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Haroldo Conti.

Enviado por Violeta Fernández el 31/07/2008 a las 13:51
Violeta Fernández

 

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Marcado

 

A Einion Jones, que un día volverá del mar.

 

Fue en el 58, un poco antes de la Gran Creciente.

El Clara Donadel bajaba de los Pozos del Barca Grande y entonces lo vieron en medio del río amarrado a una de las boyas del Canal de las Palmas. A esa misma altura, en el 24, se habían hundido el Maca y el 7 Hermanos.

El río es memoria.

El Gallo Britos, que es mucho más viejo de lo que aparen­ta, aunque en realidad no aparenta ninguna edad de hombre y puede ser tan viejo como el mundo, recordaba el día o por lo menos el tiempo. Mayo del 58. La Creciente fue en julio. El 28 de julio, exactamente. La fecha y la marca están en mitad del mostrador del almacén del vasco Ibargoyen, en el Pantanoso, donde todavía queda el surtidor de Energina, medio tumbado, que de lejos parece el propio vasco haciendo señas a la lancha almacenera.

Lo vieron ahí de golpe, como si hubiese brotado del agua, despegándose en un zas del borde neblinoso de la costa que estaba todavía a otro tanto de camino. Porque se encontraban muy cerca cuando verdaderamente repararon en él, blanco y leve, meciéndose sobre el río atardecido como un pájaro contra cielo plomizo de Buenos Aires.

—No conozco ese barco —dijo el viejo Caligari al cabo de un rato, frotándose aquellos grasientos bigotes que le cruzaban la cara como la cruceta de un palo Marconi—. ¿Y vos, Britos?

El Gallo se encogió de hombros. Si no lo conocía el viejo no lo conocía nadie.

El viejo tenía un modo de hablar fuerte y pausado, como si tratara de disipar aquella ancha soledad con esos sonidos tan espaciados que resumían unas cuantas ideas. Eso era cada frase del viejo, un resumen definitivo de algo que había pensado un buen rato en la timonera. Al Gallo le gustaba escucharlo porque era como escuchar al río, sobre todo cuando se sobaba el bigote y hacía buchecitos de ginebra en el bar Los Gallegos, al lado del Puerto de Frutas y el tiempo se confundía con el viejo.

Ahora estaba observando al hombre desde la tapa del tambucho mientras volvía a sobarse los bigotes.

El tipo, de pie en la proa con un cabo guía en la mano, tenía un rostro redondo y enrojecido, salpicado por una barba de dos o tres días. Calzaba una boina negra y una faja de lana y un par de botas de goma, de manera que más bien parecía un lechero.

—No es textual —dijo el viejo, que a veces largaba frases de letrado, un poco incomprensibles.

El Gallo se encogió de hombros. Tampoco lo conocía.

Seguramente hacía un buen rato que los estaba viendo, desde que viraron del Canal Principal y, un poco antes de la boya ciega entraron a los Pozos del Barca. Primero la figura vacilante del Clara que asoma como una cresta y se empina en el horizonte a los empujoncitos. Y después los golpes del motor que rebotan en la distancia, un poco delante o un poco detrás de la figura.

Ahora los seguía mirando sin mover un dedo, recostado contra el palo como un compadrito, con una pierna atravesada delante de la otra mientras el Clara Donadei se le aproximaba por la proa y el viejo entraba y sacaba el cambio a las patadas sin quitarle los ojos de encima .

  —¿Qué te parece, Britos?

—No me parece nada.

El Clara se puso a la par y entonces el hombre se animó de pronto.

— ¡Ahí va ese cabo! —gritó.

Y lo vieron saltar igual que un gato, a pesar de sus cien kilos, por lo menos, y lanzar el cabo guía con un movimiento oscilatorio de abajo hacia arriba, que es como se debe hacer, no revoleándolo alrededor de la cabeza como un lazo, de manera que vino a caer justamente a los pies del viejo que había dejado la timonera, según su costumbre.

Por unos segundos, menos todavía, ellos vieron la "pina" que perforaba el aire, negra y precisa, siguiendo al parecer un trazo perfectamente concebido, hasta que cayó a los pies del viejo con un golpecito amortiguado. Ninguno de los dos se movió hasta entonces, absortos en ese breve espectáculo, y recién cuando la "pina" golpeó en la cubierta y estuvo a punto de caer al agua, el viejo le puso un pie encima.

—Este hombre sabe lo que hace —dijo el viejo examinan­do la "pina" como si se tratara de la mano del Polo y sin preocuparse por afirmar el cabo, ni siquiera por recogerlo—. Es una "pina" hecha con un nudo "puño de mono"... un nudo inmemorial.

—¿Agarran o no? —gritó entonces el Polo con una voz áspera, un poco de falsete.

Parecía una orden. El viejo y el Gallo se miraron. El viejo se frotó los bigotes.

—Es como para mandarlo a la mierda —dijo a su manera pausada.

El Gallo se encogió de hombros.El viejo recogió el cabo y lo afirmó a la bita. El barquito se mantuvo unos instantes a la par del Clara Donadei y después se escurrió hacia la popa con un cabeceo de resistencia, hundiendo un poco la trompa y afirmándose en el agua como si fuera a despegar.

—¿Qué le pasa? —preguntó el viejo desde lo alto con la cabeza del hombre a la altura de sus pies cuando pasó exacta­mente frente a ellos y lo tuvieron más cerca que nunca.

—¡El magneto!

—¿Quiere una mano?

—No. No quiero nada. Como no sea que me remolquen — gritó la voz ahora un poco más atrás.

—¿A dónde va?

—Me da lo mismo... A donde vayan ustedes.

El viejo iba a añadir algo pero el hombre desapareció de la cubierta con un movimiento rápido y silencioso, deslizándose a través del tambucho que se abrió y lo tragó como la trampa de un escenario.

—Es mejor que lo tire —dijo el viejo a pesar de todo—. Cuando un magneto empieza así es mejor que lo tire.

Se frotó los bigotes y pateó el cambio.

—¿Te acordás del Benito!

El Gallo se encogió de hombros cuando en realidad debió sacudir la cabeza.

—La buceta aquella de Paco Avendaño con una mayor cangreja. ¿Te acordás?

—Me arrecuerdo.

—Es lo que le dije al Paco... ¿Te acordás del Paco?... Tíralo antes de que te arruine la vida, le dije... No es la plata, dijo él, es que me da rabia... Pero entonces, dije yo, mucho peor... cualquiera sabe que no es la plata, dijo él, como si no me entendiera. El Benito vale cincuenta de estos putos magnetos, y eso y todo que es un magneto con disparador... Aunque valiera mucho menos, dije yo, tratando de volver al tema... Cómo menos, gritó entonces hecho una furia, cómo va a valer menos que cincuenta de estos mierdas?... Y en eso me di cuenta de que había perdido la cabeza. Dos días después lo roció con nafta, al Benito, y le prendió fuego... Cualquiera pudo pensar que el barco no valía ni siquiera un magneto. ¿No te parece?

El Gallo esta vez sacudió la cabeza.

—Hay esa clase de locos por estos lados.

Por la noche entraron al puerto de San Fernando.

A la mañana, cuando se asomaron por la popa, el barquito había desaparecido.

—Me pareció que traían un remolque —dijo el marinero a la otra noche.

—Eso me pareció —dijo el viejo.

Apenas era una sombra, acurrucada en la popa junto a la cocina económica que despedía un resplandor anaranjado.

—¿Estuvo aquí el marinero de día?

—Sí, por la mañana.

—No lo había visto antes —dijo el marinero.

—Yo tampoco —dijo el viejo.

Por el momento no le dieron importancia. Pero un tiempo después, cuando empezaron a correr aquellas historias, ellos pensaron que aquel había sido un día para recordar.

El Polo reapareció al año siguiente, justamente un poco antes de la otra gran creciente, es decir, en abril del 59, y con aquel otro tipo de tenebrosa memoria, el Faca Sacomano, ba­jando del Norte, dicen que de la isla Juncal donde mora y gobierna la vieja Julia Lafranconi. Algunos lo habían dado por muerto en el tiroteo del Confitero. Pero reapareció con el Faca ese abril que dejó otra muesca en el mostrador del vasco Ibargoyen con una fecha al lado escrita con pintura de casco, 15-4-59. Verdaderamente, ahí comienza la historia por lo que le toca al Polo, aquí en la costa.

Anduvieron sobre el río tres años desde entonces, unidos al parecer por alguna circunstancia inexplicable. Porque ellos estaban allí, sobre aquel barco de aspecto vagabundo, como dos extraños en la plataforma de una estación, cada uno esperando por su destino. No se habían propuesto nada en particular y a veces se miraban a la cara un poco desconcertados por lo que resultaba a pesar de eso. Les sorprendía sobre todo esa especie de tácito acuerdo y esa unanimidad de fondo con respecto a las cuestiones de verdadero interés.

El barco, que se llamó Lucía, no era barco de estas aguas. Tenía arboladura de yawl, esto es, un palo macho de abeto noruego con mastelero, lo cual le daba una vieja prestancia, y un piolo en el tercio de popa, vale decir un mesana, con un fuerte cazaescotas que le alargaban la figura. Buen barco, pero no de estas aguas.

Primero fue el asunto del Donovan, que había varado en la boca del Diablo. El Polo conocía al Donovan, un cúter cons­truido en Inglaterra en el 92. Ahora estaba ahí, "ese barqui­to como a mí me gusta", recostado sobre la banda de estri­bor, manso y resignado como un gran pez que boquea en la playa.

Pasaron frente a él, no muy cerca de la costa, y el Polo dijo:

—Me cago si no es el Donovan.

—Es la tercera vez en dos años... Sí, es el Donovan.

El Polo saltó sobre la carroza con sus ciento diez kilos a cuestas como si tal cosa y ahora estaba observando al Donovan a través de aquel viejo Carlzeiss Dodekar con el cual, un tiempo después, le partió la cabeza al negro Medina.

—Ahora mismo estoy viendo los dos mil kilos de plomo que tiene en la quilla —dijo al cabo de un rato con una voz muy lenta.

—Mil ochocientos.

Y los dos se miraron con un ligero asomo de sorpresa, casi a su pesar, aunque estaban pensado en la misma cosa.

Ese fue el primer trabajo, la quilla del Donovan.

Compraban y vendían, en el mejor de los casos, porque más a menudo robaban y vendían. Claro está que el Polo no lo entendía así ya que el riesgo le parecía un costo razonable.

Primero desmantelaron los barcos varados, hundidos o abandonados.

Después cualquier barco. Algunos los llamaban "madrecitas" y otros, con más precisión, "peste del agua". En cualquier caso, ninguno dejaba de reconocer que era la única forma de conseguir ciertas cosas.

—Quiero unos ojos de buey como los del Magnolia —de­cía alguno, por ejemplo.

Y dos o tres días después volvía y decía:

—No pueden ser más iguales.

Así anduvieron, aquí en la costa, esos tres años. La historia del Polo arrastraba por entonces la historia del Faca, que des­pués arrancó sola y creció en desmesura hasta que terminó con gran final en el Brazo de la Tinta. Y una estrella negra parecía presidir esa historia.

No siempre las cosas resultaban bien. Por el contrario, a veces resultaban bastante mal. Es lo que sucedió con el Com­padrito. Alguien dijo que estaba varado en una punta del Canal Este.

—No creo esa historia —dijo el Polo.

Pero de todas maneras recorrieron el canal y encontraron el Compadrito varado efectivamente en uno de los extremos.

El Polo se rascó la cabeza y aunque no dijo nada, era evidente que seguía sin creerlo.

Pasaron frente al Compadrito con el motor reducido y el Polo lo observó desde la cabina a través del viejo Carlzeiss.

No se veía a nadie.

Sin embargo, cuando al otro día decidieron acercarse comprobó que estaba en lo cierto. Pero entonces era demasiado tarde.

Ellos alcanzaron a ver aquellos dos caños negros y relu­cientes que de improviso asomaron por una ventana del Com­padrito y los enfocaron como dos ojos de muerto. Y casi al mismo tiempo, pero con el suficiente para apreciar cada cosa

por separado, escucharon ese rabioso zumbido que pareció brotar del aire, muy cerca de ellos.

—¡Yo lo dije! —rugía el Polo disparando sin pausa el Mannlicher 1895 que tronaba como un cañón y hacía saltar puñaditos de astillas de la carroza del Compadrito.

Y el otro, entretanto, queriendo arrancar el motor. Y, por encima de todo ese estrépito la voz enardecida del Negro Medina que les gritaba:

—¡Esperen, hijos de puta!...

El Polo sangraba del brazo izquierdo y tenía otra herida en una pierna pero siguió disparando hasta que lo perdieron de vista.

Ya habían escapado tres veces a la Prefectura. La última embicaron en una zanja, entre el Correntoso y el Lima, y estuvieron toda la noche oyendo los bramidos de la lancha patrullera. Saltaron a tierra y, acurrucados en la maleza, veían los ojos resplandecientes de los reflectores que se revolvían inquietos en la oscuridad. Y el Polo aferraba el Mannlicher con ese aire de fría resolución que le endurecía el rostro, mientras el otro le murmuraba al oído, sin esperanza:

—Es lo peor que podemos hacer.

Un día dijo, también sin esperanza.

—Podríamos dedicarnos a otra cosa. Una verdadera cosa.

El Polo lo miró de esa manera tan especial, ausente o vacía o triste, y no dijo nada. Parecía darse cuenta de que, tarde o temprano, el otro lo iba a abandonar. Y eso más bien lo entris­tecía, no lo exasperaba.

En cuanto al otro, el Faca, tenía su tristeza también. Pero marchaba detrás de su propia estrella, como el Polo, y no se podía hacer nada para desviarlo.

De manera que un buen día dijo, hablando de varias cosas a la vez, un poco sin sentido porque no venía del todo al caso:

—Creo que esto ya no da para más...

Y el Polo lo miró con esa mirada suya.

—Quiero decir...

—Eso pregunto, ¿qué querés decir?

—Que hemos ido demasiado lejos.

—No me parece... o no te entiendo.

—Yo creo que sí.

—¿Qué cosa?

—Que se entiende.

Y no hablaron más porque estaba todo dicho. El resto del día el Faco trató de evitarlo. Hasta que entró la noche y bajó a tierra y no volvió más.

Todos saben cómo terminó el Polo.

En algún momento reemplazó el viejo Rugby de 4 cilin­dros, que antes había pertenecido al Brutietto Latini, por un Penta marino que tiraba como el diablo. Pero de cualquier forma estaba visto que iban a terminar con él.Un día le salieron al paso en la boca falsa de la Barquita, con el agua alta. Él se irritó ligeramente porque volvía del Barca Grande, donde había estado pescando a la altura del Correntino, de manera que no traía nada. Salvo aquella sorpresa que les tenía reservada para un casa así.Los vio venir desde el río abierto, bordeando los bancos que tenía a cada lado, así que no le quedaba otra alternativa que echarse por el medio.Entonces redujo el motor y se quedó esperándolos con ese gesto de fría resolución que sobrecogía al otro. Ellos, natural­mente, no alcanzaron a ver ese gesto. Y cuando los tuvo cerca y le dieron la voz de alto apenas dijo, rascándose la cabeza:

—Bueno, la verdad es que estoy parado. —Te vamos a remolcar, hijo de una gran puta —dijeron ellos a su vez apuntándole a la cabeza. —Como ustedes quieran.

Y  se agachó y recogió un cabo guía con una de esas hermosas pinas "puño de mono". La retuvo un momento entre las manos y luego la balanceó y la arrojó limpiamente dentro del cockpit de la patrullera, la que se acercó por el sudeste.

Los milicos vieron venir la pina y detrás el cabo, y cuando la pina golpeó contra el piso algo dentro de ella estalló en mil pedazos. Y tal vez en una fracción de segundo sus ojos miraron con desmesura cuando ya estaban volando sus cuerpos desga­rrados, y el Polo les gritaba por si acaso:

—¡ Agarren eso, hijos de mil putas!...

Y aceleró el motor y pasó por el lado que había quedado despejado.

Estuvieron en eso todo un día. Hasta que él, por fin, decidió esperarlos en medio del río, a la altura del Teresa Rosa que se hundió en el.Ellos lo vieron ahí, completamente quieto contra el cielo plomizo del Este. Un barco de aspecto vagabundo, blanco y leve como un pájaro, cabeceando en la marejada. Y todavía estu­vieron otro medio día disparando sobre él desde cierta distancia, sofocados por el calor y por el intenso olor a nafta, hasta que el Polo emergió de la cabina enceguecido por la sangre y el barco se les vino encima con el Penta que bramaba como si fuese a estallar.

Los tomó de través y volaron en pedazos, porque el Lucía tenía preparado algo sobre el tanque mismo y el Polo se cuidó de presentarles la proa mientras le estuvieron tirando. El ruido se oyó desde la costa y se vio el fuego hasta bien entrada la noche. El viejo Caligari estaba sobre la cubierta del Clara Donadei, en medio del río, y lo vio todavía desde más cerca.

Así terminó el Polo, que en paz descanse. Ni siquiera hay una boya verde que lo recuerde.


Todos los veranos

 

A veces pienso en mi viejo.

O es un barco que parte o esa gente vagabunda que trae el verano o simplemente una luz en el río. Entonces me siento en la costa y pienso en mi viejo.

Para todos, para mí mismo, la historia comienza el día que hizo volar en pedazos al Raquelita, en el 28. Era una chata de once metros con un motor Regal. El viejo tenía la maldita costumbre de mojar un papel retorcido en el carburador, luego quitaba el cable de una de las bujías, lo arrimaba al block y con la chispa encendía el papel y con el papel uno de esos cigarros que llevaba desparramados por los bolsillos. Recuerdo aquel olor pestilente y las grandes manchas marrones con dos y hasta tres aureolas en tonos más débiles donde tenía un bolsillo que había sido alcanzado por el agua. Esto sucedía bastante a me­nudo, de manera que en los viajes largos era común ver algunos cigarros secándose sobre el block. Echaban un humo más pa­recido al de una estopa empapada en gasoil que al de un auténtico cigarro.

Algunas veces el ruego se había contagiado al carburador pero mi padre no perdía la cabeza por eso. Sin dejar de encender el cigarro depositaba la otra mano sobre el carburador y ahoga­ba el fuego. Pero un día aquella mano llegó demasiado tarde. Poco a poco se había formado en la sentina un charquito de nafta que con el tiempo se extendió a todo lo largo del Raquelita. Eso, naturalmente, fue el fin. Con aquellos cigarros el viejo casi había perdido el olfato. Dos o tres veces, al inclinarse para buscar cualquier cosa, había entrevisto aquel brillo movedizo que se extendía cada vez más, pero como no estaba en condicio­nes de reparar en el olor de nada debió pensar o prefirió pensar, si es que pensó en algo, que el barco hacía un poco de agua.

Un día, pues, encendió el cigarro de acuerdo con sus procedimientos y fue como si encendiera el mundo entero de una punta a otra. Instintivamente, el viejo alargó una mano hacia el carburador pero ni el carburador, ni él estaban más allí dónde debían estar. Sin saber cómo, se encontró en medio del agua con el cigarro todavía en la boca. El Raquelita, por su parte, o lo que quedaba de él, aparecía a unos diez metros. Después de todo, nunca había lucido tan bien, ni tan espléndido aquel barco de por sí oscuro. Cada tabla brillaba como una barra de oro. Cuando voló el tanque suplementario, el viejo tuvo más bien un estremecimiento de júbilo, como si se tratara del día del juicio para un justo o algo por el estilo. Fue todo muy breve y muy solemne, según dijo.

Eso ocurrió cuando mi padre tenía cuarenta y cinco años, apenas uno después que apareció en las islas. El recuerdo de los de la costa y mi propio recuerdo arrancan de ahí. Nadie tuvo noticias del viejo hasta el 28 y la verdad es que con lo que hizo o deshizo desde entonces hasta su muerte, en el 37, hubo de sobra. (Y con todo, también a él, tan denso y macizo, tan único, se lo llevó el tiempo. ¿Quién recuerda ahora a mi padre?)

Antes del 28, según parece, estuvo transportando pólvora desde Pernambuco hasta Río Grande do Sul a bordo del Isla Madre de Dens, que voló también en su tiempo entre el faro Mostardas y Solidao, sin faro por aquel entonces. Pero éstas son meras conjeturas a través de brumosas y no expresas referencias porque el viejo hablaba poco y en un estilo complicado.

Después de lo del Raquelita compró uno de los botes sal­vavidas que habían pertenecido al Speranza, que se hundió en el Canal del Norte a la altura de Punta Colorada, en el 23. Era un casco tinglado de siete metros de eslora con dos tanques de aire. El viejo le colocó un Penta de 4 cilindros.

Por ese tiempo se instaló al fondo del Desaguadero, cerca de los bancos, en una casilla que armó con tablas de cajones de automóviles un poco apartada de la costa. Una zanja con la entrada disimulada por un sauce tumbado, que el viejo levan­taba o bajaba a voluntad con un aparejo, permitía arrimar el barquito hasta la misma casilla. Uno y otra estaban pintados con un color impreciso, entre el verde y el marrón, de manera que pasaban inadvertidos. Al viejo le reventaba un barco de ese color y toda la vida se pasó soñando con uno bien blanco. En realidad mi recuerdo parte de ahí. Lo demás es incierto y fragmentario y parece el recuerdo de otro. Ahora mismo, a pesar del tiempo, lo veo sentado en el piso de la pequeña galena que daba al frente con el sombrero rumbado sobre los ojos y los pies apoyados en la baranda. Casi toda la semana se la pasaba echado allí fumando aquellos cigarros apestosos, con una bo­tella de caña paraguaya al alcance de la mano.

—Hijo —solía decir con esa voz profunda que le salía desde adentro y medio cigarro entre los labios—, la verdad que Dios hizo seis días para descansar y el séptimo para trabajar, ya que no había más remedio. A veces el sexto y el séptimo, según como vengan las cosas. Pero estos mierdas de ingleses han dado vuelta todo el asunto...

Culpaba a los ingleses de cualquier cosa, aunque el motivo no era muy claro. Con el séptimo día el viejo estaba aludiendo a aquellas misteriosas excursiones que realizaba una vez a la semana en el antiguo bote del Speranza, que había bautizado con el nombre de Arvoredo. A veces estaba afuera dos días y dos noches, con lo que también el sexto tenía ocasión de figurar entre los días laborables. A decir verdad el viejo se afanaba más bien durante la noche de manera que eso del día se refería exclusivamente al tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta sobre sí misma, que era lo que tardaba en estar fuera de casa y más precisamente el tiempo que dejaba de estar echado en la galería del frente.

De vez en cuando volvía de aquellos viajes con un regalito. Una vez fue una navaja de Albacete y otra un rifle de un tiro calibre 12 chico, a cerrojo, para cartucho de munición. No recuerdo el fin de la navaja, que hacía un ruido siniestro al abrirse, pero sí el del rifle. Fue cuando el viejo le alargó la recámara para usar cartuchos 36-75, que algunos llaman 12 grande, y el cerrojo, no soportó la presión de la sobrecarga. Felizmente, lo había sujetado a un árbol y lo disparó a distancia.

A menudo el viejo alargaba la mano más allá de la botella de caña paraguaya y arrastraba una achacosa victrola que con­servaba de su época anterior a las islas, y cuya bocina utilizaba a veces como embudo. Tenía unos pocos discos en un cajón de Cinzano junto con los dos tomos de Las batallas de siglo XIX, desde Marengo a la insurrección de los "boxers", una colección de postales de Río en color sepia, un catálogo de motores Gardner, un Manual del Capitán de Cabotaje, una Biblia pro­testante, el Digesto marítimo y un paquete de diarios de hojas amarillentas. Sin embargo, el viejo ponía siempre el mismo disco, Praga Onze.

O' Deus en me acho táo cansada Ao vohar da batucada...

Cuando pienso en la letra no recuerdo nada más que el comienzo, pero a veces la música me sale desde adentro, sin proponérmelo, y entonces la recuerdo o la canto simplemente de una punta a otra.

O' Deus eu me acho táo cansada

Ao voltar da batucada

Que tomei parte lá na praga onze...

 

Era una música dulce y atormentada a pesar de su aire bullicioso. El viejo golpeaba las manos hasta el cansancio o bien la lata de aceite que usábamos como balde. Por fin la púa quedaba girando en el centro con una especie de chasquido alternado que terminaba por convertirse en el motivo central de ese ruido que producía mi padre contoneándose y gimiendo.

Al principio aquel alboroto podía parecer divertido, pero debajo había algo distinto, algo como una tristeza tal vez. Comenzaba despacio hasta apoderarse de mi padre por entero. Era capaz de pasarse horas así. Al fin quedaba tumbado sobre el piso, empapado de sudor, y se dormía allí mismo gimiendo y sobresaltándose entre sueños. Entonces le echaba encima una manta y me acurrucaba al lado.

No duró mucho esa vida porque con el viejo no había cosa que durase demasiado. Los viajes siguieron por un tiempo, pero se hicieron cada vez más espaciados. En uno de los últimos volvió con aquel perro taciturno que lo acompañaría hasta el fin de sus días.

Lo recuerdo como si fuera hoy. Oí el ruido del motor de la Arvoredo mucho antes, porque soplaba el pampero, un viento de tierra que trae el olor y los ruidos de la tierra. Me aproximé a la costa y entonces vi al perro sobre la cubierta, a proa, aunque la embarcación todavía estaba lejos, en mitad del Desaguadero.

El viejo sonrió, agitó una mano y saltó a tierra. Era una de las primeras tardes de calor, al comienzo de la primavera. El perro se quedó a bordo, un poco indeciso, y desde allí nos contemplaba con ese aire tan serio que tienen los perros.

El viejo rió un poco y luego se palmeó una pierna al tiempo que decía:

—¡Vamos, Olimpio!... no te quedes ahí mirándonos como un idiota... ésta es tu casa, muchacho.

Era muy dulce la voz del viejo en esa ocasión, aquella tardecita de primavera. Y el perro meneó la cola y saltó a tierra y vino hasta él y le olió una pierna. Recuerdo todo eso.

Aquella noche encendió un fuego frente a la casilla y los tres, incluyendo a Olimpio, nos sentamos alrededor de las llamas. Siempre que volvía de la costa el viejo traía un poco de cordero y lo asaba sobre las brasas.

Yo esperaba que dijese algo sobre el perro. Y efectiva­mente fue lo que dijo.

—Hace rato que estaba pensando en esto... Un perro es más importante que una mujer por estos lados —reflexionó un instante, pensando que probablemente yo no supiera todo lo importante que es una mujer, y entonces añadió—: un perro es importante sin necesidad de compararlo con nada, así piojoso y todo. No es necesario que te explique los motivos porque son muchos y porque el tiempo te los va a enseñar mejor que yo. En fin, ¿te gusta o no te gusta?

Olimpio estaba sentado entre los dos y nos miraba hablar con una especie de dignidad.

Alargué una mano y lo acaricié lentamente.

El viejo tenía ideas muy especiales. Con respecto al nombre de los perros había dicho una vez:

—No es cosa de tomarla a la ligera. Ponerle un nombre a un perro es casi como fabricarlo. Ya uno le da un carácter especial que no lo pierde en la puta vida...

Vaya a saber qué cosa quiso expresar cuando llamó a aquel perro con ese nombre un poco divertido. Olimpio aquí, Olimpio allá... Con el tiempo me acostumbré a él. Al principio el nombre y la cosa están uno frente al otro, resistiéndose. Uno dice el nombre y piensa en la cosa como distinto. Por fin se mezclan y confunden y resultan una sola y misma cosa. Sucede con un barco, cuyo espíritu resiste tan sólo con un nombre: Gemma, Speranza, Maca, Traverso, Recluta, Hillstone, Baldissera. El Baldissera desapareció en el año 13, mucho antes de que yo naciera... Sucedió con Olimpio.

En el último viaje, en cambio, el viejo apareció con aquel hombre que venía al timón de la Arvoredo. Desde entonces, cuando mi padre se refería a él decía "el Oscuro", y la verdad que no había forma de describirlo mejor. Era un tipo flaco, alto y oscuro. Tenía la cara de una anguila, así de lisa, incierta y oscura. Oscuro por fuera y por dentro. Hablaba menos aún que el viejo. Si uno le decía "¿Qué tal?" o "¿Cómo va eso?", por decir algo, él se encogía de hombros, entrecerraba los ojos y echaba la cabeza hacia un lado. No salía de ahí.

Dejó al viejo en tierra y se volvió con la Arvoredo hacia el Canal Este. Luego comenzó a aparecer una o dos veces por semana. Se encerraba con el viejo en la casilla y hablaban (mejor dicho, el que hablaba era el viejo) de cosas en las cuales, por lo visto, mi padre ponía mucha atención.

Una noche, apenas hacía medio día que había partido, la Arvoredo retornó de improviso con el Penta que golpeaba atropelladamente. El viejo saltó de la galería y corrió en direc­ción de la costa palpándose la cintura. Cuando estuvo cerca se ocultó detrás de un sauce y esperó a que apareciera alguien sobre la cubierta. El motor se detuvo un poco antes y la em­barcación avanzó silenciosamente hacia la entrada de la zanja. Golpeó contra el árbol atravesado allí y quedó inmóvil en las sombras de la orilla. Al cabo de un rato, contra la claridad incierta del cielo vimos asomar trabajosamente aquella alta y delgada figura que permaneció inmóvil un instante, como sus­pendida de lo alto, y luego se desplomó sobre la cubierta con un murmullo lastimero.

El viejo trepó a bordo, se echó el Oscuro encima y lo trajo hasta la casilla hamacándose en la oscuridad como un borracho. Subió jadeando la escalera y lo tiró sobre el piso de la galería. El cuerpo se aplastó contra las tablas con un ruido sombrío y pareció que la casilla se iba a desplomar.

—No prendas ninguna luz hasta que yo te diga —ordenó el viejo por lo bajo.

Después lo oí revolver en la cocina. Al salir tropezó con el cuerpo del Oscuro, de manera que atravesó la galería de una punta a otra. Quedó un rato en el suelo puteando en ese estilo confuso y bastante licencioso que le venía a la boca cuando estaba fastidiado.

—No prendas ninguna luz... ¿me has oído? —dijo de nuevo su voz desde el otro extremo de la galería.

Yo asentí con la cabeza, pero como el viejo no podía ver lo que hacía volvió a preguntar lo mismo en un tono levemente enardecido.

Quitó el tronco, subió a la Anoreda y con un botador la metió lo más adentro posible de la zanja. Luego blandió una barreta y le hizo saltar una de las tablas del fondo. La embar­cación tardó un poco en hundirse. El viejo había vuelto a la casilla y todavía estaba a flote como si no hubiera pasado nada, apenas un poco escorada de babor. Podía oírse el gorgoteo del agua que ahora se mezclaba con los lamentos del Oscuro.

Lo alzamos del piso de la galería y lo metimos en el cuarto. Entonces el viejo encendió una de las lámparas de viento y la puso en el suelo, al lado del tipo.

—Se está yendo en sangre —dijo después de echarle un vistazo.

Tenía metidas dos balas del .38, una en el antebrazo y otra en el muslo del lado derecho. Otra bala le había atravesado una pantorrilla, de manera que ya no estaba allí. Pero lo más serio, y hasta cierto punto curioso, era que le faltaban dos dedos de la mano izquierda.

—Vamos a ir por partes —dijo el viejo, de rodillas, mientras se arremangaba.

Se metió de nuevo en la cocina y volvió con el cuchillo de monte, la botella de caña paraguaya y un frasco de bencina.

—Quiero la camisa más vieja —dijo— o cualquier otro trapo decente, si hay.

El Oscuro se había vuelto a desmayar.

El viejo se restregó las manos con un chorlito de bencina y empuñó el cuchillo.

El Oscuro lanzó un grito que se debe haber oído de una punta a otra del río. Pero ya no tenía una de las balas.

—Yo te hacía muerto —dijo el viejo.

Y cuando el otro fue a abrir de nuevo la boca ya tenía afuera la otra bala. Así y todo el Oscuro se sintió en la obliga­ción de gritar. Pero como el viejo, ni bien abrió la boca, le metió el pico de la botella, apenas alcanzó a articular un murmullo burbujeante. Un rato después cantaba y deliraba dándole palmaditas a mi padre que forcejeaba para tenerlo quieto.

—Vamos por partes —decía el viejo—. No hay nada que más me reviente como esto de confundir y mezclar las cosas.

Al fin el Oscuro cayó en una especie de sopor y mi padre pudo terminar de curarlo. Todo lo que hizo fue limpiarle alre­dedor de las heridas con un trapo empapado en bencina y cubrirle cada una con un emplasto de sebo. Después se las vendó como mejor pudo con los pedazos de la camisa más vieja y lo tendimos sobre una manta, ya dormido o inconsciente.

Cuando salimos afuera la luna estaba muy alta y la Arvoredo se había hundido todo lo posible. Aparecía ladeada de babor, con el agua hasta la mitad de la cubierta. Eso era bas­tante. A primera vista parecía un barquito abandonado allí hacía algún tiempo. Que era exactamente lo que mi padre quería que pareciera.

Recuerdo esa noche con la luna alta y brillante y el Oscuro gimiendo entre sueños y la Arvoredo tumbada en la zanja como si acabara de suceder o estuviera sucediendo ahora mismo, mientras anochece sobre el río.

Al otro día cargamos al Oscuro en un bote y nos marcha­mos a un refugio que tenía el viejo en el Miní, entre el Diablo y el Juncal, cuando todavía no estaba el destacamento en la otra

orilla. No había forma de llegar a ese lugar si uno no se guiaba por un pálpito. Así decía el viejo. El refugio en cuestión era una carrocería de un ómnibus de La Central (Liniers-Plaza de Mayo), uno de aquellos Brockway de color rojo. Todavía se podía ver el letrero en uno de los costados. La carrocería estaba montada sobre unos durmientes de quebracho y asegurada con unos puntales de sauce florecidos. Desde adentro le parecía a uno estar viajando por la costa.

Antes de entrar el viejo pateó las paredes a uno y otro lado con el propósito de espantar a las ratas, lo que obtuvo a medias. Luego descargamos al Oscuro y las cosas que trajimos del Desaguadero, incluyendo la victrola.

Cada semana el viejo volvía a la casilla para echar una mirada. Aparte de eso, sea para matar el tiempo, sea para matar el hambre, se dedicó a la pesca. Pero como sucedía siempre con cada cosa nueva que comenzaba mi padre, al poco tiempo estaba entregado a ella en cuerpo y alma. Ni dormía casi entre­tenido como andaba en armar y complicar toda clase de líneas: de fondo, de flote, de semiflote, una para los bancos, una especial para bagres, una con balancín para bogas y una com­plicadísima de medio flote, con un cascabel de alarma, de su exclusiva invención.

Al principio fue cosa de él y de Olimpio. Yo los observaba desde la carrocería del Brockway sin tomar parte. Iban y venían por la costa deteniéndose en los sitios donde el viejo había enterrado una estaca para amarrar la línea.

Entretanto, el Oscuro mejoraba de sus heridas. Allí estaba echado en un rincón del Brockway sin decir palabra, hojeando alternativamente el Digesto Marítimo y las Batallas del Siglo XIX, que el viejo había traído de la casilla para que se entretuvie­ra un poco.

Algún tiempo después andábamos todos metidos en aquel asunto. El Brockway apestaba con el olor a pescado. Y los días maduraban en el corazón del verano.

Estuvimos en eso más de un mes. Hasta el día en que un manguruyú arrastró el bote del viejo más allá de los Pozos del Barca Grande y cuando lo creyó acabado y lo trató de izar, lo cual habría sido para su entera perdición, el pez lo sacó del bote y medio le arruinó un brazo.

El viejo lo puteó y amenazó mientras trataba de alcanzar el bote. Y una vez arriba juró que iba a volver.

—¡Voy a volver! —gritó mi padre.

Y en un impulso agitó el brazo maltrecho, amenazando hacia el río, y lanzó un bramido de dolor.

Efectivamente, iba a volver. Pero con todo esto, sin al­canzarlo, mi padre estaba urdiendo la sustancia de sus últimos días.

Regresamos a la casilla del Desaguadero y reflotó la Arvoredo. Por el momento había dejado la caña paraguaya y los discos brasileños y daba muestras de un raro entusiasmo.

—He decidido cambiar de vida de punta a punta —anun­ció una vez sin dirigirse a nadie en particular—. En eso estoy.

Como primera medida cambió el aspecto de la Arvoredo, que desde entonces se llamó Ferrol, seguramente en memoria de su viejo, es decir, mi abuelo, que era de El Ferrol. Le alzaron la obra muerta, le colocaron un palo para una vela cangreja y la pintaron de blanco. De la botavara colgaban algunos metros de trasmallo y sobre la carroza llevaba tres o cuatro cajones para pescado. En esa forma el antiguo bote del Speranza volvió a las andanzas bajo la amable apariencia del Ferrol. La verdad que el procedimiento no era absolutamente nuevo. Algunos años atrás, antes de comprar la draga, Pancho Comercio había contraban­deado por el estilo. Mi padre le debía, además de "el sistema", la mejor caña paraguaya que inflamó sus entrañas.

El viejo realizó los dos primeros viajes, que fueron de tanteo. Salía con el Olimpio y una de la veces se quedó a pescar en el Víboras. De todas maneras, como él dijo, era una forma de reforzar "el sistema".

Por fin volvió a salir el Oscuro, que entretanto había llegado hasta la batalla de El Álamo, en el tomo II, y recién entonces mi padre estuvo en condiciones de entregarse a aquella nueva vida que había anunciado.

A primera vista seguía llevando la misma plácida existen­cia que comenzó en el refugio del Miní.

Pero lo importante fue el cambio espiritual que provocó en mi padre aquella placidez. Nada de lo que hacía parecía notable.

Sin embargo, si alguna vez el viejo fue algo o representó al menos alguna cosa sucedió en esos días. En todos esos largos días del verano que luchó con el agua como para arrancarle un secreto y luego en el rigor y la soledad del invierno, cuando mi padre era tan sólo una quieta llamita que se consumía sobre el río.

En el corazón del verano habita el dorado. De manera que para ese tiempo mi viejo concentró el entusiasmo en este pez, al cual engendra el sol del estío y es intenso y cruel como ese sol que inflama el aire y enardece la sangre. Pero reservó una parte para otro pez, completamente distinto, que habita en el corazón del invierno.

Esa vez la temporada se anunció en marzo con unos fríos prematuros, pero como sucede invariablemente el pejerrey apa­reció en los primeros días de abril y, entre junio y julio, la temporada alcanzó su plenitud.

Cuando aparecieron las primeras señales en la tierra y en el agua el viejo, que desde hacía un tiempo se sentía inquieto, comenzó a trabajar de firme con miras al asunto. Fue como si estuviera esperando una señal. A principios de marzo dio por terminada la temporada de verano. Le gustaba decidir esas cosas y tomar en cuenta el curso del tiempo.

—Ya falta poco para julio (se refería más bien al invierno en general, no a un tiempo preciso, como alguien que está en marcha y se anuncia)... Está en el aire.

Y se desparramó en la galería y esperó que muriese marzo con los ojos puestos en el cielo, más allá del horizonte, como si aguardase esa señal.

Los días pasaban lentos y todo era triste y alegre a la vez, en marzo. Le estaba creciendo el pelo a Olimpio. El viejo se lo había cortado a comienzos del verano y el aspecto miserable que tuvo desde entonces nos llenó de confusión. Los dos pri­meros días no quiso aparecer por la casilla y en el tercero y el cuarto se limitó a rondarla.

—¡Vení aquí! —suplicaba mi padre en todos los tonos—. ¿Qué carajo te pasa?... ¡Vení aquí, te digo!

En el quinto día Olimpio aceptó su desgracia y volvió a acompañarlo en sus excursiones, pero de cualquier forma su dignidad se había resentido.

Volvió a crecerle el pelo en marzo y el viejo a fregarlo con aguarrás o con alcohol alcanforado como si se tratara de un perro importante, examinando con detenimiento las patas y las uñas después de cada salida según se hace con los grandes corredores, los pointers, los setters o los lebreles.

Llegó, pues, el frío.

Una tardecita el viejo alzó la cabeza como si hubiese escuchado un ruidito, luego se puso de pie, olió el aire y entró precipitadamente en la cocina.

A la mañana siguiente, con la primera luz, dio comienzo a los grandes preparativos para el pejerrey. Ante todo repasó las líneas que había fabricado especialmente para este pez, que deben ser en extremo sensibles. Examinó en particular la punta de los anzuelos. Los probaba con las yemas de los dedos, mirando hacia otro lado, como si templara las cuerdas de una guitarra. Cuando no estaba satisfecho con alguna la retocaba con un papel de esmeril muy fino. Fabricó dos líneas más, de crin de Florencia, una de la boyas negras para la pesca diurna y otra de boyas blancas para la nocturna. Luego sacó el bote a tierra, le hizo una cajonada a popa, le removió el calafate, lo pintó de color amarillo con una franja de color rojo y lo echó al agua. Parecía nuevo y era visible desde muy lejos.

Fuera de los días en que aparecía el Oscuro con el Ferrol y se encerraban en aquel cuarto repleto de misteriosos cajones y de cachivaches, el viejo se pasaba el resto de la semana metido en el bote. Salían en la madrugada, él y el Olimpio, para regresar un poco antes del mediodía. Después de la siesta repasaba los aparejos y volvía a largarse al atardecer, provisto de un farol. En lo más crudo del invierno, una o dos veces en la semana pasaba la noche afuera subiendo y bajando con el río sobre el cual se consumía su luz, sin despegar los ojos de la imprecisa línea de boyas.

Se ponía el farol de viento entre las piernas para calentar­se, o el Primus con una lata desculada sobre el mechero para reparo de la llama.

Unas veces quedaba sobre los bancos, al fondo del Des­aguadero. Otras entraban al Patí o al Raya o subía hasta el Víboras o bajaba hasta la punta del Canal Este o salía a los bancos, al fondo del Desaguadero. Pero otras la lucecita se perdía sobre el gran río. Algunas veces iba con él, pero prefería quedarme en tierra y vagabundear por el monte. La pesca es una cosa de viejos. Precisamente yo había visto todo eso sobre el rostro de mi padre: esa serenidad y esa lejanía, esa especie de ausencia que aparece en los rostros de los viejos.

De todas maneras mi padre prefería, por su parte, que me dedicara a pescar mandufias con el mediomundo. El viejo empleaba carnada "blanca" y en especial la que proporcionaba la mandufia, que se saca cerca de la costa.

Por lo general pescaba "a camalote". Es más difícil, pero los piques son más francos y los pejerreyes más grandes. Todo esto lo había aprendido con los años y a su tiempo, yo lo aprendí de él. Solamente un viejo solitario podía saber tantas cosas acerca de un asunto que parecía tan simple:

—Por supuesto, es todo relativo y el río mismo te dirá cada vez lo que tengas que hacer... Hay que poner la proa al viento, como digo, y aguantarse suavemente con los remos. En un día calmo es más o menos fácil, pero el viento complica las cosas... La línea de boyas siempre adelante, es decir, por el lado de popa. Con un palito dibujaba en la tierra la silueta de un bote y luego, a medida que hablaba, una serie de flechas.

—Aquí la corriente... Aquí el viento... Aquí las boyas... o aquí, a la altura del bote. Pero nunca atrás porque el pejerrey pica cuando sube... ¿Está claro?

Recuerdo todo eso, su voz y su rostro de viejo, aunque todavía no lo fuera, y ese aire de ausencia que trajo del río.

Ya había visto una vez, a fines de otoño, aquel barco de aspecto tan singular que apareció lentamente sobre el río emer­giendo con dificultad de la cerrazón que cubría el Canal Este. Era enorme y silencioso y parecía a punto de desvanecerse.

Según el viejo, se trataba de una goleta de carga de las que se ven entre Bahía y Río Grande do Norte, las cuales conservan el mismo aspecto que hace trescientos años. El tercio de popa parecía una casa. Se llamaba Alagoas. Su nombre, su aspecto y ese tiempo de otoño despertaron en mi padre una gran nostalgia. El barco se desvaneció en medio del Canal, hacia el sudeste, con las tres velas firmemente desplegadas. Y fue como si al viejo le arrebataran el alma.

Por lo que recuerdo, jamás vi un tipo más estrafalario que el Cuervo Abelleira, incluyendo a mi viejo. La verdad es que lo vi esa sola vez, ese mismo invierno, pero era un tipo difícil de olvidar con su linda pinta de malevo, sus bigotes aceitosos y aquel raído palmbeach que le otorgaba una melancólica distin­ción. Debajo de los bigotes asomaba medio Avanti, por lo general apagado y que apuntaba con notable precisión hacia donde se le antojara señalar, ya que por lo común no sacaba las manos de los bolsillos como no fuese para jugar al tute o al mus.

El Cuervo había hecho del Alagoas una especie de casa flotante. Colgaban por todas partes trasmallos y mediomundos y ropas puestas a secar y de cada lado de la carroza un par de macetas con culantrillos. La cubierta estaba repleta de cajones para pescado de los que brotaba un olor nauseabundo. El casco, los palos y los costados de la carroza, que parecía una casilla o una serie de casillas, habían sido pintadas de blanco. La espiga de los palos y el botalón, de rojo. Aunque a decir verdad la pintura estaba tan deslucida y mugrienta que no se podía hablar de colores con demasiada propiedad. El Cuervo vivía a bordo con dos tipos silenciosos y una húngara. Decían que era hún­gara. Recuerdo tan solo un rostro blando y redondo que cam­biaba de ventana.

La historia del Cuervo Abelleira arranca mucho antes del Alagoas, desde los días del Flora. Primero oí hablar de ese barco en el estilo fabuloso de la costa y luego lo vi por espacio de varios años montado sobre tacos en el varadero de la Pre­fectura. Parecía navegar en el aire con ese porte invencible de las viejas embarcaciones. En realidad, lo habría podido traspa­sar con un dedo de reseco y podrido que estaba. Pero yo lo veía así, remoto y espléndido como una estrella.

Un buen día desapareció la obra muerta. Así y todo, con el casco pelado, seguía siendo el Flora y no había menguado su antiguo esplendor. Pero otro día, al cabo de otros años, des­apareció también el casco. Fue un día de tristeza. Algún tiempo después descubría el casco y la obra muerta, apenas separados por unos metros, en el pequeño cementerio de barcos, del otro lado de la Prefectura. Pero no quise reconocerlos, por una especie de piedad.

En aquel entonces el Cuervo Abelleira tenía tres barcos dedicados al contrabando: el Navarro, el Dichosa Madre y el Torito, que pasaban por pesqueros. El Cuervo era un hombre con ideas propias y eso fue, en definitiva, lo que lo arruinó. Mientras los tres pesqueritos estaban en lo suyo, con el Flora,que era el más veloz y el mejor equipado, se dedicó a mexicanear. Ésa fue una de aquellas ideas, hasta cierto punto feliz, con exactitud hasta que se cruzó con el Verdi, de Pancho Comercio, y la cosa terminó en una batalla naval. El Verdi se incendió y el Flora fue apresado por la Prefectura, mientras las dos tripulacio­nes ganaban la costa a nado.

Así terminó el Flora y en cierto modo toda aquella época.

El Cuervo volvió cinco años después con el Alagoas, pero según el viejo para ese tiempo ya había perdido la garra. Aquellos ojos estaban ahora vacíos y todo su rostro respiraba una profunda tristeza. Detrás de sus palabras y de sus gestos habitaba la misma melancolía que en el corazón de mi padre. No era la vejez, porque ninguno de los dos era realmente viejo, sino ese humor vagabundo que les viene del río y que los penetra como la humedad. Algo que se apodera de uno poco a poco y está en los barcos y las islas y la costa. Sobre todo en ese ancho río que se pierde en el horizonte hacia el sudeste, contra el cielo impreciso del atardecer.

El Alagoas era pesquero, vivienda y barco almacén. Todo eso a la vez. En ocasiones, durante el verano, el barco pensión, como el Cheroga. Debajo de todo, naturalmente, su fuerte era el contrabando.

El viejo había oído hablar del Cuervo Abelleiras como de un ser fabuloso (no mucho después se hablaría en la misma forma de mi padre, aunque ahora nadie lo recuerda. Ni siquiera recuerdan al Cuervo), pero no lo conoció hasta aquel invierno. Esa vez el Alagoas apareció fondeando en el Canal Este. Se alcanzaba a ver desde el Desaguadero. El viento traía las voces que sonaban extrañamente claras, muy por encima del barco, como si brotasen de otra parte. Una noche escuchamos los resoplidos de un acordeón y estuvimos los dos echados en el fondo del bote con los ojos perdidos en las luces que se mecían sobre el agua, hasta que la oscuridad absorbió la última nota.

Al quinto día el viejo salió al Canal, tiró una línea de flote arriba del Alagoas y se dejó llevar por la corriente en dirección del barco. El Cuervo estaba en la cubierta jugando al tute con los tipos silenciosos. "Envidaba" o "quería" con una voz grave y reposada.

Lo debió ver cuando salía del Desaguadero y después cuando remontó el Canal y arrojó la línea y se vino despacito sobre el barco. Pero siguió "envidando" y "queriendo" como si no viese nada realmente.

Hasta que lo tuvo delante mismo de la punta de sus botines y entonces lo miró apenas por encima de las barajas y dijo sin alzar la voz:

—Lo estaba esperando. Estaba esperando un tipo cual­quiera para echar un mus como Dios manda. ¿Quiere subir?

Jugaron hasta el fin del día. Al mus simple, al mus francés, al truco, al tute ordinario, al tute americano, al tute arrastrado, al tute de remate. En mitad de la tarde comenzaron con el truco "de gallo", de manera que desapareció uno de los tipos. Primero hicieron el gallo por turno. Pero después el viejo o el Cuervo hacían de "gallo fijo". Al caer la tarde quedaron solos. Entonces siguieron el resto de la noche también, sin cambiar palabra, nada más que "quiero" o "envido" o "flor" o "truco" o "paso" o "envido y yo", bebiendo a traguitos de una jarra de loza que el Cuervo llenaba cada tanto, hasta que se levantó por última vez y trató de llegar a la cabina, pero se desplomó en medio del pasillo y se quedó dormido con la jarra en la mano.

El viejo se descolgó en el bote como pudo y volvió a la casilla. Tardó una eternidad en subir la escalera y otra eternidad en entrar al cuarto. Después volvió a salir a la galería y un poco antes del amanecer oí que cantaba Praga Onze.

 

O' Deus eu me acho tao cansado

Ao voltar da batucada

Que tomei parte lá na praca onze.

Ganbei no samba, oh! .

Un arlequim de brome

Minha sandalia quebrou o salto

E perdí o meu mulato lá no asfalto.

 

Ahora me acuerdo.

 

El final del invierno estaba en el aire por más frío que hiciera. El viejo vio las señales en el cielo y en la tierra. Y también sucedieron algunas cosas dentro de él porque todavía no estaba muerto. El pejerrey comenzó a alejarse de un día para otro, pero de todas maneras mi padre se había adelantado al tiempo y fijó la última salida justamente para entonces, para fines de agosto. Luego repasó las líneas, las enrolló cuidadosa­mente y las metió en un cajón, en el cuarto de los trastos.

—Ahora a otra cosa —dijo.

Y se pasó una semana tumbado en la galería observando aquellas señales del tiempo.

La proximidad de la primavera ejercía una influencia especial sobre mi viejo. Parecía rejuvenecer de pronto y lo poseía una extraña inquietud.

De un estado de placidez meditativa saltaba bruscamente a otro de incontrolada actividad, como si dentro de su pecho la vida y la muerte libraran un encarnizado combate.

Al término de la semana comenzó a preparar las líneas para los peces del verano. Pero su cabeza, o mejor dicho su corazón, estaba en otra cosa. Así fue que después de unos días abandonó las artes de pesca y con el mismo entusiasmo se dedicó a cambiar el aspecto de la casa como parte de un plan más vasto destinado a cambiar su propia vida. Siempre que el viejo decidía cambiar de vida comenzaba por cambiar cualquier otra cosa. Generalmente no terminaba de hacerlo con ninguna de las dos. De manera que abandonó la casa por los canastos de mimbre. Subió hasta el Gallito con el Ferrol y volvió con varios atados de mimbre "en jugo". Armó un "pelador" y peló los mimbres. Después armó un "burro" debajo de la casilla y fabricó varios fondos de distintos tamaños. Eligió un fondo cualquiera y terminó el primer canasto.

Parecía realmente entusiasmado con el asunto. Pero tam­poco en esto estaba su corazón, como no fuera en el cambio mismo, mientras la vida brotaba por todas partes a empellones cercándonos con una muralla verde poblada de extraños rumo­res.

Al principio todo parecía suceder un poco lejos y hasta en otro tiempo porque el invierno habitaba todavía entre nosotros y nos había penetrado el alma. Entre agosto y septiembre cayeron aquellas lluvias por espacio de cinco días, con algunos interva­los grises colmados de espera en esa rara laxitud que precede a las tormentas. Pero aún en medio de la lluvia el viejo escuchaba aquellas voces de fines de septiembre atravesando los últimos días del invierno.

El tiempo se había adelantado aquel año. La verdad que agosto estaba apenas maduro y ya habían florecido los sauces de la costa. Un día el aire amaneció ligeramente verde. Era una niebla muy tenue que se mantuvo inmóvil entre las ramas de los árboles. Los cinco días grises que siguieron después no pudie­ron disimular ese alboroto de color que estallaba silenciosa­mente cada mañana y al quinto día exactamente, en una pausa de la lluvia, oímos a lo lejos, el dulce silbido del zorzal.

La primavera estaba ahí.

Mi padre, que confería a todas las cosas un sentido espe­cial, bebió con el Oscuro una botella de caña paraguaya y escuchó con cierta unción Praga Onze. Tendido en la galería, a la altura de las primeras ramas, uno creía flotar en aquella nubecita verde que fue cobrando intensidad con los días, como si brotara más bien de nuestro recuerdo, para fijarse en el tiempo usurpando aquel largo vacío del invierno.

También con los días el silbido del zorzal se hizo más frecuente y se fue aproximando. Nunca nos habíamos detenido a pensar que, por más lejos que sonara, el pájaro debía hallarse en algún lugar del monte. Por el contrario, nos sentíamos incli­nados a pensar que se trataba de un presagio, de un anuncio desde otro tiempo de alguna manera situado delante del nuestro y en marcha hacia nosotros. Era muy dulce aquella suerte de anticipo y aquella espera, fluctuando entre el invierno y el verano.

Si bien fueron unas lluvias un poco fuera de lo común (aunque en esto mismo se ve ya una señal del tiempo, ese momento de indecisiones, trastornos y desmesuras que acom­paña a la primavera), el viejo no parecía prestarles atención. Veía más allá, detrás de ese velo plomizo que penetraban sus ojos, los días fijos y deslumbrantes del verano que alcanzaba con su mirada de viejo.

Yo mismo, con distintos ojos, alcanzaba a ver una parte. Especialmente los días jubilosos de la primavera animados por esa misma ansiedad que se apoderó de nosotros después del letargo de agosto, cuando la claridad comenzó a demorarse en el umbral déla noche y la luz y las tinieblas parecían indecisas, sin acertar con el paso.

Allí está mi padre, en el recuerdo, apenas desdibujado por los años, chapoteando bajo aquella lluvia al parecer intermina­ble. Lo veo pasar ahora mismo, una y otra vez, cubierto con aquel capote que olía a humedad, atareado en cosas incom­prensibles, deteniéndose de tanto en tanto para observar el cielo o escuchar un ruidito.

Recuerdo esos días, recuerdo el aire y la luz de esos días, porque fue la primera vez que sentí los mismos síntomas que mi padre, esa oscura ansiedad que me oprimía el pecho. Por prime­ra vez, como mi padre, sentí la alegría y la tristeza de ser un hombre solitario, y ansié metas distantes y aguardé la mañana seguro de grandes acontecimientos, y por la noche me estremecí de imprecisos deseos, percibiendo voces y ruidos remotos suspendidos como esferitas en la laxitud de las sombras, desplazán­dose según el viento.

A fines de septiembre oímos claramente la voz del zorzal y nos miramos confundidos. ¿Era una señal? Algo nos apre­miaba en aquella voz.

Había otra cosa y era esa leve fragancia que en determina­dos momentos llegaba del monte sin poder precisar su origen porque no era un olor único y reconocible, como el del jazmín del país, por ejemplo, sino un olor vago y general, un olor del tiempo. Y el río trajo sus cosas también. Sobre todo aquel llamado que nos urgía desde todas partes, principalmente desde el río abierto que resplandecía cada vez más. Entonces nuestros pechos se dilataron como si les faltara el aire y se apoderó de nosotros un ansia desmesurada de partir porque la tierra debajo de nuestros pies se había tomado extraña y todos los lugares estaban allí, de alguna manera presentidos, enviándonos sus mensajes a través del río.

En el quinto día alumbró el sol sin que dejara de llover y el viejo terminó los canastos. Fue una de las pocas cosas que terminó esa primavera.

Siguieron a aquellas lluvias unos días frescos y apacibles, durante los cuales fabricó una curiosa serie de plomadas anti­giratorias o destorcedoras y dos cucharas de 120 gramos bas­tante parecidas a la "Gramajo". Era harto dudoso que fuera a emplear alguna vez nada de esto. Más bien toda esa profusa actividad constituía un fin en sí mismo. Después comenzó a preparar una línea para el "dorado", en la cual había meditado largamente. Era una línea formidable. Pero con todo lo formida­ble que era no la llegó a terminar.

Había llegado octubre.

Y en octubre decidió por fin aquella cosa que lo tuvo ocupado hasta el final de sus días.

—Óiganme bien —dijo—. Mañana a primera hora nos vamos de aquí. Vamos a cargar la Arvoredo (él decía siempre Arvoredo porque un barco nunca cambia de nombre y el nombre y el barco son la misma cosa) y nos vamos al Honda... Hace tiempo que lo tengo planeado.

Hacía tiempo, en efecto. Un día, tres años atrás, me había dicho, señalando la punta del Honda desde el bote:

—Quisiera vivir en un lugar así el resto de mi vida.

Cargamos, pues, la Arvoredo y a la mañana siguiente partimos llenos de proyectos hacia lo mejor del verano.

El viejo ya tenía elegido el lugar, después del Hambrien­tos, en lo que es hoy la isla YCA, con el Paraná y los grandes barcos que parecían venir hacia allí, hacia ese lugar preciso, antes de abrirse y doblar delante de la boya de bifurcación.

Trabajé con el Oscuro en la nueva casilla mientras el viejo echaba las bases de aquel proyecto suyo que nació de su corazón en mitad de la primavera.

La casilla estuvo terminada y octubre, con sus días tem­plados y sus noches frías, también. Pero todavía ignoraba lo que se había propuesto mi padre.

El viejo era, así, sobre todo al comienzo del verano. Daba muchas vueltas antes de orientarse en firme, como si de tanto en tanto extraviara la pista de sus deseos. Pero ahora era evidente que estaba sobre ese rastro y si se demoraba antes de la cuenta era porque el asunto lo requería así.

En dos semanas todo lo que hizo fue un claro cerca de la costa. Y luego se pasó otras dos rondando por allí con las manos en los bolsillos, sin prestarnos ninguna atención. Recorría la isla en todas direcciones como si se tratara de un simple patio o de cualquier otro lugar despejado.

A veces reaparecía desde el monte con las ropas desgarra­das y las manos cubiertas de tajitos enrojecidos. Pero él no reparaba en nada de eso. Tenía la cabeza en otra cosa.

Olimpio, por su parte, caminaba pegado a él con ese aire sumiso y reconcentrado con que lo siguen a uno, acaso en la creencia de que el viejo partía definitivamente cada vez que se alejaba de la casilla. Cien veces al día.

A menudo el viejo se paraba en medio del claro que había abierto o lo observaba desde lejos deteniéndose bruscamente en plena marcha, como si allí hubiese algo.

Entre tanto el verano progresaba. Una mañana cualquiera advertimos el distinto color de la luz, esas manchas espesas en el monte, ese brillo del aire sobre el río, y recién entonces supe cuan lejos estaba el invierno. Ya no había nada que esperar. Podíamos instalarnos sólidamente en los días placenteros del nuevo tiempo. Aquella dormida ansiedad bajo la luz macilenta de julio había desaparecido. Aunque sólo supe de ella cuando reparé en su ausencia.

El viejo partió una madrugada en la Arvoredo.

Se despertó en la oscuridad y partió.

Dos días después estaba de vuelta. No había pasado la boca del Arroyón, no habría pasado siquiera el surtidor, cuando oímos la tosecita pachorrienta del Penta.

—Viene cargado —dijo el Oscuro.

Así era, en efecto. Descargamos un rollo de madera y una caja de herramientas y algunas latas de pintura. Por último el viejo metió la mano en uno de los bolsillos y extrajo una brújula seca del tamaño de un reloj. A primera vista parecía efectiva­mente un reloj. Pero al viejo jamás le habría pasado por la cabeza regalarme un reloj.

—No se me ocurrió otra cosa —dijo encogiéndose de hombros.

Y esa misma tarde comenzó a trabajar en lo suyo.

¿En qué andaba mi padre de una vez por todas?

—Es algo que estaba dentro de mi corazón —dijo al cabo de una semana, cuando aquella cosa cobró forma en el centro del claro que había abierto cerca de la costa—. Hace tiempo que lo tenía ahí.

Lo examinamos en silencio, y la verdad que estaba bien hecho.

Había trabajado en eso día y noche, porque dormía muy poco y además estaba en él hacer las cosas en esa forma, de una vez. Apenas caían las sombras encendía una lámpara de carburo y seguía serruchando y martillando y taladrando con esa con­centración que se apoderaba de mi padre siempre que comen­zaba algo. No hablaba casi nada. Unas pocas frases, más bien incomprensibles, dirigidas a Olimpio. Prefería silbar o cantar y a veces maldecir.

Al cabo de una semana, pues, aquello salió de su corazón, y parecía satisfecho. Porque dijo:

—Un hombre como yo sin un barco como yo no está completo. He tardado un tiempo en comprenderlo.

De manera que estaba en eso: "un barco como yo". ¿Qué entendía mi padre por semejante cosa? Él mismo lo dijo, o trató de decirlo.

—Un barco así ha de salir completamente de mis ma­nos... No hay ni clavo, ni madera que no tenga un sentido. Ni clavo, ni madera que desde su origen haya sido pensada para otra cosa...

La verdad que sonaba bastante raro.

Según entendí luego, un barco, para su gusto, debía re­sultar una buena combinación entre un barco de placer y un barco de labor. Líneas esbeltas, pero no rebuscadas. Ni viejo ni nuevo o, en todo caso, más bien un poco viejo. Sencillamente, tenía que ser marino. Esto es, pienso ahora, con ese aire errátil que asoma al rostro de un vagabundo, por ejemplo, esos tipos que trae y se lleva el verano... Sí, supongo que el viejo quería decir eso.

Eligió cada madera y cada tornillo y cada cosa de acuerdo a sus deseos. Por eso tardó una semana. Y ahora el casco estaba allí, o mejor dicho, tan sólo el esqueleto, de manera que podía descansar un rato porque había aprisionado a su deseo en aquella jaula de madera y lo podía contemplar cada día sin sobresaltos, como a un pájaro. Ya no era un fantasma. Ya no era una sombra o una nostalgia que le rondaba el alma. Ahora estaba ahí de alguna manera.

Sin embargo mi padre había llegado tarde y su deseo era demasiado viejo. El verano maduró hasta enero y el casco estaba todavía allí, tal cual, con la proa apuntando hacia el río y las costillas un poco grises y resecas flotando blandamente en la penumbra del ocaso como si estuviera a punto de partir.

El viejo descansó unos días tumbado al frente de la casilla con las manos en los bolsillos y los ojos puestos en su obra, todavía canturreando un poco. Pero cuando se puso de pie y pareció que iba a acometer de nuevo se limitó a rondar en torno a la armadura, como al principio, deteniéndose de tanto en tanto en plena marcha para volverse y observar por encima del hom­bro al barco de su corazón, que estaba mitad en su cabeza y mitad en el claro que había abierto en la primavera, a pocos metros de la costa. Eso fue todo.

Al terminar enero vimos aparecer al Alagoas, desde el Urión. Pasó por el medio del río en la luz de la tarde y oímos sus voces en la cresta del viento. El viejo agitó una mano, pero tal vez no lo alcanzaron a ver. Fue la última vez que vimos al Alagoas, con su carroza parecida a una casilla y las macetas de culantrillos y ese aire lejano semejante al del Flora, porque desapareció para siempre. El Cuervo Abelleira y la húngara y los dos tipos silenciosos. Nosotros lo ignoramos entonces, yo y el Oscuro, pero mi padre lo presintió de lejos porque entendía a los barcos. Y el de su corazón había partido también, en cierto modo, y para siempre.

Ahora era evidente que evitaba acercarse al casco. Por más que algunas veces se detuviera y lo palmeara como a un viejo caballo y dijera sin quitarse el cigarro de la boca:

—Un día de éstos vamos a salir por ahí.

Fue el tiempo, en mitad del verano, que maduró en su rostro ese aire afable y desesperanzado que más tarde iba a descubrir en el rostro de otros tipos, aquí en la costa.

¿Qué había pasado? Mi padre estaba viejo, viejo por dentro igual que esos grandes sauces que un buen día amanecen en el suelo. ¿No era acaso un síntoma el hecho de que no le hubiese puesto un nombre? En sus buenos tiempos habría em­pezado por ahí.

Ahora, a la distancia, todo eso es evidente porque en alguna forma el viejo está en mí. Padece y busca su deseo, el nombre, que es lo mismo, a través de mí.

Cuando presintió el fin del verano, que para eso se pintaba solo (lo presintió en la plenitud del tiempo por esos signos sutiles de la madurez, cuando la muerte de tan remota parece imposible), volvió al asunto de la pesca.

Ese año los barcos de placer comenzaron a aparecer en los parajes que frecuentaba. No era gran cosa. Ni siquiera hoy es gran cosa. Si algo sobra en esta parte del mundo es donde estar solo. De cualquier forma el viejo comenzó a alejarse en busca de otros más solitarios.

—He oído decir que hay buena pesca adentro del Diablo.

Y otra vez:

—Voy a rodear por afuera hasta el Miní. Después subo hasta el Correntoso por adentro... Cuatro o cinco días. No más de cinco.

Fueron muchos más. Pero al viejo le resultaba como si se movieran las islas, no él, y el río le trajera esos lugares. De manera que no había más que cargar el bote y salir al medio del río y esperar. Las cosas llegaban solas.

Al poco tiempo olvidó el motivo inicial de aquellos viajes y comenzó a vagar de un lado para otro sin preocuparse dema­siado por la pesca. Llevaba siempre consigo dos o tres cartas Neptunia y tomó la costumbre de anotar en los planos cualquier dato que el cartógrafo había pasado por alto. Al final, en lugar de aparejos, salía cargado de planos y hojas de papel y lápices de colores y unos viejos prismáticos Krauss.

Hasta que esto perdió también su interés. Entonces en­mudeció del todo y se limitó a vagar sobre el río las horas y los días.

La maleza comenzaba a cubrir el claro que abrió un día cerca de la costa y ocultaba en parte el armazón del casco. Pero él ni siquiera miraba ahora hacia allí y, de todas maneras, no estaba casi nunca en la casilla.

Dos o tres veces salí con él. No habló ni una palabra. Ya no decía "Hijo, esto", "Hijo, aquello", como tenía por costumbre y como a mí, después de todo, me gustaba oírselo decir. Ya no decía nada. Se sentaba en medio del bote y comenzaba a remar con esa pachorra propia de los viejos, sin proponerse llegar a ninguna parte. Por la noche nos acurrucábamos en el fondo del bote y dormíamos cubiertos con una lona, el perro entre los dos. Muchas veces llegué a olvidarlo, pero otras me volvía hacia él impresionado de pronto por esa gran soledad que despedía mi padre, y contemplaba su rostro.

Fue una ilusión eso de olvidarlo. Ya para entonces el viejo había penetrado en mi vida de una manera lenta y obstinada. Ahora, en el recuerdo, revivo aquel aire taciturno, ese estar y no estar en medio de las cosas, esa turbadora presencia del cuerpo abandonado al tiempo, esa leve y remotísima ironía.

Pero, después de todo, no sé si eso sale de él o de mí.

Entonces no advertí nada expresamente, o casi nada, por­que la vida pugnaba dentro de mí y estaba impaciente por mi estrella. Fue mucho más tarde, el día que me senté en la costa y me comenzaron a rondarlos recuerdos. Una tarde cualquiera de verano.

El último tiempo fue un largo y casi ininterrumpido va­gabundeo sobre el río.

En realidad parecía buscar algo. Su corazón nunca estaba allí donde estaba el resto de su cuerpo. Siempre más adelante, o en cualquier otro lugar, pero no allí.

Una confusa ansiedad, apenas una llamita vacilante, lo apremiaba cada mañana con mansa, pero terca insistencia. Co­nozco ahora esa misma ansiedad. Esa congoja y esa alegría a un mismo tiempo, ese anhelo desasosegado por algo impreciso que le hace a uno erguir la cabeza y aspirar profundamente como si le faltase el aire.

En el caso de mi padre había una meta, sólo que no acertaba con ella. Porque el objeto de su deseo estaba en casa, en el claro junto al río, dormido contra el cielo como un pájaro embalsamado.

De manera que dondequiera que fuese lo seguiría su an­siedad.

Hasta que partió por última vez, una mañana de marzo, cuando ya los signos del tiempo eran completamente claros. Lo vi cargar el bote, cada cosa en su lugar, y los aparejos de pesca en la cajonera de popa. Y partió.

Una semana después no había vuelto. Un mes después no había vuelto.

Alguien oyó los ladridos del perro, desde el río abierto, atropellándose y rebotando en la distancia. Era una cosa bas­tante curiosa que vinieran desde ahí. Luego languidecieron y cesaron en la placidez de marzo y el que los había escuchado pensó que efectivamente se trataba de una ilusión.

Pero el Maldonado, que un día se apartó de su rumbo, en la primera crecida de abril, encontró el bote boyando en medio del río, cerca de donde en el 34 se hundió el 1º Clara Donato. El viejo y el perro estaban acurrucados en el fondo del bote como si durmieran. Eso parecía, salvo aquel olor que nos alcanzó de lejos cuando el Maldonado lo remolcó hasta el Honda.

El Oscuro cubrió el bote con algunas tablas del barco. El viejo había dicho: "Para la tablazón, viraró. Para la cubierta, petiribí, que es la teca americana". De manera que lo cubrió con petiribí, aguantando la respiración mientras clavaba las tablas, y lo enterramos con bote y todo en el claro que había abierto cerca de la costa, al lado del esqueleto de madera.


 

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