
Fragmentos
escogidos.
I
Vivo en
Anoche Boris descubrió que tenía piojos. Tuve que afeitarle
los sobacos, ni siquiera así se le pasó el picor. ¿Cómo puede uno pescarse
piojos en un lugar tan bello como éste?. Pero no importa. Puede que no
hubiéramos llegado nunca a conocernos tan íntimamente Boris y yo, si no hubiese
sido por los piojos.
Boris acaba de ofrecerme un resumen de sus opiniones. Es un
profeta del tiempo. Dice que continuará el mal tiempo. Habrá más calamidades,
más muertes, más desesperación. Ni el menor indicio de cambio por ningún lado.
El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros héroes se han matado o están
matándose. Así que el héroe no es el tiempo, sino la intemporalidad. Debemos
marcar el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay
escapatoria. El tiempo no va a cambiar.
Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me
mandaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre
más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya
no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. ya no
hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste?. Éste no es un libro. Es un libelo, una
calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra.
No, es un insulto prolongado, es un escupitajo a la cara del arte, una patada
en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a
Para cantar primero hay que abrir la boca. Hay que tener
dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un
acordeón, ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así, pues, esto es una
canción. Estoy cantando.
II
Ahora sólo
hay una cosa que me interesa vitalmente, y es consignar todo lo que se omite en
los libros. Que yo sepa, nadie está usando los elementos del aire que dan
dirección y motivación a nuestras vidas. Sólo los asesinos pueden extraer de la
vida, en grado satisfactorio, lo que le aportan. La época exige violencia, pero
sólo estamos obteniendo explosiones abortivas. Las revoluciones quedan cegadas
en flor, o bien triunfan demasiado deprisa. La pasión se consume rápidamente.
Los hombres recurren a las ideas, come d´habitude. No se propone nada
que pueda durar más de veinticuatro horas. Estamos viviendo un millón de vidas
en el espacio de una generación. Obtenemos más del estudio de la entomología, o
de la vida en las profundidades marinas, o de la actividad celular.
El teléfono interrumpe esta reflexión, que nunca habría
podido llevar a término. Alguien viene a alquilar el piso...
Parece que mi vida en Villa Borghese ha acabado. Bien,
tomaré estas páginas y me largaré. Siempre pasan cosas. Parece que dondequiera
que voy hay un drama. Las personas son como los piojos: se te meten debajo de
la piel y se entierran en ella. Te rascas y te rascas hasta hacerte sangre,
pero no podes despiojarte permanentemente. Donde quiera que voy las personas
están echando a perder sus vidas. Cada cual tiene su tragedia privada. La lleva
ya en la sangre, infortunio, hastío, aflicción, suicidio. La atmósfera está
saturada de desastre, frustración, futilidad. Rascarse y rascarse... hasta que
no quede piel. No obstante, el efecto que me produce es estimulante. En lugar
de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada vez más desastres, calamidades
mayores, fracasos más rotundos. Quiero que el mundo entero se descentre, que
todo el mundo se rasque hasta morir.-
III
Cielo azul y
despejado de nubes lanudas, árboles macilentos que se extienden hasta el
infinito, con sus oscuras ramas gesticulando como un sonámbulo. Árboles
sombríos, espectrales, de troncos pálidos como la ceniza de un habano. Un
silencio supremo y enteramente europeo. Postigos echados, tiendas cerradas.
Aquí y allá una luz roja para señalar una cita. Fachadas abruptas, casi repulsivas;
inmaculadas, salvo por los manchones de sombra proyectadas por los árboles. Al
pasar por
IV
"Soy un
hombre que desearía vivir una vida heroica, hacer el mundo más soportable a su
vista. Si en algún momento de debilidad, de relajación, de necesidad, me
desahogo dejando escapar un poco de cólera ardiente cristalizada en palabras
-un sueño apasionado, envuelto y atado en imágenes- entonces... tómenlo ó
déjenlo... ¡pero no me molesten!"
"Soy un hombre libre... y necesito mi libertad.
Necesito estar solo. Necesito meditar sobre mi vergüenza y mi desesperación en
soledad; necesito el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin
conversación, cara a cara conmigo mismo, con la compañía exclusiva de la música
de mi corazón.
¿Qué quieren de mí?. Cuando tengo algo que decir, lo digo.
Cuando tengo algo que dar lo doy.
¡Su inquisitiva curiosidad me revuelve el estómago! ¡Sus
cumplidos me humillan! ¡Su té me envenena!. No debo nada a nadie. Sólo sería
responsable ante Dios... ¡Si existiera
V
Caminé entre
los altos edificios hacia el frescor del río y vi las luces elevarse como
cohetes entre las costillas de los esqueletos. Si yo era verdaderamente un gran
ser humano como ella decía, en ese caso, ¿Qué significaba esa idiotez babeante
que me rodeaba?. Era un hombre con cuerpo y alma, tenía un corazón que no
estaba protegido por una bóveda de acero. Tenía momentos de éxtasis y cantaba
con chispas ardientes.
Cantaba al Ecuador, a sus piernas de plumas rojas y a las
islas que se perdían a la vista. pero nadie oía. Una bala de cañón disparada a
través del Pacífico cae en el espacio porque la tierra es redonda y las palomas
vuelan patas para arriba.
La vi mirarme a través de la mesa con ojos apesadumbrados;
la pena, extendiéndose hacia adentro, se aplastaba la nariz contra su espina
dorsal; la médula batida hasta la piedad se había vuelto líquida. Era tan
ligera como un cadáver flotando en el Mar Muerto. Los dedos le sangraban de
angustia y la sangre se convertía en baba.
Con el húmedo amanecer llegó el repique de campanas y por
las fibras de mis nervios las campanas tocaban sin cesar y sus badajos me
martilleaban en el corazón y retumbaban con férrea malicia.
Era extraño que las campanas repicaran así, pero más
extraño todavía el cuerpo que revienta, esa mujer convertida en noche y sus
palabras como gusanos royendo el colchón. Seguí adelante bajo el Ecuador, oí la
espantosa risa de la hiena de mandíbulas verdes, vi el chacal de cola sedosa y
pom-pom y el leopardo moteado, todos olvidados en el Jardín del Edén. Y
entonces su pena se dilató, como la proa de un acorazado y el peso de su
hundimiento me llenó los oídos. Aluvión de légamo y zafiros deslizándose,
vertiéndose, por las neuronas alegres y el espectro empalmado y las bordas
sumergiéndose.
Oí girar las cureñas con la suavidad de una pata de león,
las vi vomitar y babear: el firmamento se hundió y las estrellas se volvieron
negras. El negro océano sangrando y las estrellas meditabundas engendrando
pedazos de carne fresca e hinchada, mientras por encima revoloteaban los
pájaros y del alucinado cielo caía la balanza con mortero y pistadero y los
ojos vendados de la justicia. Todo lo que aquí se cuenta se mueve con pies
imaginarios por los paralelos de globos muertos; todo lo que se ve con las
cuencas vacías se abre como hierba en flor. De la nada surge el signo del
infinito; bajo las espirales eternamente ascendentes se hunde lentamente el
agujero profundo. La tierra y el agua asociados hacen versos, un poema escrito
con carnes y más fuerte que el acero o el granito. a través de la noche infinita,
la tierra gira hacia una creación desconocida.
VI
Hay cosas,
ciertas cosas relativas a mis viejos ídolos, que me hacen venir lágrimas a los
ojos: las interrupciones, el desorden, la violencia, sobre todo, el odio que
despertaron. Cuando pienso en sus deformidades, en los monstruosos estilos que
eligieron, en la pomposidad, el tedio de sus obras, en todo el caos y la
confusión en que se revolcaron en los obstáculos que acumularon a su alrededor,
me siento exaltado. Todos ellos estaban hundidos en sus propios excrementos.
Todos ellos hombres que se explayan exageradamente. Tanto es así, que casi
siento la tentación de decir: "¡Muéstrenme a un hombre que se explaye
exageradamente y les mostraré a un gran hombre!". Lo que se considera su
"exageración" es mi debilidad, es la señal de la lucha, es la propia
lucha con todas las fibras adheridas a ella, el aura y ambiente mismo del
espíritu disconforme. Y cuando me muestren a un hombre que se exprese
perfectamente, no diré que no sea grande, pero si que no me atrae... Echo en
falta las cualidades que me sacian.-
VII
Cuando
pienso en la tarea que el artista se asigna implícitamente es la de derrocar a
los valores existentes, convertir el caos que lo rodea en un orden propio,
sembrar rivalidad y fermento para que, mediante la liberación emocional, los
que están muertos puedan ser devueltos a la vida, entonces es cuando corro
gozoso hacia los grandes e imperfectos, su confusión me alimenta, su tartamudez
es música divina para mis oídos. Veo en las páginas bellamente ampulosas que
siguen a las interrupciones, las tachaduras de las intrusiones mezquinas, de
las sucias pisadas, por decirlo así, de los cobardes, mentirosos, ladrones,
vándalos, calumniadores. Veo en los músculos hinchados de sus líricas gargantas
el asombroso esfuerzo que hay que realizar para hacer girar la rueda, para
reanudar el paso donde te has detenido. Veo que tras las molestias e
intrusiones diarias, la vil y reluciente malicia de los débiles y los inertes
se encuentra el símbolo del poder frustrante de la vida, y quien quiera crear
orden, quien desee sembrar rivalidad y desacuerdo, porque esté imbuido de
voluntad, ese hombre ha de ir a parar una y otra vez a la hoguera y a la horca.
Veo que, tras la nobleza de sus gestos se oculta el espectro de la ridiculez de
todo ello... que no sólo es sublime, sino también ridículo.
VIII
En un tiempo
pensé que ser humano era el objetivo más alto que podía tener un hombre, pero
ahora veo que estaba destinado a destruirme. Hoy me siento orgulloso al decir
que soy "inhumano" que no pertenezco a los hombres ni a los
gobiernos, que no tengo nada que ver con credos ni principios. No tengo nada
que ver con la maquinaria crujiente de la humanidad: ¡Pertenezco a la tierra!.
Digo esto con la cabeza reclinada en la almohada y siento los cuernos que me
brotan en las sienes. Veo a mi alrededor a todos esos antepasados míos bailando
en torno a la cama, consolándome, incitándome, flagelándome con sus lenguas
viperinas, sonriéndome y mirándome de reojo con sus siniestras calaveras. ¡SOY
INHUMANO!. Lo digo con una sonrisa demente, alucinada y voy a seguir diciéndolo
aunque lluevan cocodrilos. Tras mis palabras se encuentran todas esas calaveras
siniestras que sonríen y miran de reojo, unas muertas y sonriendo hace mucho
tiempo, otras sonriendo como si tuvieran trismo, otras sonriendo con la mueca
de una sonrisa, el sabor anticipado y las consecuencias de lo que ocurre
siempre. Más clara que nada veo mi propia calavera sonriente, veo el esqueleto
bailando al viento, serpientes saliendo de la lengua podrida y las ampulosas
páginas de éxtasis sucias de excrementos. E incorporo mi lodo, mi excremento,
mi locura, mi éxtasis al gran circuito que circula a través de los subterráneos
de la carne. Todo ese vómito espontáneo indeseable, de borracho, seguir
manando sin cesar, a través de las mentes de los que han de venir, a la vasija
inagotable que contiene la historia de la raza. Codo a codo con la raza humana
corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que
estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y
mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda
en pan y el pan en vino y el vino en canción.
Con el abono muerto y la escoria inerte producen una
canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando el universo,
dejando todo patas para arriba, con las manos vacías, siempre tratando de
agarrar y asir el más allá el dios inalcanzable: matando a todo lo que está a
su alcance para calmar al monstruo que les roe las entrañas. Lo veo cuando se
arrancan los pelos en su esfuerzo por comprender, por aprehender lo que es
eternamente inalcanzable, lo que veo cuando braman como bestias enloquecidas y
se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no queda otro camino. Un
hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto y arrancarse las
entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien y es justo,
porque debe hacerlo! y todo lo que se quede corto con respecto a ese
espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador,
menos demencial, menos embriagador, menos contagioso, no es arte. El resto es
falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de la
vida.
IX
Hoy tengo
conciencia de mi linaje. No necesito consultar mi horóscopo ni mi árbol
genealógico. De lo que está escrito en las estrellas, o en mi sangre, no sé
nada.
Sé que desciendo de los fundadores mitológicos de la raza.
El hombre que se lleva la botella sagrada a los labios, el criminal que se
arrodilla en el mercado, el inocente que descubre que todos los cadáveres
apestan, el fraile que se levanta las faldas para mearse en el mundo, el
fanático que explora las bibliotecas para encontrar la palabra: todos ellos
están fundidos en mí, todos ellos provocan mi confusión, mí éxtasis. Si soy
inhumado es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque ser
humano parece algo pobre, lastimoso miserable, limitado por los sentidos,
restringido por preceptos morales y códigos, definido por trivialidades e
istmos. Estoy echándome el jugo de uva por la garganta y descubro la sabiduría
en él, pero mi sabiduría no procede de la uva, mi embriaguez no debe nada al
vino.-
X
Quiero
desviarme de estas altas y áridas sierras donde se muere uno de sed y de frío,
de esta historia "Extratemporal" de este absoluto de tiempo y espacio
en que no existen ni hombres, ni animales, ni vegetación, donde se vuelve uno
loco por la soledad, por el lenguaje que es sólo palabras, donde todo está desenganchado,
desencajado, descompasado en relación con los tiempos. Quiero un mundo de
hombres y mujeres, de árboles que no hablen (¡Porque ya se habla demasiado en
el mundo, tal como es!), de ríos que te lleven a algún lugar, no ríos que sean
leyenda, sino ríos que te pongan en contacto con otros hombres y mujeres, con
la arquitectura, la religión, las plantas, los animales: ríos que tengan barcos
y en los que los hombres se ahoguen en el mito y la leyenda y los libros y el
polvo del pasado, sino en el tiempo y el espacio y la historia. Quiero ríos que
hagan océanos como Shakespeare y Dante, ríos que no se sequen en el vacío del
pasado. ¡Océanos, sí! que haya más océanos, océanos nuevos que borren el
pasado, océanos que creen nuevas formaciones geológicas, nuevas perspectivas
topográficas y continentes extraños y aterradores, océanos que destruyan y que
preserven al mismo tiempo, océanos en los que podamos navegar, zarpar hacia
nuevos descubrimientos, nuevos cataclismos, más guerras, más holocaustos. Que
haya un mundo de hombres y mujeres con dínamos entre las piernas, un mundo de
furia natural de pasión, acción, drama, sueños, locura, un mundo que produzca
éxtasis y no pedos secos.
Creo que hoy más que nunca hay que procurar conseguir un
libro aunque sólo tenga una gran página: hemos de buscar fragmentos, astillas,
uñas de los pies, cualquier cosa que tenga mineral dentro, cualquier cosa capaz
de resucitar el cuerpo y alma.-
de Trópico de Cáncer






































