
Espadas como labios (poemas
escogidos).
Vicente Aleixandre.
De 1 – a Dámaso Alonso
Esas risas, esos otros
cuchillos, esa delicadísima penumbra…
Abre las puertas todas.
Aquí al oído voy a decir.
(Mi boca suelta humo.)
Voy a decir.
(Metales sin saliva.)
Voy a hablarte muy bajo.
Pero estas dulces bolas de
cristal,
estas cabecitas de niño que
trituro,
pero esta pena chica que me
impregna
hasta hacerme tan negro como
un ala.
Me arrastro sin sonido.
Escúchame muy pronto.
En este dulce hoyo no me duermo.
Mi brazo, qué espesura.
Este monte que aduzco en
esta mano,
este diente olvidado que
tiene su último brillo
bajo la piedra caliente,
bajo el pecho de duerme.
Este calor que aún queda,
mora ¿lo ves?, allá más lejos,
adonde no llegarán nunca tus
besos.
Escúchame. Más, más.
Aquí en el fondo hecho un
caracol pequeñísimo,
convertido en una sonrisa
arrollada,
todavía soy capaz de
pronunciar el nombre,
de dar sangre.
Y…
Silencio.
Esta música nace de tus
senos.
No me engañas,
aunque tomes la forma de un
delantal ondulado,
aunque tu cabellera grite el
nombre de todos los horizontes.
Pese a este sol que pesa
sobre mis coyunturas más graves.
Pero tápame pronto;
echa tierra en el hoyo;
que no te olvides de mi
número,
que sepas que mi madera es
carne,
que mi voz no es la tuya
y que cuando solloces tu
garganta
sepa distinguir todavía
mi beso de tu esfuerzo
por pronunciar los nombres
con mi lengua.
Porque yo voy a decirte
todavía,
porque tú pisas caracoles
que aguardaban oyendo mis
dos labios.
De 2 – a Federico García
Lorca
POR ÚLTIMO
Voy a cantar doblando;
canto con todo el cuerpo;
por levantar montañas
dominadas,
por sonreír cuando la luna
puede.
Soy, dicen, un jardín
cultivado,
una masa de sueño no
exprimido,
una esperanza amada por lo
próspero,
todo lo que se nombra o
sonríe.
Así alejar un brazo como
designio,
dejar que vaya lejos como no
nuestro,
que compruebe el poniente o
el dolor,
esos temores últimos
tangibles.
La lontananza es una canción
distraída;
mientras yo estoy besándote
qué importa
que allí por los finales
extinguiéndose
cinco, diez, treinta luces
se queden mudas.
Tamborilear unos dedos
remotos.
Que esa funesta sombra no
acaricie,
que sí compruebe la
veracidad de occidente
o la de nuestras carnes ya
mortales.
Que yo aquí tenga la frente
como un árbol,
que yo mismo me asuste. No,
no quiero;
quiero besar como el
jilguero pálido,
como la cera en que está
convertido.
Quiero un bosque, una luna,
quiero todo,
¿me entiendes? Todo, todo,
hasta lo horrible,
esos cabellos de saliva
extensa.
Pero allí, allí, allí lo
remoto,
ese aroma que nace de la
masa,
esa flor que hacia abajo
busca el cielo
o el rostro contraído en el
contacto.
No aquí. Aquí está tendido
lo más fácil;
voy a inventar un cuento o
una espuma;
aquí están las miradas o las
aguas.
Dulces corrientes, fáciles
promesas,
un rasguear de pérdidas o
añoros,
una alabanza que se escucha
y gusta
lo mismo que una cara que se
borra.
Yo aspiro a lo blanco o a la
pared, ¿quién sabe?
Aspiro a mí o a ti o a lo
llorado,
aspiro a un eso que se va
perdiendo
como diez dedos, humo o lo
ya atónito.
Lejos veo el camino o el
desprecio,
ese desdén ceñido por la
prisa
que se evade si acaso como
pájaro,
como si nada ya valiese el
vuelo.
Nardo, jazmín o lúcidos
rencores;
luna mordiente o tálamo
escupido;
todo es carbón que duele y
que solloza
sobre lo falso vegetal que
existe.
De 3 – a Manuel Altolaguirre
VERDAD
SIEMPRE
Sí, sí, es verdad, es la única verdad;
ojos entreabiertos, luz nacida,
pensamiento o sollozo, clave o alma,
este velar, este aprender la dicha,
este saber que el día no es espina,
sino verdad, oh suavidad. Te quiero.
Escúchame. Cuando el silencio no existía,
cuando tú eras ya cuerpo y yo la muerte,
entonces, cuando el día.
Noche, bondad, oh lucha, noche, noche.
Bajo clamor o senos, bajo azúcar,
entre dolor o sólo la saliva,
allí entre la mentira sí esperada,
noche, noche, lo ardiente o el desierto.
De 4 – a Luis Cernuda
BLANCURA
Espina tú, oído blanco.
Mundo, mundo,
inmensidad del cielo, calor,
remotas tempestades.
Universo tocado con la yema,
donde una herida abierta
ayer fue abeja, hoy rosa,
ayer lo inseparable.
Soy tú rodando entre otros
velos,
silencio o claridad, tierra
o los astros;
soy tú yo mismo, yo, soy tú,
yo mío,
entre vuelo de mundos bajo
el frío,
tiritando en lo blanco que
no habla,
separado de mí como un
cuchillo
que separa dos rosas cuando
nieva.






































