
Mijaíl Bajtin
(URSS)
Traducción del ruso por Desiderio Navarro
“Smelee pol’zovat’sia vozmozhnostiami”, en: Novyi mir,
Moscú, 1970, no. 11, pp. 237-240.
La redacción de Novyi Mir se ha dirigido a mí con la siguiente
pregunta: ¿cuál es su apreciación del estado de los estudios literarios
en nuestros días? Desde luego, a tal pregunta es difícil dar una
respuesta categórica y firme. Al valorar su propio momento, su
contemporaneidad, la gente siempre tiende a equivocarse (en uno u otro
aspecto). Y esto hay que tenerlo en cuenta. A pesar de todo, trataré de
responder.
Nuestros estudios literarios disponen de grandes posibilidades: tenemos
muchos investigadores literarios serios y talentosos, y, entre ellos,
jóvenes; tenemos elevadas tradiciones científicas, elaboradas tanto en
el pasado (recordemos siquiera a Potebniá o a Veselovski) como en la
época soviética (podemos mencionar a Tyniánov, Tomashevski, Eijenbaum,
Gukovski y otros); también tenemos, desde luego, las condiciones
necesarias para su desarrollo (institutos de investigación, cátedras,
posibilidades editoriales, etcétera).
Pero, a pesar de todo esto, nuestros estudios literarios, a mi parecer,
por lo general no realizan debidamente esas posibilidades, no responden
a las exigencias que tenemos derecho a hacerles. No es frecuente el
planteamiento audaz de problemas generales, son pocos los
descubrimientos de nuevos dominios o de fenómenos aislados importantes
en el vasto mundo de la literatura, y es poca la verdadera lucha de
corrientes científicas. En realidad, los estudios literarios son
todavía una ciencia joven, no poseen métodos elaborados y comprobados
empíricamente como los que tienen las ciencias naturales. Por eso, el
debilitamiento de la lucha entre corrientes científicas y el temor a
las hipótesis audaces conducen inevitablemente a perogrulladas y
estereotipos. De éstos, por desgracia, no tenemos escasez.
Tal es, en mi opinión, el carácter general de los estudios literarios
de nuestros días. Pero ninguna caracterización general es enteramente
justa. También en nuestros días salen, desde luego, libros bastante
buenos y útiles (especialmente de historia literaria); aparecen
artículos interesantes y profundos; hay también, por último, grandes
fenómenos, a los que mi caracterización general no se extiende en modo
alguno. Me refiero al libro Occidente y Oriente de N. Konrad, y al
libro Poética de la literatura rusa antigua, de D. S. Lijachóv; éstos
son los fenómenos sumamente agradables de los últimos años. También
fueron un fenómeno notable la cuarta entrega de los Trabajos sobre los
sistemas sígnicos (corriente de jóvenes investigadores encabezados por
Iuri Lotman), aunque éstos también suscitan discusiones en el medio
científico.
Pero si he de decir mi opinión respecto a las tareas que se les
plantean en primera línea a los estudios literarios, entonces me
detendré aquí exclusivamente en dos tareas ligadas sólo con la historia
de la literatura de las épocas pasadas, y de la manera más general. No
tocaré en absoluto las cuestiones del estudio de la literatura
contemporánea y de la critica literaria, aunque es precisamente en ese
terreno donde hay más importantes tareas de primer orden. Esas dos
tareas de las que me propongo hablar, las he escogido porque, en mi
opinión, han madurado y ya ha comenzado su elaboración productiva, la
cual es necesario continuar.
.Ante todo, los estudios literarios deben establecer un vínculo más
estrecho con la historia de la cultura. La literatura es una parte
inseparable de la cultura; no se la puede comprender fuera del contexto
integral de toda la cultura de una época dada. Es inadmisible que se la
desprenda del resto de la cultura y que, como a menudo se hace, se la
correlacione directamente, por así decir, saltando por encima de la
cultura, con los factores socioeconómicos. Estos factores actúan sobre
la cultura en su totalidad y, sólo a través de ella y junto con ella,
sobre la literatura.
En nuestro país, durante un período bastante largo, se concedía una
atención especial a las cuestiones de la especificidad de la
literatura. En su tiempo, esto, posiblemente, era necesario y
provechoso. Se ha de decir que el especificadurismo estrecho es ajeno a
las mejores tradiciones de nuestra ciencia. Recordemos los vastísimos
horizontes culturales de las investigaciones de Potebniá y,
particularmente, de Veselovski. En medio de los entusiasmos
especificadores, se hacía caso omiso de las cuestiones de la
interconexión y la dependencia mutua de los diferentes dominios de la
cultura; a menudo se olvidaba que las fronteras de estos dominios no
son absolutas, que en diferentes épocas ellas se delinean de manera
diferente; no se tenía en cuenta que justamente la vida más intensa y
productiva de la cultura es la que tiene lugar en las fronteras de sus
distintos dominios, y no allí donde estos dominios se encierran en su
especificidad. Es particularmente necesario subrayar que entre los
distintos dominios de la cultura, dentro de los límites de una época,
puede tener lugar no sólo una interacción, sino también una lucha: la
unidad de la cultura de una época es un fenómeno muy complejo que en
nada se parece a una simple armonía; se parece más a una discusión
inconclusa dentro de los límites de una época.
. En nuestros trabajos históricoliterarios por lo común se ofrecen
caracterizaciones de las épocas a las que pertenecen los fenómenos
literarios estudiados, pero en la mayoría de los casos estas
caracterizaciones no se distinguen en nada de las que se ofrecen en la
historia general, sin un análisis diferenciado de los dominios de la
cultura, de su lucha y su interacción con la literatura. Además, la
metodología de tales análisis todavía no ha sido elaborada. Y el
llamado “proceso literario” de la época, estudiado en desvinculación de
un análisis profundo de la cultura, es reducido en algunos trabajos a
una lucha superficial de corrientes literarias y, cuando se trata de
los tiempos modernos (particularmente del siglo XIX), a veces
simplemente a un alboroto de periódicos y revistas que no ha ejercido
una influencia sustancial sobre la gran literatura, la auténtica
literatura de la época. Las poderosas corrientes profundas de la
cultura (en particular, las de las capas bajas, las populares), que
efectivamente determinan la obra de los escritores, permanecen sin
revelar, y a veces incluso del todo desconocidas para los
investigadores. Con tal acercamiento no se puede penetrar en la
profundidad de las grandes obras, y la literatura misma empieza a
parecer un asunto menor y sin importancia.
La tarea de la que vengo hablando y los problemas a ella ligados (el
problema de las fronteras de la época como unidad cultural, el.
problema de la tipología de las culturas, y otros) se presentaron de
una manera muy aguda al discutir la cuestión de la literatura del
barroco en los países eslavos y, sobre todo, en el debate, que todavía
continúa, sobre el Renacimiento y el humanismo en los países del
Oriente; ahí se reveló de una manera particularmente clara la necesidad
de un estudio más profundo del vínculo indisoluble de la literatura con
la cultura de la época.
Los mencionados trabajos científicoliterarios de los últimos años -los
de Konrad, Lijachov, Lotman y su escuela-, con toda la diferencia que
hay entre sus metodologías, coinciden en no arrancar de la cultura a la
literatura, en esforzarse por comprender los fenómenos literarios
dentro de la unidad diferenciada de toda la cultura de la época. Aquí
se ha de subrayar que la literatura es un fenómeno demasiado complejo y
polifacético y que los estudios literarios son todavía demasiado
jóvenes para que se pueda hablar de algún método que sea el único
“salvador” en dichos estudios. Está justificada y es incluso
absolutamente necesaria la existencia de diversos acercamientos, con
tal que sean serios y descubran algo nuevo en el fenómeno literario,
Aunque no se puede estudiar la literatura en desvinculación de la
cultura de la época, tampoco se debe encerrar el fenómeno literario en
la sola época de su creación, por así decir, en su contemporaneidad.
Habitualmente nos esforzamos por explicar un escritor y su obra
justamente a partir de su contemporaneidad y de su pasado más o menos
cercano (habitualmente dentro de los límites de una “época”, como
nosotros la entendemos), pero, a la vez, tememos alejarnos, en el
tiempo, del fenómeno estudiado.
Tal estudio (a partir de las condiciones y tareas de la
contemporaneidad) es, desde luego, absolutamente obligatorio, pero no
puede abarcar toda la plenitud del fenómeno estudiado, ni, ante todo,
la de aquellos factores suyos que están vinculados con la llamada
“carga de contenido (soderzhatel’ nost’) de la forma”. Y es que la obra
hunde sus raíces en el pasado lejano. Las grandes obras literarias se
preparan durante siglos, y en la época de su creación se recogen sólo
los frutos de una prolongada y compleja maduración. Al tratar de
comprender y explicar una obra sólo a partir de las condiciones de su
época, sólo a partir de las condiciones de los tiempos más cercanos,
nunca penetraremos en sus profundidades de sentido. El encierro dentro
de una época tampoco permite comprender la vida futura de la obra en
los siguientes siglos; esa vida se presenta como algo parecido a una
paradoja. Las obras rompen los límites de su tiempo, viven en los
siglos, es decir, en el gran tiempo y, además, a menudo (las grandes
obras, siempre) con una vida más intensa y plena que en su propia
contemporaneidad. Hablando de una manera un tanto simplista y
aproximativa: si se reduce la significación de una obra, por ejemplo, a
su papel en la lucha contra el régimen de servidumbre (en la escuela de
nivel medio hacen esto), esa obra debe perder por completo su
significación cuando el régimen de servidumbre y sus supervivencias
dejan de existir, pero frecuentemente ella aumenta aún más su
significación, o sea, la obra entra en el gran tiempo. Mas la obra no
puede vivir en los siglos futuros si no recoge dentro de sí de alguna
manera también los siglos pasados. Si hubiera nacido por entero en el
día de hoy (es decir, en su contemporaneidad), si no continuara el
pasado y no estuviera vinculada esencialmente con éste, tampoco podría
vivir en el futuro. Todo la que pertenece sólo al presente, muere junto
con él.
La vida de las grandes obras en las épocas futuras distantes de ellas,
como he dicho ya, parece una paradoja. En el proceso de su vida póstuma
esas obras se enriquecen con nuevos significados, con nuevos sentidos;
ocurre como si crecieran, superando lo que fueron en la época de su
creación. Recordemos qué sucedió con Shakespeare. Podemos decir que ni
el propio Shakespeare, ni sus contemporáneos, conocieron a ese “gran
Shakespeare” que nosotros conocemos actualmente.
Ya Belinski hablaba en su tiempo sobre el hecho de que cada época
descubre siempre algo nuevo en las grandes obras del pasado. ¿Que
nosotros le agregamos a las obras de Shakespeare lo que no estaba en
ellas? ¿Que lo modernizamos y lo tergiversamos? Modernizaciones y
tergiversaciones, desde luego, las hubo y las habrá. Pero no a cuenta
de ellas creció Shakespeare. Creció a cuenta de la que realmente había
y hay en sus obras, pero que ni él mismo ni sus contemporáneos pudieron
percibir y valorar de una manera consciente en el contexto de la
cultura de su época. Los fenómenos de sentido pueden existir en una
forma latente, potencial, y revelarse sólo en los contextos culturales
de sentido favorables para esa revelación en épocas posteriores. Los
tesoros de sentido que puso Shakespeare en sus obras, se fueron creando
y reuniendo durante siglos e incluso milenios: estaban ocultos en el
lenguaje, y no sólo en el literaria, sino también en las capas del
lenguaje popular que antes de Shakespeare aun no habían entrado en la
literatura; en los variados géneros y formas del contacto mediante el
habla; en las formas de la poderosa cultura popular (principalmente en
las carnavalescas), que se habían ido constituyendo durante milenios;
en los géneros del espectáculo teatral (de misterios, farsas y otros);
en los sujets cuyas raíces se hunden en la antigüedad prehistórica, y,
por último, en las formas de su propio pensamiento.
Como todo artista, Shakespeare construía sus obras no de elementos
muertos, no de ladrillos, sino de formas ya cargadas de sentido, llenas
de él. Por lo demás, hasta los ladrillos tienen una determinada forma
espacial y, por consiguiente, expresan algo en las manos del
constructor.
Los géneros tienen una significación particularmente importante. En los
géneros (literarios, y discursivos) se acumulan, a lo largo de los
siglos, formas de ver e interpretar determinados aspectos del mundo. Al
escritor-artesano el género le sirve como un estereotipo externo,
mientras que el gran artista despierta las posibilidades de sentido
ínsitas en él. Shakespeare aprovechó y encerró en sus obras enormes
tesoros de sentidos potenciales, que en esa época no podían ser
revelados y llevados a la conciencia en toda su plenitud. El propio
autor y sus contemporáneos ven, llevan a su conciencia y valoran, ante
todo, lo que es más afín a su día presente. El autor es un cautivo de
su época, de su contemporaneidad. Los tiempos posteriores lo liberan
del cautiverio, y los estudios literarios están llamados a ayudar a
ello.
De lo que hemos dicho no se sigue en absoluto que de alguna manera se
pueda hacer caso omiso de la época contemporánea del escritor, que su
obra pueda ser arrojada al pasado o proyectada al futuro. La
contemporaneidad conserva toda su importancia decisiva: sin ella no
existiría esa obra. El análisis científico sólo puede partir de ella, y
en su desarrollo ulterior debe hacer todo el tiempo confrontaciones con
ella. Como hemos dicho ya, la obra literaria se revela, ante todo, en
la unidad diferenciada de la cultura de la época de su creación, pero
no se la puede encerrar dentro de esa época: su plenitud se revela sólo
en el gran tiempo.
Pero tampoco se puede encerrar la cultura de una época -por más lejos
de nosotros que se halle esa época en el tiempo- dentro de ella misma,
como algo listo, completamente terminado e irreversiblemente ido,
muerto. Las ideas de Spengler acerca de los mundos culturales cerrados
y concluidos, ejercen hasta este momento una gran influencia sobre los
historiadores y los estudiosos literarios. Pero esas ideas requieren
las más sustanciales reservas y críticas. Spengler se imaginaba la
cultura de una época como un círculo cerrado. Pero la unidad de una
determinada cultura es una unidad abierta. Cada una de tales unidades
(por ejemplo, la Antigüedad), con toda su peculiaridad, entra en el
proceso único (aunque no rectilíneo) de la formación de la cultura de
la humanidad. En cada cultura del pasado están ínsitas enormes
posibilidades de sentido, que quedaron sin ser llevadas a la conciencia
y aprovechadas a lo largo de toda la vida histórica de la cultura dada.
La Antigüedad misma no conoció esa Antigüedad que ahora conocemos
nosotros. Había un chiste escolar que decía que los griegos antiguos no
sabían sobre sí mismos lo más importante: no sabían que ellos eran los
griegos antiguos y nunca se llamaron de tal modo a sí mismos. Pero es
que, en efecto, esa distancia en el tiempo, que convirtió a los griegos
en griegos antiguos, tuvo una enorme significación transformadora: ella
está llena de los continuos hallazgos de nuevos valores de sentido en
la Antigüedad, valores de los que los griegos realmente no supieron,
aunque ellos mismos los crearon.
Debemos subrayar que hablamos aquí de las nuevas profundidades de
sentido ínsitas en las culturas de las épocas pasadas y no de una
ampliación de nuestros conocimientos sobre ellas en lo relativo a
material de hechos, conocimientos obtenidos incesantemente por las
excavaciones arqueológicas, el descubrimiento de nuevos textos, el
perfeccionamiento de su desciframiento, las reconstrucciones, etcétera.
En este segundo caso se obtienen nuevos portadores materiales de
sentido, por así decir, cuerpos del sentido. Pero en el dominio de la
cultura no se puede trazar una frontera absoluta entre el cuerpo y el
sentido: la cultura no se crea de los muertos: incluso el simple
ladrillo, como ya dijimos en las manos del constructor expresa algo
mediante su forma. Por eso los nuevos hallazgos de portadores
materiales de sentido introducen correcciones en nuestras concepciones
de sentido y pueden incluso exigir una reestructuración sustancial de
las mismas.
Existe la idea muy vivaz, pero unilateral y por eso errónea, de que
para la mejor comprensión de una cultura ajena es necesario, por así
decir, mudarse a ella y, habiendo olvidado la propia, mirar el mundo
con los ojos de esa cultura ajena. Desde luego, cierta identificación
con la cultura ajena, la posibilidad de mirar el mundo con los ojos de
ésta, es un factor indispensable en el proceso de su comprensión; pero
si la comprensión se agotara con ese solo factor, sería un simple
doblaje y no traería consigo nada nuevo y generalizador. La comprensión
creadora no renuncia a sí misma, ni a su lugar en el tiempo, ni a su
cultura, y no olvida nada. Una gran cosa para la comprensión es la
“exotopía” (unenajodimost’) del investigador -en el tiempo, en el
espacio, en la cultura- con relación a lo que él quiere comprender de
manera creadora. Y es que el hombre mismo no puede ver debidamente
siquiera su propia apariencia externa, ni comprenderla en su totalidad;
y ningún tipo de espejos ni de fotos le ayudaría a ello; su auténtica
apariencia exterior sólo pueden verla y comprenderla otros hombres,
gracias a su ubicación espacial en el exterior y gracias al hecho de
que son otros.
En el dominio de la cultura, la exotopía es una poderosa palanca de la
comprensión (en indisoluble vínculo con la penetración “desde adentro”
por la vía de la identificación). Una cultura ajena se revela más plena
y profundamente sólo en los ojos de otra cultura (pero no en toda su
plenitud, porque vendrán también otras culturas que verán y
comprenderán aún más en ella). Un sentido revela sus profundidades al
haberse encontrado y entrado en contacto con otro sentido, con un
sentido ajeno; entre ellos comienza algo así como un diálogo que supera
el encierro y la unilateralidad de ambos sentidos, de ambas culturas. A
la cultura ajena le planteamos nuevas preguntas que ella nunca se
planteó, y la cultura ajena nos responde abriendo ante nosotros nuevos
aspectos suyos, nuevas profundidades de sentido. Sin preguntas propias
no es posible comprender creadoramente nada ajeno (pero, desde luego,
preguntas serías, auténticas). En ese encuentro dialogado de las dos
culturas, ellas no se funden ni se mezclan; cada una conserva su unidad
y su integridad abierta, pero se enriquecen mutuamente.
En lo que respecta a mi apreciación de las ulteriores perspectivas del
desarrollo de nuestros estudios literarios, considero que esas
perspectivas son del todo buenas, ya que tenemos enormes posibilidades.
Lo único que no siempre tenemos en suficiente medida es audacia en la
investigación científica, sin la cual no se asciende a las alturas ni
se desciende a las profundidades.
1970






































