
GILLES DELEUZE
LA MAYOR PELÍCULA IRLANDESA («FILM» DE BECKETT)
Problema
Si es cierto, como ha dicho el obispo irlandés Berkeley, que ser es ser percibido
(esse est percipi), ¿es posible escapar a la percepción? ¿Cómo volverse
imperceptible?
Historia del problema
Cabría concebir que toda la historia es la de Berkeley, que está harto de ser
percibido (y de percibir). El papel, que sólo podría representar Buster Keaton, sería
el del obispo Berkeley. O mejor dicho se trata del paso de un irlandés a otro, de
Berkeley, que percibía y era percibido, a Beckett, que ha agotado «todas las dichas
del perciperey del percipi». Por lo tanto estamos obligados a proponer un montaje
(o una distinción de los casos) algo diferente del propio Beckett.
Condición del problema
Hace falta que algo sea insoportable en el hecho de ser percibido. ¿Es el ser
percibido por terceros? No, puesto que los terceros percibientes eventuales se
derrumban en cuanto perciben que son percibidos cada uno por su cuenta, y no sólo
los unos por los otros. Se produce pues algo espantoso en sí en el hecho de ser
percibido, ¿pero qué?
Dato del problema
Mientras la percepción (cámara) está detrás del personaje, no resulta peligrosa,
porque permanece inconsciente. Sólo lo [41] capta cuando forma un ángulo que
incide en él oblicuamente, y le da conciencia de que es percibido. Diremos por
convención que el personaje tiene conciencia de ser percibido, que «entra en
percipi», cuando la cámara supera a sus espaldas un ángulo de 45 grados, por un
lado o por el otro.
Primer caso: la pared y la escalera, la Acción
El personaje puede limitar el peligro caminando deprisa a lo largo de una pared.
En efecto, ya sólo queda un único lado amenazador. Hacer caminar a un personaje
a lo largo de una pared es el primer acto cinematográfico (todos los grandes
realizadores lo han intentado). La acción es evidentemente más compleja cuando es
vertical o en forma de espiral, como en una escalera, puesto que el lado va
cambiando alternativamente respecto al eje. De todos modos, cada vez que se
supera el ángulo de 45 grados, el personaje se detiene, detiene la acción, se pega a
la pared, y oculta la parte expuesta de su rostro con un pañuelo o con una hoja de
col que podrían colgar de su sombrero. Así es el primer caso, percepción de acción,
que puede ser neutralizado por la parada de la acción.
Segundo caso: la habitación, la Percepción
Es el segundo acto cinematográfico, el interior, lo que sucede entre las paredes.
Anteriormente, el personaje no estaba considerado como percibiente; la cámara le
proporcionaba una percepción «ciega», suficiente para su acción. Pero ahora la
cámara percibe al personaje dentro de la habitación, y el personaje percibe la
habitación: cualquier percepción deviene doble. Anteriormente, terceros humanos
podían eventualmente percibir al personaje, pero estaban neutralizados por la
cámara. Ahora, el personaje percibe por su cuenta, sus percepciones se
convierten en cosas que a su vez le perciben a él: no sólo animales, espejos, una
estampa del buen Dios, fotos, sino incluso utensilios (como decía Eisenstein
después de Dickens: el cazo de hervir el agua me está mirando...). A este respecto
las cosas son más peligrosas que los seres humanos: no las percibo sin que ellas me
perciban, cualquier percepción como tal es percepción de percepción. La solución
de este segundo caso consiste en expulsar a los animales, tapar el espejo, cubrir los
muebles, arrancar la estampa, rasgar las fotos: es la extinción de la doble
percepción. Por la calle, un rato antes, el personaje todavía disponía de un espacio–
tiempo, e incluso de los fragmentos de un pasado (las fotografías). En la habitación,
disponía aún de fuerzas suficientes para formar imágenes que le devolvían su
percepción. Pero ahora ya sólo queda el presente, bajo forma de una habitación
cerrada herméticamente en la que han desaparecido cualquier idea de espacio y de
tiempo, cualquier imagen divina, animal o de cosa. Sólo subsiste el Balancín en el
centro de la habitación, porque, mejor que cualquier cama, es el único mueble de
antes del hombre o de después del hombre, que nos coloca en suspenso en medio de
la nada (vaivén).
Tercer caso: el balancín, la Afección
El personaje ha podido ir a sentarse en el balancín, y a adormecerse en él, a
medida que las percepciones se iban apagando. Pero la percepción sigue todavía al
acecho detrás del balancín, donde dispone de ambos lados simultáneamente. Y
parece haber perdido la buena voluntad que manifestaba anteriormente, cuando se
daba mucha prisa en cerrar el ángulo que había superado por inadvertencia, y
protegía al personaje de los terceros eventuales. Ahora lo hace deliberadamente, y
trata de sorprender al personaje amodorrado. Éste se defiende y se acurruca, cada
vez más débilmente. La cámara–percepción aprovecha la circunstancia, supera
definitivamente el ángulo, gira, llega ante el personaje dormido y se acerca.
Entonces revela lo que ella es, percepción de afección, es decir percepción de sí a
través de sí, puro Afecto. Es el doble reflexivo del hombre convulsivo en el
balancín. Es la persona tuerta que contempla al personaje tuerto. Esperaba su
hora. Así pues era eso lo espantoso: que la percepción fuera de uno a través de uno,
«insuprimible» en ese sentido. Es el tercer acto cinematográfico, el primer plano, el
afecto o la percepción de afección, la percepción de sí. Se apagará también, pero al
mismo tiempo que muere el movimiento del balancín, y que muere el personaje.
¿Acaso no es eso lo que hay que hacer, dejar de ser para volverse imperceptible,
según las condiciones planteadas por el obispo Berkeley?
Solución general
La película de Beckett ha pasado por las tres grandes imágenes elementales del
cine, las de la acción, la percepción, la afección. Pero nada acaba en Beckett, nada
muere. Cuando el balancín se inmoviliza, es la idea platónica de Balancín, el
balancín de la mente, lo que se pone en marcha. Cuando el personaje muere, como
decía Murphy, es que está empezando ya a moverse mentalmente. Se encuentra tan
a gusto como un tapón de corcho flotando en el océano embravecido. Ha dejado de
moverse, pero está en un elemento en movimiento. Hasta el presente ha
desaparecido a su vez en un vacío que ya no comporta oscuridad, en un devenir que
ya no comporta ningún cambio concebible. La habitación se ha quedado sin
paredes, y libera en el vacío luminoso un átomo, impersonal y sin embargo
singular, que ya no tiene más Sí mismo para distinguirse o confundirse con los
demás. Volverse imperceptible es la Vida, «sin cesar ni condición», alcanzar el
chapoteo cósmico y espiritual.






































