Marcado
A Einion Jones,
que un día volverá del mar.
Fue en el 58, un
poco antes de la Gran Creciente.
El Clara
Donadel bajaba de los Pozos del Barca Grande y entonces lo vieron en medio
del río amarrado a una de las boyas del Canal de las Palmas. A esa misma
altura, en el 24, se habían hundido el Maca y el 7 Hermanos.
El río es
memoria.
El Gallo Britos,
que es mucho más viejo de lo que aparenta, aunque en realidad no aparenta
ninguna edad de hombre y puede ser tan viejo como el mundo, recordaba el día o
por lo menos el tiempo. Mayo del 58. La Creciente fue en julio. El 28 de julio,
exactamente. La fecha y la marca están en mitad del mostrador del almacén del
vasco Ibargoyen, en el Pantanoso, donde todavía queda el surtidor de Energina,
medio tumbado, que de lejos parece el propio vasco haciendo señas a la lancha
almacenera.
Lo vieron ahí de
golpe, como si hubiese brotado del agua, despegándose en un zas del borde
neblinoso de la costa que estaba todavía a otro tanto de camino. Porque se
encontraban muy cerca cuando verdaderamente repararon en él, blanco y leve,
meciéndose sobre el río atardecido como un pájaro contra cielo plomizo de
Buenos Aires.
—No conozco ese
barco —dijo el viejo Caligari al cabo de un rato, frotándose aquellos
grasientos bigotes que le cruzaban la cara como la cruceta de un palo Marconi—.
¿Y vos, Britos?
El Gallo se
encogió de hombros. Si no lo conocía el viejo no lo conocía nadie.
El viejo tenía
un modo de hablar fuerte y pausado, como si tratara de disipar aquella ancha
soledad con esos sonidos tan espaciados que resumían unas cuantas ideas. Eso
era cada frase del viejo, un resumen definitivo de algo que había pensado un
buen rato en la timonera. Al Gallo le gustaba escucharlo porque era como
escuchar al río, sobre todo cuando se sobaba el bigote y hacía buchecitos de
ginebra en el bar Los Gallegos, al lado del Puerto de Frutas y el tiempo se
confundía con el viejo.
Ahora estaba
observando al hombre desde la tapa del tambucho mientras volvía a sobarse los
bigotes.
El tipo, de pie
en la proa con un cabo guía en la mano, tenía un rostro redondo y enrojecido,
salpicado por una barba de dos o tres días. Calzaba una boina negra y una faja
de lana y un par de botas de goma, de manera que más bien parecía un lechero.
—No es textual
—dijo el viejo, que a veces largaba frases de letrado, un poco incomprensibles.
El Gallo se
encogió de hombros. Tampoco lo conocía.
Seguramente
hacía un buen rato que los estaba viendo, desde que viraron del Canal Principal
y, un poco antes de la boya ciega entraron a los Pozos del Barca. Primero la
figura vacilante del Clara que asoma como una cresta y se empina en el
horizonte a los empujoncitos. Y después los golpes del motor que rebotan en la
distancia, un poco delante o un poco detrás de la figura.
Ahora los seguía
mirando sin mover un dedo, recostado contra el palo como un compadrito, con una
pierna atravesada delante de la otra mientras el Clara Donadei se le
aproximaba por la proa y el viejo entraba y sacaba el cambio a las patadas sin quitarle
los ojos de encima .
—¿Qué te parece, Britos?
—No me parece nada.
El Clara se
puso a la par y entonces el hombre se animó de pronto.
— ¡Ahí va ese
cabo! —gritó.
Y lo vieron
saltar igual que un gato, a pesar de sus cien kilos, por lo menos, y lanzar el
cabo guía con un movimiento oscilatorio de abajo hacia arriba, que es como se
debe hacer, no revoleándolo alrededor de la cabeza como un lazo, de manera que
vino a caer justamente a los pies del viejo que había dejado la timonera, según
su costumbre.
Por unos
segundos, menos todavía, ellos vieron la "pina" que perforaba el
aire, negra y precisa, siguiendo al parecer un trazo perfectamente concebido,
hasta que cayó a los pies del viejo con un golpecito amortiguado. Ninguno de
los dos se movió hasta entonces, absortos en ese breve espectáculo, y recién
cuando la "pina" golpeó en la cubierta y estuvo a punto de caer al
agua, el viejo le puso un pie encima.
—Este hombre
sabe lo que hace —dijo el viejo examinando la "pina" como si se
tratara de la mano del Polo y sin preocuparse por afirmar el cabo, ni siquiera
por recogerlo—. Es una "pina" hecha con un nudo "puño de
mono"... un nudo inmemorial.
—¿Agarran o no?
—gritó entonces el Polo con una voz áspera, un poco de falsete.
Parecía una
orden. El viejo y el Gallo se miraron. El viejo se frotó los bigotes.
—Es como para
mandarlo a la mierda —dijo a su manera pausada.
El Gallo se
encogió de hombros.El viejo recogió el cabo y lo afirmó a la bita. El barquito
se mantuvo unos instantes a la par del Clara Donadei y después se
escurrió hacia la popa con un cabeceo de resistencia, hundiendo un poco la
trompa y afirmándose en el agua como si fuera a despegar.
—¿Qué le pasa?
—preguntó el viejo desde lo alto con la cabeza del hombre a la altura de sus
pies cuando pasó exactamente frente a ellos y lo tuvieron más cerca que nunca.
—¡El magneto!
—¿Quiere una
mano?
—No. No quiero
nada. Como no sea que me remolquen — gritó la voz ahora un poco más atrás.
—¿A dónde va?
—Me da lo
mismo... A donde vayan ustedes.
El viejo iba a añadir algo pero el
hombre desapareció de la cubierta con un movimiento rápido y silencioso,
deslizándose a través del tambucho que se abrió y lo tragó como la trampa de un
escenario.
—Es mejor que lo
tire —dijo el viejo a pesar de todo—. Cuando un magneto empieza así es mejor
que lo tire.
Se frotó los
bigotes y pateó el cambio.
—¿Te acordás del
Benito!
El Gallo se
encogió de hombros cuando en realidad debió sacudir la cabeza.
—La buceta
aquella de Paco Avendaño con una mayor cangreja. ¿Te acordás?
—Me arrecuerdo.
—Es lo que le
dije al Paco... ¿Te acordás del Paco?... Tíralo antes de que te arruine la
vida, le dije... No es la plata, dijo él, es que me da rabia... Pero entonces,
dije yo, mucho peor... cualquiera sabe que no es la plata, dijo él, como si no
me entendiera. El Benito vale cincuenta de estos putos magnetos, y eso y
todo que es un magneto con disparador... Aunque valiera mucho menos, dije yo,
tratando de volver al tema... Cómo menos, gritó entonces hecho una furia, cómo
va a valer menos que cincuenta de estos mierdas?... Y en eso me di cuenta de
que había perdido la cabeza. Dos días después lo roció con nafta, al Benito,
y le prendió fuego... Cualquiera pudo pensar que el barco no valía ni
siquiera un magneto. ¿No te parece?
El Gallo esta
vez sacudió la cabeza.
—Hay esa clase
de locos por estos lados.
Por la noche entraron
al puerto de San Fernando.
A la mañana,
cuando se asomaron por la popa, el barquito había desaparecido.
—Me pareció que
traían un remolque —dijo el marinero a la otra noche.
—Eso me pareció
—dijo el viejo.
Apenas era una
sombra, acurrucada en la popa junto a la cocina económica que despedía un
resplandor anaranjado.
—¿Estuvo aquí el
marinero de día?
—Sí, por la
mañana.
—No lo había
visto antes —dijo el marinero.
—Yo tampoco
—dijo el viejo.
Por el momento no le dieron importancia.
Pero un tiempo después, cuando empezaron a correr aquellas historias, ellos
pensaron que aquel había sido un día para recordar.
El Polo
reapareció al año siguiente, justamente un poco antes de la otra gran
creciente, es decir, en abril del 59, y con aquel otro tipo de tenebrosa
memoria, el Faca Sacomano, bajando del Norte, dicen que de la isla Juncal
donde mora y gobierna la vieja Julia Lafranconi. Algunos lo habían dado por
muerto en el tiroteo del Confitero. Pero reapareció con el Faca ese abril que
dejó otra muesca en el mostrador del vasco Ibargoyen con una fecha al lado
escrita con pintura de casco, 15-4-59. Verdaderamente, ahí comienza la historia
por lo que le toca al Polo, aquí en la costa.
Anduvieron sobre
el río tres años desde entonces, unidos al parecer por alguna circunstancia
inexplicable. Porque ellos estaban allí, sobre aquel barco de aspecto
vagabundo, como dos extraños en la plataforma de una estación, cada uno
esperando por su destino. No se habían propuesto nada en particular y a veces
se miraban a la cara un poco desconcertados por lo que resultaba a pesar de
eso. Les sorprendía sobre todo esa especie de tácito acuerdo y esa unanimidad
de fondo con respecto a las cuestiones de verdadero interés.
El barco, que se
llamó Lucía, no era barco de estas aguas. Tenía arboladura de yawl, esto
es, un palo macho de abeto noruego con mastelero, lo cual le daba una vieja
prestancia, y un piolo en el tercio de popa, vale decir un mesana, con un
fuerte cazaescotas que le alargaban la figura. Buen barco, pero no de estas aguas.
Primero fue el
asunto del Donovan, que había varado en la boca del Diablo. El Polo
conocía al Donovan, un cúter construido en Inglaterra en el 92. Ahora
estaba ahí, "ese barquito como a mí me gusta", recostado sobre la
banda de estribor, manso y resignado como un gran pez que boquea en la playa.
Pasaron frente a
él, no muy cerca de la costa, y el Polo dijo:
—Me cago si no
es el Donovan.
—Es la tercera
vez en dos años... Sí, es el Donovan.
El Polo saltó
sobre la carroza con sus ciento diez kilos a cuestas como si tal cosa y ahora
estaba observando al Donovan a través de aquel viejo Carlzeiss Dodekar
con el cual, un tiempo después, le partió la cabeza al negro Medina.
—Ahora mismo
estoy viendo los dos mil kilos de plomo que tiene en la quilla —dijo al cabo de
un rato con una voz muy lenta.
—Mil
ochocientos.
Y los dos se
miraron con un ligero asomo de sorpresa, casi a su pesar, aunque estaban
pensado en la misma cosa.
Ese fue el
primer trabajo, la quilla del Donovan.
Compraban y
vendían, en el mejor de los casos, porque más a menudo robaban y vendían. Claro
está que el Polo no lo entendía así ya que el riesgo le parecía un costo
razonable.
Primero desmantelaron los barcos
varados, hundidos o abandonados.
Después cualquier barco. Algunos los
llamaban "madrecitas" y otros, con más precisión, "peste del
agua". En cualquier caso, ninguno dejaba de reconocer que era la única
forma de conseguir ciertas cosas.
—Quiero unos
ojos de buey como los del Magnolia —decía alguno, por ejemplo.
Y dos o tres
días después volvía y decía:
—No pueden ser
más iguales.
Así anduvieron,
aquí en la costa, esos tres años. La historia del Polo arrastraba por entonces
la historia del Faca, que después arrancó sola y creció en desmesura hasta que
terminó con gran final en el Brazo de la Tinta. Y una estrella negra parecía
presidir esa historia.
No siempre las cosas resultaban bien.
Por el contrario, a veces resultaban bastante mal. Es lo que sucedió con el Compadrito.
Alguien dijo que estaba varado en una punta del Canal Este.
—No creo esa
historia —dijo el Polo.
Pero de todas
maneras recorrieron el canal y encontraron el Compadrito varado
efectivamente en uno de los extremos.
El Polo se rascó
la cabeza y aunque no dijo nada, era evidente que seguía sin creerlo.
Pasaron frente al Compadrito con
el motor reducido y el Polo lo observó desde la cabina a través del viejo
Carlzeiss.
No se veía a nadie.
Sin embargo,
cuando al otro día decidieron acercarse comprobó que estaba en lo cierto. Pero
entonces era demasiado tarde.
Ellos alcanzaron
a ver aquellos dos caños negros y relucientes que de improviso asomaron por
una ventana del Compadrito y los enfocaron como dos ojos de muerto. Y
casi al mismo tiempo, pero con el suficiente para apreciar cada cosa
por separado, escucharon ese rabioso
zumbido que pareció brotar del aire, muy cerca de ellos.
—¡Yo lo dije!
—rugía el Polo disparando sin pausa el Mannlicher 1895 que tronaba como un
cañón y hacía saltar puñaditos de astillas de la carroza del Compadrito.
Y el otro,
entretanto, queriendo arrancar el motor. Y, por encima de todo ese estrépito la
voz enardecida del Negro Medina que les gritaba:
—¡Esperen, hijos
de puta!...
El Polo sangraba
del brazo izquierdo y tenía otra herida en una pierna pero siguió disparando
hasta que lo perdieron de vista.
Ya habían
escapado tres veces a la Prefectura. La última embicaron en una zanja, entre el
Correntoso y el Lima, y estuvieron toda la noche oyendo los bramidos de la
lancha patrullera. Saltaron a tierra y, acurrucados en la maleza, veían los
ojos resplandecientes de los reflectores que se revolvían inquietos en la
oscuridad. Y el Polo aferraba el Mannlicher con ese aire de fría resolución que
le endurecía el rostro, mientras el otro le murmuraba al oído, sin esperanza:
—Es lo peor que
podemos hacer.
Un día dijo,
también sin esperanza.
—Podríamos
dedicarnos a otra cosa. Una verdadera cosa.
El Polo lo miró
de esa manera tan especial, ausente o vacía o triste, y no dijo nada. Parecía
darse cuenta de que, tarde o temprano, el otro lo iba a abandonar. Y eso más
bien lo entristecía, no lo exasperaba.
En cuanto al
otro, el Faca, tenía su tristeza también. Pero marchaba detrás de su propia
estrella, como el Polo, y no se podía hacer nada para desviarlo.
De manera que un
buen día dijo, hablando de varias cosas a la vez, un poco sin sentido porque no
venía del todo al caso:
—Creo que esto
ya no da para más...
Y el Polo lo miró con esa mirada suya.
—Quiero decir...
—Eso pregunto,
¿qué querés decir?
—Que hemos ido
demasiado lejos.
—No me parece...
o no te entiendo.
—Yo creo que sí.
—¿Qué cosa?
—Que se
entiende.
Y no hablaron
más porque estaba todo dicho. El resto del día el Faco trató de evitarlo. Hasta
que entró la noche y bajó a tierra y no volvió más.
Todos saben cómo
terminó el Polo.
En algún momento
reemplazó el viejo Rugby de 4 cilindros, que antes había pertenecido al Brutietto
Latini, por un Penta marino que tiraba como el diablo. Pero de cualquier
forma estaba visto que iban a terminar con él.Un día le salieron al paso en la
boca falsa de la Barquita, con el agua alta. Él se irritó ligeramente porque
volvía del Barca Grande, donde había estado pescando a la altura del
Correntino, de manera que no traía nada. Salvo aquella sorpresa que les tenía
reservada para un casa así.Los vio venir desde el río abierto, bordeando los
bancos que tenía a cada lado, así que no le quedaba otra alternativa que
echarse por el medio.Entonces redujo el motor y se quedó esperándolos con ese
gesto de fría resolución que sobrecogía al otro. Ellos, naturalmente, no
alcanzaron a ver ese gesto. Y cuando los tuvo cerca y le dieron la voz de alto
apenas dijo, rascándose la cabeza:
—Bueno, la
verdad es que estoy parado. —Te vamos a remolcar, hijo de una gran puta
—dijeron ellos a su vez apuntándole a la cabeza. —Como ustedes quieran.
Y
se agachó y recogió un cabo guía con una de esas hermosas pinas
"puño de mono". La retuvo un momento entre las manos y luego la
balanceó y la arrojó limpiamente dentro del cockpit de la patrullera, la que se
acercó por el sudeste.
Los milicos
vieron venir la pina y detrás el cabo, y cuando la pina golpeó contra el piso
algo dentro de ella estalló en mil pedazos. Y tal vez en una fracción de
segundo sus ojos miraron con desmesura cuando ya estaban volando sus cuerpos
desgarrados, y el Polo les gritaba por si acaso:
—¡ Agarren eso,
hijos de mil putas!...
Y aceleró el
motor y pasó por el lado que había quedado despejado.
Estuvieron en
eso todo un día. Hasta que él, por fin, decidió esperarlos en medio del río, a
la altura del Teresa Rosa que se hundió en el.Ellos lo vieron ahí,
completamente quieto contra el cielo plomizo del Este. Un barco de aspecto
vagabundo, blanco y leve como un pájaro, cabeceando en la marejada. Y todavía
estuvieron otro medio día disparando sobre él desde cierta distancia,
sofocados por el calor y por el intenso olor a nafta, hasta que el Polo emergió
de la cabina enceguecido por la sangre y el barco se les vino encima con el
Penta que bramaba como si fuese a estallar.
Los tomó de
través y volaron en pedazos, porque el Lucía tenía preparado algo sobre
el tanque mismo y el Polo se cuidó de presentarles la proa mientras le
estuvieron tirando. El ruido se oyó desde la costa y se vio el fuego hasta bien
entrada la noche. El viejo Caligari estaba sobre la cubierta del Clara
Donadei, en medio del río, y lo vio todavía desde más cerca.
Así terminó el
Polo, que en paz descanse. Ni siquiera hay una boya verde que lo recuerde.
Todos
los veranos
A veces pienso
en mi viejo.
O es un barco
que parte o esa gente vagabunda que trae el verano o simplemente una luz en el
río. Entonces me siento en la costa y pienso en mi viejo.
Para todos, para mí mismo, la historia
comienza el día que hizo volar en pedazos al Raquelita, en el 28. Era
una chata de once metros con un motor Regal. El viejo tenía la maldita
costumbre de mojar un papel retorcido en el carburador, luego quitaba el cable
de una de las bujías, lo arrimaba al block y con la chispa encendía el papel y
con el papel uno de esos cigarros que llevaba desparramados por los bolsillos.
Recuerdo aquel olor pestilente y las grandes manchas marrones con dos y hasta
tres aureolas en tonos más débiles donde tenía un bolsillo que había sido
alcanzado por el agua. Esto sucedía bastante a menudo, de manera que en los
viajes largos era común ver algunos cigarros secándose sobre el block. Echaban
un humo más parecido al de una estopa empapada en gasoil que al de un
auténtico cigarro.
Algunas veces el
ruego se había contagiado al carburador pero mi padre no perdía la cabeza por
eso. Sin dejar de encender el cigarro depositaba la otra mano sobre el
carburador y ahogaba el fuego. Pero un día aquella mano llegó demasiado tarde.
Poco a poco se había formado en la sentina un charquito de nafta que con el
tiempo se extendió a todo lo largo del Raquelita. Eso, naturalmente, fue
el fin. Con aquellos cigarros el viejo casi había perdido el olfato. Dos o tres
veces, al inclinarse para buscar cualquier cosa, había entrevisto aquel brillo
movedizo que se extendía cada vez más, pero como no estaba en condiciones de
reparar en el olor de nada debió pensar o prefirió pensar, si es que pensó en
algo, que el barco hacía un poco de agua.
Un día, pues,
encendió el cigarro de acuerdo con sus procedimientos y fue como si encendiera
el mundo entero de una punta a otra. Instintivamente, el viejo alargó una mano
hacia el carburador pero ni el carburador, ni él estaban más allí dónde debían
estar. Sin saber cómo, se encontró en medio del agua con el cigarro todavía en
la boca. El Raquelita, por su parte, o lo que quedaba de él, aparecía a
unos diez metros. Después de todo, nunca había lucido tan bien, ni tan
espléndido aquel barco de por sí oscuro. Cada tabla brillaba como una barra de
oro. Cuando voló el tanque suplementario, el viejo tuvo más bien un
estremecimiento de júbilo, como si se tratara del día del juicio para un justo
o algo por el estilo. Fue todo muy breve y muy solemne, según dijo.
Eso ocurrió
cuando mi padre tenía cuarenta y cinco años, apenas uno después que apareció en
las islas. El recuerdo de los de la costa y mi propio recuerdo arrancan de ahí.
Nadie tuvo noticias del viejo hasta el 28 y la verdad es que con lo que hizo o
deshizo desde entonces hasta su muerte, en el 37, hubo de sobra. (Y con todo,
también a él, tan denso y macizo, tan único, se lo llevó el tiempo. ¿Quién
recuerda ahora a mi padre?)
Antes del 28,
según parece, estuvo transportando pólvora desde Pernambuco hasta Río Grande do
Sul a bordo del Isla Madre de Dens, que voló también en su tiempo entre
el faro Mostardas y Solidao, sin faro por aquel entonces. Pero éstas son meras
conjeturas a través de brumosas y no expresas referencias porque el viejo
hablaba poco y en un estilo complicado.
Después de lo del Raquelita compró
uno de los botes salvavidas que habían pertenecido al Speranza, que se
hundió en el Canal del Norte a la altura de Punta Colorada, en el 23. Era un
casco tinglado de siete metros de eslora con dos tanques de aire. El viejo le
colocó un Penta de 4 cilindros.
Por ese tiempo
se instaló al fondo del Desaguadero, cerca de los bancos, en una casilla que
armó con tablas de cajones de automóviles un poco apartada de la costa. Una
zanja con la entrada disimulada por un sauce tumbado, que el viejo levantaba o
bajaba a voluntad con un aparejo, permitía arrimar el barquito hasta la misma
casilla. Uno y otra estaban pintados con un color impreciso, entre el verde y
el marrón, de manera que pasaban inadvertidos. Al viejo le reventaba un barco
de ese color y toda la vida se pasó soñando con uno bien blanco. En realidad mi
recuerdo parte de ahí. Lo demás es incierto y fragmentario y parece el recuerdo
de otro. Ahora mismo, a pesar del tiempo, lo veo sentado en el piso de la
pequeña galena que daba al frente con el sombrero rumbado sobre los ojos y los
pies apoyados en la baranda. Casi toda la semana se la pasaba echado allí fumando
aquellos cigarros apestosos, con una botella de caña paraguaya al alcance de
la mano.
—Hijo —solía
decir con esa voz profunda que le salía desde adentro y medio cigarro entre los
labios—, la verdad que Dios hizo seis días para descansar y el séptimo para
trabajar, ya que no había más remedio. A veces el sexto y el séptimo, según
como vengan las cosas. Pero estos mierdas de ingleses han dado vuelta todo el
asunto...
Culpaba a los
ingleses de cualquier cosa, aunque el motivo no era muy claro. Con el séptimo
día el viejo estaba aludiendo a aquellas misteriosas excursiones que realizaba
una vez a la semana en el antiguo bote del Speranza, que había bautizado
con el nombre de Arvoredo. A veces estaba afuera dos días y dos noches, con lo
que también el sexto tenía ocasión de figurar entre los días laborables. A
decir verdad el viejo se afanaba más bien durante la noche de manera que eso
del día se refería exclusivamente al tiempo que tarda la Tierra en dar una
vuelta sobre sí misma, que era lo que tardaba en estar fuera de casa y más
precisamente el tiempo que dejaba de estar echado en la galería del frente.
De vez en cuando
volvía de aquellos viajes con un regalito. Una vez fue una navaja de Albacete y
otra un rifle de un tiro calibre 12 chico, a cerrojo, para cartucho de
munición. No recuerdo el fin de la navaja, que hacía un ruido siniestro al
abrirse, pero sí el del rifle. Fue cuando el viejo le alargó la recámara para
usar cartuchos 36-75, que algunos llaman 12 grande, y el cerrojo, no soportó la
presión de la sobrecarga. Felizmente, lo había sujetado a un árbol y lo disparó
a distancia.
A menudo el
viejo alargaba la mano más allá de la botella de caña paraguaya y arrastraba
una achacosa victrola que conservaba de su época anterior a las islas, y cuya
bocina utilizaba a veces como embudo. Tenía unos pocos discos en un cajón de
Cinzano junto con los dos tomos de Las batallas de siglo XIX, desde Marengo a
la insurrección de los "boxers", una colección de postales de Río en
color sepia, un catálogo de motores Gardner, un Manual del Capitán de
Cabotaje, una Biblia protestante, el Digesto marítimo y un paquete
de diarios de hojas amarillentas. Sin embargo, el viejo ponía siempre el mismo
disco, Praga Onze.
O' Deus en me acho táo cansada Ao vohar
da batucada...
Cuando pienso en
la letra no recuerdo nada más que el comienzo, pero a veces la música me sale
desde adentro, sin proponérmelo, y entonces la recuerdo o la canto simplemente
de una punta a otra.
O' Deus eu me
acho táo cansada
Ao voltar da
batucada
Que tomei parte
lá na praga onze...
Era una música
dulce y atormentada a pesar de su aire bullicioso. El viejo golpeaba las manos
hasta el cansancio o bien la lata de aceite que usábamos como balde. Por fin la
púa quedaba girando en el centro con una especie de chasquido alternado que
terminaba por convertirse en el motivo central de ese ruido que producía mi
padre contoneándose y gimiendo.
Al principio
aquel alboroto podía parecer divertido, pero debajo había algo distinto, algo
como una tristeza tal vez. Comenzaba despacio hasta apoderarse de mi padre por
entero. Era capaz de pasarse horas así. Al fin quedaba tumbado sobre el piso,
empapado de sudor, y se dormía allí mismo gimiendo y sobresaltándose entre
sueños. Entonces le echaba encima una manta y me acurrucaba al lado.
No duró mucho
esa vida porque con el viejo no había cosa que durase demasiado. Los viajes
siguieron por un tiempo, pero se hicieron cada vez más espaciados. En uno de
los últimos volvió con aquel perro taciturno que lo acompañaría hasta el fin de
sus días.
Lo recuerdo como si fuera hoy. Oí el
ruido del motor de la Arvoredo mucho antes, porque soplaba el pampero,
un viento de tierra que trae el olor y los ruidos de la tierra. Me aproximé a
la costa y entonces vi al perro sobre la cubierta, a proa, aunque la
embarcación todavía estaba lejos, en mitad del Desaguadero.
El viejo sonrió,
agitó una mano y saltó a tierra. Era una de las primeras tardes de calor, al
comienzo de la primavera. El perro se quedó a bordo, un poco indeciso, y desde
allí nos contemplaba con ese aire tan serio que tienen los perros.
El viejo rió un
poco y luego se palmeó una pierna al tiempo que decía:
—¡Vamos,
Olimpio!... no te quedes ahí mirándonos como un idiota... ésta es tu casa,
muchacho.
Era muy dulce la voz del viejo en esa
ocasión, aquella tardecita de primavera. Y el perro meneó la cola y saltó a
tierra y vino hasta él y le olió una pierna. Recuerdo todo eso.
Aquella noche
encendió un fuego frente a la casilla y los tres, incluyendo a Olimpio, nos
sentamos alrededor de las llamas. Siempre que volvía de la costa el viejo traía
un poco de cordero y lo asaba sobre las brasas.
Yo esperaba que
dijese algo sobre el perro. Y efectivamente fue lo que dijo.
—Hace rato que
estaba pensando en esto... Un perro es más importante que una mujer por estos
lados —reflexionó un instante, pensando que probablemente yo no supiera todo lo
importante que es una mujer, y entonces añadió—: un perro es importante sin
necesidad de compararlo con nada, así piojoso y todo. No es necesario que te explique
los motivos porque son muchos y porque el tiempo te los va a enseñar mejor que
yo. En fin, ¿te gusta o no te gusta?
Olimpio estaba sentado entre los dos y
nos miraba hablar con una especie de dignidad.
Alargué una mano y lo acaricié
lentamente.
El viejo tenía ideas muy especiales. Con
respecto al nombre de los perros había dicho una vez:
—No es cosa de
tomarla a la ligera. Ponerle un nombre a un perro es casi como fabricarlo. Ya
uno le da un carácter especial que no lo pierde en la puta vida...
Vaya a saber qué cosa quiso expresar
cuando llamó a aquel perro con ese nombre un poco divertido. Olimpio aquí,
Olimpio allá... Con el tiempo me acostumbré a él. Al principio el nombre y la
cosa están uno frente al otro, resistiéndose. Uno dice el nombre y piensa en la
cosa como distinto. Por fin se mezclan y confunden y resultan una sola y misma
cosa. Sucede con un barco, cuyo espíritu resiste tan sólo con un nombre: Gemma,
Speranza, Maca, Traverso, Recluta, Hillstone, Baldissera. El Baldissera desapareció
en el año 13, mucho antes de que yo naciera... Sucedió con Olimpio.
En el último
viaje, en cambio, el viejo apareció con aquel hombre que venía al timón de la Arvoredo.
Desde entonces, cuando mi padre se refería a él decía "el
Oscuro", y la verdad que no había forma de describirlo mejor. Era un tipo
flaco, alto y oscuro. Tenía la cara de una anguila, así de lisa, incierta y
oscura. Oscuro por fuera y por dentro. Hablaba menos aún que el viejo. Si uno
le decía "¿Qué tal?" o "¿Cómo va eso?", por decir algo, él
se encogía de hombros, entrecerraba los ojos y echaba la cabeza hacia un lado.
No salía de ahí.
Dejó al viejo en
tierra y se volvió con la Arvoredo hacia el Canal Este. Luego comenzó a
aparecer una o dos veces por semana. Se encerraba con el viejo en la casilla y
hablaban (mejor dicho, el que hablaba era el viejo) de cosas en las cuales, por
lo visto, mi padre ponía mucha atención.
Una noche,
apenas hacía medio día que había partido, la Arvoredo retornó de
improviso con el Penta que golpeaba atropelladamente. El viejo saltó de la
galería y corrió en dirección de la costa palpándose la cintura. Cuando estuvo
cerca se ocultó detrás de un sauce y esperó a que apareciera alguien sobre la
cubierta. El motor se detuvo un poco antes y la embarcación avanzó silenciosamente
hacia la entrada de la zanja. Golpeó contra el árbol atravesado allí y quedó
inmóvil en las sombras de la orilla. Al cabo de un rato, contra la claridad
incierta del cielo vimos asomar trabajosamente aquella alta y delgada figura
que permaneció inmóvil un instante, como suspendida de lo alto, y luego se
desplomó sobre la cubierta con un murmullo lastimero.
El viejo trepó a
bordo, se echó el Oscuro encima y lo trajo hasta la casilla hamacándose en la
oscuridad como un borracho. Subió jadeando la escalera y lo tiró sobre el piso
de la galería. El cuerpo se aplastó contra las tablas con un ruido sombrío y
pareció que la casilla se iba a desplomar.
—No prendas
ninguna luz hasta que yo te diga —ordenó el viejo por lo bajo.
Después lo oí revolver en la cocina. Al
salir tropezó con el cuerpo del Oscuro, de manera que atravesó la galería de
una punta a otra. Quedó un rato en el suelo puteando en ese estilo confuso y
bastante licencioso que le venía a la boca cuando estaba fastidiado.
—No prendas
ninguna luz... ¿me has oído? —dijo de nuevo su voz desde el otro extremo de la
galería.
Yo asentí con la cabeza, pero como el
viejo no podía ver lo que hacía volvió a preguntar lo mismo en un tono
levemente enardecido.
Quitó el tronco, subió a la Anoreda y
con un botador la metió lo más adentro posible de la zanja. Luego blandió una
barreta y le hizo saltar una de las tablas del fondo. La embarcación tardó un
poco en hundirse. El viejo había vuelto a la casilla y todavía estaba a flote
como si no hubiera pasado nada, apenas un poco escorada de babor. Podía oírse
el gorgoteo del agua que ahora se mezclaba con los lamentos del Oscuro.
Lo alzamos del
piso de la galería y lo metimos en el cuarto. Entonces el viejo encendió una de
las lámparas de viento y la puso en el suelo, al lado del tipo.
—Se está yendo
en sangre —dijo después de echarle un vistazo.
Tenía metidas
dos balas del .38, una en el antebrazo y otra en el muslo del lado derecho.
Otra bala le había atravesado una pantorrilla, de manera que ya no estaba allí.
Pero lo más serio, y hasta cierto punto curioso, era que le faltaban dos dedos
de la mano izquierda.
—Vamos a ir por
partes —dijo el viejo, de rodillas, mientras se arremangaba.
Se metió de
nuevo en la cocina y volvió con el cuchillo de monte, la botella de caña
paraguaya y un frasco de bencina.
—Quiero la
camisa más vieja —dijo— o cualquier otro trapo decente, si hay.
El Oscuro se
había vuelto a desmayar.
El viejo se
restregó las manos con un chorlito de bencina y empuñó el cuchillo.
El Oscuro lanzó
un grito que se debe haber oído de una punta a otra del río. Pero ya no tenía
una de las balas.
—Yo te hacía
muerto —dijo el viejo.
Y cuando el otro fue a abrir de nuevo la
boca ya tenía afuera la otra bala. Así y todo el Oscuro se sintió en la obligación
de gritar. Pero como el viejo, ni bien abrió la boca, le metió el pico de la
botella, apenas alcanzó a articular un murmullo burbujeante. Un rato después
cantaba y deliraba dándole palmaditas a mi padre que forcejeaba para tenerlo
quieto.
—Vamos por
partes —decía el viejo—. No hay nada que más me reviente como esto de confundir
y mezclar las cosas.
Al fin el Oscuro
cayó en una especie de sopor y mi padre pudo terminar de curarlo. Todo lo que
hizo fue limpiarle alrededor de las heridas con un trapo empapado en bencina y
cubrirle cada una con un emplasto de sebo. Después se las vendó como mejor pudo
con los pedazos de la camisa más vieja y lo tendimos sobre una manta, ya
dormido o inconsciente.
Cuando salimos
afuera la luna estaba muy alta y la Arvoredo se había hundido todo lo
posible. Aparecía ladeada de babor, con el agua hasta la mitad de la cubierta.
Eso era bastante. A primera vista parecía un barquito abandonado allí hacía
algún tiempo. Que era exactamente lo que mi padre quería que pareciera.
Recuerdo esa noche
con la luna alta y brillante y el Oscuro gimiendo entre sueños y la Arvoredo
tumbada en la zanja como si acabara de suceder o estuviera sucediendo ahora
mismo, mientras anochece sobre el río.
Al otro día
cargamos al Oscuro en un bote y nos marchamos a un refugio que tenía el viejo
en el Miní, entre el Diablo y el Juncal, cuando todavía no estaba el
destacamento en la otra
orilla. No había forma de llegar a ese
lugar si uno no se guiaba por un pálpito. Así decía el viejo. El refugio en
cuestión era una carrocería de un ómnibus de La Central (Liniers-Plaza de
Mayo), uno de aquellos Brockway de color rojo. Todavía se podía ver el letrero
en uno de los costados. La carrocería estaba montada sobre unos durmientes de
quebracho y asegurada con unos puntales de sauce florecidos. Desde adentro le
parecía a uno estar viajando por la costa.
Antes de entrar el viejo pateó las
paredes a uno y otro lado con el propósito de espantar a las ratas, lo que
obtuvo a medias. Luego descargamos al Oscuro y las cosas que trajimos del
Desaguadero, incluyendo la victrola.
Cada semana el
viejo volvía a la casilla para echar una mirada. Aparte de eso, sea para matar
el tiempo, sea para matar el hambre, se dedicó a la pesca. Pero como sucedía
siempre con cada cosa nueva que comenzaba mi padre, al poco tiempo estaba
entregado a ella en cuerpo y alma. Ni dormía casi entretenido como andaba en
armar y complicar toda clase de líneas: de fondo, de flote, de semiflote, una
para los bancos, una especial para bagres, una con balancín para bogas y una
complicadísima de medio flote, con un cascabel de alarma, de su exclusiva
invención.
Al principio fue
cosa de él y de Olimpio. Yo los observaba desde la carrocería del Brockway sin
tomar parte. Iban y venían por la costa deteniéndose en los sitios donde el
viejo había enterrado una estaca para amarrar la línea.
Entretanto, el
Oscuro mejoraba de sus heridas. Allí estaba echado en un rincón del Brockway
sin decir palabra, hojeando alternativamente el Digesto Marítimo y las Batallas
del Siglo XIX, que
el viejo había traído de la casilla para que se entretuviera un poco.
Algún tiempo después andábamos todos
metidos en aquel asunto. El Brockway apestaba con el olor a pescado. Y los días
maduraban en el corazón del verano.
Estuvimos en eso
más de un mes. Hasta el día en que un manguruyú arrastró el bote del viejo más
allá de los Pozos del Barca Grande y cuando lo creyó acabado y lo trató de
izar, lo cual habría sido para su entera perdición, el pez lo sacó del bote y
medio le arruinó un brazo.
El viejo lo puteó y amenazó mientras
trataba de alcanzar el bote. Y una vez arriba juró que iba a volver.
—¡Voy a volver!
—gritó mi padre.
Y en un impulso
agitó el brazo maltrecho, amenazando hacia el río, y lanzó un bramido de dolor.
Efectivamente,
iba a volver. Pero con todo esto, sin alcanzarlo, mi padre estaba urdiendo la
sustancia de sus últimos días.
Regresamos a la
casilla del Desaguadero y reflotó la Arvoredo. Por el momento había
dejado la caña paraguaya y los discos brasileños y daba muestras de un raro entusiasmo.
—He decidido
cambiar de vida de punta a punta —anunció una vez sin dirigirse a nadie en
particular—. En eso estoy.
Como primera
medida cambió el aspecto de la Arvoredo, que desde entonces se llamó Ferrol,
seguramente en memoria de su viejo, es decir, mi abuelo, que era de El
Ferrol. Le alzaron la obra muerta, le colocaron un palo para una vela cangreja
y la pintaron de blanco. De la botavara colgaban algunos metros de trasmallo y
sobre la carroza llevaba tres o cuatro cajones para pescado. En esa forma el
antiguo bote del Speranza volvió a las andanzas bajo la amable
apariencia del Ferrol. La verdad que el procedimiento no era
absolutamente nuevo. Algunos años atrás, antes de comprar la draga, Pancho
Comercio había contrabandeado por el estilo. Mi padre le debía, además de
"el sistema", la mejor caña paraguaya que inflamó sus entrañas.
El viejo realizó
los dos primeros viajes, que fueron de tanteo. Salía con el Olimpio y una de la
veces se quedó a pescar en el Víboras. De todas maneras, como él dijo, era una
forma de reforzar "el sistema".
Por fin volvió a
salir el Oscuro, que entretanto había llegado hasta la batalla de El Álamo, en
el tomo II, y
recién entonces mi padre estuvo en condiciones de entregarse a aquella nueva
vida que había anunciado.
A primera vista
seguía llevando la misma plácida existencia que comenzó en el refugio del
Miní.
Pero lo
importante fue el cambio espiritual que provocó en mi padre aquella placidez.
Nada de lo que hacía parecía notable.
Sin embargo, si
alguna vez el viejo fue algo o representó al menos alguna cosa sucedió en esos
días. En todos esos largos días del verano que luchó con el agua como para
arrancarle un secreto y luego en el rigor y la soledad del invierno, cuando mi
padre era tan sólo una quieta llamita que se consumía sobre el río.
En el corazón
del verano habita el dorado. De manera que para ese tiempo mi viejo concentró
el entusiasmo en este pez, al cual engendra el sol del estío y es intenso y
cruel como ese sol que inflama el aire y enardece la sangre. Pero reservó una
parte para otro pez, completamente distinto, que habita en el corazón del
invierno.
Esa vez la
temporada se anunció en marzo con unos fríos prematuros, pero como sucede
invariablemente el pejerrey apareció en los primeros días de abril y, entre
junio y julio, la temporada alcanzó su plenitud.
Cuando
aparecieron las primeras señales en la tierra y en el agua el viejo, que desde
hacía un tiempo se sentía inquieto, comenzó a trabajar de firme con miras al
asunto. Fue como si estuviera esperando una señal. A principios de marzo dio
por terminada la temporada de verano. Le gustaba decidir esas cosas y tomar en
cuenta el curso del tiempo.
—Ya falta poco
para julio (se refería más bien al invierno en general, no a un tiempo preciso,
como alguien que está en marcha y se anuncia)... Está en el aire.
Y se desparramó en la galería y esperó
que muriese marzo con los ojos puestos en el cielo, más allá del horizonte,
como si aguardase esa señal.
Los días pasaban
lentos y todo era triste y alegre a la vez, en marzo. Le estaba creciendo el
pelo a Olimpio. El viejo se lo había cortado a comienzos del verano y el
aspecto miserable que tuvo desde entonces nos llenó de confusión. Los dos primeros
días no quiso aparecer por la casilla y en el tercero y el cuarto se limitó a
rondarla.
—¡Vení aquí!
—suplicaba mi padre en todos los tonos—. ¿Qué carajo te pasa?... ¡Vení aquí, te
digo!
En el quinto día
Olimpio aceptó su desgracia y volvió a acompañarlo en sus excursiones, pero de
cualquier forma su dignidad se había resentido.
Volvió a
crecerle el pelo en marzo y el viejo a fregarlo con aguarrás o con alcohol
alcanforado como si se tratara de un perro importante, examinando con
detenimiento las patas y las uñas después de cada salida según se hace con los
grandes corredores, los pointers, los setters o los lebreles.
Llegó, pues, el
frío.
Una tardecita el
viejo alzó la cabeza como si hubiese escuchado un ruidito, luego se puso de
pie, olió el aire y entró precipitadamente en la cocina.
A la mañana
siguiente, con la primera luz, dio comienzo a los grandes preparativos para el
pejerrey. Ante todo repasó las líneas que había fabricado especialmente para
este pez, que deben ser en extremo sensibles. Examinó en particular la punta de
los anzuelos. Los probaba con las yemas de los dedos, mirando hacia otro lado,
como si templara las cuerdas de una guitarra. Cuando no estaba satisfecho con
alguna la retocaba con un papel de esmeril muy fino. Fabricó dos líneas más, de
crin de Florencia, una de la boyas negras para la pesca diurna y otra de boyas
blancas para la nocturna. Luego sacó el bote a tierra, le hizo una cajonada a
popa, le removió el calafate, lo pintó de color amarillo con una franja de
color rojo y lo echó al agua. Parecía nuevo y era visible desde muy lejos.
Fuera de los
días en que aparecía el Oscuro con el Ferrol y se encerraban en aquel cuarto
repleto de misteriosos cajones y de cachivaches, el viejo se pasaba el resto de
la semana metido en el bote. Salían en la madrugada, él y el Olimpio, para
regresar un poco antes del mediodía. Después de la siesta repasaba los aparejos
y volvía a largarse al atardecer, provisto de un farol. En lo más crudo del
invierno, una o dos veces en la semana pasaba la noche afuera subiendo y
bajando con el río sobre el cual se consumía su luz, sin despegar los ojos de
la imprecisa línea de boyas.
Se ponía el
farol de viento entre las piernas para calentarse, o el Primus con una lata
desculada sobre el mechero para reparo de la llama.
Unas veces
quedaba sobre los bancos, al fondo del Desaguadero. Otras entraban al Patí o
al Raya o subía hasta el Víboras o bajaba hasta la punta del Canal Este o salía
a los bancos, al fondo del Desaguadero. Pero otras la lucecita se perdía sobre
el gran río. Algunas veces iba con él, pero prefería quedarme en tierra y
vagabundear por el monte. La pesca es una cosa de viejos. Precisamente yo había
visto todo eso sobre el rostro de mi padre: esa serenidad y esa lejanía, esa
especie de ausencia que aparece en los rostros de los viejos.
De todas maneras
mi padre prefería, por su parte, que me dedicara a pescar mandufias con el
mediomundo. El viejo empleaba carnada "blanca" y en especial la que
proporcionaba la mandufia, que se saca cerca de la costa.
Por lo general
pescaba "a camalote". Es más difícil, pero los piques son más francos
y los pejerreyes más grandes. Todo esto lo había aprendido con los años y a su
tiempo, yo lo aprendí de él. Solamente un viejo solitario podía saber tantas
cosas acerca de un asunto que parecía tan simple:
—Por supuesto,
es todo relativo y el río mismo te dirá cada vez lo que tengas que hacer... Hay
que poner la proa al viento, como digo, y aguantarse suavemente con los remos.
En un día calmo es más o menos fácil, pero el viento complica las cosas... La
línea de boyas siempre adelante, es decir, por el lado de popa. Con un palito
dibujaba en la tierra la silueta de un bote y luego, a medida que hablaba, una
serie de flechas.
—Aquí la
corriente... Aquí el viento... Aquí las boyas... o aquí, a la altura del bote.
Pero nunca atrás porque el pejerrey pica cuando sube... ¿Está claro?
Recuerdo todo
eso, su voz y su rostro de viejo, aunque todavía no lo fuera, y ese aire de
ausencia que trajo del río.
Ya había visto
una vez, a fines de otoño, aquel barco de aspecto tan singular que apareció
lentamente sobre el río emergiendo con dificultad de la cerrazón que cubría el
Canal Este. Era enorme y silencioso y parecía a punto de desvanecerse.
Según el viejo,
se trataba de una goleta de carga de las que se ven entre Bahía y Río Grande do
Norte, las cuales conservan el mismo aspecto que hace trescientos años. El
tercio de popa parecía una casa. Se llamaba Alagoas. Su nombre, su
aspecto y ese tiempo de otoño despertaron en mi padre una gran nostalgia. El
barco se desvaneció en medio del Canal, hacia el sudeste, con las tres velas
firmemente desplegadas. Y fue como si al viejo le arrebataran el alma.
Por lo que
recuerdo, jamás vi un tipo más estrafalario que el Cuervo Abelleira, incluyendo
a mi viejo. La verdad es que lo vi esa sola vez, ese mismo invierno, pero era
un tipo difícil de olvidar con su linda pinta de malevo, sus bigotes aceitosos
y aquel raído palmbeach que le otorgaba una melancólica distinción. Debajo de
los bigotes asomaba medio Avanti, por lo general apagado y que apuntaba con
notable precisión hacia donde se le antojara señalar, ya que por lo común no
sacaba las manos de los bolsillos como no fuese para jugar al tute o al mus.
El Cuervo había
hecho del Alagoas una especie de casa flotante. Colgaban por todas
partes trasmallos y mediomundos y ropas puestas a secar y de cada lado de la
carroza un par de macetas con culantrillos. La cubierta estaba repleta de
cajones para pescado de los que brotaba un olor nauseabundo. El casco, los
palos y los costados de la carroza, que parecía una casilla o una serie de
casillas, habían sido pintadas de blanco. La espiga de los palos y el botalón,
de rojo. Aunque a decir verdad la pintura estaba tan deslucida y mugrienta que
no se podía hablar de colores con demasiada propiedad. El Cuervo vivía a bordo
con dos tipos silenciosos y una húngara. Decían que era húngara. Recuerdo tan
solo un rostro blando y redondo que cambiaba de ventana.
La historia del
Cuervo Abelleira arranca mucho antes del Alagoas, desde los días del Flora.
Primero oí hablar de ese barco en el estilo fabuloso de la costa y luego lo
vi por espacio de varios años montado sobre tacos en el varadero de la Prefectura.
Parecía navegar en el aire con ese porte invencible de las viejas
embarcaciones. En realidad, lo habría podido traspasar con un dedo de reseco y
podrido que estaba. Pero yo lo veía así, remoto y espléndido como una estrella.
Un buen día
desapareció la obra muerta. Así y todo, con el casco pelado, seguía siendo el Flora
y no había menguado su antiguo esplendor. Pero otro día, al cabo de otros
años, desapareció también el casco. Fue un día de tristeza. Algún tiempo
después descubría el casco y la obra muerta, apenas separados por unos metros,
en el pequeño cementerio de barcos, del otro lado de la Prefectura. Pero no
quise reconocerlos, por una especie de piedad.
En aquel
entonces el Cuervo Abelleira tenía tres barcos dedicados al contrabando: el Navarro,
el Dichosa Madre y el Torito, que pasaban por pesqueros. El
Cuervo era un hombre con ideas propias y eso fue, en definitiva, lo que lo
arruinó. Mientras los tres pesqueritos estaban en lo suyo, con el Flora,que
era el más veloz y el mejor equipado, se dedicó a mexicanear. Ésa fue
una de aquellas ideas, hasta cierto punto feliz, con exactitud hasta que se
cruzó con el Verdi, de Pancho Comercio, y la cosa terminó en una batalla
naval. El Verdi se incendió y el Flora fue apresado por la
Prefectura, mientras las dos tripulaciones ganaban la costa a nado.
Así terminó el Flora y en cierto
modo toda aquella época.
El Cuervo volvió
cinco años después con el Alagoas, pero según el viejo para ese tiempo
ya había perdido la garra. Aquellos ojos estaban ahora vacíos y todo su rostro
respiraba una profunda tristeza. Detrás de sus palabras y de sus gestos
habitaba la misma melancolía que en el corazón de mi padre. No era la vejez,
porque ninguno de los dos era realmente viejo, sino ese humor vagabundo que les
viene del río y que los penetra como la humedad. Algo que se apodera de uno
poco a poco y está en los barcos y las islas y la costa. Sobre todo en ese
ancho río que se pierde en el horizonte hacia el sudeste, contra el cielo
impreciso del atardecer.
El Alagoas era
pesquero, vivienda y barco almacén. Todo eso a la vez. En ocasiones, durante el
verano, el barco pensión, como el Cheroga. Debajo de todo, naturalmente,
su fuerte era el contrabando.
El viejo había
oído hablar del Cuervo Abelleiras como de un ser fabuloso (no mucho después se
hablaría en la misma forma de mi padre, aunque ahora nadie lo recuerda. Ni
siquiera recuerdan al Cuervo), pero no lo conoció hasta aquel invierno. Esa vez
el Alagoas apareció fondeando en el Canal Este. Se alcanzaba a ver desde
el Desaguadero. El viento traía las voces que sonaban extrañamente claras, muy
por encima del barco, como si brotasen de otra parte. Una noche escuchamos los
resoplidos de un acordeón y estuvimos los dos echados en el fondo del bote con
los ojos perdidos en las luces que se mecían sobre el agua, hasta que la
oscuridad absorbió la última nota.
Al quinto día el
viejo salió al Canal, tiró una línea de flote arriba del Alagoas y se
dejó llevar por la corriente en dirección del barco. El Cuervo estaba en la
cubierta jugando al tute con los tipos silenciosos. "Envidaba" o
"quería" con una voz grave y reposada.
Lo debió ver cuando salía del Desaguadero
y después cuando remontó el Canal y arrojó la línea y se vino despacito sobre
el barco. Pero siguió "envidando" y "queriendo" como si no
viese nada realmente.
Hasta que lo
tuvo delante mismo de la punta de sus botines y entonces lo miró apenas por
encima de las barajas y dijo sin alzar la voz:
—Lo estaba
esperando. Estaba esperando un tipo cualquiera para echar un mus como Dios
manda. ¿Quiere subir?
Jugaron hasta el
fin del día. Al mus simple, al mus francés, al truco, al tute ordinario, al
tute americano, al tute arrastrado, al tute de remate. En mitad de la tarde
comenzaron con el truco "de gallo", de manera que desapareció uno de
los tipos. Primero hicieron el gallo por turno. Pero después el viejo o el
Cuervo hacían de "gallo fijo". Al caer la tarde quedaron solos.
Entonces siguieron el resto de la noche también, sin cambiar palabra, nada más
que "quiero" o "envido" o "flor" o
"truco" o "paso" o "envido y yo", bebiendo a
traguitos de una jarra de loza que el Cuervo llenaba cada tanto, hasta que se
levantó por última vez y trató de llegar a la cabina, pero se desplomó en medio
del pasillo y se quedó dormido con la jarra en la mano.
El viejo se descolgó en el bote como
pudo y volvió a la casilla. Tardó una eternidad en subir la escalera y otra
eternidad en entrar al cuarto. Después volvió a salir a la galería y un poco
antes del amanecer oí que cantaba Praga Onze.
O'
Deus eu me acho tao cansado
Ao
voltar da batucada
Que
tomei parte lá na praca onze.
Ganbei
no samba, oh! .
Un
arlequim de brome
Minha
sandalia quebrou o salto
E
perdí o meu mulato lá no asfalto.
Ahora me acuerdo.
El final del
invierno estaba en el aire por más frío que hiciera. El viejo vio las señales
en el cielo y en la tierra. Y también sucedieron algunas cosas dentro de él
porque todavía no estaba muerto. El pejerrey comenzó a alejarse de un día para
otro, pero de todas maneras mi padre se había adelantado al tiempo y fijó la
última salida justamente para entonces, para fines de agosto. Luego repasó las
líneas, las enrolló cuidadosamente y las metió en un cajón, en el cuarto de
los trastos.
—Ahora a otra
cosa —dijo.
Y se pasó una
semana tumbado en la galería observando aquellas señales del tiempo.
La proximidad de
la primavera ejercía una influencia especial sobre mi viejo. Parecía rejuvenecer
de pronto y lo poseía una extraña inquietud.
De un estado de
placidez meditativa saltaba bruscamente a otro de incontrolada actividad, como
si dentro de su pecho la vida y la muerte libraran un encarnizado combate.
Al término de la semana comenzó a preparar
las líneas para los peces del verano. Pero su cabeza, o mejor dicho su corazón,
estaba en otra cosa. Así fue que después de unos días abandonó las artes de
pesca y con el mismo entusiasmo se dedicó a cambiar el aspecto de la casa como
parte de un plan más vasto destinado a cambiar su propia vida. Siempre que el
viejo decidía cambiar de vida comenzaba por cambiar cualquier otra cosa.
Generalmente no terminaba de hacerlo con ninguna de las dos. De manera que
abandonó la casa por los canastos de mimbre. Subió hasta el Gallito con el Ferrol
y volvió con varios atados de mimbre "en jugo". Armó un
"pelador" y peló los mimbres. Después armó un "burro"
debajo de la casilla y fabricó varios fondos de distintos tamaños. Eligió un
fondo cualquiera y terminó el primer canasto.
Parecía
realmente entusiasmado con el asunto. Pero tampoco en esto estaba su corazón,
como no fuera en el cambio mismo, mientras la vida brotaba por todas partes a
empellones cercándonos con una muralla verde poblada de extraños rumores.
Al principio
todo parecía suceder un poco lejos y hasta en otro tiempo porque el invierno
habitaba todavía entre nosotros y nos había penetrado el alma. Entre agosto y
septiembre cayeron aquellas lluvias por espacio de cinco días, con algunos
intervalos grises colmados de espera en esa rara laxitud que precede a las
tormentas. Pero aún en medio de la lluvia el viejo escuchaba aquellas voces de
fines de septiembre atravesando los últimos días del invierno.
El tiempo se
había adelantado aquel año. La verdad que agosto estaba apenas maduro y ya
habían florecido los sauces de la costa. Un día el aire amaneció ligeramente
verde. Era una niebla muy tenue que se mantuvo inmóvil entre las ramas de los
árboles. Los cinco días grises que siguieron después no pudieron disimular ese
alboroto de color que estallaba silenciosamente cada mañana y al quinto día
exactamente, en una pausa de la lluvia, oímos a lo lejos, el dulce silbido del
zorzal.
La primavera
estaba ahí.
Mi padre, que
confería a todas las cosas un sentido especial, bebió con el Oscuro una
botella de caña paraguaya y escuchó con cierta unción Praga Onze. Tendido
en la galería, a la altura de las primeras ramas, uno creía flotar en aquella
nubecita verde que fue cobrando intensidad con los días, como si brotara más
bien de nuestro recuerdo, para fijarse en el tiempo usurpando aquel largo vacío
del invierno.
También con los
días el silbido del zorzal se hizo más frecuente y se fue aproximando. Nunca
nos habíamos detenido a pensar que, por más lejos que sonara, el pájaro debía
hallarse en algún lugar del monte. Por el contrario, nos sentíamos inclinados
a pensar que se trataba de un presagio, de un anuncio desde otro tiempo de
alguna manera situado delante del nuestro y en marcha hacia nosotros. Era muy
dulce aquella suerte de anticipo y aquella espera, fluctuando entre el invierno
y el verano.
Si bien fueron
unas lluvias un poco fuera de lo común (aunque en esto mismo se ve ya una señal
del tiempo, ese momento de indecisiones, trastornos y desmesuras que acompaña
a la primavera), el viejo no parecía prestarles atención. Veía más allá, detrás
de ese velo plomizo que penetraban sus ojos, los días fijos y deslumbrantes del
verano que alcanzaba con su mirada de viejo.
Yo mismo, con
distintos ojos, alcanzaba a ver una parte. Especialmente los días jubilosos de
la primavera animados por esa misma ansiedad que se apoderó de nosotros después
del letargo de agosto, cuando la claridad comenzó a demorarse en el umbral déla
noche y la luz y las tinieblas parecían indecisas, sin acertar con el paso.
Allí está mi
padre, en el recuerdo, apenas desdibujado por los años, chapoteando bajo
aquella lluvia al parecer interminable. Lo veo pasar ahora mismo, una y otra
vez, cubierto con aquel capote que olía a humedad, atareado en cosas incomprensibles,
deteniéndose de tanto en tanto para observar el cielo o escuchar un ruidito.
Recuerdo esos
días, recuerdo el aire y la luz de esos días, porque fue la primera vez que
sentí los mismos síntomas que mi padre, esa oscura ansiedad que me oprimía el
pecho. Por primera vez, como mi padre, sentí la alegría y la tristeza de ser
un hombre solitario, y ansié metas distantes y aguardé la mañana seguro de
grandes acontecimientos, y por la noche me estremecí de imprecisos deseos,
percibiendo voces y ruidos remotos suspendidos como esferitas en la laxitud de
las sombras, desplazándose según el viento.
A fines de
septiembre oímos claramente la voz del zorzal y nos miramos confundidos. ¿Era
una señal? Algo nos apremiaba en aquella voz.
Había otra cosa
y era esa leve fragancia que en determinados momentos llegaba del monte sin
poder precisar su origen porque no era un olor único y reconocible, como el del
jazmín del país, por ejemplo, sino un olor vago y general, un olor del tiempo.
Y el río trajo sus cosas también. Sobre todo aquel llamado que nos urgía desde
todas partes, principalmente desde el río abierto que resplandecía cada vez
más. Entonces nuestros pechos se dilataron como si les faltara el aire y se
apoderó de nosotros un ansia desmesurada de partir porque la tierra debajo de
nuestros pies se había tomado extraña y todos los lugares estaban allí, de
alguna manera presentidos, enviándonos sus mensajes a través del río.
En el quinto día
alumbró el sol sin que dejara de llover y el viejo terminó los canastos. Fue
una de las pocas cosas que terminó esa primavera.
Siguieron a
aquellas lluvias unos días frescos y apacibles, durante los cuales fabricó una
curiosa serie de plomadas antigiratorias o destorcedoras y dos cucharas de 120
gramos bastante parecidas a la "Gramajo". Era harto dudoso que fuera
a emplear alguna vez nada de esto. Más bien toda esa profusa actividad
constituía un fin en sí mismo. Después comenzó a preparar una línea para el
"dorado", en la cual había meditado largamente. Era una línea
formidable. Pero con todo lo formidable que era no la llegó a terminar.
Había llegado
octubre.
Y en octubre
decidió por fin aquella cosa que lo tuvo ocupado hasta el final de sus días.
—Óiganme bien
—dijo—. Mañana a primera hora nos vamos de aquí. Vamos a cargar la Arvoredo (él
decía siempre Arvoredo porque un barco nunca cambia de nombre y el
nombre y el barco son la misma cosa) y nos vamos al Honda... Hace tiempo que lo
tengo planeado.
Hacía tiempo, en efecto. Un día, tres
años atrás, me había dicho, señalando la punta del Honda desde el bote:
—Quisiera vivir
en un lugar así el resto de mi vida.
Cargamos, pues, la Arvoredo y a
la mañana siguiente partimos llenos de proyectos hacia lo mejor del verano.
El viejo ya
tenía elegido el lugar, después del Hambrientos, en lo que es hoy la isla YCA,
con el Paraná y los grandes barcos que parecían venir hacia allí, hacia ese
lugar preciso, antes de abrirse y doblar delante de la boya de bifurcación.
Trabajé con el
Oscuro en la nueva casilla mientras el viejo echaba las bases de aquel proyecto
suyo que nació de su corazón en mitad de la primavera.
La casilla estuvo terminada y octubre,
con sus días templados y sus noches frías, también. Pero todavía ignoraba lo
que se había propuesto mi padre.
El viejo era, así,
sobre todo al comienzo del verano. Daba muchas vueltas antes de orientarse en
firme, como si de tanto en tanto extraviara la pista de sus deseos. Pero ahora
era evidente que estaba sobre ese rastro y si se demoraba antes de la cuenta
era porque el asunto lo requería así.
En dos semanas
todo lo que hizo fue un claro cerca de la costa. Y luego se pasó otras dos
rondando por allí con las manos en los bolsillos, sin prestarnos ninguna
atención. Recorría la isla en todas direcciones como si se tratara de un simple
patio o de cualquier otro lugar despejado.
A veces
reaparecía desde el monte con las ropas desgarradas y las manos cubiertas de
tajitos enrojecidos. Pero él no reparaba en nada de eso. Tenía la cabeza en
otra cosa.
Olimpio, por su parte, caminaba pegado a
él con ese aire sumiso y reconcentrado con que lo siguen a uno, acaso en la
creencia de que el viejo partía definitivamente cada vez que se alejaba de la
casilla. Cien veces al día.
A menudo el
viejo se paraba en medio del claro que había abierto o lo observaba desde lejos
deteniéndose bruscamente en plena marcha, como si allí hubiese algo.
Entre tanto el
verano progresaba. Una mañana cualquiera advertimos el distinto color de la
luz, esas manchas espesas en el monte, ese brillo del aire sobre el río, y
recién entonces supe cuan lejos estaba el invierno. Ya no había nada que
esperar. Podíamos instalarnos sólidamente en los días placenteros del nuevo
tiempo. Aquella dormida ansiedad bajo la luz macilenta de julio había
desaparecido. Aunque sólo supe de ella cuando reparé en su ausencia.
El viejo partió
una madrugada en la Arvoredo.
Se despertó en
la oscuridad y partió.
Dos días después
estaba de vuelta. No había pasado la boca del Arroyón, no habría pasado
siquiera el surtidor, cuando oímos la tosecita pachorrienta del Penta.
—Viene cargado —dijo el Oscuro.
Así era, en
efecto. Descargamos un rollo de madera y una caja de herramientas y algunas
latas de pintura. Por último el viejo metió la mano en uno de los bolsillos y
extrajo una brújula seca del tamaño de un reloj. A primera vista parecía
efectivamente un reloj. Pero al viejo jamás le habría pasado por la cabeza
regalarme un reloj.
—No se me
ocurrió otra cosa —dijo encogiéndose de hombros.
Y esa misma tarde comenzó a trabajar en
lo suyo.
¿En qué andaba mi padre de una vez por
todas?
—Es algo que
estaba dentro de mi corazón —dijo al cabo de una semana, cuando aquella cosa
cobró forma en el centro del claro que había abierto cerca de la costa—. Hace
tiempo que lo tenía ahí.
Lo examinamos en
silencio, y la verdad que estaba bien hecho.
Había trabajado
en eso día y noche, porque dormía muy poco y además estaba en él hacer las
cosas en esa forma, de una vez. Apenas caían las sombras encendía una lámpara
de carburo y seguía serruchando y martillando y taladrando con esa concentración
que se apoderaba de mi padre siempre que comenzaba algo. No hablaba casi nada.
Unas pocas frases, más bien incomprensibles, dirigidas a Olimpio. Prefería
silbar o cantar y a veces maldecir.
Al cabo de una
semana, pues, aquello salió de su corazón, y parecía satisfecho. Porque dijo:
—Un hombre como
yo sin un barco como yo no está completo. He tardado un tiempo en comprenderlo.
De manera que
estaba en eso: "un barco como yo". ¿Qué entendía mi padre por
semejante cosa? Él mismo lo dijo, o trató de decirlo.
—Un barco así ha
de salir completamente de mis manos... No hay ni clavo, ni madera que no tenga
un sentido. Ni clavo, ni madera que desde su origen haya sido pensada para otra
cosa...
La verdad que
sonaba bastante raro.
Según entendí
luego, un barco, para su gusto, debía resultar una buena combinación entre un
barco de placer y un barco de labor. Líneas esbeltas, pero no rebuscadas. Ni
viejo ni nuevo o, en todo caso, más bien un poco viejo. Sencillamente, tenía
que ser marino. Esto es, pienso ahora, con ese aire errátil que asoma al
rostro de un vagabundo, por ejemplo, esos tipos que trae y se lleva el
verano... Sí, supongo que el viejo quería decir eso.
Eligió cada madera y cada tornillo y
cada cosa de acuerdo a sus deseos. Por eso tardó una semana. Y ahora el casco
estaba allí, o mejor dicho, tan sólo el esqueleto, de manera que podía
descansar un rato porque había aprisionado a su deseo en aquella jaula de
madera y lo podía contemplar cada día sin sobresaltos, como a un pájaro. Ya no
era un fantasma. Ya no era una sombra o una nostalgia que le rondaba el alma.
Ahora estaba ahí de alguna manera.
Sin embargo mi
padre había llegado tarde y su deseo era demasiado viejo. El verano maduró
hasta enero y el casco estaba todavía allí, tal cual, con la proa apuntando
hacia el río y las costillas un poco grises y resecas flotando blandamente en
la penumbra del ocaso como si estuviera a punto de partir.
El viejo
descansó unos días tumbado al frente de la casilla con las manos en los
bolsillos y los ojos puestos en su obra, todavía canturreando un poco. Pero
cuando se puso de pie y pareció que iba a acometer de nuevo se limitó a rondar
en torno a la armadura, como al principio, deteniéndose de tanto en tanto en
plena marcha para volverse y observar por encima del hombro al barco de su
corazón, que estaba mitad en su cabeza y mitad en el claro que había abierto en
la primavera, a pocos metros de la costa. Eso fue todo.
Al terminar
enero vimos aparecer al Alagoas, desde el Urión. Pasó por el medio del
río en la luz de la tarde y oímos sus voces en la cresta del viento. El viejo
agitó una mano, pero tal vez no lo alcanzaron a ver. Fue la última vez que
vimos al Alagoas, con su carroza parecida a una casilla y las macetas de
culantrillos y ese aire lejano semejante al del Flora, porque
desapareció para siempre. El Cuervo Abelleira y la húngara y los dos tipos
silenciosos. Nosotros lo ignoramos entonces, yo y el Oscuro, pero mi padre lo
presintió de lejos porque entendía a los barcos. Y el de su corazón había
partido también, en cierto modo, y para siempre.
Ahora era
evidente que evitaba acercarse al casco. Por más que algunas veces se detuviera
y lo palmeara como a un viejo caballo y dijera sin quitarse el cigarro de la
boca:
—Un día de éstos
vamos a salir por ahí.
Fue el tiempo,
en mitad del verano, que maduró en su rostro ese aire afable y desesperanzado
que más tarde iba a descubrir en el rostro de otros tipos, aquí en la costa.
¿Qué había
pasado? Mi padre estaba viejo, viejo por dentro igual que esos grandes sauces
que un buen día amanecen en el suelo. ¿No era acaso un síntoma el hecho de que
no le hubiese puesto un nombre? En sus buenos tiempos habría empezado por ahí.
Ahora, a la
distancia, todo eso es evidente porque en alguna forma el viejo está en mí.
Padece y busca su deseo, el nombre, que es lo mismo, a través de mí.
Cuando presintió
el fin del verano, que para eso se pintaba solo (lo presintió en la plenitud
del tiempo por esos signos sutiles de la madurez, cuando la muerte de tan
remota parece imposible), volvió al asunto de la pesca.
Ese año los
barcos de placer comenzaron a aparecer en los parajes que frecuentaba. No era
gran cosa. Ni siquiera hoy es gran cosa. Si algo sobra en esta parte del mundo
es donde estar solo. De cualquier forma el viejo comenzó a alejarse en busca de
otros más solitarios.
—He oído decir
que hay buena pesca adentro del Diablo.
Y otra vez:
—Voy a rodear
por afuera hasta el Miní. Después subo hasta el Correntoso por adentro...
Cuatro o cinco días. No más de cinco.
Fueron muchos
más. Pero al viejo le resultaba como si se movieran las islas, no él, y el río
le trajera esos lugares. De manera que no había más que cargar el bote y salir
al medio del río y esperar. Las cosas llegaban solas.
Al poco tiempo
olvidó el motivo inicial de aquellos viajes y comenzó a vagar de un lado para
otro sin preocuparse demasiado por la pesca. Llevaba siempre consigo dos o
tres cartas Neptunia y tomó la costumbre de anotar en los planos cualquier dato
que el cartógrafo había pasado por alto. Al final, en lugar de aparejos, salía
cargado de planos y hojas de papel y lápices de colores y unos viejos
prismáticos Krauss.
Hasta que esto
perdió también su interés. Entonces enmudeció del todo y se limitó a vagar
sobre el río las horas y los días.
La maleza
comenzaba a cubrir el claro que abrió un día cerca de la costa y ocultaba en
parte el armazón del casco. Pero él ni siquiera miraba ahora hacia allí y, de
todas maneras, no estaba casi nunca en la casilla.
Dos o tres veces
salí con él. No habló ni una palabra. Ya no decía "Hijo, esto",
"Hijo, aquello", como tenía por costumbre y como a mí, después de
todo, me gustaba oírselo decir. Ya no decía nada. Se sentaba en medio del bote
y comenzaba a remar con esa pachorra propia de los viejos, sin proponerse
llegar a ninguna parte. Por la noche nos acurrucábamos en el fondo del bote y
dormíamos cubiertos con una lona, el perro entre los dos. Muchas veces llegué a
olvidarlo, pero otras me volvía hacia él impresionado de pronto por esa gran
soledad que despedía mi padre, y contemplaba su rostro.
Fue una ilusión
eso de olvidarlo. Ya para entonces el viejo había penetrado en mi vida de una
manera lenta y obstinada. Ahora, en el recuerdo, revivo aquel aire taciturno,
ese estar y no estar en medio de las cosas, esa turbadora presencia del cuerpo
abandonado al tiempo, esa leve y remotísima ironía.
Pero, después de
todo, no sé si eso sale de él o de mí.
Entonces no advertí nada expresamente, o
casi nada, porque la vida pugnaba dentro de mí y estaba impaciente por mi
estrella. Fue mucho más tarde, el día que me senté en la costa y me comenzaron
a rondarlos recuerdos. Una tarde cualquiera de verano.
El último tiempo
fue un largo y casi ininterrumpido vagabundeo sobre el río.
En realidad
parecía buscar algo. Su corazón nunca estaba allí donde estaba el resto de su
cuerpo. Siempre más adelante, o en cualquier otro lugar, pero no allí.
Una confusa
ansiedad, apenas una llamita vacilante, lo apremiaba cada mañana con mansa,
pero terca insistencia. Conozco ahora esa misma ansiedad. Esa congoja y esa
alegría a un mismo tiempo, ese anhelo desasosegado por algo impreciso que le
hace a uno erguir la cabeza y aspirar profundamente como si le faltase el aire.
En el caso de mi padre había una meta,
sólo que no acertaba con ella. Porque el objeto de su deseo estaba en casa, en
el claro junto al río, dormido contra el cielo como un pájaro embalsamado.
De manera que
dondequiera que fuese lo seguiría su ansiedad.
Hasta que partió
por última vez, una mañana de marzo, cuando ya los signos del tiempo eran
completamente claros. Lo vi cargar el bote, cada cosa en su lugar, y los
aparejos de pesca en la cajonera de popa. Y partió.
Una semana
después no había vuelto. Un mes después no había vuelto.
Alguien oyó los ladridos del perro,
desde el río abierto, atropellándose y rebotando en la distancia. Era una cosa
bastante curiosa que vinieran desde ahí. Luego languidecieron y cesaron en la
placidez de marzo y el que los había escuchado pensó que efectivamente se
trataba de una ilusión.
Pero el Maldonado, que un día se
apartó de su rumbo, en la primera crecida de abril, encontró el bote boyando en
medio del río, cerca de donde en el 34 se hundió el 1º Clara Donato. El
viejo y el perro estaban acurrucados en el fondo del bote como si durmieran. Eso
parecía, salvo aquel olor que nos alcanzó de lejos cuando el Maldonado lo
remolcó hasta el Honda.
El Oscuro cubrió
el bote con algunas tablas del barco. El viejo había dicho: "Para la
tablazón, viraró. Para la cubierta, petiribí, que es la teca americana".
De manera que lo cubrió con petiribí, aguantando la respiración mientras
clavaba las tablas, y lo enterramos con bote y todo en el claro que había
abierto cerca de la costa, al lado del esqueleto de madera.






































