
Desde 1929 y por algunos años tres jóvenes escritores hispanoamericanos
se reunían, con cotidiana frecuencia, en alguna terraza de un café de
París para hablar sin término de lo que más les importaba que era la
literatura de la hora y la situación política de la América Latina que,
en el fondo, era una misma y sola cosa. Miguel Ángel Asturias venía de
la Guatemala de Estrada Cabrera y Ubico, con la imaginación llena del Popol-Vuh,
Alejo Carpentier había salido de la Cuba de Machado y yo venía de la
Venezuela de Gómez. En Asturias se manifestaba, de manera casi
obsesiva, el mundo disuelto de la cultura maya, en una mezcla fabulosa
en la que aparecían, como extrañas figuras de un drama de guiñol, los
esbirros del Dictador, los contrastes inverosímiles de situaciones y
concepciones y una visión casi sobrenatural de una realidad casi
irreal. Carpentier sentía pasión por los elementos negros en la cultura
cubana. Podía hablar por horas de los santeros, de los ñáñigos, de los
ritos del vudú, de la mágica mentalidad del cubano medio en presencia
de muchos pasados y herencias. Yo, por mi parte, venía de un país en el
que no predominaban ni lo indígena, ni lo negro, sino la rica mezcla
inclasificable de un mestizaje cultural contradictorio. La política
venía a resultar un aspecto, acaso el más visible, de esas situaciones
de peculiaridad que poco tenían que ver con los patrones europeos. ¿Qué
podía haber en común entre el señor Poincaré y Estrada Cabrera, Machado
y Gómez, y qué podría identificar al maestro de escuela de Guatemala
convertido en tirano, al rumbero y trágico habanero tradicional que era
Machado y al caudillo rural, astuto e instintivo, que era Gómez? Lo que
salía de todos aquellos relatos y evocaciones era la noción de una
condición peculiar del mundo americano que no era posible reducir a
ningún modelo europeo. Se pasaban las horas evocando personajes y
situaciones increíbles. Estrada Cabrera y sus poetas, el siniestro
hombre de la mulita que recorría solitario y amenazante las calles de
Guatemala, Machado y aquella Cuba rumbosa, rumbera y trágica, y Gómez,
su misterio rural rodeado de sus doctores sutiles y de sus silenciosos
«chácharos».
Nos parecía evidente que esa realidad no había sido reflejada en la
literatura. Desde el romanticismo, hasta el realismo del XIX y el
modernismo, había sido una literatura de mérito variable, seguidora
ciega de modas y tendencias de Europa. Se había escrito novelas a la
manera de Chateaubriand, o de Flaubert, o de Pereda, o de Galdós, o de
D'Annunzio. Lo criollo no pasaba de un nivel costumbrista y paisajista.
Ya Menéndez y Pelayo había dicho que el gran personaje y el tema
fundamental de la literatura hispanoamericana era la naturaleza.
Paisaje y costumbrismo, dentro de la imitación de modelos europeos,
constituían los rasgos dominantes de aquella literatura, que parecía no
darse cuenta del prodigioso mundo humano que la rodeaba y al que
mostraba no haberse puesto a contemplar en su peculiaridad extraña y
profunda.
Era necesario levantar ese oscuro telón deformador que había
descubierto aquella realidad mal conocida y no expresada, para hacer
una verdadera literatura de la condición latinoamericana.
Por entonces, Miguel Ángel Asturias, que trabajaba en El señor Presidente, publicó sus Leyendas de Guatemala
. Produjo un efecto deslumbrante; en ellas expresaba y resucitaba una
realidad casi ignorada e increíble, resucitaba el lenguaje y los temas
del Popol-Vuh, en una lengua tan antigua y tan nueva que no
tenía edad ni parecido. Por el mismo tiempo, Carpentier escribió su
novela negra Ecue Yamba O, llena de magia africana y de realidad sorprendente, al igual que yo terminé y publiqué mi primera novela Las lanzas coloradas .
Se trataba, evidentemente, de una reacción. Reacción contra la
literatura descriptiva e imitativa que se hacía en la América hispana,
y también reacción contra la sumisión tradicional a modas y escuelas
europeas. Se estaba en la gran época creadora y tumultuosa del
surrealismo francés, leíamos, con curiosidad, los manifiestos de Breton
y la poesía de Eluard y de Desnos, e íbamos a ver El perro andaluz de Buñuel, pero no para imitarlos o para hacer surrealismo.
Más tarde algunos críticos literarios han querido ver en esa nueva
actitud un mero reflejo de aquellos modelos. Alguna influencia hubo,
ciertamente, y no podía menos que haberla, pero es desconocer el
surrealismo o desconocer esa nueva corriente de la novelística criolla
pensar que son la misma cosa bajo diferentes formas y lenguaje.
El surrealismo es un juego otoñal de una literatura aparentemente
agotada. No sólo se quería renovar el lenguaje sino también los
objetos. Se recurría a la incongruencia, a la contradicción, a lo
escandaloso, a la búsqueda de lo insólito, para producir un efecto de
asombro, un choque de nociones y percepciones incoherentes y un estado
de trance o de sueño en el desacomodado lector. Era pintar relojes
derretidos, jirafas incendiadas, ciudades sin hombres, o poner juntos
las nociones y los objetos más ajenos y disparatados como el revólver
de cabellos blancos, o el paraguas sobre la mesa del quirófano. En el
fondo era un juego creador, pero sin duda un juego que terminaba en una
fórmula artificial y fácil.
Lo que se proponían aquellos escritores americanos era completamente
distinto. No querían hacer juegos insólitos con los objetos y las
palabras de la tribu, sino, por el contrario, revelar, descubrir,
expresar, en toda su plenitud inusitada esa realidad casi desconocida y
casi alucinatoria que era la de la América Latina para penetrar el gran
misterio creador del mestizaje cultural. Una realidad, una sociedad,
una situación peculiares que eran radicalmente distintas de las que
reflejaba la narrativa europea.
De manera superficial, algunos críticos han evocado a este propósito, como antecedentes válidos, las novelas de caballería, Las mil y una noches
y toda la literatura fantástica. Esto no puede ser sino el fruto de un
desconocimiento. Lo que caracterizó, a partir de aquella hora, la nueva
narrativa latinoamericana no fue el uso de una desbordada fantasía
sobrepuesta a la realidad, o sustituta de la realidad, como en los
cuentos árabes, en los que se imaginan los más increíbles hechos y
surgen apariciones gratuitas provocadas por algún poder sobrehumano o
de hechicería. En los latinoamericanos se trataba de un realismo
peculiar, no se abandonaba la realidad, no se prescindía de ella, no se
la mezclaba con hechos y personificaciones mágicas, sino que se
pretendía reflejar y expresar un fenómeno existente pero extraordinario
dentro de los géneros y las categorías de la literatura tradicional. Lo
que era nuevo no era la imaginación sino la peculiar realidad existente
y, hasta entonces, no expresada cabalmente. Esa realidad, tan extraña
para las categorías europeas, que había creado en el Nuevo Mundo, tan
nuevo en tantas cosas, la fecunda y honda convivencia de las tres
culturas originales en un proceso de mezcla sin término, que no podía
ajustarse a ningún patrón recibido. No era un juego de la imaginación,
sino un realismo que reflejaba fielmente una realidad hasta entonces no
vista, contradictoria y rica en peculiaridades y deformaciones, que la
hacían inusitada y sorprendente para las categorías de la literatura
tradicional.
No se trataba de que surgiera de una botella un «efrit», ni de que
frotando una lámpara apareciera un sueño hecho realidad aparente,
tampoco de una fantasía gratuita y escapista, sin personajes ni
situaciones vividas, como en los libros de caballerías o en las
leyendas de los románticos alemanes, sino de un realismo no menos
estricto y fiel a una realidad que el que Flaubert, o Zola o Galdós
usaron sobre otra muy distinta. Se proponía ver y hacer ver lo que
estaba allí, en lo cotidiano, y parecía no haber sido visto ni
reconocido. Las noches de la Guatemala de Estrada Cabrera, con sus
personajes reales y alucinantes, el reino del Emperador Christophe, más
rico en contrastes y matices que ninguna fantasía, la maravillante
presencia de la más ordinaria existencia y relación.
Era como volver a comenzar el cuento, que se creía saber, con otros
ojos y otro sentido. Lo que aparecía era la subyacente condición
creadora del mestizaje cultural latinoamericano. Nada inventó, en el
estricto sentido de la palabra, Asturias, nada Carpentier, nada
Aguilera Malta, nada ninguno de los otros, que ya no estuviera allí
desde tiempo inmemorial, pero que, por algún motivo, había sido
desdeñado.
Era el hecho mismo de una situación cultural peculiar y única, creada
por el vasto proceso del mestizaje de culturas y pasados, mentalidades
y actitudes, que aparecía rica e inconfundiblemente en todas las
manifestaciones de la vida colectiva y del carácter individual. En
cierto sentido, era como haber descubierto de nuevo la América hispana,
no la que habían creído formar los españoles, ni aquella a la que
creían no poder renunciar los indigenistas, ni tampoco la fragmentaria
África que trajeron los esclavos, sino aquella otra cosa que había
brotado espontánea y libremente de su larga convivencia y que era una
condición distinta, propia, mal conocida, cubierta de prejuicios que
era, sin embargo, el más poderoso hecho de identidad reconocible.
Los mitos y las modalidades vitales, heredados de las tres culturas,
eran importantes pero, más allá de ellos, en lo más ordinario de la
vida diaria surgían concepciones, formas de sociabilidad, valores,
maneras, aspectos que ya no correspondían a ninguna de ellas en
particular.
Si uno lee, con ojos europeos, una novela de Asturias o de Carpentier, puede creer que se trata de una visión artificial o de una anomalía desconcertante y nada familiar. No se trataba de un añadido de personajes y sucesos fantásticos, de los que hay muchos y buenos ejemplos desde los inicios de la literatura, sino de la revelación de una situación diferente, no habitual, que chocaba con los patrones aceptados del realismo. Para los mismos hispanoamericanos era como un redescubrimiento de su situación cultural. Esta línea va desde las Leyendas de Guatemala hasta Cien años de soledad . Lo que García Márquez describe y que parece pura invención, no es otra cosa que el retrato de una situación peculiar, vista con los ojos de la gente que la vive y la crea, casi sin alteraciones. El mundo criollo está lleno de magia en el sentido de lo inhabitual y lo extraño.
La recuperación plena de esa realidad fue el hecho fundamental que le ha dado a la literatura hispanoamericana su originalidad y el reconocimiento mundial.
Por mucho tiempo no hubo nombre para designar esa nueva manera
creadora, se trató, no pocas veces, de asimilarla a alguna tendencia
francesa o inglesa, pero, evidentemente, era otra cosa.
Muchos años después de la publicación de las primeras obras que
representaban esa novedad, el año de 1949, mientras escribía un
comentario sobre el cuento, se me ocurrió decir, en mi libro Letras y hombres de Venezuela
: «Lo que vino a predominar... y a marcar su huella de una manera
perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de
los datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de
la realidad. Lo que, a falta de otra palabra, podría llamarse un
realismo mágico». ¿De dónde vino aquel nombre que iba a correr con
buena suerte? Del oscuro caldo del subconsciente. Por el final de los
años 20 yo había leído un breve estudio del crítico de arte alemán
Franz Roh sobre la pintura postexpresionista europea, que llevaba el
título de Realismo mágico. Ya no me acordaba del lejano libro pero
algún oscuro mecanismo de la mente me lo hizo surgir espontáneamente en
el momento en que trataba de buscar un nombre para aquella nueva forma
de narrativa. No fue una designación de capricho sino la misteriosa
correspondencia entre un nombre olvidado y un hecho nuevo.
Poco más tarde Alejo Carpentier usó el nombre de lo real maravilloso
para designar el mismo fenómeno literario. Es un buen nombre, aun
cuando no siempre la magia tenga que ver con las maravillas, en la más
ordinaria realidad hay un elemento mágico, que sólo es advertido por
algunos pocos. Pero esto carece de importancia.
Lo que importa es que, a partir de esos años 30, y de una manera continua, la mejor literatura de la América Latina, en la novela, en el cuento y en la poesía, no ha hecho otra cosa que presentar y expresar el sentido mágico de una realidad única.






































