
Representación e imagen: las miradas de la Antropología Visual
Nicolás Guigou
Es aquí donde los grandes guías, los Dantes de nuestra
era, los supermarginados como Genet, surgen para conducirnos al mundo
subterráneo. Pues, debido a su desubicación estructural, están dotados
de visión.
Michael Taussig
I. Introducción
Intentamos aquí mediante la trama representacional de la escritura
(lo cual ya es una paradoja), reunir algunas reflexiones en torno a la
imagen. Es entonces desde esa escritura que se abre un margen, un
blanco, y la imagen escapa al juego instrumental que le propone una de
las derivas del pensamiento iconoclasta occidental: el de asumir el
pleno lugar de la representación.
El juego es sin embargo complejo. La subsunción de la imagen a la
representación marca apenas una tonalidad específica en el entramado
que anuda otros tantos giros iconoclastas también tematizables: el
anuncio de la inminente muerte de la imagen en nuestra
contemporaneidad, o bien el viejo tópico -aunque renuente a
desaparecer- que da cuenta de la imagen como engaño, deformación u
opacidad que impide el pensamiento.
Asimismo, hemos tratado de adentrarnos y mirar este juego desde el
corpus (plural) de la Antropología Visual. O bien digámoslo de otra
manera: ¿en que consisten los “efectos de realidad” de la imagen como
representación en las formulaciones que han acompañado parte del
recorrido de la Antropología Visual? Si acaso damos cuenta someramente
de dichos efectos; ¿podríamos circunscribirlos al campo de la
Antropología Visual o bien se trataría de lo enunciable y lo visible,
de prácticas discursivas y no discursivas que atraviesan la imagen y la
escritura antropológica y que, inclusive, las atraen para indicar el
primado de una sobre la otra?
“Problemas de economía y de estrategia”, al decir de Derrida.
Precisamente y mirando hacia el futuro : ¿cuáles son las estrategias y
economías -el sustento de la Antropología Visual- cuando el régimen de
imágenes deviene en voracidad pos-mediática, virtual e hiperreal ? ¿Se
podrá ir tras las huellas de la representación cuando la misma parece
evanescerse o bien mutar por sobre-exposición?
II. Representación, instrumentalización e imagen.
Yo quisiera una Historia de las Miradas.
Roland Barthes
Comencemos entonces por la instrumentalización de la imagen. El
gesto instrumental devuelve la imagen al mundo en tanto representación.
Como representación la imagen se muestra desnuda, evidente, sin
mediaciones. Su propia visibilidad impide o vuelve innecesaria
cualquier experiencia noética.(1) No hay un sujeto emplazado que mira,
o bien se postula la homogeneidad tanto del que mira como del que es
mirado.
A la representación sin mediación corresponderán los primeros
anhelos de la Antropología Visual en su proceso fundacional. Basta
recordar aquí las cercanías que propone Piault (1995) entre la
emergencia del cine y la consolidación de la antropología ya
decididamente destinada y definida por el trabajo de campo.
Parte importante de la utopía fundacional de la Antropología Visual
(aunque esta afirmación bien podría extenderse a la Antropología a
secas), recurre a su luminosa representación sin mediación. Como utopía
anti-mítica se procura un origen, y como tal, el mismo se dispersa en
una serie de gestos. Podrá así citarse a la expedición de Haddon y de
su equipo al Estrecho de Torres (1888-1899), con su premura
foto-cinematográfica tal como la destacara Stocking (1983); o el
imagético lugar común de Regnault “filmando” (cronofotografía) “une
femme ouolove” (las fechas de este experimento varían citándose el año
1893, 1894 y 1895, aunque siempre con la conveniente referencia a los
Lumière ). Esta mujer africana realizando un pote de cerámica, quedará
como una de las tantas imágenes productoras de la modernidad con su
fascinante y seductor reverso: lo primitivo. Casi un siglo después, el
MOMA, reificando una vez más esta taxonomía (construyéndola por tanto
de otra manera), dará a conocer la exhibición “Primitivismo en el arte
del siglo XX: Afinidad de lo tribal y lo moderno”, generando la
reflexión crítica de pensadores tan disímiles como Clifford (1995) y
Guattari (1996).
Pero volvamos a la mujer africana filmada por Regnault y a la
parisina exposición de este filme en el medio de un sueño novecentista
que postulaba una estética prometiendo el nacimiento de la etnología a
partir de la etnofotografía:
“l ‘ethnographe reproduira à volonté la vie des peuples sauvages…Quand
on possédera un nombre suffisant de films, on pourra par leur
comparaison, concevoir des idées générales; l’ethnologie naîtra de
l’ethnophotographie.”
(Regnault, 1912, c.p. Piault, 1995:13).
Un variado número de antropólogos visuales han dado cuenta de esta
utopía primigenia [”las utopías permiten las fábulas y los discursos:
se encuentran en el filo recto del lenguaje” (Foucault, 1999: 3)],
ilustrándola como dato, o bien destacando ya el comparativismo, ya el
positivismo de este inicial programa de Antropología Visual (Guarini,
1985; Piault, 1995; Monte-Mór, y Parente, 1994; Rouch, 1985, 1979 etc.).
Y esta estética que anula la mediación a través del comparativismo y
la exterioridad, basa su confianza en la representación. Ahora bien,
esta confianza en la representación -que trabaja sobre la unión
isomórfica de lo enunciable y lo visible- en la medida que se trata de
la actualización de la tradición aludida (la reiteración iconoclasta de
Occidente), no constituye necesariamente un monopolio de la
antropología.
Sin embargo, en tanto la utilización de la imagen y también de la
escritura, se encuentran en el campo antropológico orientadas a la
captura del otro (producido entonces como un otro etnográfico), tal vez
la propensión al nominalismo y al realismo sea mucho más firme que en
otras experiencias del decir/ver. Por cierto que toda forma de realismo
(etnográfico o no) y de búsqueda de la transparencia, conforma una
estética que, incluso, no se puede reducir a las propias premisas
(explícitas) que intenta llevar adelante. Porque la heterotopía
imagética erosiona cualquier tipo de gesta fundacional (de allí que el
dadaísmo sea mucho más una actitud que puede retomarse una y otra vez
que una mera vanguardia).
III. Mirar de otra forma
La alta realeza del Sujeto (yo único, yo coherente) y de
la Representación (ideas claras que yo atravieso con la mirada) está
minada.
Michel Foucault
Tal vez se trate entonces de producir otra forma de mirar a las
variadas trazas de esa peculiar forma de nominación llamada realismo.
Sin duda que es difícil huir de la añeja concepción que postula el
registro visual como suplemento al déficit de la escritura
antropológica, y que supone la hegemonía de esta última sobre el
primero. Esta situación no debe hacernos olvidar que los propios
registros visuales pueden admitir un conjunto de interpretaciones
activas, si acaso conseguimos superar dicotomías tan estériles del
estilo “realismo-ficción”.
Volvamos a repetir que todo realismo -y en particular el realismo
etnográfico con su imperativo de otredad- no podrá dejar de verse como
una apuesta estética, en la medida que pretende lo imposible: asumir la
unión de la imagen y la representación mediante la vinculación del
nombre propio que implica la certeza de la realidad y la identidad
mediante el cultivo de la nominación incuestionable y evidente(2).
En esta apuesta, la imagen en su centelleante transparencia grita su
nombre; y si bien no se trata de la hipótesis de “El Golem” en la cual
la contingencia es superada mediante el susurro del Gran Nombre (que
mágicamente al nominar crea), tiene, sí, el poder cuasi mágico de
despertar “las conciencias” mediante el choque.
Es entonces que el realismo etnográfico guarda algún parentesco con las experiencias vanguardistas en el cine.
En palabras de Deleuze:
“Los primeros que hicieron cine y pensaron en él partían de una idea
simple: el cine como arte industrial alcanza el auto-movimiento, el
movimiento automático, hace del movimiento el dato inmediato de la
imagen (…) sólo cuando el movimiento se hace automático se efectúa la
esencia artística de la imagen: producir un choque sobre el
pensamiento, comunicar vibraciones al córtex, tocar directamente al
sistema nervioso y cerebral (…) El “movimiento automático” hace que se
eleve en nosotros un “autómata espiritual”, que reacciona a su vez
sobre él.” (Deleuze, 1987: 209-210)
En esta trama comparativa podríamos inscribir otros ejemplos y otros
estilos de retóricas visuales tal vez realistas-documentalistas como
parte de la tradición iconoclasta occidental en el tríptico 1- real /
2- imagen-representación / 3- sujeto-conciencia; ¿pero no sería este
ejercicio olvidar que la resonancia de las imágenes supera la
intencionalidad con que se producen? Esto nos deja el problema no
resuelto de cómo lidiar con una tradición (si modificarla repetiéndola
al infinito o someterla, justamente, a la interpretación activa).
También el “noochoque” que de acuerdo a Deleuze, (1987: 210-211)
proponían entre otros Vertov(3), Eisenstein, Grance, Elie Faure, etc;
¿podría reducirse a la supuesta (y discutible) unidireccionalidad de
los creadores, y en algunos casos a sus proyectos
políticos-emancipatorios?
Una nueva mirada sobre los distintos trabajos que intentaron aunar
la imagen y la representación direccionándolas por los caminos de la
conmoción, la verdad y el conocimiento, puede producirse si supéramos
de una buena vez el sentido común insito al dualismo maniqueo
ficción/realismo (y ese tercero en cuestión: la verdad). Morey
(1987:14) rescata el tratamiento foucaultiano de la tríada
ficción/verdad/realidad a través del siguiente pasaje:
“En cuanto al problema de la ficción, es para mí un problema muy
importante; me doy cuenta de que no he escrito más que ficciones. No
quiero, sin embargo, decir que esté fuera de verdad. Me parece que
existe la posibilidad de hacer funcionar la ficción en la verdad; de
inducir efectos de verdad con un discurso de ficción, y hacer del tal
suerte que el discurso de verdad suscite, “fabrique” algo que no existe
todavía, es decir, “ficcione” . Se “ficciona” historia a partir de una
realidad política que la hace verdadera, se “ficciona” una política que
no existe todavía a partir de una realidad histórica.” (Foucault, 1978:
162) 1987: 14)
A partir entonces del reconocimiento de este ficcionar podemos
comprender que inclusive la producción visual que se conforma en el
campo de la mencionada tradición iconoclasta no puede evitar el ser
interpelada por un otro. Y esa otredad bien puede ser (¿otra ficción?)
el imaginario, matriz capaz de hacernos constatar la clave iconoclasta
y comprender, al mismo tiempo, como la producción imagética sobrevive a
cualquier modalidad de instrumentalización, la imagen a su disolución
en la representación, y el propio imaginario a las acentos sobre la
conciencia.
También, por supuesto, la supuesta “muerte de la imagen” y la
satanización de las imágenes en tanto “perturbación del pensamiento”,
pueden ser interpeladas desde esa fuente imaginaria siempre abierta.
IV. Pensamiento e imágenes. Las derivas del imaginario y la imaginación
Es necesario que antropologicemos Occidente: mostar cuán
exótica ha sido su constitución de la realidad; poner de relieve los
dominios cuya universalidad se da más por sentada (esto incluye la
epistemología y la economía); hacer que parezcan tan históricamente
peculiares como sea posible; mostrar de qué manera sus pretensiones a
la verdad se vinculan con prácticas sociales, razón por la cual se
convirtieron en fuerzas sociales efectivas en el mundo social.
Paul Rabinow
Imágenes y pensamiento -aquel de las ideas justas en vez de “justo
ideas”(4)- parecen haberse llevado bastante mal, tal como se desprende
del ejercicio de “antropologización” llevado adelante por Gilbert
Durand en su tratamiento de la tradición iconoclasta Occidental. Durand
nos recuerda que “Hasta las últimas décadas la episteme occidental ha
estado (…) basada en un iconoclasmo, al menos en su intención.”
(Durand, 1995b: 76)
En sus estrictas consecuencias, dicho iconoclasmo se caracterizaría,
paradójicamente : “…pela rarefação pedagógica dos símbolos, em
benefício dos fatos materiais e dos signos objetivos: de outro, pela
inflação patológica de imagens desorientadas, carentes a priori de
qualquer valor hermenêutico, cancerizando a imaginação criadora.”
(Durand, 1995a:26)
Este movimiento doble y contadictorio, se mostraría en varias formas
de represión de la imagen. Sea mediante la degradación de la imagen a
mero signo, sea atrayendo la imagen al concepto, o bien haciéndola
transitar por un historicismo autocumplido. También, por supuesto, la
falsa pedagogía con su consabido pasaje de la imagen a simple
ilustración, cumpliría un ejemplar papel represor (Durand, 1995a :29).
Escojamos en particular la reducción de la imagen al signo. Tal vez
ésta haya sido una de las formas represivas más negativas, en la medida
que “…se a escolha do signo é insignificante porque este último é
arbitrário, já nunca acontece o mesmo no domínio da imaginação em que a
imagem -por mais degradada que possa ser concebida- é ela mesma
portadora de um sentido que não deve ser procurado fora da significação
imaginária.” (Durand, 1989 :22)
El “afuera” de esta significación imaginaria si bien implica un
anti-sustancialismo en torno a la imagen, también conlleva el
reconocimiento de una suerte de ordenamiento semántico de las imágenes
mismas, una captura que recorre el trayecto entre resonancia imagética
e imaginario.
Y esta significación imaginaria, donde la imaginación se despliega y
arremete, nos permite establecer no solamente una patafísica a lo Ubú
Rey (la ciencia de las soluciones imaginarias), sino afianzar también
una disciplina que estudia su mutilación en las imágenes del
pensamiento y su historicidad. Una noología, en palabras de Deleuze y
Guattari (1988:381). Ahora bien, dicha noología, al estudiar las
imágenes del pensamiento en su vertiente histórica, lo que está
haciendo por cierto es abordar un “pensamiento de Estado”.
Si el Estado según Deleuze y Guattari proporciona al pensamiento
“una interioridad” (una forma) en la cual el sujeto sólo podrá pensar
desde la centralidad pensamiento-Estado y usar esas imágenes inclusive
para refrendarlo aún en la oposición -construcción ésta que comparte un
“aire de familia” con las indagaciones sobre el Estado de Pierre
Bourdieu (1993)-, dicha interioridad deberá enfrentarse a
contra-pensamientos.
Los contra-pensamientos no poseen imagénes que compitan o supongan
la sustitución del pensamiento ya “centrado”. Se trata de una suerte de
“afuera” de esa interioridad, “…que destruye la imagen y sus copias, el
modelo y sus reproducciones, toda posibilidad de subordinar el
pensamiento a un modelo de lo Verdadero, de lo Justo, o del Derecho…”
(Deleuze; Guattari, 1988:382).
De tal manera, que el “pensamiento sin imágenes” -en la medida que
oblitera las imágenes que conforman el pensamiento/Estado u otras
centralidades- sería la posibilidad de la emergencia de lo nuevo, de un
nuevo pensamiento.
Es interesante considerar que mientras Durand propone que todo
pensamiento abreva en el imaginario (y en las imágenes), Deleuze nos
lleva a un “pensamiento sin imágenes”, irruptor de las imágenes en las
cuales gozan dominados y dominantes.
No se trata aquí de elegir sino dejar que estas dos hipótesis sigan
trabajando. Porque es posible que ambas concepciones contrapuestas
puedan tener algún punto de intersección, de tal manera que la ruptura
de esa noética instrumentalizada por el poder nos lleve al
descubrimiento y la apertura hacia el imaginario. En definitiva, a la
pedagogía de las imágenes propuesta por Durand (1989).
IV. El futuro de la Antropología Visual
Aquella fuerza de la imagen se ha perdido: basta pensar
en los esfuerzos de los publicitarios por encontrar imágenes que puedan
sorprender.
Jean-Louis Comolli
Siguiendo con la lógica del “presente permanente”, bien podríamos
pensar en el sentido actual y actualizado de la Antropología Visual.
Nos gustaría afirmar que es imposible una Antropología Visual que no
sea al mismo tiempo una Antropología de la Imagen (Carvalho da Rocha,
1995). En particular porque, sin medir las consecuencias de lo que
Vattimo ha denominado como “sociología simplificadora” (Vattimo, 1994),
se nos ha hablado hasta el cansancio de una suerte de mirada única, que
alberga también un único sentido. Unico sentido que, en su pérdida,
decreta la muerte de la imagen y, obviamente, del sentido mismo.
En el mundo hiperreal, mediático, donde la imagen se expone y sobre-expone, ¿cuál sería pues el resguardo del sentido?
Si ya no hay mediación, o en palabras de de Baudrillard, si: “…la
imagen ya no puede imaginar lo real, ya que ella misma lo es.”
(Baudrillard, 1996 :15), entonces, ¿cuál es el la posibilidad de
conjugar imágenes que produzcan justamente sentido?
Aquí la antropología tiene mucho para decir. Bastaría con establecer
que el primado mediático es sin duda heterogéneo. Así como hay una
modalidad cultural y socialmente diferente de apropiarse del torrente
de imágenes que nos traspasa, también dicho torrente no posee los
mismos niveles de presencia en todas la compleja trama que conforma
nuestras culturas, y al mismo tiempo, las producciones imagéticas
recorren diferentes vías y son “multifocales”, de lo que resulta que la
“unidimensionalidad imaginaria” parece presentar una mayor complejidad
de la esperada.
Baudrillard, uno de los apóstoles de la muerte de la imagen y el
sentido, retomando la vieja teoría del intercambio escribe lo siguiente:
“Existe una incompatibilidad profunda entre el tiempo real y la
regla simbólica del intercambio. Lo que rige la esfera de la
comunicación (interface, inmediatez, abolición del tiempo y la
distancia) no tiene ningún sentido en la del intercambio, donde la
regla exige que lo que se da jamás sea devuelto inmediatamente.”
(Baudrillard,1996 :49)
Síntesis brillante que extrae todas las consecuencias de las tesis de
Mauss y Lévi-Strauss. Pero cabría preguntarse: ¿el tiempo real es el
único tiempo culturalmente presente? Insistamos en la mencionada
sociología simplificadora.
¿Cuántas espacialidades y temporalidades nos habitan? He aquí uno de
los futuros de la Antropología Visual. Rescatar imagéticamente las
diferentes temporalidades y espacialidades, las variadas maneras
(simbólicas y materiales) de estar en el mundo.
Esta tarea es realizable si continuamos trabajando en la
conformación de una Antropología de la Imagen con vistas hacia una
pedagogía por y de las imágenes, tal entendemos es la propuesta de
Durand (1989). Sin anhelos vanguardistas o pos-vanguardistas, las
nuevas construcciones de sentido están allí, por ser inventadas.
Notas:
(1) “Trata-se aqui do ponto de vista do olhar de interioridade que a
imagem, o imaginário projeta na produção do conteúdo intelectual do
conhecimento científico.” (Carvalho da Rocha, 1995:86). Ver también
sobre noética el trabajo de Fonseca (1995)
(2) Viejo tema el del nombre propio, tratado entre otros por Deleuze, Derrida, Foucault y
el propio Lévi-Strauss. Bourdieu, en su crítica a la “historia de
vida”, dará cuenta del supuesto que la rige, en su equivalencia del
nominar y el identificar : “O mundo social, que tende a identificar a
normalidade com a identidade entendida como constância em si mesmo de
um ser responsável, isto é, previsível ou, no mínimo, inteligível, à
maneira de uma história bem construída (por oposição à história contada
por um idiota), dispõe de todo tipo de instituições de totalização e de
unificação do eu.
A mais evidente é, obviamente, o nome próprio, que, como “designador
rígido”, segundo a expressão de Kripke, “designa o mesmo objeto em
qualquer universo possível”, isto é, concretamente, seja em estados
diferentes do mesmo campo social (constância diacrônica), seja em
campos diferentes no mesmo momento ( unidade sincrônica além da
multiplicidade das posições ocupadas).” [Bourdieu,1996:186]
(3) - Recordemos aquí que Vertov, fue de acuerdo a Rouch (1985,1979), uno de los fundadores del cine etnográfico.
(4)- El “Justo ideas” : “1° Pensamientos que no procederían de una buena naturaleza y
de una buena voluntad, sino que vendrían de una violencia sufrida por
el pensamiento. 2° Pensamientos que no se ejercerían a través de un
acuerdo entre las facultades, sino que, por el contrario, llevarán a
cada facultad al límite de su discordancia con las demás. 3°
Pensamientos que no se encerrarían en el reconocimiento, sino que se
abrirían a encuentros y se definirían siempre en función de un
Exterior. 4° Pensamientos que no tendrían que luchar contra el error,
sino que tendrían que desprenderse de un enemigo más interno y más
poderoso, la tontería. 5° Pensamientos que se definirían en el
movimiento de aprender y no en el resultado de saber, y que no dejarían
a nadie, a ningún Poder, el papel de “plantear” preguntas o bien
“poner” problemas.” (Deleuze; Parnet, 1980:30)
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Fuente: http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Guigou/AntropVisual.htm
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