antoninos.
Y es en ese momento cuando decide que su nieto, Elagabalus, será rey.
Primero posee la belleza de un rey, el exterior físico de un rey, pero,
sobre todo, posee la ascendencia espiritual de un verdadero rey. Está
en el linaje de los reyes-sacerdotes de Emesa. Por más alto que se
remonte en la genealogía de los reyes solares, de madre e hijo se
encuentra una gran cantidad de Elagabalus; su filiación es
indiscutible: ésta continúa sin detenerse un instante. Heliogábalo
tiene derecho a reinar.
Puede decirse que el trono está vacante, puesto que Macrino, el
usurpador se instaló en Antioquía, y que allí lleva la vida abandonada
y fácil de un sátrapa oriental.
Los historiadores de la época hablan de él como de una especie de payaso sombrío, de idiota vestido de rey.
Ellos pretenden que su origen era plebeyo, y para disimular su baja
extracción, hacía lo imposible para mostrarse con el aspecto físico de
un rey. Recorría su palacio cubierto con grandes vestidos muy largos,
cambiando de tono, modificando en todo momento el diapasón de su voz.
Si no tenía la inteligencia y la penetración de un Marco Aurelio,
hablaba como Marco Aurelio, en un tono siempre muy bajo, en el cual
parecía hundirse su voz ronca.
Este es el títere que encuentra Mesa, en el momento en que se decide a
actuar; y actúa, segura de que la audacia que por primera vez llevó al
trono a ese títere no se renovará dos veces, que él no podrá reunir la
energía necesaria para defender un trono, después de haber tenido el
capricho de adueñarse de él una primera vez.
Por otra parte, toda la administración de Macrino es un milagro de
imprevisión, de impotencia, de fatuidad. Mesa, bao sus mismos ojos,
puede operar la reunión de sus tesoros, los que vienen de Roma, y los
que dormían en Antioquía; y amontonarlos en los subterráneos del templo
de Emesa, que nadie se atrevería a violar.
Una vez seguro el tesoro de guerra, hay que ocuparse de cultivar las conciencias y el terreno.
Aquí es donde aparece Gannys.
Si en los preparativos de la conspiración, Julia Mesa es el cerebro que
concibe, Julia Semia es la atmósfera, el espacio, el aire, el fondo
genésico, la envoltura voluptuosa; y Gannys el ejecutante audaz.
Gannys es el hombre al que se vio en ese ir y venir de vituallas, de
animales, de hombres, de ladrillos de oro que relucen en las bolsas de
cuerda de grueso tramado; en ese pisotear de hombres armados, que
ocultan el trasbordo secreto del tesoro.
Un buen día se apareció con un lienzo sangriento entre los muslos. Y
otro día también Eutiquio se mostró de la misma manera. Eutiquio, que
ahueca su grotesca voz discordante y se hace el payaso para distraer la
atención de los soldados, y tenerlos ocupados con sus bromas.
Gannys es quien habla a los soldados, mientras Eutiquio los divierte; y
junto con el oro de Mesa, que gasta con infatigable abundancia, les
desliza al oído palabras terriblemente precisas, las palabras
apropiadas.
Estas palabras son sutiles y precisas. Envolventes y bien formuladas.
Hacen pasar de los ojos de los soldados a su entendimiento, y de su
entendimiento a todo su ser, ese espectáculo de un rey ardiente;
invitan a esos bárbaros, a quienes nadie hasta ahora supo alabar, a
sacar las consecuencias activas de la visión que los ha agitado. Y toda
emoción equilibrada por el oro es una emoción que no se puede olvidar.
Una vez preparado el terreno, y bien trabajadas las conciencias y
preparadas como se prepara una tela para pintar, con fondos que se
transparentarán una vez terminada la obra, Julia Mesa considera que ha
llegado el momento de actuar. Y actúa.
Conducido por Gannys una noche de junio de 217 –año 217, si damos
crédito a las estelas, las tablillas, las inscripciones lapidarias, la
inclinación de los signos del cielo; año 216 si damos crédito a los
dudosos textos de los historiadores de la época-; Heliogábalo,
revestido de púrpura, es llevado al campamento de los soldados.
Peor si damos crédito a los historiadores de la época, Heliogábalo no
es más que un títere, una cabeza de momia hueca, una sórdida estatua de
rey. Y entre las manos de Julia Mesa, a quien no preocupan los
principios, que entregó su vida a la política, Elagabalus no es más que
un miembro que se agita sobre los soldados.
Los historiadores muestran la personalidad de Heliogábalo cuando es
preciso, tantas veces como es preciso, a través de sus actos de rey.
Pero para ellos, esta personalidad no se ha mostrado más que una vez, y
ha sido bajo las murallas de Emesa, en ocasión de la batalla que le
valió el trono. Allí el pequeño Heliogábalo, que todavía no tiene
catorce años, reúne, a la cabeza de mil jinetes escitas, las
desbandadas tropas sirias y, sobre un caballito blanco, inconsciente
del peligro, ¡se arroja sobre las cohortes de Macrinus!
“Los pretorianos de Macrino –cuenta un historiador de la época-,
todos ellos gente escogida, y tanto más alerta y despierta por cuanto
los habían aligerado de lo que más pesaba en sus armaduras, combatieron
con tanto valor que arremetieron contra sus enemigos y empezaron a
sembrar la confusión entre ellos. Frente a ese peligro, la ambición y
la audacia hicieron heroínas de Julia mesa y Julia Semia. También el
joven Heliogábalo, en esta única ocasión de su vida, muestra alguna
señal de vigor. Montado en su caballo de guerra, con la espada en la
mano, alentaba a los suyos a que volverían a la lucha, dando el
ejemplo. Sus exhortaciones produjeron el efecto deseado. La vergüenza
despertó el coraje de los vencidos.
“Se detienen. Se agrupan. Se ponen firmes y se sienten en el deber de recuperar el terreno perdido. “
Se comprende que les haya impresionado ese rasgo que citan, porque es
un rasgo militar, y Heliogábalo que más tarde no vacilaría en derramar
sangre, allí hizo correr sangre guerrera, y la derramó en la guerra,
esa sangre tomada a los militares, que así se convertirían en hermosos
cadáveres de combatientes y de guerreros.
Pero yo considero que fue el heroísmo, y el heroísmo en todos los
niveles, lo que menos estuvo ausente del pequeño Heliogábalo, que subió
al trono a los catorce años, y que cayó de él a los dieciocho en medio
de la sangre.
Fue sin duda por heroísmo que Heliogábalo comete ese acto de insigne
crueldad y que ha sido considerado por todos como impío y abominable,
por lo inmotivado y gratuito; ese acto, que le hace matar con su mano a
Gannys, maestro a quien ama, pero que obstaculiza sus excesos.
Los historiadores insisten en el hecho de que una vez que Heliogábalo
decidió dar muerte a Gannys, nadie quiso prestarse a ese acto impío y
estúpido; y que Heliogábalo, después de muchas vacilaciones, angustias,
recapacitaciones, terminó por matarlo con su propia mano.
Pero Gannys era su querido maestro. Su maestro y su iniciador en los ritos del sol, su padre, cuya sangre le enseñó a manejar.
Es poco probable que Heliogábalo fuera un iniciado en el sentido en que
hoy lo entendemos; y su comportamiento parece demostrar que Heliogábalo
jamás fue un iniciado de alto grado. Por lo demás uno tan sólo se
inicia en operaciones, y en ritos, en signos exteriores, en pases
jeroglíficos que nos ponen en la senda del secreto. Y no puede dudarse
de la obstinación de Heliogábalo en hacerse iniciar en todo tipo de
operaciones y ritos, los más alejados unos de otros, y a veces los más
opuestos.
“También se hizo iniciar –dice Lampridio-, en los misterios de la Madre
de los dioses; y se atribuyó el Taurobolio, para poder arrebatar la
estatua de la diosa y sorprender todo cuanto servía a su culto y que se
mantenía inviolablemente escondido a los profanos. Fue visto en el
templo, rodeados por fanáticos eunucos, agitando su cabeza hacia todos
lados, atándose las partes de la generación, haciendo en fin todo
cuanto hacen los coribantes; luego, una vez arrebatada la estatua de la
diosa, la transportó al santuario de su dios.
“Representó a Venus llorando a Adonis, con todo el aparato de gemidos y
contorsiones que en Siria caracterizan el culto de Salambó; él mismo
daba de esa manera un presagio de su fin cercano. Declaraba
abiertamente que todos los dioses no eran más que ministros del suyo,
asignando a unos el título de ayudas de cámara, a otros el de criados,
a otros diferentes empleos de servidores de su persona. Quiso hacer
sustraer del Templo de Diana, en Laodicea, las piedras llamadas
Divinas, que había colocado Orestes, incluso la de la diosa misma que
él había puesto en su santuario”.
Así pues, mientras lo utilizan como títere, un títere vaciado de rey,
mientras lo manipulan como un miembro –y las exhibiciones diarias en el
templo forman parte de esas manipulaciones-, mientras todo el mundo
trabaja para él, todo el mundo, es decir Julia Mesa, su abuela, Julia
Semia, su madre, y los dos eunucos de ésta, de Julia Semia- mira:
Gannys el previsor, el sagaz, Eutiquio el grotesco; y, muy cerca de
Julia Semia, Julia Mamea, la hermana de esta última, que al tiempo que
finge trabar para él en realidad trabaja para su hijo, el pequeño
Alejandro Severo (para poner en lugar de Heliogábalo a un joven
emperador, con una verga pura y una cabeza de cordero rizado); mientras
todo el mundo trabaja para él, también Heliogábalo trabaja para sí
mismo, pero de una manera que habría asombrado mucho a los
historiadores de la época, si se hubiesen arriesgado a mirar más de
cerca. Pueden llevarlo todos los días al templo; y cubierto por la
tiara solar que lleva un cuerno de carnero, hacerlo evolucionar según
los ritos como una estatua que no dice una palabra; Heliogábalo,
ayudado por Gannys, ha puesto en claro toda la intriga, y se propone
aprovecharla.
Pero aprovecharla como un rey. Con grandeza y magnificencia, con una
conciencia verdaderamente real de os poderes que le corresponden al rey
que él extrae detrás de los ritos.
•
Y en esos ritos está su nombre:
EL – GABAL
Y toda la innumerable serie de los aspectos escritos de su nombre
que corresponden a pronunciaciones graduadas, a ráfagas fulgurantes, a
formas en abanicos, a las figuras negras, blancas, amarillas, rojas de
la Alta persona de Dios.
Y a su vez esas figuras responden a colores y a razas de estrellas ordenadas por grupos en el Zodíaco de Ram.
Y las cuatro grandes razas humanas responden como ecos orgánicos a las divisiones del Zodíaco de Ram inspirado por Dios.
Y todos esos estados divergentes, todas esas formas furtivas, todos
esos nombres surgen a su vez en cascadas en el nombre contraído de
HELIOGABALUS
ELAGABALUS
EL – GABAL
Treinta pueblos soñaron, dieron vueltas en torno de la riqueza de este nombre, cuya pronunciación engendra en todos los sentidos, como una rosa de los vientos, las imágenes de treinta fuerzas.
Gannys, su preceptor, que se mueve a la sombra de las piedras vivas
y los esmaltes, le ha enseñado el sentido de los ritos, la fuerza
eruptiva de los nombres.
Los nombres no se pronuncian desde lo alto
de la cabeza; se forman en los pulmones y así suben a la cabeza. Pero
la orden que proviene de la cabeza sólo en los pulmones es un nombre.
Y se forma con
GABAL
cosa plástica y formadora. Palabra que adquiere forma y da la forma.
Y en
EL – GABAL
está
GABAL
que forma el nombre.
Pero en
GABAL
está
GIBIL (en antiguo dialecto acadio).
Gibil, el fuego que destruye y deforma, pero prepara el renacimiento
del Fénix rojo, surgido del fuego y que es el emblema de la mujer, de
la mujer por las menstruaciones-rojo-fuego.
Y en
EL – GABALUS
está
EL
que quiere decir dios y que se escribe con H o sin ella; pero que fundido con Gabal da
HELAH – GABAL.
Y la tierra de Elam a corta distancia de la bactriana, es la tierra de Dios.
Pero en
GABAL
también está
BAAL
o
BEL
o
BEL – GI
Dios caldeo, dios del fuego que pronunciado, escrito y silabado en sentido inverso, da
GIBIL
(Kibil) el fuego, en antiguo dilecto arameo.
Y también,
GABAL
que significa la Montaña, en dialecto arameo-caldeo.
Pero sobre todo está,
BEL
dios supremo, dios reductor, por el cual todo se reduce al principio, dios unitario, eliminador.
Heliogábalo reúne en sí mismo la potencia de todos esos nombres, en
los que puede verse que una sola cosa, la que primero acude a nuestro
entendimiento, el sol, no interviene.
Fueron los griegos quienes introdujeron Helios en el nombre de Heliogábalo y lo confundieron con
EL,
dios supremo, dios de las alturas. Ya que si el Sol interviene en su
nombre, es a la manera de un sitio elevado, que se identifica con un
cono, cosa en punta, porque en principio, toda montaña puede figurarse
por medio de un cono o una punta, y el sol, por su luz, está en la
punta del mundo creado.
El mundo de arriba y el Mundo de abajo se
reúnen en la estrella de seis puntas, sello mágico de Salomón, y ambos
terminan en punta, lo visible como lo invisible, lo creado como lo
increado.
Ese dios formador y deformador que contiene todos los nombres de los dioses, todas las formas que han adoptado.
Desde
SATURNO ISWARA,
el sol, principio ígneo, principio macho,
hasta
RHEA, PRACRITI,
la luna, principio húmedo y femenino, que se hallan entre los dos
polos opuestos de la manifestación formal: lo masculino y lo femenino.
Ya no tiene por qué sorprendernos que Saturno sea el sol, como Apolo es
el sol, cuando sabemos que dios que desciende, varía sus formas y sus
potencias, con las formas de su acción.
Y sabemos que
RA
el sol
para los egipcios es un gavilán, pero también un becerro o un hombre, y el becerro colocado antes que el hombre, según el uso que de él se hace.
Pero ese
RA
se convierte en
BEL – SCHAMASCH
en Caldea.
Y es el “juez” que desempata las costumbres de los caldeos.
Y
APOLO
fuerza en acción del sol, sin perder su nombre, se duplica con una sombra, con una especie de apodo, que siempre se le queda pegado.
Así es como han podido llamarlo
APOLO LOXIAS
APOLO LIBISTINOS
APOLO DELIOS
APOLO FEBUS
APOLO FANES, y Apolo Fanes, es Apolo contragolpe, doble
golpe, o doble simiente.
APOLO LICIAS
APOLO LICOFAS, y Apolo Licofas, es Apolo el lobo, que devora todo,
hasta las tinieblas.
Y Apolo que, formado de substancia, se mueve en la órbita de la substancia, también se llama:
APOLO ARGIROTONUS
Y a veces Apolo se llama
APOLO SMINTEUS, y señala el exceso, lo extremo, el punto
fulminante, el absceso maduro.
Finalmente está
APOLO PITIO, que, macho, ignora a la pitia hembra; y no tiene nada
que ver con los oráculos. Este es el Apolo que asfixia, que domina a la Serpiente Pitón.
El vaho del Caos despide brumas que serpentean alrededor de la tierra, formando la figura de un dragón.
Y Apolo, el principio ígneo, se alza de un salto y llega a las esferas,
desde donde atraviesa con sus flechas los anillos de la Serpiente Pitón.
Heliogábalo extrae de estas altas ideas y de estos nombres, que le pertenecen, la conciencia y el orgullo de un rey; pero su organismo de niño extrae de ellos una confusión y una angustia que no se detendrán.
Heliogábalo llegó al período anárquico de la alta religión solar, e históricamente llegó en un período de anarquía.
Esto no impidió su identificación ritual, su esfuerzo de identificación
con dios. Esto no impidió que en su ataque a fondo contra la anarquía
politeísta romana, se comportase como el verdadero sacerdote de un
culto unitario, como la personificación de un dios único: el sol.
Ya que si para Julia Mesa, Elagabalus no es más que un miembro, una
especie de estatua pintada que sirve para alucinar soldados, para
Heliogábalo, Elagabalus es el miembro eréctil, humano y divino a la
vez. El miembro eréctil y el miembro fuerte. El miembro-fuerza que se
reparte y que uno comparte, que sólo compartido se utiliza.
El miembro eréctil es el sol, el cono de la reproducción sobre la
tierra, como Elagabalus, el sol de la tierra, es el cono de la
reproducción en el cielo.
Luego es preciso convertirse en sol, meterse dentro del mismo Elagabalus, cambiar de manera de existir.
En lo que concierne a esta identificación de Heliogábalo con su dios, a
veces los arqueólogos nos informan que Heliogábalo se toma por su dios,
otras que se oculta detrás de su dios y se distingue de él.
Pero un hombre no es un dios, y si Cristo es un dios hecho hombre, fue
como hombre, según se dice, que murió, y no como dios. Y ¿por qué no se
creería Elagabalus un dios hecho hombre, y por qué se le impediría al
emperador Heliogábalo que ponga al dios delante del hombre y que
aplaste al hombre bajo el Dios?
Durante toda su vida, Heliogábalo es víctima de esta imantación de los contrarios, de ese doble descuartizamiento.
De un lado,
EL DIOS,
Del otro lado,
EL HOMBRE,
Y en el hombre, el rey humano y el rey solar.
Y en el rey humano, el hombre coronado y descoronado.
Si Heliogábalo introduce la anarquía en Roma, si se muestra como el
fermento que precipita un estado latente de anarquía, la primera
anarquía está en él , y le destroza el organismo, arroja a su espíritu
en una especie de locura precoz que tiene un nombre en la terminología
médica de hoy.
Heliogábalo es el hombre y la mujer.
Y la religión del sol es la religión del hombre, pero que nada puede sin la mujer, su doble, en que él se refleja.
La religión del UNO que se corta en DOS para actuar.
Para SER.
La religión de la separación inicial del UNO.
UNO y DOS reunidos en el primer andrógino.
Que es EL, el hombre.
Y EL, la mujer.
Al mismo tiempo.
Reunidos en UNO.
En Heliogábalo existe el doble combate:
1. Del UNO que se divide permaneciendo UNO. Del hombre que se vuelve
mujer y permanece hombre eternamente.
2° Del Rey Solar cuyo hombre acepta de mala gana ser el yo humano. Que
escupe sobre el hombre y termina por arrojarlo a la cloaca.
Porque un hombre no es un rey, y para él y como rey, rey solitario,
dios encarnado, vivir en este mundo es una caída y una extraña
destitución.
Heliogábalo absorbe a su dios; se come a su dios como el cristiano se
come al suyo; y en su organismo separa sus principios; en las dobles
cavidades de su carne despliega ese combate de principios.
Y esto es lo que Lampridio, historiador de la época, no comprendió.
“Se casó con una mujer, la tímida Cornelia Paula, y consumó, dice, el matrimonio.”
Este historiador se asombra de que Heliogábalo pueda acostarse con una
mujer, pueda penetrar normalmente a una mujer; aquello que en el caso
de un pederasta nato sería una extraña inconsecuencia y una especie de
traición orgánica respecto de su pederastia, en el caso de Heliogábalo
prueba que ese pederasta religioso y precoz es consecuente con sus
ideas.
Pero lo que aparece en esta imagen cambiante, en esta naturaleza
fascinante y doble que desciende de Venus encarnada, y en su prodigiosa
inconsecuencia sexual –imagen misma de la más rigurosa lógica de la
inteligencia-, mucho más que el Andrógino, es la idea de la ANARQUIA.
Heliogábalo es un anarquista nato, que soporta de mala gana la
corona, y todos sus actos de rey son actos de anarquista nato, enemigo
público del orden, o sea de un enemigo del orden público; pero su
anarquía primero la practica en sí mismo y contra sí mismo, la anarquía
que introduce en el gobierno de Roma, puede decirse que la predica con
el ejemplo y que pagó por ella el precio debido.
Cuando el
coribante se corta el miembro, y le arrojan un vestido de mujer, en
este rito yo veo el deseo de terminar con cierta contradicción, de
reunir de un golpe al hombre y la mujer, de combinarlos, de fundirlos
en uno y de fundirlos en el macho y por el macho. Ya que el macho es el
Iniciador.
Poco faltó, dicen los historiadores, para que también Heliogábalo se hiciera cortar el miembro.
Si el hecho es cierto, habría en ello un grave error de parte de
Heliogábalo; y yo pienso que los historiadores de la época que no
entendían nada de poesía, y menos aún de metafísica, han debido tomar
falso por verdadero y la simulación del hecho por medio del rito por un
acto realizado.
Que algunos hombres disgregados, sacerdotes, coribantes sin
importancia, se entreguen a un acto que acaba con ellos, hay por cierto
en ese acto con qué dar fuerza al valor del rito, pero Elagabalus, el
Sol sobre la tierra, no puede perder el signo solar, sólo puede operar
en lo abstracto.
En el sol está la guerra, Marte, el sol es un dios guerrero; y el rito
del coribante es un rito de guerra: el hombre y la mujer fundidos en la
sangre, al precio de la sangre.
Tanto como en la otra, en la guerra abstracta, sangre irreal e
imaginada, sino sangre verdadera, y que ha corrido, que puede correr; y
si Heliogábalo no la derramó por la defensa del territorio, con ella
pagó su poesía y sus ideas.
Toda la vida de Heliogábalo es anarquía en acto, ya que Elagabalus, el
dios unitario, que reúne al hombre y la mujer, los polos hostiles, el
UNO y el DOS, es el fin de las contradicciones, la eliminación de la
guerra y de la anarquía, pero por la guerra, y también, en esta tierra
de contradicción y desorden, es la ejecución de la anarquía. Y la
anarquía, al punto que la lleva Heliogábalo, es poesía realizada.
En toda poesía hay una contradicción esencial. La poesía es la
multiplicidad triturada y que despide llamas. Y la poesía, que
restablece el orden, resucita primero el desorden, el desorden de
aspectos inflamados, hace que se entrechoquen aspectos que ella conduce
a un punto único: fuego, gesto, sangre, rito.
Restablecer la poesía y el orden en un mundo cuya misma existencia es
un desafío al orden, es restablecer la guerra y la permanencia de la
guerra; es provocar un estado de crueldad aplicado, es crear una
anarquía sin nombre, la anarquía de las cosas y de los aspectos que se
despiertan antes de hundirse nuevamente y fundirse en la unidad. Peor
aquel que despierta esta peligrosa anarquía siempre es su primera
víctima. Y Heliogábalo es un anarquista aplicado que comienza por
devorarse a sí mismo, y que termina por devorar sus excrementos.
En una vida cuya cronología es imposible , pero en la que los
historiadores, que continuamente cuentan sus crueldades sin fijarles
una fecha, ven un monstruo, yo veo una naturaleza de una plasticidad
prodigiosa, que siente la anarquía de los hechos y se subleva contra
ellos.
Yo veo en Heliogábalo una inteligencia vibrante que de cada objeto y de cada encuentro de objetos extrae una idea.
El hombre que arrojando objetos rituales en el gran fuego que ha hecho
encender sobre los escalones del templo de Hércules, en Roma, grita:
“Tan sólo esto, sí, tan sólo esto es digno de un Emperador”, que así
dilapida una parte del tesoro no solamente real, sino sacerdotal; el
hombre que entra en Roma apretando entre sus brazos la piedra cónica,
el gran falo reproductor; el hombre que trata de poner por encima de
todo, más alto que todo, a esta piedra como un principio; al hombre que
cree en la unidad de todo y arrastra a Roma no una piedra, sino un
signo, un símbolo de la unidad de todo; el hombre que intenta unificar
a los dioses, que destroza ante su dios las estatuas de los falsos
dioses de Roma, no es para mí un idólatra, sino un mago, y, emergiendo
en medio de los ritos, participa de sus poderes.
En la noche del 15 al 16 de mayo de 217, Heliogábalo es llevado a
los soldados. Su madre medio desnuda, la soberbia Julia Semia, llevando
al pequeño Basianus Avitus, vestido de Caracalla, pasa por entre las
filas de los soldados, que acampan al pie del templo, como si quisiera
entregarse a cada uno de ellos. Se ha instalado una orquesta romana en
el recinto reservado del templo, que toca una música ruda y seca, que
en parte plagia los acentos de ciertas orquestas asirias. Música
esotérica y misteriosa, aunque romana, tomada del templo de la madre de
los dioses. Esta música acompaña la caminata de Semia y Heliogábalo en
medio del campamento de los guerreros, que, alertados por Gannys, no
ignoran nada de lo que va a ocurrir.
Después de una o dos vueltas
por el campamento, con Elagabalus que se apuesto la púrpura romana, el
pesado manto de los emperadores, casi demasiado largo para su joven
cuerpo, éste sube a las murallas.
Diez mil antorchas llamean en el campamento, reflejadas por altos
espejos raídos al abrigo de la noche. Y de pronto, se asiste a una
visión inesperada.
Desde lo alto de las murallas se desenrolla una pintura de treinta
codos de alto por veinte de ancho; la fulgurante luz de las antorchas
reflejadas por los altos espejos cae con todo su brillo sobre la
inmensa pintura, en la cual aparece una especie de dios guerrero: ¿es
Heliogábalo o Caracalla?; es el traje de Caracalla con la cabeza de
Heliogábalo. Pero una cabeza de Heliogábalo que parece transparentarse
bajo los rasgos de Caracalla.
El campamento aplaude, se interrumpe la música. Gannys, oportuno, pronuncia un discurso:
GANNYS. -¡Este es el hijo de Caracalla!
¡Silencio! Estupor. Los soldados se miran.
En la otra punta del campamento, desgreñada, con los senos salidos y el pecho en alto; Julia Semia, iluminada por las llamas.
JULIA SEMIA. –Sí, este es el hijo de Caracalla. Este es el dios que concebí en sus brazos.
Nadie ríe, nadie protesta; es un teatro bien ejecutado, magníficamente estudiado.
GANNYS. – Hay en Antioquía un falso emperador, ese Macrino que no es
hijo de nadie, que tomó la púrpura de Caracalla y se alzó en el trono
de Roma al precio de la sangre de Caracalla. Yo os invito a restablecer
al hijo de Caracalla en sus derechos. El joven Basianus Avitus debe
encontrar en el trono romano la herencia de los Basianidas. Vosotros
habéis seguido en treinta guerras a Caracalla, que descendía de
Septimio Severo; seguiréis en nuevas guerras a Elagabalus Avitus, que
desciende de Caracalla.
Aquí aplausos, explosiones de alegría, largo rumor que se prolonga hasta la otra punta del campamento.
Las antorchas se inclinan. Nace la aurora. Se alza un viento fresco.
Las tropas se agrupan y se ponen en marcha. Gannys, en un caballo
leonado, se pone a la cabeza de los guerreros.
La batalla, alrededor de Emesa, puede dividirse en tres fases.
En la primera, Heliogábalo es votado en plebiscito por los soldados,
que sintiendo que su gesto constituye una especie de abierta rebelión,
se atrincheran en su campamento y se disponen a sostener el ataque de
las fuerzas gubernamentales, conducidas por uno de los jefes del
pretorio: Ulpius Julianus.
Este último, que no cree en la fuerza de la rebelión, conduce el ataque
sin convicción ni ardor. Contemporiza, negándose a creer en la
entronización de un monarca de catorce años.
Hubiera podido arreglar todo en un día, si hubiese atacado a fondo,
pero como contaba con la deserción espontánea de las tropas de
Heliogábalo, se retira después de un simulacro de combate.
En la segunda fase, Ulpius Julianus vuelve a la carga, esta vez
decidido a terminar de una vez por todas. Pero ya es demasiado tarde.
Los sitiados han tomado conciencia de su fuerza, y de la vacilación de
los sitiadores. Sin embargo la batalla es violenta. Dura todo un día,
desde el alba hasta que cae el sol. Al atardecer aparece la luna. No
como un decorado, sino como una fuerza. La luna de Domna y de Semia
contra la cual Ulpius Julianus nada puede hacer. Desde lo alto de las
murallas, los soldados de Heliogábalo incitan a los pretorianos de
Julianus a cambiar de bando. Emisarios de Gannys, mezclados con las
tropas de Julianus, les hablan al oído de preciosas promesas, y les
distribuyen oro gratuitamente.
En las tropas de Julianus se bosqueja una vacilación, ya que si bien
los pretorianos se mantienen firmes, los mercenarios se desbandan;
hasta que los mismos pretorianos a quienes Heliogábalo les prometió la
vida, si consentían en pasar a su campo, terminan por abandonar a
Ulpius Julianus.
Rey por rey, Heliogábalo no le va en zaga a Diadumeno. Ya que Macrino,
por su parte, ha hecho elegir a un pequeño rey, ha hecho votar en
plebiscito, por los pretorianos de Apamea, a su hijo, el pequeño
Diadumeno, así llamado a causa de la corona natural que sobre el arco
ciliar le forma la saliencia de su hueso frontal. El pequeño Diadumeno
tiene diez años, y acaba de adquirir el título de Augusto. Pero ni bien
es coronado, se hace notar por sus crueldades. Hace seccionar
lentamente las partes genitales de guardias que, a su parecer, no
habían gritado bastante fuerte el día de su coronación. Las
coronaciones improvisadas abundan en esta parte ignorada de la historia.
Ante la deserción casi unánime de sus tropas, Ulpius Julianus se
escapa. A la cabeza de doscientos o trescientos fieles habría podido
arremeter en medio de ese negocio, de esa compra de fidelidades, de esa
subasta de devociones y conciencias que se efectúa desde lo alto de las
murallas. Prefiere abandonar cobardemente el campo de batalla y,
disfrazado de sacerdote, refugiarse en un pequeño templo perdido en
medio del campo. Pero lo reconocen. Lo atrapan. Y dos días después, los
emisarios de Heliogábalo que habían ido a anunciar a Macrino el
resultado de la batalla, le lanzan a manera de desafío, en un paquete
de ropa sucia, la cabeza sangrienta de Ulpius Julianus.
Macrino, que había salido de Apamea, a la cabeza de quinientos fieles
pretorianos, bordea Emesa y vuelve a Antioquía, donde clama victoria.
Luego, bajo pretexto de perseguir a los fugitivos de Heliogábalo, reúne
todas las tropas seguras que puede encontrar, y vuelve a Emesa,
creyendo no tener ninguna dificultad en vencer esa masa heteróclita de
hombres comandada por tres mujeres, dos eunucos y un niño. Pero no
contó con Gannys; y esta es la tercera fase del combate.
Gannys, que conoce bien la región, no da tiempo a las tropas de Macrino
para alcanzar Emesa; lo enfrenta a la hora y en el sitio escogidos por
él. El combate se efectúa casi bajo las murallas de Antioquía, en una
especie de vallecito tortuoso, rodeado de colinas donde ya están
instalados los partidarios de Heliogábalo.
Son las dos de la tarde. El sol, que cae a pico sobre el valle, ciega a
las legiones de Macrino, que tiene a su alrededor a las mejores tropas
de Roma. Los soldados de Gannys atacan por tres flancos a la vez. Pero
aunque cegados por el sol y al principio confundidos por ese ataque
circular, los legionarios de Macrino se mantienen firmes, y arremeten.
La música de las legiones romanas suena furiosamente, sembrando el
desconcierto entre los pretorianos que se pasaron al bando de
Heliogábalo y que ya no saben cuál es su deber. En el otro bando ven a
pretorianos como ellos, que por algún capricho del destino ahora se ven
obligados a combatir. Deponen las armas y se alistan a pasar al otro
bando.
Al sentir eso, al ver frente a ellos, como una muralla, el frente unido
de la guardia del pretorio, los mercenarios macedonios, los jinetes
escitas, los voluntarios sirios que esgrimen el estandarte rojo de
Fenicia, arrojan sus armas y sus estandartes al polvo, y hacen ademán
de huir. Gannys, en su caballo leonado, se arroja entre ellos y trata
de agruparlos con extraños gestos de sus codos y brazos que,
alternativamente, se cruzan y descruzan sobre sus pectorales luminosos.
Vano intento. Es entonces cuando las dos Julias, Mesa, la abuela, y
Semia, la madre, bajan de su carro y se lanzan a la pelea.
Algunos cadáveres yacen a su alrededor, en el polvo, acribillados de
flechas; y las flechas perdidas siguen surcando el aire. Arrancan las
espadas de los cadáveres, se protegen detrás de un escudo recogido en
medio de los muertos y montan sobre corceles veloces. Alzan el
estandarte rojo y se lanzan al galope y sin decir palabra en medio de
los combatientes. Dos o tres veces surcan el grueso de las tropas que
se desbandan; por su parte, Heliogábalo se pone en marcha. Su manto de
púrpura flota al viento, restalla como los estandartes de sus madres.
Los pretorianos reconocen un jefe. Los mercenarios, transportados por
la carga heroica de las dos mujeres, recogen sus estandartes. Los
oficiales, que nuevamente los sienten bajo su mando, logran
reagruparlos. Una carga unánime golpea como una cuña a los legionarios
de Macrino, los atropella, llega hasta el triángulo inexpugnable de los
pretorianos; luego sobreviene una terrible refriega en la que la vieja
Julia Mesa golpea de punta y de filo, y Julia Semia, como borracha,
desvía las flechas y vuelve a lanzarlas, protegiéndose con su escudo.
Si las dos mujeres golpean en el centro, Heliogábalo, también sobre un
brioso caballo, y seguido por mil jinetes escitas, con Gannys a su
lado, clava en el flanco de Macrino una especie de peligrosa punta,
ejecuta un amplio movimiento envolvente. La fortaleza de los
pretorianos parece tambalear sobre sus bases, estremecerse, girar sobre
sí misma como la cabeza de un caballo que resoplara. El sol ya ha
girado. Heliogábalo, en el extremo del campo de batalla y volviendo a
rienda suelta a la retaguardia de Macrino, recibe en pleno rostro los
rayos del sol poniente. Su luz lo exalta más aún. Ahora ve delante, muy
lejos, cómo se agitan los estandartes de sus madres. Un bramido grave,
sostenido, prolongado, se alza del campo de batalla, en medio de un
olor a polvo, a sangre, a animales muertos, a cuero quemado; en medio
de un estrépito ensordecedor de chatarra, por el que de segundo en
segundo se suceden los aullidos estridentes de los heridos. A lo lejos
pasan sombras por el suelo, mezcladas con los rayos rojos del sol,
extendiéndose en inmensos regueros. Macrino, el débil Macrino, escucha
el crescendo del combate. Siente que la partida que le parecía ganada
se reanuda en un sentido desfavorable para él. Sin embargo, nada está
perdido, pero hay que aguantar; y Macrino no puede aguantar. No es de
los que aguantan. Se enloquece. La embestida de Heliogábalo ya se
acerca. Julia Mesa y Julia Semia que no han podido atravesar la línea
férrea de los pretorianos –más que ligados, parecían soldados unos con
otros-, giran alrededor de ellos dando alaridos, aplastando algunos
cráneos que se adelantan de la línea impenetrable. Macrino distingue a
su derecha en medio de las tropas que luchan aglutinadas miembro a
miembro, y como pedazo a pedazo, una especie de delgada anfractuosidad.
Desgarra su púrpura, la arroja sobre los hombros del primer oficial que
encuentra, lanza su corona sobre la cabeza de un general y, haciendo
rodar sus espuelas, las clava en su caballo y se lanza al galope. Al
ver esto, sus pretorianos arrojan las armas, se vuelven hacia
Heliogábalo que está llegando y lanzan un triple hurra de entusiasmo.
Así culmina la batalla que le abre a Heliogábalo el camino de la realeza.
Una vez terminada la batalla y ganado el trono, la cuestión es ahora
volver a Roma, y entrar con gran esplendor. No como Septimio Severo con
soldados armados en pie de guerra, sino a la manera de un verdadero rey
solar, de un monarca que recibe de lo alto su efímera supremacía, que
la ha conquistado por la guerra, pero que debe hacer olvidar la guerra.
Y los historiadores de la época no escatiman epítetos sobre las fiestas
de su coronación, sobre su carácter decorativo y pacífico. Sobre su
lujo excesivo. Es preciso decir que la coronación de Heliogábalo
comienza en Antioquía hacia fines del verano de 217 y culmina en Roma
en la primavera del año siguiente, después de un invierno pasado en
Nicomedia, en Asia.
Nicomedia es la Riviera, el Deauville de la época, y es a propósito de
esa estada de Heliogábalo en Nicomedia que los historiadores son presa
de una rabia loca.
Esto relata Lampridio, que parece haberse erigido en el Joinville de
ese San Luis de la cruzada del Sexo, que lleva un miembro de hombre a
guisa de cruz, lanza o espada:
“En un invierno que el Emperador pasó en Nicomedia, como allí se
comportara de la manera más repugnante, admitiendo que los hombres
realizaran un recíproco comercio de infamias, pronto los soldados se
arrepintieron de lo que habían hecho y recordaron con amargura que
habían conspirado contra Macrino para consagrar ese nuevo príncipe;
entonces pensaron en poner sus miras en Alejandro, primo de ese mismo
Heliogábalo y a quien el Senado, después de la muerte de Macrino, le
había conferido el título de César. Pues quién podía soportar a un
príncipe que ofrecía a la lujuria todas las cavidades de su cuerpo,
cuando ni siquiera se lo soporta de los mismos animales. Finalmente,
llegó al extremo de no ocuparse de otra cosa en Roma que de tener
emisarios cuya función era buscar exactamente a los hombres mejor
formados para sus abyectos gustos e introducirlos en el palacio para
que él pudiera gozarlos.
“Además se complacía en hacer representar la fábula de Paris; él mismo
desempeñaba el papel de Venus, y dejando caer de pronto su ropa a los
pies, completamente desnudo, con una mano sobre el seno, la otra sobre
las partes genitales, se arrodillaba y, alzando la parte posterior, la
presentaba a los compañeros de libertinaje. También se arreglaba la
cara como se pinta la cara de Venus, y cuidaba que todo su cuerpo
estuviera perfectamente liso y brillante, ya que estimaba que lo mejor
que podía ofrecerle la vida era ser considerado digno de satisfacer los
gustos libidinosos de la mayor cantidad de hombres posible.”
Llegan a Roma en pequeñas etapas, y al paso de la escolta imperial, de
la inmensa escolta que parece arrastrar consigo todas las regiones que
ha atravesado, se manifiestan falsos emperadores.
Vendedores ambulantes, obreros, esclavos que, ante la anarquía reinante
y al ver trastornadas todas las reglas de la herencia real, también
ellos creen que pueden ser reyes.
“¡Ya está!- parece decir Lampridio- ¡esto es la anarquía!”
No contento con hacer del trono un escenario, con dar al país que
atraviesa el ejemplo de la molicie, del desorden, de la depravación,
llega incluso a hacer de la misma tierra del imperio un escenario,
donde hace aparecer falsos reyes. Nunca se ofreció al mundo un ejemplo
más hermoso de anarquía. Ya que para Lampridio, esta representación al
natural y ante cien mil personas de la fábula de Venus y Paris, con el
estado febril que ella crea, con los milagros que suscita, es un
peligroso ejemplo de anarquía, es la poesía y el teatro puestos en el
plano de la realidad más verdadera.
Pero si miramos más de cerca, los reproches de Lampridio no se
justifican. ¿Qué hizo exactamente Heliogábalo? Puede que haya
transformado el trono romano en un tablado, pero al mismo tiempo
introdujo en el trono de Roma el teatro, y por intermedio del teatro,
la poesía en el palacio de un emperador romano; y la poesía, cuando es
real, merece la sangre, justifica que se derrame sangre.
Ya que puede pensarse que tan cerca de los misterios antiguos y sobre
la línea de aspersión de los Taurobolios, los personajes que eran
puestos en escena de ese modo no debían comportarse como frías
alegorías, sino que en la medida en que significaban fuerzas de la
naturaleza, quiero decir de la segunda naturaleza, la que corresponde
al círculo interior del sol, al segundo sol según Juliano, el que se
encuentra entre la periferia y el centro –y se sabe que sólo el tercero
es visible-, debían conservar una fuerza de elemento puro.
Fuera de esto, heliogábalo puede torcer como le venga en gana las
costumbres y hábitos romanos, tirar al diablo la toga romana, ponerse
la púrpura fenicia, dar ese ejemplo de anarquía que, para un emperador
romano, consiste en adoptar las ropas de otro país, y para un hombre,
ponerse vestidos de mujer, cubrirse de piedras, perlas, moños de
plumas, corales y talismanes; aquello que desde el punto de vista
romano es anárquico, para Heliogábalo es la fidelidad a un orden, y
esto quiere decir que ese fausto caído del cielo vuelve a ascender por
cualquier medio.
No hay nada gratuito en la magnificencia de Heliogábalo, ni en esa
maravillosa pasión del desorden que no es sino la aplicación de una
idea metafísica y superior del orden, es decir de la unidad.
Aplica su idea religiosa del orden como una afrenta al rostro del mundo
latino; y la aplica con extremo rigor, con un sentimiento de perfección
rigurosa en el que hay una idea misteriosa y oculta de la perfección y
de la unificación. Nada hay de paradójico considerar que esta idea del
orden es por añadidura poética.
Heliogábalo emprendía una desmoralización sistemática y festiva del
espíritu y la conciencia latinos; y habría llevado hasta sus últimas
consecuencias esa subversión del mundo latino si hubiera podido vivir
lo suficiente para llevarla a buen término.
En todo caso, no puede negarse que Heliogábalo es consecuente con sus
ideas. Y no puede dudarse de la obstinación con que las aplicó. Este
emperador, que tiene catorce años en el momento en que recibe la
corona, es un mitómano en el sentido literal y concreto del término. O
sea, que ve los mitos que existen, y los aplica. Por una vez, y quizá
la única en la historia, aplica mitos verdaderos. Arroja una idea
metafísica en el torbellino de las pobres efigies terrestres y latinas
en que ya nadie cree; y el mundo latino menos que cualquier otro.
Castiga al mundo latino por no creer ya en sus mitos ni en ningún mito,
y por otra parte no se priva de manifestar el desprecio que posee por
esta raza de cultivadores natos, con el rostro vuelto hacia la tierra,
y que nunca supo hacer otra cosa que espiar lo que saldrá de ella.
El anarquista dice:
Ni Dios ni amo, yo solo.
Heliogábalo,
una vez en el trono, no acepta ninguna ley; y él es el amo. Su propia
ley personal será entonces la ley de todos. El impone su tiranía. Todo
tirano en el fondo no es sino un anarquista que se ha puesto la corona
y que impone su ley a los demás.
Sin embargo hay otra idea en la anarquía de Heliogábalo. Por el hecho
de creerse dios, de identificarse con su dios, nunca comete el error de
inventar una ley humana, una absurda y descabellada ley humana, por la
cual él, dios, hablaría. El se adapta a la ley divina, en la que ha
sido iniciado, y es preciso reconocer que fuera de algunos excesos
dispersos, algunas bromas sin importancia, Heliogábalo nunca abandonó
el punto de vista místico de un dios encarnado, pero que se atiene al
rito milenario de dios.
Al llegar a Roma, Heliogábalo echa a los hombres del Senado y pone
mujeres en su lugar. Para los romanos es la anarquía, pero la religión
de las menstruaciones, que ha fundado la púrpura tiria, y para
Heliogábalo que la aplica, esto no es más que un simple
restablecimiento del equilibrio, un retorno razonado a la ley, puesto
que es a la mujer –la que nació primero, la que vino primero en el
orden cósmico- a quien le corresponde hacer las leyes.
Heliogábalo pudo llegar a Roma en la primavera del año 218, después
de una extraña marcha del sexo, un desencadenamiento fulgurante de
fiestas a través de todos los Balcanes. De vez en cuando corre a toda
velocidad con su carro, recubierto de toldos, y detrás de él el Falo de
diez toneladas que lo sigue a duras penas, en una especie de jaula
monumental, hecha aparentemente para una ballena o un mamut. De vez en
cuando se detiene, muestra sus riquezas, revela todo cuanto puede hacer
en lo que a suntuosidad y generosidad se refiere, y también a
exhibiciones extrañas frente a poblaciones estúpidas y miedosas. El
falo, arrastrado por trescientos toros a los que se irrita
hostigándolos con jaurías de hienas aulladoras, pero encadenadas, sobre
un inmenso carro rebajado, con ruedas anchas como los muslos de un
elefante, atraviesa la Turquía europea, Macedonia, Grecia, los
Balcanes, la Austria actual a la velocidad de una cebra al galope.
Además, de tiempo en tiempo comienza la música. Se detienen. Quitan los
toldos. El falo es montado sobre su base, alzado con cuerdas, con la
punta hacia arriba. Y sale la banda de los pederastas, y también
actores, bailarinas, coribantes castrados y momificados.
Pues hay un rito de los muertos, un rito de la selección de los sexos,
de los objetos hechos con miembros tensos de hombres, y curtidos,
ennegrecidos en la punta como varas endurecidas en el fuego. Los
miembros –plantados en la punta de una vara como velas en la punta de
clavos, como las puntas de un maza de guerrero; colgados como
campanitas en pequeños arcos de oro; pinchados sobre placas enormes
como clavos en un escudo-, giran en el fuego entre las danzas de los
coribantes, y unos hombres con zancos los hacen bailar como seres vivos.
Y siempre en el paroxismo, el frenesí, en el momento en que las voces
se ponen roncas, pasan a un contralto genésico y femenino, Heliogábalo
–que tiene en el pubis una especie de araña de hierro, cuyas patas
desgarran su piel, le hacen saltar sangre a cada movimiento excesivo de
sus muslos espolvoreados con azafrán; con su miembro bañado en el oro,
recubierto de oro, inmutable, rígido, inútil, inofensivo-, Heliogábalo
llega, con la tiara solar, con su manto recargado de piedras, cubierto
de lumbres.
Su entrada tiene el valor de una danza, de un paso de danza
maravillosamente ejecutado, aunque Heliogábalo no tenga nada de
bailarín. Un silencio, y luego se alzan las llamas, se reanuda la
orgía, una orgía seca. Heliogábalo recoge los gritos, orienta el ardor
genésico y calcinado, el ardor de muerte, el rito inútil.
Pero esos instrumentos, esas pedrerías, esos calzados, esos ropajes y
esos tejidos, esas enumeraciones delirantes de música de cuerdas o
percusión, como crótalos, címbalos, tamburahs egipcios, liras griegas,
sistros, flautas, etc; esas orquestas de flautas, de asores, de arpas y
nebeles; y también esas banderas, esos animales, esas pieles de
animales, esas plumas de aves que llenan las historias de la época,
toda esa suntuosidad monstruosa, cuidada en los confines por cincuenta
mil soldados de caballería y que imagina arrastrar el sol, esa
suntuosidad religiosa tiene un sentido. Un sentido ritual potente como
todos los actos de Heliogábalo emperador tienen un sentido,
contrariamente a lo que opina la historia.
Heliogábalo entra en Roma, en la mañana de un día de marzo del año 218,
a la aurora, en un período que corresponde aproximadamente a los idus
de marzo. Y entra andando hacia atrás. Delante de él está el Falo,
arrastrado por trescientas muchachas con el pecho desnudo que preceden
a los trescientos toros, ahora embotados y tranquilos, a los que en las
horas que preceden el amanecer se les ha administrado un soporífero muy
bien dosificado.
Entra en medio de una variada irisación de plumas que restallan al
viento como si fueran banderas. Detrás de él la ciudad dorada,
vagamente espectral. Delante de él, el rebaño perfumado de las mujeres,
los toros que dormitan, el Falo sobre su carro cubierto de oro que
brilla bajo el inmenso parasol. Y en los bordes la doble fila de los
tocadores de crótalos, laúdes y címbalos asirios, y los sopladores de
flautas y flautines. Y más atrás, las literas de las tres madres: Julia
Mesa, Julia Semia y Julia Mamea la cristiana que dormita y no se da
cuenta de nada.
En el hecho de que Heliogábalo entre en Roma, a la aurora, en el primer
día de los idus de marzo, se encuentra la aplicación desviada de un
principio convertido en un rito potente, no desde el punto de vista
romano, sino desde el punto de vista del sacerdocio sirio. Pero sobre
todo se encuentra un rito que desde el punto de vista religioso quiere
decir lo que quiere decir, pero que desde el punto de vista de las
costumbres romanas quiere decir que Heliogábalo entra en Roma como
conquistador, pero por el trasero, y que primero se hace encular por el
Imperio romano.
Una vez terminadas las fiestas de la coronación, señaladas por esta
profesión de fe pederástica, Heliogábalo se instala con su abuela, su
madre y la hermana de esta última, la pérfida Julia Mamea, en el
palacio de caracalla.
Heliogábalo no esperó llegar a Roma para declarar la anarquía total,
para dar una mano a la anarquía que encuentra, cuando esta última se
adorna con teatro y se acompaña de poesía.
Por supuesto, manda cortar la cabeza de cinco oscuros rebeldes que, en
nombre de su pequeña individualidad democrática, su miserable
individualidad, se atreven a reivindicar la corona real. Pero favorece
las hazañas de ese actor, de ese insurrecto genial que, haciéndose
pasar unas veces por Apolonio de Tiana, otras por Alejandro Magno, se
muestra, vestido de blanco, a los pueblos de los bordes del Danubio,
con la corona del Escandro sobre la frente, que quizá robó del equipaje
del emperador. Lejos de perseguirlo, Heliogábalo le delega una parte de
sus tropas y le presta su flota de guerra, para que subyugue a los
marcomanos.
Pero en esta flota todos los navíos están agujereados, y un incendio
prendido por sus buenos oficios en medio del mar lo deshace, por medio
de un naufragio teatral, de la tentativa del usurpador.
Como emperador, Heliogábalo se comporta como un bribón y un libertario
irrespetuoso. En la primera reunión un poco solemne, les pregunta
brutalmente a los grandes del estado, a los nobles, a los senadores en
disponibilidad, a los legisladores de todo tipo, si también ellos han
conocido la pederastia en su juventud, si han practicado la sodomía, el
vampirismo, el sucubato, la fornicación con animales, y lo hace, dice
Lampridio, en los términos más crudos.
Desde aquí vemos a Heliogábalo maquillado, escoltado por sus queridos y
sus mujeres, pasando en medio de los vejestorios. Les palmotea el
vientre y les pregunta si también ellos se han hecho encular en su
juventud; y éstos, pálidos de vergüenza, agachan la cabeza bajo el
ultraje, rumiando su humillación.
Mejor aún, simula en público, y con gestos, el acto de la fornicación.
“Llegaba hasta a representar obscenidades con sus dedos –dice
Lampridio-, acostumbrado como estaba a atacar todo pudor en las
asambleas y en presencia del pueblo.”
En esto hay más que una simple niñería, por supuesto, está el deseo de
manifestar con violencia su individualidad y su gusto por las cosas
primordiales: la naturaleza tal cual es.
Por otra parte es fácil culpar a la locura y a la juventud por todo
aquello que, en el caso de Heliogábalo, no es más que el rebajamiento
sistemático de un orden, y responde a un deseo de desmoralización
concertada.
En Heliogábalo veo no a un loco, sino a un insurrecto.
1° Contra la anarquía politeísta romana;
2° Contra la monarquía romana, por la que se hizo encular.
Pero en él, ambas rebeldías, ambas insurrecciones se mezclan, dirigen
toda su conducta, dominan todas sus acciones, hasta las más ínfimas,
durante su reinado de cuatro años.
Su insurrección es sistemática y sutil, y primero la ejerce contra sí mismo.
Cuando Heliogábalo se viste de prostituta y se vende por cuarenta
céntimos en la puerta de las iglesias cristianas, de los templos de los
dioses romanos, no persigue tan sólo la satisfacción de un vicio, sino
que humilla al monarca romano.
Cuando nombra a un bailarín a la cabeza de su guardia pretoriana,
realiza una especie de anarquía indiscutible, pero peligrosa. Abofetea
la cobardía de los monarcas, sus predecesores, los Antoninos y los
Marco Aurelios, y le parece que basta un bailarín para mandar un grupo
de policías. A la debilidad llama fuerza, y al teatro, realidad.
Trastorna el orden recibido, las ideas, las nociones comunes de las
cosas. Realiza una anarquía minuciosa y peligrosa, puesto que se
descubre a la vista de todos. Se juega la piel, par decirlo en pocas
palabras. Y esto es cosa de un anarquista valeroso.
Continúa en fin su empresa de degradación de los valores, de monstruosa
desorganización moral, eligiendo a sus ministros por la enormidad de su
miembro.
“A la cabeza de sus guardias nocturnos –dice Lampridio- puso al cochero
Gordius, y nombró cuidador de los víveres a cierto Claudius, que era
censor de las costumbres; todos los otros cargos fueron distribuidos
según recomendaba a las personas la enormidad de su miembro. Estableció
procuradores del vigésimo sobre las herencias a un muletero, a un
vagabundo, a un cocinero, a un cerrajero.”
Esto no le impidió aprovecharse él mismo de ese desorden, de ese
relajamiento desvergonzado de las costumbres, de hacer un hábito de la
obscenidad; y de mostrar, obstinadamente, como un obseso y un maníaco,
aquello que por lo general se mantiene oculto.
“En los festines –sigue contando Lampridio-preferentemente se colocaba
al lado de los hombres prostituidos, se complacía en sus tocamientos, y
nunca recibía la copa con mejor disposición que de sus manos, después
que ellos habían bebido.”
Todas las formaciones políticas, todas las formas de gobierno, ante
todo tratan de echar mano a la juventud. Y también Heliogábalo trata de
echar mano a la juventud latina, pero, al revés de todo el mundo,
pervirtiéndola sistemáticamente.
“Había proyectado –dice Lampridio- establecer en cada ciudad, en
calidad de prefectos, a gente cuyo oficio sería corromper a la
juventud. Roma habría tenido catorce; y lo habría hecho si hubiera
vivido, decidido como estaba a enaltecer lo más abyecto, y hacer
honorables a los hombres de las profesiones más bajas.
Por otra parte no puede dudarse del profundo desprecio de Heliogábalo por el mundo romano de la época.
“Más deuna vez –observa nuevamente Lampridio-, testimonió semejante
desprecio por los senadores a quienes llamaba esclavos de toga; el
pueblo romano para él no era más que el cultivador de un terreno, y la
orden de los caballeros no significaba nada.”
Su pasión por el teatro y la poesía en libertad se manifiesta en ocasión de su primer casamiento:
A su lado, y durante todo el tiempo que duró el rito romano, colocó una
decena de energúmenos borrachos, que no dejaban de gritar: “Perfora,
introduce”, ante el gran escándalo de los cronistas de la época, que
omiten describirnos las reacciones de su novia.
Heliogábalo se casó tres veces. La primera vez con Cornelia Paula, la
segunda con la primera vestal, la tercera con una mujer que tenía la
cabeza de Cornelia Paula; luego se divorcia y vuelve a tomar a su
vestal, para volver finalmente a Cornelia Paula. Hay que observar aquí
que Heliogábalo toma a la primera vestal no como un maharajá de
anteguerra toma, en la Opera de París, a la primera bailarina, y se
casa con ella, sino con una intención blasfematoria y sacrílega, que
sobreexcita el furor de otro historiador, Dion Cassius.
“Este hombre –dice-, que tendrían que haber castigado con varas,
arrojado al calabozo y cubierto de oprobio, lleva a su cama a la
cuidadora del fuego sagrado, y la desflora en medio del silencio
general.”
De todo esto a mí me interesa el hecho de que Heliogábalo es el primer
emperador que se atrevió a derribar ese rito de guerra, la custodia del
fuego sagrado, y que profanó, como es debido, el templo del Paladión.
Heliogábalo erige un templo a su dios, en pleno centro de la
devoción romana, en el sitio del pequeño templo insípido consagrado a
Júpiter Palatino. Una vez demolido el templo, erige con mayor riqueza
pero en menor tamaño, una reproducción del templo de Emesa.
Pero la devoción de Heliogábalo por su dios, su pasión por los ritos y
el teatro, nunca se demuestran mejor que en el casamiento de la Piedra
Negra con una esposa digna de él. Esta esposa la hizo buscar por todo
el imperio. Así, hasta en la piedra, habrá realizado el rito sagrado,
habrá demostrado la eficacia del símbolo. Y aquello que toda la
historia considera como una locura más y un acto de una puerilidad
inútil, a mí me parece la prueba material y rigurosa de su poética
religiosidad.
Pero Heliogábalo que detesta la guerra, y cuyo reinado no habrá sido
manchado por la presencia de ninguna guerra, no desposará a Elagabalus
con el Paladión que le proponen –ese Paladión sanguinario que entre las
manos de Palas, a quien más bien deberían llamar Hécate, como la noche
de la cual salió, acuna el nacimiento de los futuros guerreros-, sino
con la Tanit-Astarté de Cartago, cuya leche tibia fluye lejos de los
sacrificios consagrados a Moloch.
Qué importa que el Falo, la Piedra Negra, lleve en su cara interior una
especie de sexo de mujer que los mismos dioses han cincelado; y
Heliogábalo quiere demostrar de esta forma por medio de este
acoplamiento realizado, que el miembro es activo y opera, y poco
importa que lo haga en efigie y en lo abstracto.
Un extraño ritmo interviene en la crueldad de Heliogábalo; este iniciado todo lo hace con arte y en forma doble. Quiero decir todo en dos planos. Cada uno de sus gestos tiene dos filos:
Orden, Desorden,
Unidad Anarquía,
Poesía, Disonancia,
Ritmo, Discordancia,
Grandeza, Puerilidad,
Generosidad, Crueldad.
Desde lo alto de las torres recién erigidas de su templo al dios pítico, arroja trigo y miembros de hombres.
Nutre a un pueblo castrado.
Indudablemente, no hay tiorbas, ni tubas, ni orquestas de asores, en
medio de las castraciones que impone, pero que impone cada vez como
otras tantas castraciones personales, y como si fuera él mismo,
Elagabalus, el que había de ser castrado. Desde lo alto de las torres
se arrojan bolsas de sexos con la más cruel abundancia, el día de las
fiestas del dios Pitio.
Yo no juraría que una orquesta de asores, o de nebeles de cuerdas
rechinantes, de vientres duros, no esté oculta en algún sitio en los
bajos fondos de las torres en espiral, para cubrir los gritos de los
parásitos a quienes castran; pero a esos gritos de hombres martirizados
responden casi al unísono las aclamaciones de un pueblo alborozado, al
que Heliogábalo reparte el valor de varios campos de trigo.
El bien, el mal, la sangre, el esperma, los vinos rosados, los aceites
balsámicos, los perfumes más caros crean, en torno a la generosidad de
Heliogábalo, incontables irrigaciones.
Y la música que surge de esto va más allá del oído para alcanzar el
espíritu sin instrumentos y sin orquesta. Quiero decir que los
estribillos, las evoluciones de las débiles orquestas no son nada al
lado de ese flujo y reflujo, de esta marea que va y viene con extrañas
disonancias, de su generosidad a su crueldad, de su pasión por el
desorden a la búsqueda de un orden inaplicable al mundo latino.
Por lo demás repito que fuera del asesinato de Gannys que es el único crimen que se le puede imputar, Heliogábalo sólo mandó matar a las criaturas de Macrino, que era un traidor y un asesino, y en toda ocasión economizó bastante sangre humana. En todo su reinado hay una desproporción flagrante entre la sangre derramada y los hombres realmente matados.
No se conoce la fecha exacta de su coronación, pero se conoce el
precio que sus generosidades le costaron aquel día al tesoro imperial.
Y fueron capaces de comprometer su propia seguridad material, y de
endeudar sus finanzas por todo el resto del tiempo que reinó.
Heliogábalo no deja de querer igualar la magnificencia de sus generosidades con la idea que se hace de un rey.
Pone un elefante en lugar de un asno, un caballo en lugar de un perro,
un león donde no se pondría más que un ocelote, el colegio entero de
las bailarinas sacerdotales donde no ha sido previsto más que un
cortejo de niños auxiliares.
En todas partes la abundancia, el exceso, la profusión, la exuberancia.
La generosidad y la piedad más pura que vienen a equilibrar una
espasmódica crueldad.
Al atravesar los mercados llora por la miseria de la plebe.
Pero al mismo tiempo, manda buscar por todo el imperio a marineros con
miembros atractivos, a quienes llama Nobles, a prisioneros, a ex
asesinos, para que lo traten exactamente de la misma manera que él a
ellos en el transcurso de sus ataques genésicos, y que vigoricen la
turbulencia de sus festines por medio de sus espantosas groserías.
¡Con Zoticus inaugura el nepotismo de la verga!
“Cierto Zoticus fue tan poderoso que todos los otros grandes oficiales
lo trataban como si hubiese sido el marido de su amo. Además, ese mismo
Zoticus, abusando de su título de familiaridad, daba importancia a
todas las palabras y acciones de Heliogábalo. Ambicionaba las mayores
riquezas, amenazaba a unos, prometía a otros, engañaba a todo el mundo,
y cuando se separaba del príncipe, iba a encontrar a todos para
decirles: “Dije tal cosa de usted, esto es lo que escuché sobre usted,
tal cosa va a sucederle”, como hacen las personas de este tipo que, una
vez que un príncipe les permite una familiaridad demasiado grande,
venden la reputación de su amo, sea malo o bueno; y gracias a la
tontería o inexperiencia de los emperadores que no se dan cuenta de
nada, se hartan del placer de divulgar infamias…”
Llora como el niño que es ante la traición de Hierocles; pero lejos de
ejercer su crueldad contra ese cochero de baja estofa, vuelca su rabia
contra sí mismo, y se castiga, haciéndose flagelar hasta que le brote
la sangre, por haber sido traicionado por un cochero.
Da al pueblo todo lo que le interesa:
PAN Y CIRCO.
Incluso cuando alimenta al pueblo, lo alimenta con lirismo, le
suministra ese fermento de exaltación que está en la base de toda
verdadera magnificencia. Y su tiranía sanguinaria que jamás se equivocó
de objeto, nunca afectó ni atacó al pueblo.
Todos aquellos a quienes Heliogábalo envía a las galeras, castra o
flagela, los extrae de entre los aristócratas, los nobles, los
pederastas de su corte personal, los parásitos de palacio.
Se ensaña sistemáticamente, ya lo he dicho, en la perversión y la
destrucción de todo valor y de todo orden; pero lo que es admirable y
prueba la decadencia irremediable del mundo latino, es ver como,
durante cuatro años consecutivos y a la vista y conocimiento de todo el
mundo pudo continuar ese trabajo de destrucción sistemática sin que
nadie protestara: y su caída no va más allá de una simple revolución
palaciega.
Si Heliogábalo pasa de mujer en mujer como pasa de cochero en
cochero, también pasa de piedra en piedra, de vestido en vestido, de
fiesta en fiesta y de adorno en adorno.
A través del color y el sentido de las piedras, de la forma de los
vestidos, del orden de las fiestas, de las joyas que se incrustan en su
misma piel, su espíritu realiza extraños viajes. Es aquí donde se lo ve
palidecer, donde se lo ve temblar, en busca de un brillo, de una
aspereza de la cual aferrarse, ante la horrorosa fuga de todo.
Es aquí donde se manifiesta una especie de anarquía superior en la que
arde su profunda inquietud; y corre de piedra en piedra, de brillo en
brillo, de forma en forma, y de fuego en fuego, como si corriera de
alma en alma, en una misteriosa odisea interior que nadie ha vuelto a
emprender después de él.
Yo veo una monomanía peligrosa, tanto para los demás como para aquel
que se entrega a ella, en el hecho de cambiar todos los días de
vestimenta, y de poner sobre cada vestimenta una piedra, nunca la
misma, que responda a los signos del cielo. Aquí hay mucho más que una
pasión por el lujo dispendioso, una propensión al despilfarro inútil;
aquí se encuentra el testimonio de una inmensa, de una insaciable
fiebre del espíritu, de un alma sedienta de emociones, de movimientos,
de desplazamientos, y que tiene pasión por las metamorfosis. Cualquiera
sea el precio con que haya que pagarlas, y el riesgo a que se exponga
por ello.
Y en el hecho de invitar a lisiados a su mesa, y de variar todos
los días la forma de sus enfermedades, yo observo un inquietante gusto
por la enfermedad y por el malestar, gusto que irá en aumento hasta una
búsqueda de la enfermedad en el plano más amplio posible, es decir de
una especie de contagio eterno que posea la amplitud de una epidemia. Y
también esto es anarquía, pero espiritual y artificiosa, y tanto más
cruel, tanto más peligrosa, cuanto que es sutil y disimulada.
Que
tarde un día en efectuar una comida tiene el significado de introducir
el espacio en su digestión alimenticia, y que una comida comenzada al
amanecer culmina en el ocaso, después de haber pasado por los cuatro
puntos cardinales.
Ya que de hora en hora, de plato en plato, de casa en casa y de
orientación en orientación, Heliogábalo se desplaza. Y el fin de la
comida indica que ha concluido el circuito, que ha cerrado el círculo
en el espacio, y en ese círculo ha hecho caber los dos polos de su
digestión.
Heliogábalo ha llevado al paroxismo la búsqueda del arte, la búsqueda
del rito y de la poesía en medio de la más absurda magnificencia.
Los pescados que se hacía servir eran cocidos siempre en una salsa del
color del agua del mar, y conservaban su color natural. Durante algún
tiempo se bañó con vino rosado y rosas. En ellos bebía con todos los
suyos y perfumaba con nardo los baños turcos. En las lámparas ponía
bálsamo en lugar de aceite. Exceptuando a su esposa, no abrazó dos
veces a ninguna mujer. En su casa estableció lupanares para sus amigos,
protegidos y servidores. Para su cena nunca gastaba menos de cien
sestercios. En esta costumbre superó a Vitellius y Apicius. Empleaba
bueyes para sacar los peces de los criaderos. Un día lloró por la
miseria pública mientras atravesaba el mercado. Se divertía atando a
sus parásitos a la rueda de un molino, y por medio de un movimiento de
rotación los hundía en el agua o los hacía volver a la superficie:
entonces los llamaba sus queridos Ixiones.”
No sólo el mundo romano, sino la tierra de Roma y el paisaje romano es trastornado por él.
“Se cuenta –sigue diciendo Lampridio-, que ofreció naumaquias en lagos
excavados por la mano del hombre a los que había llenado de vino, y que
los mantos de los combatientes estaban perfumados con esencia de
enanto; que condujo al Vaticano carros uncidos a cuatro elefantes,
después de haber hecho destruir las tumbas que entorpecían su paso; que
en el circo, para su espectáculo particular, hizo atar a los carros a
cuatro camellos al mismo tiempo.”
Su muerte es la coronación de su vida; y, si es justa desde el
punto de vista romano, también lo es desde el punto de vista de
Heliogábalo. Heliogábalo tuvo la muerte ignominiosa de un rebelde, pero
de un rebelde que muere por sus ideas.
Frente a la irritación
general ocasionada por esa efusión de anarquía poética, y cultivada
sigilosamente por la pérfida Julia Mamea, Heliogábalo se dejó
reemplazar. Aceptó a su lado, tomó como coadjutor a una mala efigie de
sí mismo, una especie de segundo emperador, el pequeño Alejandro
Severo, que es hijo de Julia Mamea.
Pero si Elagabalus es hombre y mujer, no es dos hombres al mismo
tiempo. Hay aquí una dualidad material que para Heliogábalo representa
un insulto al principio, y que Heliogábalo no puede aceptar.
Se rebela una primera vez, pero en lugar de recurrir al pueblo que lo
ama, a él, a Heliogábalo –ese pueblo que aprovechó su generosidad, y
por cuya miseria lo han visto llorar- para amotinarlo contra el joven
emperador virgen, trata de hacerlo asesinar por su guardia pretoriana,
siempre conducida por un bailarín, y cuya clara rebeldía no advierte.
Es entonces cuando su propia policía intenta volver sus armas contra
él, alentada por Julia Mamea; pero Julia Mesa interviene. Heliogábalo
puede huir a tiempo.
Todo se tranquiliza; Heliogábalo habría podido aceptar el hecho
consumado, soportar a su lado a ese pálido emperador de quien está
celoso y que, si no tiene el amor del pueblo, al menos tiene el de los
militares, el de la policía y el de los grandes.
Pero por el contrario aquí Heliogábalo se muestra tal como es: un
espíritu indisciplinado y fanático, un verdadero rey, un rebelde, un
individualista a ultranza.
Aceptar, someterse, equivale a ganar tiempo, equivale a consagrar su
declinación sin asegurar el reposo de su vida, ya que Julia Mamea
trabaja, y bien sabe que no abdicará. Entre la monarquía absoluta y su
hijo ya no hay más que un pecho, un gran corazón, pero por el cual esta
supuesta cristiana no siente más que odio y desprecio.
¡Vida por vida es una vida por otra! La de Alejandro Severo o la suya.
En todo caso esto es lo que Heliogábalo sintió con la mayor fuerza. Y
para sus adentros decide que será la de Alejandro Severo.
Después de esa primera alerta, los pretorianos se tranquilizaron; todo
volvió a ponerse en orden, pero Heliogábalo se encarga de volver a
avivar el incendio y el desorden, y probar de esa manera que sigue
siendo fiel a sus procedimientos.
Sublevados por emisarios, la gente común, cocheros, artistas, mendigos,
bufones, tratan de invadir la parte del palacio en que cierta noche de
febrero del año 22 descansa Alejandro Severo, junto a la habitación en
la que descansa Julia Mamea. Pero el palacio está lleno de guardias
armados. El ruido de las espadas desenvainadas, de los escudo golpeados
con fuerza, de los címbalos guerreros que reúnen a las tropas ocultas
en todas las piezas del palacio, basta para poner en fuga a un pueblo
casi desarmado.
Entonces la guardia armada se vuelve contra Heliogábalo, a quien busca
a través de todo el palacio. Julia Semia ha visto lo que sucedía; corre
y encuentra a Heliogábalo en una especie de corredor secreto y le grita
que se escape. Y lo acompaña en su huida. Por todas partes resuenan los
gritos de los perseguidores en marcha, su pesada carrera hace temblar
las paredes, un pánico inexpresable se apodera de Heliogábalo y de su
madre. Sienten la muerte por todos los costados. Desembocan en los
jardines que bajan hacia el Tíber a la sombra de los grandes pinos. En
un rincón retirado, detrás de una espesa fila de arbustos odorantes y
encinas, las letrinas de los soldados se extienden al aire libre con
sus zanjas, como surcos que arañaran el suelo. El Tíber está demasiado
lejos. Los soldados demasiados cerca. Heliogábalo, loco de miedo, se
arroja de un salto a las letrinas, se zambulle en los excrementos. Es
el fin.
La tropa, que lo ha visto, le da alcance; y sus propios pretorianos lo
agarran ya por el pelo. Esta es una escena de carnicería, una asesinato
repugnante, un antiguo cuadro de matadero.
Los excrementos se mezclan con la sangre, salpican al mismo tiempo que
la sangre las espadas que destrozan las carnes de Heliogábalo y de su
madre.
Luego sacan sus cuerpos, los llevan a la luz de las antorchas, los
arrastran a través de la ciudad ante el populacho aterrorizado, ante
las casas de los patricios que abren sus ventanas para aplaudir. Una
inmensa muchedumbre camina hacia los muelles, sobre el Tíber, siguiendo
esos lamentables montones de carne ya exangüe, pero embadurnada.
“¡A la alcantarilla!, vocifera ahora el populacho que aprovechó la
generosidad de Heliogábalo, pero que ya la ha digerido completamente.
“¡A la alcantarilla los dos cadáveres, el cadáver de Heliogábalo, a la alcantarilla!”
Una vez bien harta de sangre y de la obscena visión de esos dos cuerpos
desnudos, estragados, y que muestran todos sus órganos, hasta los más
secretos, la tropa trata de hacer pasar el cuerpo de Heliogábalo por la
primera boca de alcantarilla que encuentra. Pero por más delgado que
sea, todavía es demasiado ancho. Hay que pensar en otra cosa.
A Elagabalus Basianus Avitus, o llamado de otra manera Heliogábalo, ya
le añadieron el apodo de Varius, porque fue formado de múltiples
simientes y nacido de una prostituta; luego le dieron los nombres de
Tiberiano y de Arrastrado, porque fue arrastrado y arrojado al Tíber
después que trataron de hacerle entrar en la alcantarilla; pero al
llegar frente a ella, y como tenía los hombros demasiado anchos,
trataron de limarlo. Así, partieron la piel y dejaron al desnudo el
esqueleto, que querían tener intacto; entonces habrían podido agregarle
los dos nombres de Limado y Cepillado. Pero una vez limado, sin duda
alguna todavía era demasiado ancho, y entonces arrojan su cuerpo al
Tíber que lo lleva hasta el mar, seguido, a algunos remolinos de
distancia, por el cadáver de Julia Semia.
Así termina Heliogábalo, sin inscripción y sin tumba, pero con atroces
funerales. Murió cobardemente, pero en un estado de rebelión absoluta;
y tal vida, coronada por semejante muerte, creo que no necesita ninguna
conclusión.
APÉNDICE I
EL CISMA DE IRSHU
Fabre de Olivet, en su Historia filosófica del género humano, habla
largamente de una separación primitiva de esencias, que debe entenderse
en el plano divino y humano a la vez. Puesto que la segunda acción no
es más que el reflejo y, si se puede decir, el contragolpe histórico de
la otra: la acción celeste que, en el origen de todo, no pone en juego
más que fuerzas puras.
El caso es que mucho después del
establecimiento de los hindúes en las tierras del Palistán, los
pueblos, grandes aficionados a la metafísica, comienzan a pelear por
una cuestión de principios que hizo correr más sangre que todas las
guerras modernas, y durante mucho más tiempo.
Allí donde en los siglos bárbaros, como estos en que nosotros vivimos,
las más altas cuestiones espirituales apenas alcanzan para repartir un
sobrante de alimento entre pueblos extenuados y que literalmente se
mueren de hambre, la prehistoria conoció tiempos gloriosos para el
hombre, en los que éste todavía podía hacer la guerra por ideas.
Para aquellos interesados por esta cuestión, para quienes la metafísica
es algo más apasionante que la búsqueda de las posiciones más propicias
para el amor físico, es decir para aquellos cuyo espíritu –que en esto
no hace otra cosa que seguir su propia ley orgánica- todavía es capaz,
cuando es preciso, de remontare a los principios, progresando en una
justa abstracción, pueden decirse –y en esto no hago otra cosa que
seguir a Fabre de Olivet- que durante mucho tiempo los hombres han
creído en la existencia de un principio único, de naturaleza
espiritual, del que todo depende.
Pero un día estos mismos hombres, basados en el estudio de la música,
hacen un descubrimiento aterrador. Encuentran que el orden de las cosas
es doble, cuando ellos lo creían simple; y que el mundo, lejos de
provenir de un principio único, es el producto de una dualidad
combinada. Imposible dudar: los hechos están a la vista; los hechos, es
decir el análisis trascendente de la música, o más bien del origen de
los sonidos. Por más lejos que uno se remonte en la generación de los
sonidos, se encuentran dos principios que actúan paralelamente y se
combinan para engendrar la vibración. Y fuera de esto sólo existe la
esencia pura, lo abstracto inanalizable, lo absoluto indeterminado, “lo
Inteligible”, en fin, como lo llama Fabre de Olivet.
Y entre “lo Inteligible” y el mundo, la naturaleza, la creación, está
justamente la armonía, la vibración, la acústica que es el primer paso,
el más sutil el mas maleable que une lo abstracto con lo concreto.
Más que el gusto, más que la luz, más que el tacto, más que la emoción
pasional, más que la exaltación del alma enaltecida por las razones más
puras, es el sonido, la vibración acústica, lo que explica el gusto, la
luz, y la conmoción de las pasiones más sublimes. Si el origen de lo
sonidos es doble, todo es doble. Y aquí comienza el enloquecimiento. Y
la anarquía que engendra la guerra y la masacre de los partidarios. Y
si hay dos principios, uno es macho y el otro hembra.
Pero –y es ésta la razón de la guerra-, los partidarios del Macho no
creen la coexistencia de los principios, y para ellos el Macho
inteligible permanece solo, en el origen de todo.
Y en un país como la India donde se cree en la preeminencia de un
principio único de naturaleza macho, el cisma de Irshú representa en
una época antehistórica la rebelión de los partidarios de la mujer
conducidos por Irshú contra los partidarios del hombre conducidos por
Tarak’hyan, hermano de Irshú.
La guerra concluye con el aplastamiento de la mujer cuyos partidarios
retornan en desorden a un espacio inmenso, y se quedan varados en los
bordes del Mediterráneo.
Con el correr del tiempo su nombre se altera; y de Palli que eran ( o
los Pastores) se convierten en Yoni (la Vagina), y finalmente Pinkshas
(los Rojos), por el nombre de las menstruaciones que se reparten en
inconfesables comidas.
Rojo, alteración del amarillo de los fluidos menstruales, ese es el origen de la púrpura de Tiro, famosa en toda la antigüedad.
APÉNDICE II
LA RELIGIÓN DEL SOL EN SIRIA
Y para terminar así es como yo interpreto la acumulación de
templos, sus cultos antagónicos, la respiración de las piedras, las
extirpaciones sangrientas, la carrera de los coribantes, el aullido de
los oráculos, los gruñidos del cielo, y todo ese ruido sagrado que
sigue haciendo, doscientos años después de Cristo, la Siria de
Heliogábalo, cuyo celo casi satánico tiembla en medio de los ritos de
sangre.
La religión de Emesa era mágica porque conservó, de manera
concreta, la noción de los grandes principios. Y el Paganismo, en su
sentido inciático y superior, representa la preocupación por los
grandes principios que aún siguen girando y viviendo en la sangre de
los individuos. Y la noción de los principios es la noción de la guerra
que en los orígenes han debido hacerse los principios para estabilizar
la creación.
El Paganismo, en sus ritos y celebraciones, reproduce el Mito de la
creación primera y completa, de la cual el Cristianismo –que exalta la
Redención- no celebra más que una parte, y solamente en el plano
histórico, mientras que el Paganismo la celebra totalmente y en su
principio.
Y la religión pederástica de Heliogábalo, que es la religión de la
separación del principio, no es repugnante sino porque ha perdido esta
noción trascendente, para hundirse en el erotismo de la creación en
acto y sexualizada.
APÉNDICE III
EL ZODIACO DE RAM
Las doce divisiones del Zodíaco de Ram responden a la cifra 12, que
es la cifra de la naturaleza en la tradición pitagórica. Pero es
curioso constatar que 12 es la cifra de la yuxtaposición de los dos
principios: Dios, la Naturaleza; el Espíritu, la Materia; el Hombre, la
Mujer; pero tomados en estado inerte, y en el momento en que aún no
están en operación, y en que aún son el 1 y el 2.
Pero a su vez 12
se obtiene pro medio de la multiplicación de 3 por 4: 3 en el
principio, por 4 en lo sensible. Y así puede decirse que las 4 grandes
razas humanas responden como ecos orgánicos a las divisiones del
Zodíaco de Ram, deseadas por Dios.








































































































































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