
El
escritor y nuestro tiempo
Me permitirán ustedes que llame a esto un diálogo, aunque las respuestas
estén implícitas; si no hubiera logrado este diálogo, no habría logrado
nada. Una afirmación que no engendra réplica es una afirmación estéril.
Réplica no quiere decir siempre objeción, sino, muchas veces, prueba,
reacción verificativa: es como la vacuna cuando prende. Pero si nuestras
palabras no nos traen más que objeciones, bienvenidas sean éstas
mientras proceda de ellas la generación de la verdad. Me han pedido
ustedes que elija un tema y que lo preceda, según es hábito en este
instituto, de una auto-presentación. He pensado que más sincero y
viviente sería no separar esos dos tiempos y hacer de ellos una sola
cosa; por lo que yo diga, verán ustedes cuáles son mis deseos, mis
esperanzas y hasta mis decepciones. Y ningún hombre, en definitiva,
tiene más historia que esta.
Me
permitirán ustedes que hable de algunos problemas que si no son
capitales –no por sí mas por la indigencia con que los verán planteados–
son del universo y nuestros. Problemas del escritor de hoy frente a su
medio, el mundo. Ya no hay rincones ignotos, zonas humanas que
descubrir; todos los habitantes del planeta nos vemos de tan cerca, que
el peligro es incalculable. Espero que las preocupaciones que tienen
ustedes hoy, gentes jóvenes que me escuchan, sean las mismas que turban
los insomnios del joven que vive en las márgenes del Spre, del Vístula,
o del Tíber, las mismas que laten en la conciencia de tantos seres sin
edad que a esta hora atraviesan afligidos por contradictorias pasiones
las calles de todas las ciudades donde crece la muchedumbre. Espero que
las preocupaciones de ustedes sean también las mías.
A pesar
de la terrible anarquía de esta hora, de esos elementos cuya disolución
y discordia se parecen a una muerte, no es difícil para ciertas
naturalezas entenderse en lo fundamental. Todos padecemos aflicciones
similares y el aire de este tiempo nos trae la misma cosa acre, el mismo
peso viciado que quisiéramos anular y refrescar. Estamos acerca, ustedes
y yo. En esta hora hay algo que acerca a las gentes y es una reclamación
del espíritu, una falta de sosiego, una ansiedad, una especie de
fracaso, comunes. Todos quisiéramos hacer cosas que no hacemos, que no
sabemos hacer, que desearíamos fervorosamente saber hacer, en beneficio
de un mundo ensombrecido. Todos quisiéramos pedirnos cuentas y
confesarnos la causa de nuestro fracaso. Estamos complicados en un
tremendo desacierto colectivo. Sólo valdremos, entonces, por la
limpieza, la convicción, la voluntad de franqueza de lo que nos digamos.
Estoy seguro de que será la categoría de mis vacilaciones y no el valor
intrínseco de lo que postule, lo que ha de valerme la confianza de
ustedes.
Un cambio en la faz
del mundo
Yo creo que la muerte del
liberalismo y la nueva crisis del amor humano han cambiado la faz del
mundo. Frente al primer problema, el intelectual reacciona con una voz
de temor y de alarma. “Se nos quiere encuadrar –grita uno de ellos,
Ramón Fernández– en instituciones condenadas por el espíritu, subordinar
a algún principio trascendente, Dios o nación, que dicten reglas de
pensamiento al pensamiento mismo e impongan su voz de orden a la
inspiración”. Frente a la crisis del amor humano el intelectual,
naturaleza primordialmente sensible, se rebela, reflexiona y se
angustia.
Esta
crisis, este invierno, esta vacilación ante los dogmas contradictorios,
este no poder tomar partido, esta necesidad de quemar en seguida las
reservas y lanzarse violentamente a una creencia, este toque de rebato
que se oye hoy en el mundo desde la península de Coreo hasta el corazón
del orbe occidental vedan al intelectual la posición que desde el tiempo
helénico hasta Montaigne era en general determinante de su actividad: el
retiro, la huida frente al universo inmediato hacia el universo de su
abstracción, el ensimismamiento activo. El imperativo presente exige que
ese ensimismamiento creador se transforme en una participación creadora.
Dos naturalezas de
escritores
La
historia del intelecto humano en su aspecto creador comprende dos
naturalezas de escritores. La del escritor-espectador, que va del autor
de la Odisea hasta el clasicismo francés; y la del
escritor-agonista, que va desde los primeros estoicos hasta Erasmo,
Pacal, Nietzsche y Gide. Consideren ustedes que hablo de una actitud
humana y no de una actitud espiritual. El escritor-espectador realiza su
existencia en su obra; el escritor-agonista realiza su obra mediante el
compromiso y el riesgo de su propia existencia. El primero, es el tipo
del ensimismado; el segundo es el tipo del intelectual que participa
trágicamente en el destino de su tiempo. Nuestro mundo, el invernal,
peligroso y grave mundo de hoy reclama urgentemente esta segunda especie
de inteligencias, esta índole de naturalezas espirituales, esta
participación dramática del hombre-autor en el drama de su tiempo.
Reclama
participación del hombre en el conflicto moral de las masas y creación
en el fuego de este conflicto; sin permanencia segunda en un estado de
soledad, sin raptarse. Pues participar es dar, es amar; participar es
intervenir. E intervenir es la función misma del escritor en nuestro
tiempo.
Balzac y
Dostoievsky fueron los primeros rebeldes de una regla tradicional. Ellos
introdujeron en la literatura la representación del hombre situado
frente a su circunstancia social. El criterio acerca de la
perfectibilidad de la obra cambia con ellos: lo que producen es un
bloque artístico imperfecto, pujante y angustiado, el fondo esencial
humano vale por su potencia intrínseca en sus obras y no por los viejos
principios estéticos que tenían su norma fundamental en la armonía.
Introducen la desarmonía fecunda, de naturaleza esencialmente humana,
como factor primero de su estética, en la que la teoría fundamental y
filosófica del arte es transmutada en una teoría fundamental y
filosófica de la vida. De este modo su estética se transforma en una
ética, pero en una ética funcionalmente creadora, viviente y no
postulativa.
La
desarmonía de un universo heterogéneo que comienza a anarquizarse y
salir de goznes no la pudieron concebir ellos sino trasladado al arte en
su expresión caótica y dislocada. La unidad que adquiría esa vida al ser
condensada en una fórmula no podía ser sino una unidad de su propia
esencia, es decir, una unidad compleja. Una expresión serena no conviene
a un estado de espíritu agitado. A partir pues de Balzac y Dostoievsky,
con Proust y Joyce un arte tradicionalmente de síntesis se hace
analítico, gorgónico, barroco y exhaustivo. Tal mutación se produce de
acuerdo con un cambio profundo acaecido en la faz de las sociedades de
Occidente. El escritor-agonista comienza a tener, contenida en su
mensaje, una implicación profética. Semejante suerte de hombre creador
no ha comprado la verdad por un precio inferior a su sangre.
Ha dado
esto, ha dado su sangre, ha participado, se ha dado.
Cierto
enciclopedismo, cierta frialdad lúcida, cierta virtuosidad formal,
cierto clasicismo tocan hoy a su fin. Son atmósferas ficticias abolidas
en una tierra donde el clima ha cambiado y donde lo que antes era
proceso lento del hombre hacia sus fines es hoy urgente llamado al
espíritu, a la pasión y a la voluntad.
La
desaparición del esteta permite el paso de una clase creadora a la que
le incumbe una responsabilidad mucho más trascendente. Responsabilidad
que no cierra su ciclo en una procuración del deleite, en una mera
gestión hedonística, sino que prolonga su alcance en el sentido de
aclarar en el hombre los datos de acuerdo con los cuales podrá
rectificar la descomposición de la sociedad que lo circunda y en la que
está incrustado. Rectificar: es decir, algo que define un doble
compromiso de inteligencia y voluntad. Inteligencia analítica y
asociadora, voluntad de participación. Armas con las cuales el universo
actual necesita intervenirse a sí mismo.
Este
intervenir, este abrir un mundo y buscar sus males y extirpar el tumor,
es operación del intelecto y reclama por consiguiente en el intelectual
facultades peculiarísimas, que trataré de aclarar para nosotros.
De cierta
responsabilidad, de cierto sacrificio
No hay en
verdad acto más grande que aquel por el cual un hombre hace donación de
sí mismo. Por este acto, la limitación humana se libera salvándose y
renace en algo –pasión, amor, fe, heroísmo–, que le es superior y
diferente. ¡Pobres de los retenidos, pobres de aquellos que no conocen
las puertas de sí mismos! Su destino es el lago de fuego ígneo de que
habla el Apocalipsis: “Pars illorum erit in stagno ardenti igne”.
Todo en ellos está, por esa inhibición original, perdido.
Semejante
al resto de las especies humanas, un escritor no se recobra más que
cuando se ha dado enteramente, cuando su obra nace de esta donación.
Cada palabra, cada concepto, cada verdad captada están lejos de
adquirirse con innocuidad: el creador las halla con sacrificio al cabo
de una lucha terrible y este sacrificio es, en sentido último, su
entrega misma, el fin de su acción de amor. Este conflicto revista
siempre naturaleza trágica; a veces, como en el caso de Nietzsche o
Péguy, naturaleza heroica; otras, como en el caso de San Agustín,
naturaleza santa. Cuando el escritor abandona este estado de
dramaticidad esencial, este estado de gracia, es el momento en que ya,
prácticamente, no existe; ha pasado.
Dos
sentidos, dos elementos, exigen ser hoy, pues, las vías por las que el
escritor debe darse a su mundo, la responsabilidad y el sacrificio.
Aquella eterna oscilación de la literatura, de que nos habla un gran
poeta francés, entre la diversión, la enseñaza, la predicación o
propaganda, el ejercicio de sí y la excitación de los otros se
circunscribe ahora, se fija, en estas últimas prácticas y con
particularidad en la predicación o propaganda. El creador entra a gritar
con sus personajes la dramaticidad esencial de sus conflictos; su obra
es un llamado. Su obra no es más que prolongación de una actividad
cualitativa y cuantitativamente humana; así que pese a Julien
Benda, el espíritu sufre en estos momentos un eclipse. El creador habla
con su sangre, su alma, su cerebro y sus vísceras. Si según Zohar, en el
día terrible en que el hombre debe abandonar este mundo los cuatro
elementos que componen su cuerpo comienzan a luchar el uno con el otro,
deseando cada uno separarse del todo, no olvidemos que en el momento de
suprema defensa y deseo de vida esos cuatro elementos luchan por su más
rigurosa convivencia. Instinto, inteligencia, sensualidad, sentimiento,
nada quiere cercenarse en esta hora el hombre que debe proclamar su
llamado lúcido a los públicos. Sabe que sólo se salvará –en el sentido
religioso del término– viviendo todo él, como la llama, que unifica en
su lengua la sustancia heterogénea.
De este
modo, mientras el panorama de los hombres que han escrito a través de la
historia era tradicionalmente, por fases poco diferenciadas, el cuadro
de unos hombres enclaustrados en su aplicación a un objeto de arte, es
hoy un fresco trágico. No se trata de una ilusión óptica, no es una
alucinación de cercanía. Los primeros, estaban redimidos por una suerte
de perfección, por lo que esto significa: haber hallado una forma. Este
hallazgo era ya todo. Hoy, las formas de arte, como las formas de vida,
se parecen a los hombres: no cesan de buscarse y rectificarse, carecen
de permanencia, están privadas de sosiego, viven azotadas, soportan mil
torturas, su proceso expresivo se parece más al grito que a la voz
normal, viven la agonía de una transición. Hoy no existen sino formas
parecidas y precarias que solicitan su renovación. Ahora bien, del punto
de vista de la tragedia, es más grande la busca que el encuentro. Por mi
parte, yo prefiero siempre el movimiento a la fijación, la dinámica
expresiva al estatismo dogmático y canónico, un arte en macha a un arte
establecido en módulos rígidos. Prefiero este tiempo y su tragedia,
aunque el vivir su destino me traiga aflicción de espíritu e
incertidumbre en vez de bonanza magra de algunos períodos históricos.
Las
formas de arte definidas coinciden con los ciclos estables de
civilización, con los períodos sociales de cristalización, con los
interregnos sedentarios del desarrollo de las masas humanas. Nuestro
tiempo es una anarquía en marcha hacia un orden. En todos los períodos
de esta índole, es el intelecto en acción, las fuerzas espirituales con
voz, lo que anuncia la aproximación primero y el afianzamiento después
de la nueva forma de civilización o de vida. Es la unidad lograda a
veces por un espíritu en una obra lo que anuncia la unidad lograda por
una época, por un tiempo. ¿No anunció Dostoievsky la muerte de una forma
de vida? ¿No anunció anteriormente Taine el nacimiento de otra? Pero
todos sabemos esto. Lo importante es determinar la gravedad, la
trascendencia, la misión que nuestros días reservan a aquellos a quienes
toca descubrir en el corazón y la conciencia humanos, junto con la forma
de expresión que corresponda, la agitación de lo que va a nacer, el alba
de un nuevo destino, la esencia diferente de un advenimiento vital.
Incumbe
al intelectual la intuición y expresión de una época una vez que esa
época comienza a reunir caracteres coherentes, sean ellos de
perecimiento o de albor. Pero nos toca a nosotros vivir un siglo en el
cual toda una vertebración social ha dejado de ser eficiente y en que el
hombre es llamado a examinar sus vías de salvación para sí y para su
posteridad. Es una crisis o un caos; tiene que salir de ahí la muerte o
la perduración. O bien ambas cosas: la muerte de una forma y el
nacimiento de otra. Este instante climático, es necesario asirlo,
separarlo, clasificarlo, tarea propia del espíritu. Las primeras
avanzadas del intelecto lúcido se condensan a comienzos de este siglo en
la aparición de los filósofos y novelistas de la angustia. Todos ellos
comprueban una agonía, la agonía de su circunstancia histórica, y
reciben la antorcha tormentosa de los últimos grandes lúcidos del siglo
pasado: los filósofos, de Kierkegaard[i]
; los novelistas, de Dostoievsky. Esta antorcha pasará a las manos de
los que vayan a anunciar, después de los últimos toques de muerte, la
aparición cíclica de la nueva esperanza.
Una forma
nace de un caos pero nace al propio tiempo de una concepción original.
Sin ella, no puede engendrarse. No hay así forma que no proceda de un
acto de amor. Pensemos en los orígenes del cristianismo y en todas las
formas fecundas de comunión humana. De este modo las sociedades en
peligro de disolverse tienden a la unidad, vale decir, a una forma
orgánica. Y ciertos períodos, como el presente, de odio ecuménico, en
que la furia sembrada en la tierra se propaga de polo a polo y de océano
reclamando trágicamente un fuego que la absuelva, están llamados al fin
a no poder sobrevivir sino por una sola cosa, por una nueva voluntad de
unidad.
Cuestiones
¿Está ya
concebida la forma en que renacerá de su agonía nuestro tiempo? ¿En qué
modo está viciada la concepción de los problemas no temporales del
hombre? ¿Cuáles son los términos en que se plantea la duda esencial de
cada espíritu? ¿Cuál es la razón final de los postulados antipódicos en
que la inquietud de las turbas se divide? Tales son cuatro de las cien
cuestiones ante las que está enfrentado el intelectual, centro sensorio
de las sociedades. Estas cuestiones, como todo lo que está reducido al
conocimiento y formulado, implican duda, implican lucha con elementos
heterogéneos y no determinados, implican fracaso. Todo existe entonces
tal vez en perdurable, tal vez en breve oscuridad. Semejante etapa, no
otra, vivimos. El intelectual habita su noche: vive, se alimenta, se
agita, padece en el habitáculo terrible donde su vigilia es forzada, la
luz precaria y la forma del tiempo en marcha se anuncia sin definirse.
Movido por su hambre de clarificación, habla, se interroga, grita, se
interna en la tiniebla actuante, se detiene, vacila, reanuda su andar.
¿Es éste el modo como se pueden crear perfecciones? No: apenas puede
crear su grito inteligente; lo que puede expresar es su propia angustia
en el idioma de la angustia. Como el insomnio no importa sino a los
insomnes, la desesperación no conmueve in sólido sino a los
desesperados; de este modo, la gestión del intelectual viene a ser hoy
una movilización de gentes que desesperan esperando. Estamos lejos del
reino del triunfo, estamos lejos del reino del gozo, estamos lejos de
todo estatismo ficticio, lejos de un arte “clásico”, lejos de la
contemplación operante. Participación fundamental y movilización de la
conciencias, eso es lo que el instante exige del que reflexiona, y no
contemplación.
Los cuatro estadios
históricos del hombre
De esta exigencia peculiar
proviene el fresco trágico de que antes les hablaba. Un cuadro de
escritores que, como quería el Greco en sus telas postrimeras, llenan
dramáticamente el espacio plástico. Basta con que los examinemos a
partir de los primeros años de este siglo. ¡Sus actitudes son tan
diferentes y ricas de nervadura al descubierto! Eso es lo que todavía no
saben: cubrir la trama de su anatomía melancólica. Su expresión es la de
una sinceridad que pone en marcha todos los recursos del ser; rechazan
la sombra, como Descartes e Ingres, mientras en ella no se trasluzca una
claridad potencial. Sus aportaciones son generales y particulares: la
intelectualidad rusa concurre con su voz todavía informe de esperanza,
la irlandesa con su fanatismo desvelado y su vivacidad brutal, la
francesa transmutando sus virtudes de claridad sistemática en un
desorden más caudaloso o en un orden menos rígido y por lo tanto más
vivo, la inglesa con su verificación práctica de los fenómenos humanos,
la norteamericana con su fluencia fluvial de organismo en crecimiento,
la alemana con su visión despiadada –frío romanticismo al revés– de los
problemas éticos del hombre de post-guerra. Desde el espíritu que
anuncia su mensaje de carácter mesiánico hasta aquel otro que hunde su
ojo penetrante en las cuestiones que afectan el destino interior del
hombre, el intelecto de este siglo continúa en combate con el eterno
problema bifronte de la civilización occidental: el conflicto del ser
planteado por las condiciones de su sustancial temporal y su esencia
eterna. Como en todos los tiempos, la primacía de una u otra faz se
produce por ciclos, desde la especulación humanista hasta el ejercicio
de una filosofía existencial. Aunque un tanto esquemáticamente, puede
postularse que la concepción del hombre ha pasado a través de la
humanidad por tres estadios y está en un cuarto. El filósofo ruso
Berdiaev define a los tres primeros, que son los que reconoce,
valiéndose del jalonamiento de sus tres respectivos representantes
máximos en el orden del intelecto. Según él, la primera concepción es la
concepción de Dante que, coincidiendo con la de Santo Tomás, considera
al hombre como uno de los grados de la jerarquía universal: vive como
una parte orgánica del orden objetivo del mundo, cielo arriba e infierno
abajo se le aparecen con una realidad tan grande como los objetos del
mundo material; a esta concepción del mundo propia de la Edad Media
sucede la que trae el humanismo y de la que el máximo genio es
Schakespeare: el hombre avanza en el mundo de la naturaleza, el cielo y
el infierno se cierran como presencias de un “orden objetivo divino”
aquél se adhiere cada vez más a la tierra: es una concepción dirigida
hacia el mundo físico y no hacia el mundo espiritual: el hombre se
detiene en sus pasiones y en la periferia del alma; pero este hombre se
siente libre, que no posee más que dos dimensiones y ha perdido la de
profundidad, que posee alma y ha dejado escapar el espíritu, pierde al
fin el gozo creado por la exaltación de su propia circunstancia y siente
la falta de firmeza del suelo en que está plantado, una crisis se
produce en él, un abismo volcánico se abre en su fondo y Dios y el
diablo, el cielo y el infierno se vuelven a revelarse en él, pero esta
vez en el ámbito de sus propias profundidades. Es el hombre subterráneo
de Dostoievsky.
Frente a estas tres concepciones dialécticas definidas
por Berdiaev, concibo yo una cuarta, que es ante la cual me parece estar
situado el intelectual que vive nuestras horas. Esta cuarta proposición
coincide con la necesidad de considerar al mundo actual como una noche
en marcha hacia su vía de luz. El hombre, minado por su abismo
volcánico, lleva hasta su último extremo, hasta su límite exhaustivo, el
conocimiento de su sustancia viviente: no contento con el descubrimiento
de sus oscuros procesos subterráneos, acude en el primer tramo de este
siglo a la comprensión infinitesimal de sus sensaciones y al sondeo más
recóndito de la subconsciencia, así como a una voluntad espiritual de
revuelta y destrucción para llegar al infinito. Señalo en el primer caso
a Proust, en el segundo a Joyce y Freud, en el tercero a los
superrealistas.
Pero esta extrema ejercitación agotadora –en el sentido
esencial del término–, este abuso de si por el abuso de la razón
autorreflexiva, ¿qué es lo que entrañan? Entrañan una nueva aspiración
del hombre que consiste en llegar al límite último de sus fronteras a
fin de sobrepasarse; después de haber pasado por la exaltación
humanística, luego romántica, de su personalidad natural, después de
haber encontrado en su propia tiniebla subterránea los yacimientos más
graves de la vida de su espíritu, después de haberse examinado en su
prolongación psíquica y sensorial del modo más extremo, no puede ya
buscar sino trascenderse, superar, bien por una realidad de
comunión humana bien por una realidad superior a su temporalidad, la
fracción exacerbada y agotada del individuo. Es la etapa en que el
hombre reclama salidas, demanda una existencia en la que las conclusas
islas vivas dejen de ser tales para fundirse en una fluidez universal
que asegure a cada humana célula su fertilidad total, su fertilidad
trascendente.
En la encrucijada de esta forma vital que muere y que va
a renacer en una nueva de cuya formulación exacta estamos todavía tan
lejos, me parece importante considerar la participación iluminativa de
un intelectual determinado, James Joyce.
Su obra, su metafísica del subconsciente anuncian, para
mí la consagración del fracaso del hombre librado al gigantesco universo
de su ámbito personal. ¡Qué mundo tremendo y a la vez pequeño y
miserable! No se puede ir más lejos en el reconocimiento tenebroso de un
territorio, no se puede ir más lejos en su condenación por la
esterilidad.
El Ulises denuncia definitivamente los gérmenes
de muerte que asaltan a cada hombre al regresar a su confinamiento en
sí. A partir de esta representación suprema del hombre-isla, el
intelectual comienza a considerar y representar la tendencia íntima de
ese tipo a convertirse en hombre-río. Aparecen las comuniones marxistas,
las comuniones –que tienen la apariencia de meras válvulas “para que la
caldera del capitalismo no explote” –fascistas. Las comuniones.
Se produce también en los intelectuales una tendencia
que no deja de comportar deformación de su función específica. Tendencia
que no es ya participación, sino de actuación. Su mandato
de responsabilidad y clarificación se ve viciado por lo que implica de
limitado adherirse a un dogmatismo en acción. Esto no constituye un
vicio en aquellos casos en que, como en el de André Gide, ese acto de
adherirse a una causa política significa un progreso en el
conocimiento y la aplicación de sí, más que una conversión. Pero
estos casos son pocos y asistimos hoy a demasiadas farsas por parte de
intelectuales que ceden a la sirena política. La voz “masa” es un
concepto omnipresente, no siempre un concepto claro. Ese concepto será
claro el día que cada hombre sea claro para sí mismo. Por mi parte, les
diré otra cosa: yo no soy marxista ni fascista porque no creo que el
hombre pueda modificarse por su accidente sino por su naturaleza.
(Naturaleza no en el sentido escolástico sino en el de estructura
profunda). Tendría temor de esta indeterminación, por lo que ella pueda
importar de tibio, si no me asistiera de un modo, les aseguro,
tormentoso la preocupación por una humanidad que vive con vehemencia su
gran desconcierto, su pequeña comedia, su gran hambre.
Un ritmo cuya inquieta
energía es una forma de belleza
En la aplicación literaria del intelectual a la creación
de su objeto existe actualmente un matiz, provisto de mucho sentido, que
quiero destacar. Ni aun frente a la obra más acabada podía uno olvidar
en otro tiempo la aseveración de Valéry: “Las obras me parecen –ha dicho
el poeta de la Jeune Parque– los residuos muertos de los actos
vitales del creador.” Residuos muertos, las obras que cuentan en este
siglo cada vez lo parecen menos. Y esto, en virtud de que la persona del
autor vive hoy más que nunca en su creación. La literatura de nuestra
edad se hace cada vez menos afirmativa, más de diálogo, menos elaborada
y más trágica. El hombre produce precipitadamente, según el ritmo de su
conflicto profundo. La vida de su obra gana con este ritmo y con la
incorporación a su masa de una circunstancia dramática en estado
salvaje.[ii]
No tenemos más que echar una ojeada a nuestro alrededor
para verlo. En el orden de la filosofía, están ahí los filósofos
existenciales: Berdiaev y Chestov, para quienes se abre un vasto sistema
de filiación pascaliana a través del cual se busca la verdad no ya en el
campo limitado de la razón sino en el del Absurdo, cuyos límites no se
alcanzan nunca. En el orden de la literatura: una poesía del
conocimiento y una novelística que tiene los caracteres de una
crónica viviente. La primera, extrema el examen lírico del yo puro,
el conocimiento del ser destacado en su invariabilidad permanente de las
circunstancias variantes que exteriormente lo rodean. En cuanto a la
novelística, ¡qué diversidad, qué profusión, qué riqueza móvil!
Móvil, repito, lo que quiere decir: no fijado, en constante
evolución y transformación, en una busca paralela a la de su mundo.
Lawerence, el muerto, en quien la agonía de un universo social aparecía
como un padecimiento físico, en quien se daban los valores más
transitorios y eternos del hombre ardiendo en la llama de la
irreductibilidad más torturante; lo más bello de este hombre, era su
resistencia a firmar falsos pactos, lo que había en él de irreductible.
Gide, con su “laberinto de clara vía”, proclamando lo que él llamaba sus
manuales de evasión, gritando como su maestro el filósofo de Sils-María:
“abandóname y cuando me hayas dejado me encontrarás”. Kafka, con sus
extraordinarias alegorías en las que se oculta tan obsesionante y rara
trascendencia metafísica, Huxley, describiendo la maquinaria de un
aparato infernal de aristocracias superconscientes y ambiciosos e
intelectualizados y cínicos. Frank, deviniendo cada día más orgánico en
la representación sinfónica de un mundo que atraviesa, hacia el día, su
última noche.- Drieu la Rochele, San Sebastián martirizado por su
fracaso ante la necesidad de hundirse en una pasión o en un acto de
naturaleza permanente. Liam O’Flaherty, para mí uno de los escritores
más expresivos e ignorados de este tiempo, arriesgando su vida por una
causa, rectificándose luego por la inteligencia, adorado y blasfemado,
queriendo y execrando, dando su humanidad a todas las aventuras, todas
las experiencias, todos los fracasos, todas las esperanzas, todas las
dudas, todos los pillajes, una naturaleza hecha para el fanatismo en el
ser menos fanático del mundo... Breton, Eluard y todos los demás
superrealistas, descendencia de Rimbaud, de Lautréamont, cuya rebelión
tiene una grandeza; a quienes no se podría ignor4ar sin mala fe por el
sentido de su aspiración violenta hacia una realidad trascendente,
aunque esta realidad sea la anulación, la nada. Todos estos
intelectuales proclaman una cosa esencialísima: la autenticidad y el
vigor de su adhesión a su tiempo. Nunca los grandes sueños de los
hombres han estado más vinculados que ahora a la suerte del todo humano,
a la suerte del universo entero en su procura de orden, de plenitud y de
verdad. Esos intelectuales no han encontrado más que conflicto y duda
porque el mundo en que viven es un mundo de conflicto y de duda.
Están a punto de morir si no se encuentran, si no se
salvan, y esto lo denuncian con la voz menos formal, menos convencional
que pueda imaginarse.[iii]
Es su sangre lo que se oye correr. Es su herida lo que importa, y esa
herida los sobrepasa, es de todos.
Europa muere en sus formas actuales y América tarda en
revelar sus soluciones, mientras el mundo oriental abandona su actitud
genuinamente espiritualista para concurrir a un conflicto general de
carácter díscolo y vindicativo. Vivimos así socialmente contenidos en un
caldo de disolución. Ésta es la llaga de cada uno, ésta es la llaga de
todos.
No necesito decir más. Ya ven ustedes en qué acto
trágico me parece estar la Comedia Humana y qué papel protagónico cabe
en ella al intelectual. Más que nunca, su profesión es el tormento. Más
que nunca le es difícil permanecer en los límites de un humanismo
contemplativo. El Montaigne[iv]
de nuestros días será un Montaigne llagado, en la carne, en la
conciencia, en el intelecto, a fuerza de padecer en sí los males que
hacen el grito del mundo.
|Sólo el día en que se encuentren los datos que permitan
considerar en todas sus dimensiones la nueva forma en que adquirirá
coherencia la actual desintegración del hombre, tal estado dejará paso a
un gozo. Pero para llegar a eso, a la definición y captación de esta
forma, ¡qué suma de discordias, retrocesos, vacilaciones, ponderaciones
son necesarias, cuánta servidumbre a diferentes muertes del espíritu,
qué procesos agotadores!
Época de transición, arte que marcha con ella hacia el
descubrimiento, la consumación de un orden. Lejano sólo en su accidente
de la sustancia del héroe y del santo, como nunca necesita hoy el
artista poseer la “llegada”, tiene, a partir de los primeros diez años
de este siglo, en grado supremo, movimiento, es decir, expresión. Yo veo
en ella algo tan hermoso como el canto, tan serio como la hazaña, tan
trágico como la oración. Pero uno no puede detenerse todavía a
contemplarla. Su gesto tampoco lo permitiría: es el de la bella
samotracia en la proa, algo que no permanece, sino que avanza, continúa.
No podemos detenernos. Como en el poema ya famoso, el viento se levante,
y hay que intentar vivir.
*
Conversación para unos estudiantes argentinos, sostenida en 1935.
Notas
[i] Kierkegaard es el gran
angustiado danés, llevó a su última consecuencia práctica esta
concepción del arte como expresión de conflictos tremendamente
no literarios. Había escrito en su diario: “En nuestros
días el escribir libros se ha vuelto cosa tan mísera y la gente
escribe de tal modo sobre cosas que nunca ha pensado ni menos
experimentado, que he resuelto no leer más que loa escritos de
los hombres que hayan sido ejecutados o que estuvieron de algún
modo en trance de gran peligro”. Su excelente comentarista
Lowrie agrega que el propósito no resultaba tan limitado, pues
ya entraba en sus condiciones el propio Dostoievsky, condenado a
muerte en Siberia y librado de ella en el instante mismo de ir a
cumplirse la sentencia. Yo pienso que en la lista cabe un número
de autores suficiente como para nutrir de lecturas toda una
vida. Acordémonos, si no, de Pscal, que sintió siempre abierto
su lado un obsesionante abismo, y de todos los grandes enfermos
en continuo trance de muerte, desde Leopardi hasta Heine.
[ii] He escuchado –esta fría
noche de 1939– religiosamente la interpretación del
Intermezzo, de Giraudoux. Y bien, no. Esta poesía suena a
falso. Y lo que tiene de mejor y de más ambicioso es su
apariencia de calidad. Estamos con esta obra a mil leguas de la
verdadera poesía dramática. A mil leguas del auto sacramental,
del misterio, del eterno teatro de cámara. ¿Cuál es, pues, la
privación que adolece la dramática de Giraudoux? Una privación
de la materia, sin duda. Una privación del cuerpo de la
criatura humana, una privación del denso cuerpo, que es
lo que el agonista expone y juega, y sin la cual el
agonista no existe porque no tiene con qué luchar. ¿Pues cómo va
a luchar un personaje sin cuerpo? Puede luchar con otros
personajes abstractos, con sombras, con fantasmas, con
entelequias; pero entonces no hay agonista ni protagonista. Por
lo demás, aun fuera del teatro, no existe una poesía hecha de
pura abstracción. La poesía hecha de pura abstracción es una
abstracción y no una poesía. Giraudoux es, por excelencia, el
autor que carece de materia. Su comarca, su propiedad privada es
el ingenio; o sea la más brillante y a la vez lo más efímero que
puede poseer entre sus instrumentos un autor. Su ingenio liba no
en una materia humana, en una materia específicamente sensible,
sino en una materia de ingenio puro. Es decir: lo inmaterial
nutriéndose de lo inmaterial. Por tanto su ingenio es uno hecho
de preciosas frases, delicados retruécanos, aéreos aforismos,
espirituales definiciones, preciosas metáforas e incorpóreas
verdades. Una especie de almacén por mayor de la sagacidad.
Pero, he aquí la sagacidad es sólo un órgano, o sea,
dramáticamente hablando, una parcela activa de lo orgánico, cuya
obvia propiedad consiste en la armonía, no de uno, sino total,
de diferentes órganos. La poesía dramática de Synge es sólida y
desnuda. En ella la tragedia parece levantarse del suelo
inhabitado como una emanación de la misma tierra. En The
shadow of the glen la muerte invernal que flota en la casa
de Dan Burke es corpórea como la gente que roza; y las palabras
que pesan en esa atmósfera no son extractos de exactos, sino
voces pesadas, de aciago orígen humano.
[iii] Uno de los hechos más
impresionantes de que he tenido noticia en los últimos tiempos
ha sido la muerte de Ernst Toller, que acaba –escrito en 1939–
de ahorcarse en su habitación del hotel Mayflower de Nueva York.
Nada más misterioso, más trágico, que el suicidio de un luchador
de coraje. Hace pocos meses, la lectura de su libro I was a
german ( en alemán Eine Jugend in Deutschland) me
llenaba el corazón de admiración y de piedad, mezcladas con no
sé qué amargura, por el relato de su combate tan desolado, tan
impotente, tan solitario. Era algo así –el leer esas páginas–
como estar viendo el catastrófico y mortal naufragio de un
hombre desinteresado que cometió el error de creer que su
condición puede tener armas en la tierra. Yo sentía en mí al
leerlo la vergüenza del género humano como si hubiera estado con
las manos pasivas viendo desollar vivo a un hombre. ¿Qué no
padeció éste por querer llevar adelante una idea que le parecía
justa y cuyo contenido no estaba deliberadamente armado contra
nadie? ¡Cuántos insomnios, cuánta zozobra, cuánto fracaso,
cuántos días de ocultación y expectativa de muerte, cuánto
sufrimiento físico en los cinco años de cárcel, qué
acumulamiento de ignominia soportada y esperanza nutrida,
cuántos miedos, corajes, muertes...! ¿A cambio de qué...
honores, gloria, poder...? No: a cambio de la posibilidad de un
estado alemán más justo, de una humanidad más digna, de un
despotismo vencido. ¿Qué me importa –me decía al recorrer
aquellas páginas– que sus ideas, en su aspecto dogmático o
teórico, no sean, siendo él comunista y yo no, las mías? Lo que
me importaba es el espectáculo de su desinterés activo y de su
sueño sin grito ni espanto. Lo que me importaba es asistir a una
acción viva de esta calidad.
Y ahora, este hombre, este hombre que decía:
“Para ser ecuánime hay que considerar todos los hechos: para ser
justo no hay que olvidar nada; para ser valiente hay que
comprenderlo todo. Bajo el yugo de la barbarie no se debe
guardar4 silencio; se debe luchar. Aquel que se calla en
semejante tiempo es un traidor a la humanidad”, y que concluía
bajando la voz para escuchar la voz de una Alemania joven y
aplastada que fuera al levantarse del suelo contestando a su
grito poco a poco, este hombre acaba de darse la muerte,
solitario, ahogado, vencido, en su pequeño cuarto de un hotel
norteamericano.
[iv] “Yo me impuse el osar
decir todo cuanto me atrevo a hacer; y me disgustan hasta los
pensamientos mismos cuando son impublicables. La peor de las
acciones y condiciones no me parece tan fea como encuentro
horrible y cobarde el no determinarme a revelarla.”
Montaigne, Ensayos. Libro III, cap. V.
[Fuente:
Eduardo Mallea. “El escritor y nuestro tiempo” (1935). El sayal y la
púrpura. Buenos Aires: Losada, 2da. edición, 1962, pp. 17-32.
Edición digital a cargo de Alberto Fernando Roldán y autorizada para
Proyecto Ensayo Hispánico]
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