
"Desarraigos, sólo despojos" y cinco fotos tomadas en enero del pasado año en la ciudad de Kunming, capital de la provincia de Yunnan, en la China del sur. Autor: Wilfredo Carrizales. Todos los derechos reservados.

DESARRAIGOS, SÓLO DESPOJOS
La
“máquina del progreso” traga dinero sin mesura. Nunca se harta y su voracidad
no conoce límites ni se detiene ante consideraciones de arraigo a las moradas
del pasado, donde la tradición y la identidad que otorga fuerza cultural fluyen
del suelo y del subsuelo con colores y aromas de la sapiencia.
De
las sombras los nuevos terrófagos emergen, coprófagos de los tiempos actuales,
y derruyen las alegrías de familias asentadas en la continuidad de las
generaciones. Con sus piquetas y sus grúas engrasadas con monedas, los
terrófagos despliegan mapas y sacan cuentas y en sus pupilas brillan los neones
de los negocios y las inversiones. Derriban las esperanzas; arruinan los sueños
de viejos y niños y expulsan a las palomas hacia territorios anónimos del
olvido y pisotean a las flores que crecían lozanas en el ámbito sagrado de sus
macetas y rincones.
Los
inversores llegan con sus ristras de petardos y de inmediato demuelen los muros
que contaban historias y las puertas por cuyas bocas el aire entraba a los
patios y se detenía a jugar cartas sobre las mesas, mientras las abuelas tejían
abrigos o cuidaban a los nietos que retozaban encima de las losas o dormían
dentro de sus cunas de bambú. Sólo despojos quedan después del embate de las
chequeras con guardaespaldas y los desarraigados ignoran adónde llevarán sus
almas sin destino y en qué lugar nunca más propicio podrán sus cuerpos cansados
y vapuleados echarse a escuchar los lamentos del sereno y la intemperie.
¿Cómo no comprender la lógica del desaforado progreso? Las casas ancianas afean la ciudad y hay que conjugarlas para que despueblen y despojarlas de sus cortezas y eliminar los vestigios de su existencia y despoetizar a los callejones que ocupaban irracionalmente, pues privaban al aire de los restos mortales que los empresarios de las construcciones se afanan por enmendar y consagrar ante los ojos de los banqueros.








































