
Pere Gimferrer: Poética, 1970
Empecé a escribir poesía de un modo más o menos deliberado y consciente -antes hubo tanteos infantiles- a los trece años, es decir, en el momento de mi más grave crisis de adolescencia. Mi precoz dedicación a la lectura proviene quizá de mis meses de convalecencia de una enfermedad de la infancia, a los ocho años, y ya a partir de entonces destacaría en los ejercicios de composición y se aplaudiría mi feliz memoria y conocimiento de los clásicos -a los que luego, naturalmente, me ha sido preciso redescubrir" Recuerdo unos Ejercicios Espirituales, impuestos por el colegio religioso en que estudié el bachillerato, a los que acudí -tendría yo catorce años-, con un libro de Kafka, que, descubierto por el Padre Visitador, no dejó de causar , más que escándalo, estupefacción si bien el libro se reputó di- solvente y en último término vinieron a decirme que eso estaba bien para mí pero que no lo prestara a mis compañeros. Mi timidez y mi des fase del mundo exterior contribuyeron a encerrarme de tal modo en la esfera del arte que puedo decir que hasta mis veinte años no vivía para otra cosa, y todavía es éste mi último refugio cuando los asuntos van mal y vuelvo a convertirme en el adolescente acosado e inseguro de entonces. Aunque leía muchísimo -en un tiempo, ocho horas diarias-, la cosa cambió un poco a partir de los diecisiete años, época en que empecé a tratar a otros jeunes Turcs, presentes los más en esta antología, y uno de ellos -Francisco Ferrer Lerín- desaparecido luego misteriosamente, hasta hace muy poco. A esta edad escribí un libro de poemas -en realidad, un solo extenso poema-, titulado Malienus, que permanece inédito. Estaba escrito en alejandrinos blancos, sin puntuación, presidido por la obsesión del ritmo, las imágenes, el poder sugestivo de un lenguaje extremadamente barroco y muy influido por Saint-John Perse. Era, por lo demás, escritura automática. Descubrí entonces también el jazz y empezaron a perfilarse mis gustos cinematográficos. Se inició mi gran época de pasión por el cine, y casi exclusivamente por el cine americano, pues yo era lector asiduo de "Cahiers du cinéma." Mi desinterés por la literatura imperante entonces en España era completo, así como mi falta de respeto por las escalas de valor establecidas: a mí me gustaba la poesía modernista, la novela erótica de 1900, los folletines, etc.: es decir Que era, como tantos otros, practicante del camp “avant la letrre". Mis poetas preferidos eran, en España, los del 27, a quienes debo mucho, y fuera de ella, además de Perse, Eliot y sobre todo Pound. Posteriormente descubrí el siglo XVII español y los elegíacos latinos. En prosa (yo, de hecho, he leído siempre más novela que poesía), Faulkner, Proust y Henry James. Siempre me sentí deudor del surrealismo. Todo ello (estas lecturas, esta pasión por el cine, estos gustos estéticos) no era un aspecto de mi vida, sino toda mi vida; no había otra cosa en mi vida que esto. Ya hacia los diecinueve años el interés por el cine llegó a ser tal (coincidiendo con el final de mi aislamiento del mundo exterior) que relegué mis poemas al olvido y los que de tarde en tarde escribía ni se me ocurría pensar en publicar- los. No sin reluctancia, se los mandé a Vicente Aleixandre tras habérmelos pedido él repetidamente, movido aún no sé muy bien por qué razones; él me convenció de que debía publicar- los, y no es éste el lugar de extenderme sobre cómo este estímulo y la amistad que le acompañaba favorecieron mi vocación y centraron mi inestable personalidad. No era yo muy consciente de hasta qué punto mi poesía y mi actitud personal ante el arte diferían de las comunes hasta el momento en España; es más, se oponían a ellas. Todavía hacia esta época, o inmediatamente antes, es decir, en mis diecinueve años, se sitúa mi descubrimiento de Octavio Paz, que ha tenido en mí una gran influencia no sólo como poeta sino también como teórico (o mejor: como actitud ante el arte) así como a nivel personal. Posteriormente, mi puntual asistencia a los coloquios generacionales y la lectura entre sorprendida, irónica, alarmada y triunfal de diversos textos me han dado la vaga idea -como cuando uno recuerda borrosamente a un personaje que conoció de pasada hace tiempo y reconoce en él a alguna celebridad de incógnito- de que todas estas cosas, y otras que me callo en gracia a la brevedad, configuraban algo que en algún modo difería de lo que venía siendo la literatura española en años anteriores y que, lejos de tratarse de un simple suceso personal mío, yo participaba a mi manera en un fenómeno más amplio.
Suelo escribir escuchando jazz, o bien la radio, y ésta indiscriminadamente, o casi. Tengo casi siempre presente alguna referencia cinematográfica, aunque luego muchas veces no llega al lector , pues su función era simplemente la de ayudarme a mí. Me gustaba la palabra bella y el viejo y querido utillaje
retórico. Suelo proceder por elipsis; es decir, que de una primera redacción más extensa de mis poemas elimino los nexos de asociación de ideas. Éste, y el rítmico, son los criterios que principalmente guían mis supresiones. Incorporo al texto, con un sentido distinto, cualquier cita o referencia que se me aparezca como naturalmente sugerida.
Por lo demás, a la poesía en la que actualmente trabajo -mi primer libro en catalán, titulado provisionalmente Els miralls- no le son quizás plenamente aplicables algunas características que podían parecer inamovibles en mi obra anterior. Cabe esperar que ello suponga un progreso.
Poemas:
RECUENTO
Ensayos he escrito desvaídos borradores esbozos
a la luz de una lámpara
apenas un valor decorativo
como figuras pintadas en la pantalla de una lámpara
piscinas con cisnes de plástico
me muerdo los labios y una gota de sangre vacila
besar al leproso
horror de los contrarios la caverna plutónica el vendaval sulfúreo
el otoño como un órgano profundo en las catedrales del agua
vivo de imágenes son mi propia sangre
la sangre es mi idioma ciego en la luz del planeta
buceando en la tiniebla con rifle submarino
un arpón oh sombras de delfines en mi vida
oh sombras de delfines
van y vienen en la verdosa oscuridad
cuánto quise decir que mis versos no dicen
cuánto mis versos dicen que yo no sabría decir
como una máquina tragaperras en Las Vegas o Phoenix City
y el fullero de smoking sale a una luz de carrusel
Cuando envejezca pensaré en mis versos como en esas inacabadas historias de familia con cenas y despachos y salones
las sonrisas de mis primas muertas hace tantos años
envejecidas como un vestido de encaje apolillado una muñeca abandonada en los desvanes
la sonrisa de una muñeca
sus ojos como canicas o vidrios de colores
como canicas o vidrios de colores mis versos
pero todo adquirirá otra luz una nueva perspectiva
como la sala en penumbra desde una cabina de proyección
las sombras plateadas de los mares del Sur
con guirnaldas de flores las canoas en el Pacífico
este azul tan intenso que por las noches fosforece
versos fosforescentes en la noche
emitiendo señales de radio bajo las aguas como un submarino perdido
el Scorpion de la VI Flota ante los cabos de Virginia
Norteamérica un nido de escorpiones
no regresan sus señales de radio se pierden en la noche se hunden en la pesada oscuridad de las olas
emitiendo mis versos
ya desde la vejez versos de veinte años
con palabras de entonces que se han vuelto románticas
como automóviles de principios de siglo
charolados y oscuros y encendidos
mis versos
como en el teatro Kabuki o en una obra griega
maquillajes y máscaras siempre máscaras
Personae dijo Pound
amarillos y azules y encarnados
colores vivos de instantánea Kodak
algunos no regresan se han ido las imágenes
mariposa en cenizas
otros aún fosforecen sobre la noche de los rascacielos
regresan como muchachos heridos en la ciénaga
pólvora y ojos verdes
un guerillero bajo las estrellas metálicas
fuego de granadas Primavera
mis ojos han visto la hoguera de Savonarola
la muerte de Ernesto Guevara
y como Sandro Botticelli la fría luz de una plaza desnuda
edificios vacíos como un esbozo de arquitecto
Los milagros de san Zenobio pintado hacia 1500
ya no tenía fe
se devanece el verde sombrío de las hojas y las diáfanas cabelleras de oro
sirenas de ambulancias vienen de Luna Park
aúllan en la noche
y a lo lejos la rueda luminosa
música toboganes laberintos
la lluvia en Luna Park y el frío de la Morgue y los recuerdos
Extraña fruta y otros poemas (1968-1969), en Poemas. 1963-1969. Madrid: Visor, 1979: 134-146
DIDO Y ENEAS
I
Esta bien y es una norma: fuera del paraíso,
recordando, no a Eliot, sino una traducción de Eliot,
(nuestra vida como los pocos versos que quedan de T. E. Hulme)
las naves que conducen a los guerreros difuntos,
(qué dios, qué héroe bajo los cielos recibirá esta carga),
la madera clafateada, el chapaleo las oscuras olas,
avanzando, no hacia un reino ignorado, no hacia el recuerdo o la infancia,
sino más bien hacia lo conocido. Así vuelve de pronto Milán,
una noche, a los dieciséis años: luz en la luz, relámpago, rosa y cruz de la aurora (los tranvías, disueltos en el crepúsculo, de oro, de oroy en mi pecho qué frágiles)
Dido y Eneas, sólo una máscara de nieve,
un vaciado en yeso tras el maquillaje escarlata,
como danzarina etrusca,
cálido fox,
oscuro petirrojo,
la imperial de los ómnibus de Nueva Orleans está pintada de amarillo
y hay que bailar con un alfiler de oro en la mejilla
(como cuando se rezan oraciones para conjurar al Ruiseñor y la Rosa
o al milano en la tarde)
Amor mío, amor mío, dulce espada,
las llamas invadieron las torres de Cartago y sus jardines,
qué concierto en la nieve para piano
qué concierto en la nieve.
II
Y aún nos es posible cierta aspiración al equilibrio,
la pureza de líneas, el trazado de un diseño,
el olvido de la retórica de lo explícito por la retórica de las alusiones,
los recursos del arte (la piedra presiente la forma),
el recuerdo de una tarde de amor o un rezo en la capilla del colegio,
la vidriera teñía los rostros de un esplendor violeta,
naufragaban en la claridad submarina las hebillas de oro de los caballeros,
todo en escorzo, la luz amarilla chorreando en las botas y los cintos,
las cabezas extáticas, vueltas al cielo raso, porcelana de la tarde,
la quilla, los velámenes,
(qué costas y escolleras),
las islas, timonel,
en el viento nos llegan los cabellos de una sirena, las arenas doradas,
historias de hombres ahogados en el mar.
¿Qué costas? ¿Qué legiones?
Poemas. 1963-1969. Madrid: Visor, 1979: 144-145.
Lo radical
Se sabe que lo radical es lo que atañe a la raíz. "De raíz, fundamentalmente y con solidez", dice el Diccionario de Autoridades a propósito de "radicalmente". Un radical es también, o debiera ser, un hombre de izquierdas: lo radical es decir, lo que atañe "a la situación y a la condición", en palabras de Aleixandre supone un proyecto vital enteramente nuevo. Lo radical es, en puridad, lo revolucionario, y el lugar de confluencia entre radicalidad vital y radicalidad estética, entre revolución y creación entre dos revoluciones, entre dos propuestas radicales es el campo donde convergen los autores aquí estudiados. Más allá de las diferencias estéticas e ideológicas o de las afinidades que pueda haber entre ellos, es esta confluencia profunda lo que justifica su inclusión en un mismo volumen.
Radicalidades, Barcelona: Antoni Bosch editor, 1978: IX
ODA A VENECIA ANTE EL MAR DE LOS TEATROS
Las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
García Lorca
Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.
Con que trajín se alza una cortina roja
o en esta embocadura de escenario vacío
suena un rumor de estatuas, hojas de lirio, alfanjes,
palomas que descienden y suavemente pósanse.
Componer con chalinas un ajedrez verdoso.
El moho en mi mejilla recuerda el tiempo ido
y una gota de plomo hierve en mi corazón.
Llevé la mano al pecho, y el reloj corrobora
la razón de las nubes y su velamen yerto.
Asciende una marea, rosas equilibristas
sobre el arco voltaico de la noche en Venecia
aquel año de mi adolescencia perdida,
mármol en la Dogana como observaba Pound
y la masa de un féretro en los densos canales.
Id más allá, muy lejos aún, hondo en la noche,
sobre el tapiz del Dux, sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Que pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy así acoge vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?
Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente.
Como la vena insiste sus conductos de sangre,
va, viene y se remonta nuevamente al planeta
y así la vida expande en batán silencioso,
el pasado se afirma en mí a esta hora incierta.
Tanto he escrito, y entonces tanto escribí. No sé
si valía la pena o la vale. Tú, por quien
es más cierta mi vida, y vosotros que oís
en mi verso otra esfera, sabréis su signo o arte.
Dilo, pues, o decidlo, y dulcemente acaso
mintáis a mi tristeza. Noche, noche en Venecia
va para cinco años, ¿cómo tan lejos? Soy
el que fui entonces, sé tensarme y ser herido
por la pura belleza como entonces, violín
que parte en dos aires de una noche de estío
cuando el mundo no puede soportar su ansiedad
de ser bello. Lloraba yo acodado al balcón
como en un mal poema romántico, y el aire
promovía disturbios de humo azul y alcanfor.
Bogaba en las alcobas, bajo el granito húmedo,
un arcángel o sauce o cisne o corcel de llama
que las potencias últimas enviaban a mi sueño.
Lloré, lloré, lloré
¿Y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste?
Agua y frío rubí, transparencia diabólica
grababan en mi carne un tatuaje de luz.
Helada noche, ardiente noche, noche mía
como si hoy la viviera! Es doloroso y dulce
haber dejado atrás a la Venecia en que todos
para nuestro castigo fuimos adolescentes
y perseguirnos hoy por las salas vacías
en ronda de jinetes que disuelve un espejo
negando, con su doble, la realidad de este poema.
PEQUEÑO Y TRISTE PETIRROJO
Oscar Wilde llevaba
una gardenia en el pico.
Color gris, color malva en las piedras y el rostro,
más azul pedernal en los ojos, más hiedra
en las uñas patricias, ebonita en las ingles de los faunos.
No salgáis al jardín: llueve, y las patas
de los leones arañan la tela metálica del zoo.
Isabel murió, y estaba pálida,
una noche como ésta.
Hay orden de llorar sobre el bramido estéril de los acantilados.
Un violín dormirá? Unas camelias?
Y aquel pijama rosa en pie bajo la lluvia.
CONJURO
Los guerreros más augustos ya son sombras
bajo la sombra del viejo encinar.
Cárdena crepita la noche.
Latigazos, ladridos, remotos rayos.
Chirrían las cornejas en el pozo ciego.
Guiarán al manso corcel de hielo.
La tormenta. El sol verde de aguas negras.
No me conozco. Es un lago el pecho muerto.
Bajel de oro, cadalso prieto del día.
Mi cuerpo, como la cuerda de un arco.
Ya labora el invierno, cuando rasga
las cortinas, teatro del mar.
Se enmascara tras las nieblas densas.
Arquero negro, detén tu paso.
Petrifícase el arquero de azabache.
La saeta conoce el derrotero.
Palmo a palmo mensuramos la fosa.
Fango y hojas nos daban la yacija.
Arde y arde el guante de oro del barquero.
La laguna, de nieve y azafrán.
No pensabas que fuera así de blanca.
Ahora vienen las huestes. Cielo allá,
las huestes vienen. Verdor de la encina
en los ojos vacíos, de cal llenos.
INVIERNO
Precisa cual la escarcha, noche estricta,
Árboles: alegorías del camino.
La luz, cuajada, este silencio dicta.
Mi ser todo renuncia a su destino.
Biografía: Poeta, traductor y crítico literario español nacido en Barcelona en 1945. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona. A la edad de dieciocho años publicó su primer libro «El mensaje del tetrarca». Su maestría precoz fue reconocida en 1966 con el Premio
Nacional de Poesía por su libro «Arde el mar», constituyéndose en uno de los poetas más importantes de su generación. Desde 1970 utiliza exclusivamente el catalán para la poesía, si bien él mismo los ha traducido al castellano para ediciones bilingües.
En 1985 ocupó la vacante dejada por Vicente Aleixandre en la Real Academia Española.
Obtuvo de nuevo el Premio Nacional de Literatura en 1989, el
Premio de Literatura Catalana, el Premio Ciudad de Barcelona, el Premio Cavall Verb de la Asociación de Críticos Españoles y el Premio de la revista Serra d'Or. En 1997 recibió el Premio Nacional de Literatura de la Generalitat de Catalunya, en 1998 el Premio Nacional de las Letras Españolas y en el año 2000 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
«Marea solar, marea lunar» y «El diamante en el agua», son sus últimos poemarios.







































ÉSTE SÍ ES UN GRAN POETA
Gimferrer se me aparece por primera vez en los textos de estudio. Este poeta siempre me conmovió. Hay en su arquitectura verbal una belleza muy propia, muy suya. Leerlo, aparte de una opción cultural, es una opción de entrar a entretenerse con las palabras.
Este poeta, este aeda, lo es en toda la dimensión de la palabra.
Gracias al corresponsal de CINOSARGO por traernos una muestra de la poesía escrita con mayúscula.
josegonzalomartinezfernandez@hotmail.com
Director-fundador Revista de Poesía "PALABRA ESCRITA".